Había prometido subir más notas históricas, pero aún no lo he hecho. Bueno, en algún momento lo haré, porque le doy mucha importancia a la base histórica. Ayer mismo tuve una conversación con unos fans que comenzaron a criticar el RusPru como pareja no histórica, y sabiendo lo que sé, me han motivado para seguir ofreciendo datos y fics futuros que demuestren que esto no es así. La relación entre Prusia y Rusia no ha sido solo de odio. Y espero que haya quedado claro con mi historia, que aunque es una relación intensa... no es exclusiva de odio. Así que, para las fans Del RusPru: amenazo con más fics. De otras épocas, de otro tipo, pero siempre manteniendo mi amor supremo por mi OTP. ¡Tampoco considero que Rusia sea incapaz de entablar relaciones humanas con nadie! ¡Pero por favor...!
En fin, estoy muy contenta por haber escrito esta historia, ya que me ha permitido conocer a personas estupendas que ahora son buenas amigas mías.
Gracias a todos por vuestro apoyo a lo largo de este año. Os adoro. Y ahora os dejo con el epílogo.
Epílogo. Kaliningrado
Los velatorios eran de las situaciones más agobiantes, penosas y patéticas que uno podía experimentar en vida.
"Me pregunto si a Ivan le gustaría estar ahora aquí conmigo. Seguro que a su manera bruta y directa se las arreglaría para hacerme reír".
Gilbert fue a sentarse en un sillón apartado. Se había pasado las últimas horas oyendo los pésames y condolencias de una multitud de hombres uniformados, muchos de ellos desconocidos para él. Con una sonrisa triste pensó que al menos todos ellos reconocían que Ivan Braginski había sido importante para él. Aquellos desconocidos jamás tendrían idea de hasta qué punto lo había sido, pero pensarlo le reconfortaba un poquito dentro de su desolación.
El inglés también le estaba ayudando mucho. Arthur había sido de los primeros que habían contactado con él para ofrecerle su pésame y ahora él estaba allí, en Berlín Este, en calidad de amigo, ayudándole a atender sus asuntos y a no caer de nuevo en aquel estado de desgarrada desesperación en el que se había sumido. Estuvo a punto de desmoronarse en cuanto vio a Arthur aparecer por la puerta apenas unas horas después de que Ivan le hubiese dejado solo en aquel mundo que aborrecía, pero había logrado recomponerse y devolverle el abrazo a su amigo. Pero cuando este le tendió un sobre cerrado y leyó el escueto contenido de la carta, Gilbert se derrumbó literalmente frente a él.
Lo siento mucho, Gilbert.
Ludwig.
Carraspeando caballerosamente para mitigar un poco sus sollozos, Arthur le tendió un pañuelo y esperó a que el prusiano se serenara para sacarlo de aquel ambiente oscuro que no le hacía ningún bien.
El mensaje, tan típico de su hermano pequeño y al que casi podía visualizar mientras escribía aquellas escasas palabras, le había llegado a lo más profundo y aquello, unido al dolor que sentía cada vez que pensaba en Ivan, le hizo que acudieran las lágrimas a sus ojos por enésima vez y que se apoyara en el hombro del británico.
Se habían sentado en el banco de un parque en el que solo había árboles jóvenes, claramente recién plantados después de que sus predecesores hubieran sido destruidos durante y tras la guerra. Arthur le apoyó una mano en la espalda y comenzó a acariciarle con suavidad. Él era un un hombre fuerte y con gran aplomo, pero ver al prusiano en aquel estado le estaba empezando a socavar su característica flema británica.
—Fue por mi culpa, Iggy —dijo al fin Gilbert, sin separarse del consuelo de su hombro—. Porque soy un jodido imbécil.
—Oh, ¡vamos, Gilbert!
—Él me pidió que... —Gilbert se enderezó y ocultó las manos entre sus rodillas—. Él me pidió que me olvidara de todo, que lo dejara correr, pero claro, yo... ¡yo soy invencible! ¿Cómo le iba a hacer caso? Y mírame ahora. Si supieras todo lo que hice para llegar a esa situación...
—Sé muchas cosas —dijo el británico con seriedad, aunque al prusiano se le pasó por alto estando como estaba, ahogándose en su propia miseria—. Y también sé que te sobrepondrás. Porque... Gilbert, joder, has sobrevivido a todo. Y debes seguir haciéndolo.
En aquel punto, el inglés notó cómo se le clavaba aquella intensa mirada escarlata, que era la de un hombre destruido, pero no del todo. Tenía razón. Él sobreviviría. Lo haría por Ivan, por el hombre más bello, fuerte y bueno que jamás conocería y que seguramente nadie había llegado a conocer jamás.
—Yo lo quería, Iggy.
—Lo... lo sé.
—Muchísimo. Él lo era todo para mí. No había nada que yo no hiciera que no fuera por él. Toda mi existencia estaba enfocada en la suya, y yo... yo no fui capaz de salvarlo. Lo tenía justo a mi lado, podría haber hecho algo, pero... me limité a ver cómo se moría entre mis brazos.
El inglés rehuyó sus ojos dolidos y perdió la mirada en el cielo de Berlín, que mostraba su sol más radiante y luminoso aquel día, casi como si se burlara de aquel hombre de voz temblorosa que tenía a su lado en el banco.
—Lo siento mucho, Gilbert —dijo al fin con voz suave, con su acento delicado y elegante—. Podría decirte mil cosas que se suelen decir en estas ocasiones y ninguna te serviría de mucho. Podría decirte que estoy seguro de que él sentía exactamente lo mismo por ti. Que es probable que él te quisiera hasta el punto de preferir morir por ti.
Vio que algo relampagueaba en aquellos ojos imposibles que poseía su amigo.
—Así que mejor no te digo nada —terminó Arthur con una sonrisa tan sutil como la brisa de aquel día estúpidamente soleado.
Gilbert le volvió a abrazar. Con fuerza. Con toda el alma.
—Gracias, inglesito.
Arthur le apoyó la mano en la cabeza y le revolvió suavemente el cabello, aún más pálido bajo aquella luminosidad celestial.
—Prusiano idiota.
xxx
Después de cuatro años, aún no había día que en que no se acordara de él, en el modo en que lo miraba, burlón, juguetón, como un niño inocente pero sin perder nunca aquella levísima sombra de maldad. Daba igual lo que hiciera, donde fuera, lo que observara, todo le recordaba a Vanya. Pero al menos su imagen ya no le procuraba un dolor instantáneo en el pecho, sino una sorda melancolía que teñía su alma de una sensación tan cálida como ineludible.
Pero el día en que Gilbert descubrió que Konrad Von Stein continuaba vivo y que residía en Kaliningrado, todo su ser se revolucionó y fue casi como si volviera a ser el prusiano de siempre. Ahora iba de camino a Kaliningrado, a la que una vez fuera su querida y añorada ciudad, en un tren que lo llevaba a tierras rusas, y se sentía flotar, como si de un sueño se tratase.
No era posible. Aquello era totalmente imposible.
Pero había hablado con él por teléfono y se lo había confirmado, así que debía ser cierto.
Gilbert acarició con suavidad la caja de madera que llevaba sobre el regazo, y que atesoraba con un celo casi enfermizo. Allí llevaba todas las medallas de Ivan, que eran muchas, y que él mismo se había encargado de limpiar con un cuidado y una devoción extremos. Le dolía separarse de ellas, pero es lo que debía hacer.
Debía entregárselas a él.
Cuando vio a aquel anciano algo encorvado que salió a su encuentro en aquella humilde casa de las afueras, no obstante, con una animación propia de un jovenzuelo, Gilbert creyó que se moriría de la mezcla de sentimientos que lo invadieron de forma simultánea. Aquel hombre que tenía ante sí había conocido, había cuidado, había educado y amado a su Ivan, y ahora en alguna parte de aquella casa...
—Vamos, relájese, Herr Beilschmidt —le dijo aquel hombre de voz profunda y poderosa, a pesar de su engañoso aspecto de fragilidad—. Está ahí en su habitación. No se va a ir a ningún lado.
Sabía que estaba rompiendo todo tipo de protocolo, que debía rendir su particular homenaje a aquel antiguo y veterano militar prusiano, pero Gilbert no podía ocultar la ansiedad que lo devoraba.
—Quiero entregarle sus medallas. Por favor —acertó a decir con la voz estrangulada, mostrándole aquel pedacito que le quedaba del ruso, al que aún se aferraba a pesar de todo.
—De acuerdo, de acuerdo —dijo Von Stein con afabilidad.
El anciano se dirigió entonces a un pequeño rellano junto a unas desvencijadas escaleras y llamó a la puerta con los nudillos.
—¡Dima! Ya ha llegado el Major Beilschmidt de Berlín —le informó en ruso. Luego se volvió hacia el prusiano y le apremió de nuevo en alemán—. Vamos, pase, no se quede ahí.
Su corazón latía a una velocidad vertiginosa cuando se abrió la puerta de aquella habitación.
Hasta aquel instante había conseguido no excederse en su entusiasmo y durante el viaje en tren, tan solo ver el estado en que encontró Königsberg... es decir, Kaliningrado, le dio un pequeño vuelco al corazón. Quedaban muy pocas zonas de la ciudad y de sus alrededores que estuvieran tal y como él las recordaba.
"Bueno, así ha sido en medio mundo. No debería quejarme, joder, pero..."
Media ciudad seguía en ruinas y apenas había ciudadanos y civiles, ya que Kaliningrado estaba restringido para los militares. Tenía suerte porque su cargo y posición le abrían prácticamente todas las puertas en la parte soviética de Europa.
Nastia había mentido en sus diarios. Nastia había ocultado lo que había sucedido de veras en Leningrado tanto para proteger a Von Stein como a su propio hijo. Gilbert no sabía si sentirse profundamente traicionado en nombre de Ivan, o sentirse tremendamente feliz por lo que implicaba la mentira de aquella pequeña que había hecho todo lo que había estado en su mano por salvar a la criatura.
Anastasia Braginskaya había conseguido lo imposible, porque sabía que jamás volvería a ver a su amado con vida. Por él pondría a salvo a su hijo, aunque fuera lo último que hiciera antes de sucumbir. Había estado visitando a Konrad Von Stein en la prisión, había hablado con todos los miembros de la NKVD que pululaban por la ciudad sitiada hasta que dio por fin con uno que había conocido a Ivan durante su formación en Moscú. Aquel chaval había muerto no mucho tiempo después, durante el sitio de la ciudad, pero para entonces ya habían conseguido sacar a aquel anciano medio moribundo de la prisión y enviarlo junto a sus antiguos compatriotas, que seguían acuartelados en primera línea prácticamente a las puertas de Leningrado.
Por supuesto, para Nastia fue desgarrador separarse de su hijo. Además, era muy posible que los alemanes abatieran sin pensarlo a aquel anciano con un bebé recién nacido entre sus brazos, pero quedarse tras los muros de aquella ciudad condenada, abocados al hambre y al frío, era todavía una perspectiva peor.
Sin embargo, aquel día el oficial de guardia era especialmente benévolo o simplemente estaba harto de aquella puta guerra y de las matanzas de refugiados y civiles famélicos, que era todo cuanto acontecía en su frente, así que tuvieron más suerte de la esperada.
En cuanto Von Stein les expuso su antiguo cargo y situación actual, que lo habían ayudado a salir de una prisión de la NKVD soviética a condición de poner a salvo a aquel bebé, el oficial no vaciló en cederles sus propias dependencias.
—Es un honor servir a un veterano de la Primera Guerra, señor.
Lo que no le dijo es que las posibilidades de que un bebé de tan corta edad sobreviviera en aquellas circunstancias eran próximas a cero.
Pero a pesar de los designios en contra, el resto fue mucho más fácil. Una joven enfermera de campaña se enamoró de aquella cosa diminuta y vulnerable, de cabello tan claro como el mismísimo sol del norte de Rusia, y a partir de entonces, Dmitry sobrevivió entre los alemanes hasta que estos fueron expulsados de allí.
Gilbert tomó aire antes de entrar en la habitación y ver con sus propios ojos a Dmitry Ivanovich Braginski, unos diecisiete años después de que Nastia escribiera aquellas mentiras en sus diarios, terribles y maravillosas al mismo tiempo.
Así que al fin se encontró cara a cara con el hijo de Ivan, el hijo que él ya nunca conocería. Dmitry se levantó del desportillado pupitre donde había estado escribiendo algo en caracteres cirílicos y no sonrió al ver al recién llegado cuando le dedicó un seco saludo al intruso. Gilbert supo que estaba a punto de echarse a llorar al ver aquellos ojos claros, idénticos, increíbles, hermosísimos, fijos en él. Su cabello era de un rubio más oscuro, más rojizo, y su constitución era evidentemente más frágil que la que había tenido su padre, pero era, sin duda, él, Ivan, parte de él, de su espíritu. Justo allí, delante de él, mirándolo con desconfianza pero con una curiosidad cada vez mayor.
"Oh, Gott, Gott..."
Así lo había mirado Ivan la primera vez, la primera vez que se vieron y cuando todavía eran enemigos mortales.
—¿Tiene los ojos de color rojo, señor? —preguntó al fin, sin reprimir por más tiempo su curiosidad—. Jamás había visto algo así.
Y había como una especie de admiración allí, impresa en la voz de aquel muchacho que ya comenzaba a sonreír con timidez.
—Dmitry Ivanovich, te traigo las medallas de tu padre —dijo el prusiano sin saber si estaba a punto de echarse a gritar o a reírse como un loco—. Era... era un héroe de la Unión Soviética. Tu padre era un hombre increíble y...
—No quiero sus medallas.
—¿Có-cómo?
—No quiero nada que tenga que ver con la guerra, señor.
—Pero eran muy importantes para él...
—Sí, señor. Pero yo no soy él.
El visitante recibió aquello como si le hubieran vertido un cubo de agua helada encima.
—Dmitry... —intervino con suavidad Von Stein entrando detrás de él y apoyando una mano sobre el hombro de Gilbert—. No seas maleducado con el señor Beilschmidt. Tenía muchas ganas de verte.
—¿Por qué?
—Porque era un gran amigo de tu padre.
Aquello pareció animar aquellos rasgos demasiado perfectos y parecidos a los de la persona que Gilbert más había querido.
—¿De verdad? —y por si fuera poco, aquel brillo violáceo...
—Tu padre respetó mi vida durante la guerra. Y me salvó en... varias ocasiones. "Y yo no pude salvarlo a él". Era un hombre íntegro, el más íntegro que jamás he conocido.
Eso le gustó al joven Dmitry, que sonrió abiertamente y con ello terminó por resquebrajar el corazón del prusiano de parte a parte.
—Creo que entonces debería quedarse usted con sus medallas, señor. Por favor, guárdeselas. Y a cambio me gustaría que me contara más cosas sobre él. El señor Von Stein ya me dijo que era extraordinario, pero no sabemos qué fue de él después de...
—Y a mí también me gustaría oírlo —intervino el anciano sin ocultar su animación, palmoteando su hombro con deferencia.
—Cualquier amigo de mi padre es amigo mío —sentenció el muchacho con seriedad.
—Estupendo —dijo Von Stein—. ¿No le vas a ofrecer asiento a tu invitado, Dima?
—Claro, siéntese señor, por favor.
—Puedes llamarme Gilbert.
—Gilbert, usted puede llamarme Dima. O Dimka. Como usted prefiera.
El prusiano tomó asiento en una silla frente al pupitre en el que el joven había estado sentado escribiendo, y echó un vistazo furtivo a las hojas entintadas.
—¿Estabas escribiendo? —preguntó, casual, y vio cómo el muchacho se sonrojaba por completo y de forma inmediata. Si así había sido Ivan a su edad, debía de haber sido el cadete más adorable de toda la maldita NKVD.
—No era nada... Solo cosas... sin importancia.
—A tu padre le encantaba leer. Sabía mucho sobre muchísimas cosas. Yo lo admiraba mucho. Fue él quien me enseñó ruso —dijo con una mueca, recordando sus lecciones y su impaciencia cuando liaba los casos gramaticales con los alemanes.
—Oh, ¡eso es genial! Yo quiero dedicarme a escribir. O a estudiar historia. Aún... aún no lo tengo claro...
—¿No quieres entrar en el ejército como hizo tu padre?
Ivan no había pertenecido al ejército en realidad, pero tampoco deseaba hablarle de la policía secreta.
—No quiero que vuelva a haber una guerra. Jamás —dijo el chico con ardor, sus ojos violetas resplandecientes de determinación. De alguna forma eran mucho más cálidos que los de Ivan. Imaginaba que aquello sería obra de Nastia.
El chaval se volvió hacia el anciano, que los miraba a ambos con cariño, y añadió con su exaltación juvenil:
—Von Stein es alemán. Y de él he aprendido que no existen pueblos malvados. Que muchas guerras se libran por simple desconocimiento del otro.
El anciano miró con orgullo a aquel chiquillo, hombre ya, al que había criado como a su hijo, y como todo buen padre que se precie quiso presumir de él ante el visitante. Así que se acercó hasta un armario y de su interior extrajo la funda destartalada de un violín.
—Dima sabe tocar como los ángeles. También eso lo heredó de él.
Gilbert miró a Dmitry, implorante.
—Oh, sí, por favor. Toca algo. Quiero oírte, Dimka —le rogó, y su rostro se ensombreció un poco—. Nunca llegué a tener la oportunidad de oír cómo tocaba él.
Dmitry extrajo con cuidado reverencial el violín de su funda, con las mejillas totalmente encarnadas. Era el Stradivarius de Ivan. Al igual que el pequeño, el magnífico violín se había salvado de la devastación de Leningrado.
—No lo hago muy bien, pero...
Cuando las primeras notas del Pas de Deux de El Cascanueces empezaron a resonar, torpes pero afanadas, en la parquedad de aquel hogar medio ruinoso de Kaliningrado, Gilbert ya no lo pudo resistir por más tiempo. Las lágrimas afloraron a sus mejillas al pensar en todo mientras la música de Tchaikovski acariciaba su alma con la suavidad de la pluma de un cisne pero también de una cuchilla bien afilada. Y pensaba en todo lo que había pasado, en su risa, en sus manos, y su voz...
En su voz pronunciando su nombre.
—¿Gilbert, estás bien? —preguntó el pequeño, con aspecto preocupado, apartando el violín.
—Estoy bien, Dmitry —dijo el prusiano, levantándose—. Por favor, déjame darte un abrazo.
Y sin aguardar respuesta, lo estrechó contra su pecho y su corazón, sintió su cuerpo contra el suyo, y por un momento, su corazón volvió a latir.
