Capítulo XI: El Edward amigo.

Bella se despertó con el sonido del despertador muy cerca de su oído, seguido de un salto de Truman sobre sus piernas, y detrás de eso, una voz de hombre a su lado.

-¡Coño, jodido gato!- protestó Edward, sentándose, todo despeinado y con los ojos apenas abiertos. Ya había visto su cara mañanera, y le encantaba como sus ojos no eran más que dos rendijas verdes bajo un pelo broncíneo alborotado.

Truman bufó, como ofendido de que Edward estuviese ahí, y se bajó de la cama. No lo culpaba; ella también estaba un poco sorprendida. No recordaba en qué momento se había quedado dormida, ni como había llegado a la cama.

Se sentó también, estirándose, y frotándose los ojos hinchados. Seguro parecía un sapo.

-¿Otra vez me quedé dormida y me cargaste hasta aquí?

-Sí, ya se te está haciendo costumbre- le respondió él con sorna.

-No es cierto- pero sabía que era cierto. Salió de la cama, y el piso estaba frío como el demonio. En el baño se lavó la cara y los dientes, y siguió hasta la cocina, donde prendió la cafetera. El reloj decía las 7. Era jodidamente temprano para un domingo, pero no tenía sueño porque había dormido como un rockstar borracho y lleno de drogas. Ella nunca dormía tan bien.

Mientras esperaba el café, y pensaba en los sucesos de la noche anterior, escuchó la puerta del cuarto abrirse de nuevo, y salió Truman por el pasillo, a enredarse en sus tobillos. Vio a Edward entrar en el baño del pasillo, y salir a los pocos minutos, cuando ella le daba su comida a Truman.

Él se sentó en la barra aún con cara de sueño, descansando su barbilla en la mano.

-¿Cómo dormiste?

-Bien ¿y tú?

-Te mueves demasiado. Por eso cuando dormimos juntos, siempre amanezco abrazándote; es la única forma que te quedes quieta. Incluso pateas. Y roncas.

Ella se sonrojó furiosamente, y le lanzó una manzana que estaba en un bol. Edward esquivó la manzana, y se rió tan duro que también se puso rojo.

-No te pedí que durmieras conmigo- se defendió ella avergonzada. Algo tenía que decir para salvar su dignidad.

-Yo sé que no, lo hice porque quise.

Ella lo miró tímidamente, algo apenaba por haberse quebrado frente a él la noche anterior.

-Gracias por quedarte ayer.

-No es nada- fue su simple respuesta, y levantó un hombro, como si no le hubiese salvado de una noche horrible- ¿Quieres desayunar afuera? Conozco un sitio en Astoria donde preparan comida muy buena.

-Ok, pero yo invito.

Él lo meditó por unos segundos.

-Yo soy feminista por estas cosas ¿sabes? El derecho de las mujeres a pagar las cuentas también, no se ha tomado en serio por nadie- comenzó en tono solemne de burla, pero ella lo interrumpió rodando los ojos.

-Oh, cállate que nunca me dejas pagar.

Media hora después, salían a la helada calle. Faltaban pocas semanas para Nochebuena y la gente se avocaba a hacer las compras, e incluso vio a dos hombres arrastrar un pino. En el carro de Edward, la calefacción hacía su trabajo, y ella encendió la radio para buscar algo que satisficiera su espíritu navideño. Una linda canción góspel sonaba, así que dejó esa emisora.

El lugar era cálido, con asientos y mesas de madera, y manteles de tela gruesa y colorida. Cuando se sentaron, vino un chico bajito a darles el menú. Y estaba en español en su mayor parte. Ella lo miró con mala cara.

-Ordena tú por mí, no sé qué significan los ítems- dijo, mirando hacia los lados, viendo lo que los demás comían- Pero quiero más café.

-No te preocupes, te va a encantar- le aseguró él frotándose las manos.

La comida la trajo una guapa morena, de cabello largo y curvas envidiables, que le sonrió con innecesaria candidez a Edward, hablándole en español. Él le respondió y conversaron brevemente por unos segundos antes que ella se fuera. Bella no quería ponerse celosa, pero rayos, era demasiado fácil. Miró a la chica de nuevo, y se dio cuenta que hablaba con una rubia en el mostrador, mientras las dos veían a Edward y reían. Ash.

-Esto- dijo él, llamando su atención- se llama Arepa- tenía en su mano un disco color amarillo.

Bella miró lo que había en la mesa por primera vez. Había otras arepas, lonjas de aguacate, algo que parecía queso muy blanco, huevos, frijoles negros y carne desmechada. También había mantequilla –margarina, le corrigió Edward- y algo como guacamole. Pronto le trajeron su café, pero era café con leche en una taza humeante y enorme, lo que la hizo sentir inmediatamente amor por ese pequeño restaurante.

Él mismo le sirvió en un plato, y la instruyó acerca de los nombres. Era muy, muy sexy escucharlo pronunciar los nombres en español, y la forma en que le indicaba como combinar las cosas, la hizo pensar guarradas acerca de él instruyéndola en otros escenarios.

Comida, Bella, la comida.

Ella sorbió de su café con leche –en español- y fue la gloria: era perfecto. Leche con café y azúcar, suave y caliente, con cierto sabor a tierra y humo. Era delicioso. Miró a Edward abrir la arepa –en español otra vez- y colocarle margarina, unas lonjas de aguacate y carne mechada.

-Si esa española te sigue viendo así, se te va a hacer un hueco en la nuca- comentó ligeramente, o lo que ella creyó que era ligeramente. Tuvo especial cuidado en no parecer molesta.

Edward levantó la mirada, y volteó sonriendo, haciéndole una señal de OK con la mano a la chica, que seguía mirándolo. Bella quiso lanzarles las caraotas en la cara. En español y en inglés ¿No podía ser menos… simpático?

-Ella es venezolana. Es un restaurante venezolano. Y se llama Betania, por cierto- dijo como si nada, y le dio un mordisco a su arepa. Él gimió, cerrando los ojos.

Bella volteó los ojos y miró su plato. Ella había optado por los frijoles negros, el queso y la carne. Preparó su arepa, y la mordió.

-Esto está buenísimo- no pudo evitar decir con la boca llena de comida.

-Te lo dije.

Ella asintió mientras masticaba y miraba a su alrededor. Por supuesto, Suramérica. Había imágenes de una cascada enorme, de sabanas, vacas, estatuas, edificios, y gente. Era cálido, y la gente era alegre. Al fondo, sonaba una música exótica en español.

-Podría tener esto todos los días y no cansarme- dijo ella, cuando iba por su segunda arepa. Estaba tan bueno todo que casi no hablaron.

Edward se comió cuatro, y ella sólo dos. Luego vino el postre, el quesillo. Y todo estaba tan rico, que no se acordó de James, y se prometió que traería a Alice y a Jacob.

Cuando ella fue a pagar, y Betania les regresó el restante y la factura, Edward les dejó la propina, mientras conversaba de nuevo en español, y reían por algo que ella no entendía. Por un breve momento, tuvo la sensación que hablaban de ella. Él las presentó, y Bella sólo atinó a decir su nombre. Hubo un momento en que la chica venezolana preguntó algo, y ante la respuesta de él hizo un puchero coqueto y triste.

Cuando iban saliendo, y ella le preguntó que qué le había dicho a Betania, él respondió sonriendo con picardía:

-Ella me dijo que si las miradas mataran, ella y su amiga estarían metros bajo tierra.

Bella lo miró en blanco, medio picada.

-Me dijo que estabas celosa, que no dejabas de verlas mal- explicó él con una sonrisita.

-Ay, por favor- negó ella con rapidez. Rayos, tengo que aprender a disimular- Ya quisieras.

-Creyó que éramos novios- agregó, abriéndole la puerta del volvo. Ella entró y lo observó rodear el carro y entrar en este.

-¿Y tú qué le dijiste?- preguntó como si nada.

-Le dije que sí- se encogió de hombros, sin darle mucha importancia- Es la respuesta más sencilla.

Bella miró hacia la calle, porque estaba segurísima que se había sonrojado.

-La próxima vez podrías traducirme- se quejó, pero por dentro se alegraba que él le hubiese dicho a esa Betania que ellos eran pareja. Eso, de hecho, la hizo sentirse muy bien. Era tan tonta a veces.

-¿Y ahora, que hacemos?- le preguntó él, unos cinco minutos después cuando iban transitando Lexington Av.

Ella se encogió de hombros. Quería estar en su casa y ver películas, pero tal vez salir le haría bien.

-No sé, no había planeado nada ¿Qué ibas a hacer tú hoy?

-No mucho, realmente. Tengo que hacer una ronda a las 8, y al mediodía, siempre almuerzo en casa de mis padres ¿Quieres venir? Claro que quieres, ni sé por qué pregunto- dijo todo rápido, mirando a la carretera, y no dejándola responder, porque seguro sabía que eso a ella le molestaba.

Pero en ese momento, no quería estar sola. No le importaba estar con los Cullen, y realmente quería estar con Edward.

-¿Cómo sabes que quiero ir? Tal vez no quiero estar contigo. Tal vez eres demasiado pedante, y creído, y no te soporto- terció ella con voz suave, pero ambos sabían que no era cierto. Ni sabía por qué se molestaba.

-Ajá, claro. Por eso hemos dormido juntos varias veces.

-No lo digas así.

-¿Así cómo?

Aquello la exasperó un poco. Botó aire bruscamente.

-Así como si..- se sonrojó- Como si hubiésemos tenido sexo.

-No lo dije con ningún tinte especial. Y te puedes acostar con alguien que te cae mal, además- agregó como si nada.

Ella lo miró fijamente.

-No entiendo cómo- dijo ella sinceramente. El sexo, en toda su extensión y forma, era un misterio para ella. No era que no sintiera curiosidad; de hecho pensaba tanto en eso, que admitir cuánto, le hacía avergonzarse. Sobretodo últimamente. Sobre todo por Edward- Si alguien te cae mal, no te gusta ¿Cómo te puede acostar con alguien que no te gusta?- Preguntó interesada.

Edward suspiró sin apartar los ojos de la vía.

-No lo sé, supongo que no todo el tiempo tu mente y tu cuerpo están de acuerdo en todo. Tu mente dice algo, pero tu cuerpo dice otra cosa. Es cuestión de química- se encogió de hombros.

-¿Te ha pasado?

-Sí.

-Sigo sin entenderlo.

-No es la gran cosa, Bella. Pasa y ya. Ni es necesario entenderlo.

-¿Es sólo sexo?- preguntó ella, y en su cabeza la conversación estaba tomando otros rumbos. También recordó las veces que había sido rechazada por él. Si era sexo, y le gustaba ¿Cuál era el bendito problema?

Él la miró con gesto de incomodidad.

-No creo que sea buena idea que hablemos de esto.

-¿Somos amigos, no? No veo por qué ha de ser incómodo- dijo con naturalidad- Vamos Edward, ambos sabemos que sabes mucho del tema. Y yo quiero saber. No soy una niña inocente- continuó, mirándolo fijamente a los ojos, sin pretender sonar seductora. Sólo quería saber, en eso había sido sincera.

-Vamos, ya llegamos dijo, y salió del auto.

Ya estaban en casa de los Cullen, y ella ni cuenta se había dado. En el estacionamiento, había un curioso coche viejo, verde manzana, que nunca había visto. Edward la esperaba en la puerta.

-Tallulah está aquí- le explicó, viendo también el auto.

-¿Quién es?

-Una amiga de mis padres, ya la vas a conocer, es todo un personaje- le dijo con retintín en la voz. No parecía amar a la visitante. Abrió la puerta, dándole paso a ella primero.

Adentro olía a alguna carne blanca horneada, junto con algo como naranja. También olía a pan. El estómago le rugió de hambre ¿Cómo era posible? Acababa de comer.

La familia Cullen y la invitada, estaban en la cocina. Tallulah era una mujer rellena, muy curvilínea, alta, de cabello casi anaranjado, rizado y esponjoso. Llevaba gafas ojos de gato de montura negra, y los labios rojos. Le recordó a la mujer de CSI que era la informática del grupo, sólo que la amiga de los Cullen daba un aspecto más bien hippie, con varios collares y ropa estampada transparentosa holgada, y pantalones de lino. Era de ese tipo de personas que despierta tu curiosidad inmediatamente.

Saludó con los buenos días y una sonrisa. Ágatha le sonrió de forma pícara, pasando los ojos de ella hasta Edward, y viceversa, haciendo que se sonrojara un poco. Sissy le ladró como de costumbre.

-Hola, Bella, que grata sorpresa tenerte aquí hoy- le saludó Esme, poniéndose de pie para abrazarla efusivamente. Olía a vainilla, y a Bella no le dio tiempo abrazarla bien; los abrazos siempre la agarraban desprevenida.

Carlisle le sonrió y le tendió la mano.

-Esta es Tallulah- le dijo- Es psicólogo de los niños de la fundación, y ha sido amiga nuestra por más de veinte años.

La mujer se paró y le dio un beso en la mejilla.

-Eres una monada, justo cómo Ágatha me contó- fue lo que dijo, en una voz profunda y rasposa. Luego miró a Edward y lo abrazó- Cariño, que guapo estás.

-Siéntate, Bella ¿Quieres té o café?- le preguntó Esme, perdiéndose en la cocina.

-Estoy bien, gracias.

-¿Y galletas? Las hice yo misma esta mañana ¿Te vas a quedar a almorzar con nosotros?

-Sí, va a almorzar con nosotros- respondió Edward cuando ella estaba abriendo la boca, ganándose una mirada dura de su parte. Él le sonrió y se disculpó un momento para hacer unas llamadas.

Esme regresó con un platito lleno de galletitas de corazones.

-Tallulah también da conferencias acerca del maltrato a la mujer, y acerca del feminismo. Nos estaba contando su viaje a Suiza, donde conoció a Malala- comentó Esme in poder ocultar su admiración.

Bella abrió los ojos como platos y dejó la galletita a medio camino hasta su boca.

-¿Usted conoció a Malala Yousafzai?

La mujer le sonrió.

-No me digas "usted", por favor. Y sí, la conocí. Estuve en Suiza hace dos semana, en una convención de la UNICEF- rió un poco cuando Bella emitió sin darse cuenta un "Ohhh" de ojos brillantes y grandes- Estamos haciendo una campaña masiva donde se prohíba la ablación del clítoris en niñas. El año pasado fue prohibida en Etiopía, no sé si lo sabes. Aun así, 50000 niñas son operadas furtivamente cada año- agregó con tristeza. Pero luego sonrió de nuevo- Es un paso a la vez ¿no? Vamos lográndolo.

-Eso es inmenso- agregó Esme, sonriéndole con apoyo.

-Es increíble- musitó Bella, profundamente conmovida.

Edward se les unió de nuevo, sentándose a su lado y pasando un brazo por sus hombros de forma tan natural que no lo sintió raro, aunque notó los ojos de Esme y Ágatha encima de ellos. Se tuvo que inclinar hacia adelante un poco, y hacer como que no sentía el calor del brazo de él traspasándole la camisa.

Hablaron durante mucho tiempo. Acerca del feminismo, los derechos humanos, la niñez en el mundo, y un montón de otras cosas que la hacían encenderse y hablar hasta por los codos. Eran temas que la hacían sentir en una especie de cruzada. Quedó de acuerdo con Tallulah de ir a una de sus conferencias acerca de feminismo; aunque se sentía una, no era una militante que se dijera. De hecho, ni estaba muy familiarizada por el concepto (seguir algunas cuentas feministas en Instagram no contaba).

Luego de un almuerzo lleno de discusiones acerca de política, gobiernos, chistes algo verdes por parte de Tallulah –quien parecer que no tenía absoluto reparo a la hora de hablar de sexo-, pasaron al salón a tomar un café. Ágatha se fue a tomar su siesta, y ella la acompañó, aunque no era su responsabilidad, de alguna forma necesitaba verificar que la anciana estuviese bien y cómoda. Cuando salió del cuarto fue a la cocina. Todos estaban recogiendo la mesa, y ella se ofreció a la lavar los trastes con Edward.

Tallulah le puso una pila de platos con una sonrisa de disculpas.

Edward estaba ocupado aún, ya que Esme le pidió ayuda con un cambio de bombilla de una de las lámparas de la sala. Montado encima de la silla, con los brazos extendidos hacia arriba, podía notar perfectamente los músculos de su espalda. Si tan sólo pudiese besar…

-Si tuviese tu edad, también me lo estaría tirando, cariño.

Bella pestañeó varias veces, y volteó para ver a su interlocutora con el rostro lívido.

-No, no, no-negó con rapidez- Nosotros sólo somos amigos.

-No te creo. La forma en que ustedes dos se ven, y se mueven… -la mujer la miró de nuevo, y quizás vio por fin que Bella no mentía- Oh, es cierto. Bueno ¿Y a qué esperan?

-¿Qué?- Bella se sentía algo acorralada, y por el calor de su rostro supo que estaba rojísima- No, nosotros no…

-¿…Se gustan? Prácticamente se ve la tensión sexual entre ustedes como humo- se rió con picardía- Bella, cariño, eres libre para hacer con tu cuerpo lo que sientas. No me digas que eres de esas insoportables moralistas que creen que el sexo está mal cuando no hay amor de por medio. Quiero decir, con sentimientos es infinitamente mejor, pero el sexo es algo natural. Es la forma en que los cuerpos se relacionan, se conectan. Es una forma de alabar al universo ¿sabes?

Bella seguía sin poder decir palabra. Por una parte, quería salir corriendo de ahí, pero por otra parte, sentía que necesitaba escuchar eso.

-Cuando el mundo deje de ver el sexo como un tabú, muchas cosas van a cambiar. Está terriblemente mal ver porno, pero en el cine los desmembramientos y la violencia son perfectamente aceptables. Todo está patas arribas- se quejó, frunciendo el ceño. Luego sonrió de nuevo, al tiempo que secaba con una toalla unos platos, y hacía otra pila- Cuando la gente echa un buen polvo, es más feliz. Es un hecho científico.

-No sé por qué me está diciendo todo esto- fue lo que pudo decir la muchacha, aún algo cohibida y pasmada.

La psicóloga se rió fuerte en unas cortas y contagiosas carcajadas.

-Puede leer con facilidad a la gente, y puede ver que estás muy tensa, incluso triste. Eres una chica muy guapa, y aun así puedo decir que te sientes muy insegura ¿por qué? Eres joven ¿Sabes lo hermoso de ser joven? Crees que eres inmortal, y cada cosa que haces y descubres, se siente fantásticamente porque crees que se va a sentir así siempre. Aprovéchalo. No tengas miedo.

Luego le dio un beso en la mejilla y se alejó con toda su aura New Age y locura a la sala.

¿Qué carajos ha sido eso?

Edward llegó para ayudarla unos minutos más tarde.

-¿Qué te pasa?- le preguntó mirándola.

-La amiga de tu mamá…

-Oh, eso ¿Te dijo que tuvieses sexo, no?

-¿Cómo lo sabes?

-Es el consejo que le da a todos- respondió él encogiendo los hombros.

Bella lo miró con malicia.

-Le voy a tomar la palabra- dijo con serenidad.

Edward volvió su cabeza hacia ella con rapidez, mirándola con las cejas arriba. Pero no dijo nada.

-Ella tiene razón. Tener sexo tal vez me ayude a relajarme ¿no? Soy joven, y nunca he vivido nada de eso, y ya es hora. Mi cuerpo me lo está pidiendo…- agregó con aire pensativo.

Edward a su lado no dijo nada, pero ella vio de reojo como en su cara aparecía el esfuerzo por no sonreír. Cabrón. Luego de unos segundos en silencio, habló en voz baja.

-Me parece bien por ti, ya eres una adulta.

-… Y a veces siento que voy a violar a alguien- continuó, exteriorizando sin importarle que él pudiese pensar que estaba de manicomio- Y es preferible que todo se mantenga entre los marcos legales ¿no?

-Definitivamente- respondió él, asintiendo solemnemente. Luego levantó la cabeza- Disculpa que saque a relucir lo obvio, pero acabas de terminar con tu novio ¿Cómo piensas hacer?

Ella se quedó pensativa, aunque la solución deseada brillaba como luces de neón en su cabeza.

-Conozco a varios que podrían ayudarme- respondió al fin, encogiendo los hombros.

De nuevo él la miró expectante, con las cejas arriba, esperando a que ella dijera más. Cuando ella no lo hizo, él cambió de posición de un pie a otro, y carraspeó.

-¿Puedo saber quién?- preguntó lentamente, fijando sus ojos en ella.

Bella se encogió de hombros.

-Era broma. Ayer me botaron, no pienso mucho en eso ¿sabes? Sencillamente –se encogió de hombros- No lo he tenido, y no lo extraño.

Edward la miró largamente, con extrañez.

-¿No piensas nunca en sexo?- era curiosidad con algo de incredulidad, y por eso no le avergonzó, aunque se sonrojó.

-Sí, pero supongo que no como ustedes- mintió ella. Desde que lo había conocido, pensaba en sexo con él al menos una vez cada hora. Era una tortura.

-Los hombres y las mujeres sienten casi el mismo deseo sexual, en intensidad, me refiero. Somos criaturas sexuales, es algo normal- objetó él.

-Cuando te ocupas en otra cosa, se te pasa- murmuró ella, sintiendo la cara arder, y afanándose en terminar de enjabonar los trastes.

Ninguno dijo nada durante unos segundos largos. Tal vez aquella conversación no fuese buena idea.

-No debería ser así. Deberías ocuparte- se rió- Es normal, Bella, vamos.

Ella siguió fregando las tazas sin mirarlo.

Edward le quitó la taza de las manos, y la giró hacia él, agachándose un poco para quedar a la altura de sus ojos. El verde la traspasó, poniéndola nerviosa.

-Isabella, tú te tocas ¿verdad?- le preguntó bajito, como si su respuesta fuese tan vital, como si de ello dependiera la vida de alguien.

La morena sintió su cara en llamas, al igual que todo su cuerpo, con esa simple pregunta. Respiró, y decidió sincerarse, aunque la vergüenza la estaba matando.

-Lo he intentado, pero no me ha funcionado- susurró, huyendo de los ojos del joven.

Él se enderezó, y una sonrisa, mitad diversión, mitad regaño fingido, afloró en su rostro.

-Eso está muy, muy mal.

Eso la hizo levantar la cara, algo enojada.

-¿Te tengo que recordar que has frustrado mis posibles encuentros sexuales?

Eso le hizo cambiar el semblante al hombre a uno más serio.

-No se trata de eso. Estamos hablando de ti y tu cuerpo. No es aceptable que nunca te hayas m…

-Cállate- le interrumpió ella, concentrándose en el fregadero. Dudaba que se hubiese sentido más tonta o avergonzada cualquier otro día de su vida- Podemos dejar el tema para otro momento ¿no? Pareciera que disfrutas de burlarte de mí.

-Bella- la llamó de ese modo tan… Él, que la exasperaba tanto, porque le decía claramente que estaba siendo irracional- Jamás me burlaría de ti por eso. Sólo me parece extraño e injusto que nunca hayas experimentado contigo. Es algo necesario. Es casi un crimen que aún no sepas qué es sentir un orgasmo- le dijo suavemente, acercándose a ella para que escuchara. No intentó ser seductor, sólo quería que la conversación quedara entre ellos. Además, la forma en que habló del crimen, la hizo estremecerse un poco.

-Nadie se va a morir por eso. Gracias por tu preocupación, querubín.

Luego de eso, no volvieron a tocar el tema, y pasó una tarde tranquila con los Cullen y su peculiar invitada.

Edward la dejó en su apartamento, y Alice estaba ahí, esperándola con muchos cuentos y un bol enorme de palomitas.

Más tarde esa noche, cuando ya estaba metida en la cama, mientras leía una guía de la universidad, su celular vibró.

Era un mensaje de Edward.

¿Qué llevas puesto?

Ella tuvo que leer el mensaje tres veces antes de asimilarlo.

¿Qué?

Dime qué traes puesto.

No lo dices en serio.

Responde, Bella. Sólo hazlo. Sígueme el juego ¿vale?

Edward se había vuelto loco. No había otra explicación. Sin embargo, su pulso estaba acelerado, e imaginárselo al otro lado, esperando su respuesta, dispuesto a jugar, la hizo sentirte extraña, expectante, y algo nerviosa.

¿Por qué haces esto?

Considéralo una ayuda de amigo ¿ok? Me lo vas a agradecer.

Ella miró el celular durante un largo rato, sin creer que de verdad estaba considerando seguirle el juego. No tenía nada que perder, y él tenía razón. Su mente siempre había sido un hervidero de guarradas, pero ella nunca lo había exteriorizado. No sabía si era vergüenza, miedo, o simplemente lo había pasado por alto por miedo a necesitar mucho. Había crecido en el seno de una familia católica con dos padres que a veces aún la trataban como a una niña. Tal vez era tiempo de liberarse un poco. Respiró hondo, con el corazón latiéndole contra el pecho con fuerza, y empezó a escribir.

Nunca he hecho esto, no sé cómo se hace.

Empieza por responder. Y no te inhibas.

¿Qué traes puesto?

Pijama. Shorts de conejitos y un suéter de lana.

¿Es corto el short?

No puedo hacer esto contigo, Edward. Va a ser raro después.

Creo que quieres hacerlo ¿O me equivoco? No va a ser raro luego, confía en mí. Hagamos algo: sólo esta noche, y luego como si nada ¿vale?

Lo cierto era que ya se había emocionado, y ahora sentía muchísima curiosidad.

Vale.

Ok, bueno. Quería hacerlo. Allá iba, de cabeza.

Es corto, realmente.

Mmmm. Muy bien. ¿Estás en la cama?

Sí. Estaba estudiando ¿Y tú?

Sólo yo pregunto esta vez, Isabella. Deja los libros a un lado, y recuéstate en la cama. Ponte cómoda.

Joder. Lo hizo, sonriendo con el labio inferior entre los dientes. Era raro, pero un raro bien.

Y entonces, sonó el celular, haciendo que pegara un bote y un gritillo. Era él. Señor Santo. Contestó con la mano algo temblorosa.

-¿Sí?- ¿Esa era su voz? Que horrible sonaba nerviosa.

-¿Estás acostada?- ¿Por qué tenía que tener esa voz tan grave y sensual? Suave, cadente, masculina.

-Sí.

-Muy bien. Quiero que pongas el altavoz, y el celular lo coloques cerca de ti, donde puedas oírme. Sólo vas a hacer lo que yo te diga.

-¿Perdón?

-Lo que escuchaste. Vas a hacer lo que yo te diga. Confía en mí- su voz era lo suficientemente persuasiva, y a la vez demandante, como para que ella cediera con facilidad.

-Ok. No puedo creer que vaya a hacer esto.

Escuchó una risita al otro lado.

-Relájate ¿ok?

-¿Sabes? – Preguntó, de pronto iluminada con la clarividencia propia del que no tiene filtro bucal y ha aceptado una o dos verdades, y las asumirá- Esto no estuviese pasando si no fuese por tu culpa.

-¿Cómo? No vayas a empez…

-Edward- le interrumpió y él se calló de inmediato. Ya no se iba a echar para atrás con lo que iba a decir. Si podían hacer esto del sexo telefónico, estaban traspasando los límites de la amistad ¿no? Así que, qué carajos- Es tú culpa que yo esté así. Tienes que arreglarlo tú.

Escuchó la respiración de él por unos segundos.

-¿Qué quieres decir?- su voz era suave, grave.

-Que en lugar de estar tonteando por teléfono, podrías venir y terminar lo que comenzamos una vez. Somos adultos ¿no? No tiene que ser complicado. Sólo es…-tragó saliva y cerró los ojos fuertemente. Su corazón latía tan fuerte que apenas se escuchaba- follar. Sé que lo quieres, yo también. Muchísimo.

No podía creer que había dicho eso, pero ahí estaba. Dudaba que alguna vez en su vida hubiese estado más roja, o asustada, o habiendo confesado algo tan íntimo, y atrevido. Algo en lo que le había dicho Tallulah la había cambiado. Era joven, era responsable, tenía el poder sobre su cuerpo. Quería sexo. Era algo natural, sencillo, tan normal ¿Por qué había hecho de un drama eso? Era tan simple, ahora lo veía con claridad.

Él no dijo nada durante unos larguísimos segundos.

-Creo que no te estoy siguiendo- dijo finalmente, expulsando todo el aire que al parecer había estado aguantando.

-Hace años traspasamos las barreras de la amistad. Ya acepté que esta amistad no será jamás normal- empezó la verborragia, y ahora dudaba que pudiese detenerse-. Estamos perdiendo el tiempo. Los dos sabemos lo que queremos del otro, y no veo por qué no podemos llegar a una solución satisfactoria para ambos.

Él jadeó un poco al otro lado del celular. Estaba segura que lo había sorprendido con su sinceridad.

-¿Me estás proponiendo…?

-Sí ¿Quieres que te lo mande en una presentación de Power Point?- de pronto, algo irrumpió en sus pensamientos, marchitando su valentía como un flor. Su voz se achicó, y tembló un poco- A menos que ya no te guste, claro, ahí todo tendría sentido, y en ese caso podemos hacer como si no dije nada, y…

-Voy para allá- gruñó él, interrumpiéndola, y colgó el celular.

Ella se quedó mirando el celular con el corazón a punto de explotar.

MIERDA. MIERDA ¿Dijo que iba a ir? Mierda ¿A qué iba a venir? ¿Hablar?

Se puso de pie y comenzó a caminar de un lado a otro en su pequeño cuarto.

Se miró en el espejo: Estaba despeinada, sin nada de maquillaje, aunque no lo necesitaba porque estaba sonrojada y los ojos le brillaban. Se pasó los dedos entre los cabellos largos, intentando adecentarse. Se miró la ropa. El pijama ya no le parecía tan adecuado, así que cambió el short por uno de tela más suave, gris, igual de corto. Se dejó el suéter de lana vinotinto, y se cepilló los dientes.

Mierda, mierda, la había cagado. La había cagado. ¿Qué mierda la había poseído para ponerse a decir ese montón de cosas? Estaba loca. Tal vez si se ponía algo más grueso, podría salir a caminar, y así no le vería la cara a Edward. Tal vez lo mejor sería renunciar, también. Y mudarse a algún lugar lejano y cálido.

Tomó su celular y buscó en el directorio el número de Alice. Cuando estaba marcando, sonó el timbre, haciéndola saltar.

Joder. Mierda.

Tomó aire y avanzó hasta la puerta. La abrió.

Edward apareció al otro lado. Sus ojos brillantes, oscurecidos, la recorrieron de arriba abajo, y su rostro atractivo estaba serio. Pero había algo más.

-¿Qué haces aquí?- preguntó ella en un susurro. Le temblaban las manos.

-Vine a arreglar el desastre que dejé- musitó él.

De nuevo, ahí estaba. Esa cosa extraña y maravillosa entre ellos. Una especie de zumbido, una tensión en el aire, algo sofocante, pero exquisito. Ella se mordió el labio de forma inconsciente, y él siguió este movimiento con los ojos, entreabriendo los labios para tomar aire.

Bella le tendió la mano, y él la tomó. No necesitaron palabras. Entró, cerrando la puerta, y ella lo condujo por el pasillo hasta su cuarto.

OMG.

Que va a pasar? Por que soy tan cruel y lo corto aquí? Ya me había tardado mucho. Lo siento! Acabo de descubrir que desde Android se puede publicar jajaja. Haberlo sabido antes y publico antes. Las amo. Denme tiempo para responder sus reviews. Gracias por sus comentarios!