Capitulo XV
Un beso dulce, otro, otro y otro. No paramos de besarnos durante un largo rato, un largo rato en el que tuve que controlar mis instintos más femeninos para que no salieran a la luz y estropear este perfecto momento.
—¿Te has dado cuenta? —me preguntó cuando se separó escasos milímetros de mis labios.
—¿De que amor?
—Eres la prometida de un Vulturi y futura reina de una raza mitológica —bromeó con una sonrisa en su perfecto rostro.
—Que gracioso estas, amor.
—¿Por qué será…? —dejó la pregunta en el aire, seguidamente se contestó el mismo— ¡ah si!, porque tú me cambias.
—Espero que ese cambio sea para mejor, ¿no?
—Por supuesto que si.
Se apresuró a volver a capturar mis labios entre los suyos. Si solo sus besos me llevaban al cielo, no me quería ni imaginar como sería sentirlo acariciando todo mi cuerpo, como sería sentirlo dentro de mí.
Me despegué de sus labios sin despegarme de su anatomía, recorrí su mandíbula hasta llegar a su cuello el cual comencé a besar dulce y pausadamente para luego pasar a besarlo frenéticamente, mi cuerpo necesitaba más y ya no podía refrenarlo. Un leve gemido salió de su pecho, el cual me incitó a seguir y no parar de besarlo, el también había deslizado sus labios hasta mi cuello y sentirlo ahí, hacia que se incrementara una corriente eléctrica por todo mi cuerpo.
—Cayo... —le miré con unos ojos brillantes llenos de lujuria—…la cláusula... —dije mientras le volvía a besar lentamente el cuello—…de después del matrimonio la podemos negociar… —seguí recorriendo su clavícula hasta llegar a sus labios—… ¿no crees? —Entonces levante otra vez mi mirada para clavarla en sus profundos ojos rojos.
—Athenodora… —paré de besarle y me separé de él.
—Lo siento, me he dejado llevar por mis instintos, no volverá a pasar.
No me permitió hablar más, me acorraló contra la pared y me comenzó a besar de nuevo, con más furia.
—He renunciado a tu cuerpo hasta el día de la boda, pero no voy a renunciar a besarte y acunarte entre mis brazos.
—No sé si voy a poder controlarme, esto es muy difícil para mí. Siento algo que…
—Shh… yo te voy a ayudar —susurró mientras paseaba su nariz por mi cuello hasta llegar a mis labios.
Solo quería sentirle, pero mis nuevos instintos me daban miedo, no estaba segura de cómo iba a reaccionar si cada vez que me besaba o tocaba provocaba que miles de corrientes eléctricas hicieran tomar vida a mis células ya muertas. Sin pensármelo, me abandoné en ese beso que él me estaba dando.
Después de nuestra estadía en la habitación de Cayo, pensó que lo mejor era comunicarles nuestro compromiso a sus hermanos, por lo que nos dirigimos a la sala de los tronos. Creo que no la llamaban así pero esa era mi forma de entenderme en aquel inmenso castillo.
—Tranquila, amor —me susurró Cayo que seguro había notado mi nerviosismo.
Dos hombres abrieron la puerta que comunicaba con la sala por un lateral.
Noté como el rostro de Cayo se endurecía y perdía esa sonrisa que le caracterizaba cuando estaba conmigo.
—Señor —un hombre moreno y fuerte entró en la sala seguido de más hombres los cueles tenían sujeta a una mujer de pelo rizado— la tenemos.
Aro se levantó de su trono mientras que Cayo se tensaba a mi lado.
—Será mejor que te vayas —me susurró muy bajito para que nadie le escuchara.
—Ve —le dije en el mismo tono— tengo que aprender a vivir con esto.
Le sonreí para que viera que tenía mi apoyo y siguiera con sus funciones de líder. No me contestó a la sonrisa, tan típico de él cuando estaba con la demás gente.
Sin soltar mi mano, caminó hacia su trono y tomó asiento.
Me situé de pie, detrás de él, a su izquierda.
—Has quebrantado las reglas, Judith, —comenzó Aro—, sabes lo que eso supone para los que no las cumplen.
—Yo no sé nada, señor.
Judith estaba de rodillas frente a nosotros sujeta, por dos hombres, de los brazos.
Aro se acercó a ella y posó la mano sobre su hombro.
Un silencio sepulcral invadió todo la sala. Mis ojos los llevaba por toda ella viendo a cada guardia y su posición, evaluándolo todo. Cada día me asombraba más de mi mente y memoria.
—Hum…, veo que alguien ha cometido un error y tendrá que pagarlo. En cuanto a ti, nosotros no somos los niñeros de nadie y no damos segundas oportunidades.
—No, por favor —gritó la muchacha.
Mi mente capturó a cámara lenta como Aro cogía, con sus dos manos, la cabeza de aquella muchacha y, al mismo tiempo que los guardias, la desmembraron entera.
Su cuerpo, calcinado, quedó en el suelo hasta que varios guarias lo limpiaron.
Las imágenes de un Aro frío y sin escrúpulos, calculador… se grabaron en mi mente como tatuaje en la piel. Esta no era la cara que me habían enseñado.
En todo momento intenté mantener mi postura, intenté parecerme a ellos: fría y sin sentimientos. Pero para mi pesar era algo que no tenía grabado en mi "chip" y me costaba conseguirlo.
Aro dio nuevas órdenes y varios guardias salieron a cumplir lo mandado.
—Disculpa mi poca cortesía, Athenodora —Aro se giró para verme y salí de detrás de Cayo.
—Buenas tardes, Aro, Marco.
—Buenas tarde, Athenodora —contestó este último.
Los ojos de Aro se dirigieron a mi mano, en la cual tenía el anillo de compromiso que Cayo me había regalado, y una sonrisa apareció en mi rostro.
—Marco, creo que nuestro hermano tiene algo que decirnos.
Cayo se levantó y llegó hasta mí.
—Nos casamos —dijo con esa seriedad típica de él.
—¡Cuánto me alegro! —exclamó Marco levantándose de su trono.
—Llevamos esperando este momento mucho tiempo, hermano. Marco no ha parado de recordarme cada día el lazo tan fuerte que tenéis mutuamente.
—Es perfecta para ti, sabe entender tus cambios de humor y expresión según con quien te encuentres y hoy ha demostrado ser capaz de enfrentarse y comportarse como una Vulturi.
Si fuese humana mis mejillas estarían rojas como dos fresas en plena maduración. Me sentía alagada, sabía lo importante que era ser una Vulturi y que estos me aceptaran con los brazos abiertos era todo un honor. Por otra parte, sabía que para Cayo la aprobación de sus hermanos valía mucho.
—Eres demasiado modesta —Aro me sacó de mis pensamientos.
—Y tú un poco cotilla —contesté, sin pensar, con una sonrisa y apartándome un poco para que Aro quitara su mano de mi hombro.
Marco y Aro rieron.
—No lo puedo evitar, querida.
—Supongo que he de acostumbrarme, cuñado —contesté enfatizando la palabra "cuñado".
Los dos Vulturis volvieron a reír y yo con ellos.
Cayo se giró hacia mí, él tan solo sonreía, y noté como su mano se entrelazaba con la mía. Salimos de la sala, dejando a un Aro y Marco Vulturi muy diferentes a los del encuentro.
—Gracias.
Le miré extraño.
—¿Por qué me las das?
—Porque hace mucho tiempo que nadie trae risas a esa habitación.
Le sonreí antes de darle un suave beso en los labios. Me volví acurrucar en su pecho, estábamos tumbados en la cama disfrutando el uno del otro.
...
Todos en el castillo sabían que dentro de un mes se celebraría la boda. Suplicia y Didyme se estaban encargando de todos los preparativos y tenían a la mitad de los guardias ocupados mientras no tenían que ir a ninguna misión.
Salí de mi habitación un poco apurada, Suplicia me estaba esperando para que me probara el vestido y se podía enfadar si me retrasaba.
—¿A dónde vas tan deprisa, mi amor?
Cayo me interceptó a mitad del recorrido.
—Suplicia me está esperando. Tengo que irme, ¿luego te veo?
—Claro —me dio un tierno beso y me dejó ir.
—Te quiero —y desaparecí por el pasillo.
Llamé un par de veces y entré.
—Llegas tarde, señorita.
—Lo siento. Me interceptaron en el pasillo —me excusé con una sonrisa.
—Está bien… —dijo rindiéndose— Pruébate el vestido.
Hice caso a Suplicia y fui detrás de un biombo rosado que estaba en el fondo de la habitación. Me desvestí y me puse aquella preciosa prenda blanca que estaba sobre la cama. ( http: / imagenes. solostocks. com /z1_2846424 /vestidos -de- novias- y-accesorios -mayoristas- proveedores. jpg ) [Sin espacios]
—Te queda mejor de lo que nos habíamos imaginado —me halagó Didyme mientras me observada de arriba a bajo sujetando a la pequeña Bliss en brazos —¿a que sí, pequeña?
—Hemos atinado con la talla, no hace falta que hagamos nada en él.
Mis ojos se toparon con el gran espejo que estaba delante de mi y me vi reflejada con mi precioso vestido de novia, como una princesa en su cuento de hadas.
—Es hermoso —susurré.
—Ya te lo habíamos dicho.
—No es lo mismo que verlo.
—Si, tienes razón —Didyme se encogió de hombros y continuó bailando suavemente con la niña en brazos.
Bliss, la pequeña Bliss, había crecido un poco menos los últimos días. No tenía ningún patrón con qué compararla por lo que todo era nuevo para mí, a veces me sentía como el primer día de prácticas en la universidad, cada cosa nueva que aparecía en ella lo apuntaba para no perder ningún detalle por despreciable que fuera. Todo era importante.
Sus ricitos marrones oscilaban en el viento mientras Didyme bailaba con ella. La pequeña sonreía y dejaba marcados dos hoyuelos en su pequeño y pálido rostro, parecía feliz, contenta, se la veía alegre.
—¿En que piensas? —me preguntó Suplicia con voz cálida y serena. Como la de una madre.
—En nada —moví mi cabeza hacia los lados y sonreí.
Me miró con una ceja alzada sin quitar su cariñosa sonrisa.
—Al verlas, por un momento me he imaginado a Cayo y a mí con una niña en brazos —suspiré mientras las dos seguíamos observando como bailaban— pero enseguida se ha borrado.
—Cariño, lo superarás —me abrazó como una madre abraza a su hija.
Asentí contra su hombro.
—Gracias.
—No me las des —me acarició la mejilla— anda a cambiarte, Cayo te estará esperando.
Le sonreí y me cambié de nuevo.
Caminé por los pasillos hasta llegar a su habitación. Llamé a la puerta.
—Pasa.
No me imaginaba encontrar lo que allí había. Cayo acababa de salir de la ducha y tan solo una toalla atada a la cintura lo tapaba. Esto no favorecía en nada a los planes de aguantar hasta el matrimonio.
—Así no ayudas en nada —le recordé a la promesa que me hizo de controlar mis impulsos sexuales de neófita.
—¿A sí? —preguntó con una sonrisa pícara en su rostro.
—Si, vamos vístete —le ordené lo más seria que pude.
Todavía seguía junto a la puerta, rígida y reprimiendo mis ganas de abalanzarme sobre él.
Comenzó a acercarse a mí.
—Cayo, por favor…
Alzó su mano y la posó en mi cuello, ese simple contacto hizo que todo en mi cobrara vida. Acercó sus labios y los cambió por su mano depositando dulces besos en él.
—Por favor, no… —todas mis fuerzas se vieron reducidas a nada cuando sus labios tocaron los míos y nos fundimos en un beso, lento, tierno que, poco a poco, se fue volviendo apasionado.
Su lengua hizo presión en mis labios pidiendo permiso para entrar, el cual fue concedido. Nuestras lenguas se entrelazaron y bailaron al compás de una música que solo ellas oían. Cada vez los besos iban a más, nuestras respiraciones estaban entrecortadas y nuestros jadeos inundaban la habitación.
Lo poco que me quedaba de racionalidad apareció por un instante en mi mente e hice acopio de ella para poder parar a Cayo.
—Para —le ordené mientras sujetaba sus brazos y le separaba levemente de mi— no quiero que hagas nada, no quiero que hagamos nada antes de la boda. Se que es importante para ti y lo quiero hacer bien.
—Mi amor…
—Shh, por favor.
—Gracias —le sonreí.
Nos mantuvimos la mirada.
—Vístete y salimos a dar un paseo —le propuse.
Me dio un corto beso y entró en su armario, al poco tiempo salió vestido con unos vaqueros negros y una camiseta del mismo color. Minutos después estábamos caminando, cogidos de la mano, por los jardines traseros del castillo.
Siento mucho el retraso pero ya comienzo con los exámes finales del primer trimestres y no tengo casi tiempo. Espero poder subir pronto y más seguido.
Gracias por leer, de verdad que leo todos los rr, en cuanto tenga tiempo me pongo a devolverlos.
=)
