Hello~!

Finalmente llegamos al final! Muchas gracias a todos los que se tomaron su tiempo para leer esta historia, la verdad es que no pensé que la fuera a terminar algún día, pero finalmente lo hice! o/ Espero que les haya gustado tanto como a mi, muchisimas gracias darle un poquito de su amor a esta idea que surgió hace casi 1 año y medio, disfruten su lectura final! ❤️ ;_;

We reached the end! Thank you so much for taking your time to read this story, to tell you the truth I thought I was never going to finish it, but I did it! o/ I hope you like it as much as I do, thank you so so so much for giving this idea that came up almost a year and a half ago a bit of your love, enjoy your final reading! ❤️ ;_;

Disclaimer: Inazuma Eleven GO no me pertenece.


Kirino POV

Estudiar nunca había sido un problema, no puedo decir que soy el mejor de mi clase, porque sería una gran mentira, pero aunque no le ponga mucho empeño, siempre logro sacar notas suficientemente buenas como para verme libre de las clases de verano. Sin embargo, mi estadía en el hospital hizo con que me retrasara bastante y es por eso que ni bien me dieron de alta, Shindou comenzó a venir a casa después de clases para ayudarme a ponerme al día. Durante la última semana mi vida se había resumido en asistir a clase y volver a casa a estudiar. Dormir se había convertido en un privilegio, el cual solo me era permitido después de haber resuelto una cierta cantidad de problemas de matemática o haber traducido algunos textos en inglés. En fin, no me quejo, al menos no del todo, aunque tuviéramos libros de por medio, al menos podía pasar más tiempo con Shindou, aunque habláramos más del colegio y los exámenes finales que de nosotros.

—«Ah los exámenes, la razón del estrés de Shindou».

Perdí la cuenta de cuantas veces le había dicho que sin importar el tiempo perdido, estaba seguro que lograría pasar sin problemas, pero no fue suficiente para convencerlo. Sabía que no había manera de que fuéramos a la misma universidad, sería imposible, a no ser que Shindou decidiera cambiar una universidad de elite -para la cual estoy seguro se ha estado preparando desde pequeño- por una más simple, no tan renombrada, a unas pocas horas de la ciudad. Entrar a la universidad no era uno de mis mayores sueños y tampoco estaba dentro de mis planes. Sin duda alguna terminaría la secundaria, no por mí, sino que por mi padre, sabía que aunque no estuviera presente, uno de sus sueños era que terminara los estudios. Quizá no lo cumpliría por completo, pero estaba seguro que entendería mi decisión. Nada me motivaba a seguir adelante, no por ese camino, no me veía encerrado entre cuatro paredes desperdiciando otros tres o cuatro años más de mi vida con la cara metida entre los libros. No era lo que quería para mí. Aunque a decir verdad no tenía idea de qué era lo que quería hacer de mi vida.

La razón por la cual estoy aquí, tumbado en la cama, leyendo una y otra vez un texto de un filósofo francés sin entender como sus palabras podrían tener algún impacto en mi vida, se debe al chico de cabello grisáceo que ocupó mi escritorio con sus libros y cuadernos, dándome la espalda mientras corrige hojas con ejercicios que según él me ayudarán a saber si tengo oportunidad de entrar a una universidad mejor, pese a que el tiempo me juegue en contra.

No puedo decir que conocer a Shindou hizo que mi vida cambiara por completo, ya que aún hay cosas que debo mejorar, pero no hay duda que su presencia e influencia me han ayudado a cambiar poco a poco, sacando a relucir diferentes facetas que no solía mostrar a menudo. De hecho, no solía hacerlo hace cuatro años. Lo escuché reclinarse en la silla, estirando los brazos hacia arriba para desperezarse. No demoró en darse vuelta y al ver que mi mirada estaba sobre él, cuando debía estar en el libro, frunció el ceño enojado.

—No quiero que sujetes el libro en el aire, quiero que lo leas.

—Eso hago, o hacía, hasta que me interrumpiste. —Me miró confundido antes de asegurar que era imposible que el chillido de la silla hubiera sido capaz de romper mi concentración.

Cuando intenté refutar su afirmación, comparó el chillido con los gritos de nuestros compañeros de clase, recordando el día en que nos conocimos, uno de los más ruidosos en todo el año. No tenía como ganar, así que me rendí. Como no habíamos hablado mucho desde que había llegado, decidí interrumpirlo antes de que tomara un libro para leer o algún otro ejercicio.

—¿Te falta mucho para terminarlos? —Ojeó el escritorio brevemente.

—Ya casi termino, me faltan algunas pruebas subjetivas. —Observé que entre el desorden se destacaba una pila de hojas ordenadas en un rincón. Supuse que serían los ejercicios corregidos.

—Creo que deberías descansar, llevas horas sentado mirando hacia abajo, ¿no te duele la cabeza o la espalda? —Admitió que sentía un leve dolor en el cuello, el cual masajeó, pero me aseguró que prefería seguir.

—¿Y tú cómo te sientes? ¿Cómo vas con la lectura? Es algo complicada pero es más que seguro que caerá en el examen y no dudo que valga más puntos que las otras preguntas. —Fijé la mirada en el libro, no sabía decir donde había dejado de leer.

—Me guste o no, no tengo opción más que leerlo, aunque preferiría dormir. —Volteé hacia él—. ¿No te parece una idea mejor? —Sonrió.

—Primero terminemos esto.

Ni bien se dio vuelta para continuar revisando los ejercicios, el timbre sonó. Intenté convencerlo a que lo dejara sonar ya que de seguro se trataba de algún vendedor que habían dejado entrar o quizá alguien que se había confundido de número, pero hizo oídos sordos a mis palabras y, diciendo que podría ser algo importante, dejó la habitación.

Cerré los ojos, coloqué el libro sobre mi rostro y aproveché el momento para descansar. Su demora me hizo pensar que quizá si se trataba de algún vendedor ambulante, el cual se había aprovechado de la amabilidad y buenos modales de Shindou para hacerle propaganda de lo que fuera que estuviera vendiendo. Pensé levantarme e ir a buscarlo, pero preferí evitar el malhumor de tener que lidiar con un desconocido. Escuché sus pasos acercándose aunque no sabía si debía ponerme feliz o triste, ya que por un lado su regreso significaba regresar a los estudios. Cerró la puerta luego de entrar.

—¿Y bien, era un vendedor? —Cuando aparté el libro de mi rostro para verlo, la figura que vi junto a la puerta hizo con que me sentara de golpe en la cama.

Al mismo tiempo que estaba confundido, sentí como me hervía la sangre. Apreté con fuerza el libro intentando contener las ganas que tenía de tirárselo a la cara. Sin decir nada comenzó a caminar en mi dirección. Me levanté de la cama, caminé hacia él y tomándolo por el cuello de la camiseta lo empujé contra el armario. Su expresión no cambió, continuaba mirándome serio, sin decir nada.

—¿Qué diablos haces aquí? —pregunté entre dientes, apretando un poco más mis puños. Sonrió de lado sujetando mis muñecas.

—¿Es así como recibes a tus amigos? —Apreté más mi puño y acerqué mi rostro al suyo.

—¿Desde cuándo tú y yo somos amigos? —Lo solté y retrocedí unos pasos.

Mientras se arreglaba la camiseta aproveché para analizar su figura. Aparentaba estar bien, sus brazos no tenían marcas de golpes, tampoco fajas ni cicatrices, y hablando de cicatrices, en su frente no había rastros del golpe que le había dado. Sentía rabia no solo de él, pero de mí mismo. No tenía por qué preocuparme por él, pero aun así no pude evitar sentir un pequeño alivio al ver que estaba bien.

—No es el tipo de bienvenida que esperaba, pero bueno, no siempre todo sale como lo planeamos, ¿no? —Llamó mi atención no solo por haberse pronunciado, sino que por el tono y las palabras que usó. No lo dijo de la misma manera sarcástica que había usado hace poco, al contrario, lo había hecho de manera más familiar, sincera.

Al alzar la mirada lo vi arreglarse el cerquillo con la mano, el cual volvió a caer sobre uno de sus ojos. Estaba a punto de maldecirlo cuando me sonrió. Es estúpido, lo sé, en lugar de quedarme mirándolo como un bobo debería saltarle encima y terminar lo que empezamos aquella noche hace unas semanas atrás. Además, esa no era la única razón por la cual sentía tanta rabia hacia él, lo que no me faltaban eran motivos para querer pegarle hasta quedarme sin fuerzas. Ahora había sumado una más a todas ellas, porque la rabia que sentí al no ser capaz de moverme al verlo sonreír me hizo entender que todo lo que había hecho durante los últimos años no había servido de nada. Se acercó despacio y colocó su mano sobre mi cabeza. Su caricia trajo a mi recuerdos de infancia, nuestra infancia.

—Tiempo sin vernos, Ranmaru. —Siempre había sido más alto y continuaba siéndolo, se había dejado crecer el cerquillo y ahora que lo veía mejor, me dio la impresión que su cabello se había vuelto un poco más oscuro—. Pensé que después de tantos años crecerías un poco, pero veo que sigues siendo bastante pequeño. —Usó su mano para empujar mi cabeza hacia abajo, pero la aparté con la mía y me alejé.

—¡¿Pe-pequeño?! ¡Tenemos casi la misma altura! —Como mucho nos llevaríamos unos cinco centímetros de diferencia, estaba lejos de ser "pequeño". Mi enojo le causó gracia y me hizo recordar que ese no era el momento para molestarme por cosas así, no con él. Recompuse mi postura e interrumpí su diversión—. En fin, todavía no me has dicho que haces aquí. No recuerdo haberte invitado.

—Otra vez con el tono serio. —Se acercó al escritorio y antes de que pudiera evitarlo, se sentó en el borde—. No vine aquí a pelear, al contrario, creo que nos debemos una charla.

—No creo que algo que tengas para decir pueda interesarme. Lo único que quiero saber es porque secuestraste a Shindou.

—Te lo explicaré, pero antes creo que deberías saber que pasó cuando me fui de la ciudad.

—No me interesa, nada que tenga que ver contigo me interesa. Dime porque secuestraste a Shindou, porque por más que lo piense una y otra vez, no logro entenderlo. —Me miró durante un tiempo, como esperando a que cambiara de parecer, al ver que no tenía intenciones de hacerlo, suspiró.

—Muy bien, supongo que lo demás puede esperar. Conocí a Kurama hace un tiempo y me enteré de lo que estabas haciendo. Al igual que tú, por más que lo pensara no lograba entender qué te había llevado a meterte en tantas peleas. —Hizo una pausa esperando a que le diera mi respuesta, la cual obviamente no obtuvo. Suspiró antes de continuar—. Cambiaste mucho, no pensé que sería tan difícil hablar contigo.

—¿Y quién crees que tiene la culpa? —No era mi intención decírselo, pero las palabras escaparon de mi boca. Me sonrió algo triste.

—Supuse que parte de la culpa debería ser mía —su comentario me molestó y se lo hice saber, no quería que se sintiera especial pensando que aún tenía algo de influencia en mí, aunque en el fondo fuera verdad—. En fin, no hay nada que puedas decirme que ya no sepa, no en relación a tus peleas. Kurama nunca recibió una invitación para ir a aquel club, yo me encargué de buscar la dirección y le pedí que te llevara —su revelación me sorprendió, pero antes de que pudiera preguntarle por qué lo había hecho, continuó—. Sabía que no sería suficiente para hacerte entender que lo que estabas haciendo no estaba bien, así que decidí usar a Shindou para darte un susto mayor.

—No tenías por qué involucrarlo en esto, ¿acaso no pensaste en las consecuencias? Ni siquiera lo conoces, ¿y si sufría un ataque de pánico u algo peor? ¿Qué ibas a hacer? —Me dirigió una mirada amenazadora.

—Eso mismo te pregunto yo a ti. Nunca tuve la más mínima intención de lastimarlo, ¿pero qué pasaría si lo hubiera secuestrado otra persona? ¿Nunca se te ocurrió que esos idiotas con los cuales peleas puedan intentar hacerle algo? —Intenté responderle pero no pude, él tenía razón y ahora que lo pensaba me sentía aún más estúpido que antes—. Supongamos que salieras ileso de aquel club, ¿no crees que aquel tipo al que humillaste intentaría vengarse? ¿Qué crees que haría si te viera en la calle con Shindou? —Un escalofrío recorrió mi espalda solo de imaginar a aquel viejo acercándosele.

—Nunca dejaría que le pusiera un dedo encima.

—¡Claro que sí! —Golpeó el escritorio con fuerza y se puso de pie frente a mí—. De lo contrario no te habría apuñalado a la salida del club. —Me miraba serio y aunque no lo dijera, sabía que pensaba que era un debilucho, que no podía cuidarme y mucho menos a los demás. Apreté los puños con fuerza y sentí como mi cuerpo comenzaba a calentarse de ira.

—¡Eso fue porque estaba de espaldas! ¡Si lo hubiera hecho de frente él habría terminado con el cuchillo clavado en el estómago! —Se acercó y me agarró por los hombros.

—¡Basta! ¡Deja de creer que eres más fuerte que los demás! ¡¿Qué no entiendes que estas corriendo peligro?! ¡No solo tú, estas poniendo en peligro a quienes te rodean! —Lo tomé por los brazos y lo empujé hacia atrás, haciéndolo golpearse contra el escritorio y caer al suelo.

—¡Deja de tratarme como si fuera un niño! ¡Si fui a ese maldito club fue porque tú y aquel enano me engañaron! Además no sé si te contó, pero de todas mis peleas no perdí ni una, ¡ninguna! ¡¿No era eso lo que querías?! ¡¿Qué me volviera más fuerte?! ¡¿O ya lo olvidaste?! —Mi pecho subía y bajaba, las manos me temblaban y tenía un nudo en la garganta. Me miró confuso mientras intentaba entender lo que había dicho entre gritos. Compartí su confusión al sentir como mis ojos comenzaban a llenarse de lágrimas. Se puso de pie y se acercó a mí.

—Ranmaru… —Por más que quisiera no había forma de ocultarlo. La primera lágrima cayó y junto con ella mi orgullo. Agaché la cabeza para que no pudiera mirarme, no quería sentirme más humillado de lo que ya me sentía.

—Antes de irte… me hiciste prometer… que me volvería fuerte… —Era un idiota, un tremendo idiota. Todos estos años me había aferrado a una promesa sin sentido, una promesa que quizá él no recordaba más. Me sentí aún más idiota cuando sus brazos me rodearon.

—¿Aún recuerdas eso? ¿Es por eso que peleas con todo aquel que se te cruza? —Acaricio mi cabeza dejando escapar una risa—. Cuando dije eso no me refería a físicamente, creo que debería haber elegido mejor mis palabras, pero bueno, era un niño. —Se alejó un poco e inclinó mi rostro forzándome a mirarlo, aunque desvié la mirada. Limpió un par de lágrimas antes de proseguir—. Gracias…

Lo miré sorprendido, simplemente me sonrió. No pude decir nada más, solo lo abracé y comencé a llorar. Podía sentir su mano acariciando mi espalda, pese a que su intención fuera calmarme, su gesto solo hacía con que sintieras más y más ganas de llorar. Ya no sabía si eran lágrimas de rabia o de felicidad, ya que al mismo tiempo en que estaba extremadamente feliz por verlo de nuevo, no podía ignorar las ganas de gritarle y maldecirlo hasta su próxima reencarnación. Cuando finalmente logré calmarle un poco, nos sentamos en la cama y comenzó a explicarme como había sido su vida desde que se había mudado hace cinco años, y más importante, la razón por la cual lo había hecho.

A cada palabra sentía que lo conocía un poco más, había tanto que no sabía de él que por un momento sentí que no era digno de llamarlo "amigo", aunque dudaba que fuera capaz de comprenderlo de la misma manera que lo hacía ahora, si me lo hubiera contado hace cinco años. No me pareció justo solo escuchar, además estaba más que claro que él también quería saber cómo había sido mi vida desde que nos habíamos separado. Pasamos un par de horas hablando y por más que me gustaría decir lo contrario, no pude contener las lágrimas. Lloré. Lloré mucho. Y la sonrisa en su rostro despejó cualquier duda que tenía sobre el terrible estado de mis ojos.

—Bueno, creo que ya te robé mucho tiempo, además nos vamos a ver más seguido de ahora en delante. —Secaba mi rostro con mi camiseta cuando me jaló hacia un lado para abrazarme—. Deja de hacer estupideces y aprovecha el tiempo junto a Shindou, ¿entendido? —Despeinó mi cabello antes de levantarse e irse, dejando la puerta abierta.

Shindou regresó un poco después, entró al cuarto tímidamente, acercándose a mí a pasos cortos, sin poder encontrar su mirada con la mía. Se sentó tan suavemente que el colchón siquiera se hundió. Ninguno de los dos dijo nada, por mi parte no quería mirarlo porque sabía que mis ojos estaban rojos y no quería que supiera que había llorado. Pensamiento idiota ya que era imposible que volvieran a la normalidad a cualquier momento, tarde o temprano me vería. Aunque su conducta evasiva ayudara a que me sintiera menos avergonzado, comenzaba a intrigarme, hasta que finalmente habló.

—Lo siento… —Ambos nos miramos, se veía realmente apenado—. Sabía que Kurama y Minamisawa vendrían hoy. Kurama fue a verme a clase hace unos días y me dijo que Minamisawa quería hablar contigo. Sabíamos que no aceptarías, así que les dije que vinieran… —Debería molestarme, pese a que sus intenciones fueran buenas, había sido engañado, pero en cambio me sentía agradecido. De no haber sido por la charla que tuvimos habría pasado quien sabe cuántos años más teniendo una idea totalmente equivocada sobre Atsushi.

—Gracias – Sonreí estirando mis brazos en su dirección. Me devolvió la sonrisa y se acercó a mí.

Lo abracé y me recosté hacia atrás en la cama. Poco a poco comencé a contarle sobre mi infancia y como conocí a Atsushi, sobre nuestra promesa y cómo había pensado que quizá luego de tantas peleas por fin me volvería fuerte lo suficiente para cumplirla y quien sabe, lo volvería a ver.

—Es alguien importante para ti.

—Muy importante. —Acaricie su cabello y acerqué mi rostro al suyo—. Pero tú también lo eres. —Su rostro comenzó a tomar un tono rojizo e intentó esconderlo, pero se lo impedí—. Shindou, por más que lo intente no puedo volver a ser como era antes, al menos no por completo. A veces soy terco, frío y un idiota, pero te quiero y quiero darte lo mejor de mí. Te prometo que voy a mejorar, solo te pido tiempo para… —Colocó uno de sus dedos sobre mis labios callándome.

—No quiero que cambies, me gustas como eres, con tu terquedad y picardía, tu dulzura y sensibilidad que escondes bajo esa mirada gélida que le dedicas a los demás. —Sonrió—. Y si decides cambiar, quiero que lo hagas por ti.

Sus palabras y la calidez de su beso me transmitieron tanta paz que por un momento mi mente quedó en blanco. Lo abracé fuerte, acercándolo más a mí, correspondiendo su beso. Nunca me había sentido tan sereno, era como si las nubes de tormenta finalmente comenzaran a despejarse, permitiéndome ver el cielo azul. Ahora podía afirmar, sin duda alguna, que todo sería diferente.