Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo
Hola, gracias por entrar n.n
Bueno, hemos llegado al anteúltimo capítulo. ¿Aflojará Rukia por fin? Lo leerán a continuación. Intentaré publicar el último lo más rápido que pueda.
Aunque he pasado ya por un par de pérdidas importantes, fueron pérdidas naturales, por lo que desconozco lo que se sentirá al perder a una pareja. Si no recuerdo mal, creo que es una de las principales causas de la depresión. Traté de tocar el tema de la mejor manera posible, pero lo cierto es que el lenguaje resulta del todo insuficiente para describir esa clase de dolor. Es un dolor que sólo se siente, precisamente, en esas situaciones, cualquier otro pesar sufrido a lo largo de la vida por la causa que sea, nunca se le parece. Y, además, es una experiencia intransferible.
Quiero agradecerle a Anon01 por su apoyo, thank you! Saludos también para Fer, Rukia empezó a ceder, habrá que darle un empujoncito más y se animará. Ya quisiéramos todas un candidato tan constante, no está para desaprovechar semejante oportunidad. Muchas gracias por seguir del otro lado :D
Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D
XIV
El revés de la trama
Las personas que perdemos a lo largo de la vida nunca desaparecen completamente, sino que una parte de ellos se queda con uno. No necesariamente a través de un legado, de una casa, de un jardín o de los recuerdos, sino en los sentimientos. El cariño que les teníamos jamás se desvanece, ni se modifica, sino que se queda dentro de nosotros. Es nuestro, no del que se fue. Esa es la parte que nos pertenece.
Rukia escuchó al visitante con esos sentimientos pulsando dolorosamente, con el amor fluyendo como si Renji nunca se hubiese ido en realidad. Ni siquiera había pensado en ello, había firmado la autorización como entre nubes, demasiado abrumada para entender la trascendencia del acto. Recién ahora, mientras el joven le contaba y le agradecía por el corazón que le permitía seguir viviendo, adquirió conciencia de su significado.
Sentada frente a él, lo escuchaba sin podérselo creer. Ese hombre tenía el corazón de Renji, el corazón del tipo más bueno que había conocido. Latía en ese pecho, infundía vida en él… ¡El corazón de Renji aún latía! Era una idea tan desatinada como devastadora… Apenas si pudo recibir sus palabras con un atolondrado asentimiento. Y seguramente él notase lo conmovida que se hallaba, pues se marchó después de darle un sentido abrazo de despedida.
Rukia aceptó el abrazo y, de pasada, percibió brevemente los latidos de aquel corazón. Se quedó perpleja al sentir ese leve retumbar acompasado, lejano pero, si no se engañaba, aún familiar, que alguna vez había sido sólo suyo y había latido encendido de amor por ella. ¿Habrá quedado algo de ese amor ahí? ¿Conservará algún vestigio por el cual haya podido volver a la vida? Rukia deseó que así fuese. Incluso aunque se estuviera engañando, quiso quedarse con la sensación de que así era.
Luego de que el hombre se marchase, se quedó observando la puerta cerrada. Era como si viera a Renji alejándose otra vez, su espalda yéndose por rumbos imposibles de seguir para ella. Se iba, Renji se iba… Los ojos se le anegaron de lágrimas.
En algún momento de la crisis logró telefonear a Rangiku, quien en menos de media hora llegó a su casa casi sin aliento, aunque fuese en automóvil. La había oído tan alterada, la voz gangosa por el llanto, que no se preocupó de respirar hasta que estuvo a su lado y corroboró en persona que estaba angustiada, pero entera.
-¿Qué diablos ocurrió? –inquirió después de estrecharla unos momentos contra sí mientras Rukia se sacudía con cada sollozo-. Por todos los santos, mujer, ¡qué susto me diste!
-No… puedo –balbuceó ella.
Rangiku comprendió que todavía no podía hablar. Las emociones más fuertes suelen tener el poder de suspender, de anular. Le dio tiempo mientras por momentos lloraba con todo el cuerpo y por momentos se abstraía, arrugando y desarrugando los pañuelos de papel. La joven de pronto tuvo que controlar también su propia angustia al verla en ese estado.
Hacía mucho que Rukia no colapsaba, y en parte le alivió que por fin lo hiciese. Al menos así se veía humana, desahogaba finalmente otra parte de esa pena que se empeñaba en contener. Lo que la hubiese compelido a ello terminó actuando como agente sanador, e interiormente Rangiku se sintió agradecida.
Admiraba profundamente a su amiga. Desde el principio, desde las peleas que sostenían en la escuela por estupideces, siempre le había impresionado su seguridad y su imperativo carácter pese a verse tan menuda e indefensa. Rukia era de temer. La conquistó con su inquebrantable fortaleza espiritual, sobre todo después de conocer los detalles de su historia, y de allí en más su amistad se volvió de acero. Era la clase de atributo que deseaba para sí misma y que, cuando resultaba tan difícil de desarrollar, atraía y consolaba al encontrarlo en alguien más.
Sin embargo, después de la muerte de Renji esa templanza se volvió insana, hasta alguien tan vivaracha como Rangiku podía darse cuenta. Rukia debía algunas fases del duelo por el que tendría que haber atravesado y al parecer ese día empezaría a pagar la deuda. Habían pasado tres años, pero la espera había valido la pena.
Por momentos la tomaba de las manos, por momentos la abrazaba, por momentos dejaba que reposase la cabeza sobre su falda mientras Rukia suspiraba tras algún recuerdo. Todo el tiempo la acompañó en silencio, llena de curiosidad, pero lo suficientemente centrada para aguardar a que se decidiera a contarle.
Y Rukia se lo contó. En una pausa del acceso, le contó lo mejor que pudo de la visita que había recibido por la mañana. Rangiku, sinceramente impresionada, tampoco pudo proferir palabra durante algunos instantes.
-Vaya… –murmuró luego con el corazón encogido. Ella no había asistido a la firma de la autorización para la donación, y había estado tan pendiente de contener a Rukia que ni siquiera se había interesado en ello debidamente.
Querido Renji…
-Sí, vaya –convino Rukia, sorbiendo por la nariz y con una nota irónica en la voz.
-Había olvidado todo el asunto de la donación.
-Pues lo mismo me ocurrió a mí, y me siento una tonta.
-¿Por qué?
-¡Porque era importante! –exclamó la joven con obviedad-. Todo lo que guarde relación con mi esposo muerto es importante y sin embargo preferí regodearme en la viudez, en anhelarlo, en condolerme de mí misma… Al menos tendría que haberlo considerado, al menos tendría que… Diablos, ¡no lo sé!
-No te castigues inútilmente, Rukia, es algo demasiado conmocionante para cualquiera –dijo Rangiku, imaginando la zozobra de su amiga.
-Lo es –repuso Rukia, intentando serenarse-. Pero no sólo se trata de eso.
-¿De qué se trata entonces?
Ella suspiró, buscando las palabras. Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla.
-Supongo que es evidente, ¿verdad? –Hizo una nueva pausa, enfocándose en el pañuelo arrugado de turno después de enjugársela como al descuido-. Renji se ha ido. Ese hombre, bendito sea, tiene su corazón, ha conseguido sobrevivir gracias a él, pero la vida de Renji se ha extinguido, se ha detenido para siempre… Eso es injusto, es tremendamente injusto…
La voz amenazó con quebrarse, aunque logró contenerse. Podía sonar egoísta, pero Rangiku era lo suficientemente sensible para comprender a qué se refería. Rukia era humana, así que por fin estaba expresando sentimientos humanos. Incluso alguien tan sensible y juicioso como ella podía pasar por un período de cuestionamiento, de cerrazón, por más elemental que parezca.
-Tú eres la escritora aquí, así que sabrás describirlo mejor que yo –señaló, y tuvo que carraspear para deshacerse del nudo en la garganta-. Hace poco vi una serie donde acontecía un terremoto que derribaba una construcción, y mientras algunos personajes, entre los escombros, se hacían a la idea de vivir, otros, en iguales condiciones, intuían lo contrario. –Rangiku hizo una breve pausa, ordenando sus pensamientos-. En determinada escena, cada segundo de esos destinos era medido por las agujas de un reloj, que por un efímero instante se detuvo y momentos después… siguió funcionando. El tiempo para algunos se detiene y para otros continúa, mujer, no creo que deba aclarártelo mejor.
-Pero es injusto –insistió Rukia, atorada en la negación.
La otra se alzó de hombros, en parte con impotencia y en parte con resignación.
-Así está diseñado nuestro acontecer, así actúan las insoslayables leyes que nos constituyen. Lo sabes mejor que nadie.
Primero Rukia pareció pensar en ello. Luego asintió con la cabeza y, por último, negó con frenesí, demasiado angustiada todavía para aceptarlo. Su amiga volvió a estrecharle las manos.
-Me niego, ¡no puedo! –exclamó la escritora, desecha en llanto una vez más-. ¡No puedo! La vida de Renji se ha detenido, la mía continúa e incluso ya estoy interesada en alguien más. Él me dejó aquí escribiendo, marchando, ¿y lo último que tengo que hacer por él es olvidarlo? Es injusto, Rangiku, ¡es terriblemente injusto!
Esta vez Rangiku, conmovida, la tomó entre sus brazos y la meció dulcemente mientras el llanto volvía a sacudirle el alma. Vaya momento para estallar por fin, pero en verdad comprendía. La referencia a Ichigo, además, le dio a entender la magnitud de sus emociones.
-Imaginemos la situación inversa –propuso, aún en medio del dramático desahogo. Tuvo que esforzarse para mantener a raya su propia tristeza, se enjugó un par de lágrimas furtivas mientras intentaba dar con las palabras que pudieran alcanzarla. De nada le serviría a Rukia si se ponía a gimotear también-. Imaginemos que hubieses sido tú quien muriera en ese accidente de tránsito dejando a Renji varado en el medio de sus mejores planes. ¿Qué hubieras pensado de él si hubiese permanecido en ese estancamiento? ¿Qué hubieras deseado para él?
Aquí Rukia también tuvo que hacer un gran esfuerzo para aplacarse y contestar. Se apartó del pecho que la cobijaba, sorbió por la nariz ruidosamente y buscó otro pañuelo.
-Desde luego que le hubiera deseado una buena vida, le hubiera ordenado que siguiese adelante –balbuceó con la nariz tapada, ceñuda. Esta vez Rangiku tuvo que suprimir una sonrisa, pues la escritora había pasado de la congoja a la severidad más absoluta-. Si se hubiese deprimido, hubiera venido desde donde sea que estuviera para patearle el trasero y gritarle al oído que deje de comportarse como un idiota. El peor de sus fantasmas, en eso me hubiera convertido para acomodarle a bofetadas las ideas.
Imposible para su amiga seguir reprimiendo la risa al oírla hablar de ese modo. Entendiendo el planteo, y entendiendo la reacción suscitada, a los pocos segundos Rukia se echó a reír también de su propio discurso mientras se sonaba la nariz. Menuda mocosa gangosa, riendo y llorando sin solución de continuidad.
-Aquellos que nos aman, o que nos han amado, desean que sigamos viviendo –profirió Rangiku cuando se calmaron, con melancolía, aunque sin dejar de sonreír. Ella también tenía en quiénes pensar y vivencias cotidianas que añorar-. Así como nosotros desearíamos que no se resintiesen y que dedicasen su tiempo a vivir de la mejor manera posible, ellos también desean lo mismo para nosotros. El que se ha quedado, el que puede hacerlo, debe honrar con su tiempo el tiempo que el ser amado ha perdido.
Rukia sorbió de nuevo, pensando en todo aquello. Incluso alguien tan sensible y sensata como ella tenía que escuchar esa clase de lecciones alguna vez, por más básicas que sean.
-Maldito Renji –murmuró.
-Te diré que en el fondo nunca me gustó ese sujeto para ti –bromeó Rangiku, sorbiendo también.
-Es verdad, yo era demasiado buena para él… Oye, ¿y desde cuándo eres tan sabia? En mi vida te había escuchado hablar así antes.
-¿Crees que he exagerado?
-No, lo has hecho bastante bien. Sólo unas cuantas palabras trilladas.
Rangiku le lanzó un recriminador manotazo al hombro sin fuerza y rió de nuevo, aliviada al notar que poco a poco se recuperaba. Nada como una buena sesión de amistad para sacudirse el agobio existencial.
-¿Era guapo el hombre que tiene su corazón? –indagó con desenfado luego.
-Bastante –admitió Rukia, evocándolo analíticamente.
-¿Le pediste su teléfono?
-¿Para qué?
-Tonta, ¡a un hombre guapo siempre se le pide el teléfono! Es el imperativo categórico de toda mujer que se precie de tal.
-Tonterías.
-Para ti son tonterías porque ya tienes a tu candidato asegurado, el cual además vive a unos pocos metros de aquí. En cambio las mujeres reales, aquellas que debemos trabajar arduamente para enamorarnos y para enamorar, solemos apelar a todo tipo de ardides.
-Las mujeres reales podrían vivir más armoniosamente en pareja si dejaran de pretender un chofer y se enfocaran más en un compañero –comentó Rukia taimadamente.
Rangiku, entendiendo la indirecta, puso los brazos en jarra.
-¿Qué estás insinuando? Atrévete a moralizar sobre las mujeres reales otra vez, ¡pequeña fábrica de mocos!
La discusión y las risas se prolongaron mientras afuera caía la tarde.
.
.
Ichigo había transitado un lunes funesto. Dos de sus estudiantes se pelearon en medio de la práctica por un problema de faldas y echaron la mañana a perder. Tuvo que separarlos, apartar a los demás, que en esas situaciones nunca ayudaban, hablar con cada uno de los involucrados para contenerlo y apaciguarlo y luego reunirse con las autoridades para ponerlos al tanto y citar a los padres, con quienes también tuvo que entrevistarse. Por separado primero, todos juntos después, para pactar modos de conciliación y convivencia. Fue agotador.
Los padres, además, tampoco colaboraron adecuadamente, preferían ofenderse por la agresión recibida (el que empezaba siempre era el otro, nunca el hijo propio), antes que aplacar los ánimos y contribuir a la armonía. A él, en particular, le exasperaba esa forma de conducirse, ya no se podía sancionar a nadie sin explicarle a cada involucrado durante horas y con cuadros sinópticos por qué habían estado mal al agredirse físicamente.
A lo largo de la tarde el fastidio determinó su estado de ánimo. De malhumor, entonces, encaró también la reunión de profesores programada para última hora. Él trató de no asistir, pues nunca sacaba nada productivo de ellas, pero el director se lo había pedido especialmente. Dicho y hecho, pasaron tres cuartas partes del encuentro discutiendo por asuntos en los que jamás estarían de acuerdo y él tuvo que esperar sentado soportando todo aquello, forzándose a mantenerse al margen. Si llegaba a abrir la boca, tan sólo extendería el mal rato.
Las reuniones donde se discute sin llegar a ninguna solución sólo son una pérdida de tiempo. Sus compañeros se empeñaban en creer que algo se conseguía, pero Ichigo dudaba de los buenos resultados. Además, el sistema siempre terminaba imponiéndose y los docentes debían limitarse a acatar. Nadie consideraba sus ideas por más cerca que estuvieran de los alumnos, porque las decisiones que valían eran las tomadas desde un cómodo despacho ministerial. Cada vez que pensaba en eso, a él le daban ganas de renunciar.
Así que con esa sobrecarga emocional hizo el camino de regreso, con ella atravesó el portón y con ella caminó a paso lento y con la cabeza gacha hasta la casa donde pensaba dormir por cien años seguidos. Sólo una cosa podría eliminar el hastío que experimentaba en ese momento, pero seguramente estaría encerrada en su cuarto analizándolo todo y lamiéndose las heridas.
Sin embargo, a unos metros de distancia, levantó la vista y divisó una figura acurrucada en el umbral de su puerta. ¿Rukia? Él se detuvo, asombrado, mofándose interiormente de sí mismo por su mala puntería a la hora de especular. Por fortuna no estaba encerrada.
Lo dicho: fue verla allí esperándolo y aquellas ásperas emociones acopiadas se esfumaron como por encanto. En su lugar, la extrañeza y la expectativa adquirieron protagonismo. ¿Qué habría pasado para que ella lo buscase primero? Habían pasado menos de veinticuatro horas desde la última vez que se vieron. Era demasiado sospechoso.
Rukia se removió, alzó la vista y también lo vio, todavía parado a cierta distancia. Incluso desde allí Ichigo distinguió los rastros de una pena recientemente padecida, y por un instante vaciló, irresoluto. En cambio ella se levantó como un resorte y se lanzó hacia él como si lo hubiera estado esperando durante más de medio siglo.
Del ímpetu con el que se abalanzó sobre él su bolso cayó al suelo e Ichigo la abrazó más bien maquinalmente, pues el estupor iba en aumento y no podía pensar. Al parecer ese día estaría atravesado de inusitadas eventualidades hasta el final.
-¿Rukia? –fue todo lo que pudo proferir.
Ella se aferró a él, los brazos en torno a su cuello y las piernas abarcándolo por la cintura. Ichigo estimó, de pasada, que era más liviana de lo que había supuesto. Superado el primer desconcierto sonrió, la abrazó mejor sin importarle mucho qué la habría motivado, aunque agradeciéndolo, y se solazó con la idea de pasar horas a su lado entrenándola para robustecerla.
Aunque fuerza le sobraba…
-¿Me creerías si te dijera que te extrañé? –le dijo ella en su oído con un tono de voz que él nunca le había conocido antes.
Entonces dejó de sonreír, conmovido con su dulzura, aliviado con su sinceridad y preocupado por los motivos de aquel arrebato un tanto más que antes. Aun así cerró los ojos y la abrazó más fuerte, pues fue incapaz de responder a eso con palabras. Y tal vez ni siquiera fuese necesario, a veces ni un sí ni un no son respuesta suficiente.
-¿Así está bien? –indagó Rukia a media voz.
Él comprendió a qué se refería. Le dio un beso rápido en la sien.
-Así está bien –murmuró.
Desde su perspectiva, había sido la mejor declaración amorosa de su vida. Armado con la certeza, se encaminó hasta la casa con ella aún entre sus brazos, entró y la presionó contra la puerta para besarla apasionadamente, para besarla mejor.
El bolso quedó olvidado en el camino.
.
.
El diseño del techo de la habitación siempre le había llamado la atención. ¿En qué rayos había estado pensando Renji para hacerlo tan lujoso? Un techo es un techo, el cielorraso sólo está ahí para ser funcional, tan simple como eso. De todos modos se entretuvo observando los detalles que hacía tiempo no examinaba.
Tal vez lo hubiera hecho así precisamente para eso, para que los habitantes de la casa pudieran sentirla especial.
-¿Duermes? –indagó Ichigo, la cabeza junto a la suya observando en la misma dirección.
-No –musitó Rukia, removiendo perezosamente una pierna. Entonces tropezó con la de Ichigo, y aunque por una fracción de segundo le pareció raro, la dejó quieta junto a ella para acostumbrarse al roce. A fin de cuentas, era lo que había buscado.
-Hazlo si quieres, puedo despertarte más tarde –sugirió él.
La joven negó con la cabeza sobre la almohada.
-No deberíamos dormir.
-¿Por qué?
-Porque somos una pareja reciente, amante y llena de juventud –sentenció ella, burlona.
-Entiendo.
-Idiota.
-¿Y eso por qué? –se crispó el otro.
-Para no perder la costumbre.
Ichigo ya no supo si indignarse o reír. En la intimidad era bastante agresiva y descarada, y eso le gustaba demasiado como para enfadarse. Tenía muchos aspectos que conocer de Rukia aún y se sentía motivado.
Ella ya no experimentaba dolor. Más allá de la dosis de amor recibida, eran sus propios sentires y pensamientos los que se habían reencauzado. Únicamente había tenido que cambiar el cristal con el que miraba el mundo, sólo eso, y se encontró liberada en medio de una nueva realidad.
Una pierna con la que tropezar, un hombro pegado al suyo, una respiración profunda y serena… Rukia se descubrió disfrutándolos como si fuera la primera vez que le ocurría cuando antes había invertido tanta energía en desechar la mera posibilidad. Cuánto más gratificante y dichoso podía resultar a veces darse por vencido.
-Podría preparar algo para comer –sugirió Ichigo luego.
-Después –pidió ella.
-O podríamos ver una película.
-No lo creo.
-Entonces podemos limitarnos a permanecer callados, concentrados y taciturnos, reflexionando en temas tales como el tiempo, el hombre y su destino.
-Ya quisieras –gruñó ella, aunque rió con la ocurrencia.
Él se irguió de costado, sobre el codo, para observarla mejor. Rukia se fijó en su atractivo ceño fruncido, alzó la mano y lo recorrió con un dedo como si hubiera deseado hacerlo desde hacía tiempo sin saberlo hasta entonces. Era tan serio, y a la vez tan amable…
-¿Qué estás haciendo aquí, Rukia? –le preguntó Ichigo por fin, realmente interesado-. ¿Y por qué hoy precisamente?
Ella comprendió la inquietud. Sin embargo, no lo había buscado para hablar.
-Vine a hacerte el amor –manifestó con un dejo de burla.
-Enana…
-Otro día, otro día te lo contaré –le prometió ella, apartándole una pestaña extraviada-. Y por tu bien, en adelante no vuelvas a llamarme de ese modo.
Él suspiró, desestimando la amenaza y no muy conforme con la respuesta.
-Eres tan extraña –suspiró, removiéndole apenas y distraídamente el flequillo-. Cualquier mujer se desahogaría sin dudar, lloraría y se aferraría como si su pareja fuera la única persona en el mundo capaz de entenderla, pero tú eres tan reservada… Nunca has encajado en los parámetros femeninos que conozco.
-Por eso te gusto, tonto.
-Ni te imaginas cuánto –afirmó él, atrayéndola de tal modo que, acostados de lado, quedaron uno frente al otro.
-Agradece que hay una mujer desnuda en tu cama.
-Lo agradezco.
-Y que te corresponde en los sentimientos.
-Alabado sea el Señor.
-Y que se decide a tomar la iniciativa.
-Soy indigno de tanta fortuna.
Se echaron a reír con complicidad. A ella le gustó su abrazo, le gustó que no dejara de tocarla, su rostro y su calor tan próximos y consistentes.
-El amor está sobrevalorado –declaró de pronto.
El otro la miró con cierto desconcierto, pero se abstuvo de objetar.
-Tú eres la escritora, supongo que sabrás por qué lo dices.
-Sólo piénsalo por un momento –repuso Rukia con aire intelectual-. Lo formularon los poetas del medioevo en sus composiciones, los malditos trovadores, que nos lavaron el cerebro con sus melosas palabras haciéndonos creer que tal sentimiento era lo que nos unía a unos con otros.
-¿Y?
-Que es completamente falso.
-¿Entonces qué nos une a unos con otros, según tú?
La joven se tomó algunos segundos antes de contestar. Ichigo notó cierto retraimiento, y aunque venía divirtiéndose con la absurda conversación, al ver su contraído talante un poco se preocupó. Era como si se hubiera puesto a rebuscar tan profundo dentro de sí que tal vez le apesadumbrasen los resultados obtenidos.
-La soledad –respondió Rukia por fin-. Aquello que llamamos amor es como un estallido: surge, brilla, hace ruido y nos impulsa a unos con otros, experimentamos una felicidad muy difícil de explicar. Pero al rato se desvanece. Dura un instante, un suspiro, y luego se extingue como una brasa. Algunas personas no pueden aceptarlo y pasan sus vidas cambiando de pareja en un vano intento de retener esa sensación, de capturar lo efímero.
-En verdad eres escritora, y una con mucha locuacidad, por cierto –la pinchó él, aunque su admiración era sincera.
Rukia le dio una patada por debajo de la sábana y él hizo una mueca de dolor.
-Lo que intento decir es que, en definitiva, cuando una pareja sobrevive como tal a través de los años es porque ha encontrado mucho más que una chispa y un deseo irrefrenable. Aquello que tan liberalmente denominamos amor, o enamoramiento quizá, se desvanece, pero la soledad es perenne, nos constituye. –Aquí Rukia aproximó más el rostro al de él-. En conclusión, trataré de hallar las cosas de ti que me inciten a elegirte cada día, o más bien día por día, las cosas por las que decidiré compartir mi soledad contigo.
Ichigo asintió con la cabeza, vislumbrando el punto.
-Entonces no me quedará más remedio que compartir la mía contigo también –dijo luego.
-Haremos buenos negocios juntos –sonrió Rukia.
-Y los dos saldremos ganando.
-Eres bueno para escuchar.
-Y tú eres buena para decir cosas raras… y demasiado largas para ser nuestra primera noche de sexo, enana.
Ella volvió a propinarle una patada y ambos rieron, distendiéndose. Al fin y al cabo no fue con palabras como llegaron hasta ese punto. El amor, o lo que sea que experimentasen, no precisaba de intenciones, sino de honestidad y perseverancia.
-Se me cierran los ojos –anunció ella, somnolienta.
-Me agradará mucho verte dormir.
Más repuesta ya de las dispares e intensas emociones de la jornada, el orgullo de los Kuchiki retornó a su correspondiente sitial en el espíritu de Rukia.
-Jamás te daré esa satisfacción, ¿me oyes?
-Sé que lo intentarás. Si te conozco, sé que harás todo lo posible para salirte con la tuya, enana engreída. Pero supongo que a estas alturas te habrás percatado de la calidad de mi paciencia.
-Maldita sea –murmuró Rukia, esforzándose ahora por permanecer despierta.
Al verla en esa tesitura, él sonrió de lado, malicioso.
-Será mejor que descanses –sugirió-, cuando vuelvas a tus sentidos ya no podré asegurar que te deje tranquila.
-Y me dice engreída…
-Shhh –profirió Ichigo, acariciándola con arteras intenciones-. Duerme, querida Rukia, duerme. No me perdería del espectáculo de verte dormir entre mis brazos, rendida y vulnerable, por nada de este mundo.
Ella sonrió a su pesar y tuvo espíritu para insinuar otra patada, aunque ya no pudo golpear como hubiese querido. Ya nunca podría golpearlo ni pedirle que se fuera. Tal vez esa casa hubiese sido construida para recibirlo, para que ella tuviera una oportunidad, para que ambos se descubriesen y tuvieran algo que esperar.
-Despiértame dentro de un rato –pidió en un hilo de voz.
Él la cubrió mejor con las sábanas y la envolvió en un abrazo.
-Lo haré –le aseguró.
Esa noche, Rukia durmió confiada. Había anhelado mucho contar con un después.
