CAPITULO 13
Candy le puso las manos alrededor del cuello, tan agradecida de volver a sentir su calidez que le atrajo ha cia ella y Albert se dio con la palanca de cambio.
—¡Ay!
—Perdona —se excusó intentando despegarse de él.
—No pasa nada —aseguró Albert sin soltarla—. Te he echado de menos —la besó, y el habitual arrebato luminoso explotó como una llamarada, excepto que en aquella ocasión ella no se resistió y dejó que recorriera todo su cuerpo. Se apretó contra él, sorprendida de que volviera a besarla, y deshizo el beso para besarlo ella, una y otra vez, hasta que Albert tuvo que parar para respirar.
—Mira, en cuanto a mi corazón, no me lo rompas —le pidió Candy.
—Vale, tú a mí tampoco —tiró de ella y Candy cayó encima de él y se perdió, ebria por saber que podría tenerlo, que lo tendría, que todo iba a ser maravilloso. Notó que deslizaba la mano por debajo de la camisa y le tocaba los pechos y ella se estremeció y le mordió el la bio y su mano la aferró con más fuerza, y entonces sonó el móvil.
Albert se apartó jadeante y con los ojos llenos de deseo, y Candy se agarró a él.
—No hagas caso —le pidió Candy con un grito ahoga do—. Será Annie, llama doce veces al día. Ven y ámame.
—Contesta. Tenemos que controlarnos, estamos en la calle.
—Me da igual —dijo tirando de él.
—En tu casa o en la mía, Candy, pero en el coche no —sentenció encendiendo el motor.
—La que esté más cerca —le indicó al tiempo que contestaba el teléfono para que dejara de sonar.
—¿Candy? —preguntó Annie con voz angustiada—. Tengo un problema.
—¿Qué pasa? —contestó intentando que no se no tara la lujuria que había en su voz.
—El ensayo de la cena. Archi se iba a encargar de que trajeran y sirvieran la comida.
—¡Ah! —exclamó Candy mirando a Albert, que parecía estar en otro mundo—. Archi se iba a encargar de que nos sirvieran la cena, dentro de cuatro horas.
—Odio a ese tipo —confesó Albert.
—Mamá lo va a crucificar y él ha tenido una crisis nerviosa. Una boda perfecta —dijo Annie con voz entrecortada.
—Vale, deja que piense —«Albert desnudo, en la ca ma, dentro de mí», no, ese pensamiento no.
—¿Qué vamos a hacer? No tenemos nada.
—Estoy intentando pensar —dijo Candy, y miró a Albert a los ojos durante un buen rato, hasta que el coche chocó contra el bordillo de la acera y Albert tuvo que ende rezar la dirección.
—¿Dónde es la cena? —preguntó Albert sin quitar la vista del asfalto.
—En un hostal cerca de la capilla. En el río. ¿Porqué?
—¿Para cuánta gente es?
—Catorce, creo —contestó y después habló por el teléfono—. Es para catorce, ¿verdad?
—Sí —confirmó Annie
—Podemos hacerlo —dijo Albert—. Dile que no pasa nada.
—¿Podemos? ¿Quién?
—Tony, Stear y yo trabajamos en un restaurante. Cogeremos todo lo necesario en Emilio's, tú harás el po llo al marsala y ellos lo servirán. Tus padres no los cono cen así que creerán que son camareros. Funcionará.
—¿Voy a hacer la comida yo? —preguntó y des pués pensó: «¿Por qué no?»—. Vale, la haré —aceptó. Después volvió a hablar por el teléfono—. Lo tenemos todo controlado. Tranquila. Sólo tienes que contarle al guna historia a mamá si Albert y yo llegamos tarde y ase gurarte de que la puerta de la cocina está abierta. Noso tros haremos el resto.
—¡Gracias a Dios! No os he interrumpido en nada, ¿verdad?
—Sí, pero es igual. Tenemos un par de horas antes de empezar a cocinar y en ese tiempo se pueden hacer muchas cosas.
—No. ¿Estás loca? Tienes que hacer la última prueba del vestido ahora mismo. Creíamos que veníais de camino. Te estamos esperando. No puedes faltar. Ma má te matará y yo te necesito.
—Es verdad, me había olvidado.
—No me lo cuentes —le pidió Albert aminorando la velocidad.
—Tengo que ir a hacer la última prueba del vestido ahora mismo.
—No pasa nada —aseguró Albert inspirando profundamente—. Te dejaré allí. Conseguiré la comida, la coci naremos, iremos a la cena y después...
—Tengo que pasar la noche con mi hermana —con fesó Candy cerrando los ojos—. No tengo ninguna gana, pero es la noche anterior a la boda y se lo prometí.
—Muy bien. No pasa nada.
—Puede que a ti no —dijo Candy, y luego pensó: «Dilo en voz alta». Inspiró con fuerza—. Quiero acos tarme contigo ahora.
—¡Por Dios! ¡Estoy intentando...!
—¿Candy? —sonó la voz de Annie en el teléfono.
—Ahora voy —dijo antes de colgar.
—¿Dónde es la prueba? —preguntó Albert con voz resignada.
—En el departamento de novias de Finocharo's —contestó Candy con amargura—. ¿Por qué no se habrá encargado Archi de los vestidos?
Albert condujo hasta la tienda, la besó varias veces y después se fue a buscar los ingredientes para la cena. En el momento en el que desapareció, Candy se dio cuenta de que no había mencionado la apuesta.
«No ha habido ocasión —pensó—. Esa es la razón, no le he dado la oportunidad de hacerlo e incluso si no hubiese una buena razón, me da igual, no voy a dejar que nada me joda esta historia.»
Después fue a enfrentarse a su madre y al maldito corsé.
—Llegas tarde otra vez —la saludó en cuanto aso mó por la puerta.
—Hola, mamá —saludó Candy dispuesta a ensañarse con ella si decía algo desagradable.
—Cómete esto —le pidió ofreciéndole una manzana. —¿Porqué?
—Porque sabe Dios lo que nos dará de cenar la gente que ha contratado Archi. No se puede confiar en él. Y seguro que no les ha dicho que no cocinen con mantequilla. Yo que tú me la comería.
—¿Esto? —meneó la cabeza, la dejó y se fue a embutirse en el corsé. Media hora más tarde, la modista, salió del probador y Candy se miró en el espejo. «Me mataría, pero esto no es lo último que quiero ver antes de morir».
Volvía a llevar la falda azul que sólo podía cerrar si metía el estómago, la blusa de gasa color lavanda que seguía tirándole del pecho y el nuevo corsé azul que só lo podía abrochar si dejaba de respirar y la modista uti lizaba la fuerza de diez personas. Y no iba a inspirar con fuerza ahora que lo llevaba puesto, un buen suspiro y lo reventaría.
«¿Por qué iba Albert a querer acostarse con alguien con esta pinta?»
—Sigue sin quedarte bien —opinó Pony con voz que no presagiaba nada bueno para su gorda hija, en el momento en que Candy salía del probador.
—Pongo a Dios por testigo de que he hecho dieta —aseguró Candy con tono afligido—. La mayor parte del tiempo.
—Has tenido un año —replicó Pony amarga mente—. Y ahora vas a arruinar la preciosa boda de Annie.
—¿Qué te parece si me hago un esguince en el tobi llo y Sandra hace de dama de honor? Así todos los invita dos a la boda serán guapos y delgados y...
—No —dijo Annie desde la puerta y las dos se volvieron hacia ella.
—No alces la voz, querida —le pidió Pony.
—Eres mi hermana y serás mi dama de honor. Esta rás preciosa porque el color lavanda te sienta muy bien y todo va a salir a la perfección —aseguró indicando con el dedo hacia Candy con la misma mirada maníaca de Pony
—Bueno, ahora ya no podemos hacer nada —pro testó Pony levantándose—. Has llegado tarde y hay un millón de cosas por hacer. ¡Por todos los santos!, la ce na es dentro de tres horas. Tendrás que probarte el vesti do para el ensayo de la cena sin nosotras.
—¿Vestido para el ensayo? ¿Porqué...?
—Te he encontrado algo que te hará parecer más delgada —dijo Pony meneando la cabeza muy decepcionada ante su hija mayor—. Asegúrate de que llevas el vuelo a la altura adecuada. Si te queda en las rodillas, pa recerá que tienes postes en vez de piernas.
—Gracias, madre —dijo Candy, pues era una pelea en la que no quería entrar. Estaba cansada.
—Sé que piensas que soy horrible, pero sé cómo funciona este mundo. Y no es agradable con la gente gorda, en especial con las mujeres. Quiero que tengas una vida feliz y segura, casada con un buen hombre. Y si no pierdes peso, nada de eso ocurrirá.
—No está gorda —la defendió Annie—. ¡No está gorda!
—No levantes la voz —la reprendió Pony y Annie le lanzó una furibunda mirada.
—¡A la porra la voz alta! ¡Deja de decirle que está gorda! —exclamó Annie y después se calló al ver la cara de sorpresa que habían puesto las dos—. ¡Déjala en paz!
Pony meneó la cabeza y palpó los brazos a Candy.
—Sólo quiero que seas feliz. ¿Has estado levan tando pesas como te dije? Porque si los brazos no están firmes, las mangas de gasa...
—Tenemos que irnos —anunció Annie empujando a su madre hacia la puerta—. Vamos a llegar tarde. Estás estupenda —le dijo a su hermana antes de desaparecer.
—Ya —dijo Candy mirándose en el espejo. La blusa de gasa no estaba mal, pero el pecho le quedaba fatal—. ¡Dios mío! —exclamó intentando sentarse, pero la falda era demasiado estrecha.
—Un momento, un momento —le pidió la modis ta, que corría hacia ella para descorrerle la cremallera antes de que reventara.
—Odio estas cosas —exclamó Candy quitándose la falda.
—El color te favorece —aseguró la modista y Candy volvió a mirar su imagen y pensó: «Tiene razón. Annie tiene mucho gusto para este tipo de cosas»—. Has teni do suerte de que no te tocara el verde —continuó la mo dista mientras aflojaba el corsé y Candy volvía a respirar—. Los colores lucirán mucho en el pasillo, verde, azul y el tuyo, violeta azulado, pero la rubia que tiene que poner se el vestido verde no está nada contenta.
«Salida», pensó Candy. Bueno, es lo que suele pasar si sales con el novio.
—Ahora te traeré el vestido para el ensayo y te arreglaremos.
—Sí —se quitó la blusa y se miró en el espejo. Pe chos grandes, caderas anchas, muslos rellenitos... Inten tó pensar en lo que le había dicho Albert, pero la voz de su madre seguía resonando en su cabeza.
—Aquí está. Lo metemos por la cabeza y...
Candy se miró mientras la modista acababa de subir le la cremallera. Su madre había elegido el color negro, por supuesto, un vestido de tubo con una franja blanca vertical en la parte delantera que la hacía parecer un pingüino. Se suponía que la misión de los otros dos parches blancos en forma de V en la cintura era dar la impresión de que el vestido estaba entallado, pero en vez de eso sólo conseguían que pareciera un pingüino con una pajarita muy baja.
—Hace muy delgada —aseguró la modista.
—Sí, mucho —dijo Candy cogiendo la manzana que le había ofrecido su madre.
—¡Vaya vestido más feo! —dijo una voz a su espal da. Cuando Candy se volvió vio a Albert con una botella de vino y dos vasos.
—¡Eres tú! ¡Cómo me alegro de verte! —exclamó Candy, a la que le había dado un vuelco el corazón.
—¿En qué estabas pensando, Candy? Quítate eso cosa, es un insulto a tu cuerpo.
—Sólo uno de los muchos que me han dicho hoy. Lo ha escogido mi madre. Ya sabes el buen gusto que tiene.
—No creo —dijo dejando lo que había llevado en una mesita al lado de un sofá—. Yo te elegiré uno más bonito.
—Vale. Te doy cinco minutos mientras me como esta manzana. Después tendremos que arreglar el vuelo de esta cosa para que mis piernas no parezcan postes. ¿Has traído un sacacorchos? No me vendría nada mal un poco de vino.
—¿Manzana con vino? —preguntó quitándosela de la mano para tirarla en una papelera dorada que había al lado de la mesa y sacando un sacacorchos del bolsi llo—. A tus piernas no les pasa nada. Quítate ese vestido. Seguro que hay otro más bonito en algún sitio.
—Abajo —les indicó la modista entusiasmada y mirando a Albert como si fuera lo mejor que había visto en su vida.
Candy también lo miró y se acordó de lo guapo que era.
—Hola —se presentó a la modista sonriendo—. Me llamo Albert.
—Hola, yo soy Janet —saludó ésta esbozando una sonrisa aún más grande.
«¡Por Dios!», pensó Candy.
—Me da la impresión de que tienes muy buen gus to, Janet. Estoy seguro de que no has sido tú la que ha elegido ese vestido.
—No, no —dijo negando cualquier implicación.
—Me apuesto lo que quieras a que eres capaz de encontrarle el vestido perfecto —continuó Albert mirándola a los ojos con sinceridad—. Puede que algo rojo intenso.
—Azul —lo contradijo Janet—. El azul y el violeta le quedan muy bien.
—Es verdad. Ve a buscarle un vestido bonito en azul y lo celebraremos con una copa.
—La señora White fue muy específica... —comen tó Janet dubitativa.
—Ya me encargaré yo de ella. Tú busca el vestido.
Cuando se fue, Albert descorchó la botella sin que és ta se resistiera y le sirvió un vaso.
—Toma, estás muy tensa.
—He visto a mi madre —le explicó cogiendo el va so y deseando que la tocara. Pero estaba gorda.
—Eso explica porqué Janet parecía un cervatillo sorprendido por los faros de un coche. Ahora no está y hace más de una hora que no me besas. Ven aquí.
Candy bajó de la tarima y fue hacia él encantada de la forma en que la rodeaban sus brazos e intentando no pensar en lo gorda que debían sentirla sus manos. Lo besó con fuerza y suspiró contra su pecho, agradecida por tenerlo, aunque no entendiera porqué la quería él.
«Por la apuesta.»
No, imposible, no era por eso, confiaba en él.
—¿Qué te pasa?
—Lo prueba del vestido ha sido muy dura.
—Deja que adivine. Tú madre. No le hagas caso. Piensa en mí.
Candy sonrió muy a su pesar y Albert la volvió a besar, sintió sus suaves labios y notó que disminuía la tensión de su cuerpo.
—Ya está —la animó dándole una palmadita en la espalda—. Ahora bébete el vino. Te voy a emborrachar y después me propasaré contigo por debajo de la mesa durante toda la cena.
—Ojalá —deseó Candy tomando un sorbo.
Medio vaso de vino y varios besos más tarde, Candy se sentía mucho mejor y Janet volvió con un colgador con algo morado y ajustado.
—¿Estás de broma? Es para mí, ¿te acuerdas?
—No, es para mí —aseguró Albert—. Soy yo el que te lleva a esa historia y no voy a pasar toda la noche miran do un vestido que te afea el culo.
—Vete. No pienso desnudarme delante de ti —«to davía», pensó y después se acordó de su madre tocándole los brazos. «Puede que nunca».
—Bueno, al menos lo he intentado —dijo llevándo se la botella fuera.
—¿Es tu novio? —preguntó Janet.
—Sí —contestó Candy sorprendida al darse cuenta de que realmente lo era.
—¡Dios mío! ¡Qué guapo que es!
—También es muy buena gente. Creo que este vestido...
—Te quedará muy bien —dijo Janet sacudiéndolo en la mano—. A tu novio le gusta. ¿Sabe algo de ropa femenina?
—Creo que ha debido quitar un montón —contes tó mientras se deshacía del vestido de pingüino.
—Pues no me importaría que me quitara la mía —soltó Janet—. Perdona, no quería...
—No pasa nada, estoy acostumbrada. ¿Cómo se pone esto?
—Métetelo por la cabeza. Es un vestido drapeado, cruzado sobre el pecho.
—No sé —dudó Candy sosteniéndolo en la mano.
—Pruébatelo. A él le gusta.
—Y ha traído vino. ¿Dónde está mi vaso? —se lo acabó de un trago y después, suspirando, se metió el ves tido por la cabeza y se miró en el espejo.
Había cosas muy buenas en aquel vestido. El cuello cruzado le hacía parecer más delgada y la forma en que estaba drapeado a la altura de los pechos era muy sexy, siempre que no dejara caer los hombros. También hacía voluptuosas sus caderas en vez de parecer que tenía pistoleras. Aun así, era el tipo de vestido que llevaban las mujeres delgadas.
—El vuelo haciendo picos es genial. Tiene razón, tienes unas piernas muy bonitas. Son... curvilíneas.
—Gracias, el resto de mi cuerpo también lo es.
—Estás muy sexy. Voy a buscarlo para que te vea.
—Creo que me tomaré otro vaso de vino —dijo Candy, pero la modista ya había salido. Se sirvió y tomo un sorbo mientras se miraba en el espejo. Era una gran mejora respecto al vestido pingüino. Además, su madre se enfadaría, lo que estaría muy bien. Era incluso mejor, no podría protestar porque le diría que a Albert le gustaba—. De acuerdo —dijo haciendo un brindis ante su imagen y tomándose el vaso de un trago. La calidez del vino se extendió por todo su cuerpo, se mezcló con el calor que conservaba de los besos de Albert y dejó escapar un suspiro.
Cuando Albert volvió, se estaba sirviendo el tercer vaso.
—Me han dicho que estás... —empezó a decir, pe ro se calló.
—¿Qué?
—¡Ah! —exclamó, y Candy siguió su mirada hacia su escote, muy abierto porque el vestido no cerraba bien—. Estás preciosa —dijo Albert con la suficiente tensión en la voz como para dejar claro que se estaba quedando corto.
—No es un vestido para gordas. No esconde nada —replicó Candy volviéndose hacia el espejo.
—¿No hemos hablado ya de eso?
—Sí, pero desde entonces mi madre ha tenido tiempo de intervenir. Y además, este espejo me dice que no tengo cintura.
—Sí que la tienes —aseguró poniéndole una mano en la cadera—. Está aquí —le pasó la mano por el estó mago y ella se estremeció al ver en el espejo cómo la toca ba. Aquella mano en ella la hacía sentirse diferente, mejor, y cuando la atrajo hacia su pecho, se relajó y dejó que la cabeza se apoyara en su hombro—. Es un vestido muy sexy —dijo susurrando antes de besarla en el cuello. Candy contuvo el aliento—. Eres una mujer muy sexy —aseguró pasando un dedo por el borde el sedoso vestido en dirección al cuello, lo que le provocó un escalofrío y notó que se acaloraba al tiempo que empezaba a derretirse.
—Voy a tener que dejar de beber vino cuando esté contigo. Empiezo a creerme todas las mentiras que me dices.
Albert sonrió y su imagen le dio tanto calor como su cuerpo.
—Me gusta mucho estar a solas contigo. Y no pue do hacerlo porque tengo que ir a ese ensayo de la cena. Mañana tengo que estar en la boda con un vestido ri dículo y vuelvo a verme gorda.
—Eso es porque no prestas atención —le dijo Albert al oído—. Mírate.
—Lo hago. No de la forma en que te miro a ti —Albert le pasó la mano por el costado.
—Mira tus hermosas curvas, lo llenita que estás.
En el momento en que su voz la turbaba su mano le rodeó un pecho.
—¡Eh! —protestó levantando el brazo para apartar la, pero él le cortó la respiración con la boca y la besó con fuerza cogiendo su mano para que sintiera con la palma la cálida robustez de su pecho. Candy pensó: «Có mo me gusta» y dejó que el fuego la invadiera.
—Mira lo guapa que eres —le dijo mientras entrela zaba los dedos de la otra mano—. No hay hombre que te vea así y no sienta deseos de tocarte —le empujó la otra mano para ponerle la palma contra el vientre y después la subió hacia los pechos—. Eres una fantasía, mi fantasía.
Apretó las dos palmas de Candy contra sus pechos y ella sintió su plenitud, se estremeció y lo creyó. Se dio la vuelta y lo besó con todo su ser, apretándose contra él sin pen sar en otra cosa que acercarse más, deseando la firmeza de su cuerpo, la forma en que se rendía a ese cuerpo, la cali dez de sus manos mientras la recorrían y la atraían hacia él. Arqueó las caderas, le mordió el labio, le pasó la lengua por la boca y sintió que temblaba. «Te deseo», susurró y notó su respiración entrecortada mientras la besaba en la nuca para morder después el trozo que había besado.
—¡Huy! —exclamó Janet detrás de ellos y Candy se soltó turbada y sin aliento.
—Nos quedamos el vestido —dijo Albert con voz ron ca y sin darse la vuelta.
—Es un vestido muy peligroso —aseguró Candy intentando respirar con normalidad.
—Por eso nos lo llevamos —dijo Albert besándola an tes de dejarla ir.
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Cuando llegaron al hostal, Annie había dejado la puerta de atrás sin cerrar, tal como había prometido.
—La cocina está bien, podremos trabajar en ella —dijo albert cuando descargaron el coche.
—Es excelente —dijo Candy con envidia—. Creo que... —empezó a decir, pero Albert la besó y ella sonrió contra su boca acercándose a él—. ¿A qué ha venido eso?
—A que puedo hacerlo —dijo acercándose más a ella. Entonces sonó el móvil—. ¿Qué se le ha olvidado a Archi esta vez?
—¿Hola? —dijo Candy al teléfono.
—¿Dónde estás? Nosotras ya hemos llegado al hos tal y mamá no deja de meterse con mi vestido —explicó Annie con un frenético suspiro—. Quiere saber dónde te has metido.
—Estamos en la cocina dispuestos a preparar la ce na —dijo mientras Albert le besaba el cuello. Ahogó una ri sita y le suplicó—: Entretenla.
—Se va a enfadar contigo.
—Como si eso fuera una novedad. De todas formas se iba a enfadar al ver mi nuevo vestido. Lo ha elegido Albert y parezco una prosti —dijo notando que Albert se reía entre su pelo.
—¿En serio? ¿De qué color es?
—¿Annie?
—Voy a entretener a mamá. Gracias.
—No pareces una prostituta —aseguró Albert cuando Candy colgó el móvil—. Si acaso una acompañante de alto standing —dijo bajándole la mano hasta el final de la espalda—. Y yo tengo dinero.
—Pues imagínate que cocinar van a ser nuestros juegos preliminares —sugirió Candy y Albert suspiró y empe zó a desempaquetar la comida.
Quince minutos después, Candy tenía cuatro sarte nes con aceite de oliva caliente, Albert había ablandado con un mazo dieciséis pechugas de pollo hasta dejarlas planas como un rodaballo y estaba lavando champi ñones.
—Nada de mantequilla y muchas, muchas gracias —dijo Annie asomando la cabeza.
—Por cierto, ¿dónde estoy? —le preguntó Candy mientras rebozaba las pechugas.
—El coche de Albert se ha estropeado en algún sitio de la 275 —contestó Annie.
—Mi coche no se ha estropeado —replicó éste—. Lo he dejado en...
—Gracias, se lo creerá. ¿Te importaría olvidarte de tu orgullo masculino esta noche? —le pidió Candy.
—¿Y qué gano con eso?
—Mi eterna gratitud —dijo ésta besándolo en los labios, encantada de la forma en que encajaban sus bocas.
—¿Cuánta gratitud? —preguntó Albert inclinándose para seguirla mientras ella se apartaba.
—Más de la que pueda expresarte en una sola no che. ¿Puedes cortarme unos cuantos champiñones? Los necesitaremos para la ensalada —dijo y se quedó parada con el primer trozo de pollo encima de la sartén.
—¿Algún problema?
—No —contestó dejándolo en la mesa. Buscó en una de las bolsas y sacó una barra de mantequilla. ¿Sa bes?, creo que no se puede cocinar sin un poco de man tequilla.
—Sí —admitió Albert sonriendo.
Candy echó una generosa porción en cada una de las sartenes y olió su suave aroma. Después sonrió y echó las pechugas.
—De todas formas, no se darán cuenta —aseguró Albert.
—Mi madre puede olerla tres días después de que la haya comido. Sí que se enterará, pero me da igual. ¿Puedes cortar lechuga? Yo tengo que cocer unas judías.
Media hora más tarde, Tony y Stear aparecieron vestidos con camisa blanca y pajaritas negras, con Paty.
—Vaya, vaya —comentó Candy sofocando la risa.
—Sí, ahora te burlas, pero luego alucinarás —dijo Tony, que sirvió agua en unos vasos más rápido de lo que habría podido imaginar. Stear puso catorce platos en fi la, hizo un dibujo en ellos con salsa de frambuesa y pre paró las ensaladas como si estuvieran en el Ritz.
—Me has dejado de piedra.
—A mí también —dijo Paty desde el taburete en el que estaba sentada al fondo de la mesa, mientras cor taba cebolletas en tiras, Stear le sonreía y Tony sacaba los vasos de agua.
—Ya están todos en el salón, se comportan con mu cha educación. Annie parecía un poco aburrida, hasta que me ha visto con la pajarita —comentó Tony cuando volvió.
—Aquello debe de ser un infierno. Prefiero estar aquí con vosotros. A partir de ahora creo que prepararé todas las cenas que dé mi madre —comentó Candy al otro lado del vapor que desprendían las judías.
—En cuanto note la mantequilla no te volverá a de jar hacerlo —dijo Albert ayudando a Tony a preparar los primeros platos.
Diez minutos más tarde, los platos estaban prepa rados para el pollo, éste tenía un aspecto delicioso coci nándose a fuego lento en su oscura salsa, las judías ver des con las almendras metidas en unos rollitos hechos con las tiras de cebolleta y Candy hablaba sola.
—Ensalada, hecha. Carne y judías, preparados. Salsa de maíz de Emilio's, lista. Panecillos, sacados del horno y en cestas. Me olvido de algo, seguro. ¡Mierda! ¡El postre!
—Lo he traído yo —dijo Albert sacando una bolsa que contenía dos cajas de Krispy Kreme.
—¿Donuts? —preguntó Candy desconcertada.
—Pásame una fuente de postre —Candy buscó en un armario y le dio una. Albert dispuso siete glaseados con chocolate haciendo un círculo, con uno en medio, la siguiente capa con cinco rellenos de chocolate, otra con tres glaseados con vainilla y una última con un especta cular donut de chocolate. La pirámide se sujetaba con el glaseado que Paty había ido goteando entre las capas.
A Candy se le hizo la boca agua.
—Lo vi en un artículo de People. La gente lo prepa ra muy a menudo —comentó Paty.
Albert cogió una de las cajas, la abrió y sacó una figu rita con unos novios de plástico bajo una arcada. Eran horribles hasta que los puso encima de los donuts, después le parecieron muy divertidos.
—Es la tarta que quiero en mi boda. Aunque a mi madre le dará un infarto —comentó Candy. Albert sonrió y Candy se quitó el delantal—. Eres un genio, Albert. Dame un momento para que me ponga el vestido y estaremos listos para el show.
Se cambió tan rápido como pudo y cuando volvió oyó que Tony le decía a Albert:
—Está todo listo, ya podéis iros —se calló cuando la vio, Stear se quedó parado y Paty la miró desde detrás de éste.
—¡Candy! ¡Estás preciosa! —la alabó Paty.
—Muy sexy —comentó Tony, y Albert le dio un golpecito en la cabeza—. Sólo ha sido un comentario —pro testó éste.
—¿Podéis ocuparos de todo? —preguntó albert pa sándole la tarta a Stear
—Está chupao —dijo Tony, y Candy se quedó quieta, desconcertada—. ¿Qué pasa? —le preguntó.
—Nada —contestó, y fue a comprobar en un espe jo que había al lado de la puerta si se había manchado de harina. El calor de la cocina había hecho que se le subieran los colores y le había rizado el pelo, estaba...
—Estás guapísima —dijo Albert y Candy se volvió y vio a Tony y a Stear a su lado. Entonces cayó en la cuenta de que un mes antes no conocía a ninguno de ellos y sin embargo se habían unido para sacar a su hermana de un apuro.
—Es todo un detalle por vuestra parte. Esto es algo que va más allá de la amistad —les dijo.
—Por ti lo que quieras —dijo Tony dándole un be so en la mejilla y Candy se puso colorada.
—Deja ya de flirtrear con otros hombres, Candice —le pidió Albert cogiéndola de la mano y Stear le dio una palmadita en la espalda mientras salían.
—Son una gente excelente —los alabó mientras iban por el camino de grava hacia la puerta principal.
—Sí, y ahora vamos a cenar con tu familia.
—¡Menuda!
Más tarde, cuando recordó el ensayo de la cena, a Candy se le hizo difícil pensar en algún momento en el que aquella celebración no hubiera estado animada.
Cuando Pony los vio entrar se quedó tan sor prendida por el vestido de Candy que sólo consiguió decir: «Llegas tarde» y lanzarle una mirada furiosa mientras ella se preparaba para lo peor.
Pero entonces Albert le dio una palmadita en la espal da y el padrino de Archi exclamó: «¡Guau!» asintiendo con la cabeza.
—Gracias —dijo Candy
—Te lo dije, aléjate de él —le advirtió Albert al oído.
También estaba el momento en el que Candy vio que Archi había decidido hacerse un corte de pelo tipo César el día anterior a su boda y parecía más tonto si era posible.
—No hagas jamás una cosa así —le suplicó a Albert.
—No creo que lo haga —contestó éste.
Recordó el momento en el que Stear y Tony estaban sirviendo las ensaladas y Diana sonrió y dijo: «Qué camare ros más guapos» y Stear casi le tira una encima de Archi.
—¡Ten cuidado! —le reprendió y a Annie se le bo rró la sonrisa.
—Muy guapos —corroboró Candy y frunció el en trecejo en dirección a Archi sin que éste se enterara de nada.
O cuando la madre de Archi dijo:
—Este pollo está muy bueno. ¿Quién habéis dicho que lo había preparado? —preguntó, y todos los ojos se volvieron hacia Archi.
Candy dejó que se quedara mudo un momento antes de decir:
—Emilio's, ¿no?
Archi se aferró al cable que le había echado con tan ta gratitud que casi le dio pena.
A aquello le siguió la intervención de Pony
—Esto lleva mantequilla.
—Sí —confirmó Candy sin dejar de comer y Albert le dio una palmadita en la espalda.
Aunque seguramente el peor momento de todos fue hacia el final de la cena, cuando sonó el móvil de Candy. Miró a Annie y se estremeció, pues era la única que le podía estar llamando y después se acordó del trío que había en la cocina.
—Ahora vuelvo —dijo alejándose para contestar—. ¿Sí?
—Candy —oyó que decía la voz de Terry—. Llevo todo el día buscándote.
—¿Porqué? Es igual, no me importa. Estoy en el ensayo del banquete de mi hermana. Déjame en paz.
—Se trata de Albert —dijo Terry, y Candy se quedó pa rada—. Todavía me preocupas y debes saber algo de Albert Andrew
—Dilo.
—¿Te acuerdas de la noche que ligó contigo? Lo hi zo porque apostó a que podía llevarte a la cama en menos de un mes.
—¿Sí? —inquirió pensando: «¡Qué miserable eres!».
—Bueno el plazo acaba el miércoles que viene. Y Albert Andrew no pierde nunca. Hará todo lo que pueda por ganar la apuesta. He pensado que debías saberlo. No quiero que te haga daño.
—¡Caramba! Gracias.
—No pareces enfadada.
—Ya se sabe, son como niños.
—Creía que te escandalizarías —dijo, pareciendo escandalizado él mismo.
—Ya lo sabía. Os oí. Por eso sé que Albert no hizo esa apuesta, sino tú. Fue idea tuya, lo que te convierte en el canalla de esta historia.
—No, estaba enfadado porque habíamos roto.
—Me dejaste tú. ¿Porqué estabas enfadado?
—Me he arrepentido mil veces de esa apuesta, pero Albert no ha querido cancelarla.
—¿Le has preguntado? —preguntó Candy, que no le creía.
—Una y otra vez.
—Terry.
—¿Sí?
—¡Púdrete en el infierno! —le deseó antes de colgar.
Se quedó en el porche y miró hacia el río que había cerca. Todo aquello era una mierda. Creía en Albert, sin reservas, pero aquella apuesta...
«Hablaré con él después de la boda», se dijo. Cuan do se quitara aquel horrible corsé y estuvieran solos, cuando pudieran hablar sin que Annie le estuviera pi diendo ayuda, hablaría con él.
«Mañana por la noche», se recordó y volvió a en trar a tiempo para presenciar el mejor momento de to da la velada, la cara de Pony cuando vio la tarta Krispy Kreme.
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—¡Eh! —dijo Terry cuando Karen contestó el te léfono el domingo por la tarde—. Hace tiempo que no sé de ti. ¿Qué...?
—Se acabó —dijo ésta con voz como de haber es tado llorando—. Están en la fase encaprichamiento. Pueden pasar años hasta que entre en razón. Hemos perdido, Terry
—No, yo no pierdo.
—Albert la quiere. Es sincero con ella. No podemos hacer nada.
—No es verdad —replicó Terry, enfadado por oír mencionar a Albert—. Va detrás de ella solamente para ga nar la maldita apuesta.
—¿Qué?
—Esto... —comenzó a decir intentando pensar en una explicación que no le hiciera quedar como un canalla.
—Dime —le exigió Karen con voz que no admi tía tonterías.
—Aquella noche estaba enfadado, dolido y...
—Terry, tú me importas un comino. Cuéntame lo de la apuesta.
—Me aposté con Albert que no sería capaz de llevarla a la cama en un mes.
—Albert no habría hecho una apuesta así —replicó Karen muy segura.
—¿Porque es muy noble...?
—Te dijo alguna otra cosa.
—Apostó a que la invitaba a cenar.
—¿Se fue con él porque hiciste una apuesta? —preguntó furiosa.
—Yo no tengo la culpa.
—Eso ya no tiene importancia —aseguró Karen con tono lastimero otra vez—. Aunque se lo contaras a ella, lo comprobaría preguntándole a Albert.
—Ya lo sabía —repuso Terry resentido—. La lla mé ayer para contárselo y me dijo que nos había oído.
Karen no dijo nada.
—Creo que se fue a cenar con él para provocarme. Albert comentó que había sido muy insolente, así que ima gino que le hizo pagar.
—¿Lo sabe él? —preguntó Karen con voz ten sa—. ¿Sabe que salió con él para hacerle pagar?
—No creo. No me ha llamado para decirme que cancela la apuesta y ahora que sabe que ella está al co rriente, la apuesta ya no sigue en pie.
Silencio.
—¿Karen?
—¿Sabes dónde está Albert en este momento?
—No, pero esta noche estará en la boda de Annie. ¿Qué diferencia...?
—Sé cómo separarlos —dijo Karen con voz contundente.
—¿Cómo?
—Llévame a la boda. Si todavía no se ha acostado con ella, estará muy frustrado. Los observaré y si algo lo pone tenso, si lo vuelve a rechazar, si algo sale mal... —Karen hizo una pausa e inspiró con fuerza—. Te avisaré para que vayas a decirle que Candy le ha estado tomando el pelo todo el tiempo y que todo el mundo piensa que es tonto.
—¿Bastará eso para que rompan?
—Eso será suficiente para que Albert tenga pesadillas durante muchos años —aseguró con voz abatida—. No tiene ninguna lógica, pero ha sido el desencadenante desde que era niño. Si le aprietas ese botón explota. Si lo hace delante de la familia y amigos de Candy...
—¡Guau! —exclamó Terry impresionado por su voz.
—¿A qué hora es la boda?
—A las siete. Annie quería que fuese al atardecer por no sé qué basura de cuentos de hadas.
—Recógeme a las seis —le pidió antes de colgar.
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Candy pasó la noche con Annie, que estaba tan frenética que se quedó poniendo lazos en las cajas para la tarta, hasta que Candy se dio por vencida y se fue a dor mir sin siquiera echar de menos a Albert. Sin embargo, al día siguiente, Annie estaba muy tranquila, tensa pero no frenética y llena de energía.
—No he dormido mucho —le confesó a Candy.
Cuando fueron al vestuario de la capilla, Salida, Calentorra y Pony estaban esperando y Candy esquivó a su madre y sus peinetas («¡Candy estás horrible con el pelo así!»), llevó las cajas de la tarta al salón del ban quete y se fue al baño de la capilla para ponerse el ves tido. No iba a estar peleándose con aquella maldita co sa mientras su madre hacía comentarios y Calentorra sonreía satisfecha.
Algo no iba bien, pensó mientras intentaba atarse el corsé. Era algo aparte de la loca de su madre y la idiota y sosa de la dama de honor vestida de verde, algo que iba más allá de la tarta que Paty intentaba deco rar con orquídeas y perlas, algo, estaba segura, que te nía que ver con el novio. «Tengo que hablar con Annie», pensó, pero ¿qué le iba a decir? ¿Estás tiste, tu novio es un idiota y creo que deberíamos comernos la tarta e irnos a casa?
—¡A la porra! —exclamó saliendo del baño para ir a buscar a su hermana.
—Llegas tarde —dijo Calentorra, arreglándose el elaborado moño cuando Candy entró en la habitación.
—¡Que te den! —replicó y fue donde estaba su hermana—. ¿Qué te pasa, cariño?
—Nada. Me... alegro de que estés aquí.
—Sí, en todo mi esplendor —dijo estirando los brazos para que viera cómo se le abría el escote del corsé.
—No lo llevas lo suficientemente apretado —co mentó Pony dándole la vuelta—. La verdad, Candy —pro firió mientras desataba el lazo del cuello y empezaba a apretar las cuerdas desde la parte de abajo.
—¡Ay! —exclamó al notar que le comprimía los pulmones—. ¡Madre! —se sujetó en el respaldo de la silla de annie para no perder el equilibrio mientras Pony tiraba de las cintas—. Tengo que poder... ha blar... durante... la ceremonia.
Pony dio un último y atroz tirón, ató las cintas con un nudo que habría dejado con la boca abierta a un boy scout y se apartó para contemplar su obra.
—Bueno, es todo lo que puedo hacer —reconoció y Candy pensó: «Eso resume a la perfección nuestra rela ción» y se alejó de ella, con la mano en el costado inten tando respirar y ver a Annie a la vez.
—¿Annie? —preguntó al ver que ésta no decía na da. Se inclinó para mirarla a la cara y sintió que se le comprimían aún más los pulmones.
Annie se estaba mirando en el espejo, con los ojos como platos y apretando los dientes, y se olvidó de que no podía respirar.
—¿Estás bien?
—Sí —contestó con voz apagada sin apartar la vista del espejo.
—Estás muy guapa —a ella, hasta el corsé le queda ba bien—. Como un cisne —añadió esperando conse guir un parpadeo.
—Son los nervios anteriores a la boda —comentó Salida mientras se arreglaba la corona de hiedra y orquí deas blancas en su liso y rubio pelo. Tenía un aspecto deprimente.
—Ve a ponerte la tuya —le indicó Calentorra dán dole un codazo, con su corona de aciano y orquídeas perfectamente centrada y colocada sobre el moño.
—¡Candy, tu corona! —exclamó Pony.
Cogió su corona de lavanda y orquídeas y se la co locó en la cabeza. Al menos olía bien. Puso un par de horquillas para sujetarla sin dejar de mirar a Annie en el espejo.
—Iros —pidió ésta al darse cuenta de que la estaba mirando.
—Vale.
—No, tú no. Todos menos tú.
—¿Qué? —preguntó Salida con las manos en el aire intentando arreglar la corona de Annie.
—¡Annie! —protestó su madre.
—Es el momento de las hermanas. Ahora mismo vamos.
—¡Eh, que soy una dama de honor! —exclamó Calentorra, pero se calló al ver la expresión de Annie.
—¡Fuera! —le ordenó indicando con el dedo hacia la puerta.
—Yo no me voy. Es la boda de mi hija —soltó Pony.
—Pues ve a ver si todo está bien. ¿No tenían que estar los bancos decorados con flores?
—De verdad, Candy. Pues claro.
—Será mejor que lo compruebes —le sugirió y Pony se fue hacia la capilla.
Salida cogió su ramo de orquídeas y le dio un beso a Annie en la mejilla.
—Estás preciosa. Parece que tengas la talla treinta.
Le dio el ramo de Calentorra, la empujó hasta la puerta y ésta ya no se puso tan gallita.
Después, Candy y Annie se quedaron solas.
Candy se apoyó en la encimera e intentó meterse los dedos por debajo del corsé para conseguir algo de aire y hablar con ella.
—Mira, ya está. O me dices lo que te pasa o cance lo la boda.
—Quiero un donut de Krispy Kreme —pidió a punto de echarse a llorar.
—Yo te lo traeré. Iré y...
—No puedo comerlos. Cada uno tiene doce gra mos de grasa.
—Sí, pero como es el día de tu boda...
—No pasa nada.
—Sí que pasa. Mira, si no quieres seguir adelante con lo de la boda cogeré las llaves del coche de Albert, nos iremos a casa, beberemos champán y nos comeremos muchos Krispy Kreme.
—¿Que si quiero irme? No, no.
—Vale, pero si cambias de idea, lo de los donuts y el champán no iba en broma.
—No cambiaré de idea. Esta es mi boda de cuento de hadas.
—Entonces es hora de ir —sugirió esperando que algo de acción estimulara el cerebro de su hermana.
Annie se puso de pie y Candy estiró los brazos para enseñarle el corsé.
—¿Qué te parece?
—Que ha sido una idea estúpida —dijo con voz temblorosa—. ¿Por qué te habré metido en un corsé?
—Para que tenga cintura.
—Ya la tienes. No es fina, pero no le pasa nada —aseguró antes de quedarse parada mirándola a los ojos, impre sionantemente guapa, fría como el hielo.
—Tienes que decirme qué te pasa.
—Nada. Todo va de maravilla.
Calentorra llamó a la puerta y asomó la cabeza.
—¿Estáis listas? —preguntó con voz más vacilante de lo que Candy le había oído nunca—. Porque se supone que deberíamos ponernos en fila.
—Ahora mismo salimos —dijo Candy al ver que Annie no le hacía caso.
—Estás muy guapa —dijo Calentorra abriendo más la puerta.
Annie cogió su ramo.
—La corona —le indicó Candy. Annie cogió su coro na de orquídeas blancas y rosas y se la puso en la cabeza, con el velo torcido—. Ya te lo...
Pero Annie había empezado a cruzar la habitación.
—Yo lo arreglaré —se ofreció Calentorra lanzándo le a Candy su típica mirada de «Eres una inútil».
—No creo que puedas —dijo Candy cogiendo su ra mo y siguiendo a su hermana.
Continuara…..
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Ya casi vamos por el final esta bienisimo espero queles guste
Vere….
