Qué sí, jopé, ya subo D8

He de decir que este capítulo no me gusta, que necesité ayuda para hacerlo y que el título me lo dijo una amiga porque me parece muy cachondo :yaoming:

Muchas gracias a todas por la paciencia, las lecturas y los comentarios. Fú, no sé con qué cara os digo que este es el último capítulo que llevo escrito...

PD: Tampoco está corregido. Veremos a ver si no hay un señor gazapo por ahí danzando...


The ugly truth

La flor se resiste y el Imperio contrataca (al menos el sable láser de la fuerza imperial)

Tensé los músculos de los hombros apretando el pomo de la puerta entre mis dedos, estupefacto. Danny me observaba con una mano en el bolsillo y la otra apoyándose en el marco de la puerta, no se había cambiado ni se había puesto el pijama. Danny deshizo su sonrisa transformándola en una tímida de labios apretados y carraspeó cuando el silencio se había vuelto ridículo, encogiéndose de hombros y separando la mano de la puerta.

—Muy amable, Dougie. Aceptaré encantado tu invitación a entrar en el cuarto.

Parpadeé varias veces saliendo de mi trance y agaché la mirada, avergonzado y apartándome del umbral para que Danny pudiese pasar. Cerré la puerta tras de mí y apoyé mi espalda en la misma con mis manos por detrás clavando los ojos en el suelo con un interés pasmoso. Las manos me temblaban, por lo que cerré las palmas y me humedecí los labios, asustado. En realidad en aquellos momentos para mí Danny no era Danny. Lo veía, como se suele decir, con otros ojos. Sin embargo, ¿cómo debería sentirme? ¿Con mariposas en el estómago? Yo solo me sentía cada vez más gilipollas porque me estaba acordando de mi hermana con catorce años cuando llevaba a Harry a casa.

—¿Por qué tienes un pijama amarillo?

Me atreví a levantar la mirada levemente, pero en cuanto me topé con el gesto extrañado de Danny volví a examinar detenidamente la preciosa moqueta blanca de la habitación.

—¿Y de qué color quieres que sea?—pregunté sarcásticamente, pero en mi situación no era capaz de imaginarme otra cosa que preguntas y situaciones sugerentes, lo cual me avergonzaba aún más. Por favor, pigmentación de la piel, no te calientes cual semáforo en rojo.

—Yo qué sé, pero pareces Bob Esponja.

Apreté los labios sin levantar la vista. Me hubiera gustado pensar que no contestaba una bordería por cortesía o por autocontrol, pero la verdad era que estaba cagado y no quería abrir la boca por si me trababa. Parecía que la Jazzie Poynter de catorce años se había apoderado de mi cuerpo, y para colmo una voz burlona y cantarina interior no paraba de meterse conmigo. «Douuugieee, eres un estúpido. Y encima en pijama amarillo».

—¿Q-querías algo?—pregunté carraspeando como si me fallase la voz por motivos ajenos a su presencia. Danny se metió las manos en los bolsillos y se encogió de hombros, curioseando alrededor.

—Nada, solo conversar un rato.

Ya, y yo ahora solo quería un pijama que no fuese amarillo.

—¿Por qué? ¿Te ibas a dormir ya? Si quieres me voy.

Alcé la mirada y arrugué la nariz, observando su sonrisa inocente diluida en una sombra de victoria y socarronería. Sabía perfectamente que yo no iba a decirle que se fuese por alguna razón que los dos sabíamos y ninguno iba a reconocer, y él sabía que yo sabía que lo sabía. Mierda.

—No, da igual.—repuse encogiéndome de hombros y separándome de la puerta para sentarme en el sofá verde que había frente a la cama con los brazos cruzados encima de las rodillas. Danny palmeó sus piernas y me siguió, sentándose y quitándose el blazer para dejarlo a un lado del sofá. Le miré mientras concluía la acción, cosa que provocó que no pudiese desviar la mirada cuando Danny giró la cabeza y me dedicó otra sonrisa de labios apretados. Intenté correspondérsela, pero solo pude esbozar una mueca. Acto seguido, me miré los pies para poder contemplar bien el momento en el que se debería abrir el maldito suelo y devorarme sin piedad ni dilación.

—¿Has llamado ya a Tom?

Vaya, se me había olvidado. Tendría que informar del transcurso del programa a Tom, pero mientras en Nueva York era medianoche allí serían las cinco de la mañana. No creo que Tom y Giovanna se despertasen dulcemente a aquellas horas con el sonido de mi voz.

—No, lo llamaré mañana por la mañana. ¿Por qué?

Danny apoyó un codo en el reposabrazos del sofá y la mejilla en un puño cerrado, palmeando con los dedos en su pierna con la vista fija en mi cama, con gesto aburrido.

—Nada, nada... Ya le mandarás besitos con lengua de mi parte.

Sonreí de lado por el comentario. Danny parecía estar esperando por algo, suspiró y se estiró con los brazos cruzados en el sofá, por lo que la mayor parte de su cuerpo quedó fuera de él. Me estaba empezando a preguntar por qué diablos no se largaba, o por qué se había presentado en mi cuarto, o por qué yo estaba tenso como si me hubieran metido por el recto un palo de escoba y me sentaba en el borde del sofá como los periquitos en el columpio de la jaula.

—Y… bueno…—dije jugueteando con ambos pulgares de mis manos. Vi por el rabillo del ojo cómo Danny apoyaba la coronilla en el respaldo del sofá y giraba la cara para mirarme.

—¿Qué?

Contraje el rostro. Me estaba poniendo nervioso, pero porque estaba viendo que lo de Danny no llegaba a ninguna parte.

—¿Cómo que qué? Tú sabrás, ¿no?

—¿Qué se supone que sé?

—Vamos a ver, has venido tú a verme a mi habitación. —dije enfatizando mucho los posesivos y esforzándome por ser expresivo y no trabarme pero sin mirarle a la cara. —Así que será para algo, ¿no?

—Me estás confundiendo, cara chino. ¿Qué insinúas?

Bufé y me revolví los pelos de pura frustración girándome en el asiento para mirar directamente su rostro de cejas alzadas y mueca burlona.

—Lo tuyo ya es tocar las narices por gusto, ¿no?

Danny sonrió mostrando los dientes y colocándose las manos detrás de la nuca.

—¿Ves? Ahora me miras a la cara y ya pareces el Dougie menstruado de siempre. Eso está mejor.

Relajé la expresión y me mordí las mejillas por dentro, notando cómo me subía el rubor de nuevo, así que me di la vuelta rápidamente y volví a mi posición inicial. Danny bufó.

—Y vuelta la burra al trigo. —replicó el pecoso. Mi lado del sofá se hundió ligeramente y supuse que se había acercado a mí. Hundí más la cabeza disimuladamente entre mis hombros. —Pues hasta que no me mires no te pienso decir por qué he renunciado a mi mullido lecho de rosas para venir hasta aquí.

Parpadeé mirando por encima del hombro hacia su dirección, torcí los labios en una mueca y clavé mis ojos con resignación en los de Danny. Él sonrió victorioso mientras yo bajaba los hombros, dejando escapar el aire por la boca.

—¿Y bien?

Danny dejó los brazos a cada lado de su cuerpo y se echó hacia delante, carraspeando. Se rascó la cabeza y compuso un gesto de dolor, como si le costase mucho lo que iba a decir a continuación. Fue la segunda vez aquel día que vi a Danny completamente humano y sin tanta coraza encima.

—Verás… Lo he estado pensando mucho y, bueno, en realidad no lo he pensado mucho, lo estaba meditando de camino a mi habitación, y contando con que estaba a tres pasos de donde tú y yo… Vamos, que ha sido el pensamiento más corto de mi vida pero lo he visto claro.

Apreté los dientes y la mandíbula. Mis manos se sujetaban entre sí para no parecer dos miembros muertos y temblorosos e intentaba no romper el contacto visual con Danny. El rizoso volvió a aclararse la garganta y alzó las cejas entreabriendo los labios y enseñando los dientes, como si estuviese esbozando una mueca de asco. Negó con la cabeza ligeramente y suspiró, cerrando la boca.

—A ver cómo te lo explico… Creo que me he precipitado y… que no. No quiero irme a Above the vision. No hay nada mejor que quedarse en Londres bebiendo tés y cenando a las seis de la tarde. Además, ya se me presentarán otras oportunidades en la vida, ¿no? El canalucho ese de televisión no es el único que hay en todo el mundo.

Pestañeé varias veces cuando Danny concluyó, sintiendo como si me hubiera bebido un chocolate caliente de esos que preparaba Tom que me bajaba por la garganta y el estómago, provocándome una sensación de bienestar que me hacía sonreír como un retrasado, así que tuve que hacer como que me humedecía los labios para que no se me notase, mirándole la camisa a Danny y disimulando un sentimiento de euforia que me estaba embargando, como cuando ponían una maratón de mi serie favorita y mi despensa estaba llena de palomitas y chucherías que consumir.

—En fin… Después de todo, creo que ya no me hace tanta ilusión mudarme a Estados Unidos. Si me lo hubieran dicho hace un año ni me lo hubiera planteado, me hubiera ido cagando leches. —se rió entre dientes, aunque a mí no me dio la impresión de que tuviese muchas ganas de ello. Torcí hacia el otro lado la boca. —Antes no tenía ninguna razón para quedarme allí, siempre la misma rutina y sin ningún maldito cambio. Ya no es que me aburriese, es que me moría del asco. Ahora… bueno. Siento como si hubiera merecido la pena, ¿sabes? Supongo que conoces a ciertas personas… persona, y de pronto cambia todo. La manera en la que te despiertas, a la que vas al trabajo, en la que ves las cosas… Incluso lo más irrelevante tiene un significado porque sabes que esa persona está ahí y que va a seguir estándolo al final del día. Quieres hacerlo enfadar, hacerlo reír, molestarlo, picarlo, no importa el qué mientras lo haga contigo. Y no sé si todo esto va a merecer la pena o si me estoy dejando llevar demasiado hacia unas arenas movedizas de las que no sé si voy a poder salir.

Miré hacia el suelo, cabizbajo. Me sentí ajeno y violento con aquel monólogo. La sangre me golpeaba las sienes y tenía seca la garganta. No quería preguntármelo a mí mismo por el simple hecho de reconocerlo o porque, qué narices, estaba deseando que fuese así, pero ¿se refería a…?

Una de las manos de Danny se movió tan de repente que me sobresalté levemente, sintiendo mi corazón encogiéndose en mi garganta. Se posó sobre las mías, entrelazadas, y la que tenía libre la dejó bajo mi mentón, haciendo presión hacia arriba para obligarme a mirarlo. Intenté controlar mi respiración para no perderme y vi los ojos acuosos y azules de Danny muy cerca de mí, bajando la mirada hasta mis labios mientras acariciaba el inferior con el dedo pulgar y soltaba una risita por la garganta.

—Me preguntaba, ya que esto es culpa tuya, si me ayudarías a decidirme de una vez por todas.

Pasó una vez más su dedo por mi labio inferior y se acercó a mí, sonriendo con los labios despegados en una sonrisa y cerrando los ojos. De pronto, se me olvidó qué era lo que se suponía que tenía que hacer con mis extremidades. ¿Qué era lo que hacía normalmente con las manos? ¿Las dejaba ahí donde estaban o…? ¿Y la cabeza? ¿Tenía que cerrar los ojos? Sí, tenía, pero…

—D-Danny… Escucha, yo…

Danny chistó tan cerca de mí que el golpe de su respiración en mi piel me provocó un borboteo en la parte baja del estómago. Finalmente cerré los párpados como si me estuviera dejando vencer por el sueño y presioné contra los labios de Danny. Suspiré mientras dejaba que él tomase el control y llevase sus manos hasta mis brazos, una pasándola hasta mi espalda y con la otra acariciándome el cuello y el hombro por dentro de la camiseta. Sentía la reacción química que provocaban sus roces sobre mi piel, conservando un espectro de calidez allá donde dejaba su huella. Abracé tímidamente a Danny por el torso mientras él profundizaba el beso, lo cual hizo que arrugase su camisa entre mis dedos. Finalmente se separó de mis labios y abrí los ojos lo justo para ver cómo Danny se reía por alguna especie de chiste privado y se volvía a acercar a mí, rozando con su nariz mi barbilla hasta bajar a mi cuello y besarlo. Contuve un ruidito de la impresión, porque no era precisamente un beso de carne contra carne, sino de dientes y lengua. Yo no era capaz de hacer que la sensación de extrañeza se separase de mí, no era como con Joe. Aquello era… ¿Indebido? No. ¿Inapropiado? No lo sabía, pero me sentía como si estuviera haciendo incesto, aunque tampoco quería pararlo.

Danny estiró mi camiseta lo suficiente como para que se diese de sí y construyó un camino de besos hasta mi hombro, rozándolo con los dientes mientras sus manos se colaban por debajo de mi camiseta, acariciándome los costados con la yema de los dedos y provocándome cosquillas. Me mordí el labio inferior respirando algo más fuerte mientras yo sentía las manos como de nata. Yo tendría que hacer algo, ¿no? Dios mío, algo tendría que hacer, no podía quedarme quieto como si… como si… como si fuese una muñeca hinchable, pero no sabía qué hacer, no había un manual para todo aquello. Y me estaba empezando a agobiar.

Danny debió sentir algo de mi preocupación, pues se rió entres dientes y se separo de mí, relamiéndose los labios y apartándome el pelo de la cara, susurrándome en tono confidencial.

—Eres tan torpe… Dan ganas de cuidarte, o yo qué sé. No sabes el peligro que tienes, Bambi.

Posó sus manos sobre las mías y entrelazó nuestros dedos, levantándose del sofá y arrastrándome a mí con él. Volvió a besarme muy despacio mientras me llevaba hasta la cama y nos sentábamos en el borde. Cuando se volvió a separar de mí, contemplé mi cama con horror.

No. Cama no.
Cama solo significaba una cosa, y yo en la cama dormía y arropaba a las iguanas, no hacía… No. No, por Dios.

Danny ignoró mi visible mueca de horror, o quizá estaba demasiado ocupado besándome todo lo que podía abarcar como para mirarme. Yo intentaba que la agradable y cálida sensación volviese a mí, pero la vergüenza prevalecía por encima.
Una situación como aquella solo podía aprovecharse si disfrutabas y te avergonzabas a partes iguales, y yo lo único que podía sentir en aquel momento se podría describir como «¿Qué haces, Danny? ¿Qué-coño-haces?».

—Espera.—farfullé con las manos en los hombros de Danny y mi barbilla en su hombro.

Danny posó una mano en mi mejilla y me miró a la cara, pero debió suponer que dos segundos era demasiado tiempo para esperar una respuesta, así que juntó sus labios con los míos de nuevo sin demora. Me gustaría decir que lo aparté de inmediato tal y como hubiera debido hacer, pero no. Por el contrario, rodeé la nuca de Danny ayudándome de su cabello para acercarlo más a mí. Él se tomó aquello como un permiso para continuar y me tumbó lentamente en la cama, acariciando con una de sus manos la línea fronteriza del pantalón del pijama provocándome cosquillas para luego ascender por mi torso, casi sin tocarlo, solo rozándolo. Me mordí el labio inferior con los ojos cerrados mientras Danny dirigía su boca a mis párpados, siempre rozando, nunca haciendo verdadero contacto, y era aquello lo que me estaba empezando a poner nervioso de un modo peligroso. Respiré entrecortadamente cuando el pecoso se estiró sobre mí y comenzó una leve fricción contra mi cuerpo. Abrí un ojo y miré hacia abajo. Me entró verdadero terror cuando vi a Danny desabotonándose la camisa con la mano libre.

Veintitrés años y todo iba a desembocar en esto. Ni siquiera sabía si estaba preparado, ni siquiera sabía si para Danny significaba algo. ¿Y si simplemente estaba experimentando? Ya sabéis... a lo mejor toda aquella misoginia le hubiera llevado a plantearse su sexualidad, pero... ¿y si después me dejaba tirado como a uno de sus ligues?
Yo no quería ser una cobaya.

Me aparté de Danny y cogí fuerzas para empujarlo y apartarlo de mí. Danny se quedó medio colgando en el borde de la cama con una mueca de extrañeza y yo me puse de pie, dándole la espalda al pecoso mientras me acomodaba el pijama, avergonzado.

—Llámame tonto, pero juraría que me acabas de interrumpir algo importante.

Apreté los dientes, suspirando por la nariz y pasándome una mano por el brazo contrario. Noté que Danny se acercaba a mi espalda y miré hacia otro lado, esquivándole.

—¿Qué te pasa, Doug?

Negué con la cabeza. Danny se acercó más a mí.

—¿«No» qué? ¿No quieres...?

—Sí... no.—contesté con vehemencia, interrumpiéndolo con brusquedad. Me humedecí los labios.—Quiero decir... A-a ver... No es eso, pero es que... bueno...

Danny bufó y apoyó la barbilla sobre mi hombro, provocando que me encogiese. Rodeó mi cintura por debajo de mis brazos y me acunó ligeramente.

—Tranquilo, Dougie.—me susurró alargando mucho mi nombre y ladeando su cara. Escalofríos por todo el cuerpo.—¿De qué tienes miedo? No pienso hacerte nada que tú no quieras, y eso descarta pocas cosas.—el vello de la nuca se me erizó con esa frase y la risa entre dientes de Danny. Me pregunté si no estaría cayendo en alguna especie de telaraña.—Te trataré como a una princesita.

Me mordí las mejillas por dentro y seguí mirando a otro lado mientras una pequeña neblina invadía mis retinas.

—Mira, Danny... Yo no soy como tú. No sé en qué estarás pensando, pero... yo no quiero despertarme mañana en una cama vacía y que cuando te vea hagas lo que sea que hagas con las demás chicas, ignorándome o actuando como si no hubiera pasado nada. O peor... que te arrepientas de lo que hayamos hecho.

Fue un logro haber dicho todo eso sin tartamudear.

Danny se tensó. Por un amargo y horrible segundo pensé que había dado en el clavo y que se iría alegando que lo sentía mucho. Cosas que te esperas pero que igualmente no deseas que ocurran.
Sin embargo, se rió. Danny soltó una carcajada que hizo vibrar mi espalda. Fruncí el ceño y miré mal al pecoso por encima del hombro.

—¿Qué clase de imagen tienes de mí? Ni que fuese Jack el Desflorador.

Bajé la mirada, humillado. Danny deshizo su abrazo y se giró para estar frente a mí. Me revolvió el pelo y me pellizcó los mofletes, estirándomelos como si fuese mi abuela. Lo volví a mirar, enfurruñado.

—Eres tan idiota... pero eso también es lo que te hace tan lindo.

Danny era la única persona que sería capaz de hacerme pasar de pálido a color centollo en un segundo.
El pecoso se inclinó sobre mí sonriendo y susurró con sus labios pegados a mi oído:

—Si te digo ya que te quiero... ¿Dejarás de ponerte tan melodramático y podré convertirte en una persona normal de una maldita vez?

Danny se separó de mí. Un cubito de hielo descendió por mi nuca hasta recorrerme toda la espina dorsal provocándome un estremecimiento. Tragué saliva y el labio inferior me tembló cuando intenté replicar.

—¿Q-qué?

En realidad todo tenía que ser producto de mi imaginación. Claro, Nobita tenía a Doraemon y yo a Danny.

—Lo que has oído. Yo tampoco me lo creería mucho, pero... bueno, ya lo he dicho.

Danny se rió de forma nerviosa y azorada. Nervioso. Azorado. Él.

—¿Me quieres...?

—Sí, me parece que es lo que he pretendido dejar caer. Y no lo vuelvas a repetir, por favor. Me estoy empezando a sentir un poco Dougie.

Danny intentó mostrarse confiado y divertido, pero las manos temblorosas que intentó esconder en sus bolsillos le delataban.
Sí, Danny, el mismo.

Danny, el que aborrecía cualquier tipo de afecto amoroso, el chico que me había hecho la vida imposible en el trabajo, al que siempre había acudido antes que a cualquier otra persona sin ninguna razón aparente, el que había conseguido hacerse un hueco importante en cada uno de mis pensamientos a base de codazos. La invasión había sido tan gradual que ni siquiera me había dado cuenta.
Conoces a una persona y tu vida entera tal y como la conoces en ese instante cambia completamente.

Había conseguido que veinticuatro años de puro sarcasmo y cinismo de aspecto rizado y pecoso se ablandase como el merengue. Yo.
Y lo único que se me ocurrió hacer en ese momento de lucidez fue llorar.

Danny parpadeó, boqueando con gesto confuso y cara de gilipollas.

—¿Pero qué te pasa? ¿Ahora por qué lloras?

Danny tenía los primeros botones de su camisa quitados y yo solo era capaz de llorar.
A la mierda el recato.

Sonreí de lado cuando Danny hizo amago de acercarse a mi rostro para quitarme las lágrimas y di un salto hacia su dirección, casi derribándolo. Por su exclamación ahogada en mi garganta supuse que estaba casi tan sorprendido como yo.
Me agarré con una mano de sus pelos y con la otra lo mantuve pegado a mí por la nuca. Más que un beso, se trataba de una colisión. Danny se ocupó de juntar nuestras caderas y jadeé en su lengua, suave e invasora. La vergüenza se esfumó junto a nuestros zapatos y la camisa de Danny. Me mordí el labio inferior mientras no disimulaba mi mirada fija en su torso y me pregunté por qué narices no me había fijado antes en él.
Joder.

Danny me obligó a salir de mi trance cuando agarró mi camiseta. Alcé los brazos y Danny tiró hasta sacármela, llevándome de nuevo a la cama. Me empujó suavemente hasta dejar descansar mi cabeza en la cama y suspiré muy hondo. Después me quedé sin respiración.

Danny besó mi pecho, acarició mis costados, lamió, rozó con los labios, apretó e hizo lo que quiso conmigo. Yo jadeé, me arqueé, puse los ojos en blanco y me mordí los labios. No podía, literalmente, hacer nada. Estaba demasiado ocupado sintiéndome en las nubes.
¿Te imaginas cómo debía sentirse alguien de veintitrés años cuya experiencia más cercana al placer había sido mezclar chocolate Milka con helado de vainilla? ¿¡Te lo imaginas!

Danny alzó la cara con mirada pícara y sonrisa entreabierta, casi pegando nuestros labios mientras susurraba:

—¿Te gusta?

Abrí la boca a pesar de que no tenía ni idea de qué contestarle, pero la respuesta se tornó en un ronroneo cuando el castaño ascendió aún más para morder el lóbulo de mi oreja, chupándola mientras llevaba las manos a mi cadera.

Algo abajo, muy abajo, estaba pidiéndome socorro a gritos porque no podía aguantar más aquella situación.

Danny se incorporó pasándose una muñeca por los labios con los rizos alborotados sobre su frente y mejillas, luego llevó sus dedos a la gomilla del pantalón de mi pijama con gesto divertido.

—Vaya... Creo que esto va sobrando.

Deslizó mis pantalones como pudo por mis muslos mientras mi cara se asaba de calor por el bochorno.

—Espera, Danny.—dije atropelladamente. El castaño me miró impasible.—No sé si deberíamos... Ahhh...

¿Te imaginas cómo debía sentirme mientras los dedos de Danny acariciaban lentamente mi...? Sí, bueno, eso.

—¿Si deberíamos qué?

Aquel cabrón me estaba echando la mirada más inocente del mundo mientras cerraba su mano en torno a mi erección y la movía incesantemente. Joder.
Joder, joder, joder.

Mis manos apretaron con fuerza la almohada con los ojos entrecerrados y en blanco y la espalda curvada en un intento de acercarme más a él.

—Da-Danny... Para... Por favor... Joder...

Danny se rió.

—¿Qué? En realidad me estás pidiendo que pare con el tono menos convincente del mundo.

Danny estaba disfrutando tanto de todo aquello que incluso resultaba cruel.

—Da... No... Da-Danny... Joder, sigue... Dios, Danny...

Era realmente bochornoso escuchar reírse de mí al pecoso. Y ni siquiera tenía idea de dónde estaba de repente mi maldita ropa.

—¿Quieres hacer menos ruido? Se va a enterar de mi nombre hasta el recepcionista.

En circunstancias más propicias le habría dado un golpe en el hombro a Danny y le hubiera dicho que no era momento para sus estúpidas bromas. No, no era un buen momento en absoluto.

—Hmm... No pienso meterme eso en la boca.

Tenía el flequillo pegado a la frente por el sudor, la cara me ardía, las manos me dolían de tanto ponerlas en tensión sobre la almohada, escuchaba mis latidos en la cabeza y respiraba muy entrecortadamente. Me incorporé levemente y abrí los ojos para observar a qué se refería. Miraba mi entrepierna con las manos en torno a mis muslos, pero cuando se percató de que había asomado la cabeza, dejó de fijarse en ella para examinar mi gesto. Estaba seguro de que si no hubiera hecho ademán de cerrar las piernas no me hubiese agarrado por las rodillas con esa sonrisa de burla mientras descendía.

Un quejido de la impresión quedó ahogado por un gemido cuando Danny golpeó con su lengua la punta, haciéndome arquear más la espalda. Un calambre me bajó hasta los pies, los tenía entumecidos por tener los músculos en tensión. El pecoso volvió a erguirse, pasándose la muñeca por los labios con una sonrisa de labios entreabiertos.

—Agradece que haya hecho eso... No lo voy a volver a hacer en la vida.—comentó mientras volvía a estimular mi miembro con una mano como si fuera lo más normal del mundo. Agarré con más fuerza las sábanas mientras cerraba lentamente los ojos y me mordía el labio inferior.—Ni siquiera me acabo de creer que... ¡Joder, Dougie!

Todos mis músculos se relajaron y me dejé caer en el colchón, suspirando con las manos en mi regazo. Abrí los ojos con sonrisa de bobo hasta que vi a Danny con los brazos abiertos examinándose a sí mismo. Me tapé la boca con una mano a la vez que el castaño me dedicaba un semblante consternado.

—... ¿¡Pero ya!

—Lo siento, lo siento.—mascullé repetidas veces tapándome la cara y frotándomela para espabilarme. De nuevo era consciente de lo que me sucedía alrededor de forma racional, y una de las cosas de las que no me había olvidado era que Danny seguía allí frente a mí, desnudo y con su... con el... con el sable láser de la fuerza imperial erguido.

—Pero... yo aún no he terminado.—replicó con un tono de voz lastimero. Me levanté hasta quedar sentado en la cama con las piernas cruzadas aún sin mirarlo. Danny apoyó una mano en mi rodilla y ascendió besándome la comisura de los labios. Noté cómo Danny volvía a la carga, pero ya no resultaba lo mismo. Apreté los labios en un gesto incómodo con mis manos en el torso de Danny, empujándolo ligeramente y sintiéndome violento.

—Danny...

Me encontré por un segundo con los ojos demasiado azules de Danny y un bloque de pesado hormigón cayó en mi estómago. El rizoso me observó serio hasta que apartó la cara y bufó. Se quedó sentado en el borde de la cama con los codos sobre sus rodillas mientras yo contemplaba mis piernas, pensando si seguiría aún con la cara roja. Me toqué las mejillas en medio de aquel silencio arrollador, hasta que Danny espetó:

—Es que eres tonto. Ni eyacular a tiempo sabes.

Si no estaba rojo, en aquel momento seguro que sí.

—¡M-me estabas tocando! Ha sido todo tu culpa, ya sabes que yo no... Bueno, es igual.

Rechiné los dientes avergonzado y me deslicé hasta el borde e hice un intento de incorporarme, pero entonces Danny posó una mano sobre mi hombro y me obligó a sentarme de nuevo, dejando mis pies colgando en el aire.

—¿A dónde se supone que vas, enano?

Parpadeé, confuso.

—Pues... al baño, ¿no?—pregunté incluso dudoso. El pecoso se mordió el labio y se revolvió, nervioso.

—No puedes ir al baño. Antes tú y yo... bueno...—ladeé la cabeza apremiándolo sin comprender.—Joder, Bambi, ya lo sabes.

Arrugué la nariz desconcertado. Danny me miraba con un deje de impaciencia. Cuando se tapó las partes, entendí. Abrí desmesuradamente los ojos.

¿¡Qué nosotros qué!

—Nooo, no.—comencé negando con la cabeza y riéndome, pero cada vez mi tono se tornó más desesperado.—No, Danny, no. No, no, no... No.

—¿Cómo que no? ¿En qué quedamos?

—Es que yo... yo no... ¡No estoy nada preparado!

—Venga ya, Dougie.—dijo alargando mucho mi nombre con sorna.—Tienes veintitrés años.—de nuevo, ese tono repelente.—Lo raro es que aún no hayas muerto.

—Eso no tiene nada que ver... Quiero decir, yo...—apreté mucho los labios aterrorizado, jugueteando con mis dedos índices.—Es que no tengo ni idea, y no lo voy a hacer bien... Seguro que lo hago fatal y te ríes de mí y acabarás odiándome.—dije atropelladamente. Danny me sonrió con ternura y acarició con el dorso de su mano mi sien izquierda. Agaché la cabeza, azorado.—Soy un torpe... A saber dónde la acabo metiendo.

Me reí de forma nerviosa, pero Danny parecía que se había paralizado. Dejó caer la mano al colchón y me dedicó un gesto de extrañeza.

—¿Qué? Espera, Doug... Aquí el que la mete soy yo.

Me eché hacia atrás abriendo mucho los ojos.

—¿Cómo? ¿Por qué?

—Está bien claro... Dougie, no me jodas. Literalmente.

—P-pero... ¡Eso duele! Duele, ¿no? Yo no quiero que duela...

—Claro que duele, pero eso te va a dar igual.

—Ah, gracias, ya me siento más tranquilo.

—Lo que está claro es que mi culo es sagrado; ahí no entra nada, solo sale.

—¡Joder, Danny, qué asco! ¡Eres un egoísta!

Danny cerró los ojos con fuerza y se masajeó el puente de la nariz. Bufé y me crucé de brazos, haciendo un intento por alejarme de él, pero el pecoso volvió a ser más rápido. Me cogió por los hombros y pegó mi espalda en su regazo, con mi cabeza reposando un poco más abajo de uno de sus hombros y sus brazos envolviéndome. Danny me dio un beso en la cabeza y apoyó la mejilla, pasando su mano por mi brazo hasta entrelazar nuestros dedos. En esos momentos sentía un cúmulo de sensaciones; nervios, miedo, vergüenza, calidez, euforia... y algo parecido a desear de verdad que aquello no se desarrollase para poder quedarnos detenidos en ese preciso momento durante mucho tiempo.

—Lo siento, soy un idiota de fábrica, eso ya lo sé.

Me contuve responderle para darle la razón, estaba demasiado a gustito con él en aquellos momentos. Cerré los ojos cuando empezó a besarme la oreja y la mejilla, susurrándome.

—Voy a ser suave contigo y a esperar a que estés listo, aunque esté deseándolo...—sentí la risa cortada entre dientes de Danny rebotando contra mi oído, erizándome la piel.—Y escúchame bien, aunque fueses la persona más desastrosa sobre la faz de la Tierra nunca lamentaré esta noche, nunca.

Suspiré cuando Danny besó mi nuca, llevando sus manos hasta mis hombros y descendiendo por mi columna vertebral muy despacio. Pasé mis dedos por sus piernas aún con los ojos cerrados y dejé que me arrastrase hasta el interior de la cama. Abrí los párpados cuando sentí el colchón sobre mi espalda y contemplé el rostro excitado de Danny antes de besarme la mejilla mientras seguía colonizando con sus manos todas las partes de mi cuerpo. Me humedecí los labios, abrazándolo.

—¿Por qué? Quiero decir...—se separó de mí para escucharme, nariz contra nariz.—¿Por qué ahora y no antes...?

No pareció pillarlo a la primera, pues tardó unos segundos en responder. Danny me apartó el flequillo de la frente y sonrió.

—¿Eso ahora qué importa? Son... cosas que pasan, y ya está.

Juntó un segundo su nariz con la mía y me besó. Me dejé embriagar unos segundos de su contacto antes de volver a preguntar:

—¿Desde cuándo?

Danny se encogió de hombros y sonrió mirando hacia otro lado.

—Supongo que cuando te dedicas tres días a patearte todo Londres buscando un dragón barbudo para tu ayudante crees que lo sabes pero no lo reconoces...

Sonreí ligeramente junto a él y asentí con la cabeza. Me revolvió el pelo con cariño y me besó el hombro mientras sus dedos me hacían cosquillas a ambos lados de mi cuerpo. Tenía reamente sensible aquella zona.

—No me hagas daño.

Danny habló contra mi hombro.

—Tranquilo, enano, no es la primera vez que la meto por detrás. A chicas, claro.—se rió e hizo un ruidito de satisfacción con los labios pegados a la curvatura de mi cuello, separándome las piernas.—No va a pasar nada, controlo bastan...

—No. Ya sabes a qué me refiero.

Sentí cómo se tensaba sobre mí. Apoyó sus manos a los dos lados de mi cabeza y se incorporó mirándome con expresión adusta. Luego pasó dos dedos por mi frente, deslizándolos por el puente de mi nariz hasta llegar a mis labios.

—Quizá sería mejor si te dieses la vuelta.

Noté una desagradable desazón a la altura de la garganta, pero no repliqué ni dije nada. Obediente, giré sobre mí mismo hasta quedar en una posición un tanto ridícula, al menos desde mi punto de vista. Danny colocó la almohada sobre mis codos y me separó las piernas. Me sentí demasiado expuesto y vulnerable.

—Espera un momento.

Miré por encima del hombro y vi al rizoso hurgando en el bolsillo de su chaqueta. De él se sacó un preservativo y un bote de lo que deduje que era lubricante. Desvié la vista hacia el techo, avergonzado, como si hubiera visto algo que tenía prohibido.

—Parece como si ya lo tuvieses preparado.

—Siempre lo he tenido preparado.

Agaché la cabeza, escondiéndome de su mirada. Acarició la curvatura de mi espalda con cariño, besándome la piel. Cerré los ojos. Una parte de mí estaba deseando que Danny continuase. La otra también.

Me encogí sobre mí mismo cuando noté un dedo intruso. Jadeé de la impresión y por el miedo renovado.

—¿Estás bien?

—S-sí.

—Si quieres paro.

—No.—contesté bruscamente. Vamos, estaba muy nervioso. Vale, no, estaba cagado, más que en toda mi vida, pero las ganas me estaban quemando, literalmente. Como cuando te vas a montar en una atracción demasiado fuerte, durante toda la espera tu corazón se instala en la garganta y no te deja respirar correctamente, solo esperas sentarte cuanto antes y disfrutar de lo que tuviese que pasar.—Sigue, por favor.

Danny cogió aire. Parecía más ansioso que yo, su cuerpo estaba cubierto de una finísima capa de sudor y se relamía cada dos por tres los labios con gesto concentrado. Verlo así me provocaba cosquillas en el estómago y la punta de los pies. Me sentía sucio, y me gustaba.

Joder. Otra vez.

—Voy a meter otro.

Me abracé a la almohada cuando sentí más presión. Cerré los ojos y gemí con los labios pegados. Era molesto y extraño, aunque no desagradable del todo.

—Lo siento.—susurró antes de meter el tercero. Jadeé incómodo, pues empezaba a tornarse algo doloroso.—¿Te molesta? Si quieres puedo tener más...

—Cállate ya, Jones.—le interrumpí con una vocecilla ahogada y ansiosa.—Sigue de una vez... por favor.

Se quedó un momento quieto antes de soltar una carcajada perruna y sacar los dedos de mi interior. Sus manos se apoyaron en mi cadera, inclinándose hacia delante.

—Quién iba a pensar cuando te conocí que sería yo quien te desflorase.

Intenté reírme con él, pero de pronto comprendí el significado físico y literal de «muerdealmohadas».
Las manos me temblaron y una lágrima amenazó con rodar por mi mejilla.

—Tranquilo...—susurró contra mi oído. Le lancé una mirada; tenía los ojos cerrados y la mandíbula apretada, como concentrado. Juraría que estaba aguantando la respiración si no fuese porque de vez en cuando notaba que el aire golpeaba mi hombro.

Por primera vez sentí que era Danny el que estaba bajo mi merced y que podía controlarlo físicamente hablando. ¿Que si me excitaba la idea? Joder, claro.

Sonreí levantando una de mis manos y acariciando los rizos del pecoso. Éste me miró, apoyando la barbilla en mí.

—Vamos, muévete.—le pedí implorante. Los ojos de Danny brillaron antes de cerrarlos y juntar nuestros labios. Profundizó al beso a la vez que comenzaba un vaivén con las caderas. Separé la mano de él para apoyarla en la almohada y jadeé en su boca. Tenía calambres en las piernas, el resto del cuerpo parecía ponerse de acuerdo para recibir descargas prolongadas. Volví a enterrar mi cara para ahogar los gemidos. Noté cómo se me mojaba la cara a causa de las lágrimas. Me dolía, pero era soportable. Una vez leí en alguna parte que las glándulas del placer y el dolor están asociadas... Ni idea, en aquel momento mi mente era un cúmulo de pensamientos inconexos y sensaciones difusas, pero muy agradables. Muy, muy, muy... agradables.

—Dougie... Dios...

Escuchar a Danny pronunciando mi nombre con aquel tono de voz me puso la piel de gallina.
Los roces, sus jadeos fundiéndose en mi piel, mis músculos en tensión, su movimiento, sus dedos marcándose en mis caderas por la presión, mis gemidos contra la almohada... En esos momentos era lo único que podía sentir. Y lo estaba compartiendo con Danny Jones, el mismo idiota al que varios meses antes deseaba tirarle el teléfono a la cabeza.

—Da-Danny... Danny...—mascullé en voz muy bajita, con mucho esfuerzo. Había acelerado y profundizado las estocadas. Aquello era mejor que todo el azúcar del mundo, desde luego, y sentía que todo mi cuerpo se empezaba a rebelar en mi contra, estremeciéndome.—Danny... Voy a... ¡Oh, Dios!

¿Sabes esa sensación de... como cuando... como si...?
Por muchas palabras que pudieses utilizar para explicar aquel instante, nunca llegarías a transmitirle a nadie la décima parte de cómo te sentirías en ese segundo.

Grité una última vez haciéndome daño en las palmas y en la planta de los pies por la fuerza ejercida y me pegué a su cuerpo, dejando que cada una de mis células se relajase. Suspiré hondamente mientras Danny embestía con más fuerza hasta que, finalmente, murmuró algo entre dientes antes de dejarse caer, respirando casi asfixiado. Disfruté del calor del pecho de Danny contra mi espalda felizmente, bastante cansado pero satisfecho, en paz, sin sentir ningún miembro de mi cuerpo. Estaba seguro de que perdería las fuerzas si me intentaba poner de pie de lo relajado que me encontraba.

El pecoso salió de mí acompañado de un ronroneo mío y se tumbó al otro lado de mi cama suspirando profundamente, quitándose el preservativo y dejándolo dentro del plástico en la mesita. Ladeé mi cuerpo con lo que creía que era la sonrisa más patética del mundo instalada en mi rostro y entrelacé mi mano con la de Danny, acurrucándome contra su brazo. El castaño se rió con chulería como siempre solía hacer pero de modo algo más suave, colocándose la mano libre en la nuca.

—¿Ves como acostarse con alguien no da tanto miedo ni es tan peligroso? No nos hemos encontrado a ningún dragón ni ningún ninja en todo este tiempo.

Ignoré la broma de Danny juntando mi nariz más a su hombro, parpadeando curioso. Evité ensanchar mi sonrisa con la siguiente pregunta:

—¿Has dicho que me quieres?

Giré su cara hacia mi dirección y frunció el ceño.

—¿Qué?

—Que has dicho que me quieres. Hace nada, te he oído.

—Yo no he dicho eso.

—¡Claro que sí! Al final. Me has susurrado «Te quiero».

Danny apretó los labios e hizo como que le interesaba muchísimo mirar la televisión apagada, cohibido.

—Pudiere ser…

Me reí ascendiendo para darle un beso en la mejilla, tapándonos con las sábanas y rodeando su brazo, bostezando y pegándome a él para que me diese calor. Cerré los ojos, intentando dormirme con una sonrisa en la…

—Mierda, eres un niño lapa. Vaya por Dios.

—Lo estás estropeando, idiota.

—En eso consistía. Me estaba dejando de sentir yo mismo.

—Lo que tú digas, macho cabrío.

—Hmm… buenas noches.