CAPÍTULO 12
Cuando Bella se despertó, todavía estaba en la cueva. No estaba segura de cuánto tiempo había pasado. Todo lo que sabía era que nunca se había sentido tan descansada. Se estiró como un gato satisfecho, cálida a pesar de su desnudez, su músculos parecían estar líquidos, y miró a su alrededor.
Asustada por lo que vio, se incorporó. Había pasado suficiente tiempo para que Edward limpiara cada partícula de sangre del suelo y paredes. También había retirado los cuerpos y las partes de los mismos. Si no fuera por la persistente mancha del mal, esto podría haber sido algún tipo de hotel subterráneo.
No había ninguna razón para que Edward hubiera hecho tal cosa. No iban a vivir aquí. Ni siquiera iban a pasar el día. A menos que él hubiera deseado evitarle cualquier malestar. Sus ojos se abrieron. Eso fue exactamente por lo que lo había hecho, se dio cuenta. Dulce y querido hombre.
Hola de nuevo, montaña rusa emocional. Sollozó, su barbilla temblorosa.
—No llores, mi amor. Por favor, no llores —estaba sentado junto a ella, apartando la mirada y sosteniendo un paquete de material arrugado. Y Dios, su perfil era precioso. Todavía manchado con sangre, aunque se había lavado, sus mejillas eran afiladas, los labios exuberantes y su expresión relajada. Sin efectos nocivos de los combates—. Me mata por dentro.
Después de todo lo que había hecho por ella, Bella haría cualquier cosa que le pidiera. Además, a pesar de su relajada expresión, las líneas de tensión brotaban de sus ojos, como si permanentemente estuvieran grabadas allí. Algo más le molestaba, y no se sumaría a sus problemas.
—No lo haré —utilizó el borde de la tela que le ofreció para limpiarse la cara.
Las esquinas de su boca se torcieron, sus preocupaciones interiores momentáneamente olvidadas. ¿Qué encontraba cómico?
— ¿Has dormido bien? —preguntó.
—Sí, gracias.
—Bien. Ahora. ¿Te vestirías por mí? —una pregunta con capas de aprehensión.
Ella pensó que sabía por qué. Su desnudez le excitó o por lo menos, esperaba que lo hiciera, pero él no quería hacer nada al respecto. No después de lo que había pasado aquí. Estaba agradecida.
Sabía del viejo adagio de "reemplazar lo malo con lo bueno", también sabía que no había nada mejor que el toque de Edward Podía tocarla como un piano, acariciando todas las teclas correctas y crear una sinfonía. Pero no quería que su primer momento surgiera de ninguna otra necesidad aparte de la de estar juntos.
— ¿Bella? —incitó.
Vestido. Correcto.
— ¿Con qué? —Su vestido estaba arruinado para siempre.
—La tela.
—Oh —mordió su labio inferior mientras estudiaba "la tela". Una túnica de algodón color amarillo desteñida, limpia y libre de rasgaduras. Perfecta—. ¿De dónde sacaste esto?
Hizo un gesto a su espalda con una inclinación de cabeza.
—Las otras hembras de aquí estaban tan agradecidas de ser libres de sus amos ogros, que se quedaron el tiempo suficiente para ayudarme a limpiar la habitación y me ofrecieron todas sus posesiones.
—Eso fue considerado por su parte.
—También me ofrecieron usar sus cuerpos.
—Voy a limpiar el suelo con su sangre —tiró la túnica sobre la cabeza.
Cuando Edward regresó a su vista, vio que estaba sonriendo. Esa sonrisa... decadente y desvergonzada. Su sangre se calentó. La sangre que le pertenecía a él, había sido una parte de él.
—Las envié fuera —dijo—. Sin aceptar.
—Como si me importara lo que haces —se quejó ella. Esta conversación, llegaba al fondo de sus preocupaciones, encendiendo su carácter.
Eso borró su entretenimiento por completo.
—Debes tener cuidado.
Ella suspiró. La honestidad era necesaria si iban a tener cualquier tipo de relación. Y ella quería una relación con él, sin importar el tiempo que les quedara juntos. Un día, una semana, un mes… ¿Y si ella permanecía aquí para siempre? No se preocuparía por eso ahora.
—Está bien —dijo en un suspiro—. Me importa —su estómago gruñó de hambre, y en la quietud de la cueva, el sonido hizo eco en voz alta. Ella se sonrojó—. ¿Y a ti?
—Más de lo que puedo decir.
—Yo solo... no quiero que salgas lastimado si me voy.
—No me vas a dejar. Ahora, vamos —se puso de pie y agitó los dedos—. Te voy a alimentar.
¡Le importaba! ¿Y cómo podía estar tan seguro de que se quedaría?
— ¿Qué hora es? —preguntó, aceptando su ayuda con una tierna sonrisa. Sonrisa que se desvaneció rápidamente. Sus huesos crujieron y le dolió cuando se enderezó.
—Cerca de la medianoche.
En casa, habría estado en su cama ahora mismo, dando vueltas y temiendo a la mañana siguiente.
Hicieron el camino de regreso al río. Cojeando al principio, pero los músculos se relajaron con el ejercicio, recogiendo hojas de menta y ramitas, se cepillaron los dientes mientras caminaban. Después, Edward recolectó frutas y nueces para un apuro. A medida que mordisqueaba, Bella esperaba que aparecieran criaturas de libros de cuentos infantiles para saltar y agarrarla, o a Tania gritando una maldición, pero no.
El viaje de treinta minutos transcurrió sin incidentes.
Edward dio un paso dentro del agua, se hundió, salió todo mojado, escupiendo y sacudiéndose e hizo un gesto para que ella hiciera lo mismo.
—Báñate, voy a recoger los peces que espantes.
—Ja, ja. Demuestra lo que sabes. Los peces me adoran. No te sorprendas si bailan a mis pies.
— ¿Estás tratando de hacerme matar a los peces en un ataque de celos para que puedas tener más para comer? —bromeó él.
—Tal vez.
Más que hermoso, él era sexy. Divertido, juguetón, todo aquel oscuro cabello mojado pegado a su cuero cabelludo y goteando por su cara, las cristalinas gotitas abrasaban un camino hacia abajo por sus apetitosos abdominales, las cuerdas de su estómago -y, dulce cielo, había un montón de cuerdas- y finalmente capturándolas en la cintura de su taparrabo.
Sin la corrupción de la cueva, no había nada que diluyera su necesidad. Bella tuvo hambre de su hombre más que de cualquier otra cosa.
Tienes que limpiarte si te quieres ensuciar con él.
—Prepárate para ser sorprendida —dijo, dándole la espalda.
Ya lo estoy. Se quitó la túnica nueva y se lanzó al agua -refrescante
agua- antes de que se pudiera girar y ver las cuentas de sus pezones. Se frotó hasta que su piel hormigueaba. Bueno, hormigueó más por deseo.
Al mismo tiempo, miraba de reojo a Edward. Él atrapó varios peces y los tiró a la tierra. Pero el tiempo pasaba, se volvió más y más aprensivo, sus movimientos recortados. Y estaba completamente ajeno a su mirada. Ni una sola vez le echó un vistazo a Bella.
La luz de la luna lo enfocaba, dorado y mágico. Era tan fuerte, tan capaz. Se mordió el labio inferior mientras probaba el agua. Podría estar fría, pero el líquido entre sus piernas estaba caliente.
Tal vez debería haber estado asustada o experimentar síntomas de estrés post-traumático. Retrocesos por lo menos. Después de todo, casi había sido violada y golpeada. Pero este era Edward. Su protector. Ni siquiera los malos recuerdos se atreverían a atacarla, mientras él estuviera cerca.
—Edward—dijo, con una nota ronca en su voz. No tenía la intención de llamarlo, pero su nombre había surgido espontáneamente, imparable.
Finalmente se volvió hacia ella. Se quedó sin aliento. Sus ojos eran los más brillantes que jamás hubiera visto, el oro moteaba hacia fuera para jugar, mezclado de manera seductora con la plata. Sus mejillas estaban rojas, sus colmillos alargados y afilados.
— ¿Impresionada ya? —exigió.
—Sí —oh, sí. ¿Por eso estaba tan angustiado y distante? ¿No había elogiado bien sus habilidades? —Eres el mejor pescador que he conocido. Por supuesto, eres el único que he conocido, pero...
Ningún indicio de sonrisa.
—Te voy a alimentar —dijo, y añadió sobriamente—, después.
— ¿Después de?
—Huelo tu deseo por mí, pequeña Bella, y te he dado tiempo para acostumbrarte a la idea de estar conmigo. El tiempo se acabó. Ven aquí —torció un dedo—. Te deseo.
Después de todo no era una mala idea.
—Ya era hora —no lo dudó. Nadó la distancia que les separaba, el agua acariciando su piel. Cuando estaba sólo a un susurro de distancia, dejó que sus pies tocaran el fondo y se paró. La línea del agua llegaba justo bajo sus pechos.
—Voy a tenerte —dijo con fiereza.
—Sí.
—Toda tú.
—Sí —por favor.
Se acercó. Cada vez que inhalaba, sus pechos se rozaban, creando una vertiginosa fricción.
—Nada me detendrá —dijo.
— ¿Ni siquiera los pensamientos de otra mujer esperando por ti? —Se odió a sí misma en el momento en que las palabras salieron, pero se alegró que así fuera. Otra mujer era la razón por la que él se había resistido a ella antes.
Las sombras cambiaron su expresión, convirtiéndolo en el guerrero de la noche anterior.
—Hay... una mujer. Lo más probable.
Oh, Dios.
— ¿Quién? —Un muro se levantó y el deseo fue drenado, dejándola fría y hueca.
— ¿La... tú la amas?
—No. Mi padre arregló el matrimonio. No me acuerdo de la cara de mi prometida, de su nombre, o incluso de mi proposición. Sólo sé que le prometí a mi padre que iba a casarme.
No llores. No te atrevas a llorar. Por lo menos su corazón no le pertenecía a otra persona. Eso debía ayudar. No ayudó. Ella quería todo de él. Para sí misma.
— ¿Tu recuerdas? —graznó.
—No todo, sólo pedazos y piezas a la vez. Te digo esto, no para molestarte, Bella, si no para advertírtelo. No importa lo que pase, me voy a quedar contigo. Tú eres mía. Eso no va a cambiar.
No importa lo que pase, como, si él pudiera casarse con otra mujer.
—No.
La posibilidad de su participación con otra había sido tan fácil de descartar antes. Y fácilmente podría descartarlo ahora, cuando esto era una realidad. Si él hubiera decidido poner fin al compromiso.
No sería la otra. No lo haría. Tenía demasiado orgullo. ¿No? Oh, Dios. El hecho de que incluso hubiera preguntado significaba que ya quería considerar la opción.
No, no, no, no. Sus padres se habían amado, se respetan entre sí, y eso es lo que quería para sí misma. Un amor profundo y duradero que la colocara en primer lugar. No quería pasar sus noches preguntándose si su hombre estaba en la cama con su esposa, dándole placer y bebés. No quería encontrarse con su vida limitada. Ser a la que todos culparan por sus problemas.
Se merecía algo mejor.
Cuando volviera a casa recordaría su tiempo aquí, pero sabía que no podía quedarse, porque de algún modo, de alguna forma, iba a encontrar el camino a casa, y esta noche, sería lo que la atormentaría. No esas horas de dolor con los ogros. Ni siquiera la humillación de su flagelación. Esto la hería más.
Se alejó de él.
No permitiéndole retirarse, él se acercó y la agarró por los hombros, tirando su espalda hacia a él. Más cerca esta vez, hasta que ni siquiera un susurro los separaba. Ellos se alinearon uno contra el otro, la erección de él se estrelló contra su vientre.
—Sé lo que estás pensando, Bella.
— ¿Qué, eres es lector de mentes, al igual que eres un hombre comprometido? —lanzó las palabras como armas, necesitando atacar, incluso de la manera más pequeña.
—No, pero te conozco. No me vas a dejar —la orden no vino del sensible salvador que la había sostenido mientras dormía, si no del depredador peligroso que había quitado las extremidades de un hombre sólo para oírle gritar—. Te dije todo esto, no para que te preocupes, sino para tranquilizarte. La promesa de matrimonio puede romperse. Y la mía será rota. Voy a tenerte, y a ninguna otra.
—Yo-yo — ¿Fue una declaración? ¿Una propuesta? Sus emociones corrían abarcando todas las gamas, y su mente no sabía si liberar la desesperación y aceptar la repentina marea de alegría, o revolcarse en ambos—. Sé que dijiste que no, pero qué si lo hago, de hecho, salir de tu mundo… morirás—. No debería saber eso, sin embargo, no podía admitir que lo hacía, pero claro, no le había pedido ser su compañera para siempre, ¿verdad?
Si lo hiciera, el acoplamiento muy bien podría atarla a este mundo para siempre. Sus ojos se abrieron. ¿Es así como él sabía que se quedaría?
—Tú no te marcharás —dijo. —Me aseguraré de ello, independientemente de lo que tenga que hacer. Ahora, terminemos esto, Bella. Aquí. Ahora —no esperó su respuesta, se precipitó hacia abajo, empujando su lengua profundamente dentro de su boca. La alegría ganó.
Bella no pudo evitarlo. Le dio la bienvenida. Todavía sabía a menta, cálida, húmeda menta, y no podía obtener suficiente. Y cuando él inclinó la cabeza, tomando más, degustándola más profundamente, sus terminaciones nerviosas estallaron con la sensación. Esto era lo que un beso tenía que ser, una posesión, un reclamo. Un despertar de cada sentido.
Las manos de ella se enrollaron alrededor de su cuello, los dedos hundiéndose en el pelo. Más tarde. Le preguntaría qué había querido decir con -independientemente de lo que tenga que hacer- más tarde. Ahora, ella tenía el hecho más importante. Edward no se comprometería con otra persona. Aquí, ahora, lo disfrutaría.
Se quedaron así, besándose y frotándose uno contra el otro para siempre. Y cada segundo de ese siempre intensificó su deseo, hasta que ella estaba temblando, necesitada, dolorida con una fiebre que sólo él podía calmar.
—Pon tus piernas alrededor de mí —le ordenó con dureza.
—Sí.
Incluso la idea la dejó tambaleando. Se levantó de un salto e hizo lo que le ordenó, esperando que la poseyera en el próximo instante. No entró en ella, todavía. No, él la llevó hasta la orilla, la dura longitud deslizándose en su contra. Gimió cuando la tumbó y se estiró encima de ella. Aun así no entró.
—No te detengas —suspiró Bella.
—No lo haré.
Puso sus manos al lado de las sienes de ella, se quitó el taparrabos y ancló su peso.
—Tan preciosa, mi mujer.
—Demuéstralo. Demuéstrame que soy tuya.
Sus labios se desprendieron de los colmillos.
—Cuando haya terminado, podrías arrepentirte de esa petición.
—Promesas, promesas.
Una vez más, desafió sus expectativas. Él no fue a matar, no le entregó un alivio inmediato a su furioso deseo. En su lugar, pasó los siguientes minutos amasándole los pechos y bañando sus pezones, los dedos de él trazaban patrones eróticos en su estómago, pero nunca llegó a donde ella más lo necesitaba.
Cuando comenzó a besar el mismo camino al rojo vivo que sus dedos habían tomado, sus piernas se abrieron, en una silenciosa petición de contacto. Él no se lo concedió.
Le lamió la cara interna del muslo, entre los labios húmedos, incluso separó con su lengua su núcleo, hundiéndose dentro por el más breve de los segundos, bromeando con lo que podría ser, pero era siempre cuidadoso en evitar su clítoris.
Tenía que correrse, maldita sea.
—Edward, dejar de bromear.
El aliento caliente hizo un viaje largo y difícil sobre ella.
— ¿A quién perteneces, Bella?
Bien, bien. Ahora conocía su juego. Trabajándola, burlándose de ella con todo lo que podía darle, hasta que Jane le diera lo que él quería, lo que ella le había exigido a él. La propiedad.
—Mírame —dijo.
Apoyó la barbilla en su hueso púbico. Las pestañas levantadas y su mirada se encontró con la suya. La tensión estiró sus rasgos. Quería correrse tanto como lo hacia ella.
— ¿Sí? —dijo. ¿Quién se rompería primero?— Me toca a mí.
Apoyó los pies sobre sus hombros y empujó. Un segundo después, él estaba recostado sobre su espalda y ella se cernía sobre él.
— ¿Qué estás haciendo, Bella?
—Es mi turno —bañaba con su lengua los pezones, amando la forma en que se le clavaban en la lengua.
—Si hago algo que no te gusta, simplemente debes decir que pare.
—Me gustará —sus manos enredadas en el pelo de ella. Sus uñas debían haber vuelto a crecer, porque sentía la picadura en su cuero cabelludo, y eso le gustó—. Cualquier cosa que hagas, me va a gustar.
—Bueno, entonces, vamos a ver lo que más te gusta —lamió la forma de su ombligo y se sumergió en el interior. Los músculos de él se estremecieron con anticipación. Sus pechos acunaron su erección, y se frotaba arriba y abajo, arriba y abajo, alimentando su pasión. Pronto la punta de él se humedeció, lo que permitió un suave deslizamiento.
Ella lo quería fuera de control. Sin sentido. Desesperado. Exactamente como ella estaba con él. Bella no tenía mucha experiencia, pero no dejaría que eso la detuviera o intimidara, lo decidió. Aprendería su cuerpo, todos sus deseos secretos.
—Bella—jadeó.
—Sí, Edward.
—Yo necesito... yo quiero...
— ¿Que te pruebe?
—Oh, dioses, Bella —su voz era un graznido—. Sí. Por favor.
Se agachó entre las piernas y miró hacia abajo a su pene. Era tan largo, tan grueso y duro. Bajó, bajó, se inclinó... pero no se tragó la deliciosa longitud. Todavía no. Prodigaba atenciones en los testículos, burlándose de él como se había burlado de ella, hasta que sus caderas estaban levantadas en señal de súplica.
—Por favor —dijo otra vez.
— ¿A quién perteneces? —preguntó ella tal y como Edward le había preguntado.
Ni siquiera trató de resistirse.
—A ti, Bella.
La admisión le afectó tanto como una caricia y se estremeció.
—Te voy a hacer tan feliz por haber dicho eso —ajusto sus labios alrededor de la cabeza de su pene. Su sabor le golpeó las papilas gustativas y se quejó de entusiasmo. Más, quería más. Deslizó la boca todo el camino hacia abajo, hasta llegar a la parte posterior de su garganta.
Un grito ronco lo abandonó. Desde arriba Bella se deslizaba ligeramente raspándolo con sus dientes. Otro grito. Ella flotaba allí, inmóvil, atormentándolo. Esperando.
—Bella, me gusta más de esto.
Se deslizó hacia abajo, se deslizó arriba, repitiendo el proceso una y otra vez, lentamente al principio, luego aumentando su velocidad. Pronto ya no podía hablar, podía gemir y gemir como ella lo hacía. Tenerlo así, a su merced, su deseo por Bella consumiéndolo, dirigiendo todos sus pensamientos y acciones, era un poderoso afrodisíaco para ella.
Cuando sus testículos se apretaron, marcando el principio del clímax, continuó, cerrando sus labios sobre la base de su pene, impidiéndole ir más lejos. Un pequeño truco sobre el que había leído, pero que nunca había intentado.
Su rugido de necesidad sonó a través del bosque.
—Bella—jadeó—Bella, por favor.
Estaba temblando, húmedo de sudor, pero no se corrió. Y cuando el peligro pasó, se arrastró sobre el cuerpo de él, temblando con violencia. Sus colmillos eran tan largos que habían cortado su labio, dejando rastros de sangre por la barbilla.
— ¿Por qué no lo...?
—Te quiero dentro de mí —su sangre se fundió en sus venas, haciendo que el sudor le cayera por la frente.
—Necesito estar dentro de ti, pero todavía no, todavía no —devolvió las manos al cabello de ella, sus dedos tirando de las hebras—. Debo de controlar el impulso del primer bocado.
—No controles el impulso —se inclinó y chasqueó su lengua contra uno de los colmillos de él, rápidamente cortando el tejido suave—. Déjamelo a mí. Estoy bien.
Gimió como si le doliera.
—Delicioso.
— ¿Más?
El mundo de repente giró. Él la había arrojado sobre su espalda, y se cernía sobre ella. —Más —dijo arrastrando las palabras, la mirada clavada en su pulso martilleante—. No, no. Todavía no, todavía no —repitió—. Cariño.
— ¿Sí? — ¿Por qué todavía no? Tal vez era codiciosa. Tal vez era egoísta. Pero lo quería ahora, ahora, ahora.
Se rió, un sonido roto.
—No. Cariño. Podría darte un hijo. ¿Quieres un bebé?
La comprensión cayó sobre ella. La tristeza y el miedo de repente la inundaron, diluyendo un poco su deseo.
—Yo no puedo tener hijos — ¿Pensaría menos de ella? ¿Ya no la querría?
La mujer que su padre había elegido probablemente podía tener hijos.
Oh, ¡ay!
Bella había pensado que había aceptado su falta. Pero ahora... la idea de formar una familia con Edward... Ella lo quería, se dio cuenta. No ahora, pero más tarde. Cuando estuvieran a salvo. Para estar con él, tener a su hijo creciendo dentro de ella... Nunca conocería aquella alegría.
Esa falta fue otra de las razones por las que había dejado a Mike cuando estuvo con él. Una vez habían hablado de casarse y formar una familia, y Bella había sabido cuánto había deseado eso. Con ella, él nunca lo tendría. Entonces lo dejó ir, sabiendo que él se lo agradecería un día, cuando estuviera casado con otra mujer, y sus hijos estuvieran corriendo y riendo por su casa.
—Después del accidente, mi cuerpo quedó arruinado —dijo, empujando las palabras a través del nudo en su garganta.
—Por lo tanto, no tienes que preocuparte por embarazarme. Nunca. Y si quieres parar ahora y nunca llevar más allá lo que hay entre nosotros, lo entenderé.
Miró hacia ella, un oscuro guerrero cuya ira se había pinchado.
— ¿Bella?
— ¿Sí?
—Te deseo sin importar el qué. Te necesito. Nunca pienses de otra manera.
Con eso, la agarró por los muslos, separándoselos y se levantó encima de ella, golpeándola profundamente con un empuje poderoso.
Se olvidó de su tristeza inmediatamente, necesidad, que todo lo consume, el deseo la inundó. Era tan grande que la estiraba, estaba tan mojada, su cuerpo una vez abandonado le dio sólo una mínima resistencia.
—Edward—su nombre, oh, cómo le gustaba su nombre.
—Me gusta esto, también —dijo. Dentro y fuera él se movía—. He cambiado de opinión. Esto me gusta más.
Su mente se nubló, sus terminaciones nerviosas arrasadas hasta el punto de placer-dolor, y ella gritó. Había estado tan caliente, el menor movimiento la habría enviado disparada a las estrellas. Pero esto, dulce cielo... esto.
Oh, Dios, esto era tan bueno, y ella estaba tan perdida, no quería que la encontraran nunca, quería esto siempre... Edward, Edward, de ella, siempre de ella. Parloteaba consigo misma, y lo sabía, no podía controlarlo. No quiso controlarlo. Sólo quería más. De él, de esto.
—No debo morderte, no debo morder.
—Muerde. Por favor. Soy tuya, Edward. Soy tuya.
Gruñó, sus colmillos penetraron en el cuello y ella ya estaba culminando, exprimiéndolo, aferrándose a él. Tomando todo lo que él tenía para dar y exigiendo más. Y Edward se lo dio.
Él montó las olas de la satisfacción de Bella, empujando dentro con un fervor que la dejó sin aliento. Él era todo alrededor, una parte de ella, la única luz en su mundo. Bebiendo, bebiendo, oh, sí, bebiendo. Pronto se sintió mareada, y las dudas asomaron entre las sombras de su mente, como si hubieran estado escondidas todo el tiempo, esperando a sus defensas a desmoronarse.
Tal vez sus palabras -te deseo sin importar nada, te necesito- fueran la conversación pre orgasmo, significaba atraerla a la cama e impedirle correr. Tal vez la nube de deseo le había estado conduciendo desde el principio. Tal vez más tarde cambiaría de opinión sobre su deseo por ella.
Tal vez, cuando esto hubiera terminado, él la dejaría ir.
No, se defendió. No. Esto no es temporal. No la descartaría. ¿Aún cuando se enterara de la verdad acerca de algunas de las cosas que había hecho a los de su clase?
Dura y fría realidad. Una vez más, se defendió. Nada podría destruir este momento, ni siquiera eso. Aquí, el placer importaba. Sólo el placer.
Él enganchó uno de sus brazos por debajo de la rodilla de ella y la levantó, abriéndola más, aumentando la profundidad. Al instante su cuerpo estuvo listo para otro orgasmo, necesitándolo tan desesperadamente como los demás, como si el sexo con él fuera un requisito previo para su supervivencia. Debería temer eso. Lo necesitaba demasiado intensamente, ya no era completa sin él.
Demonios, si se fuera, ¿iba a ser ella la que se marchitara? ¿Se había emparejado y simplemente no lo sabía? ¿Qué sabía sobre el camino del emparejamiento? En realidad nada.
Edward se apoderó de la otra pierna y se levantó, surgiendo increíblemente profundo, y se olvidó incluso de eso. No había ninguna parte de ella que él no tocara. Era la mujer de Edward, simple y llanamente, marcada por él, una parte de él. Después de esto, nunca sería la misma, no quería ser la misma.
Ella hundió sus uñas en el cuero cabelludo y le obligó a subir la cabeza. Sus dientes se deslizaron de la vena.
—Edward ...
—Lo siento —la miró, la sangre goteaba de la comisura de su boca—. No quise... ¿He tomado demasiado? —la agonía flotó.
—No —podría tenerla toda, hasta la última gota—. Bésame —exigió.
—Sí —la encontró a medio camino. Sus labios apretados, sus lenguas se batieron en duelo. Su sabor le llenó, y esta vez se mezcló con el suyo. Juntos, cada parte de ellos juntos... embriagador.
—Mío —dijo.
—Tuyo.
Para siempre, ella no se permitió añadir, pero, oh, lo quería. Más tarde, hablarían.
Sí, la temida conversación sobre sentimientos e intenciones. Sobre el futuro.
El beso continuó, fuera de control, sus dientes raspando juntos, mientras se deslizaba dentro de ella. Liberó una de sus piernas para mover la mano entre sus cuerpos, y le presionó el pulgar contra su clítoris. Y justamente así ella estalló de nuevo, con espasmos alrededor de él.
Edward suspiró y empujó profundamente, una vez más, y se corrió, cada músculo que poseía abriendo y cerrándose. Nunca había hecho el amor sin condón, y le gustó la sensación de él disparándose dentro. Cuando se calmó, se envolvió en torno a él, abrazándolo tan cerca como fuera posible. Se desplomó encima de ella, pero rápidamente rodó para aliviarla de la presión del peso de su musculatura. Ambos estaban empapados en sudor, temblando y febriles.
—Mi Bella —dijo, tanta satisfacción en su voz que no podía temer la próxima discusión.
Besó su hombro.
—Mi Edward.
Para siempre.
Ella esperaba.
—No te vayas... tenemos que hablar —susurró ella, justo antes de quedarse dormida.
