Para serles sincera... ya siento esas miradas que me deben estar dando. Yo también me odiaría.


Cap. 14 CUANDO EN BERK

Muchos podían decir que estos últimos días no habían sido de los mejores para Berk. Todo lo acontecido más las discusiones que se habían estado presentando desde que Hipo y los demás zarparon en busca de Estoico, estaban causando una gran tensión en todo el pueblo.

Más aun en Spitelout.

Como era de esperarse, el padre de Patán – siendo el segundo al mando – era el jefe interino de Berk. Siempre había esperado por ese momento: el momento de poder comandar a su pueblo, de demostrar que él era capaz de dirigir tan bien como lo hacían Estoico o Hipo. Puede que la mayoría pensara que era un acto de egoísmo y de rencor al saber que Spitelout le guardaba un pequeño rencor al Gran Estoico el Vasto, pero no era así. Al menos ya no lo era.

No era que él le tuviera un cariño o estima en especial, sino que le guardaba un gran respeto. Sí, respeto. Spitelout definitivamente sabía que ser jefe no era cosa fácil: tenías que preocuparte por el bienestar de toda tu gente, asegurarte de que no se cometieran injusticias y defender tu territorio en caso de actos bélicos. Sin embargo, ser jefe después de que tu pueblo haya sido destruido casi por completo, multiplicaba esa dificultad por cien.

No le entraba a la cabeza cómo Estoico había sido capaz de mantener todo bajo control durante el tiempo en que los dragones eran sus enemigos mortales. De ahí el respeto que se encargaba muy bien de no mostrar.

La reconstrucción Berk estaba tomando su tiempo, por decirlo de una buena manera. Los arreglos habían empezado ese mismo día que capturaron a su camarada y no parecía haber cambios por ningún lado. Los berkianos se esforzaban, pero no era suficiente. Tenía que tomar medidas. No era que los fueran a matar a todos si no reconstruían el pueblo rápido, sino que la gente necesitaba sus hogares, – todos aquellos cuyas casas habían sido destruidas, ocupaban el Gran Salón durante la noche para poder resguardarse –, necesitaban de los mercados y más.

"El mercader Johann está aquí." Suspiró aliviado. Realmente lo necesitaban para obtener los materiales necesarios para la reconstrucción.

Spitelout quitó la mirada perdida que le dirigía a la plaza y se encontró con Dalla. "Gracias." Dijo pasando por su costado.

"Espera." Dalla dijo en un tono serio. "Hay problemas. Los Thorberg están haciendo líos." La pareja de los Thorberg… una pareja muy conflictiva: si no era 'mi granja es muy pequeña para mis ovejas' era 'nuestro barco de pesca está muy viejo, necesitamos uno nuevo' Ni siquiera el – ya no – Silencioso Sven causaba tantos problemas. "Creo que deberías hablar con ellos y calmarlos." Dicho esto, Dalla caminó con dirección a lo cual parecía su casa.

El líder de los Jorgensen sentía como un agrio sabor le venía a la boca. Tratar a los Thorberg era cosa que solo Estoico manejaba. Tragó saliva y siguió su camino a los muelles.

"Nuestra nueva casa es muy pequeña." Exigía por quinta vez el Sr. Thorberg.

Luego de recibir al mercader Johann y comprarle unas cuantas herramientas traídas de las islas del Sur, Spitelout fue donde la pareja para tratar de resolver sus problemas. No se sorprendió cuando fue recibido con gritos, todos ellos relacionados con la casa nueva. Su queja era que había resultado muy pequeña y que la familia entera no alcanzaba allí. Spitelout casi estalla de la cólera: ellos habían sido quienes la diseñaron; además, fue una de las primeras casas mandadas a reconstruir y, aun así, tenían el atrevimiento de quejarse.

"Pues tendrán que acomodarse." Dijo Spitelout abriendo la puerta de la recién construida vivienda. No le veía el caso a seguir discutiendo sabiendo que no iba a satisfacer los caprichos de los Thorberg de ninguna u otra forma. Además, si seguía en esa casa de seguro se volvería loco. "Suélteme Kar." Espetó al notar que una mano del líder de la familia – un hombre fornido, pelirrojo y desesperante – se aferraba a su brazo izquierdo con gran fuerza. Spitelout estaba perdiendo la calma. Estaba consciente de que la perdía muy rápido, pero así es como era él.

"No hasta que digas que tendremos una casa más grande." Sus ojos cafés lo miraban fijamente tratando de intimidar.

"No pienso aguantar sus peticiones absurdas." Spitelout volteó a darle la cara. "Tan solo piensen en las familias que aún no tienen donde vivir. Tienen la suerte de ser una familia importante aquí y de tener este privilegio." La mano se aferraba con menos fuerza con cada palabra que daba. "Así que mejor se quedan callados y hayan una forma de acomodarse aquí, o dejan Berk." Ya no había mano alguna en su brazo. "Con permiso." Cerró la puerta con tanta fuerza que las paredes se estremecieron.

Dio un suspiro al dar un paso fuera de esa casa. Ahora que lo pensaba, los suspiros se estaban convirtiendo en una cosa diaria en él. "Debe ser la tensión." Se dijo a sí mismo mientras se masajeaba las sienes. De pronto, sintió como una pequeña sonrisa se formaba en su rostro. "Algo extremista, lo sé." Se rio un poco. "Sigo sin entender como los soportas, Estoico." Dijo mirando al cielo.

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Romper las promesas no es nada bueno, especialmente aquellas que te haces a ti mismo. No se había dado cuenta de cuándo o por qué se había hecho la promesa de cambiar y de no tomar más. Tal vez era por el amor que le guardaba a su difunto esposo y a su hija, tal vez había sido en ese preciso instante que le dio la cachetada, al menos eso le gustaba creer. "Maldita sea." Se dijo así misma. De verdad tenía todas las intenciones de dejar ese mal hábito, pero no era fácil. "Maldita sea."

"Vaya, vaya. Mira a quien tenemos aquí." Levantó la mirada que tenía fijada en la mesa de la pequeña cantina. "Cielos Dalla, pensé que habías dicho que ya nunca vendrías. Ahora mírate, toda hecho un desastre."

"No comiences Jannike." Dalla rodó los ojos y le dio la espalda a su vieja amiga. Aunque no negaba que no estaba vestida de la mejor manera – estaba usando su vieja armadura, la cual estaba muy gastada y algo rota – ni que su cara expresaba disconformidad.

Minutos de silencio pasaron hasta que una de las dos hablara. "Es por Astrid, ¿Verdad?" Jannike se acomodó un mechón de su cabello detrás de la oreja. "¿Verdad?" volvió a preguntar.

"Algunas veces puedes ser muy perspicaz."

"Siempre lo soy." Jannike sonrió. "Se nota que la quieres, siempre lo has hecho, solo que…" dudó en seguir hablando. "… te desviaste. Mejor dicho, te desvié."

Sí que era verdad lo que decía. Dalla nunca hubiera tomado el camino del alcohol solo por la muerte de su esposo, no es que fuera algo de lo que no valiera la pena lamentarse, pero, los Dioses y su esposo la perdonen, no era para tanto. Pudo haber salido adelante junto con Astrid y así haber dejado el pasado atrás y seguir de pie; sin embargo, las malas amistades no son un buen lugar al cual acudir. "Supongo que es por eso que tu hija me odia."

"Hn."

Jannike soltó una pequeña risa y se dirigió hacia dónde estaba su amiga. "¿Te doy un consejo?" Dalla la miró fijamente a los ojos. "Sé que te preocupas por ella, por la misión en la que está; pero, tomar solo empeorará las cosas. Estás tirando a la basura todo lo que has progresado." Sacó la mano que le había puesto en el hombro para luego sonreírle. "Bueno, está anocheciendo, creo que es hora de que me vaya a hacer guardia. Ya sabes, con todo lo que está sucediendo." Se encogió de hombros mientras decía su última oración y luego dejó la cantina sin despedirse, dejando a Dalla sentada, con su quinto vaso de hidromiel en mano y sola.

Sola.

Ese fue el preciso momento en el que sintió lo que la verdadera soledad era. Sin su marido, sin su hija, sin su "amiga"; no tenía a nadie. El dolor que sentía no era nada comparado al que había experimentado los primeros años después de la muerte del padre de Astrid, este era tres veces más doloroso, por decir menos. Dalla apretó con toda su fuerza su vaso de hidromiel al igual que sus ojos, hasta que una lágrima salió, no de pena, no de tristeza, sino de frustración. Frustración de no haber podido hacer nada por su esposo y de ahora no poder hacer nada por su hija.

Solo podía esperar.

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"¡Tenías que gritar!" se quejaba Astrid sentada encima de su dragón. "¡De todas las cosas del mundo, tuviste que gritar!"

"¿Lo siento?" Brutilda parecía estar más preguntando que respondiendo. Claramente no lo decía con total honestidad, se notaba que estaba disfrutando la situación actual.

"Un 'lo siento' no arregla nada." Astrid bufó y centró su vista hacia el frente. "Gracias a ti, los guardias notaron nuestras presencias. Ahora tenemos que asegurarnos de que– " Fue interrumpida por una lanza y varias flechas que iban en su dirección. " –no nos atrapen." Dijo después de esquivarlas.

El guardia que los había encontrado no dudó en llamar, mejor dicho, gritar por algunos refuerzos para que lo ayudaran a atraparlos y llevarlos a las celdas para no correr un no muy buen destino. Sin embargo, los refuerzos se tomaron unos cuantos minutos para llegar hasta donde se encontraban. Esa fue la oportunidad perfecta para escapar y Astrid no la desperdició. Les dijo su plan a sus amigos y, mientras que el guardia no les prestaba atención, montaron a sus dragones para luego salir volando.

Aun así tuvieron algunos inconvenientes: Se suponía que Laven y Spikes irían tras ellos apenas emprendieran vuelo; pero el resto de guardias ya habían llegado para ese momento y los volvieron a encadenar.

"No es muy fácil cuando tienes una horda de personas salvajes lanzándote lanzas y flechas ardientes detrás de ti." Dijo Patán, algo alto para que lo pudieran escuchar.

Astrid rodó los ojos y decidió no hacerle caso, tenían que encontrar un lugar en donde ocultarse de los guardias. Cada metro que avanzaban, se sumergía más y más en sus pensamientos, trataba de encontrar una cueva o algo que les sirviera. Estaba tan concentrada en su objetivo que Brutilda tuvo que darle un ligero golpe en su cabeza para que oyera lo que su hermano tenía que decir. "Ojalá sea bueno." Pensó.

"¡Miren a quiénes encontré!" exclamó Brutacio, apuntando hacia el noroeste.

Una gran sonrisa se esparció por el rostro de Astrid y sintió como su cuerpo se llenaba de alivio.


Casi medio año sin actualizar... wow! Jeje. De verdad lo lamento. Sé que las disculpas puede que no sean suficientes, pero es que la escuela, la academia, la pre... todo se me junto en estos meses.

En fin, espero que les haya gustado el capítulo. Decidí contar un poco de lo que estaba pasando en Berk para dar un toque (?) narrar desde el punto de vista de Spitelout y Dalla me gustó, una de mis partes favoritas del fic, especialmente la parte de Dalla.

También quiero avisarles que no sé cuando seré capaz de subir el siguiente capítulo, pero haré todo lo posible para que no pase de medio año. Además, les digo que al fic no le faltan más de 5 capítulos... sip, está por terminar.

Dejen sus reviews y diganme que piensan, también me ayuda para saber si les gust y así seguir subiendo :3

MUCHAS GRACIAS A TODOS USTEDES, EN SERIO.