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Declaración: La mayoría de los personajes de esta historia pertenecen a Kyoko Mizuki/ Yumiko Igarashi en la historia de "Candy Candy". Otros eventos y situaciones fueron tomados de "Candy Candy Final Story" (CCFS) de Kyoko Mizuki, seudónimo de Keiko Nagita.
QUÉDATE CONMIGO
Por Alexa PQ
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CAPÍTULO 13: Rompiendo cadenas.
- ¡Señorita Candy! ¡Buenos días!
Candy apenas podía abrir los ojos en la penumbra de su cálida habitación, todavía adormilada. Tenía la sensación de que era la tercera o cuarta vez que la llamaban, pero se resistía a despertar imaginando que soñaba. Se desperezó lentamente en la cama, sintiendo la delicada suavidad de las sábanas de seda deslizarse sobre su piel y también la mullida caricia del abrigo de Terry contra el cual se había dormido. Todavía olía a él.
Sentía que su cuerpo entero todavía olía a él.
La doncella que llamó a la puerta atravesó el dormitorio para descorrer las cortinas, mientras una gris claridad matutina inundaba la habitación. La luz hirió los ojos de la chica todavía somnolienta que entornó la vista para ver a la muchacha cerrar de un tirón las puertas francesas del balcón.
- Parece que su ventana se quedó un poco abierta anoche, señorita Candy – dijo la mucama mientras corría las aldabas con precisión - ¿No sintió frío?
Al oírla, Candy despertó de golpe y se incorporó como impulsada por un resorte, agradeciendo que la mucama no viera el intenso rubor de sus mejillas.
¿No sintió frío?
Los recuerdos de la noche anterior le inundaron el corazón.
Hacía apenas unas cuantas horas atrás, en medio de las sombras de la noche, Terry había subido por el balcón hasta ella - dócil y rendido - con la mirada indefensa pero resuelto a hablarlo todo. Candy lo había hecho entrar a la habitación y ambos habían encontrado refugio en su abrazo para por fin revelarse todos sus sentimientos sin máscaras. Presos de emociones indefinidas habían hablado sobre aquella carta que nunca llegó a las manos de Candy, coincidiendo en su profundo resentimiento contra la Sra. Elroy por haberse atrevido a prejuzgarlos robándoles años y decisiones que debían de haber sido sólo suyas. Después habían desnudado sus almas para confesarse su amor y sus miedos, revivir esperanzas y hacerse promesas con la firme determinación de cumplirlas, imaginando que esta vez sería más fácil hacerlo porque por fin estarían juntos.
Tras desnudarse el alma, de forma natural llegó el turno de hacerlo con sus cuerpos... y entonces Terry le había hecho el amor. La cubrió de besos y caricias, la llamó "hermosa" y "mi amor". Su cuerpo de niña se volvió mujer entre sus brazos mientras sus almas quedaban anudadas con un lazo indisoluble y eterno de mutuo amor y devoción. Había sido una noche mágica de besos, descubrimientos y reencuentros.
Tras la pasión, siendo deliciosamente persuadida bajo sus besos ardientes y la impaciencia de una vida junto a Terry, Candy le había prometido que se casarían cuanto antes aquí, en Londres. Y él se había ido al despuntar el alba, prometiéndole que volvería para enfrentarlo todo junto a ella.
Candy suspiró. Había llevado tanto tiempo a Terry en el corazón y ahora por fin llevaba la huella de sus manos en el cuerpo; por fin podía sentir todavía su aroma impregnado en la piel. Ella sonreía arrobada por sus recuerdos, cuando la voz de la mucama la sacó de su ensoñación:
- El Duque de Grandchester la espera abajo, señorita.
Candy parpadeó sin saber si lo había imaginado, cuando la joven doncella continuó diciendo:
- Su Excelencia la espera desde hace más de una hora, pero dio instrucciones precisas de no molestarla – el corazón de Candy dio un brinco. Terry había cumplido su promesa… demasiado pronto, al parecer – Yo me atreví a llamarla porque ya casi es la hora del desayuno, aunque es la primera vez que soy yo quien tiene que despertarla… ¿hice bien? - la doncella parecía levemente avergonzada - ¿Quiere que le prepare la ducha o la bañera?
Candy todavía estaba como aturdida, no podía pensar en otra cosa más que en Terry que ya la esperaba abajo. No supo ni qué respondió.
- ¿Desea que la ayude a bañarse y vestirse? - insistió la doncella.
Candy negó con la cabeza.
- No, gracias… ¿dices que el duque me espera desde hace rato?
- Sí, señorita Candy – la chica de servicio sonrió, ensoñadoramente – En estos momentos Lord Stonehurst está con él.
- ¿Puedes avisarle que bajaré en un momento?
Candy se duchó y vistió tan rápido como pudo, sintiendo una mezcla de emociones entre las que, desde luego, por encima de todas sobresalía la alegría: él estaba allí y ella no quería hacerlo esperar.
Se vistió con un conjunto color aguamarina de mangas vaporosas que le quedaba muy bonito, queriéndose ver lo más linda posible para Terry. Recogió sus cabellos en un rodete rápido y antes de bajar comprobó su aspecto frente al espejo de cuerpo entero... pero de pronto se quedó parada estudiando su imagen. Ahora se percibía diferente: su mirada tenía otro brillo, como si fuera poseedora de una nueva fuerza y una felicidad que apenas se podía ocultar. También observó, un poco avergonzada, que había unas leves ojeras haciéndole sombra bajo la mirada, y al verlas suspiró. Terry se las había provocado y se preguntó si él también las tendría.
Cuando bajó al saloncito, flotaba en el ambiente el delicioso olor a café que el mayordomo servía. Ella sonrió, sintiendo la calidez de una aromática mañana junto a Terry... pensando que seguramente sería mil veces mejor cuando por fin pudieran despertar juntos. Estaba impaciente porque esos días comenzaran.
- Buenos días, caballeros.
Ambos se levantaron en cuanto Candy entró a la habitación, pero ella sólo tuvo ojos para Terry quien vestía de forma impecable un elegante traje gris y estaba perfectamente afeitado... aunque también tenía unas ligeras ojeras bajo su mirada, que delataban la noche que habían compartido.
- Candy, estás más hermosa que nunca... – musitó Terry, casi para sí mismo. La recibió con un beso en la mejilla, deteniéndose unos segundos más de lo necesario para recrearse en la suavidad de su piel perfumada.
Ella se ruborizó inmediatamente, turbada por el calor de su cuerpo y los recuerdos de la noche anterior. Le sonrió, acomodándose el cabello detrás de la oreja.
- Gracias, Terry - ella bajó la vista. Podía sentir la cara caliente de sonrojo.
Sorprendidos por su rubor tan intenso, Ethan y Crawford también saludaron a la recién llegada aunque obviamente de forma menos efusiva.
- Encantadora como siempre, Candice – le sonrió Ethan galante, indicando que el desayuno estaba por servirse y podrían pasar al comedor en unos cuantos minutos. Se volvió hacia Terry, sabiendo que había llegado el momento de hablar de cosas más agradables - Arreglaremos nuestros asuntos pendientes después, Grandchester. ¿Nos vemos en el Hípico por la tarde?
Pero el duque estaba más interesado en otras cosas.
- Preferiría mañana. Te prometo que mañana volveré a la realidad.
Terry se volvió hacia el mayordomo y le hizo una señal para que no rellenara su taza.
- Déjelo así, Crawford. La señorita Ardlay y yo nos retiramos a desayunar fuera – dijo mientras colocaba una mano en la espalda de su prometida - Hace un día incomparable hoy, ¿no le parece?
El mayordomo, tras dar un vistazo por la ventana, miró al duque entornando los ojos con extrañeza preguntándose si acaso le estaba tomando el pelo: afuera llovía a cántaros. Pero, sin perder ni un ápice de compostura, respondió comedidamente.
- Si usted lo dice, Su Excelencia...
"Su Excelencia"
Tras escuchar el ceremonioso tratamiento, Terry y Candy recordaron su conversación en la madrugada e intercambiaron una mirada traviesa sin poder reprimir una carcajada. Al verlos reír con tanto entusiasmo, Crawford y Ethan se miraron auténticamente sorprendidos preguntándose qué es lo que parecía ser tan gracioso. El más sorprendido era, desde luego, el mayordomo: ¡El Duque de Grandchester jamás reía! Aunque, después de un momento fue el mismo Crawford, más experimentado en esos asuntos, quien lo entendió todo: el duque y su prometida estaban en su propio mundo, exclusivo de ellos dos. Viéndolos mirarse el uno al otro, el mayordomo percibió esa burbuja de felicidad que parece rodear a los que están profundamente enamorados e inmersos en su particular universo común, lleno de miradas intensas, rubores y risas tontas, de bromas privadas que el resto de los mortales no entiende.
- Discúlpenos, Crawford – después de unos segundos Candy contuvo su risa y tocó al mayordomo por el brazo, de una forma muy cordial – No es nuestra intención incomodarlo.
- En lo absoluto, señorita Ardlay. Me alegra verlos tan contentos.
Y así era, sobre todo después de ser testigo del incidente de la tarde anterior donde Terry había aparecido como alma que lleva el diablo. Pero aparentemente todo se había arreglado; cualquier duda se disipó después de ver cómo el duque tomaba de la cintura a la señorita Ardlay antes de despedirse y abandonar Stonehurst Hall.
- ¿Qué te pareció? - le preguntó Terry mientras la cubría con un paraguas rumbo al coche que ya los esperaba - Todo fue suficientemente respetable, ¿no es así?
- Tengo la impresión de que Ethan y Crawford no opinan lo mismo.
- Tal vez ayudaría un poco si dejaras de mirarme de esa forma tan indecorosa, Pecas - le guiñó él.
Tras abordar el auto, el chófer de Terry se puso en marcha rumbo al centro de la ciudad. Dentro de la cabina, él ya no perdió ni un segundo más y la atrajo hacia él para acomodarla sobre su regazo; la besó en los labios demorándose en su suavidad y deleite, como si dispusieran de todo el tiempo del mundo. Luego la abrazó con fuerza, aspirando profundamente la fragancia de sus cabellos.
- Buenos días, Pecosa – musitó besándole la sien, con un tono áspero e íntimo.
Candy se ablandó entre sus brazos... su beso tenía un regusto a café. Terry y café, por las mañanas. El paraíso.
- Me gusta cómo me miras, tus ojos son tan diáfanos – siguió diciendo él, mirándola al rostro mientras le acariciaba las débiles marcas bajo sus ojos – Pero no has dormido mucho. Con lo que te gusta dormir…
Ella se sumergió en el embrujo de su voz y respondió con un murmullo entrecortado:
- Estoy bien… Tú tampoco has dormido mucho.
- Me moría de ganas de verte otra vez.
Terry hundió una de sus cálidas manos en su cabello para acariciarle la nuca. El gran amor de ambos se reflejaba en sus pupilas, sintiéndose colmados por poder abrazarse nuevamente.
- Además, quería estar contigo lo antes posible por si tenías problemas – agregó él - ¿Ocurrió algo?
- No. Todo está bien – contestó Candy por única respuesta, imaginando que era a lo qué él se refería. Había justificado los desarreglos en sus sábanas aduciendo molestias femeninas.
- Deberías descansar un poco durante el camino – sugirió Terry.
Candy sonrió, pensando que él era quien debía estar más cansado todavía porque seguramente no había dormido nada.
- ¿A dónde me llevarás?
- Vamos a desayunar dando un paseo por el río, Pecosa – él también le sonrió, acariciándole sus mejillas sonrojadas con el pulgar – Aunque este clima invita más bien a hacer otras cosas más íntimas… – insinuó Terry haciendo un recorrido de traviesos besos por su mejilla.
Ella rió débilmente, rendida ante su caricia.
- Este auto de la duquesa te está resultando muy conveniente.
- Sí, será una pena que se lo lleve – él la tomó de la barbilla para alzarle la vista – Es lo único que extrañaré de ella ahora que se mude a Grandchester House.
Candy abrió mucho los ojos, sorprendida.
- ¿Va a irse del castillo?
- La invité a marcharse, muy amablemente, a primera hora de esta mañana – ironizó Terry, arqueando una ceja – Y ella, desde luego, aceptó encantada. Gritaba de felicidad.
Candy sabía que había pasado precisamente todo lo contrario. Casi podía imaginarse la escena.
- Pero no quiero hablar de esa bruja el día de hoy. De ninguna bruja - siguió diciéndole él - Hoy sólo tengo ganas de ti, Pecosa... de besarte hasta que se te olvide tu nombre.
Ella sonrió, acariciándole su mandíbula firme. Recordó que sólo unas cuantas horas atrás había sentido bajo sus dedos la áspera textura de su barba apenas crecida, mientras que ahora recorría la tibieza de su piel recién rasurada que olía a jabón. No podía decidir cómo era que lo prefería.
- No creo que a la duquesa le agrade saber que en su auto se planean ese tipo de comportamientos tan escandalosos, Terry – apuntó ella, divertida.
- Eres genial, Pecas. Me has dado una motivación extra.
Llenaron los siguientes minutos de besos hasta que llegaron al muelle. La lluvia ya había cesado y la ciudad tenía un aspecto recién lavado, con un agradable olor a humedad impregnando el ambiente. Terry condujo a Candy hacia un navío mediano de elegantes líneas, nada ostentoso y bastante funcional, donde los recibió una tripulación totalmente discreta y comedida.
Antes de zarpar Terry ofreció a Candy enviar un telegrama al Hogar de Pony para informarles sobre sus nuevos planes, así que ella redactó una misiva corta para informarles a sus dos madres sobre la inminente boda y hacerles la invitación para traerlas a Londres con todos los gastos pagados. Un lacayo partió a toda prisa a poner el mensaje en la oficina de telégrafos mientras que el barco finalmente salía a navegación por el cauce quieto del río. Ya en curso, ambos enamorados pasaron a la mesa que les tenían preparada sobre la cubierta con un desayuno caliente. Fue hasta entonces que Candy se dio cuenta de lo hambrienta que estaba.
El desayuno estaba delicioso y la conversación al principio resultó tan agradable como el paseo, pero inevitablemente acabaron hablando sobre lo sucedido en Graham Manor el día anterior. Terminaron de ponerse al día con todo lo relacionado con aquella carta y Terry le contó sobre el desafortunado encuentro que había tenido con aquel trío de arpías.
- Y yo que pensé que la causante de todo el engaño había sido Eliza – le dijo Candy mientras bajaba la vista y la voz. Luego confesó, apenada – Le dí una enorme bofetada.
- ¿La abofeteaste? - él apenas podía creerlo.
La joven encogió los hombros, ligeramente apesadumbrada.
- Sé que fui muy injusta, porque no es exactamente ella la culpable…
Pero Terry no pudo evitarlo y la interrumpió con una sonora carcajada. Tuvo que dejar su taza de café para no derramarla por las sacudidas de su risa.
- Eres maravillosa, Pecas. ¡Bien merecido lo tiene! - apuntó él realmente divertido, después de recuperar el aliento - Si no es por esta vez, puedo recordar más de una ocasión en la que ameritaba eso, y mucho más.
Candy parpadeó un par de veces, como si estuviera comprendiendo algo por primera vez... quizá, quizá no se había pasado de la raya.
- ¿Tú crees…?
- Creo que Eliza es incapaz de entenderlo de otra forma. Ojalá que eso le haya acomodado las ideas y le enseñe que no puede seguirse metiendo contigo. Estoy seguro que el mensaje le llegó clara y dolorosamente... sé de primera mano el buen derechazo que tienes, Pecas.
Pero ella pensó que de no haber sido por la intervención de Eliza, quien sabe cuánto tiempo más habrían perdido sin aclarar las cosas... aunque no hubiera sido de la mejor manera.
El barco siguió su serpenteante travesía por el Támesis, mientras ambos seguían conversando y riendo animadamente. El sol se asomaba tímidamente al paso de las espesas nubes grises, con destellos breves y erráticos que indicaban que el día de hoy no ganaría la batalla por el dominio del cielo.
Casi al terminar el desayuno, en el café de sobremesa, Candy admiró la distante silueta de los altos edificios de Londres recortados contra el cielo nuboso. El viento fresco de primavera le acariciaba las mejillas.
- La ciudad desde aquí se ve impresionante – dijo ella - ¿Pasas mucho tiempo en este barco?
- No, no es mío. Es de un amigo…
Candy debió haberlo notado, sobre todo cuando no se veía el blasón de los Grandchester por ningún lado.
- ¿Un amigo? - preguntó con curiosidad.
- Su nombre es Jacob Rowland. Fue mi compañero en la guerra y ahora está empezando un negocio de fletes por el río – Terry hizo un ademán, señalando la embarcación - Este es su mejor barco hasta ahora, pero sé que le irá muy bien con su proyecto porque tiene una visión empresarial extraordinaria. Es un verdadero genio.
- ¿Y tú también inviertes?
- En esto no – Terry terminó su café y se puso de pie, llevando a Candy a observar la ciudad desde la barandilla de proa – Pero Rowland es mi administrador y asesor financiero en muchos otros proyectos. En este momento estamos fundando, junto con otro socio, una empresa editorial con periódico incluido - se colocó frente a ella tomándola por la cintura, admirando la forma en que el viento revoloteaba los rizos rebeldes que escapaban de su peinado - Lo que me recuerda que también decidí patrocinar la nueva temporada teatral de una compañía fundada hace poco más de dos años en Stratford-upon-Avon: la "New Shakespeare Company". Es un proyecto que compartiré con Robert Hathaway, el director local y otros inversores, así que debo ir en un par de días al pueblo a visitar el Teatro y concretar varios acuerdos – Terry le apartó el cabello de los ojos, y sus manos trazaron inadvertidamente caricias cálidas en su rostro – Ven conmigo, Candy.
- ¿A Stratford-upon-Avon?
- Sí – su voz adoptó otro tono, específicamente para convencerla – No iremos solos, Eleanor y Robert vendrán también, pero quiero pasear contigo por el lugar. Sé que te gustará mucho… además, tengo un regalo para ti en la casa de Stratford.
- ¿Tienes una casa allí?
- Sí. Es bastante más modesta que las de Londres, pero le tengo un apego especial porque yo la compré antes de tomar el ducado. Después la he ido ampliando e introduje caballerizas, hasta hacerla lo que es hoy.
Candy levantó las cejas, gratamente sorprendida.
- ¿Y dices que allí tienes un regalo para mí?
Él sonrió.
- Me encanta la cara que pones cuando te inunda la curiosidad – le dijo, tocándole la punta de la naricita – Curiosa e impaciente... espero que no sea una combinación muy dolorosa.
- La verdad es que sí, es una sensación un poco desesperante – ella también le sonrió, y se mordió la lengua - Pero me sentiré mejor con el regalo.
Terry rió ante su sinceridad, con ese sonido que a ella le parecía irresistible. Candy lo miró fascinada, le encantaba provocar su risa.
- A veces, cuando ríes en público, bajas la barbilla como si quisieras pedir disculpas por estar feliz – dijo de pronto ella, acariciando con sus dedos la cuadratura de su quijada. Luego cayó en la cuenta y murmuró, como explicándose a sí misma – Es por eso siempre sales serio en las fotos…
- ¿Cuáles fotos?
Candy le contó acerca de los recortes de periódicos y revistas sobre obras de teatro que conservaba y que llevaba a todas partes con ella. Muchos de los recortes tenían fotografías de Terry en las que se retrataba su gallarda figura de actor de carisma deslumbrante, a pesar de que en todas siempre salía muy serio.
Él la escuchó, conmovido y enternecido por su dulzura. Y por su amor. Había pasado tanto tiempo equivocado… tenía que aprender a dejar aquello atrás y llenarla de toda la ternura que ella se merecía.
Después de un rato el viento se volvió ligeramente más frío presagiando lluvia de nuevo y ellos pasaron al interior de una de las cabinas privadas que servía de despacho, donde la servidumbre les había preparado una estufa para calentar la habitación junto al sofá, además de unos refrigerios. Poco después se escuchó la tranquila cascada de lluvia que volvía a caer, con algunas gotas tamborileando sobre vidrio y el techo de la cabina, y el agradable chapoteo musical que hacían cuando por fin golpeteaban la cubierta. El olor de la lluvia se mezcló con el de los maderos que ardían en la estufa.
Terry se sentó sobre el mullido sofá de la habitación, y Candy lo hizo en el otro extremo mientras bebía un café.
- Si puedo elegir, prefiero el café… tú sabes, por las guardias – explicó ella, mientras la doncella le servía una taza.
- Desde luego – sonrió él, observándola beber. ¿Cómo era posible que le encantaran todas y cada una de sus preferencias?
La muchacha de servicio les indicó que estaba a sus órdenes, y se retiró dejándolos solos.
Rodeados por el agradable sonido de la lluvia conversaron de muchas cosas entre las que inevitablemente hablaron del pasado, aunque ya no de esa manera formal y distante que habían usado antes, sino ahora de forma honesta, con la confianza total de sentirse viejos amigos desde sus corazones. Para cuando rememoraron la que fue su primera despedida, Candy ya había terminado su café y se refugiaba entre los cálidos brazos de Terry, reposando su espalda contra su torso. Rodeada de su férrea tibieza se le ocurrió que no había mejor forma de pasar un día lluvioso, ni mejor lugar para recordar aquellos maravillosos días del Real Colegio San Pablo cuando en los corazones de ambos empezó a germinar este amor que se revelaría indestructible.
- Siempre lamentaré no haberte dicho que te quería en cuanto tuve la oportunidad, cuando me di cuenta de cuánto me importabas ya… - declaró Terry, hundiendo su nariz en su cabello.
- ¿Y cuándo fue eso?
Él podía decirle que se prendó de sus ojos – y de sus pecas – desde el mismo instante en que la conoció en medio del océano. Recordó cuanto le había gustado desde entonces, la única chica en el mundo capaz de plantarle cara. Pero fue otro el momento cuando se dio cuenta de la verdadera intensidad de sus sentimientos.
- En el baile del Festival de Mayo.
- Cuando me viste…
- … y te miré. Completita.
Candy abrió los ojos, sorprendida. Casi se incorporó para encararlo.
- ¡No es cierto!
- ¿O sólo cerré los ojos y te imaginé?
Riendo, recordaron aquellos felices días en el Colegio y la maravillosa época que pasaron en Escocia. Aunque inevitablemente también llegaron los recuerdos más negros: la trampa de Eliza, el dolor de ser apartados sin saber nada el uno del otro y la inevitable separación que sucedió después. Él se había ido del Colegio San Pablo pensando que era lo mejor para no perjudicarla, y que ése fue el principio de una larga lista de dolorosas separaciones.
Demonios, pensó él, si tan sólo lo hubiera sabido. Pero era tan joven entonces y el mundo parecía tan inhóspito.
- En aquel entonces pensé: "si fuéramos adultos, nos iríamos riendo, sin preocupaciones..." - reveló Terry, introspectivo – Porque, aunque yo sólo era un mocoso, ya estaba seguro de que algún día quería hacerte mi esposa... y sabía que si tú querías lo mismo no te importaría seguirme, aunque eso arruinara la reputación del colegio.
Candy sonrió muy levemente, con melancolía.
- Creo que mi reputación y la del internado quedaron destrozadas desde el día en que dejé el Colegio San Pablo y corrí tras de ti…
- ¿Corriste tras de mí?
- ¿No lo sabías?
Entonces Candy le contó sobre aquella madrugada en que llegó precipitadamente al puerto sólo para ver su barco perderse en la bruma, y que fue entonces cuando ella se dio cuenta de cuánto lo amaba… cuando ya era imposible decírselo de frente. Le contó sobre su determinación de seguir su propio camino y la férrea promesa que se hizo a sí misma de que alguna vez – mientras tuvieran vida – lo volvería a ver.
- Y aquí estamos… - susurró Terry contra su pelo.
- Sí. Aquí estamos - suspiró ella, feliz.
Candy le contó también sobre las peripecias de su viaje desde Londres hasta Indiana, y a todas las buenas personas que conoció en el camino. Le habló del señor Augusto Carson, con su dolor y su hermosa familia; del señor Juskin y su pintoresca tripulación, de Cookie, el Capitán Niven, de Sandra... y de Charlie.
Terry se rió en voz alta al escuchar la historia y todas las asombrosas casualidades, pero después de un momento se puso muy serio y abrazó a Candy fuertemente. Por un momento le cruzó el insoportable pensamiento de que algo malo pudiera haberle pasado durante ese viaje.
- Menos mal que todo salió bien, Pecosa – la voz de Terry se tornó seca, no sabiendo si maravillarse por la intrepidez de Candy o reprenderla por lo mismo – Y yo que estaba bien seguro de que te habías quedado a salvo en el Colegio... Sólo empecé a preocuparme por ti cuando iniciaron los rumores de guerra.
Ambos enmudecieron por un momento recordando aquella época terrible para los dos. El corazón de Candy se encogió al recordar a su maravilloso primo Stair, lleno de vida y de arrojo idealista que lo llevó hasta su fatídico destino en la Gran Guerra... después recordó que la noche anterior había visto en la piel de Terry algunas cicatrices de metralla que mostraban cuánto debió haber padecido también él. Le había dolido muchísimo verlas, no sólo por el dolor pasado sino por no haber estado allí para rezar por él, para socorrerlo y consolarlo sabiendo que sufrió todo solo. Candy apretó los labios, consternada. ¿Habría ella soportado saberlo en batalla… ó se habría desgajado su corazón sabiendo que sólo querría estar con él, incluso en medio de ese infierno?
Después de un momento de silencio, Candy salió de sus recuerdos y le acarició la mejilla.
- ¿Por qué no volviste a América después de la guerra, Terry?
Él también pareció volver de un lugar profundo a donde sus recuerdos lo habían llevado.
- Porque sabía que estando en el mismo país que tú, tarde o temprano habría terminado por ir a buscarte… para reclamarte o para rogarte – respondió él después de un momento. Luego levantó las cejas y le guiñó para diluir la intensidad de los negros recuerdos - Ninguna de las dos opciones me entusiasmaba demasiado, Pecas...
Cuando se dieron cuenta, habían transcurrido bastantes horas en medio de revivir sus recuerdos. Terry pidió que les llevaran el almuerzo y comieron de forma informal sobre una bandeja, cruzadas las piernas sobre el sofá manteniendo una conversación de lo más agradable mientras Candy le contaba todas sus peripecias en la escuela de enfermería. Esta vez, casi todo el peso de la conversación recayó en ella mientras él la escuchaba fascinado; su charla vivaz era como una luz que iluminaba cada vez más rincones de su mundo y él la veía embelesado, como un pintor que descubre colores nuevos. Aunque a veces sentía que con ella no necesitaba palabras, la verdad es que le encantaba oírla hablar; amaba la forma en que agitaba sus manos y movía su naricita cuando algo la emocionaba, o cómo arqueaba las cejas y fruncía el entrecejo cuando el tema no era muy grato.
Cuando terminaron de almorzar se dieron cuenta de que había dejado de llover. Aunque Terry originalmente había planeado llevarla a disfrutar de otras actividades, se dio cuenta de que prefería estar con ella y conversar… le gustaba mucho la confianza que se establecía entre ambos, la plenitud de compartir una poderosa intimidad emocional con ella.
- Tenía planeado una serie de indecorosos entretenimientos para cuando dejara de llover – dijo él, insinuante, aunque luego se puso serio – Pero preferiría que nos quedemos a conversar, Pecosa.
- Yo también, pero... ¿tu amigo no se disgustará porque no devolvemos su barco a tiempo?
La doncella retiró las bandejas con los restos de comida y se fue, así que él volvió a recostarla contra él y la acomodó mejor contra su cuerpo mientras la abrazaba.
- No, no le importará. Cree que me debe un favor, cuando lo cierto es que soy yo quien está en deuda con él.
Pasaron el resto de la tarde charlando, riendo y besándose. Aunque él no podía dejar de recordar las tímidas caricias que ella hizo sobre su cuerpo la noche anterior, intuía que esta vez tenía que contenerse y esperar sabiendo que posiblemente estaría dolorida. Por su parte, aunque Candy también deseaba fuertemente seguir descubriendo los secretos de su lecho, la verdad es que amaba platicar con él. Era otro el Terry que se revelaba cuando por fin se decidía a decir lo que realmente guardaba su corazón… había tan poca gente que conocía y sabía de su escondida dulzura, del desprendimiento y la lealtad de su alma.
Cuando él se dio cuenta de que el sol prácticamente ya estaba oculto tras el horizonte se sorprendió de apenas haber notado el paso del tiempo. Contrario a lo que pasaba con muchos otros aristócratas, desde hacía años a Terry le era prácticamente imposible disfrutar el ocio por un día completo… pero ahora sólo pensaba en pasar días enteros al lado de Candy, oírla conversar y meterla en su cama para hacerla suya, pasarse las horas recorriendo con sus dedos las constelaciones que descubría en las tímidas pecas de su cuerpo.
Alejó esos pensamientos de su mente, recordando que este día maravilloso a su lado había terminado y ambos tenían que – como le había dicho a Ethan – volver a la vida real. Ella tenía que descansar, apenas había dormido nada.
- Tengo sesión parlamentaria mañana – le comunicó entonces Terry, sintiendo que aunque ella todavía estaba a su lado ya quería volverla a ver – Será una sesión agotadora y aburrida... pero recibiremos el informe de la Casa de Trabajo por la que estás tan preocupada.
Candy lo escuchó un poco decepcionada. Tampoco quería apartarse de él.
- Está bien – musitó, sin embargo - Tengo muchas cosas que hacer mañana.
- Pero quiero verte, aunque sea un rato… siempre quiero verte – agregó Terry, con una súbita ternura – ¿Quieres salir conmigo? Puedes escoger entre una decena de cenas y bailes a los que hemos sido invitados; o puedes decidir acompañarme para ir a cenar, tú y yo solos otra vez. Hay un ritmo nuevo que quiero escuchar y bailar contigo.
Candy sonrió ante la perspectiva de verlo tan pronto otra vez. Le respondió que prefería salir a solas con él; desde siempre ambos preferían diversiones menos concurridas.
- Aunque eso me recuerda - agregó ella - En tres días habrá una velada en Stonehurst Hall... - Candy de pronto bajó la voz, para agregar cautelosamente - ...será en honor a los Ardlay.
- ¿A los Ardlay? - ella asintió con la cabeza muy levemente, sin dejar de mirarlo a los ojos - ¡Vamos, Candy! No puedes pedirme eso - Terry arqueó las cejas, fastidiado - ¿Te das cuenta que me pides asistir a una velada en honor de la gárgola y la pinocho con rulos?
Ella ya sabía que él no iba a tomarlo nada bien.
- Bueno, realmente será una cena en honor a todos los Ardlay – le explicó la rubia - Si te das cuenta, Albert está incluido allí… Jane está celebrando su regreso.
- Uno de cuatro. No es que la estadística mejore el asunto, Pecas.
Ella se esforzó en convencerlo, pero al parecer no había modo hasta que finalmente usó un argumento irrebatible.
- También estaré yo – le dijo, y Terry la miró sabiéndose derrotado. Desde luego, ella también era una Ardlay y él se veía incapaz de negarle algo que estuviera en sus manos complacer… quería ser él quien la hiciera feliz, siempre. Era lo menos que podía hacer por esta mujer deslumbrante y generosa que merecía el mundo entero a sus pies… y aunque el remordimiento por haberla lastimado no desaparecería de la noche a la mañana, él tenía la certeza de que a su lado sucedería. La culpa y la vergüenza, los vagos terrores y las angustiosas noches que durante tanto tiempo le habían aprisionado el corazón, todo se iría.
- Es una lástima que ya tenga que regresar – le dijo Candy más tarde, cuando se dieron cuenta de que la noche había caído por completo. Desde la cubierta del barco ambos veían el reflejo de la luna romanceando con el río - Pero si vuelvo más tarde, se preocuparán.
- Saben que estás conmigo…
- Tal vez por eso – le sonrió ella, pícaramente.
Así que él la llevó a Stonehurst Hall a una hora prudente sabiendo que ella necesitaba descansar. Una vez en el vestíbulo del castillo, él tomó su rostro entre sus manos y la besó profundamente, sin querer dejarla ir a pesar de todo.
- Candy… - susurró él contra su boca, rozándole los labios - ¿Cuándo te tendré toda para mí?
- Pronto - fue la respuesta de ella. Una codiciada promesa alojándose en sus corazones - Pronto ninguno de los dos tendrá que irse.
No sólo era que Terry la deseaba como un condenado, sino que también ansiaba tenerla a su lado para conocer y compartir todas y cada una de sus rutinas, disfrutar de la intensa intimidad emocional que sólo sentía con ella.
Esa noche Candy volvió a su habitación con una enorme sonrisa y una fragante rosa roja entre las manos que él le había obsequiado. También su propio corazón estaba abierto como una flor.
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Al día siguiente, mientras Terry se dirigía a la sala del pleno parlamentario, sólo podía pensar en volver a ver a Candy. Le había costado todo un mundo despertar sin ella y estaba impaciente por saberla al menos en Graham Manor, arreglando los detalles de la boda. El día de hoy ella se encargaría de que se empezaran a correr las amonestaciones en la iglesia a la que estaba adscrita la capilla del castillo, dónde habían decidido que se casarían en cuanto todo estuviera dispuesto; así que Terry había enviado de nuevo un auto para uso exclusivo de su prometida y había dejado instrucciones en Graham Manor de que la trataran como si fuera él mismo, lo que causó un discreto ambiente de júbilo entre la servidumbre pues todos estaban encantados con ella.
Terry sonrió complacido pensando en que sólo Candy podía lograr esa unanimidad entre todos sus empleados, lo que no era nada fácil considerando la cantidad de gente que trabajaba en Graham Manor: la propiedad contaba con un verdadero ejército de más de treinta criados en el castillo principal, seis para los jardines y quince para las caballerizas. Los tiempos estaban cambiando, pero durante mucho tiempo servir en las grandes casas aristocráticas fue lo que movía la economía de los británicos; lo que era fácil de adivinar al ver el pequeño ecosistema económico que había alrededor de la propiedad de los Grandchester. Él no lo sabía, pero todos sus trabajadores también coincidían en que Terrence, doceavo Duque de Grandchester, era un buen empleador... de los mejores de todo Inglaterra: un patrón justo y de los que pagaban mejor, no era caprichoso ni despilfarrador y era generoso con sus trabajadores. Por su parte, Terry algunas veces se preguntaba si hubiera actuado igual de no haber vivido alguna vez como un trabajador asalariado antes de asumir el ducado. Pero tal vez ya nunca lo sabría... cuánto de él era propio y cuánto moldeado por sus circunstancias. Cuánto había dejado que la vida lo cambiara.
Terry no sólo era un empleador justo, sino que al asumir el ducado también había creado la "Fundación Grandchester" que era sostenida por generosos fondos fiduciarios cuyos intereses estaban dedicados a apoyar la educación, siendo no sólo fiel a la tradición familiar sino ampliando su influencia. El nuevo duque odiaba que el conocimiento y el arte sirvieran como un distintivo de clase pues estaba firmemente convencido de que era la falta de educación lo que enfermaba el espíritu de la sociedad entera… sabía que una sociedad educada era una fuerza de paz y favorecedora de la equidad, y fue por lo mismo que desde un principio apoyó las leyes educativas recién promulgadas por el Primer Ministro, el señor David Lloyd-George.
Sin embargo, cuando Terry descubrió las terribles condiciones de miseria en las Casas de Trabajo se dio cuenta de que tal vez había perdido la perspectiva apoyando sólo programas de educación, cuando había gente que no podía preocuparse por eso porque ni siquiera tenían para comer. Sentía que ahora debía enfocarse no sólo en sus proyectos educativos sino también en el apoyo a los más desfavorecidos... y eso había podido verlo gracias a Candy.
Él adoraba eso de ella: lo hacía mirar el mundo con otros ojos, más generosos.
El Palacio de Westminster era la sede del Parlamento Británico, un espectacular edificio gótico de más de mil habitaciones e imponentes salas profusamente decoradas con detalles de gusto exquisito, una biblioteca espectacular y una sala de plenos de la Cámara de los Lores que esa mañana estaba a rebosar para escuchar a la lista de oradores. El Primer Ministro asistiría el día de hoy y Terry lo vio como la oportunidad que estaba esperando.
Siendo uno de los miembros más influyentes del Parlamento, Terry se encargó de pertenecer a la comisión de seguimiento sobre las Casas de Trabajo. Habían descubierto que las irregularidades no sólo ocurrían en aquella en la que se habían infiltrado Candy y Patty, sino que había los mismos problemas en una gran cantidad de establecimientos similares donde las personas asiladas eran tratados como verdaderos delincuentes sometidos a trabajo precario y la degradación del ser humano, cuando el único "delito" que habían cometido muchos de ellos era haber nacido pobres. Al hablar ante el pleno, la intención de Terry no era sólo que se mejoraran las condiciones de una Casa de Trabajo en particular, sino que se hiciera una revisión total de las "leyes de pobreza" británicas.
Cuando le llegó el turno de hablar, Terry subió al estrado observando a la multitud de parlamentarios frente a él. Aunque entre ellos se encontraba Ethan y otros aliados, sabía que la mayoría era un público hostil. Haciendo uso de su mejor retórica él empezó como siempre lo hacía, exponiendo su punto con una claridad contundente, haciendo uso de su impecable dicción y modulando la entonación adecuada en cada frase, una habilidad con la que siempre capturaba la atención de sus oyentes. Habló sobre la importancia de establecer un sistema productivo e independiente, con remuneraciones justas, volviendo al propósito original de las Casas de Trabajo antes de que la ambición y desidia de unos cuantos pervirtieran su noble propósito. Estaba haciendo un llamado a la protección a los más débiles, cuando desde el fondo del recinto surgió una arenga altanera.
- ¡Basta, ya es suficiente! Ni siquiera deberíamos estar discutiendo sobre estos seres irredimibles, hundidos en sus vicios y la ignorancia. ¡Son vagos, desocupados y haraganes! - el aristocrático oyente que lo interrumpió estaba colérico - ¡Eso es lo que son, y no merecen ninguna consideración! La vida los puso donde pertenecen, y deben someterse a su rango en la sociedad.
Terry se volvió hacia dónde provenía la interrupción con la mirada impasible, y un gesto tan firme y admonitorio que el hombre que había gritado se calló inmediatamente, aunque mantuvo una mirada de confrontación al escuchar que surgían algunos murmullos de apoyo para sus palabras.
La voz clara y profunda de Terry volvió a llenar el recinto, acallando inmediatamente el resto de las murmuraciones. Desde luego, él no esperaba que el tema fuera bien recibido en la Cámara de los Lores, donde la mayoría de sus oyentes eran elitistas y aburridos aristócratas indiferentes ante el sufrimiento ajeno, pero al menos esperaba abrir algunas oportunidades para los más desfavorecidos e incentivar el debate sobre el tema.
- Tal vez así es, quizá algunos de ellos no merezcan ninguna oportunidad. Incluso tal vez no la merezcamos algunos de nosotros – el murmullo surgió nuevamente. Para muchos era inconcebible que un mismo noble cuestionara su modo de vida - Lo cierto es que no debemos juzgar a nadie antes de darle una oportunidad de ganarse la vida dignamente, para que demuestre su valía y lo que es capaz de hacer. Estoy seguro de que muchos de ellos serán miembros valiosos de nuestra sociedad, ciudadanos cabales que aporten sus habilidades y talentos únicos para el engrandecimiento de nuestra nación. No debemos criminalizar la pobreza porque si de entrada tratamos a la gente como basura, en eso es en lo que se convertirán – Terry miró con dureza a algunos oyentes escogidos, los más reticentes - Nuestra sociedad no puede abandonar a los más débiles a su destino, ni podemos seguir mirando a otro lado de nuestras generaciones cansadas y llenas de sueños perdidos. Debemos mejorar nuestras instituciones para que actúen de forma honesta y justa, de forma que todos los miembros de nuestra sociedad puedan aspirar a una vida digna. Abusar de la indefensión de otros seres humanos es cruel, injusto y profundamente ofensivo... a esos que ya tienen suficientes obstáculos en la vida, no les pongamos todavía más. Ayudar a esta gente a tener una vida digna no debe ser un acto de caridad, sino de justicia.
La polémica estaba servida. El tema estalló y se volvió controversial; a partir de entonces se desataron amplios y acalorados debates sobre el mismo, que más de una vez incendiaron las más altas tribunas a lo largo y ancho de la nación. La discusión, por supuesto, no era fácil y se prolongaría durante toda esa década hasta que finalmente se consiguió la abolición y transformación de las Casas de Trabajo (*).
Después de aquella encendida discusión en tribuna, Terry recibió en su despacho parlamentario el informe más reciente sobre la Casa de Trabajo que más le interesaba. "La de Candy". Tomó el folio y lo abrió casi descuidadamente, porque en cuanto recordó a su prometida sus pensamientos volaron hacia ella y en sus labios se dibujó una sonrisa al recordar que pronto la vería. Distraído con su recuerdo empezó a revisar el expediente, pero su ensoñación desapareció casi inmediatamente y la sonrisa se le borró. Para su sorpresa, no sólo se trataba de gente que se aprovechaba del trabajo precario de las Casas de Trabajo sino de una red bien orquestada que incluía malversación de fondos públicos, venta de secretos parlamentarios, fraudes con bonos de guerra e impago de impuestos, entre otras muchas lindezas similares. La investigación todavía no estaba concluida, sobre todo porque involucraba a poderosas personalidades que debían ser exhaustivamente investigados antes de ser expuestos y castigados, para evitar que se salieran con la suya. El reporte mencionaba a varias personas presuntamente implicadas en las actividades ilegales, entre los cuales dos nombres llamaron poderosamente la atención de Terry y lo hicieron entender por qué había fuerzas dentro del mismo Parlamento tratando de obstaculizar cualquier investigación sobre el asunto: uno de los involucrados era Lord Anheim, el hermano mayor de la Duquesa Sophia de Grandchester, implicado no sólo en múltiples actividades ilícitas sino cuyos coqueteos con el ejército alemán durante la pasada guerra podían considerarse traición a la Corona e incluso podían hacerle perder su título nobiliario.
El otro rufián era, naturalmente, nada más y nada menos que Sir Bradley Wharton.
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Candy supo que el señor Cornwell había ido a buscarla el día anterior cuando ella no estuvo para recibirlo, y por lo mismo no se sorprendió que después del desayuno le informaran que Archie la buscaba nuevamente. Ella estaba a punto de salir hacia Graham Manor, pero se alegró mucho de que su primo estuviera allí. Tenían tanto de que hablar... las cosas habían quedado muy tensas desde aquella noche de descubrimientos.
Disfrutando del sol de la mañana, ambos salieron a dar un paseo por los espléndidos jardines de los Stockwell mientras charlaban. Archie estaba feliz de ver a su prima tan serena, aunque lamentaba profundamente lo que la tía había hecho con ella.
- Espero que estés mejor, Candy.
Ella asintió.
- Sí, gracias.
- Eliza insistió en venir conmigo, pero me negué – le confesó Archie, y luego guardó silencio por un momento. Para él no era fácil hablar de un asunto tan doloroso para ella - Si te sirve de algo, lamento mucho lo que te hicieron, gatita – luego se encogió de hombros – Y también lo lamento por Grandchester.
Ella le agradeció ser tan considerado, aunque obviamente él no tenía que pedir disculpas por nada. Cada uno es responsable de sus propias acciones, e incluso Candy admitió que tal vez ella misma también era un poco culpable por negarse a ver desde siempre el evidente desdén que la señora Elroy sentía por ella y que sólo había mejorado cuando vio que podía tratarla como un peón más en el complicado juego de ajedrez de los Ardlay.
- La tía Elroy quiere que vayas a verla - agregó de pronto Archie, incómodo.
- ¿Para eso estás aquí?
- No, Candy. Vine para saber si estás bien… sé lo duro que es a veces tratar con la tía.
Ella lo tomó del brazo, necesitando de todo su apoyo. Sentía una ambivalencia de emociones por la señora Elroy: su ánimo oscilaba entre el agradecimiento por todo lo que le había enseñado, pero también sentía el corazón ensombrecido recordando que su tía siempre la había juzgado y condenado por tantas cosas de las que ella no era responsable, empezando desde su adopción hasta - lo más doloroso - la muerte de Anthony. Obsesionada con la respetabilidad del clan, la señora Elroy siempre había estado completamente ciega a cualquiera de sus méritos.
Pero aunque Candy no guardaba amargura ni rencor contra ella, ahora sentía una profunda desilusión. Estaba agotada y dolida.
- Yo no quiero verla todavía, Archie – la rubia negó con la cabeza, muy levemente.
- Vamos Candy, tú no eres así. Estoy seguro que nuestra tía va a disculparse… - pero cuando se dio cuenta de sus palabras, corrigió – Es decir, tal vez tarde o temprano se disculpará.
- Sí, lo sé. Pero esta vez ha ido demasiado lejos; han sido demasiadas humillaciones y menosprecios a mis sentimientos, Archie, y jamás lo he merecido. Me ha tratado como una pieza de ajedrez, y no como una mujer con dignidad y sentimientos propios. Me cuesta aceptarlo, pero estoy aprendiendo a darme cuenta dónde no soy considerada.
Archie la miró, sus ojos tenían un ligero tinte de desconfianza.
- Candy, espero que no estés cayendo en los modos rencorosos de Grandchester…
Ella pudo haber sonreído, pero sólo suspiró. No sabía si era por la influencia de Terry o no, pero estaba aprendiendo a expresar su disgusto por la forma en que era tratada… ¿cómo sabrían que la lastimaban una y otra vez, si no era capaz de hacerlo saber?
- Por cierto, me gustaría mucho que te llevaras mejor con Terry – Candy apretó los labios, ligeramente contrariada - Ustedes siempre han tenido una rivalidad tan extraña…
Archie se encogió de hombros pensando que no era ni tan extraño, porque él siempre había sabido que Terry podía lastimarla. Recordó cuánto había lamentado ver cómo su gatita perdía la cabeza por ese arrogante aristócrata porque, aunque Archie sólo quería verla feliz, le había dolido un poco por Anthony. Y también… tal vez un poco por sí mismo.
- Nunca me ha gustado Terrence para ti, Candy. Te lastimó.
- Tú también estás cayendo en "los modos rencorosos de Grandchester" - ella casi sonrió, enronqueciendo la voz mientras fingía regañarlo con sus propias palabras.
Pero Archie sacudió la cabeza.
- En este caso es diferente. Porque yo tengo…
- ¿La razón? - Candy completó su frase, dándole a entender que todos tendemos a justificarnos cuando el tema nos afecta y creemos ser dueños de la verdad. Sonriendo, decidió cambiar de tema a algo que le importaba más – Como sea, no quiero perderte, querido primo. Ya será suficientemente difícil que vivamos tan lejos y no me gusta que además te lleves mal con Terry… Yo lo amo, Archie. Él es parte de mí, y me gustaría que hicieras un esfuerzo para que por fin puedan entenderse.
Él vio sus enormes ojos verdes, suplicando esperanzados.
- Sabes que haría cualquier cosa por ti, gatita... – le respondió finalmente, con una dulzura melancólica.
Candy miró a Archie con profundo cariño. Él ahora era un hombre alto de gallardía impecable, más atractivo que nunca y de una elegancia tan cautivadora como siempre, pero la nobleza y la fortaleza de su corazón eran aún más bellos que su apariencia. Para aligerar sus corazones ella trató de que hablaran de un tema más feliz, deseando que el tiempo que estuvieran juntos pudiera ser llenado con bellos recuerdos en lugar de amarguras.
- Ahora háblame de Anny y lo preciosa que está, cuéntamelo todo sobre la boda… - le sonrió Candy recordándole la maravillosa fiesta de compromiso que habían tenido unos meses atrás, ambos apareciendo tras la puerta de agua de Stair en Lakewood. Archie se animó bastante con el cambio de conversación, porque a pesar de todos los años que había pasado amando a Candy, indudablemente ahora estaba muy enamorado de la dulce Anny Brighton y él también esperaba el día de por fin poder casarse con ella después de la fuerte oposición que también habían sufrido por parte de la tía Elroy.
Así que el resto de la mañana, ambos amigos hicieron un nostálgico recorrido por aquellos días de Lakewood y todas las aventuras que habían compartido juntos. Riendo, recordaron los mejores momentos de Anthony y de Stair... y quedaron en que uno de estos días saldrían junto con Patty para seguir reviviendo en sus corazones al ingenioso y querido inventor.
Más tarde esa noche, después de que Candy estuvo toda la tarde en Graham Manor, Terry la llevó a un animado club del que surgía la alegre música del fox-trot. Durante la cena él le contó que había descubierto la participación de Bradley Wharton en las actividades ilícitas de la Casa de Trabajo y lo determinado que estaba de hacerlo pagar por sus crímenes, aunque le preocupaba mucho el secreto que esa sabandija conocía sobre su madre. Tenía que pensar la forma en que todo saliera bien. También le contó a Candy el descubrimiento de que el muy "honorable" hermano de la Duquesa Sophia estaba involucrado en muchos de los turbios negocios y que eso parecía ser apenas la punta de una complicada madeja de delitos y complicidades, que iban revelándose uno a uno.
- Es como cuando rompes uno de esos collares de cuentas – le había dicho Terry – Encuentras un punto débil, y luego todos los oscuros secretos van cayendo uno tras otro, de forma inevitable.
Candy lo escuchó con atención, opinando ocasionalmente sobre el asunto, sabiendo que lo ayudaba a pensar con claridad y a contener sus emociones. Al terminar con el tema, ella le ofreció su apoyo incondicional con una ternura y una mirada tan límpidas que Terry decidió olvidarse de todo por esa noche y llevarla a la pista a bailar esa música tan rítmica para disfrutarla riendo entre sus brazos. A su lado, él se tomaba una tregua del mundo.
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Al día siguiente, Candy observaba a través de la ventana del tren el aparente desfilar de los extensos setos de lavanda desplegados como una alfombra púrpura perdiéndose en el horizonte, perfumando el aire con ese aroma inconfundible que siempre le recordaría a Terry. Como si le leyera el pensamiento, él la tomó de la mano y le sonrió mientras su mirada decía más que mil palabras. Estaba feliz de que ella viajaba a su lado.
Frente a ellos, en el elegante vagón privado que compartían, Eleanor Baker los observó conmovida. Ni a ella ni a Robert Hathaway les pasaba desapercibido el inconfundible ambiente de amor y complicidad que había entre los dos jóvenes. Era maravilloso verlos de esa manera.
- En cualquier momento llegaremos a Stratford-upon-Avon - anunció el Sr. Hathaway divisando a lo lejos los tejados del poblado – La señorita Ardlay podría descansar un rato mientras nos entrevistamos con el Sr. Bridges-Adams(**), Terry.
Pero Candy prefirió acompañarlos al pueblo, así que decidieron que sería después de la reunión que todos juntos pasarían a la casa de Terry a cenar, antes de regresar a la capital. Debían volver esa misma noche, pues Albert llegaría a Londres a la mañana siguiente.
Cuando el tren ya estaba muy cerca del poblado, Candy pudo observar varios grupos de jovencitas jugueteando por los prados. El mes de Mayo estaba a la vuelta de la esquina y las chiquillas recogían lavanda, lilas y campanillas para hacerse coronas de flores. Tal como Terry le había dicho, el lugar era realmente encantador, con un ritmo de vida muchísimo menos ajetreado que el de Londres, y a Candy de verdad le agradó poder disfrutar nuevamente de un pequeño pueblo tranquilo y bucólico, con grandes avenidas arboladas y donde todos los lugareños parecían conocerse.
Se reunieron con el señor William Bridges-Adams en una hostería llamada el "El Cisne Negro" a orillas del río Avon, cuyo caudaloso cauce transcurría plácidamente serpenteando a través de la tierra natal de Shakespeare. El productor teatral era un hombre que apenas pasaba los treinta años, de modales muy formales, que era el director y diseñador de los decorados de la "New Shakespeare Company". Rubio, de frente despejada y rostro amable, era tan encantador como su aspecto prometía. Saludó afablemente a ambos caballeros, pero fue especialmente galante con las damas, elogiando de forma sincera y elegante la magnífica belleza de Eleanor y quedando realmente prendado del encanto y la dulzura de Candy.
- Es usted un rayo de sol, señorita Ardlay... - le dijo galantemente el señor Bridges-Adams, mientras le besaba la mano durante los saludos de presentación - ¿Nunca ha pensado en actuar?
Terry carraspeó ligeramente.
- No será mi musa de fuego quien lo haga escalar hasta el cielo resplandeciente de la invención, Sr. Bridges-Adams – él se las ingenió para interponerse mientras recuperaba la mano de su prometida entre divertido y confiado, aunque había una ligerísima nota de advertencia en su voz.
Para el productor, que Terry citara a Shakespeare (***) no lo sorprendió demasiado, ya que por lo general los nobles eran personas muy cultas. Sin embargo, que usara un pasaje relacionado con los decorados escénicos - que era la otra de sus ocupaciones teatrales – hizo que el duque se ganara rápidamente su atención y respeto, no sólo por el conocimiento exhibido y su atención a los detalles, sino además por su habilidad para improvisar. Y de paso también le mostró lo enamorado que estaba de su prometida.
Sentados en el pub degustaron té y bocadillos, mientras hablaban sobre los planes de la compañía teatral. El señor Bridges-Adams buscaba inversores y colaboradores, y comentó que le interesaba contar especialmente con el patrocinio de un duque ya que su siguiente plan era conseguir la "Carta Real" que otorgaba la Corona Inglesa para consolidar a ciertas compañías, garantizando su preeminencia y estabilidad. Esperaba que con el apoyo de un noble de tan alto rango, pudieran conseguirla dentro del siguiente par de años.
- Conseguir la carta de la Corona nos legitimaría y nos permitiría agregar el adjetivo de "Real" al nombre de la compañía, incluyendo todo el prestigio que eso conlleva – agregó Bridges-Adams, con los ojos radiantes de entusiasmo – Nos abriría las puertas del mundo.
Y, desde luego, invitó a la gran Eleanor Baker a unírseles, o al menos honrarlos con actuar para ellos en unas cuantas funciones. Era un hombre muy convincente y lleno de pasión por el teatro.
Más tarde, el director inglés los llevó a conocer las instalaciones del Teatro Conmemorativo de Shakespeare, un admirable edificio tipo gótico de ladrillo rojo que se enseñoreaba del paisaje en las riberas del río Avon. Aunque no tenía el mejor diseño había sido acondicionado apropiadamente para montar espectáculos por todo lo alto, con el debido decoro que merecían las obras de Shakespeare. En cuanto ingresaron Terry pudo sentir la magia del lugar que no era muy grande pero tenía un enorme vestíbulo decorado con tapices brocados de jarrones y flores en color sepia, y elegantes sillones en redondel de terciopelo rojo. Era un lugar casi reverencial.
El señor Bridges-Adams les hizo un recorrido por el lugar mientras ultimaban los detalles de lo que sería su colaboración, pero en algún momento Terry no pudo evitarlo y se alejó momentáneamente del grupo, como si oleadas de nostalgia lo estuvieran llamando en otra dirección. Sus pasos lo encaminaron hasta la entrada del escenario y, sin poderlo evitar, se hundió entre las telas de bambalinas para ingresar al proscenio mientras el sonido seco de sus pasos resonaba sobre la duela de madera, ampliados por la acústica del lugar... y por un momento fue como si retrocediera en el tiempo, a la época en la que salía a escena con el cuerpo y las emociones envueltas en ropajes de teatro. Él se colocó sobre el círculo de luz frontal que estaba encendido mientras sentía en la piel el conocido cosquilleo del intenso haz luminoso enfocado sobre el actor y, cuando por fin sus ojos se acostumbraron a la fuerte luminosidad, admiró frente a él el familiar despliegue en semicírculo de los tres niveles de asientos que se alzaban sobre la platea, orgullosos y magníficos con sus tonos en rojo y dorado, luciéndose con la majestuosidad que sólo poseen los teatros.
A Terry se le cortó la respiración, con el alma agitada. Por un segundo, casi fue capaz de ver el graderío abarrotado de espectadores esperando que él se transformara en otra persona, desplegando otros sentimientos y emociones: actuando con el alma inflamada por el amor intenso y trágico de Romeo, arrastrado por la furia vengativa de Hamlet, o coqueteando con la ingeniosa picardía de Petruchio.… Porque él no podía olvidarse de que, aunque en la vida real jamás se deja de ser uno mismo, "actuando en teatro puedes ser rey, mendigo… cualquiera… Puedes matar con justicia, y también puedes enamorarte..."
Terry casi era capaz de escuchar el rugido de los aplausos ensordecedores, como si fuera una música gloriosa que estuviera incrustada en sus pensamientos.
Después de unos instantes Candy entró tras él y lo abrazó por la cintura, recostando su cabeza contra su torso. Él la rodeó con sus brazos para besarle los cabellos y durante un par de minutos ninguno dijo nada... porque ella lo adivinó en cuanto su oído reposó contra su corazón: Terry estaba tan conmovido que apenas podía pronunciar palabra.
- Lo extrañas mucho, ¿verdad? - susurró ella después de unos momentos.
Terry estuvo a punto de decir que no, como siempre lo hacía fingiendo que desestimaba todo, incluyendo lo que en verdad le era importante. Pero de pronto se dio cuenta: estaba con Candy.
- Lo extraño cómo no tienes idea… - le confesó entonces, con un suspiro áspero.
Candy y el teatro, pensó él. Las dos cosas en el mundo que le erizaban la piel.
Tras unos segundos salió de su ensoñación y levantó la barbilla de su prometida para besarle los labios. Le dijo que todo estaba bien y que debían alcanzar al resto del grupo para poder ir a su casa, donde la esperaba su regalo.
Tras despedirse del Sr. Bridges-Adams, los cuatro se dirigieron a la casa de Terry en las afueras del poblado. La propiedad era una preciosa casa estilo Tudor de dos niveles y más de diez habitaciones, con paredes piedra caliza, tejados de terracota y una recia chimenea de piedra que adornaba la encantadora fachada por la que trepaban algunos rosedales y enredaderas, mientras que la pared sur estaba tapizada de glicinas. Sin embargo, el ambiente del interior era sobrio y predominantemente masculino con pisos de duela, vigas en los techos y muebles de cuero y madera. Aun así, era un lugar cautivante y acogedor.
En cuanto todos entraron, seguidos por la servidumbre que los recibió con amable cordialidad, Candy inmediatamente se dio cuenta de cuál era el regalo que la esperaba. El rostro se le iluminó, emocionada. Encima de la chimenea colgaba una pintura al óleo en un marco hecho a mano, colocada de tal manera que pudiera verse desde cualquier ángulo de la sala. Mostraba la imagen de su amado "Hogar de Pony" retratando la vista que se tiene desde lo alto de la colina, con la hierba verde rodeando el orfanato como una alfombra de terciopelo verde salpicada por tréboles blancos y coloridas flores primaverales.
Cálidos recuerdos se instalaron en el corazón de Candy que se volvió un segundo hacia Terry, agradeciéndole con la mirada. A él le encantó verla tan feliz.
- ¡Es un regalo maravilloso! - exclamó ella, embelesada, y se acercó a observar el cuadro con mayor atención. En una de las esquinas de la pintura estaba garabateado el nombre del autor: Slim.
Ella estaba llena de asombro y de preguntas.
- ¿Cómo es posible? ¿Cómo es que Slim...?
- No lo sé – le respondió Terry, encogiéndose de hombros – Lo conseguí hace varios años, en un mercado ambulante de Londres.
Candy recordó a Slim, un dulce niño de ojos gachos, delgado y frágil, que a veces mojaba las sábanas y ella le ayudaba a ocultarlo lavándolas al amanecer y extendiéndolas al sol del "Hogar de Pony". Al ver el cuadro casi podía sentir que estaba de regreso allí, con el césped bajo sus pies descalzos y el viento acariciándole la cara mientras corría rumbo a la cima de su colina. La inundó una violenta oleada de nostalgia, sobre todo porque esta mañana había recibido un telegrama con felicitaciones de sus dos madres quienes le decían que no podrían asistir a su boda por algunos compromisos con los niños del orfanato. Sin embargo, le enviaban sus bendiciones a la distancia regocijándose por su felicidad y le pedían que no esperara en ir a buscarla.
Perdida en sus ensoñaciones Candy se preguntó sobre la historia de este cuadro, y cómo era que había terminado en Londres. Desde luego, las peripecias de Slim debían de ser tan sorprendentes como las suyas.
- No pude evitar comprarlo, aunque después duró mucho tiempo almacenado – le explicó Terry, abrazándola por los hombros – Tú decidirás a cuál de las casas quieres enviarlo.
Ella le sonrió con el corazón cálido, respondiéndole que lo pensaría.
Más tarde Terry también los llevó a conocer las caballerizas que estaban alejadas poco más de media milla de la residencia familiar. El establo era un sólido edificio calizo con pisos muy limpios, cuartos de sillas y arreos, y varias decenas de cubículos ocupados por veloces caballos purasangre que muchas veces habían ganado las más populares carreras de Ascot y Newmarket. Había varios mozos de escuadra ocupados en su atención, quienes saludaron al duque y sus visitantes con particular entusiasmo.
Al volver a la casa, Eleanor y Robert se adelantaron para esperarlos en la pequeña y sobria biblioteca que a la vez servía de despacho. Cuando Candy y Terry los alcanzaron minutos más tarde, Robert bebía una copa y la elegante actriz estaba parada frente a uno de los estantes que contenía las obras completas de Shakespeare encuadernadas en cuero. Eleanor acariciaba los lomos de cada tomo muy delicadamente, como si pudiera modular con su contacto la intensidad de sus recuerdos. En cuanto los escuchó entrar, la actriz se volvió hacia su hijo.
- Los trajiste desde Escocia… - le dijo, refiriéndose a los libros.
Terry también la miró, conmovido.
- Sí - fue su única respuesta.
Eleanor suspiró, muy profundamente. Esos libros significaban tanto para ellos que, para no sucumbir ante las oleadas de nostalgia que le acariciaban el corazón, la actriz cambió abruptamente de tema.
- A esta casa le hace falta una mano femenina, ¿no les parece?
Al caer la tarde pasaron a tomar una cena ligera antes de salir en el último tren hacia Londres. Desde el comedor de la casa se veía transcurrir el apacible cauce el río Avon que delimitaba la parte sureste de la propiedad, y la cena transcurrió de forma igualmente apacible y agradable, hasta que en la sobremesa Terry se decidió a hablar sobre un tema que lo tenía preocupado desde el día anterior.
- Hay un asunto de mucha importancia que debo tratar contigo… mamá.
Le explicó quién era Sir Bradley Wharton, contándole sobre el noviazgo que mantenía con su media hermana y el reciente descubrimiento que habían hecho sobre su participación en sucios negocios por los que tarde o temprano sería arrestado. Pero sobre todo, le contó que debido a su imprudente descuido ese hombre conocía de su secreto: sabía que Eleanor Baker era la madre del Duque de Grandchester, y amenazaba con hacer uso de esa información.
- No quería preocuparte, pero ahora que las cosas se complicarán quiero que estés advertida. De cualquier forma, yo me ocuparé de eso – concluyó Terry.
- ¿Y qué harás? - preguntó finalmente Eleanor cuando se recuperó de la noticia.
- Negociaré con él. Debo tener algo que quiera.
- Querrá su libertad.
- Bueno, esa es una de las cosas que no le puedo ofrecer – apuntó el hombre, decidido - Pero pagaré cualquier suma para comprar su secreto - "o lo descuartizaré" pensó, aunque eso no lo dijo.
Eleanor cruzó sus manos sobre la mesa y durante unos segundos las miró con gesto introspectivo.
- Eso significaría ceder a su chantaje, hijo – suspiró Eleanor, y levantó la vista – Y cada chantaje al que cedemos, en lugar de liberarnos acorta un eslabón en la cadena que ya nos aprisiona. Ceder a un chantaje es apretarla y hacerla cada vez más asfixiante.
Terry la miró desconcertado con su ánimo llenándose de una hostil frustración. Candy y Hathaway los miraban a ambos, expectantes y solidarios.
- He pasado demasiado tiempo preocupándome más por mi reputación, que por mi conciencia… - continuó diciendo Eleanor.
- Madre, no... - la interrumpió él, adivinando cuáles eran sus intenciones.
- Sí, querido Terry. Ha llegado la hora. Es momento de enfrentar mis circunstancias… ya no quiero esconderlas más - Eleanor le acunó la mejilla con la mano, con la mirada desbordada de amor - Quiero tener el privilegio y el orgullo de llamarte hijo, y sólo deseo que tú sientas lo mismo al llamarme "madre". Hemos dejado pasar demasiado tiempo.
Terry se levantó, no iba a permitirlo.
- Sólo quería que estuvieras informada – dijo, tajante - No tienes que hacer nada, yo me encargaré.
Eleanor recordó lo angustiada que había estado aquella noche en que su hijo adolescente había ido a buscarla a Nueva York, cuando por pura cobardía lo había despachado insensiblemente… se había lamentado tanto, pero entonces estaba tan aterrorizada que se encegueció a cualquier otra opción. Era tan vulnerable, que creyó que con aquel escándalo el mundo la devoraría y la escupiría. Pero aunque ahora también sentía una opresión en el pecho, como si tuviera una banda de angustia alrededor de las costillas, ya estaba resuelta: lo había meditado demasiadas veces antes y ya no quería sentir miedo nunca más… Nunca más sentirse asfixiada. Quería tener la libertad de gritarle al mundo que un hombre del calibre de Terrence Grandchester era su hijo.
- Terry, es hora de mirar al frente, con orgullo. Si esperan que me avergüence de mí misma, no lo haré... - Eleanor también se puso de pie, reforzando su postura - Ya no soy una chiquilla asustada e indefensa. Ahora soy una mujer fuerte y exitosa, capaz de aguantar cosas que antes ni siquiera hubiera imaginado soportar. No sabes cuantas veces me ha tocado reinventarme a mí misma, así que una vez más ¿ya qué más da? - recordó su retiro provisional, el paso del teatro al cine - A veces tememos más a la idea de cambio, que al cambio en sí mismo.
Él apretó los labios, y tensó la mandíbula.
- No, Eleonor…
- Quiero dejar de tener miedo – insistió ella - Los buenos momentos me han dado felicidad, y estos que vienen me enseñarán fortaleza… - la actriz los miró a ambos - ¿Quién podría saberlo mejor que ustedes, hijos?
Él también recordó aquella vez, muchos años atrás, que había ido a buscarla a Nueva York; cuando con el corazón roto había deseado no ser hijo de Eleanor. Cuánto habían caminado desde entonces y qué orgulloso se sentía ahora de ella. No iba a someterla al escarnio público.
- Ya te dije que me lo dejes a mí – repitió Terry, zanjando el tema por su parte – Haré que todo esto se siga tratando con la misma discreción con que se ha mantenido hasta ahora.
- Terry…
Él salió a la pequeña terraza que daba al río, como un león enjaulado que necesitaba respirar. Ya no quería oír hablar más sobre que Eleonor se expusiera… él debía protegerla, maldita sea, un duque podía con eso y más.
Tras unos minutos, Candy salió tras él. Sabía que unos momentos en la frescura de la noche seguramente habían sofocado un poco la entendible intransigencia de su prometido.
- No dejaré que lo haga – le dijo Terry en cuanto la vio, aunque su tono era más mesurado. La mirada de Candy tenía un poder inaudito para sosegarlo - La farándula vive del chisme, devora a sus víctimas y jamás se sacia. La destrozarán.
- ¿Tú crees que ella no lo sabe? - Candy se aproximó a él y puso una mano sobre su antebrazo - ¿Recuerdas lo que me dijiste aquella madrugada después de salir de la Casa de Trabajo? ¿Aquello de dejar que la gente enfrente sus propias guerras?
Él la miró, su contacto y sus palabras iban rindiéndolo poco a poco.
- Es mi madre, Candy.
- Entonces apóyala hasta el final. Tienen la oportunidad de ser libres por fin.
- Nadie puede ser completamente libre en esto.
La aristocracia y la farándula no eran muy diferentes, pensó él. Todo era un juego de hipocresías.
- Tú haz lo que tengas que hacer – Candy terminó por hundirse bajo sus brazos y lo rodeó por la cintura, alzando la vista para mirarlo - Tu madre es lo suficientemente valiente para hacer lo suyo y de verdad está decidida. Le comenté sobre Patty... que no hay nadie mejor que ella para manejarlo con la mayor contención y profesionalismo.
Él se quedó quieto unos segundos, como aturdido. Luego sus hombros comenzaron a relajarse.
- ¿Puedo hacer frente y salir ileso de semejante conspiración femenina?
- Tú lo sabes mejor que nadie... - el tono de ella era cariñoso, acogedor.
Terry la abrazó, con ganas de paz. Tal vez ella tenía razón.
- Vuelve con tu madre, amor. Entra a decirle que todo estará bien entre ustedes, que tendrá todo tu apoyo - musitó Candy y con eso lo doblegó. Terry se rindió ante sus palabras y la besó profundamente, pensando que la intensidad de sus sentimientos por ella lo desarmaba por completo y lo abrumaba tanto, que a veces no le bastaban las palabras y sentía la imperiosa necesidad de usar el cuerpo para decirle lo que su corazón sentía… creyó que después de hacerle el amor sería más fácil y su necesidad disminuiría, pero ahora sabía que no le bastó. Al contrario, cada vez quería más de ella. Quería poder besarla durante días enteros.
- No sé qué haría sin ti – la tomó de una mano y se la llevó al corazón - ¿Qué me has hecho, Candy White?
- Amarte.
Terry la abrazó con fuerza. Ella encajaba tan perfectamente contra su cuerpo.
- Cada día me gusta más la idea de robarte, Pecosa. ¿Sabes que estamos más cerca de Gretna Green?
- ¿Gretna Green?
- El primer poblado de Escocia saliendo desde Londres, donde tradicionalmente se casan los amantes desesperados.
- ¿Y estamos desesperados?
Los ojos de él brillaron, depredadores.
- Yo sí.
-o-
(*) El tratamiento y la legislación sobre las Casas de Trabajo (Workhouses) fueron cambiando en la década de los 20s, hasta que alrededor del año de 1929-1930 estos asilos fueron reasignados a otras funciones de asistencia social, siendo abolidas "oficialmente". Las "Leyes de Pobreza" británica han sido objeto de muchas modificaciones y reajustes con el fin de garantizar el respeto a los derechos humanos.
(**) William Bridges-Adams fue director y diseñador de teatro, relacionado con la "New Shakespeare Company" que con su ayuda se convertiría en la "Royal Shakespeare Company". En 1919 y hasta 1934, tomó las riendas del Festival de Stratford-upon-Avon y produjo muchas de las obras de Shakespeare.
(***) La cita textual es: "¡Oh! ¡Quién tuviera una musa de fuego para escalar el cielo más resplandeciente de la invención!" W. Shakespeare, Henry V, Primera escena, Acto 1.
¡A quienes siguen aquí, infinitas gracias por su lectura y sobre todo por su paciencia!
A Gissa A. Graham, Sol Grandchester, Jane, Nataly Alejos (gracias por todo :), Carito Andrew, Betina C., Clauseri, Eli, Stormaw, írez, AnMonCer1708, Dayma Graham, Marissa, Kathryna March, Mercedes, Rorry, Gcfavela, Ines, Dalia, Pecas979, Gladys, Ara, Skarllet Northman, Erika, Arelys Flores, Lucy Esparza, Celia, Iris Adriana, Magda Vidal, Ale Mia, Jocemit, Belsythh, Rubi, Darling eveling, Jane, tete, Luz, Angye, Ma-usa, Esme, la chinita, Anna María, Nidiyare, Mon Felton, Clover, Lectora 1977, R.G. Grandchester, Mayra, Krasnyroses, Alliane Ticante, Letty Bonilla, Gabyea, Mar, Candicita, Zuzet, Mimi, Miranda78, Angie Grandchester, Velasquezpatricia936, Liz Garcia, Reyna899, Rebeca, Dianley, Martha, Maquig, Noramendoza112, Vivian Grandchester, Asasceca, Phambe e "invitadas" muchas gracias por sus preciosas palabras sobre el capítulo anterior, para comentar la historia y por todo el ánimo transmitido. Gracias también por los regaños, en algunos casos fueron bien merecidos :P Por todas y cada una de sus palabras y su tiempo, se los agradezco de todo corazón. Igual, a quienes a pesar de la tardanza siguen anexándome a sus favoritos, mil gracias de verdad.
También quiero agradecer a Skarllet Northman, Vany, Gladys, HaniR, Becky7024, R. M., Mago Roque, Lita0411, Vero, ClauT, AnMonCer1708, Betina C., Gra, Elisa Lucia V 2016, Becky Grandchester, Sol Grandchester, Berenice, Norma Angéliva, Gissa A. Graham, Iris Adriana, Eli, Minea, R.G. Grandchester, Fran, Maripili, Adriana, Maquig, Flormnll, Stormaw, Patricia, Luna99, Larisa, Dalia, Pati, Anna María, Tete, Ara, Jocemit, Ainafetse3, Ale Ma, Ins, Gabyleyva9999, Esme05, Monics, Lucy Esparza, Tti, Clauseri, Solsire, Gcfavela, Clover, Patygrandchester, Mayra, Dianley, ElizabethMKJP (Aurora), Liz Garcia, Fati, Erika, Lectora 1977, Erika, Monica, Any, Carmen, Mery, Maricruz Sanchez, Angye, , Monica, Mayra, Sol Grandchester y los varios "Guest" por responder a mi aviso anterior, las palabras de ánimo, consejo y apoyo. Siempre las atesoraré pues me conmovieron y reconfortaron mucho, muchísimas gracias.
Ahora, respecto al fic: el capítulo antes prometido resultó ser larguísimo y nuevamente lo dividí (ooooootra vez, y van...). Es decir, éste no termina con el mini-conflicto anunciado. En mi defensa debo decirles que pensé que la aparición de los Ardlay sería sólo "un cameo"; si se fijan en este fic he procurado usar más a esos personajes que sólo aparecieron muy poco en el anime, o en unas cuantas viñetas del manga. Ya hay muchísimos y maravillosos fics usando a los Andley/Andrew/Ardlay (y todas sus combinaciones posibles) así que decidí contar algo ligeramente diferente. De todas formas, el siguiente capítulo será prácticamente todo de la "Fiesta de los Ardlay" (y no estaba contemplado en mi historia original). Bueno, las historias se escriben solas :)
En unos días publicaré el (ahora sí) Capítulo 14: Porque no puede ser.
¡Cómo siempre, Anna María, mil gracias por tus correcciones!
