Muy buenas a todos mis fieles lectores, a los que no lo son tanto y a los que desesperados dejaron de mirar semanalmente si había actualizado o no.

¿Excusas? Pocas. Pocas novedosas quiero decir. Trabajo... Pero he conseguido actualizar.

Así que, después de la bendición de la Rowling, os dejo con el nuevo capítulo.


Capítulo trece

Ignorante, el profesor Dumbledore se disponía a tomar su relajante baño semanal. Ése por el cual su despacho se llenaba de un olor dulzón a pastilla de jabón caro, a esencia de caléndula y tomillo, a caramelo de limón reconcentrado. El mismo ritual dónde el director de Hogwarts tatareaba sin ritmo alguno todo el repertorio de Billie Holliday, haciendo un especial énfasis en la canción "Summertime". Su voz de barítono no era especialmente armoniosa, pero no desistía a pesar de las descalificaciones de su hermano, Aberforth.

Pues bien, Dumbledore sacó la zapatilla su pie izquierdo a ritmo de "Strange Fruit" y lo alzó lo suficiente en el aire como para poder meter la pantorrilla en la pila llena de espuma y agua caliente. A ella le siguió, luego, el resto del cuerpo. Aquello podría haber sido una imagen tan sensual como cardiaca, si olvidamos el cuerpo del anciano mago y su larga barba canosa recogida en un bonito moño atado con un lazo verde manzana verde. Aunque para gustos, colores, como solía afirmar su difunta madre. Ella tenía mucho que decir sobre el tema de los gustos, al fin y al cabo, el señor Dumbledore, el padre de Albus, nunca fue un Apolo por mucho que ganara tres años consecutivos el concurso "Mister Caldero Chorreante".

Y, sin miedo a la censura, que devotas de Albus somos todas, insisto en que el mago era ignorante. Ya sé, ya sé, Albus Dumbledore no es el personaje mágico menos sabio, ni siquiera es un necio y eso que ha cometido errores. Está bien, matizaré el comentario: Albus Dumbledore en aquel preciso momento estaba ignorante de cuánto pasaba a un kilómetro y medio, en horizontal y vertical, de su agradable tina rebosante de espuma. Quizá fuera el efecto del incienso relajante, el placer del agua caliente o la aterciopelada voz de Billie Holliday, pero Dumbledore tenía los sentidos (mágicos o no) algo obturados y no era capaz de presentir el terrible momento que estaban sufriendo tres de sus alumnos en el interior del Bosque Prohibido. A saber, la tercera mejor alumna de Hogwarts, su licántropo favorito y el pequeño, pero no menos valorado, hermano de la primera.

La narradora supone que el director tenía embotados los sentidos un poco antes de encender el palito de incienso, incluso antes de decidir que aquel día iba a ser el destinado a relajarse. Os lo cuento, porque por curiosas coincidencias de la vida, Albus decidió preparar el baño en el preciso instante en el John Marlin era apresado por el Lazo del Diablo. Un error lo tiene cualquiera, eso es verdad, y le restaríamos importancia si no fuera porque el altibajo de energía mística que provoca el grito de horror de una hermana asustada es tan alto que las ondas provocadas se deslizan por toda la superficie terrestre trescientos kilómetros a la redonda. También es cierto que el suceso dura poco tiempo. Y sin embargo, un segundo desequilibrio de energía no fue captado por el profesor de más alto rango del colegio cuando el Lazo del Diablo pasó a divertirse con Lucie Marlin y Remus Lupin. Este si duró algo más en el tiempo, pero Dumbledore había cedido a los abrazos corales de Billie Holliday.

De modo que, cuando Albus metía su pantorrilla en la tina, una tercera onda un pelín más fuerte que las anteriores fue captada, a doscientos kilómetros del lugar de origen, por un muggle que bajaba la basura a la puerta de su casa después de discutir con su mujer por un seísmo anterior que sólo había notado él. Pero Dumbledore permaneció ignorante al peligro que corrían sus estudiantes amenazados por una negra acromántula.

La bestia en cuestión sí notó el miedo de los chicos como una sacudida de excitación al momento de posar una de sus ocho patas en el claro del bosque. Se hubiera relamido de placer si en esta especie la lengua existiera. Como no tenían tal órgano, emitió un pequeño silbido de satisfacción.

La verdad, para un zoólogo experimentado y bien oculto por los matorrales, ser el espectador de aquel momento lo podría encumbrar a los primeros puestos en fama y prestigio. Una acromántula silbando. Se había teorizado, pero nunca comprobado tal cosa. Lucie todavía pudo darse cuenta del momento al que asistía, antes de cundir al pánico e intentar zafarse de abrazo apretado de la planta.

Desde su despacho, en lo alto de la más alta torre del castillo de Hogwarts, Dumbledore se frotaba el brazo con una esponja rosada ajeno al descubrimiento más excepcional del mundo mágico: El Lazo del Diablo se alejaba, temeroso, de las proximidades de la pata de la acromántula. En un análisis previo, podría parecer una reacción normal ante la enorme bestia. Sin embargo, y teniendo en cuenta que las acromántulas son carnívoras por naturaleza y que la lechuga les suele dar sarpullido¡qué le arranquen los pelos de las piernas a Hagrid si aquello no era cierto!, que la planta se apartara temerosa no tenía ningún sentido.

En este punto es importante abrir un paréntesis y explicar cómo una planta, aparentemente indiferente a todo el amplio mundo de los carnívoros, le tiene miedo a una acromántula. Todo empieza un luminoso día de Abril que no fue nada luminoso para el pequeño centauro que cayó en manos (patas, en este caso) de la acromántula en cuestión y, en contra de lo que puede parecer, tampoco fue luminoso para la bestia. Una típica historia de días que comienzan bien, pero terminan en el ácido estómago doble de una araña de quince metros de longitud. El centauro se levantó ese día dispuesto a recoger las flores más bellas del bosque para su pequeña amada de patas de caballo y terminó entre las mandíbulas del bicho; asimismo, la acromántula empezó el día estupendamente con un buen aperitivo equino que acabó en ardor de estómago. Tampoco se ha estudiado en profundidad, pero los ardores de estómago de los arácnidos gigantes tienen que resultar... gigantes y nuestra molesta acromántula se topó con el claro de bosque, dominio feliz del Lazo del Diablo. El mismo destrozo de un perro al purgarse con las petunias de tu madre en la jardinera del balcón, así quedó el claro después del paso de la acromántula. No es de extrañar, pues, que la planta se apartara al paso de inmenso bicho, incluso aflojó el abrazo de nuestras tres víctimas. La acromántula dio otro paso, en absoluto vacilante, si no saboreando el momento previo al banquete. Tres sabrosos bocados y el remedio contra la acidez juntos.

Pero Dumbledore no podía saber nada de esto, puesto que para cuando la acromántula tenía medio cuerpo dentro del claro y el Lazo del Diablo entregándose al pánico había olvidado a sus presas, el mago ya estaba en el séptimo cielo con las yemas de los dedos arrugadas como pasas.

John Marlin estaba en un estado catatónico que le imposibilitaba cualquier tipo de pensamiento positivo y, salvo la idea omnipresente de que aquella iba a ser una forma absurda de morir, no tenía nada dentro de su cerebro. Ni siquiera su corta vida pasaba por delante de sus ojos. No notó como el lazo alrededor de su pie se aflojaba, ni como caía al suelo. Tampoco oyó a su hermana gritar como una loca y arremeter contra la araña. No sintió el chorro de luz que salió de la varita de Lucie.

Remus luchaba por respirar, cosa harto difícil cuando un poderoso zarcillo de Lazo del Diablo te aprieta contra el tronco de un árbol seco. El haber perdido la varita ya no era importante, total, un ahogado no la puede utilizar. Así que su primer objetivo era desprenderse del abrazo mortal. Con los ojos cerrados y de paso los oídos, decidió hacer fuerza hacia delante y clavarle las uñas a la masa vegetal que le rodeaba el pecho. Durante un tiempo no surtió efecto, pero después sí. O eso creía él. El Lazo del Diablo lo liberaba y corría a esconderse, pero ya sabemos la causa todos: la acromántula. Cuando la rama de la planta liberó a su tercer preso, Remus trató de recuperar su respiración y no pudo ver la dura caída de John al suelo, ni la valiente arremetida de Lucie contra la bestia. Sí escuchó el desgarrador grito de la chica y trató de recuperar la respiración con mayor rapidez o para cuando estuviera recuperado, Lucie habría quedado reducida a varios trocitos de carne perfectos para un pincho moruno.

Nadie fue testigo del arranque de valor de la rubia más lista de Gryffindor. Nadie salvo Dumbledore, al que este nuevo desequilibrio en las fuerzas mágicas sí consiguió desembotar. De repente el incienso dejó de ser tranquilizador, la espuma pasó a rasparle la piel y el bonito moño que se había hecho con la barba se deshizo. A su mente llegó la imagen de su alumna atacando al peludo bicho negro que, herido en un ojo, huía. La vio recoger a su hermano del suelo, hacerlo volver en sí con unas bofetadas bien dadas y apremiar a Remus Lupin para que salieran de allí a toda prisa.

Albus Dumbledore no se caracterizaba por la pasividad ante los problemas y por eso, en bata y zapatillas, bajó a grandes zancadas las interminables escaleras de la torre donde estaba su despacho. Corrió sin descanso hasta la habitación de Minerva McGonagall y falto de pudor aporreó la puerta de la Jefa de los Leones.

¡Minnie¡Alumnos en el Bosque Prohibido!

Y Minerva se despertó de golpe.

OoOoOoOoOoOoO

Cualquiera diría que el ambiente rebosaba de tensión sexual no resuelta. Conclusión errónea de ese cualquiera y, por lo tanto, debería preguntarles a los protagonistas de la escena. Ese cualquiera era, en realidad, uno de los chicos más guapos, elegantes y amantes de sí mismos de todo el colegio. Que hablamos, sin lugar a dudas, de Sirius Black.

El cómo había llegado allí no era un misterio sin resolver. Sus pasos en busca de Marianne lo habían llevado al baño de Mirttle la Llorona. Hasta dónde sabía Marianne no tenía como costumbre esconderse allí, pero había buscado por todo el colegio, pasadizos secretos incluidos, sin encontrarla. Por exclusión le quedaba mirar en esos baños y¡voilá!, allí estaba. Pálida como una pared recién pintada, con aspecto enfermizo acompañada (mal acompañada, dedujo) por su hermano, Regulus Black.

-¿Interrumpo algo? -Tras el shock inicial, Sirius decidió utilizar su tono socarrón y despreocupado. Marianne sintió un escalofrío de culpabilidad al escuchar la voz de Sirius. Antes de que pudiese suavizar la situación, Regulus atacó con toda su artillería pesada.

-Una reconciliación, tal vez - A Regulus, durante el reparto al azar de virtudes en la fecundación, no le tocó la inteligencia. Tenía la cantidad suficiente para poder sobrevivir, pero nunca llegaría a Einstein, por poner un ejemplo muggle. Aún con esas limitaciones, Regulus reconocía cuándo había dado en el clavo, cuándo tenía su dedo de Slytherin metido en una supurante llaga de Gryffindor. Sobretodo si el Gryffindor era el descarriado de su hermano mayor. De modo que si Regulus no tenía un cerebro privilegiado, poseía una gran intuición y aunque ese don lo usara algún tiempo después para el bien y le costó la muerte, en aquel momento con dieciséis años decidió utilizarlo como taladradora sentimental. Surtió efecto.

-Entonces os dejo tranquilos -Al contrario que Regulus, Sirius Black era inteligente. Mucho más que la media. Más que Remus, Lucie y Lily juntos. Pero el cerebro lo usaba el tiempo que su corazón estaba de vacaciones, exactamente: en periodo de exámenes y en sueños. Quizás algunos sueños tuvieran más de pasional que de cerebral, pero no hay por qué entrar en detalles escabrosos. Desde que Marianne desapareció corriendo detrás de sus arcadas, el corazón de Sirius no había dejado de funcionar y las tripas se le removían inquietas por no encontrarla en el colegio. Y las manos le sudaban pensando en lo qué le podría estar pasando. Y la boca se le secaba al imaginarla desmayada, tirada en el suelo. El fortuito encuentro de Marianne a solas con Regulus puede llevarnos a la conclusión equivocada. El corazón de Sirius no se paró con esa imagen, al revés. El corazón de Sirius Black comenzó a funcionar a toda velocidad sin ninguna posibilidad de que su cerebro opinara. Contestó a su hermano con indiferencia y partió rumbo a algún lugar solitario del castillo.

La respuesta de Sirius cayó en el estómago de Marianne como un trozo de carne cruda. Le volvieron las arcadas, lo que le obligó a apoyarse en una pared cercana. -¡No! Sirius, espera. No me siento muy...-Marianne falló en el intento de retenerlo -...bien.

-Voy a tener que ayudarte yo, entonces -Ufano, Regulus se acercó a para cargar a Marianne una vez estuvieron solos de nuevo. Ella lo rechazó, le gruñó y sacó sus uñas como gata enfadada. El profundo conocimiento de Regulus sobre cada uno de los gestos de Marianne, no lo engañaron y supo que realmente estaba enfadada; pero la subestimó.

Confiado decidió robarle un beso, lo consiguió. Pero Marianne, tenía carácter, no le gustaba nada que se propasasen con ella y, aún enferma como estaba, le propinó un rodillazo en la entrepierna, ahí mismo. Sin contemplaciones. Poco femenino, nada ético y menos educado.

-Vuelve a acercarte a mí... -Le susurró a un lloroso Regulus que hacía lo posible por no retorcerse de dolor en el suelo -...y te dejo impotente de por vida, Regulus -Tambaleante, enferma, se alejó del Slytherin hacia la puerta de salida. En vista de que nadie vendría a salvarla, tendría que se ella misma la que llegara a su habitación en la Torre Gryffindor.

OoOoOoOoOoO

Había entrado en la alacena del profesor Slughorn para aprovisionarse de ingredientes con los que hacer su trabajo de Pociones. Tenía el consentimiento del profesor, la lista de ingredientes y algunas ideas para mejorar su trabajo a fin de sacar la mejor nota. Cansada, pero contenta acostumbró sus ojos a la oscuridad de la pequeña habitación. Contenta con su vida, con sus estudios, con sus amigos y con el bueno de James. Nunca lo reconocería abiertamente, pero desde que James Potter la había obligado a conocerlo, ella sentía que le debía un favor. Tenía tantos defectos como virtudes, virtudes que ella sabría potenciar y defectos que le haría perder. Porque Lily Evans era perfeccionista, sabía cómo debían ir las cosas. Si no iban por el camino que ella dictaminaba como perfecto, las moldeaba. Y James Potter era un trozo de plastilina verde recién comprado.

Lily había sacado la lista de ingredientes escrita en un papel perfectamente plegado de un bolsillo, sin despegar los ojos de la lista desdoblada alargó el brazo hasta alcanzar el bote de escamas de sirena antártica. Palpó el bote suavemente buscando la mejor manera de cogerlo sin que se le resbalara de la mano. Cuando lo tuvo bien agarrado, tiró de él, lo alzó de la estantería donde había permanecido hasta ese momento y, al tiempo, algo viscoso cayó sobre su cabeza manchándole todo el pelo, el uniforme. Su impecable lista se volvió de un rosa chillón al tiempo que ella enrojecía de furia. ¡La tercera vez en dos días¡Tres bromas seguidas!

Podría haber cedido a la ira, pero Lily respiró tres veces mientras el líquido rosa viscoso caía por todo su cuerpo desde la cabeza tiñéndole la piel a su paso. Calmó su monumental cabreo, mientras sacaba su varita de algún lugar de su uniforme. Un par de años como prefecta le habían servido para conocer una cantidad desorbitada de contrahechizos, así que, musitó unas palabras se apuntó con la varita y, en menos de lo que un rumor en Hogwarts llega a oídos de McGonagall, Lily recuperó su estado normal.

-¿Cuánto tardas en coger los ingredientes, no Evans? -La chirriante voz de Betsy Beep acompañó a la aparición de su cabeza por el marco de la puerta. Su sonriente cara se transformó, por unos segundos, en la viva expresión de la contradicción. Lily no necesitó más datos para entender la situación.

OoOoOoOoOoO

Tum-tum, tum-tum, tum-tum. El corazón de Sirius latía descontrolado. Tan enfadado como estaba, los latidos le retumbaban en los oídos como una taladradora. Se alejaba de los baños por el pasillo con largas zancadas que aumentaban el enfado del órgano y un corazón enfadado es un peligro para el dueño.

Esta autora cree recordar, de su primer y único año de medicina para medimagos, como en una de las clases le explicaban los efectos que produce la ira en el corazón. "Los sentimientos se asemejan al queso fundido", explicaba el docente subido en la tarima, "en textura y color. Blanquecinos y pegajosos cuando deambulan por el mundo buscando a quién infectar. Los sentimientos se pegan a los órganos más extraños. Y así los nervios se pegan entre sí y a las tripas, descompensándolas, desajustando su función; pero no sólo a ellas. Los nervios se pegan también a las uñas y el individuo responde mordiéndolas hasta el dolor". Así hablaba el profesor parando para hacer una pausa "No sólo los nervios. El miedo se pega a las piernas y las hace temblar, las paraliza como si se convirtiera en cemento oscuro y gris que deja los pies pegados al suelo. Curiosamente, los sentimientos adoptan formas y colores ajustados a los órganos a los que se pegan. Así, la felicidad es multicolor y se mimetiza con la risa, obliga al individuo feliz a sonreír. El amor es rojo como la sangre que circula exaltada por las venas al contacto entre los amantes. Pero no es la sangre por sí misma la alterada, es el amor disfrazado de torrente de glóbulos rojos." A esas alturas de la explicación, el profesor tenía a su público joven, estudiante e idealista entregado a sus palabras, y él continuaba: "Se han dado casos extraños en los que sentimientos tan sutiles y sibilinos como la envidia poseían a su hospedador hasta hacerlo enfermar. En esta diapositiva podemos observar cómo la paciente muestra síntomas claros de estar verde de envidia." Y la imagen aterradora mostraba cómo una mujer, con los ojos pudorosamente tapados, exhibía un desagradable color verde, la cara arrugada, constreñida, los labios finos en un gesto claro de envidia. El profesor no se inmutó, al contrario que nosotros, los alumnos, que observamos la diapositiva entre horrorizados y fascinados. "El caso más espectacular y en el cual muchos investigadores se centran, tiene que ver con el corazón. Sobre él recaen la mayoría de los sentimientos. Y es el órgano que más sufre. Sin embargo, de todos ellos, la ira se lleva la palma. Un corazón con un sentimiento de ira pegado a él se vuelve rojo, vivo, intenso. Late con fuerza, incrementa su actividad a medida que la ira crece. Porque la ira es un sentimiento que se caracteriza por crecer, como una masa de pan en el horno, cuando nadie se apresura a calmarla. Esta sensación tiene dos fases: en la primera, los latidos del corazón aumentan a medida que el tiempo pasa hasta un punto en el que el órgano no lo soporta y se produce un parón. Leve, levísimo parón, que deja la puerta abierta a la amargura. Y ahí empieza la segunda fase. La amargura ennegrece el corazón y convierte a su dueño en un ser vacío, sin la posibilidad de evitar que otro tipo de sentimientos negativos se apoderen de él. De tener el corazón negro a acabar verde de envidia es cuestión de tiempo." Sobrecogidos. Así nos quedamos los alumnos en aquella ocasión. Todavía esta narradora, tuvo el valor de levantar la mano para preguntar. "¿Existe alguna vacuna contra los sentimientos?"

Ahora comprenderéis por qué a esta autora le preocupa el estado de Sirius. Es un chico sensato, pero a veces pierde la cabeza y en ese momento, camino a ninguna parte por el pasillo, la ira lo llenaba. Superior en volumen, la ira se escapaba de los límites del corazón y le taponaba los oídos, le embotaba el cerebro, le rellenaba lentamente los huesos desde el esternón hasta el último metacarpiano del pie. La tráquea rebosaba ira y lo asfixiaba, en su mirada el rojo lo dominaba todo.

La parte buena de la gente como Sirius es, cual sea su pasión, que son incapaces de retenerla dentro de sí. La alegría, el dolor, la pena, todas encuentran un camino de salida del cuerpo. Así como las viven intensamente, con mayor facilidad las liberan. Hacia el final del pasillo, Sirius se sintió incapaz de contener por más tiempo el sentimiento dentro, giró sobre sí mismo y regresó al baño donde había dejado a Marianne con Regulus dispuesto a rebosar delante de aquellos dos ingratos.

Cuánto rato había pasado desde su huida de los baños hasta su vuelta al lugar del crimen, no lo sabía. Pero no debió ser mucho, lo suficiente para que el panorama cambiara: Ahora Regulus se retorcía en el suelo dolorido, Marianne se apoyada en la pared cerca de la puerta más pálida que la Sábana Santa antes de ser usada por Jesucristo.

-¿Qué ha pasado aquí? -Sirius no disimuló su alegría y con la misma facilidad que la ira se pegó a su corazón, se despegó dejando un enorme hueco libre. Marianne lo miró fijamente con los ojos acuosos y un gesto de escepticismo. El mismo que tendría una princesa de cuento a la que van a rescatar después de haber se las arreglado solita con el dragón guardián. Unos segundos después sonrió sin rencor y dirigió su mirada al Slytherin tumbado en el suelo húmedo de los baños.

-Al final no ha habido reconciliación -Los glóbulos rojos de Sirius junto con sus plaquetas y demás cuerpos sanguíneos se arremolinaron cerca de las válvulas de su corazón, como niños emocionados en el nuevo tobogán, y recorrieron su cuerpo alegres al ritmo de los rápidos latidos del órgano. Un nuevo sentimiento del color y la misma textura del queso quedó adherido a la sangre del mayor de los Black cuando Marianne se apoyó en su hombro -¿Me llevarías a la Torre Gryffindor? Sigo sin encontrarme demasiado bien.

OoOoOoOoOoOoO

Lily observó disimuladamente a Betsy antes de meterse en uno de los pasillos de la biblioteca. "Tiene que ser ella, tiene que ser ella", se repetía en susurros mientras caminaba en busca del libro que les hacía falta para el trabajo. Buscaba las pistas, pruebas que demostraran a la culpable que le estaba gastando absurdas bromas; pero Betsy parecía completamente concentrada en uno de los múltiples libros que poblaban la mesa donde, sentadita como una señorita, trabajaban. Antes de internarse en el pasillo, Lily echó otro vistazo a Beep. No había movido una pestaña.

La prefecta de Gryffindor nunca había sido una tonta y atar cabos se le daba bastante bien. Primero, Frank Longbottom la avisaba de que vigilara sus espaldas (de manera bastante sutil para ser Frank). Segundo, llevaba dos días recibiendo bromas en los lugares más insospechados¿quién iba a saber que tendría que entrar en la alacena del profesor Slughorn? Tercero¿acaso no habían empezado las bromas después de saber que le tocaría hacer el trabajo con Betsy?

Lily encontró el libro en lo alto del estante más alto. Como siempre que se busca algo, éste está en el lugar más complejo de acceder. No se molestó en mirar a su alrededor, ni asegurarse de que era seguro mover el libro de sus sitio. Porque no lo era y en cuanto levantó el libro de la estantería la sustancia rosa pegajosa cayó sobre ella. Lily bufó agotada mentalmente¿es que esta tía no tenía más imaginación? Sabía que aquello pasaría nada más ver que el libro que buscaba no estaba en el sitio que buscaba. La señora Pince se encargaba de que nada quedara desordenado, bajo pena de un castigo ejemplar. Ya sin inmutarse, Lily se limpió la goteante sustancia rosa con un movimiento de varita.

-¿Qué hace una preciosidad como tú entre tanto libro viejo? -Los libros, ofendidos, gruñeron y sacaron sus lomos amenazantes un par de centímetros del borde de sus estanterías con aquel grosero comentario de James Potter. Lily se sobresaltó, se giró para observar analíticamente al chico. James la miraba con una bonita sonrisa ilusionada. En absoluto parecía haberse dado cuenta de la broma que le habían gastado.

-Busco información para el trabajo de Slughorn -Explicó mostrándole el libro que había cogido. Le devolvió la sonrisa, relajada. Por nada en el mundo quería que James se enterara de que estaba siendo objeto de acoso por parte de sus fans -Trabajo que también deberías estar haciendo tú -Le recordó frunciendo el ceño.

-En ello estoy, mi estricta prefecta. Y justamente venía a por el libro que tienes entre las manos -Contestó mostrándose falsamente ofendido. No aparentaba estar muy preocupado por el hecho de que Lily se le hubiera adelantado. Más bien, parecía contento por tener una excusa con la que charlar con ella.

-Me alegro, tenemos que sacar el curso bien -Le repuso Lily. James torció el morro un pelín contrariado y molesto. Desde la salida de la enfermería, desde el pico hormonal, la prefecta se había empeñado en refugiarse en los estudios para no darle mayor importante a su nueva relación. Y James le dejaba espacio, entendía que Lily se tenía que hacer a la idea; pero no pensaba ceder ni un poquito del terreno ganado. Así que, como nunca había pasado en siete años, James Potter pasaba las tardes en la biblioteca sentado al lado de Lily¡estudiando!

-Espero que este fin de semana te liberes un poco y me dejes llevarte de paseo por el lago -Los ojos de James detrás de las lentes se agrandaron y parpadeó al estilo Betty Boop. Lily sonrió y aceptó sin muchas reticencias.

-Pero por un sitio apartado -Le pidió y puso los ojos en blanco cuando James la dejó ir después de acusarla de "picarona". El Gryffindor la observó alejarse por el pasillo con la mirada perdida en el bamboleó de su melena pelirroja, preguntándose qué tipo de magia conseguía que sus rizos rojos se movieran siempre de manera tan hipnótica. Lily aún le echó una mirada tierna al salir a la sala de lectura con el libro apretado contra su pecho y después desapareció, con ella se evaporó la sonrisa atontada de James dejando paso a una mirada preocupada dirigida al lugar dónde había estado situado el libro trampa. James no era tonto y sabía que a su pelirroja le estaban haciendo la vida imposible. Su alma de caballero de brillante armadura salió a flote.

OoOoOoOoOoOoO

Marianne y Sirius caminaban uno al lado del otro por los pasillos del colegio tan callados, serios y ensimismados que los demás alumnos dejaban lo que estuvieran haciendo para mirarlos con extrañeza. Marianne se agarraba con fuerza al brazo de Sirius para mantener el equilibrio, luchando contra sus mareos y arcadas. Si bien ya no eran continuas, ni fuertes; aún sentía un malestar general tan poco usual en ella que no sabía qué pensar. Se encontraba tan mal que dudaba si comentarle algo a Lucie por no alarmar su alma de hipocondríaca.

Sirius pensaba a su lado. Pensaba mucho y profundamente. Tanto que su cabeza era una maraña de pensamientos hilados, deshilados y embrollados. Cuanto más pensaba, menos entendía. Incomprensible resultaba para él tanto amor reconcentrado recorrerlo desde la cabeza a los pies y viceversa. Y sólo porque había visto a Marianne demasiado cerca de Regulus, o era por el estado débil de la chica, o también podría ser que todo esto ya lo sintiera y únicamente necesitara un empujoncito. La cuestión innegable es que estaba completamente enamorado de Marianne Gilmore, sin matices, sin porqués, sin duda alguna.

Sin embargo, su reacción al ver a Marianne con su hermano a solas tenía una sencilla explicación: durante muchos días, siendo precisos, todas esas tardes en las que habían ido en busca de Miranda por el castillo, tardes en las que había esperado durante horas en los lugares favoritos de la gata por si ella aparecía; se había dado más de una escena de coqueteo. Unas manos que se rozan, conversaciones íntimas, alguna que otra caricia y cosas sin importancia tan transcendentes que aumentaban la sensación de pasear por un mundo de nubes de algodón de azúcar. En un par de ocasiones se repitió el beso casi olvidado del día de San Valentín sin que ninguno de los dos tuviera remordimientos después. Pero todo había sido tan inocente, tan casto y poco propio de Sirius que ni él, ni Marianne supieron cómo interpretarlo. Hasta ahora, por lo menos para Sirius.

-Vas muy callado -El hilillo de voz de Marianne le devolvió al pasillo del castillo de Hogwarts. Sin contar que estaba enferma, la chica parecía poseída por un repentino acceso de timidez. Sirius se encogió de hombros restándole importancia. Mudos llegaron a la Torre Gryffindor y una vez dentro, mientras se sentaba en el mullido sillón cerca de la chimenea, Marianne se aventuró a expresar la idea que llevaba un rato dando vueltas en su cabeza -Tal vez sea el momento de que hable contigo sobre Regulus -Sirius frunció el ceño y Marianne no supo interpretar si era por enfado o desagrado al oír el nombre de su hermano.

-No hace falta que me lo cuentes.

-¿No? -Eso era una sorpresa. Sirius serio, ensimismado. A la legua se veía que estaba preocupado por algo y rechazaba la expectativa de una confesión que había buscado por más de medio año. Marianne no supo si rendirse a sus pies o sentirse ofendida.

-No creo que quiera saber qué hiciste con él, o qué te hizo. O qué te llevó a odiarlo.

-Y eso por qué. Antes estabas interesado.

-Tal vez no quiera tener que partirle la cara para defender a una damisela -Sirius sonrió un poquito dejando ver que seguía habitando en él el hombre desvergonzado y crápula debajo de las capas de seriedad que ahora lo tapaban -Además, mi único interés por aquel entonces era demostrarte que no soy como Regulus -Marianne no respondió. Sirius miró su perfil y, como ya pasara meses atrás, encontró a la bella modelo de cuadros renacentistas. Encontró a Marianne Gilmore, su compañera, su amiga y la chica que iba a cuidar cuando salieran del colegio. Porque en ese momento, Sirius decidió que Marianne pasaría a ser la primera en la lista de su familia, por delante de James, Remus y Peter. Pensando en todo ello, descubrió su necesidad por saber qué era lo que realmente pensaba Marianne de él -¿Sigues pensando que soy como todos los Black? -Sirius se sentó a su lado en el sillón tapándola con una manta que alguien había dejado olvidada allí.

-Siempre que tenemos esta conversación estamos sentados y tapaditos con una manta -Comentó Marianne de pasada. Esbozó una leve sonrisa y buscó la mirada cómplice de Sirius, pero el chico la observaba con una seriedad inaudita en él. Su ceño fruncido y su mirada dura buscando sinceridad silenciaron a la chica. Extrañada por la actitud del Merodeador, Marianne intuyó que la pregunta encerraba un sentido más profundo -He descubierto muchas más partes buenas en ti en estos pocos meses de las que pude ver en Regulus durante el tiempo que estuve con él.

Busco sinceridad y la obtuvo. Complacido, convencido de que aquella extraña frase tenía debajo un bonito piropo, le pasó un brazo por encima del hombro a Marianne y ella se acomodó en su pecho. Y así, sentados en el sillón, mirando las llamas del fuego en silencio, ajenos a las miradas sorprendidas de sus compañeros de casa; se olvidaron de bajar a cenar.

OoOoOoOoOoOoO


Y continuará...

Espero que os haya gustado. Para mí está un poco flojito el final y a lo mejor, los más atentos habrán notado el cambio de tono entre la primera y la segunda parte del capítulo. No he podido evitarlo, a veces pasan cosas en la vida que te impiden ponerle sentido del humor a todo. Y lo que me ha pasado a mi no es tan grave como para rasgarse las vestiduras, pero si para que el humor se evapore hasta dejar un pequeño poso, el suficiente para sobrevivir al día. Como esto no os tiene que importar ni un pequeño comino, que es más un desahogo, pues os dejo tranquilos.

Los reviews que tan amablemente me habéis dejado serán respondidos mañana o pasado en un review a mi misma. Si vais a dejar alguno comentando este capítulo¿os puedo pedir el pequeño favor de que opinéis sobre la parte de la descripción de los sentimientos y esta última parte de la relación de Sirius y Marianne?

Muchas gracias y un abrazo,

Billie Noir