¡Regina, estoy embarazada!

Seis meses antes

El repiqueteo de los tacones de Regina rompió el silencio en la comisaria. Emma trató de limpiarse rápidamente las lágrimas que se deslizaban por su rostro. Se colocó en la silla en una posición como si, de hecho, estuviese trabajando. Se arregló el cabello y esperó a que la morena entrara. Solo por el sonido de sus zapatos en el pasillo supo que estaba llegando.

«Señorita Swan» saludó Regina

«Hola, Regina» respondió Emma sin ánimo ninguno «¿Necesita algo?»

«Sí, tengo que hablar con usted. ¿Está muy ocupada?»

Regina intentó mirar a Emma a los ojos, pero esta desviaba la mirada. La morena, muy observadora, consiguió divisar las lágrimas escondidas de Emma. No le interesó preguntar el motivo, lo que entristecía a la rubia poco le interesaba. Solo sintió curiosidad en saber qué podría causar tristeza a Emma, que a su parecer, llevaba una excelente vida, muy diferente a la suya. Emma no tenía que despertarse todos los días con la carga de saber que su novio había dejado embarazada a su loca hermana. Ese sí sería un buen motivo de lágrimas, pero Regina estaba aguantando firme y manteniendo su relación, aunque le costara asumir ese bebé.

La morena, como era de prever, escogió mantener la profesionalidad y no entrometerse en la vida de Emma. Pensó que ya era castigo suficiente para la rubia tener a Mary Margareth como madre. Seguramente la mujer la llenaba de preguntas el tiempo entero. Regina optó por seguir adelante con los asuntos realmente relevantes para la ciudad, sin prestar atención a Emma.

«No, tengo tiempo. Podemos hablar»

Regina nunca había prestado atención en Emma, pero en aquel momento, intentando adivinar lo que la rubia escondía, consiguió ver algo más allá de la obvia belleza de la rubia. No es que nunca hubiera reparado en lo hermosa que era, a fin de cuentas, Henry se estaba convirtiendo en un guapo muchacho, probablemente, había heredado los buenos genes de la madre, porque ciertamente, Neal no hacía justicia a la belleza de su hijo, pero hoy Emma estaba especialmente linda. Los ojos que asemejaban dos esmeraldas y la sonrisa bobalicona, típica de la rubia, tenían un significado totalmente diferente para Regina. Antes la irritaban, hoy, misteriosamente, le encantaban.

La alcaldesa se esforzó en recordar cuándo había sido la última vez en que Emma la había provocado y habían peleado, pero no consiguió acordarse de ninguna fecha o motivo. Le extrañó el hecho de no saber cuándo Emma había dejado de ser insoportable. Aún tenía unos prontos que dejaban que desear, obviamente. Regina dejó caer los ojos en el montón de papeles desorganizados que estaba encima de la mesa y, en su cabeza, lo anotó como una de las cosas que Emma debería mejorar. A pesar de que siempre le entregaba informes perfectos, debería ser más organizada. La rubia también debería ser más responsable con respecto a Henry. Esa historia de alimentarse como una niña era un pésimo ejemplo para el hijo, que siempre se justificaba diciendo que Emma le dejaba comer esas cosas. Regina tenía el doble de trabajo. Y allí estaba, al lado del revoltijo de papeles y de la caja de donuts. La rubia también tenía que escoger mejor sus relaciones, no es que Regina tuviese nada que ver con eso, pero un pirata de pasado dudoso, que se ponía lápiz de ojo desde sabe Dios cuándo, no era exactamente la mejor compañía para su hijo.

Emma era realmente muy guapa para mantener una relación con Hook. Emma siempre se perfumaba, Regina conseguía oler su perfume a metros de distancia, siempre sabía cuándo estaba llegando. Mientras que el pirata cargaba con una barriga de ron, Emma exhibía un cuerpo escultural, y de eso Regina podía hablar con propiedad. Se acordó de la vez que vio a la rubia en braguitas. Encontró absurdo que alguien abriera la puerta solo llevando unas braguitas rojas, ¿qué tipo de persona hace eso? Emma Swan era ese tipo de persona, completamente irresponsable, irresponsable, pero adorable.

La rubia se levantó de la silla y se quitó la chaqueta. Regina no dejó de notar los brazos que Emma escondía debajo de la horrenda chaqueta. Definidos. Torneados. Y también bonitos. La morena recordó añadir a los defectos de Emma su pésimo gusto para vestir. La rubia se vestía como si estuviera en una fiesta infantil, aquellas botas y aquellas chaquetas de cuero, que, a pesar de sentarle muy bien a su cuerpo, eran ridículas para alguien de su edad, y que era sheriff de la ciudad.

«Bien, Swan, necesitaré la presencia de alguien de la comisaria durante unos días a partir de la próxima semana. Le pido que se organice con David para que uno de los dos esté a mi disposición el tiempo que sea necesario»

La rubia confirmó el pedido de la alcaldesa, su función, a fin de cuentas, era obedecerla. Regina era, además de la alcaldesa, su jefa. Emma recibía órdenes y respondía directamente ante la morena.

«Yo misma iré, señora alcaldesa. ¿Qué tengo que hacer?»

«Solo acompañarme» Regina todavía no estaba segura si debía revelar detalles de la mina, a pesar de tener la documentación al día, y ser todo completamente legal, la alcaldesa no tenía seguridad de que el plan tuviera éxito. Decidió que lo mejor era decírselo a Emma solo el día en que el servicio fuera a ser ejecutado.

«¿Acompañarte? La última vez que lo comprobé, Storybrooke no era un sitio peligroso para que la alcaldesa tuviera que ir con seguridad reforzada»

«Señorita Swan, no le debo explicaciones de mis pedidos y de la forma en qué trabajo. Al contrario que usted, que solo debe acatar mis órdenes»

Emma se cubrió el rostro con sus manos. Regina quedó confusa ante la escena y prefirió ver lo que rubia estaba haciendo antes de seguir hablando de cualquier cosa. Sin previo aviso, Emma comenzó a soltar pequeños hipidos, con el rostro cubierto por sus manos, como si estuviese…¿llorando? ¿Emma Swan, la Salvadora, decidió tener una crisis de llanto solo porque la alcaldesa no creyó necesario responderle lo que quería saber? Aquello era muy extraño y no tenía sentido para Regina.

«¿Señorita Swan?» llamó Regina. Emma la ignoró completamente, pero la voz de Regina pareció sentir un efecto negativo y la rubia aumentó el volumen de los sollozos y ahora estaba claro que estaba llorando «¿Swan?» dijo Regina otra vez, pero en vano.

Regina empezó a ponerse nerviosa. Pero, ¿qué diablos estaba pasando? La morena no sabía lidiar con personas llorando a su lado. Henry, cuando pequeño, no acostumbraba a tener perretas, y las pocas veces que lo intentó, Regina sencillamente lo ignoró. De esa manera, el niño nunca más intentó llorar para conseguir algo. Ahora Regina tenía a una mujer adulta allí, sin saber las razones que la habían dejado en ese estado, llorando compulsivamente delante de ella y sin nadie para hacer nada. Pensó seriamente en irse y regresar en otro momento. No serviría de anda que se quedase e intentara hablar con Emma.

«¿Emma?» llamó, por última vez, un poco más alto.

La rubia, entonces, retiró las manos de su rostro, dejando ver sus ojos llorosos y levantó la mirada hacia la alcaldesa.

«Discúlpame. Yo…yo…No sé lo que me ha pasado» justificó. Emma estaba bastante avergonzada y la morena lo percibió por el tono de su voz y porque no sabía qué hacer con las manos mientras intentaba expresarse.

Ahora que Emma la miraba de frente, Regina no sabía qué hacer o qué decir. ¿Debería coger una silla y sentarse al lado de la rubia? ¿Tal vez un abrazo? No. Regina no haría nada de eso. Por lo menos, no con Emma.

La rubia se puso aún más bonita con los ojos llorosos. Sus pupilas estaban grandes y sus ojos ganaban un color oscuro. La morena sintió deseos de perderse en ellos por unos instantes. La mirada de Emma era intensa y Regina sintió como si la rubia la penetrase, como si consiguiese verla completamente desnuda, la mirada de Emma sacaba a la superficie las debilidades y los miedos de la morena. En un movimiento rápido, Regina quiso cubrirse y cruzó sus brazos por delante de su cuerpo.

Regina intentó borrar esos pensamientos, su mente estaba confusa y lo atribuyó al cansancio que sentía. La morena solo quería llegar a casa y estar con su novio, que la estaba esperando.

«¿Se encuentra bien?» preguntó tocando el hombro desnudo de Emma.

Tocar la piel de Emma hizo que Regina se estremeciese, como si una corriente eléctrica las estuviese atravesando a las dos. Asustada, la morena retiró las manos. Se cuestionó si Emma también lo habría sentido, pero creyó que era una tontería preguntarlo.

En cuanto volvió a poner su brazo a lo largo de su cuerpo, el calor de la rubia le hizo falta en su mano. Nunca había sentido nada parecido con ninguna otra persona. Le extrañó, aún más, el hecho de querer tocarla otra vez, solo para sentir, aunque fuera por unos segundos, aquello de nuevo.

Intentó acordarse si, en otras veces que había tocado a Emma, había sentido lo mismo y entonces se entristeció al darse cuenta de que no podía recordar haber tocado a la rubia en ninguna otra ocasión. Se dio cuenta de que esa había sido la primera vez, en años, que había tocado el cuerpo de la rubia.

«Creo que sí. Estoy bien, gracias» respondió la rubia

Regina ya se estaba preparando para dar un disculpa cualquiera y marcharse de allí lo más rápido posible. Todo aquello era muy extraño, muy nuevo para la alcaldesa. Ciertamente no iba a encontrar respuesta para la sensación que Emma estaba causando en ella en ningún libro de magia o algo parecido, Regina necesitaba pensar y descansar para que aquella pesadilla pasase de una vez, y entonces, Emma comenzó a llorar de nuevo…»

«Pero, ¿qué rayos está pasando aquí, Swan?» preguntó nerviosa. Pero más nerviosa por no saber lidiar con lo que sentía que por el hecho de que Emma estuviera llorando de nuevo.

«Regina, no sé…» respondió

Emma abrió los brazos, como si estuviera pidiendo que Regina le diera un fraternal abrazo. La morena recordó la corriente que había sentido al tocar el hombro de Emma y sintió miedo de lo que podría pasar si la abrazaba. Sopesó unos segundos si debería seguir adelante con aquello, pero ver a Emma, prácticamente, implorando un poco de cariño, quién sabe el motivo, era extremadamente adorable y por tanto, irrecusable.

La morena miró para los lados, comprobando que realmente no había nadie que pudiera hacer eso en su lugar. También quería asegurarse de que no había nadie que fuera testigo. Regina abrió los brazos y envolvió a Emma en su cuerpo.

Tener a Emma en sus brazos pareció la cosa más acertada que Regina hiciera en los últimos…30 o 40 años. Ni sabía exactamente cuánto tiempo no se sentía segura de algo como lo estaba de Emma abrazándola.

Regina no se preocupó por entender nada más, solo quería continuar ahí, en el calor de aquel abrazo por, al menos, doscientos años más. Su corazón se aceleró y pudo sentir, junto a su pecho, los latidos del de Emma. El aroma que se desprendía de los cabellos de la rubia dejaron a Regina en trance y el cuerpo cálido de Emma pareció reconfortar los dolores que Regina cargaba. Ella no quería y no lograba soltarse, y sin saber por qué había llegado hasta ahí, la morena agradeció mentalmente por las lágrimas de Emma.

«Discúlpame otra vez…Has venido y no te he dejado hablar…» dijo Emma avergonzada.

Regina ya no se acordaba del motivo que la había llevado a la comisaria, a no ser el hecho de tener que estar ahí en ese exacto momento para poder abrazar a Emma y sentir lo que sintió. Regina pensó en lo que podría haber pasado por la cabeza de Emma, se preguntó si había sentido lo mismo. La morena se dio cuenta de que Emma podría perfectamente no haber sentido nada de aquello y se desesperó ante la idea de que todo fuera otra broma estúpida del destino, o tal vez, un castigo kármico por el pasado y creyó que era mejor que se marchara antes de que la situación se agravase aún más y que no hubiera vuelta de hoja.

Regina sabía que, de todas las personas del mundo, de la única que no podría, en hipótesis alguna, enamorarse, era de Emma Swan.

«Creo que será mejor que vuelva en otro momento, Emma. Robin me está esperando en casa, y…es mejor que me vaya marchando»

No solía llamar a Emma por su nombre. Se golpeó mentalmente por eso. Regina estaba confusa, y quería marcharse. Necesitaba ver a Robin, besarlo, hacer el amor la noche entera con el novio, y volver a ser la que siempre había sido. Olvidar completamente esta escena.

Dio media vuelta y caminó hacia la puerta.

«¡Regina, estoy embarazada!» dijo Emma interrumpiendo el repiqueteo de los tacones de Regina.

La morena dejó de caminar por algunos segundos, pero no se giró para mirarla a los ojos, entonces, siguió caminando para salir de ahí.

Fin del flashback

Regina se despertó y se enderezó, y lo primero que hizo fue buscar a Emma en la cama. Se asustó cuando su brazo halló un sitio vacío. Emma no estaba. La rubia siempre dormía más que Regina, así que, seguramente, se levantó después de Regina quedarse dormida y regresó a su cuarto, dejando a la morena sola.

El día no había comenzado nada bien para la alcaldesa. De mal humor fue a vestirse. Se puso una falda, una camisa azul oscuro, su chaqueta y sus medias, todo perfectamente planchado, como le gustaba, pero esa mañana, hasta eso la incomodó. Regina encontró una arruga en el cuello de su camisa. Arrancó la prenda de su cuerpo con rabia, sin preocuparse en abrir los botones, reventando la costura, librándose de ella rápidamente y tirándola lejos. La camisa, toda rasgada, cayó directamente en el maldito sillón de la noche anterior. Aún estaban bien vivos en su memoria los recuerdos de otro encuentro de sexo casual que había disfrutado y también que la rubia había salido de su cuarto en mitad de la madrugada como si la morena estuviese pagando por sexo, motivo que hizo que su día ya comenzara pesimamente desde tan temprano. Aquella mañana de furia, además de destruir cualquier recuerdo bonito de la última noche, también destruyó una de las blusas favoritas de Regina.

Sin paciencia para hacer el desayuno, atravesó la cocina y se dirigió a la puerta. Quería comenzar temprano su día de trabajo y focalizar su atención en algo que realmente valiese la pena.

«¿Mamá?» llamó Henry

«Estoy atrasada, ¿qué pasa?» respondió Regina de lejos

«Nada»

Regina detestaba cuando el hijo hacía ese tipo de cosas. ¿Por qué la llamaba si no quería nada? Dio media vuelta y entró irritada en la cocina.

«¿Qué ocurre, Henry?»

«No es nada, mamá»

El muchacho estaba sentado en la mesa, aún en pijama y no había nada delante de él, ni los cubiertos para el desayuno. Regina entendió lo que el muchacho quería. Resopló.

«¿Sabes? Tú y tu madre necesitáis aprender a hacer las cosas» dijo abriendo el armario de la cocina y sacando un cuenco hondo «No puedo atender vuestros caprichos cuando os dé la gana» abrió el cajón de los cubiertos y sacó una cuchara. «Es más, puedo no estar aquí para atenderos, ¿y entonces?» abrió la nevera y sacó la leche «¿Qué sería de ustedes?» cerró la nevera con la punta del pie y comenzó a echar el contenido en el plato «¿Os vais a morir de hambre acaso?» cogió la caja de los cereales que estaba encima de la encimera y caminó hacia el hijo.

Colocó el cuenco con la leche, la cuchara y la caja de cereales delante de Henry. Regina no tenía buena cara, no parecía estar de broma, la morena tenía las manos en la cintura, esperando a que el hijo respondiese.

«Responde, Henry, ¿vais a dejaros morir de hambre cuando yo no esté?»

«Eh…¿Gracias?» intentó forzar una sonrisa desgastada sin ni siquiera responder la pregunta.

«¡Henry, hablo en serio!» dijo aún irritada «Tienes que aprender a hacer las cosas solo. ¡Ya no aguanto vivir contigo y con tu madre como si fuerais dos niños pequeños!»

«¡Yo todavía soy un niño, mamá!» respondió Henry intentando sacar su encanto para con Regina

«¡Los niños no practican sexo, Henry!» dijo de una vez.

El muchacho no sabía dónde esconder tanta vergüenza, pero agradeció el hecho de que Regina saliese a toda prisa de la casa sin dejar que respondiese. El chico esperaba cualquier cosa de su madre, pero no esperaba que supiese aquello, y mucho menos que fuera a mencionar su vida sexual en el desayuno. Henry conocía a Regina hasta el punto de saber que ella prefería dejar ese tipo de cosas bajo la responsabilidad de Emma y el muchacho también le daba gracias por eso. Odiaría tener que hablar de sexo con Regina, no porque no confiara en la morena, sino porque moriría de vergüenza. Con Emma ese tipo de cosas fluía de forma más fácil, la rubia parecía entender y hablar el mismo lenguaje que el hijo.

Henry estaba terminando de tomar los cereales cuando Emma bajó las escaleras.

«¡Buenos días, hijo! Hm, ¿cereales para desayunar?» Emma se lamió los labios

«Aja» respondió el muchacho con expresión contenta en el rostro.

«¿Dónde está Regina?»

«Ya salió. Estaba en uno de esos días. Creo que si tuviese magia, hoy me hubiera lanzado una bola de fuego»

«¿Qué le hiciste esta vez?» respondió Emma encontrándolo divertido

«No tengo ni idea, ma. Hasta tuve miedo de decirle que estaba con un zapato de cada color»

«¿Dejaste que tu madre saliera así? ¿Te volviste loco, Henry? Se va a poner más furiosa cuando se dé cuenta»

Emma se levantó de la mesa y corrió hacia el cuarto de la alcaldesa. Buscó qué zapatos estaban sin su par. No fue fácil encontrarlos, Regina tenía centenares de zapatos perfectamente organizados en la zapatera. Emma hizo lo mejor que pudo para no revolverlo todo.

Antes de salir del cuarto con los zapatos en las manos, divisó una camisa tirada en el sillón. No se acordaba de que la camisa estuviera ahí la noche pasada.

Se dio cuenta de que era la misma camisa que ella se había puesto cuando Henry le prestó una prenda de su madre. Emma cogió la prenda para volverla a poner en la percha, sabía que la alcaldesa detestaba el desorden, y entonces, se dio cuenta de que la blusa estaba destrozada, ni un botón había quedado sano y salvo. Ya no servía para nada. Era una pena, pues la rubia adoraba cuando la morena se ponía esa blusa.


«Señorita Swan, ¿qué hace aquí? Estoy saliendo a una reunión»

Regina estaba en su mesa del despacho. Emma sabía que Regina estaba mintiendo. Ella siempre sabía cuándo mentía.

Emma ya se imaginaba que Regina estaba furiosa, pero no sabía el motivo. Decidió que podría provocar, todavía más, la furia de la alcaldesa antes de desvelarle el motivo real de su visita.

La rubia caminó tranquilamente por la sala bajo la atenta mirada de Regina. Miró alrededor y observó cada detalle.

«¡Me gusta tu despacho, Regina!»

«Ya le he dicho, señorita Swan. ¡Estoy saliendo! Si vino hasta aquí a hacer un tour por mi despacho, le pido que vuelva en otro momento, cuando esté menos ocupada, para jugar juntas a las guías turísticas»

«No te preocupes por mí. Continúa con lo que estabas haciendo»

Regina bajó la cabeza y centró su atención de nuevo en los documentos que tenía que firmar. No conseguía concentrarse con Emma dando vueltas por el despacho sin motivo alguno. La rubia se sentó en el sofá.

«Me está molestando» Regina estiró el brazo señalando el camino hacia la puerta.

Emma preció ignorar completamente la irritación de la morena.

«¿Por qué insistes en llamarme señorita Swan?»

«Creo que ya hablamos sobre eso. Emma, si quiere, te puedo dar un trabajo para hacer, David está hasta arriba de informes que me debe entregar»

«No, gracias. La piñita y yo queremos quedarnos aquí contigo. ¿Sabes? Él…» señaló la barriga «¡detesta hacer informes! Son aburridos y no tiene ningún sentido»

«Son importantes. Sabe muy bien que tengo que archivar esas cosas»

«Me gustaba más cuando mi madre cambió ese cuadro…» señaló una de las imágenes monocromáticas de la pared « por una foto de un pajarito de colores» dijo cambiando de tema

Emma estaba intentado provocar a Regina y lo estaba consiguiendo. La morena no estaba en su mejor día y aquello la estaba irritando profundamente. Era imposible conseguir ignorar a la rubia, y, de hecho, Regina tenía que concentrarse en lo que firmaba.

Regina intentó mucho no llevarse nada al lado personal, pero la noche pasada, el abandono de su cuarto, todo estaba muy reciente aún en la cabeza de la alcaldesa. Mirar a Emma significaba acordarse de la frustración y tal vez sentirse un poco avergonzada.

Regina había bajado la guardia, invitó a Emma a pasar una noche con ella. Sabía que no debería haber quebrado sus propias reglas. Había impuesto las reglas por un motivo, para evitar ese tipo de situaciones, y la morena debería haber seguido el plan inicial.

«¡Señorita Swan!» gritó levantándose de la silla «¡Ya basta! ¡Le pido que salga inmediatamente de mi despacho!»

Emma se levantó del sofá. Caminó lentamente hacia ella hasta acorralarla contra la pared.

Regina sintió su cuerpo en llamas. Un delicioso fuego se iniciaba en la punta de sus pies y subía hasta el último mechón de sus cabellos. La respiración de Emma estaba tan cerca que sentía el hálito de la rubia entra por su nariz y romper cualquier barrera que se estuviera creando para apartar a Emma en ese momento.

Sin darse cuenta, Regina fue desarmada por completo por la rubia. Lanzó sus brazos a la nuca de Emma. La rubia apretó la cintura de la morena, una mano a cada lado, dominando los movimientos de la alcaldesa.

Regina solo se dejó llevar, hasta que Emma encontró sus labios. Aquel beso que deseó tanto recibir al despertar lo estaba recibiendo ahora. Estar con la rubia siempre tenía sentido y parecía que era la cosa correcta que había de hacerse.

Un beso cariñoso, un poco apresado, lleno de secretos y dudas, pero, definitivamente, un beso necesario para calmar los ánimos de la morena. Con certeza, un beso delicioso en opinión de Regina.

La alcaldesa tardó algunos segundos en tomar aliento para decir algo, cuando la rubia la soltó.

«¡No debería haber hecho esto, Swan!» dijo cuando se dio cuenta de la realidad

«Ah, ¿y por qué no?»

«¡Porque va contra las reglas! ¿Se olvidó?»

Emma sonrió como si se esperase aquella respuesta. La rubia parecía tener algo preparado para contestarle en la punta de la lengua.

«Anoche quebraste tus propias reglas, pensé que ya no eran válidas»

¡Maldito miedo! ¡Maldita inseguridad idiota de la alcaldesa! Si Regina no hubiese establecido las reglas, quizás Emma se acercase más veces a la morena. Desgraciadamente Regina no podía dar marcha atrás y cambiar lo que había dicho.

«Ah, he venido a traerte esto, ¡casi me olvidaba!»

Entregó los dos pares de los zapatos intercambiados.

La morena miró hacia abajo y, finalmente, se dio cuenta de que se había vestido con tanta rabia que no había prestado atención a lo que hacía, y había salido con los zapatos intercambiados. Sintió vergüenza de sí misma. Ella jamás cometía ese tipo de errores. ¡Imaginó si realmente hubiera tenido una reunión importante y si alguien hubiera notado los de los zapatos!

«Gracias, Emma. Estaba atrasada, ¡creo que fue eso!»

«Creo que estabas enfadada, eso sí, y quería saber por qué. ¿No se divirtió anoche, alcaldesa?»

Cuando el odio de Regina estaba empezando a desvanecerse, la rubia iba y le hacía recordar la rabia que había sentido por la mañana al encontrarse sola en la cama.

«Swan, además de para besarme a la fuerza, ¿a qué más ha venido?»

«Roncas, ¿sabías? Como un camión» respondió divertida

«¡Por supuesto que no ronco! Además, si roncase, alguien me lo hubiera dicho»

«¡Te lo estoy diciendo!»

«¿Y cómo lo sabrías? No me venga a decir que ronco tan alto que logró escucharme desde su cuarto, porque si es eso lo que…»

Emma puso su dedo índice en los labios de Regina callando a la morena. A Regina no le gustó verse interrumpida por las manos de Emma.

«Lo sé porque estuve abrazada a ti la noche entera. No quería salir de ahí, pero necesitaba dormir, al menor, una hora, así que, un poco antes de que te despertaras, regresé a mi silencioso cuarto»

Regina no dijo nada más y agarró a Emma, la atrajo hacia sí y la besó apasionadamente.