Chachachachaaaan! Por fin! capitulo final! Dios, no saben lo agradecida que estoy por todos los comentarios y opiniones, cada uno de ustedes aporto criticas constructivas que hicieron este fic lo que es, me pone algo melancolica (siempre me pasa) darme cuenta de que es el final de la historia. bueno espero ue les haya gustado. los amo!
Capítulo 14 (final): El sonar de las campanas.
Damas, 4:30 p.m
-¡Kagome!- gritó Sango mientas corría a lo largo del pasillo del hogar, sus recién armados rizos se balanceaban a los costados de su cabeza, en peligro de desarmarse.
-¿Qué sucede?- preguntó la aludida dentro del cuarto de baño, estaba sumergida en la tina disfrutando de un relajante baño de burbujas.
-¡Deberías estar lista! ¡La maquilladora ha llegado!- le reprochó su hermana golpeando la puerta con insistencia.
¡Por Dios! Iban a casarse en menos de cinco horas y Kagome parecía tan tranquila cómo si nada ocurriera, ella estaba que se moría de los nervios, su hermana Kagura tampoco estaba mucho mejor.
-Está bien- resopló la menor levantándose de su cómodo asiento –Enseguida voy- gruñó envolviendo su cuerpo en una toalla y comenzando a secarlo lentamente.
-Apresúrate- murmuró la joven volviendo sus pasos hacia la sala, en ella se encontraban su madre, Kagura, y la señora Taisho, todas siendo arregladas por maquilladoras y estilistas.
-¿Todavía sigue en el baño?- le preguntó su madre con el ceño fruncido mientras una muchacha le alisaba el cabello con cuidado.
-Sí, acabo de gritarle y al parecer está por salir- suspiró dejándose caer sobre una silla, la única dama desocupada comenzó a maquillarla, aplicando suaves sombras sobre sus párpados.
Por su parte, Kagome salió del cuarto de baño tranquilamente, vestida solamente con una gran bata rojo sangre y el cabello mojado pero bien peinado, la observaron aparecer con algo de enojo, pero nadie abrió la boca, todas estaban demasiado estresadas como para comenzar una pelea medieval con la pequeña Higurashi.
-Toma asiento Kagome- le pidió su madre que ahora estaba siendo maquillada, su progenitora le señaló una silla a su costado y la muchacha obedeció dejándose arreglar por otra mujer.
Caballeros, 5:20 p.m
-Miroku- llamó su hermano observándose en un gran espejo de cuerpo entero.
-¿Qué sucede Inuyasha?- preguntó el menor acercándose al serio muchacho.
Al parecer, el ambarino luchaba enojado con el moño de su corbata, siendo incapaz de anudarla correctamente por el temblor de sus manos. Miroku sonrió y apartó las manos de su hermano lentamente, arreglando la corbata con rapidez y agilidad.
-Listo- sonrió contemplando la imagen de ambos frente al espejo –De verdad que el negro nos sienta bien- rió refiriéndose a los elegantes trajes de alta costura que cubrían sus cuerpos.
-Así es- asintió el peliplateado dándose la vuelta para colocarse los zapatos.
Estaba nervioso, no iba a negarlo, un enorme nudo en su estómago se apretujaba cada vez más empeorando su estado, no podía esperar a ver a Kagome, deseaba salir en su búsqueda en ese instante.
-¿Están preparados?- preguntó el señor Taisho entrando en la habitación, el patriarca llevaba puesto un clásico esmoquin grisáceo, realzando el intenso color de sus ojos ámbares.
-Lo estamos- sonrió Miroku mirando de reojo a su hermano, quien se paseaba de un lado a otro del cuarto con la mirada en el suelo -¿Dónde está Sesshomaru?- inquirió al no verlo junto a su padre.
-Está en la sala, digamos que no se siente muy bien- murmuró el progenitor señalando con la cabeza hacia el pasillo.
-¿Sesshomaru nervioso? Eso es insólito- rió Inuyasha caminando sin parar por toda la habitación.
-Creo que tú eres el menos indicado para hablar Inuyasha, estás peor que tu hermano- dijo su padre intercambiando una divertida mirada con el menor.
El ambarino frenó su andar de golpe, aceptando que ellos tenían razón, con un hondo suspiro se desplomó sobre un pequeño sofá mirando el reloj con insistencia.
-¿Estarán listas ya?- preguntó en voz algo baja, pero lo suficiente para que los demás presentes lo escucharan, refiriéndose a las ansiadas damas.
-No lo creo- opinó Miroku acercándose a la ventana –Lo más probable es que todavía ni estén maquilladas- suspiró.
-No deben desesperarse, todo saldrá de maravilla- aconsejó Inu no Taisho con una cálida sonrisa, sentándose sobre el borde de la cama –Puedo asegurarles que después de tanta espera, ver a la mujer de tu sueños caminando hacia ti, con un elegante vestido blanco y una preciosa sonrisa en el rostro, no se compara con nada- comentó con ojos soñadores.
Inuyasha asintió concordando con su padre, si cerraba los ojos podía imaginarse la misma situación, Kagome acercándose a él…
-Padre, el señor Higurashi llegó y necesita hablar contigo- comunicó Sesshomaru interrumpiendo en el cuarto.
-Claro- aceptó el aludido poniéndose de pie, sin decir una palabra Miroku e Inuyasha siguieron a su padre esperando recibir alguna notica de sus respectivas prometidas.
Al llegar en la sala encontraron a Kaoru Higurashi parado en el centro de la estancia, jugando con sus manos distraídamente y con una expectante sonrisa en el rostro.
-¿Acaso ya están listas?- preguntó Miroku incapaz de contenerse, los nervios le impedían estar quieto en un lugar por más de dos segundos, igualmente sus reacciones eran minúsculas comparadas con las de sus dos hermanos mayores.
Kaoru negó con la cabeza, sin cambiar aquella feliz expresión.
-He venido porque Izayoi necesita a su esposo, las chicas todavía están arreglándose, debo decirles que no he visto unas mujeres más bellas que ellas- explicó mirando a los tres novios alternativamente.
Inu no Taisho asintió a la petición de su amigo y observó al mayor de sus hijos.
-Escucha Sesshomaru- dijo ante la atenta mirada del aludido –La ceremonia es a las nueve en punto, ustedes deberían llegar al menos veinte minutos antes, pueden llevarse mi coche pero intenten no estrellarse a causa de los nervios, no quiero accidentes- ordenó con seriedad conociendo las actitudes de los altos muchachos que tenía frente a sí.
-¿No vendrás después?- inquirió Inuyasha sin poder quedarse quieto.
-No lo creo, no sé qué es lo que tu madre quiere pero igualmente debería quedarme con ella para ultimar los últimos detalles-
-Está bien- aceptó con un leve movimiento de cabeza, entrelazando miradas con sus hermanos.
-Debemos irnos, intenten no desgastar el suelo por favor- pidió el señor Taisho bromeando mientras ambos progenitores salían al exterior.
Damas 8:02 p.m.
-Estás preciosa Kag- elogió Sango entrando tranquilamente en la habitación de la muchacha. La menor de las hermanas se observaba detenidamente en un espejo de cuerpo entero, hipnotizada por el vaporoso movimiento de su vestido.
Kagome llevaba un hermoso traje de novia de color blanco marfil, su corsé de escote un poco pronunciado tenía unos delicados bordados en hilo rosado con unos finos tirantes que se cruzaban en la espalda, la falda no era muy amplia pero llevaba varias capaz de tela, dándole una apariencia de movimiento mucho mayor, la cola era sólo de pocos centímetros. Llevaba un sencillo maquillaje que realzaba el color chocolate de sus ojos, con los párpados iluminados muy tenuemente y las mejillas sonrosadas. Su peinado era un medio recogido a un costado de la cabeza, del cual caían desordenados unos hermosos rizos marrones.
-Tú tampoco te quedas atrás hermana- dijo la joven observándola por el espejo.
Sango sonrió bajando la mirada hacia su perfecto atuendo. Su indumentaria consistía en un elegante vestido de dos piezas, el corsé color crema bien ceñido al cuerpo estaba bordado con diminutas cuentas brillantes centellando constantemente, la falda era algo acampanada un poco más corta en la parte delantera y sin cola. Su cabello estaba magistralmente arreglado en una excelente cola de caballo a media altura, adornada con una rosa blanca, los armados rizos caían graciosamente del recogido rozando su cuello levemente. Las maquilladoras habían aplicado una sombra de ojos un poco más oscura que la de Kagome y sus labios estaban delineados con un clarísimo lápiz color pastel.
-¿No te sientes ni un poquito nerviosa?- le preguntó a la menor mientras caminaba hacia ella.
Kagome negó con la cabeza mientras sonreía, para sus hermanas resultaba muy estresante que ella no se pusiera loca de los nervios, las pobres estaban que se subían por las paredes y su calma no las ayudaba en nada.
-Nop, nada de nada- repitió por cuarta vez en el día rodando los ojos.
-Estamos a una hora de casarnos, algo debe de afectarte- gruñó Kagura entrando en el cuarto con el ceño fruncido.
La mayor lucía un vestido color blanco perla bien ceñido al cuerpo, el corsé era liso en forma de corazón con el bordado de una rosa en uno de los costados, la falda no tenía mucho volumen enmarcando sus perfectas caderas. Su pelo estaba recogido en un elegante rodete del cual pendían unos apliques de cuentas blancas y doradas, acompañadas por un lirio blanco en uno de los lados. El maquillaje era sutil, casi imperceptible, enmarcando sus extraños ojos bordó y pintando sus labios con un pálido brillo rosado.
-No es que no me afecte- respondió Kagome sin inmutarse por la actitud osca de Kagura, era entendible que se pusiera así de borde cuando estaba tan nerviosa –Que no lo demuestre como ustedes lo hacen no me hace una insensible, intento estar tranquila porque ponerme loca no ayuda en nada- agregó sonriendo a su reflejo en el espejo.
Sango sonrió ante la respuesta de su hermanita, podía ser una cría en muchos aspectos, ya que seguía siendo una adolescente rebelde, pero al momento de afrontar sus responsabilidades se convertía en toda una mujer madura.
-Como sea- suspiró Kagura sentándose con cuidado en un sofá, paseó la mirada distraídamente por toda la sala, deteniéndose reiteradas veces sobre el reloj de pared –Diablos, ¿no podría avanzar más rápido?- murmuró.
-Cuando esperas algo el tiempo tiende a pasar muy lento- explicó la señora Higurashi desde el umbral de la puerta, en sus manos llevaba tres cajas cuadradas de terciopelo.
-¿Qué sentiste horas antes de casarte madre?- preguntó Kagome acercándose a la progenitora al igual que sus hermanas, las cuatro se sentaron sobre la cama dónde Megumi depositó los estuches sobre las blancas sábanas, mirando a sus hijas detenidamente.
-Bueno- comenzó tomando una de las cajas y abriéndola con cuidado, en su interior había un delicado collar de perlas diminutas junto con unos pendientes pequeños en forma de corazones –Fue una mezcla de varios sentimientos, como ustedes saben yo estaba embarazada de Kagura, llevaba ya cinco meses y me sentía reventar, tenía náuseas y me sentía algo mareada, sumado a los intensos nervios que me revolvían el estómago- explicaba mientras depositaba el delicado colgante sobre el cuello de Sango, la muchacha la miró agradecida contemplando su imagen nuevamente con aquel hermoso accesorio.
-Su abuela no paraba de revolotear a mi alrededor poniéndome más loca de lo que ya estaba- prosiguió abriendo el segundo estuche, en el cual brillaba una gargantilla plateada acompañada de unos aros largos del mismo material que la cadena, se acercó a su hija mayor mientras continuaba: -Su abuelo, como siempre, sonreía a todo el mundo y parecía de un humor estupendo, mientras que yo me desmayaba de los nervios- la mujer rió admirando los hermosos detalles brillantes sobre el cuello de su hija.
-De seguro que papá estaba muy calmado- comentó la menor observando tranquilamente a su madre tomar la última caja que según pensaba, era para ella.
-Pues sí, conocen a su padre, según mi suegro parecía tan sereno que no podían creer que iba a casarse en cuestión de horas- dijo con una sonrisa enseñándole el tercer estuche a Kagome, en su interior brillaba un colgante de pequeños eslabones de plata, desde el cual colgaba un hermoso dije en forma de rosa, los pendientes de perlas a juego lanzaban luminosos destellos.
-Es hermoso- musitó con los ojos bien abiertos dejando que su progenitora se lo colocara.
-Es un pequeño regalo, creía que era la pieza faltante del atuendo de toda novia, al parecer no le he errado- comentó observando detenidamente a sus tres hijas frente a ella.
-Muchas gracias madre- agradeció Sango con los ojos algo empañados.
-No hay nada que agradecer niñas, me parece que ya casi es hora de irnos- finalizó con un chillido de expectación provocando que las tres se tensaran –Iré a ver si el coche ya está listo- dijo abandonando la sala, dejando a las estáticas muchachas con los ojos bien abiertos.
-Creo…- susurró Kagome inmóvil -…que ahora sí estoy nerviosa-
-Sabía que tarde o temprano te caería la noticia- murmuró Kagura dirigiéndole una última mirada al reloj, que marcaba las 08:45 p.m.
En la Iglesia 9:30 p.m.
-¿Inuyasha podrías quedarte quieto?- gruñó Sesshomaru mirando al ambarino con reproche.
El aludido asintió con la cabeza frenando el movimiento de sus pies, barrió toda la estancia con la mirada, impresionado por la enorme cantidad de gente que había, incrédulo de que todavía quedaran espacios libres. Allí parado desde el altar todos parecían moverse muy lentamente, observaba con insistencia las puertas cerradas de la Iglesia a la espera de su prometida, mientras que un nudo en su estómago le recordaba lo nervioso que estaba.
-¿Cuánto más van a tardar?- preguntó Miroku con el rostro extrañamente calmado.
-No lo sé, pero no creo que pase mucho más tiempo- murmuró el mayor sin despegar la mierda de la entrada.
-Creo que mamá va a desmayarse- susurró Inuyasha mirando a la progenitora que no podía quedarse quieta sobre su asiento en la primera fila; a su lado, la señora Higurashi apretaba con fuerza su bolso, mordiéndose el labio con insistencia.
-Posiblemente lo haga yo primero- dijo Miroku con un amago de sonrisa.
-Bueno ya, tranquilícense los dos- habló Sesshomaru con las manos entrelazadas y el rostro serio.
-Eso dices pero tú estás más nervioso que nosotros dos juntos- bufó Inuyasha rodando los ojos. En aquel instante la señora del piano comenzó a tocar aquella conocida marcha, el dulce sonido se extendió por toda la habitación entre los expectantes invitados, el momento había llegado.
En el exterior de la Iglesia
-¿Listas?- preguntó Kaoru Higurashi mirando a las tres damas, mientras Kagura aceptaba su brazo, entrelazándolo al suyo.
-Para nada- contestó Kagome sujetando fuertemente el brazo de Sota, el hombre que consideraba un hermano.
-Creo que voy a desfallecerme- suspiró Sango mientras el señor Taisho se reía a su lado.
Las tres parejas caminaron lentamente en fila hacia la entrada, con los nervios reflejados en el rostro.
-Ya es hora- dijo Kagura escuchando el inicio de la marcha nupcial con el corazón acelerado.
Las demás asintieron, sonriendo nerviosas.
Lentamente las puertas se abrieron dejando a la vista una decorada y amplia habitación, abarrotada de gente de pie que miraba en dirección a ellas. Las muchachas dirigieron la mirada directamente al frente, en donde los tres hombres se encontraban observándolas con admiración.
El señor Higurashi dio un paso al frente y comenzó a caminar por el alargado pasillo junto a una radiante Kagura, que escondía sus nervios tras una pequeña sonrisa. Detrás de la primera pareja les siguieron Sango e Inu no Taisho, ambos con los rostros serenos caminando pausadamente. Por último, Kagome y Sota se acercaron al altar con lentitud, ella con una enorme sonrisa de felicidad.
-Espero que cuides bien de ella- le dijo Kaoru a Sesshomaru en el momento de entregar la mano de su hija al muchacho.
-Prometo que lo haré- dijo este con seriedad aceptando la cálida mano de su prometida, ambos se colocaron frente a frente en un costado del altar, esperando a que el resto de también se acomodara.
-Sé que la harás feliz- sonrió el señor Taisho a su hijo acercando a la hermosa joven.
Miroku contempló a Sango maravillado por unos largos segundos, admirando su inmensa belleza con los ojos algo empañados.
-Siempre- respondió aferrándose con fuerza a la mano de la dama, quien lo miraba con una sincera sonrisa.
Finalmente, Sota llegó frente a Inuyasha junto a Kagome, en un calmado silencio sólo interrumpido por la armoniosa melodía de fondo.
El ambarino sentía sus mejillas doler de lo ensanchadas que estaban por sonreír, pero no era para menos, frente a él se encontraba la mujer más hermosa de todas, la mujer de sus sueños, y estaba a punto de casarse con ella.
-Cuídala- le dijo el muchacho que sostenía a Kagome extendiendo la mano de la muchacha hacia él. A pesar de que no conocía mucho a Sota, pudo notar la advertencia en su voz, y la promesa de una buena golpiza si no trataba bien a la joven.
-Por supuesto- dijo algo arrogante aceptando la mano de su novia.
Una vez que las tres parejas estuvieron ubicadas en sus respectivos lugares, un cura algo bajito y muy viejo, llamado Mioga, comenzó el conocido sermón, habló sobre la importancia de la unión matrimonial y de la responsabilidad extrema que significaba contraer matrimonio, hasta que llegó el momento de hacerles las últimas preguntas a los novios, antes de dar por finalizada la boda.
-Sesshomaru Taisho, ¿aceptas como esposa a Kagura Higurashi, para amarla, respetarla y serle fiel, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe?- preguntó calmado y con una sonrisa, a la espera de una favorable respuesta.
-Acepto- dijo el ambarino mayor mirando a Kagura a los ojos, mientras deslizaba el brillante anillo de oro sobre el dedo anular izquierdo de la muchacha.
Seguidamente, Mioga realizó la misma pregunta a Kagura, Sango, Miroku, Inuyasha y Kagome, mientras los aludidos realizaban el mismo acto que el Taisho mayor, colocando la sortija de casamiento en el dedo de su prometido/a.
La ceremonia se extendió unos minutos más, el cura preguntó a los invitados si alguien se oponía a cualquiera de las tres uniones, y al ver que todos estaban de acuerdo pronunció las palabras finales.
-Caballeros, pueden besar a las respectivas novias-
Ninguno se hizo esperar, cada pareja unió sus labios en un esperado beso, sellando aquella unión que los unía para siempre…
Inuyasha abrió los ojos con una inmensa felicidad instalada en su pecho, observando con emoción contenida los expresivos ojos de su ahora esposa, admirando aquel hermoso rostro acorazonado que sería siempre suyo…
