¡Hola!
Siento la espera (exámenes de enero, ese invento maligno)... ¡pero ya estoy aquí! ¡Capítulo final!
Sí, es el último capítulo de esta absoluta locura, que originalmente solo 5 capítulos muy cortos y ha acabado... como habéis leído. Un fic casi dramático y lleno de momentos bizarrísticos, he dicho. Pero siempre ZoRo.
Por ser este el último capítulo, un par de cosas. Por ahí he dejado un comentario de Editora-sama (en negrita y cursiva) para que sepáis lo que piensa de mí. Tengo que decir que me ha encantado escribir esta historia y espero haberles sacado alguna sonrisa y algún "¡mierda! ¿Qué va a pasar ahora?" al final de algún capítulo. Por último, si quieren un epílogo de regalo, solo tienen que decirlo...
Y, por supuesto: Otaku-SIG, no sé si se nota, pero yo también adoro a Zoro, ¡espero que el final te guste! ¡Gracias por tus review en cada capitulo!... MaPa-kun, un poco de calma. A ver, el final no es el que te esperabas (nada de arrancarle la cabeza a Circe, me temo) pero creo que te va a gustar (eso espero) ¡y gracias por el review! (este y todos)... Gren-sama, bienvenid , justo a tiempo para el gran final, me alegro mucho de que te guste ¡espero que este capítulo también!
A todos los que han comentado, favoritisado y seguido, gracias. y ahora, a leer, sin olvidar que One Piece es de Oda-ya y mías las locas presentes.
Capítulo 13: De finales, comienzos y cerdos
Zoro sonreía, aunque no sabía exactamente por qué. Demasiadas opciones.
Quizás era porque volvía a tener pulgares. Y sus katana. O porque la noche anterior había bebido sake por primera vez en una semana. O quizás porque Sanji iba arrastrándose tras ellos como un alma en pena.
O porque, quizás y solo lo menciono, la noche anterior había bebido sake encima de Robin por primera vez (sí, esa frase es válida de todas las maneras posibles).
Ahora que lo pienso, seguramente sonreía por eso último.
Así que, caminando tras el capitán y la navegante, que parecían muy concentrados hablando de sus cosas, junto a una relajada Robin, el kenshi sonreía. Cada vez que daba un paso la mano de la morena (y cabe mencionar que era una de las que nacieron pegadas a su cuerpo, información que nunca está de más) rozaba sutilmente la del espadachín. Si de vez en cuando esa mano se escapaba un poco de su trayectoria y, por ejemplo, acariciaba el antebrazo, o se escapaba mucho y Zoro recibía una alegre (y cariñosa, que nadie dude de eso) palmadita en el trasero, el peliverde no iba a quejarse.
Sobre todo porque tenía permiso para devolver ambas cosas.
-Siempre he sabido que el SÚPER fuego de la perversión vivía en ellos.- Franky soltó un silbidito admirado al ver el movimiento del brazo de Zoro, que descendió por la espalda de la arqueóloga y le acabó rodeando tranquilamente la cintura,- lo de anoche fue…
-Casi me muero de la envidia,- le susurró Brook, en plan confidencia,- aunque yo ya esté muerto y todo eso…
-El que se nos va a morir es Sanji…- Usopp se acercó a sus dos nakama, que asintieron seriamente a sus palabras, mirando de reojo al cocinero de los mugiwara,-… después de lo que nos costó reanimarlo anoche…
Los miembros del hentai-club de los mugiwara asintieron, mirando al cocinero, que caminaba justo por detrás de la feliz pareja, resoplando y lloriqueando, seguido de un muy asustado Chopper, que había decidido que lo mejor, dadas las circunstancias, era cargar con todo su equipo médico, un gotero y una máquina de RCP portátil. Solo por si acaso. No es como si a Sanji fuera a darle OTRO ataque, ¿verdad?
Nop, seguro que no.
-Oi, Nami,- al frente del grupo, ignorando al hentai-club (que estaban muy ocupados apostando cuanto tardaría Sanji en convertirse en una bolita lloriqueante), a Sanji (que estaba a punto de convertirse en dicha bolita), a Chopper (que se planteaba si poner ya en marcha el aparato de RCP debido a la trayectoria que estaba tomando la mano de Zoro), y a Zoro y Robin (ocupados en dirigirse el uno al otro sonrisas que podrían prender fuego a la isla), Luffy y Nami mantenían una de esas conversaciones que harían que, más tarde, la akage se planteara hasta que punto Luffy era tonto o solo se lo hacía.
-No quiero hablar de eso, Luffy.- la navegante, completamente sonrojada, quería evitar a toda costa esa conversación en concreto. Llevaba desde la noche anterior evitándola y lo haría durante el resto de su vida, muchas gracias.
-Pero Nami…- lloriqueó el capitán, poniendo su mejor cara de cordero degollado,- solo quiero hacerte una pregunta. Una pregunta chiquitita…
Nami no sabía ni a que pregunta se refería. No quería saberlo. Básicamente, porque sospechaba que la pregunta era algo en plan "¿Por qué Zoro y Robin se estaban llamando a gritos anoche, si estaban los dos en el mismo sitio?". No, Nami no estaba preparada para explicarle a Luffy ESO, por muy novio suyo que fuera. Ni ahora ni nunca.
Aunque muriera sin sexo.
-No voy a contestarte a nada. Nunca. Jamás. Olvida la pregunta.
-Pero si todavía no sabes la pregunta, Nami-. Luffy puso morritos, consiguiendo que la defensa de la navegante empezara a resquebrajarse.- Porfa…
Nami miró nerviosamente alrededor, comprobando que no había nadie en un par de metros a la redonda. Luffy seguía poniendo morritos. Era como tener delante a un cachorrito suplicante y ansioso. Un cachorrito que quería hacer una pregunta sobre sexo.
Creo que empiezo a creer en el karma. Esto me pasa por torturar a Zoro con el dinero.
La navegante respiró hondo, sabiendo cual era la única opción que le quedaba si no quería que Luffy pasara el resto de su vida tocándole las narices al respecto.
-Oh, está bien-, Nami dirigió una nerviosa mirada a sus nakama, comprobando que estaban lo bastante lejos para no oírlos-. Pregúntame lo que sea,- le susurró al moreno, ganándose una sonrisa luminosa que la hizo sonreír a su vez de forma inconsciente. Ese idiota, siempre conseguía…
-¿Harías el amor conmigo?
.
.
Zoro desvió la mirada de Robin a tiempo de ver a su capitán salir volando por un directo de Nami, que gritaba maldiciones, más roja de lo que el kenshi la había visto nunca. Por el rabillo del ojo, el espadachín vio una pequeña figura que saltaba al camino, a espaldas de la navegante.
-¡MALDITO BAKA-HENTAI!
-Menudo carácter se gasta esta niña,- la bruja rió, dando un saltito entusiasta para colocarse junto a Nami,- y que trayectoria de golpe… realmente impresionante.
Nami saltó hacia atrás, tropezando con sus propios pies. Eso sí, antes de que su trasero tocara el suelo Sanji la atrapó de un salto, dándose de morros contra el camino en el proceso. Quizás ya no fuera su chica, ¡pero un caballero no tenía eso en cuenta a la hora de cuidar a una dama!
-¡¿Cómo aparece siempre de repente?!
-Soy una persona de naturaleza discreta,- aclaró solemnemente la bruja, mirando fijamente a Nami, que la señalaba con un dedo tembloroso-. Y, mi querida niña, si yo fuera tú contestaría a la pregunta de Mono-kun ipso facto.
-A-ajá…- Nami se quedó abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua. La bruja sonrió con amabilidad antes de volverse hacia el kenshi y la arqueóloga, que miraba a su amiga con una ceja alzada y una sonrisilla divertida. Una suerte que ella también fuera bastante discreta y nadie hubiera notado la oreja fleur desapareciendo de la espalda de Luffy.
-Me alegro de veros, a vosotros dos,- la bruja intercambió una mirada divertida con la morena,- tengo que preguntarlo, ¿alguien durmió en el barco anoche?-, la cara mortificada de Sanji pareció ser respuesta suficiente. La bruja soltó una risita,- eso pensé. Oh, el amor.
-¿Quería algo?
-Oh sí, querida. Quería advertiros, niños.
Los mugiwara se reunieron en torno a la pequeña bruja, expectantes. La anciana sonrió al ver a Luffy acercarse, recolocándose el sombrero después de su improvisado viaje aéreo. Era una pena que no tuviera un poco más de tiempo para meter su elegante nariz entre ellos dos, pero parecía que les iría bien por su cuenta (al menos, Luffy parecía bastante lanzado). La sonrisa de la mujer se hizo aún más amplia al mirar al espadachín y la arqueóloga. La mirada divertida de la morena le indicaba que tigre-kun se lo habría contado todo ya. Oh, las conversaciones de cama… (También conocidas como conversaciones pos-polvo).
-Veréis, cuando lleguéis al pueblo, os encontraréis con… vamos a ver… ¿Cómo os explico esto?
La bruja se llevó la mano a la barbilla, tamborileando con los dedos, y poniendo una expresión de concentración intensa. Los mugiwara se miraron entre ellos, preocupados.
-Abuela, ¿pasa algo grave?-, Sanji se agachó, quedando frente a frente con la pequeña mujer-, ¿esa bruja ha vuelto a hacer algo raro en la isla?
-¿Raro? Umm, no. No es eso-, la anciana sonrió, ligeramente divertida-. Decidme, niños, ¿sabéis lo que significa la expresión "correr como una gallina sin cabeza"?
.
.
-¿Qué me he perdido?
-Acaba de chocarse contra una pared, dar un chillido y volver corriendo por donde llegó.
El verdulero asintió, con la cara de quien empieza a comprender los secretos del universo, y le pasó el bol de palomitas que había ido a buscar a su vecino, que sonreía como un niño de cinco años con una piruleta gigante. Todos los habitantes de la pequeña isla estaban alegremente sentados en los tejados de las casas, con cuencos de palomitas, chocolatinas y refrescos. Uno tenía una botella de champán que agitaba con entusiasmo.
Y es que los habitantes de la isla estaban en primera fila para un espectáculo. Concretamente, ver a Circe correteando por las calles como (sí, eso mismo) una gallina sin cabeza.
El verdulero sonrió de forma retorcida mientras se llenaba la boca con palomitas dulces. Circe corría en círculos por la plaza del pueblo, con el pelo lleno de ramitas y hojas, el vestido rasgado y chillando como una desequilibrada. Habían sido décadas de ver su verdura pudrirse apenas veinte minutos después de colocarla en el puesto, y todo porque a esa arpía no le gustaban los pimientos. ¿Por qué la había cogido con sus pimientos, para empezar? Por lo mismo, suponía, que había hecho que tres cuartas partes de los habitantes de la isla fueran del tamaño de un gnomo de jardín. O que todas las mujeres de la isla empezaran a arrugarse como pasas en cuanto cumplían los veinte.
Pero no era el asunto.
No, el asunto es que la venganza es dulce, muy, muy, dulce.
-¡Ya llegan!
El grito entusiasta sacó al verdulero de su ensimismamiento. Los piratas, acompañados por la pequeña bruja, se acercaban a la entrada del pueblo. A la cabeza del grupo, ex tigre y arqueóloga caminaban decididos. El verdulero no pudo evitar una sonrisa retorcida. Cuando habían aparecido por su tienda había tenido que morderse la lengua para no contárselo todo. Habían sido décadas de soportar a esa arpía manipuladora. De aguantarla quejarse por todo (desde el tiempo hasta los pimientos verdes, que, total, la muy perra hacía pudrirse nada más colocarlos en el estante), de verla pavonearse por el pueblo, de su puñetera pipa de tabaco que no dejaba ni debajo del agua.
Pero eso iba a acabarse.
Circe se paró en seco en medio de la calle principal, sorprendida por los gritos de ánimo que llegaban de los tejados. Se dio media vuelta, temblando, y clavó sus grandes ojos (que no habrían estado fuera de lugar en un búho trasnochado después de una noche de fiesta) en el grupo que se acercaba a ella con decisión.
La cara de Nico Robin era digna de un demonio.
Nami la miró de reojo, pensando que era definitivo: las parejas acaban por parecerse.
Con la mirada fija en la asustada vidente, Robin susurró entre dientes.
-Recuerda de lo que hemos hablado, Zoro.
El kenshi sonrió, divertido, desenvainando a Wadou con un movimiento fluido, pensado para hacer que la vejiga de Circe se pusiera en movimiento.
-No te preocupes, Robin. Tú solo dame un segundo…
La sonrisa se ensanchó, volviéndose absolutamente salvaje al ver a Circe tambalearse aún a varios metros de distancia, mientras el espadachín rememoraba la conversación que él y Robin habían mantenido la noche anterior.
Acurrucados en el sofá del puesto de vigía kenshi y arqueóloga hablaban en voz baja. El cuerpo de Robin se acomodaba sobre el de Zoro, su cabeza descansaba bajo la barbilla del espadachín, el latido de su corazón estaba justo bajo su oído, sus brazos le rodeaban la cintura, mientras su mano trazaba formas suavemente en su espalda.
-Entonces,- la morena contuvo un bostezo, intentando ordenar la información que el kenshi le había dado,- la bruja, la pequeña, te transformó en tigre para protegerte de la otra bruja, la grande.
Zoro bufó.
-¿Bruja grande?
Robin le chistó, dándole un pellizco en el estómago antes de seguir.
-Sí, bruja grande,- la morena se acomodó mejor sobre el cuerpo del kenshi,- así que, como decía, la bruja pequeña te transformó en tigre para evitar que la bruja grande, que es la que suele atacar a los piratas, te transformara en…
-Ni lo digas.
-Cerdo-, Zoro hizo una mueca y Robin rió-. ¿Te lo imaginas, kenshi-san?
-¿El qué? ¿Un cerdito verde con katanas?
-Al menos eso explica por qué la especialidad de la isla es el cerdo asado.- Robin frunció el seño, recordando cual había sido la actividad de su capitán el día del desembarco, - cosa que no creo que debamos decirle a Luffy.
-¿Le afectaría mucho saber que seguramente se ha comido al nakama de alguien?
Robin se encogió de hombros.
-Puede que nosotros también nos hayamos comido al nakama de alguien. A un pobre pirata que al final no cumplió sus sueños, pues acabó trágicamente convertido en un cuadrúpedo de aspecto porcino…- la arqueóloga sonrió alegremente, mientras el kenshi intentaba recordar si había comido jamón mientras era un tigre-. Pero bueno, tigre-kun, aquí el asunto es que, para que Circe no te convirtiera en cerdo, lo cual habría hecho que acabaras perdiendo la cabeza y convirtiéndote en un encantador gorrino con cicatrices… (Eres cruel T·T los nakama no se comen XD)
-Incluido todo eso de revolcarse en barro y comer basura.
-…la bruja te convirtió en un tigre, animal que espiritualmente ya eres, para que conservaras tu personalidad y deseos humanos en el cuerpo del animal.
-Y así tener la opción de librarme de la maldición, porque la única forma de hacerlo…
-Es conservar tu humanidad como animal, y demostrarlo,- Robin ladeó la cabeza, apoyando la barbilla sobre el pecho del espadachín para poder mirarlo directamente-. Te transformó en el animal que ya eres… ella sabe que animales somos. Por eso nos llama a todos por nombre de animal.
-Eso es.
-Pero, de todas formas…- los ojos azules de Robin resplandecieron. Zoro casi podía oír a su hiperactivo cerebro trabajar,- ¿por qué transformar a los piratas? ¿Por qué…?
-Circe no transformaba a todos los piratas,- le susurró el kenshi, deslizando los dedos entre su pelo negro,- solo a aquellos que podían producir un cambio con sus acciones. Solo a los que suponían un peligro para sus intereses, o los que creían que interferirían con cosas que ella consideraba "importantes".
-Ajá,- la arqueóloga volvió a acomodarse sobre su cuerpo, pensativa-. Y cuando vio que eso, al menos contigo, no funcionaría, recurrió a la maldición de la culpa…que empieza por aislar a la persona y destruir su confianza, antes incluso de esa maldita pesadilla.
Zoro asintió, adormilado. Apretó suavemente los brazos en torno a ella, inclinándose para besar su pelo. Estiró el brazo derecho para tirar de su abrigo, que había quedado hecho un guiñapo junto a ellos en el sofá y los cubrió a ambos con él.
De repente, sintió como el cuerpo de Robin se ponía rígido entre sus brazos. Intentó no empezar a temblar, temiendo que ella estuviera teniendo uno de sus momentos de "voy a salir huyendo porque es mejor para nosotros no estar juntos". Pero no era eso precisamente.
-Esa arpía…
-¿Robin?
La morena se levantó de un salto, haciendo que el abrigo cayera al suelo. Zoro miró con la boca abierta como empezaba a pasearse por el puesto de vigía, más furiosa de lo que la había visto nunca.
-¡Esa maldita bruja manipuladora casi consigue que te maten! ¡Y se atreve a intentar hacerme sentir culpable! ¡La muy zorra casi nos mata a los dos, intenta joderme la vida…!- se volvió rápidamente hacia Zoro, sin rebajar un ápice de su furia.- tienes que prometerme algo.
Zoro se limitó a asentir. Tenía la boca seca y estaba esforzándose mucho para no lanzarse encima de ella. Porque Robin de por sí era sexy, y Robin desnuda era muy sexy, pero Robin desnuda y furiosa era lo más jodidamente sexy que había visto en su vida.
-Ella es cosa mía, Zoro. Asústala si quieres, pero es mía, ¿entendido?
Zoro asintió de nuevo, sin tener muy claro a que acababa de dar su consentimiento. Estaba como Luffy delante del mostrador de una carnicería. Feliz, babeante, con los ojos brillantes y abiertos como platos. Robin seguía paseándose, gloriosamente desnuda.
-Robin.
-Voy a…
Zoro no la dejó terminar. Si, sin lugar a dudas, no había nada más sexy que Robin furiosa. Y, por eso mismo, Zoro no iba a resistirse a devorarla cuando estaba de esa forma.
Y, en cuanto a Circe… pobrecilla. La verdad, pobre Circe.
Y ahora, mirando a la bruja encogerse y lloriquear, el kenshi podía sentir la satisfacción burbujeando en su estómago. Le había prometido a Robin que Circe era cosa suya y pensaba cumplir la promesa, pero tenía permiso para divertirse antes de que la morena decidiera intervenir.
Circe retrocedió un par de pasos antes de darse media vuelta y empezar a correr calle arriba, chillando como una condenada. Zoro soltó una ronca carcajada antes de echar a correr tras ella. Desde los tejados de las casas los vecinos gritaban como descosidos.
-¡A por ella!
-¡No le dejes un pelo sobre la cabeza!
-¡DESTRÓZALAAAAAAA!
Al kenshi le pareció ver hasta pancartas (algo como: "¡Yo también quiero un tigre verde de peluche!" o "¡Nosotros también queremos a Robin vestida de gatita!") en manos de un grupo de chicas que estaban un poco… histéricas. Le pareció ver que una de ellas llevaba un peluche de Chopper y una camiseta con el cabezón de Luffy.
Prefería no saber nada.
-¡Por favor! ¡Por favor! ¡No me mateeeeeeeeeee…!
Zoro se lanzó de cabeza contra Circe, con Wadou firmemente sujeta en la mano, sin dejar de sonreír. La bruja chilló, esperando el corte, pero nunca llegó. El espadachín pasó a su lado, con la espada desenvainada, frenó su carrera y envainó con una sonrisita. Cruzó los brazos y miró a Robin, que permanecía de pie junto a la bruja, esperando. Circe pestañeó aturdida, comprobando que aún conservaba todas sus extremidades pegadas al cuerpo.
-No te voy a matar,- le aclaró el espadachín, de pronto extremadamente serio,- solo quería igualarte el corte.
Circe ladeó la cabeza, confundida. Hasta que vio como una pequeña lluvia negra empezaba a caer a sus pies. Se llevó las manos a la cabeza, notándola curiosamente áspera… como sí…
-¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!
Como si acabaran de hacerle un magnifico corte estilo militar en maravillosos y rectos ángulos. Robin esbozó una amplia sonrisa agradecida en dirección al kenshi, mientras los mugiwara miraban confusos al espadachín. ¿Desde cuándo Zoro dejaba a alguien entero?
La gente de la isla seguía vitoreando. La vidente sollozaba, pasándose las manos por su ahora angulosa cabeza. Se sorbió los mocos, tratando de calmarse. Si eso era lo más terrible que iban a hacerle se había librado con poco. El pelo volvía a crecer. Y en cuanto se sintiera un poco más tranquila iba a convertir a todos esos malditos ruidosos de la isla en cerdos. Sería una lección que jamás olvidarían. Ella era poderosa y ellos debían mostrarle respeto. Y esa vieja bruja… ¿cómo se había atrevido a enfrentarse a ella? Todo era culpa suya. Los habitantes de la isla le estaban perdiendo más el respeto a cada segundo que pasaba. Su poder era cada vez menor. Y a cada instante se sentía más furiosa, y a la vez extrañamente cansada y falta de energía. Todo culpa de esa maldita vieja bruja, seguro.
Miró con odio a la anciana, que sonreía de forma burlona, hablando con ese esqueleto con afro de la banda pirata.
-Es un peinado interesante, pero con su mandíbula…
-No hay comparación con el afro. Carece de todo estilo.
-En ella no es nada súper, si te digo la verdad,- el tipo gigante con la camisa hortera se presionó la nariz, haciendo que su pelo creciera absolutamente cuadrado, en un corte idéntico al de Circe-. En mi, sin embargo… ¡SÚPER COOL!
Circe miró espantada como el tipo de nariz larga, el esqueleto afro, el mapache, el hortera, Mugiwara y la bruja ponían una extraña pose. La furia bullía dentro de ella. Sobre las casa, la gente de la isla vitoreó y se unió al bailecito de la bruja y los piratas. La navegante sacudió la cabeza, con una pequeña sonrisa divertida. El rubio de cejas raras se limitó a lloriquear un poco.
Circe apretó las mandíbulas. ¡Esos inútiles se estaban riendo de ella!
-¡Maldito piratas!- Circe caminó hacia Robin, escupiendo mientras hablaba y chillando con tanta fuerza que se la escuchaba por encima de los gritos que llegaban desde los tejados,-¡Voy a acabar con todos vosotros! ¿¡Me oís?! ¡Os voy a convertir a todos en sucios cerdos y os voy a…!
Una mano salió del hombro de Circe y le tapó la boca, impidiendo que siguiera gritando como una histérica. La bruja palideció al sentir como algo surgía de su cuerpo. Ladeó la cabeza a tiempo de ver como dos Nico Robin más terminaban de formarse a su espalda. Las dos estaban serias y la miraban con frialdad, a juego con la Robin original, que permanecía con los brazos cruzados a apenas un metro de distancia. Cada Robin fleur le sujetó un brazo y tiró hacia atrás, dejándola inmovilizada.
-Tú y yo tenemos un asunto pendiente,- comenzó la morena,- y quiero solucionarlo cuanto antes.
Circe comenzó a temblar al sentir como docenas de brazos surgían por todo su cuerpo. Aún inmovilizada por las Robin fleur sintió como los brazos iban posicionándose a los largo de sus extremidades y su cuello. La vidente intentó zafarse pero solo consiguió que se agarraran más fuerte. Las dobles la mantuvieron sujeta en el sitio, sonriendo con sadismo.
-En un principio,- continuó Robin,- me planteaba algo muy exagerado. Dejar que Zoro te hiciera rodajas, que Luffy te mandara a volar, o… no sé… arrancarte la piel a tiras y alimentar a los perros con ella. Pero nada de eso basta.
Circe palideció e intentó soltarse con más fuerza, sin que las manos aflojaran ni un ápice. Robin tenía los ojos fríos, furiosos. Y Zoro sonreía como un niño pequeño con su juguete favorito, pensando que, definitivamente, no había nada más sexy que su Robin furiosa.
(Nota mental de Zoro: decir eso delante de Sanji. Iba a ser espectacular).
-La mayoría de esas cosas supondrían tu muerte. Y yo no quiero que mueras-. Circe se quedó congelada en el sitio, mirando a la arqueóloga esperanzada. Quizás la mujer fuera compasiva con ella.
¿He comentado alguna vez que Circe no es precisamente una lumbrera? En serio, una persona normal ve a Robin sonriendo como Hannibal Lecter en el Silencio de los Corderos (ese tipo da miedo, y yo solo tengo miedo de las ratas grandes, lo juro) y no piensa "oh, mírala, va a hacer galletas y darme una palmadita en la espalda".
Volviendo al tema, la esperanza de Circe se esfumó al sentir las manos tensarse y comenzar a tirar de sus extremidades y su cuello. Sonaron pequeños chasquidos y crujidos mientras su cuerpo se arqueaba lenta y dolorosamente.
-Te voy a enseñar algo que aprendí después de dos años leyendo sobre anatomía humana… y sobre como forzarla hasta el límite.
Circe chilló cuando sus huesos se retorcieron como ramitas y sus articulaciones comenzaron a doblarse en ángulos antinaturales, girando, desencajándose y volviéndose a encajar. Circe abría y cerraba la boca como un pez fuera del agua, mientras su columna giraba sobre sí misma. Pero sus huesos no se rompían. Se doblaban y se curvaban como si fueran de goma, pero no se rompían. Dolía como nada le había dolido en su vida, pero los huesos no se rompían. Robin los forzaba hasta el límite, los soltaba para que recuperaran su posición original y volvía a doblarlos. La columna de Circe se dobló todas las posturas posibles, pero Robin no permitía que se rompiera. La hizo un ocho y una w, la curvó arriba y abajo. La gente miraba el espectáculo con la boca abierta. Robin estaba convirtiendo a Circe en un nudo humano. Un par de movimientos más de las manos fleur encajaron, desencajaron y volvieron a encajar las vertebras, con una serie de escalofriantes chasquidos que resonaron en el silencio alucinado que reinaba en la isla.
Y Robin soltó a Circe.
La vidente dio contra el suelo con un ruido sordo. Los isleños la miraban fijamente, esperando que dijera o hiciera algo. Los mugiwara se miraban entre ellos, nerviosos. Todos conocían el humor negro que se gastaba Robin, y sabían que aquello no podía haberse quedado ahí. Circe maldijo, apoyando las manos en el suelo para intentar levantarse. Sentía su cuerpo extrañamente blandito, como si estuviera hecho de gelatina. Cada centímetro de piel le dolía como el infierno. Estaba ardiendo. Sus músculos gritaban de dolor y sus huesos… ya no sabía si eran huesos o acero caliente dentro de su cuerpo. Consiguió sostenerse de pie, temblando, mucho más alta que los demás, como siempre. Sí, ella era alta y absolutamente magnífica.
Hasta que su cara dio contra el suelo.
En realidad, no era que su cara diera contra el suelo, sino que… bueno… ¿sabéis como se mueve una oruga? Dejan la cabeza (creo que es la cabeza) en el suelo, estiran todo su cuerpo contra él, luego se doblan, luego se estiran otro poquito, vuelven a doblarse, etc., etc.
Esa sería la forma de moverse de Circe durante el resto de su vida.
(Sí, ya sé que no está muerta. Pero admitidlo: es una buena venganza. Y todavía no se ha acabado).
-¡¿Qué me has hecho?!
-¡Oi, Robin, mola! Ahora ella también es de goma,- Luffy se acercó a Circe con una gran sonrisa,- ¿puedes estirarla?
Robin sonrió divertida, haciendo surgir una cuantas manos fleur que curvaron el cuerpo de Circe en una postura de yoga, poniéndole las piernas detrás de la cabeza.
-¡Que chulo!-, Luffy dio un salto, entusiasmado,- ¿puedes hacer un nudo con ella?
-¡NO!,- la vidente intentó recuperar el control de su cuerpo, mientras las manos de Robin la ponían cabeza abajo, recta sobre su nuevo peinado cuadrado. Circe quería llorar, ¡la habían convertido en un maldito chiste! ¡Ni siquiera podía sostenerse en pie! ¡Era una asquerosa oruga humana!- ¡MALDITOS PIRATAS! ¡OS MATARÉ A TODOS! ¡CERDOS! ¡SUCIOS CERDOS!
-Oh, cállate de una maldita vez,- la pequeña bruja se separó del grupo para encararse directamente con Circe. Su mirada ardía de furia, y allí de pie pareció hacerse cada vez más inmensa. Su metro de altura parecían cinco cuando se colocó las manos en la cintura, en una postura de guerra. Al verla, Zoro retrocedió un par de pasos, recordando el día en que lo convirtió en tigre. Primero se le había cruzado el cable, en plan psicópata, y luego había cambiado por completo de personalidad y se había dedicado a felicitarlo por sus buenos modales.
Con un gesto, y sin abandonar la pose guerrera, la anciana indicó a la gente de la isla que se acercara. Nerviosos, los aldeanos abandonaron los tejados y salieron a la calle, formando un semicírculo a un par de metros de Circe y los piratas.
-¡Niños!,- la anciana levantó la cabeza, orgullo en estado puro, y se dirigió a los isleños, que miraban a Circe con desconfianza,- escuchadme con atención. Durante años hemos sufrido por los caprichos de esta maleducada caprichosa… ¡pero eso se ha acabado!-, sonaron vítores. El grupo de chicas agitó una pancarta "¡Zoro, encima de nosotras también puedes echarte la siesta!". La bruja sonrió siniestra, notando la extrema palidez de Circe-. Nuestros amigos piratas han hecho un gran trabajo hasta ahora, ¡pero a nosotros nos toca rematarlo!
La gente de la isla vitoreó, saltando y dando patadas al suelo. Los mugiwara solo pudieron mirar, atónitos, como se lanzaban sobre Circe y la levantaban entre todos, empezando a desfilar en por las calles de la isla. Chopper saltó al hombro de Nami, que estaba en primera fila, para poder ver mejor.
-¡¿Qué queremos?!-, arengó la bruja, a la que también se llevaban en hombros, aunque ella parecía una heroína recién llegada de la guerra.
-¡Venganza!
-¿¡Cómo la tendremos?!
-¡LANZANDO A CIRCE AL CORRAL DE LOS CERDOS!
-¿¡Cuándo!?
-¡AHORA MISMO!
-¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!
El grito desesperado de Circe fue lo último que escucharon los mugiwara mientras la improvisada procesión desaparecía entre las calles de la isla.
-Entonces…-, la voz de Usopp definitivamente sonaba aliviada-, ¿se terminó? ¿No más brujas malvadas ni hechizos raros?
Robin y Zoro se miraron, sonriendo. Se había terminado. No más brujas, ni hechizos. Pero tampoco dudas, mentiras, o huidas. El espadachín sintió como el corazón se le ponía en la garganta al ver sonreír a aquella mujer. Era feliz, era se…
-¡No! ¡Que esperen! ¡No se la lleven!
Luffy empezó a corretear entre sus nakama, completamente histérico. Zoro se separó de Robin, malhumorado, mirando a su capitán con ganas de darle un katanazo (para que se me entienda, quiere arrearle a Luffy con la parte plana de la hoja hasta que suplique clemencia). Sanji, al que los últimos minutos de bizarrismo crónico le habían servido para recuperarse, expulsó el humo de su cigarrillo, planteándose si darle una patada en la cabeza (en circunstancias normales ya se la hubiera dado, pero no quería que Nami se la cobrara). Usopp se escondió tras Franky, que se había levantado las gafas de sol para poder mirar como Luffy corría de un lado a otro pegando gritos.
-¡No se la lleven! ¡Tiene que esperar un momento!
-¿Pero qué demonios te pasa?,- Luffy se paró en seco tras la pregunta de Nami. Miró fijamente a la akage, que estaba terriblemente pálida, con Chopper en los brazos. La navegante se temía lo peor, ¿y sí Circe lo había embrujado? ¿Y sí Luffy le decía que Circe tenía el control de su mente o algo así?
-Es que, Nami…-, los ojos de Luffy parecían enormes, llenos de pena. La joven sintió como se le encogía el estómago -… yo quería que me convirtiera en mono.
Silencio absoluto… durante un segundo.
-¡MALDITO BAKA!
.
.
-¡Esta es la última caja!
Un poco apartados de los demás, Zoro y bruja mantenían la que (ambos esperaban, hay que admitirlo) sería su última conversación.
Los mugiwara ya se marchaban. El kenshi sonrió al ver surgir una docena de manos fleur en el muelle, que ayudaron a subir al Sunny las últimas cajas de provisiones, regalo de los muy agradecidos habitantes de la isla. Tenían comida para dos meses (en un barco normal, sin Luffy a bordo, serían cuatro, pero así es la vida), sake del mejor y una buena cantidad de libros antiguos que la misma bruja había regalado a la arqueóloga de su biblioteca personal.
-Quería darte las gracias,- las palabras salieron rápidas y casi susurradas de la boca de Zoro, pero hicieron que la bruja sonriera. El kenshi estaba sonrojado y no la miraba directamente.
-No hay de que, tigre-kun. De hecho, debería ser yo quien te diera las gracias a ti,- el kenshi alzó una ceja y la bruja rió-. Yo no hice nada, querido. Eres tú quien demostró paciencia y amabilidad cuando nos conocimos, a pesar de tu… natural falta de tacto, vamos a llamarlo, y de mí especial habilidad para tocar las pelotas, por decirlo suavemente.- el kenshi sonrió, y le pareció escuchar la risita de Robin desde la cubierta (dichosas orejas fleur)-. Además, tigre-kun, si no fuera por ti Circe seguiría torturando a toda la isla con sus caprichos.
La sonrisa del kenshi se volvió algo sádica al hacia el camino del pueblo. Si uno miraba bien, podía distinguir que ese mojón con olor a cuadra enrollado sobre sí mismo era Circe.
-Asegúrate de que no hace más tonterías.
-No te preocupes por nosotros, tigre-kun. Estaremos bien,- la mujer le dio una palmadita en la mano, sonriendo-. Ahora será mejor que te vayas. Antes de que te dejen en tierra.
La risita a su espalda alertó al kenshi. Sanji bailoteaba por la cubierta mientras el barco se despegaba lentamente del muelle. Zoro palideció. Corrió hacia el agua, dispuesto a tirarse si era necesario para alcanzar al barco. Cogió impulso y saltó.
Sonrió al notar como algo lo sostenía antes de llegar a tocar el agua. Corrió por el puente de piernas fleur, mientras oía a Sanji quejarse de que no hubiera tenido que perseguirlos a nado.
-¡Oiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, abuela! ¡Ya nos veremos!
Luffy saltó arriba y abajo, agitando la mano para despedirse. Chopper y Usopp lo imitaron, mientras Franky ponía su mejor pose. La gente del muelle se amontonaba para despedirlos, gritando que volvieran pronto. Las chicas de las pancartas seguían por allí ("¡Zoro, vamos a vender peluches de tigre en todas las tiendas!") y la pequeña bruja se había subido encima de los hombros del verdulero, sonriente. Brook reía, tocando una canción de despedida.
-Esto… una cosa,- los mugiwara miraron a Nami, que parecía un poco confusa,- ¿soy la única que los ve a todos como… más altos?
-No, Nami,- Robin, de pie junto al kenshi, sonreía al sentir la mano de él apretando la suya,- de hecho, yo diría que nuestra pequeña amiga parece incluso algo más… joven.
En la orilla, la pequeña bruja sonreía también, mirando como el barco desaparecía en el horizonte. Bajó la mirada a sus manos, que parecían algo más suaves, llenas, rejuvenecidas.
Se volvió hacia Circe, que permanecía encogida en el camino. La vidente, atada como un fardo, la miraba con odio mientras su cara se iba llenando de arrugas cada vez más profundas. Por cada arruga que se dibujaba en su cara una se borraba de la cara de la pequeña bruja. La gente de la isla observaba en silencio como las edades de las dos mujeres se intercambiaban, hasta que Circe, con su nuevo cuerpo de artista de circo, se convirtió en una anciana que los miraba con ojos pequeños y maliciosos, casi invisibles entre los pliegues de su cara. Frente a ella una diminuta, hermosa y grácil adolescente sonreía con amabilidad.
La bruja se llevó la mano a la nariz, algo decepcionada porque hubiera encogido tanto. Pero la verdad era que había echado de menos el resto de la versión joven de su cuerpo. La magia de Circe se había terminado. Para siempre.
-Oh, mi querida Circe,- rió, entre los gritos de júbilo de toda la isla, y ante el horro de la, de nuevo, anciana vidente.- es increíble lo que puede hacer la voluntad… y el amor. Incluso contra el destino.
Sí, pensó la pequeña, incluso contra el peor de los destinos.
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Que todos los días sean así, pensó Zoro, tirado sobre la cubierta del Sunny. Hacía calor, soplaba una brisa agradable, el mar estaba en calma, solo interrumpida por algún rey marino despistado que rompía la superficie.
Pero el día no era todo lo perfecto que debía ser, si Zoro lo pensaba bien. Hacía ya tres días que habían salido de la isla de Circe, y el espadachín tenía un grave problema. El peor problema que se podía tener, si le pedían su opinión. Porque, básicamente, se había quedado sin algo que era para él como el aire, como el agua, como el mejor sake.
No puede ser, no lo entiendo. Cuando salimos de la isla no había problema alguno y ahora…
Tenía que encontrar una solución de inmediato. De eso dependía su vida.
Se acercó a ella con paso rápido, decidido. Se paró junto a la tumbona, miró con fijeza el libro que le impedía ver su rostro y cogió aire para hablar. Sabía perfectamente que ella sabía que él estaba allí.
Y ella sabía lo que él quería.
-Robin, yo…
La morena no dijo nada. Solo levantó el libro que estaba leyendo, dejando libre su regazo.
El kenshi no se lo pensó dos veces. Se arrojó sobre Robin, más agradecido de lo que había estado en la vida, y se acurrucó con la cabeza sobre su estómago. Presionó el rostro contra su vientre y bostezó.
Por fin… el sitio perfecto para dormir la siesta.
-¿Cómodo, Zoro?
Robin le acarició la cabeza. Adormilado, el kenshi vio la silueta de Nami en la distancia, con el sombrero de Luffy puesto. Los niños hiperactivos de la tripulación jugaban, pero de vez en cuando el capitán paraba lo suficiente para sonreírle a la navegante que tomaba el sol en la cubierta. Las risas de Franky y Sanji llegaban desde la cocina. Brook tocaba una suave melodía con el violín.
El día era absolutamente perfecto.
Y, con las manos de Robin enredándose suavemente entre su pelo, Zoro ronroneó.
