*Rosie-chan*: Antes de ponerte tan nerviosa, te sugiero que leas este capítulo :-D

Sybill: Bueno, que yo sepa, ser un animal no te libra de morir si te lanzan la maldición asesina. En fin, si quieres saber más, lee el capítulo ;-) Severus va a volver a salir, no te preocupes.

Hada: Gracias, a mí siempre me han gustado las historias de terror.

Lourdes Ariki: Me alegro de que te guste la historia, en cuanto tenga un rato libre me pasaré para ver cómo son las tuyas.

Ceywen: Me he reído mucho con tu review. Pobres chicas, aquí les envío un reconstituyente.

Ariadna Potter: ¡Chantajista! :-) No te preocupes, Sirius también es mi favorito. Ya verás lo que le ha pasado.

Misao Wood: Aquí tienes la respuesta ;-)

Elizabeth Potter: Otra que me amenaza :-( Bueno, te digo lo mismo que a las otras, aquí tienes la respuesta.







LA BATALLA



Dana corrió hacia la casa, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas. El terror le atenazaba el pecho.

"No puede estar muerto" pensó, desesperada."Sirius no puede estar muerto. Dios mío, que no esté muerto, por favor, por favor".

Pero, al mismo tiempo, sabía que la Marca Tenebrosa flotando sobre la casa sólo podía significar que al menos una de las personas que estaba dentro había muerto asesinada por un mortífago.

Entró en la casa. En el salón no había nadie. Dana tragó saliva.

-¡Sirius!- gritó- Sirius, ¿estás ahí? ¡Sirius!-.

Durante un segundo no oyó nada. Luego, para el horror de Dana, se escucharon pasos que iban desde el fondo de la casa, por el pasillo, hacia el salón. Creyendo que se trataba del mortífago que había matado a Sirius, Dana se metió la mano en el bolsillo para sacar la varita.

Casi se desmayó de la impresión al ver aparecer por la puerta al propio Sirius.

-Dana, ¿qué ha pasado?- preguntó Sirius, mirándola con preocupación al ver la expresión de su cara- ¿por qué gritas de esa form...

Dana no le dejó acabar. Se arrojó hacia él y le abrazó, con las lágrimas corriéndole por las mejillas.

-¡Sirius, menos mal que estás bien! ¡Creía... creía que estabas... -se giró hacia la puerta- ¡Katja, Harry, está bien!-.

Dana se apartó de Sirius justo cuando Harry y Katja entraron por la puerta. Harry, que también tenía los ojos llenos de lágrimas, echó a correr hacia Sirius y le abrazó.

-¡Sirius, estás bien!- exclamó el chico con voz entrecortada- creíamos que estabas muerto, yo...

La cara de Sirius mostraba una mezcla de asombro y alarma.

-¿Yo? Pero, ¿por qué pensábais que estaba muerto?-.

-La Marca Tenebrosa estaba encima de la casa- dijo Katja con voz grave. También parecía asustada.

-¿La Marca Tenebrosa?- preguntó Sirius, alarmado- pero eso sólo lo proyectan los mortífagos cuando matan a alguien, y yo estoy solo aquí-.

-Por eso creíamos que habías muerto- le dijo Dana, que aún tenía las mejillas mojadas por las lágrimas.

Sirius sacó la varita.

-Quedáos aquí- les dijo, y volvió a desaparecer por el pasillo. Durante un rato, le oyeron abrir y cerrar puertas, y usar el encantamiento convocador, para quitarle la capa invisible a un posible mortífago en el caso de que llevara una puesta. Al cabo de unos minutos, le oyeron lanzar una exclamación de sorpresa.

-¡Eh, venid aquí!- les gritó- ¡tenéis que ver esto!-.

Harry, Dana y Katja fueron hacia donde Sirius estaba. A Dana le dio un vuelco el corazón al ver que Sirius estaba asomado a su habitación. Cuando llegó y vio lo que había pasado allí, tuvo que morderse los labios para no gritar.

Su cama se había puesto negra, como si estuviese carbonizada, y había un agujero justo en medio del revoltijo de sábanas. Dana sintió que se quedaba sin respiración al comprender lo que había ocurrido.

-Creyeron que había alguien acostado- dijo con un hilo de voz- dejé las sábanas así para que la habitación se ventilara, y por la forma parecía que hubiese alguien acostado y tapado con las sábanas. El que proyectó la Marca Tenebrosa no quería matar a Sirius. Creyó que me había matado a mí-.

La situación había cambiado. Antes, todos estaban preocupados por Sirius. Ahora, las miradas de preocupación se centraron en Dana. La propia Dana se sentía asombrada. Se había aterrorizado ante la perspectiva de que pudieran haber matado a Sirius, pero ni por un momento se le pasó por la cabeza que la maldición hubiese estado dirigida a ella.

-No lo entiendo- dijo Sirius- ¿cómo es posible que el mortífago haya podido abrir la ventana, si estaban protegidas con un hechizo? ¿Y cómo sabía que era la habitación de uno de los herederos?-.

-La ventana la dejé abierta yo- dijo Dana, sintiéndose como una idiota- la abrí para que la habitación se ventilara un poco, pero entonces vinieron Harry y Katja para que les ayudara a traer la leña, y me la dejé abierta-.

-Y se nota que esta es la habitación de uno de los herederos- dijo Harry.-Fijáos en la mochila que hay encima de la silla: está llena de objetos muggles. Hay una linterna, y por un bolsillo asoma una libreta muggle y un bolígrafo. Supongo que es la mochila que usabas para hacer el Camino de Santiago- dijo, mirando a Dana.-Si Voldemort sabía que la herdera de Ravenclaw era muggle hasta que hicimos el hechizo, y se lo dijo al mortífago al que envió, este, al ver los objetos muggles, debió pensar que estaba matándola-.

Dana sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo. ¿Cómo había podido ser tan tonta? ¿Cómo había podido marcharse de la habitación sin cerrar la ventana? Si el mortífago, en lugar de lanzar la maldición asesina contra lo que creía que era ella, hubiese optado por entrar dentro de la casa por la ventana, tal vez Sirius sí estaría muerto. Y habría sido por su culpa.

-No ha sido culpa tuya- le dijo Sirius, al ver la expresión de su cara- además, ha sido mejor así. La ventana abierta le sirivió de distracción al mortífago y consiguió engañarle. Tal vez, si no la hubiese visto, os habría oído a vosotros en la parte trasera, y entonces habría matado a los herederos de verdad, o podría haberlo intentado-.

Dana sabía que Sirius tenía razón en aquello, pero eso no le impidió seguir sintiéndose un poco culpable. Nunca había visto a lord Voldemort, pero por las descripciones que le habían hecho, debía ser terrible, y no podría permitirse errores semejantes cuando tuviera que enfrentarse a él. Enfrentarse a él... Dana sintió otro escalofrío desagradable. Ojalá no tuviera que enfentarse a él, ni a nadie. Estaba asustada. Ahora que el mortífago había averiguado el emplazamiento de la casa, lord Voldemort atacaría cuanto antes. Tal vez no les quedasen ni veinticuatro horas para tener que enfrentarse a él.

-Tenemos que avisar a Dumbledore- dijo- ahora que sabe dónde estamos, Voldemort puede atacar en cualquier momento-.

Todos volvieron al salón, después de haber cerrado la ventana y haberla asegurado de nuevo con un hechizo. Sirius se asomó a una de las ventanas del salón y llevó los troncos que habían dejado caer en el suelo del bosque hasta allí por un encantamiento convocador. Luego, puso los troncos en la chimenea, encendió el fuego con su varita, cogió un pequeño saco que había en la repisa de la chimenea y echó unos polvos de su interior al fuego.

-Albus, ¿estás ahí?- preguntó- Albus, contesta-.

Al cabo de unos segundos, el rostro de Dumbledore apareció entre las llamas.

-¿Sí? ¿Qué ocurre?-.

Los cuatro le contaron a Dumbledore todo lo que había sucedido. A medida que hablaban, el rostro de Dumbledore iba adquiriendo cada vez más gravedad.

-Bien, finalmente ha sucedido- dijo, cuando terminaron de hablar.-Era cuestión de tiempo que Voldemort averiguara el emplazamiento de la casa, y lo teníamos previsto en el plan. Ahora ha llegado el momento de actuar, y tenemos que hacerlo deprisa. Daré de inmediato la orden a los aurores de que se posicionen en los puntos estratégicos del bosque que señalamos. En cuanto empieze la batalla, el resto de la Orden del Fénix se tarsladará a la casa donde estáis. Remus y Severus irán al campo de batalla, pero no pelearán a no ser que sea estrictamente necesario. Una vez que Voldemort se haya escabullido para encontraros, ellos dos capturarán a Pettigrew y lo traerán hasta ahí. Mientras, vosotros debéis prepararlo todo. Mañana por la mañana, a primera hora, llevaréis el caldero a la parte delantera de la casa y comenzaréis a preparar la poción que necesitamos. Con toda seguridad lord Voldemort atacará mañana, pero no sabemos cuando. Podría ser tanto por la noche como a plena luz del día, así que estad alerta. Que siempre haya alguien junto a la chimenea, para que podamos avisaros en cuanto comienze la batalla-.

Tras desearse buena suerte, cortaron la transmisión. Aquella noche, Sirius, Dana, Harry y Katja disfrutaron de una cena caliente junto al fuego, pero hubo docenas de personas que no tuvieron ese lujo. A aquellas horas, todos los aurores se armaban y se preparaban para dirigirse a los puntos estratégicos a la espera de avistar el ejército de mortífagos, encabezados por Voldemort. Dana y los demás decidieron irse temprano a dormir, en cuanto acabaron de cenar. El día siguiente sería muy largo. Dana, que se sentía demasiado nerviosa como para poder dormir tan pronto y necesitaba mantenerse ocupada con algo, se empeñó en lavar los platos, y Sirius se ofreció a ayudarla. Katja y Harry, sin embargo, decidieron irse a dormir.

Dana entró en la cocina. Los platos no eran muchos, pensó, acabaría en seguida. Bueno, por lo menos podría tener la mente ocupada durante unos minutos. Pero en ese momento oyó a Sirius entrar en la cocina y se olvidó de los platos. Aún no se le había pasado del todo el susto que le había producido la posibilidad de que hubiera muerto. Se giró hacia él, y, antes de que a Sirius le diera tiempo de decir una sola palabra, Dana le abrazó y le besó. Sirius pareció soprendido durante un segundo, pero luego le devolvió el beso.

-Si te hubiera pasado algo, no sé qué habría hecho- dijo con un nudo en la garganta, cuando se separaron.-Cuando ví aquella cosa encima de la casa, yo...

Sirius le puso un dedo sobre los labios, como para indicarle que no hablara. Luego, la atrajo hacia sí y volvió a besarla. Esta vez, el beso duró más tiempo.

-Iban a por tí, no a por mí- dijo finalmente.-Escucha, Dana, tienes que comprender algo, ya sé que no es sencillo, pero tienes que comprenderlo. Aunque creas que estoy en peligro, como hoy, ayudarme no tiene que ser tu prioridad. Eres la herdera de Ravenclaw, y tanto tú, como Harry y Katja, tenéis que vencer a Voldemort. Yo soy la persona que ha de protegeros, y mi misión es que estéis bien en el momento en que Voldemort aparezca aquí, aunque eso signifique perder la vida, ¿lo entiendes?-.

-¿Estás diciendo- preguntó Dana con incredulidad- que si vuelves a estar en peligro lo que nosotros tenemos que hacer es escapar en lugar de ir a ayudarte?-.

Sirius asintió.

-No- dijo Dana-no puedes decirlo en serio. No podría hacer eso. Y tampoco podrás convencer a Harry-.

-Él es igual que su padre- dijo Sirius- igual que James. Es capaz de arriesgar la vida por sus amigos. Pero en la guerra contra Voldemort yo soy prescindible; él, Katja y tú, no. Si os llega a pasar algo, estamos perdidos. Voldemort sería indestructible. Y los que estamos en su contra podríamos frenarlo al principio, pero al final acabaría con nosotros. Voldemort estuvo a punto de desaparecer hace catorce años porque olvidó que el sacrificio de Lily era una barrera de protección contra Harry, pero no volverá a cometer el mismo error. Mira, no te estoy diciendo que me vaya a pasar nada. Si todo sale según lo planeado, no tiene por qué haber ninguna baja en la Orden del Fénix. Pero, si llega a complicarse algo, si llega a darse la situación, como ha ocurrido esta tarde, preocúpate sólo de tu misión y deja que yo me las arregle como pueda-.

-Odio esta puta guerra- siseó Dana con amargura. Odiaba a Voldemort y todo lo que tenía que ver con él. Aquella guerra sin sentido la había sacado de su mundo muggle y la había traído a una casa en medio del bosque expuesta a ser atacada por un grupo de asesinos con poderes mágicos en cualquier momento, la había obligado a enfrentarse, quisiera o no, con un hombre desalmado, racista y sediento de poder, y ahora la obligaba a abandonar al hombre al que amaba aunque necesitara su ayuda. Aunque, tuvo que admitir Dana, de no haber sido por todo aquello, tampoco le habría conocido.

-Sé lo que sientes- le dijo Sirius- porque yo siento lo mismo. Piensa que cuando acabéis con él habrá terminado todo. Al menos, eso es mejor que quedarte de brazos cruzados sin poder hacer nada mientras suceden cosas horribles a tu alrededor. Además, probablemente Voldemort atacará mañana. Lo que tenga que suceder no tardará mucho. Y, Dana- la miró a los ojos hasta que ella le devolvió la mirada- pase lo que pase, te quiero-.

-Y yo a tí- contestó Dana con una leve sonrisa. De pronto, sintió una enorme tristeza dentro de sí, y se giró hacia el fregadero. Si no empezaba a hacer algo, lo que fuera, se echaría a llorar en ese mismo momento, y no quería hacerlo.

-Será mejor que nos ocupemos de esto- dijo, señalando los platos- y nos acostemos pronto, o no podremos levantarnos mañana-.



-¡Estúpido! ¡Imbécil!- Voldemort, atravesando a Nott con una mirada de ardiente furia, levantó la varita y lo tiró al suelo- ¿Con que mataste a un revoltijo de mantas, eh? Y, encima, para acabarlo de arreglar, proyectaste la Marca Tenebrosa, ¿no? ¡Eres un maldito idiota!-.

-Perdón, mi Señor- balbuceó el mortífago con voz débil- yo... yo creí que era uno de los hered...

-Cállate- le dijo Voldemort con voz fría.-Te dije claramente que no debían darse cuenta de que habías estado allí. Sabes que una vez que hayamos acabado con los tres organizaremos cientos de ataques a distintos pueblos y zonas del país donde podrás hartarte de torturar y asesinar a cuantos quieras, pero no podías esperar esta vez, ¿no? ¡Tenías que lanzarle la maldición asesina al primer bulto que vieras, sin cerciorarte siquiera de si era una persona!-.

El mortífago temblaba de tal manera que ya no podía pronunciar palabra.

-Esto nos obligará a adelantar un poco nuestros planes- le dijo Voldemort al resto de mortífagos, que estaban reunidos delante de él- atacaremos mañana al atardecer. Ya sabéis lo que tenéis que hacer. Ahora retiráos-.

Los mortífagos se apresuraron a abandonar la sala. Todos sabían lo que le iba a ocurrir a Nott, y también sabían que, cuando Voldemort estaba furioso, lo mejor era alejarse de él cuanto antes. En la sala sólo quedaron lord Voldemort, de pie, y Nott, todavía en el suelo.

-Y ahora- dijo Voldemort fríamente- un recordatorio de qué es lo que le sucede a los inútiles que entorpecen mis planes y desobedecen mis órdenes-.

-Mi señor, por favor- suplicó el mortífago con voz temblorosa- no volverá a suceder. Tened piedad...

Voldemort levantó la varita.

-¡Crucio!-.



Dana pensaba que aquella noche no sería capaz de dormir a causa de los nervios, pero lo cierto es que durmió toda la noche de un tirón. Pudo dormir en su habitación gracias a que encontraron una cama plegable en uno de los armarios de la casa y puideron sustituirla por la otra, que había quedado inservible. Aunque se acostó preocupada por lo que pudiera pasar al día siguiente y por lo que Sirius le había dicho en su conversación, apenas se acostó se quedó dormida. Se despertó temprano, a las nueve de la mañana, y había empezado a vestirse cuando oyó que llamaban a la puerta.

-¿Quién es?- preguntó Dana.

-Katja- contestó una voz al otro lado de la puerta- ¿puedo pasar?-.

-Sí- contestó Dana.

Katja miró a Dana sorprendida cuando abrió la puerta.

-Pensaba que aún estarías dormida- dijo- venía a despertarte-.

-Anoche me acosté pronto- dijo Dana a modo de explicación.

-Bueno, sal en cuanto termines de arreglarte- le dijo Katja- tenemos que empezar a preparar la poción-.

Dana terminó de vestirse, y, después de ir al cuarto de baño, se dirigió al salón. Se obligó a comer algo de lo que había en la mesa. Nunca desayunaba mucho, y los nervios que sentía la hacían pensar que no iba a ser capaz de comer nada, pero era consciente de que necesitaba energías. Cuando acabaron de desayunar, los cuatro salieron al exterior y fueron hasta la parte trasera de la casa. Allí había una especie de garaje con la puerta cerrada, que Sirius abrió mediante un hechizo. Cuando la puerta se abrió, Dana se quedó asombrada. Allí dentro había un caldero enorme, lo suficientemente grande como para que cupiera dentro un hombre sentado.

Sirius trató de hacerlo levitar para llevarlo a la parte delantera de la casa, y lo consiguió, pero el caldero era muy pesado, y, al ver su expresión de esfuerzo, Dana le indicó que se hiciera a un lado, apuntó al caldero con la varita, y, tras usar el hechizo levitador, consiguió llevarlo con facilidad a la parte delantera de la casa. Una vez allí, Katja cogió la bolsa con los ingredientes y una hoja con las instrucciones para elaborar la poción.

-Bien- dijo- en primer lugar, hay que llenar el caldero de agua hasta las tres cuartas partes. Luego hay que encender el fuego, y, cuando hierva, echar cincuenta gramos de raíz de mandrágora...

Fueron elaborando la poción cuidadosamente. El primer problema con el que se encontraron fue que, si tenían que esperar a que el agua hirviera con aquel fuego, tendrían que espear horas. Pero Katja, que vivía en la estepa rusa, hizo un hechizo para que el fuego calentase más de lo normal. Era, según dijo, un hechizo muy conocido en una tierra donde, en invierno, la temperatura podía llegar a bajar hasta cincuenta grados bajo cero, y era necesario usar la magia para hacer que las cosas se calentaran con más rapidez. Katja y Dana, que eran las más habilidosas con las pociones, se encargaron de lo principal, mientras Sirius y Harry se turnaban entre echarles una mano y montar guardia en el salón, atentos por si Dumbledore aparecía para decirles que los mortífagos ya habían atacado. Estuvieron con la poción toda la mañana. Dana observaba con curiosidad los cambios que se producían cada vez que se añadía un ingrediente. Cuando echaron la sangre de unicornio, el líquido se puso de color plateado, y, cuando añadieron el veneno de serpiente, se volvió de un color azulado de aspecto extraño. No pudieron parar para comer, de modo que Sirius y Harry les llevaron bocadillos afuera para que pudieran comer mientras trabajaban. A las cinco de la tarde, después de que añadieran el último ingrediente y apagaran el fuego, la poción, que se había vuelto transparente como si sólo contuviese agua, estaba hecha.



El bosque se había quedado extrañamente silencioso. Eran casi las seis de la tarde, y, aunque en apariencia todo era normal, se respiraba un ambiente de inquietud. Como si fuera a pasar algo...

En ese momento, algo irrumpió silenciosamente en el bosque. Eran varias personas. Más de cien. Iban vestidos de negro y enmascarados. Al frente iba un hombre alto, con una cara extraña, blanca como la cera, con la nariz parecida a la de una serpiente y los ojos rojos. A pesar de ser tantos, se movían de un modo extrañamente silencioso.

Ninguno de ellos se esperaba el grito que resonó de repente en el bosque.

-¡AHORA!-.

De pronto, empezaron a salir de todas partes, como surgidos de la nada, una multitud de hombres y mujeres. Se veía, por el uniforme naranja que llevaban, que eran aurores. Los mortífagos se quedaron soprendidos, includo lord Voldemort. Había supuesto que encontrarían resistencia, pero no tan pronto, y aquello le pilló algo desprevenido.

Los aurores no perdieron el tiempo. Aprovechando el factor sopresa, comenzaron a lanzar encantamientos aturdidores y de desarme. No obstante, Voldemort no tardó en reaccionar.

-¿A qué esperáis, imbéciles?- gritó- ¡Atacadles!-.

Fue como si encendiera la mecha de una bomba. Al instante, los mortífagos reaccionaron y sacaron las varitas. En pocos segundos, el bosque se convirtió en un campo de batalla. Los rayos de luz provocados por los hechizos volaban en todas direcciones. Los mortífagos comenzaron a lanzar maldiciones asesinas indiscriminadamente, y los aurores, que hasta entonces sólo habían usado encantamientos aturdidores y de desarme, comenzaron a combinarlos con la maldición Avada Kedavra. Nadie hubiera dicho que hasta hacía un momento aquello era un bosque apacible. El suelo comenzaba a poblarse de cuerpos naranjas y negros, y ambos bandos intentaban ocultarse tras los cuerpos de los muertos e inconscientes, o detrás de los árboles, para lanzar las maldiciones.

Un par de aurores cometieron el error de intentar atacar a lord Voldemort. Se lanzaron contra él con la varita en alto. Voldemort, sin decir palabra, se giró hacia ellos y clavó en sus ojos la mirada, una mirada fría y aterradora que hizo que los dos aurores se quedaran de pronto paralizados, inmóviles. Voldemort les apuntó con la vrita y les lanzó la maldición asesina, a uno y después al otro. Comezó a pensar con rapidez. Se dio cuenta de que los aurores, más que intentar hacerles retroceder, les obligaban a no avanzar. Supuso que lo que querían era ganar tiempo para poner a los herederos a salvo. Decidido a no perder más tiempo, lord Voldemort se escabulló entre los árboles, dispuesto a llegar cuanto antes a la casa donde estaban los tres herederos.



Dana sufrió un sobresalto cuando, de pronto, entre las llamas de la chimenea apareció el rostro de Albus Dumbledore.

-Los mortífagos acaban de atacar- dijo- la batalla ya ha comenzado. Salid afuera, en poco tiempo llegaremos. Estad alerta-.

Dana comenzó a sentir que el pánico se apoderaba de ella. Todos se levantaron y echaron a correr hacia la puerta. Al salir, Dana sintió que le faltaba el aire y se mareó. Se preguntó si iba a desmayarse. Se apoyó contra la pared y empezó a respirar hondo, tratando de frenar aquella sensación de ahogo. Sirius se acercó hacia ella y la cogió por los hombros.

-Dana, ¿estás bien?-.

-No puedo respirar- gimió Dana con voz estrangulada- ¡suéltame! ¡suélt...

-¡No!- dijo Sirius con voz firme- escucha, Dana. ¡Escúchame! Cierra los ojos. ¡Hazlo! Bien, ahora imagina que están en tu casa. No pienses en nada más. Imagina que estás en tu casa, tumbada en la cama, tranquila...

Dana se esforzó en hacer lo que Sirius le dijo. Trató de dejar la mente en blanco. Poco a poco, se imaginó su casa, su habitación. Estaba allí, tranquila, lejos de aquel lugar... comenzó a visualizarlo con más claridad. Entonces, poco a poco, la opresión en el pecho que le impedía respirar desapareció. Dana sintió que las piernas le falalban y se apoyó en los brazos de Sirius, respirando profundamente, el cual la sujetó, aliviado al ver que el ataque de pánico que había sufrido Dana remitía. Al cabo de unos segundos, la chica sacudió la cabeza y se separó de él, más tranquila.

-Gracias- dijo.

En ese momento, se aparecieron allí el resto de miembros de la Orden del Fénix. Todos, menos dos, como pudo observar Dana mientras Dumbledore se acercaba a ellos. Remus Lupin y Severus Snape.



Peter Pettigrew estaba aterrado. Se encontraba en medio de la batalla, e intentaba esconderse desesperadamente detrás de los cadáveres, aunque algunos estaban en un estado demasiado horrible para acercarse a ellos. Muchos mortífagos estaban cayendo a su alrededor, y, para colmo, lord Voldemort se había esfumado. Tal vez había ido a buscar a los herederos. Pettigrew buscaba un modo de escapar él también, pero estaba rodeado, y temía que alguna maldición le alcanzara si cruzaba la línea de fuego. No muy lejos, vestidos con el uniforme naranja de los aurores para despistar, estaban dos miembros de la Orden del Fénix.

-Maldita sea- gruñó Remus- con este alboroto no hay forma de distinguirle-.

Severus Snape no contestó. Escrutaba con atención el centro del campo de batalla. Entonces, entre los cadáveres amontonados, lo vio. Un hombre gordo y bajo que en ese momento se escondía detrás de una roca. Echó a correr hacia allí.

Remus abrió la boca para preguntarle qué era lo que hacía, pero antes de poder hacerlo, comprendió que Snape debía de haber visto a Pettigrew, y echó a correr agachado tras él. Debían darse prisa, puesto que ya llevaban un buen rato buscando.

Pettigrew se acomodó detrás de la roca, comenzando a exhalar un suspiro de alivio. Se le cortó la respiración al sentir como una mano le agarraba con fuerza del brazo y una voz decía : "Expelliarmus".

Mientras su varita llegaba a manos de Lupin, Pettigrew se retorció inútilmente, intentando soltar el brazo.

-Deja de moverte- gruñó Snape, sujetándolo con más fuerza.-Te vas a venir con nosotros a dar un paseo-.