14. Lord Oscuro: Albus Potter
Cuando a la mañana siguiente desperté con ese mal sabor de boca tan habitual, me di cuenta de que había tenido otra de mis "fantásticas" pesadillas aunque no la recordara tan nítida como otras veces. Sinceramente no me extrañó lo más mínimo después de todo lo acontecido en el día anterior: Eileen nos confesó la desgracia de York, mi pelea con Labonair y tener que acompañar al profesor Slughorn a beber el empalagoso licor de regaliz para explicarle más o menos lo que había pasado. Contando el dolor de estomago que la bebida me ocasionó la mayor parte de la noche (demasiado acaramelada para mi gusto), la pesadilla solo era la guinda que faltaba al peor pastel del universo.
Me frotaba los ojos enfocando a mi alrededor. Primero vi las camas vacías y deshechas, después un par de calcetines sucios en el suelo (seguramente de George o míos) y fue en el momento que me di cuenta que la única persona que aún estaba dentro del dormitorio del cuarto año de Slytherin era Scorpius. Se vestía con tranquilidad, mientras que se estimaba a sí mismo en el reflejo del espejo, comprobando cómo le sentaba el uniforme. Distinguí como sus comisuras se acentuaban al colocarse la túnica por encima de los hombros y se peinaba un par de mechones rubios que caían por su frente.
—¿Y los demás? —pregunté, mientras salía a rastras de la cama, rascándome la cabeza por la confusión y lanzando un bostezo al aire. Estaba más cansado que de costumbre, tanto, que me daba miedo mirarme al espejo por las enormes ojeras que embadurnarían mi rostro. Mi cerebro aún estaba intentando encontrar retazos de la pesadilla de la noche anterior y atormentarme con ello.
—Han bajado a desayunar hace un rato. Creo que ninguno quería toparse contigo —me respondió directo y en tono sereno, como si fuera de lo más común que tus compañeros no quieran toparse contigo.
Me jodió, pero no respondí nada, sino que busqué en mi propio baúl y comencé a vestirme en silencio. Cuando ya casi había terminado, me miré en el espejo que había en la habitación. En efecto dos enormes manchas bailaban debajo de mis ojos como un chiste de mal gusto. A pesar de mi careto, el uniforme me caía perfectamente sobre los hombros. Mi túnica estaba suave y la sentí cómoda; tenía mucho que ver ser el único Slytherin de la familia. Lo que quiero decir es que no me valían las túnicas que a mis primos les quedaban pequeñas con el pasar de los años, por eso mi madre me compraba túnicas nuevas y de la mejor calidad.
—Venga, vamos, ponte la corbata, al final no nos va a dar tiempo de desayunar y estoy hambriento —me dijo Scorpius, hurgando en uno de mis cajones y lanzándomela para que la cogiera. Con gran habilidad, atajé el trozo de tela en el aire, y lo observé con más detalle.
Verde y plata, color de la casa fundada por la lengua pársel. Siempre me recordaban que yo no era honorable para llevar esos colores. Daba igual quien fuese, el día anterior lo hicieron Labonair y Lasserre, pero seguramente otro día podría ser hasta mi familia. Lo odiaba hasta decir basta. Me hartaba de sobremanera, cada uno debía ser lo que quería ser. La mayor parte de las veces, no me sentía libre, pero sí juzgado. La libertad es que un corazón sea libre. Poder hacer lo que quieres cuando quieres y ser responsable por lo que hiciste. Yo era como una serpiente en cautividad. Por otra parte, era de mi pensamiento que no se debía juzgar las cosas solo desde un punto de vista. Ya que todos éramos distintos, tanto en lo que se podía perdonar, como en lo que no se podía perdonar. Y sentía que nadie intentaba ponerse en la piel de serpiente que a veces me quedaba demasiado grande y otras, sentía que era donde podía ser yo mismo.
—No te preocupes, no ahorcan… creo —bromeó Scorpius, al verme pensativo con la corbata en la mano.
Di un respingo y meneé la cabeza. Menos mal que Scorpius estaba para rescatarme cuando me sentía a la deriva.
—Quizás está encantada por el señor del piano roto... —murmuré y le escuché lanzar una risotada al aire mostrando sus perfectos dientes. La verdad que era una posibilidad, pero no, no lo estaba. Traté de esbozar una leve sonrisa mientras que me ataba la corbata al cuello.
—Oye, no me has contado lo que te ha dicho Slughorn.
—Me preguntó que me había pasado, después me sirvió un vaso de licor de regaliz, te aconsejo que no lo pruebes jamás —añadí, enmarcando un gesto de repulsión—, se lo conté y me estuvo explicando acerca de la poción curativa de citarices, según él, todas dejan marca...
—¿Entonces no estás castigado? —me interrumpió Scorpius cuando iba a empezar mi perorata sobre pociones.
—No me has dejado terminar —le anuncié, paseando por la habitación en busca de mi maletín, le encontré a los pies de mi cama—, después de estar más de una hora debatiendo acerca de ello, creía que se le había olvidado el asunto de la pelea, pero no, cuando me iba, me dijo que, no me iba a castigar, pero sí que debía de ir todos los lunes al menos hasta Navidad a limpiar culos de calderos... Según él, lo hace por si el profesor Drácula se entera, tener una coartada.
—¿Pero puedes usar la varita?
—¿Estás loco? —pregunté, alzando mis cejas y abriendo mucho mis ojos—. ¡El profesor Slughorn jamás permitiría eso! —exclamé, me llevé la mano en un puño a la boca, carraspeé e imite la voz del viejo profesor—: Los calderos que se limpian con ayuda de la magia, corren el riesgo de romperse antes de tiempo...
—Estás casi listo para sustituirle, solo te falta la panza —dijo Scorpius entre risas, peinando sus cabellos rubios hacía atrás con la mano.
—¿En serio? Ahora me desayuno toda la comida del Gran Comedor y lo solucionamos, venga vamos —urgí.
Una vez listos, salimos del dormitorio y nos dirigimos a desayunar. Cuando llegamos, dentro se asentaba una gran cantidad de alumnos, comiendo, conversando y seguramente que muriéndose de sueño tanto como yo. Era lunes, así que no me extrañó lo más mínimo. Madrugar el primer día de la semana era peor que comerse un pedazo de pastel de cumpleaños de muerte. Llegábamos algo tarde, pero no lo suficiente como para que no nos diera tiempo a un buen desayuno. Me llegaba el olor a tostadas junto con beicon con huevos fritos y el aroma del zumo recién hecho. Mi estomago rugió con fuerza. Las tostadas me estaban esperando y las podía visualizar bailando encima del plato.
Mientras que caminaba hacia la mesa de Slytherin, escuché unas animadas y ruidosas risas por encima del murmullo y comprobé al girar la cabeza de quienes provenían. Como no (si no hubiera sido él estaba claro que eran de La Tribuna), mi hermano, James, más alto que yo, con el cabello castaño y revuelto que le enmarcaba el rostro delgado y de rasgos masculinos, el orgullo de los Potter, el que nunca decepcionaba a mi familia, reía junto a Archie, Reggie y mis primos Fred y Roxanne. Se mofaban de algún chiste interno, mientras que caminaban entre las mesas saludando a quienes saludaban a mi hermano.
Me detuve sin siquiera darme cuenta.
Imprevistamente, James también giró la cabeza, me vio a escasos metros de él, se le congeló la sonrisa y el rostro se le transformó completamente en cuestión de segundos. Dejó de reír a carcajadas como si la vida fuese un chiste y él el encargado de contarlo, y la sonrisa se borró de sus labios, para adquirir un gesto parco y de enfado. Roxanne le imitó entornando los ojos en mi dirección, Fred en cambio, todavía lucía su sonrisa mostrando todos sus blancos y centelleantes dientes. Pero James no dio tiempo a que nadie dijera nada. Comenzó a caminar más rápido que un rayo seguido por ellos, golpeándome el hombro mientras que pasaba por mi lado, sin siquiera saludarme como lo hacía siempre "Eh, Quejicus" o "Serpiente Slytherin". Me di cuenta que su silencio dolía mucho más que sus tontos apodos. Permanecí de piedra en el sitio, sin dar crédito a lo que acaba de suceder. Vale que el pasatiempo preferido de mi hermano fuera meterse conmigo, pero jamás había sentido ese odio tan profundo desde los primeros días en Hogwarts cuando el sombrero me seleccionó para Slytherin.
—¿Y eso a qué ha venido? —habló Scorpius, a mi lado, que miraba como se alejaba James, con una de sus cejas levantadas y los labios en un gesto de asqueo.
Me encogí de hombros sin saber que decir. Estaba igual de impresionado que él.
—¡Albus! —gritó entonces otra voz a mis espaldas. Pude reconocerla al instante, era Rose. No tardó en acercarse a nosotros en el momento que nos dimos la vuelta, con su maraña de pelo y un libro entre las manos—. ¿Estás bien? ¿Qué es lo que pasó anoche? ¿Tienes algún castigo por lo de ayer? ¿Le diste su merecido al menos? Ugh, no aguanto a Labonair…
Hacía una pregunta detrás de la otra, apresurada y sin dejar que respondiera algo y lo más importante de todo, sin atropellarse siquiera al hablar. Scorpius la miró durante unos segundos con los ojos abiertos de sorpresa ante todas las palabras que había logrado gesticular. Estaba batiendo su propio record.
—¡Más despacio, Rose! —me apuré a decir, agarrándole del hombro para que parara de cacarear como una gallina. Ella detuvo sus preguntas, a la espera, dando ligeros puntapiés en el suelo con los brazos cruzados.
¡Parecía mi madre!
—Lo primero de todo, ¿cómo te has enterado? —pregunté, sin contestar a ninguna de sus muchas preguntas. Era lo único que se me ocurría decir y desde luego primordial. Se ella se había enterado, seguramente todo el colegio lo sabría también.
—Todo el colegio lo sabe, no sé qué esperas de un montón de niñitos mimados sangre pura… están siempre a la espera de soltar idioteces para jactarse de su bravuconería —se apresuró a criticar ella, pero un carraspeo detrás de mí la detuvo. Ella alzó los ojos, parecía ser que se había olvidado completamente de Scorpius.
—Eh… Rose, te presento a Scorpius —dije, a ver si caía de una vez.
—¿Scorpius? ¿Scorpius Malfoy? —bromeó, rompiendo el contacto visual con él, y dirigiéndose de nuevo a mí. Su voz sonaba actuada con una mezcla entre la indignación y el desconcierto.
—Sí, por lo general ese suele ser mi nombre, Weasley —contestó Scorpius en un tono irónico. Tuve que contener la sonrisa. Rose por su parte, le ignoró totalmente.
—Al, de verdad… ¿Puedo hablar un segundo contigo para que me cuentes que pasó anoche? Estoy muy preocupada —me pidió ella rigurosamente, empleando un tono muy similar al que utilizaba su madre cuando preguntaba algo por "educación", cuando en realidad no estaba dando lugar a otra elección.
No me apetecía tener que rememorar desde tan temprano lo ocurrido la noche anterior, pero Rosie, era Rosie y sabía que solo estaba preocupada por mí. Finalmente di mi brazo a torcer, asentí y me giré para mirar a Scorpius.
—Yo iré a desayunar, me muero de hambre y ya conozco la historia, además, no quiero que Weasley me agobie a mi también con sus preguntas. Nos vemos luego.
Se despidió con un gesto de cabeza y le vimos marcharse en dirección a la mesa de Slytherin. Automáticamente Rose me arrastró hacia fuera del Gran Comedor, a través de la puerta principal, y luego hacia el patio donde estaba el monumento del coño. Me abracé a mi mismo nada más salimos. El típico frio del mes de Noviembre en Escocia te calaba los huesos y, prácticamente no había nadie afuera. Mucho mejor, así no podrían escucharnos.
—Tenemos que ir a hablar con la directora McGonagall —me afirmó Rose, cuando estábamos fuera, lejos de todo el mundo.
—¿A qué te refieres? —le pregunté, sin terminar de comprender.
—¿A qué me refiero? —repitió ella, como si le pareciera insólito que le preguntara eso—. Me refiero al hecho de lo que ha pasado...
—Rose…
—… porque no hay forma de consentir que cargues con toda la culpa…
—Rose, por favor…
—… sabiendo lo que hacen ellos… —continuaba ella, sin siquiera prestarme atención. Caminaba de un lado al otro, con pasos cortos y rápidos, y parecía hablar con ella misma. Conocía bien a Rose, y sabía que eso era lo que ella hacía cuando estaba nerviosa— …no, no, es obvio que no puede ser. Debes escribirle a tu padre…
—Escucha, Rose…
—… él es un hombre muy importante, y muy influyente también, estoy segura que encontrará una manera de sacarte de ese nido de alimañas de una vez por todas y más ahora con todo lo que sabemos…
—¡Rose, para! —estallé finalmente, y por fin se detuvo en seco donde estaba mirándome con los ojos abiertos como platos y los labios fruncidos—. Escúchame, por favor —le pedí, bajando el volumen de mi voz—. No voy a decir nada, estuve ya hablando con el profesor Slughorn y me ha —hice unas comillas en el aire— castigado, por lo que pasó.
—¿Qué? ¿Y el castigo de él? —cuestionó indignada.
—Bueno, a decir verdad… él no me ha llegado a hacer nada… —susurré y sentí que un leve rubor subía a mis mejillas.
—Tú… tú tan solo te defendiste, ¿verdad, Albus? —preguntó entonces Rose, y nuevamente, su tono sonó amenazador.
—Bueno… la verdad es que no me acuerdo, estaba nervioso… él sólo amenazaba, repetía una y otra vez que pagara su piano, me llamó asqueroso mestizo, y entonces sacó su varita y yo saqué la mía…
—¡Oh, por Dumbledore, Albus! —exclamó Rose, llevándose las manos a los cabellos, sin poder creer lo que le estaba diciendo—. No puedo creerlo... ¡Tendría que haber estado yo allí para...!
—¿Protegerme?
—¡Sí! Albus… Hogwarts se suponía que sería lo mejor que nos podría pasar en nuestras vidas y estamos metidos en un gran lío que a cada día que pasa se hace más grande. ¿Y si ahora te hacen algo por estar allí? ¡Se suponía que esto iba a ser perfecto! —me gritó ella, y unas lágrimas se acumularon en su rostro.
Enfadada, Rose se dejó caer sentada en uno de los bancos de piedra, desinflándose como un globo. Me senté en silencio junto a ella, pensativo.
—Todavía puede ser increíble, Rosie… no me va a pasar nada...
—No quiero que estés solo, eres un imán para los líos y un chico muy especial... por eso quería que quedases en Gryffindor conmigo... O bueno, ya me da igual la casa que sea, pero quería estar contigo.
—¡No estoy solo! —me apresuré a decir para recordarle—: Tengo a Scorpius.
—No digo que Malfoy sea malo, pero… sabes cómo soy...
—Eres la mejor prima que podría tener... —murmuré. Ella apoyó la cabeza sobre mi hombro—. Pero también eres la más pesada, no me va a pasar nada...
—Quiero que me cuentes todo —me dijo totalmente severa. Yo asentí—. Promételo.
—Te lo prometo, Rosie.
Rose pareció analizar la situación durante unos segundos y su ceño permanecía fuertemente fruncido. Supe que iba a necesitar mucho más que eso para convencerle, pero por el momento, que dejara de atosigarme con el tema era suficiente.
Estuvimos un rato más donde le conté largo y tendido lo que ocurrió la noche anterior y luego ambos volvimos al Gran Comedor. Nada más llegar nos separamos en nuestras respectivas mesas. Tomé asiento junto a Scorpius, que en ese momento comía una tostada con mermelada mientras que hablaba con Peter, George y Jackson.
Sin hablar, saqué una copia del horario de mi maletín y comencé a ver qué clases me tocaban a lo largo del día. Esperaba que no fueran tediosas, no estaba con los ánimos suficientes como para soportar un exceso de clases. Sabía que la primera materia que me tocaba era Encantamientos, pero no estaba seguro de si estaba seguida por Historia de la Magia o Transformaciones, y para cerrar el día, tenía Pociones.
Todavía estaba leyendo el horario, cuando una lechuza rezagada del resto entró y se dirigió hacia donde me encontraba sentado. La reconocí de inmediato; era Alastor y que se dirigiera a mí en vez de donde estaba mi hermano James, era una mala señal y más después de todo lo que había pasado. Sentí un nudo en la garganta. ¿Era posible que mi padre ya se hubiera enterado? No podía ser.
Tomé la carta que me extendía la lechuza, le acaricie levemente la cabeza, y finalmente, tomando coraje, abrí el sobre:
Querido Albus,
Seguramente te ha sorprendido el recibir esta carta de mi parte, pero más me sorprendería a mí recibir una tuya, ya que llevas más de un mes sin escribirnos. Ese es un tema que debemos tratar en cuanto llegues a casa por Navidad. No me gusta esa actitud, tus hermanos nos escriben casi todas las semanas.
Espero que estés bien, pero ayer recibí una carta de Neville, quien parecía muy preocupado por ti. Al principio me dijo que solo eran problemas con un chico de Slytherin, sin embargo, al final, me confesó que le habías atacado. Me ha dicho que piensa que algo anda mal contigo y que puedes estar en alguna clase de embrollo… te agradecería que me respondieras cuánto antes y me dijeras si es que te sucede algo, hijo. Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea.
Te quiere, tu padre
Según leía la carta, mi cabreo acrecentaba tras cada una de sus palabras escritas. Estuve a punto de dejarla a medias, hacerla una bola y tirarla a la basura, pero seguí y seguí hasta terminarla.
—¿De quién es? —me preguntó finalmente Scorpuis, a quien la curiosidad le había derrotado y dejó a los demás hablando del próximo partido de Quididtch, donde se verían las caras Hufflepuff contra Ravenclaw.
—De mi padre—le respondí.
—Oh…
—Mi padrino le escribió ayer… parece que todo el colegio se ha enterado de lo que pasó —expliqué mejor, mientras que le extendía la carta a Scorpius para que la leyera.
—Tienes que responderle —sentenció Scorpius luego de leer la carta.
—Sí, lo sé… después de clases —accedí con mirada turbia. Tener que responder una carta de mi padre me apetecía menos que enfrentarme a un basilisco.
{***}
Durante la clase de Encantamientos, el profesor Flitwick se limitó a contarnos sobre el encantamiento convocador, el cual aprenderíamos durante esa semana.
—El encantamiento convocador no puede ser usado sobre edificios. Además, no funciona en la mayoría de las cosas vivas, y en las pocas que sí lo hace generalmente no son consideradas dignas de ser convocadas, como los gusarajos —nos explicó—. ¿Sabe alguien si existe algún contrahechizo?
Volví a echar de menos la mano de Rose en el aire, estábamos con los Hufflepuff, pero esta vez fue Scorpius quien la levantó en su lugar.
—Existen contrahechizos que pueden ser colocados en objetos para prevenir que sean convocados. La mayoría de los objetos de valor son previamente encantados con hechizos antirrobo para evitar que sean convocados por nadie más que sus legítimos dueños.
—¡Muy bien, muy bien! —exclamó el bajito profesor—. Cinco puntos para Slytherin.
Scorpius cinceló media sonrisa con orgullo. Si es que… era otro cerebrito.
Finalmente, después de soltarnos un sermón sobre lo peligroso que era convocar objetos a grandes distancias, por fin nos dejó practicarlo. Nos entregó a cada uno un objeto (a mí me toco un tren roto), y nos enseñó los movimientos del hechizo "Accio".El hechizo parecía simple, pero no lo era.Los primeros diez minutos, nos dedicamos a esquivar los objetos que venían disparados hacía nosotros y a Justin Farrey, un chico de Hufflepuff, Cécile Lasserre le fracturó la nariz "sin querer".Al finalizar la clase tan solo unos cuantos logramos dominarlo.
La clase de Historia de la Magia transcurrió sin ningún inconveniente. Como siempre, encontré el tono monocorde del profesor increíblemente aburrido, parecido a un somnífero, y entre el aburrimiento, la falta de sueño y el déficit de atención, tuve mucha dificultad en seguir el rumbo de la clase.
Luego de la comida, fue cuando empecé a notar que las cosas iban mal. El ambiente era extraño. Cada vez que pasaba por el lado de algún grupo de estudiantes, se cerraban en banda y comenzaban a cuchichear entre ellos lanzándome miradas de soslayo y poniendo rostros consternados. Pero era mucho peor los momentos en los que el grupo de Labonair aparecía, al verme ponían cara de horror fingido y luego cuchicheaban abiertamente, para que me enterara de que estaban hablando de mí. Tuve ganas de volverle a hechizar, pero Scorpius me contuvo.
A la clase de pociones llegamos con apenas unos minutos de anticipación. Casi todos nuestros compañeros se encontraban ya dentro esperando delante de los calderos encendidos. Marcellius Labonair y Diegué Lasserre estaban sentados juntos en una de las mesas. El primero me lanzó una mirada de odio cuando entré al aula, algo agitado y el otro simplemente me siguió con la mirada como si fuese un mono de feria. Intenté ignorarle buscando con la mirada a Rose, por supuesto ella también estaba allí, siempre nos sentábamos juntos pero ese día la mesa donde estaba sentada se encontraba ocupada por Serena, George y Jackson. Ella me lanzó una mirada de "no es mi culpa, haber llegado antes".
Sin más remedio, busqué con la mirada una mesa vacía. Al fondo del aula encontré una y le indiqué a Scorpius que me siguiera. Nos sentamos y sacamos los libros.
Oteé la habitación siniestra repleta de tarros con ojos de serpientes o entrañas de cualquier animal que se te ocurriera mientras que, los demás se sentaban. Primero pude diferenciar a un grupo de Gryffindor que me observaba sin quitarme los ojos de encima, estuve tentando a levantarme y preguntarles "poco educadamente" que qué coño les pasaba, pero la melena rubia de Eileen recogida en una coleta, que me miraba, llamó mi atención. Cuando alcé la mano para saludarle, ella giró rápidamente la cabeza simulando no haberme visto. Deduje que quería evitarme. Por último mi atención recayó en Megara Prynce y su amiga Cheryl Argent, que con pasos decididos reclamando las miradas de todo el mundo, hasta de los tarros de cristal, parecían aproximarse en nuestra dirección. Me tensé. Eso no podía ser o por lo menos, esperaba que no lo fuera. El que la princesita de Slytherin se acercara a nosotros, solo podía significar problemas y en bastantes me había metido ya.
—No creo que estén viniendo hacía nosotros —murmuré, entrecerrando los ojos para poder verles mejor, al igual que siempre, no llevaba las gafas puestas—. Más vale que no vengan…
—Pues yo creo que sí —me contestó Scorpius, reclinando su cuerpo hacía atrás, sin quitar los ojos de encima de las dos chicas y estirando media sonrisa.
Finalmente para mi total desgracia, llegaron.
—¿Por qué tan solitos? ¿Necesitáis compañía? —preguntó Argent, pasándose la lengua por el labio superior mientras esbozaba una sonrisa.
Tenía el cabello larguísimo y pelirrojo, que le caía como una cortina en bucle sobre la espalda, por debajo de la fina cintura. Era de piel pálida, ojos marrones que susurraban "malicia" y sus labios respingones, de un leve color rojo, se alzaban combándose hacía su nariz. Pero lo que más destacaba de Cheryl Argent, era su aura explosiva con el emblema de Gryffindor que demostraba lo peligrosa que podía llegar a ser.
—La verdad es que no —contesté hostil.
—No seas gruñón, Potter. Piensa que te estoy haciendo un regalo —bisbiseó y pestañeó Prynce. Sentí que me estaba atravesando con la mirada hasta que—: Estoy respirando el mismo aire que tú.
—M, entonces nos sentamos aquí, ¿no? —cuestionó Argent, quitándose la túnica bordada en grana y oro.
Ella se limitó a asentir, y se sentó a mi lado, y justo al suyo se sentó Argent. Scorpius ocupaba el último asiento a mí otro lado.
Se sentaron y junto con ellas les siguió el silencio. Por el rabillo del ojo, miré unas cuantas veces a Prynce. Mantenía el rostro alzado y de ella se apoderaba un aire taciturno y calmo, como si nada pudiera modificar su conducta.Se atusaba el cabello de vez en cuanto y pestañeaba con delicadeza.En una ocasión giró su cabeza y me miró dedicándome una sonrisa que me puso los pelos de punta.
Finalmente Slughorn sofocado, irrumpió en el aula.
—Buenas tardes alumnos… hoy dejaremos a un lado los antídotos y comenzaremos a trabajar en la Poción Agudizadora de Ingenio —comunicó el barrigón.
Me sentí exaltado. En cuarto año estudiábamos extensamente los antídotos y estábamos a la espera de realizar la Poción Agudizadora de Ingenio y por fin, había llegado el día.
Pociones siempre había sido mi clase preferida, tanto en teoría como en práctica. Conseguir lo que quisiera con tan solo una poción, era alucinante, no, más que eso. Rememoré para mis adentros las palabras que nos recitó Slughorn una vez. Con el Felix Felicis, la suerte, con Amortentia, amor incondicional, con Veritaserum, la verdad, con la Poción Multijugos, otra identidad… De repente, abrí los ojos de par en par, ¡eso era! Lo que necesitábamos era otra identidad para sonsacar información, aunque… el Veritaserum también podría haber sido eficaz, pero muchísimo más peligroso.
Comencé a cavilar mi plan para más tarde contárselo a Rose y Scorpius, estaba tan concentrado que apenas escuché mientras el profesor pasaba lista.
—Prynce, Megara —recitó Slughorn con su voz alegre. Vi a la chica levantar la mano delicadamente en el aire extendiendo una sonrisa encantadora. Sus manos eran de largos y finos dedos y sobre la muñeca, descansaba una pulsera con lo que opiné que era una esmeralda—. ¿Qué tal su tío Magnus?
—Divinamente —le respondió ella apoyando los codos sobre la mesa y dejando descansar su mentón sobre la palma de su mano. En serio que parecía una niña buena—. El otro día me mandó una carta preguntándome por usted señor.
Pude notar que el rostro del profesor se iluminaba notoriamente ante la mención de que ese tal Magnus se acordara de él.
—¡No me diga! ¿Y su padre qué tal? —preguntó Slughorn, olvidando que estaba en clase, y debía seguir pasando lista.
—Muy ocupado, señor… Ya sabe que al ser una persona tan influyente… Bueno, que le voy a contar a usted, seguro que lo sabe de primera mano —le peloteó Prynce, con su voz suave de no haber roto un plato en su vida. Desde luego que cuando hablaba con adultos o profesores, era una chica de las que dicen que son como un ángel... Un ángel con el alma de un demonio.
—Oh, me va a poner colorado. Aunque estoy seguro de que su madre no se queda atrás, su último trabajo es envidiable. Recuerdo que solía hacer una poción para cambiar el color de la ropa —rememoró el viejo profesor. Luego, como si volviera en sí, continuó pasando lista hasta que terminó—. Bueno, sin más dilaciones comencemos la clase… ¿Quién puede decirme que en qué consiste la poción que vamos a realizar hoy? —preguntó el profesor, e inmediatamente, la mano de Rose se alzó en el aire.
—¿Señorita Weasley? —preguntó Slughorn, divertido. Estaba acostumbrado a esa escena tanto como todos nosotros.
—Esta poción hace que la persona que la tome se vuelva más lista. Muchos alumnos piensan tomarla durante sus T.I. y ÉXTASIS, lo que me parece una total falta de moralidad —concluyó, lanzando un comentario mordaz, acusándonos a la mayoría a pesar de no haber hecho nada.
—Excelente, señorita Weasley. Cinco puntos para Gryffindor, además yo también espero que no se utilice esta poción con métodos poco ortodoxos.
A mi lado, Scorpius rechistó molesto y murmuró:
—Eso lo sabe cualquiera.
—Bueno, bueno —se frotó las manos por encima de la barriga elaborando una sonrisa de vernos a todos tan callados y atentos, todos por la misma razón: esa poción podría librarnos de muchas horas de estudio—. Quiero que todos ustedes abran los libros en la página noventa y cinco, donde encontraran la explicación de cómo realizar su poción, tomen sus ingredientes y al final de la clase, quiero que coloquen su poción dentro de un frasco y lo dejen sobre mi escritorio para que yo luego los evalúe.
Inmediatamente se comenzó a escuchar el movimiento de la gente al sacar sus libros, varitas e ingredientes de las mochilas.Vi como Prynce abría delicada y lentamente su bolso, sacaba su libro con sumo cuidado, y comenzaba a trabajar sobre la poción, cuchicheando con Argent. A mi lado, Scorpius hacía lo mismo. Tomé mi propio libro y lo abrí en la página noventa y cinco, donde figuraba la receta para la poción.
Machacar los escarabajos y colocarlos en un caldero durante diez minutos junto con un cuarto de litro de bilis de armadillo. Comencé a machacar los escarabajos. Mientras que lo hacía, miré a Prynce de reojo, y me sorprendió al ver con la rapidez y habilidad que machacaba los suyos.
Volví a mi propia poción mientras ella agregaba con un movimiento ágil la bilis de armadillo. A la par que removía dentro de su caldero, le dio tiempo a ojear la poción de Scorpius, y como yo, vio que tenía algunos problemas con ella, que era de un color morado demasiado oscuro, y comenzaba a volverse pastosa.
—Agrégale dos bayas de muérdago aunque no venga en la receta de la poción… así volverá el tono original y diluirá el contenido —le sugirió Prynce, casi en un susurro. Mientras seguía concentrada en su propia poción.
—Gracias —le murmuró, mientras obedecía lo que ella le decía, e inmediatamente, el color cambió por arte de magia.
Yo no me hubiese fiado de ella, pero como Scorpius y Prynce se conocían desde pequeños, supongo que era normal.
Comencé a cortar la raíz de jengibre, todas de un tamaño exactamente igual, para luego poder exprimir el jugo. Prynce a mi lado revolvió unas dos veces hacia su derecha y se escuchó un leve chasquido dentro del caldero. La poción se volvió de un color morado brillante, muy parecido al color que estaba adoptando la mía.
—¿Es verdad lo que cuentan? —le preguntó de repente Argent a Prynce en un susurro y ella separó por primera vez la vista de su poción. Puse el oído sin poder evitarlo, algo me decía que debía hacerlo—. Ya sabes… Que Potter tuvo un duelo ayer con Marcellius, y que le derribó antes de que él pudiera siquiera tocarle un pelo.
—Claro que sí, pero eso no fue lo peor… —cuchicheó mientras exprimía el jugo de la raíz—. Marcellius dice que cuando le impactó el hechizo, sintió como que algo oscuro se acercaba a él…
—Que miedo, tía… —bisbiseó Argent, dejando los utensilios sobre la mesa.
Ambas inmediatamente me miraron de reojo con cara de terror fingido. No pude evitar reír levemente mientras meneaba un poco la cabeza. Sabía que se sentaran a nuestro lado iba con segundas intenciones y ahora me lo estaban demostrando.
—Como se ha exagerado todo… —dije metiéndome en su conversación, al fin y al cabo era lo que querían. A mi lado, Scorpius también rió.
—Lo próximo que escuches será que quisiste asesinarle con una maldición imperdonable —se burló, con un dejo de ironía en su voz.
—¿Quisiste hacerlo? —intervino Argent pletórica por poder sonsacar toda la información posible.
—Por supuesto que quiso hacerlo —le contestó Prynce, vertiendo el jugo en su caldero—. Estaba totalmente fuera de sí. Nos amenazó a todos. Y… desgraciadamente, todavía no he recibido una disculpa.
Me miró totalmente ultrajada, si pensaba que iba a pedirle perdón lo llevaba claro.
—No fue así. Él quiso atacarme, y yo sin darme cuenta le desarmé —me expliqué, mientras que colocaba la raíz de jengibre dentro del caldero.
Repentinamente la mano de Prynce se aferró con fuerza a mi muñeca, obligándome a alejar mi mano del caldero. Sentí el contacto por primera vez con su piel, que era fría. Le observé con mala cara. ¿También quería joderme en clases?
—Estas agregando más jengibre de lo normal —me explicó Prynce, mientras me soltaba—. No quieras que te pase nada malo, Slyboy.
—Mhm… gracias —dije no muy convencido, mientras instintivamente llevaba mi mano libre hacia donde segundos atrás había sentido el contacto frío con la mano de Prynce.
—Confiésanos —susurró después, pero algo en su tono de voz había cambiado. Parecía un poco más recelosa. Luego de unos segundos, volvió a hablar—. ¿Dónde has aprendido esa magia? No creo que te la haya enseñado tu padre. Ya sabes… ¿O tal vez sí? Sería un escándalo…
—¿Qué? ¡No! —me apresuré a responder. Scorpius me golpeó levemente con el codo para que bajara la voz. Rose nos estaba mirando, seguramente llevaba así toda la clase—. Fue sin querer… estaba molesto, no pude controlarme, y simplemente…
—La magia oscura salió de ti —Prynce completó mi frase. Me miró unos segundos más, y luego, volvió a su poción.
—Todo el mundo lo sabe, Potter —intervino Argent— El siseo de una serpiente atraviesa cualquier muro, incluso el de los leones.
Me tensé.
—Si yo fuera tú, Potter… mantendría un perfil más bajo —agregó Prynce.
—¿Por qué lo dices? —pregunté de manera desafiante.
Ella revolvió en el sentido contrario a la agujas del reloj un par de veces más su caldero, sin responderme, como si meditara como decir lo que seguía.
—Porque no querrás que la gente piense que eres el nuevo Lord Oscuro —me dijo Prynce, en un murmuro lúgubre, mientras que vertía el jugo en su poción. Se escuchó un chasquido y comenzó a burbujear expandiéndose al fin brillante por el caldero.
—¡Vaya! Excelente poción, señorita Prynce… veo que tiene usted también el talento para pociones de toda su familia… —exclamó Slughorn cuando se acercó al caldero de Prynce. La poción se veía tal como decía la receta. Slughorn giró para mirar la mía y sonrió—. Muy bien usted también, Potter… otro que ha heredado los buenos genes de su familia.
Pude ver a Marcellius Labonair hacer una mueca de asco como si estuviera vomitando mientras que Slughorn continuaba halagando a la familia Potter.
—Señor Malfoy —se asomó a su caldero—. La suya también está muy bien.
No presté atención a las felicitaciones recibidas por parte del profesor de Pociones. Mi mente todavía repetía la última frase de Prynce. Tuve que esperar a que el profesor se alejara hacia la mesa de Rose, que todavía seguía alerta, para poder hablar de nuevo con ella.
—¿Eso es lo que dicen de mí? —le pregunté cuando estuve seguro de que nadie más que ellos podían escucharme. La chica me miró de reojo, mientras, vertía su poción en uno de los frascos.
—Hay algunos rumores, no se ha corrido mucho la voz… pero estoy segura de que todo el mundo lo piensa —me respondió ella.
—¿Qué tipo de rumores? —exigí saber.
—Sólo es que muchos encontraban raro que hayas terminado en Slytherin, Potter —dijo. Alcé una ceja, y Scorpius resopló levemente—. Ya sabes… eres el hijo de Harry Potter… y terminaste en Slytherin. Y después de esto, muchos piensan haber encontrado la respuesta… bueno, que el sombrero debe de haberte mandado aquí porque tú… —se quedó callada—. Cheryl, termina tú —se llevó las manos a la cara teatralmente— a mí, me da mucha pena.
—Piensan que te ha mandado a Slytherin porque tienes poderes oscuros —terminó la frase Argent de manera directa y cruda.
Sentí un pesar en pecho, como si de golpe me hubieran puesto una mochila llena de piedras encima. Y entonces, la campana que marcaba el fin de la clase retumbó en las mazmorras.
—¡Coloquen sus pociones en frascos y déjenlas sobre mi escritorio! —anunció el profesor.
Rápidamente Argent y Scorpius se dispusieron a poner sus pociones en botellas, pero yo en cambio, tardé unos segundos más. Sentía las manos entumecidas. Serví la poción dentro de la botella, y torpemente, la apoyé sobre la mesa mientras cerraba el libro. Tan confundido me sentía que no noté que la había colocado sobre el borde de la mesa. La botella perdió estabilidad, y cayó al suelo. El frasco se rompió en mil pedazos y la poción se desparramó por todas partes.
—Me debes una, te he contado todo lo que dicen de ti. Ya me cobraré, chevalier —escuché que me decía la princesa de Slytherin cuando nos quedamos solos en la mesa.
—Eres un demonio —contesté con odio.
—Los demonios son más dichosos que los ángeles. Después de todo ellos pueden disfrutar de todos los pecados. Au revoir, mon amour! —se despidió, me lanzó un beso con la mano y seguida de su séquito que la esperaba en la puerta se fue.
Mientras su cabello castaño desaparecía entre la desvejecida puerta y escuché el tintineo de sus escandalosas risas, Scorpius apareció a mi lado. Comenzó a recoger su material en silencio, estaba esperando a que yo lo rompiera, pero no sabía si estaba preparado. Guardaba el kit de ingredientes en el momento que pude distinguir la voz de Rose despidiéndose de Serena y cuando alcé la mirada estaba delante nuestra esperándonos para marcharse con los brazos cruzados, deseosa de que le contáramos lo que había pasado con Prynce y Argent.
—Yo me tengo que quedar chicos, hoy empieza mi castigo —dije resignado, mirando de reojo el estropicio del suelo, el que también tendría que limpiar.
Scorpius me miró completamente abatido, y Rose puso su gesto de «te-quiero-ayudar-y-no-se-como-hacerlo», por lo menos no era «no-haber-infringido-las-normas-del-colegio», que era el que solía poner.
—Te esperamos en el comedor —me contestó Scorpius—. Intentaré que los patanes estos no te dejen sin cena.
—Sí, esperadme allí, —convine, agregando en una tonada misteriosa—: tengo que contaros mi plan...
—¿Qué plan? —inquirió automáticamente Rose, asombrada, con los ojos entrecerrados.
—Luego, ahora no puedo...
—Vale... —me respondió Rose no muy convencida. Después miró a Scorpius severamente—. Malfoy, ahora me tienes que contar tú lo que ha pasado con esas dos.
Salieron asegurándome que me guardarían croquetas de jamón y el aula se vació en cuestión de minutos. Slughorn recogió los frascos de cristal y se acercó a mí rápidamente.
—¡Aquí está el pillo! —dijo, tocándose la barriga y mirando un reloj de bolsillo—. Yo tengo que ir a hacer unas cosas, muchacho, limpia los calderos que hemos utilizado hoy, cuando termines, puedes irte. Que queden relucientes y recuerda nuestra charla. ¡Nada de magia!
Y tan rápido como vino desapareció. Yo me le quedé mirando y sin querer me imaginé un caldero con patas.
Avancé por el pasillo entre los pupitres repletos de calderos sucios hasta donde estaban los estropajos y los utensilios de limpieza, arrastrando los pies con desgana y finalmente los cogí a regañadientes.
Me dispuse a empezar la tarea, los minutos pasaron tan despacio como si fueran horas. Las velas se fueron consumiendo y la agonizante luz desdibujaba las múltiples caras de asco que ponía cada vez que veía la masacre que me esperaba dentro de cada caldero. El trabajo no se me hubiera hecho tan tedioso si no fuera porque en mi cabeza se arremolinaban todo el tiempo las palabras de esas dos. "Lord Oscuro". Sentía una mezcla de enfado con preocupación. Primero me preocupaba por si tenían razón. ¿No era yo el que tenía siempre las mismas pesadillas con la misma mujer? Pero luego, al rato, me cabreaba por creerme los cuchicheos de cuatro personas.
Me estaba volviendo loco.
Cuando me tocó el caldero de Labonair, chasqué los dientes con asco, estaba pegajoso y me dolía la mano de tanto frotarlo.
—Gilipollas —murmuré, tentado a hechizar su caldero.
De repente escuché un chasquido a mi espalda y me di la vuelta mientras llevaba la mano al bolsillo de mi túnica dispuesto a sacar la varita, esperándome encontrar a Labonair o alguno de sus estúpidos amigos. Sin embargo, tan solo era un elfo doméstico que me miraba con una radiante sonrisa y las orejas totalmente puntiagudas.
—¿Gio? —pregunté asombrado.
—¡Buenas noches, señor Potter! —me saludó enseñando sus dientes descolocados y algo ennegrecidos, mientras con sus manos estrujaba sus pantalones de niño pequeño—. ¿Gio no ha hecho bien en venir?
—Estoy encantado de volver a verte, no te veía desde mi cumpleaños —me apresuré a saludarle—. Pero, ¿has venido por algún motivo en especial?
—Sí, señor —contestó Gio con franqueza—. Gio ha venido a ayudarle, señor..., no es fácil limpiar culos de caldero, señor... Gio se pregunta por dónde empezar a ayudar al señor Potter. Marie también quería venir, señor, pero debía servir los platos de la cena.
—Salúdale de mi parte y… —me rasqué la cabeza— por cualquier lugar —concluí, contento por el gesto del elfo—. Pero, ¿no te meterás en problemas? Además, no quiero molestarte.
—¡¿Molestar a Gio?! —chilló y temí que alguien nos escuchara—. ¡Molestar a Gio! —repuso de nuevo el elfo con voz disgustada—. Gio está encantado de poder ayudar al señor Potter. Vendrá a hacerlo siempre que pueda, señor.
—Entonces, aceptaré encantado tu ayuda.
A partir de ese momento, no se me hizo tan pesado limpiar los calderos y mi humor medio mejoró. Pasar tiempo con Gio era divertido. Cada cinco minutos soltaba algún disparate y yo me tronchaba de risa encima de algún caldero sucio, además con su ayuda, seguramente me ahorré casi media hora de estar frotando.
Cuando salí de allí, me di cuenta que la cena ya había empezado, e intenté andar lo más rápido posible memorizando el plan que había creado hacía el Gran Comedor, sin embargo, cuando estaba a punto de cruzar la esquina para atravesar los grandes portones, alguien me agarró del hombro. Me di la vuelta encontrándome con mi padrino. Mi gesto cambio de pensativo a un fruncido de labios y las cejas arrugadas.
No me apetecía nada hablar con él.
—¿No me has escuchado? —preguntó Neville, con su voz amable cuando me di la vuelta para mirarle—. Llevo detrás de ti todo el camino.
—¿En serio? —pregunté incrédulo—. No me he dado cuenta, lo siento —me disculpé, intentando ser agradable a duras penas.
—¿Cómo estás? —me preguntó.
Seguramente me quería interrogar sobre el asunto de Labonair e intentaba allanar el terreno. Le conocía bastante bien.
—Tengo todos los músculos agarrotados —me quejé, moviendo los dedos de la mano—. Me ha tocado sacarle brillo catorce veces a un caldero antes de que quedara perfecto y alguien ha echado babosas en el suyo, me ha llevado un siglo quitar las babas. Bueno, ¿y tú qué tal?
—Bien, preocupado por ti... —confesó finalmente, pasando sus manos por su túnica de color arena.
—Y si tan preocupado estabas... ¿Por qué no me has preguntado antes de escribir a mi padre? —cuestioné con algo de rencor. Era lo peor que me podía haber hecho.
—Debía saberlo, Albus. Si estuvieras en líos y yo no estuviera en Hogwarts... Me gustaría saberlo.
—Tiene sentido... El problema es que no estoy metido en ningún lío, Neville. Solo fue una tontería, os preocupáis demasiado —zanjé, no queriendo hablar más del asunto.
—Más vale prevenir que curar, ¿no? —preguntó alzando las cejas.
Me quedé en silencio escondiendo mis manos en los bolsillos de mi túnica y alzando la mirada al techo.
—No estés enfadado... —me dijo con voz amable. Neville conocía mi carácter y sabía cómo lidiar conmigo—. Vente a cenar a los invernaderos y te enseñaré algo con lo que quedarás sorprendido.
Suspiré. La verdad es que me estaba comportando realmente como un imbécil, y lo sabía, pero tampoco me salía ser muy amable después de todo. Luego me disculparía, porque era mi padrino, porque le quería y porque entendía que se hubiera preocupado aunque no compartiera sus métodos.
Sin decirle nada, comencé a andar hacía delante, él se quedo plantado en el sitio y yo tuve que darme la vuelta para verle. Cuando lo hice, sonreí, no pude evitarlo. Era una de estas risas que nacen después de un enfado tonto y que no puedes controlar.
—Venga, me muero de hambre —formulé finalmente, dando por cerrado al tema de mi pelea con Labonair. Necesitaba desconectar de toda esa mierda y quizá, un rato con mi padrino, me ayudaría a olvidarme de todo.
Él me sonrió de la misma forma mientras seguía mis pasos. Atravesamos los pasillos que se iluminaban ya por las antorchas y finalmente entramos en el resplandor de la noche alumbrado por las estrellas. Bordeamos el castillo y vi a lo lejos el campo de Quidditch antes de entrar en el recinto de los invernaderos. La noche era fría y me apretujé en el interior de la túnica.Eché en falta un gorro que me calentara las orejas.
Mientras me contaba que Hannah, la enfermera y su esposa, había estado curando un brote de ronchas rojas por Hogwarts, pasamos de largo el invernadero uno y dos. Al llegar al número tres, Neville cogió una llave grande que llevaba en el cinto y abrió con ella la puerta. Me llegó el olor de la tierra húmeda y el ligero aroma del abono mezclados con el perfume intenso de unas flores gigantes, que cuando entramos, me fijé que tenían el tamaño de un paraguas y colgaban del techo.
Fuimos a su despacho (para mi alegría, no creía poder cenar con ese olor) y allí estuvimos comiendo juntos. Ciertamente me puse las botas y a cada bocado me relamía los labios. Neville me estuvo preguntando acerca de cómo me estaban yendo las clases y contando lo que tenía que enseñarme. Lo bueno de mi padrino era que no te obligaba a hablar de lo que no querías, sino que buscaba temas con los que te sintieras a gusto para que después terminaras soltándoselo todo tú solito. El tema de York era demasiado serio, por lo que, me hice un nudo en la lengua y no dije nada.
Bueno… casi nada.
A veces tenía la lengua de trapo.
—El profesor Labonair no me cae nada bien... —solté, cuando terminé de saborear el postre.
—Bueno, es un hombre de lo más... —pareció pensar su respuesta y finalmente dijo—: estirado...
—Yo diría que es... bueno, diría que no es de fiar...
—¿Por qué dices eso? —cuestionó, echando su cuerpo hacía delante con interés. En ese momento me tuve que contener con todas mis ganas de contarle nada o se lo diría corriendo a mi padre.
—Por nada, tan solo que no me cae bien...
—Bueno, pero no por eso, quiero que te metas en líos —convino severo.
—Para nada... —le contesté sin mucha convicción.
—No tienes remedio —dijo, meneando la cabeza—. Ahora ven, que te voy a enseñar lo que te he comentado y luego te vas a tu Sala Común. Ya es muy tarde.
Nos levantamos, estaba ansioso por ver las plantas de las que me había comentado, según él su jugo era de lo más potenciador para cualquier tipo de poción. Volvimos a entrar en el invernadero tres y caminamos por entre un sinfín de mandrágoras recién trasplantadas y unas cuantas plantas carnívoras. Finalmente, llegamos a un rincón, donde apartadas de las demás descansaban un par de ejemplares que no había visto en mi vida.
La primera media tres pies de diámetro, era de un color carnoso y tenía manchas que parecían la piel manchada de un adolescente con acné. Olía muy mal y tenía un agujero en el centro que contenía agua. La planta no tenía ni hojas, ni tallos, ni raíces.
La segunda tenía sólo dos hojas y un tallo con raíces. Si la mirabas bien, sus hojas parecían alienígenas. El tallo era más grueso que alto y de un color verde intenso mezclado con el negro y no entendí la razón pero me dio repelús con solo pensar en tocarla.
—Me las han enviado Luna y Rolf de Castelobruxo, por lo que me han comentado, en la selva amazónica de Brasil hay una gran variedad de plantas que muy pocos magos conocen —comentó y yo examiné las plantas con cuidado.
—Entonces, con unas gotas del jugo de una de estas plantas, ¿puedes hacer que la poción dure más tiempo del habitual? —pregunté y en mi cabeza saltaron chispas al sumar dos y dos. Nos podrían ser de mucha utilidad.
—Así es, pero no es solo eso, puede hacer muchas más cosas. ¿No es fantástico? Podría ser un gran descubrimiento —dijo, observando fascinado las plantas—. Todavía nos quedan muchas cosas por aprender de la magia en la naturaleza.
Asentí interesado en ellas y en pensar en su funcionamiento con pociones.
Estuvimos un rato hablando sobre las plantas y me marché. Llegué tan tarde que la Sala Común de Slytherin estaba prácticamente vacía y me fui derecho al dormitorio. Todos estaban durmiendo, así que decidí esperar al día siguiente para contarle a Scorpius y Rose mi plan. Me puse el pijama y me eché en la cama esperando no tener pesadillas. Media hora después caí rendido.
{***}
A la mañana siguiente supe que ya no podía retrasar más la carta que debía de escribirle a mi padre si no quería recibir una peor. Antes de bajar a desayunar, sentado sobre mi cama, cogí un trozo de pergamino, una pluma, el tintero y comencé a darle vueltas rozándome la nariz, pensando en que responderle. Me hubiera gustado escribirle algo como: «¡qué te den! ¿Me has escrito tú a mí durante este mes?», pero comenzar una pelea no era lo que necesitaba.
Finalmente puse lo primero que se me pasó por la cabeza:
¿Eso quiere decir que soy el peor hijo del universo?
Bueno, lo siento, prometo intentar escribir más, aunque no me interese lo más mínimo.
No estoy metido en ningún lio, tan solo me estaba culpando por algo que yo no hice, le dije que yo no había sido, pero él siguió insistiendo de que sí, luego la cosa se nos fue de las manos, pero ya somos amigos, los mejores amigos, sin duda alguna.
Las clases me van bien, gracias por preguntar... ¿O espera? Creo que no me habías preguntando acerca de eso. Y yo en general también... ¿Espera otra vez? Creo que tampoco me habías preguntando cómo me siento.
En fin, da un beso a mamá y dile que estoy deseando estar con ella.
Saludos, Albus
La releí, se trataba de una carta corta y fría, pero era lo que se merecía. Scorpius se acercó para poder leer lo que había escrito.
—En tu línea —expresó, meneando la cabeza—. Pero supongo que está bien. No dejes que tu prima la lea o hará que vuelvas a escribirla.
Asentí, tenía razón.
—Vamos a desayunar y luego nos acercamos a la lechucería. En una hora y media debemos estar en Herbología —dije, recordando la charla de la noche anterior con mi padrino.
Salimos cargando nuestros libros en dirección hacia al Gran Comedor. Allí nos encontramos a Rose y como teníamos la misma clase a continuación, después de desayunar decidió acompañarnos. Perfecto, así podría contarles mi plan. Cuando llegamos a la lechucería, atravesando un sendero de excrementos, nos encontramos a Paige y Serena con los cabellos repletos de plumas de las lechuzas que descansaban en lo alto. Sinceramente no me sorprendió verles allí. Paige Hamilton era conocida por ser una fanática de las lechuzas. Le apasionaban. Nos había dado la chapa un millón de veces con que eran tan listas que sabían dónde ir sin siquiera saber su ruta y cosas por el estilo.
—¿Qué hacéis aquí? —inquirió Rose.
—Tenía que dar de comer a Frida, Petra y Serafina —contestó Paige con una pequeña lechuza en el hombro, limpiándose la túnica de Ravenclaw con una mano y con la otra dándole una chuchería lechucil—. Frida es tan pequeña que me da miedo que no sepa buscarse su propia comida.
—¿Habéis visto a Alastor? —pregunté, buscando a la lechuza tuerta entre el centenar de aves que te miraban.
—Tu hermano ha venido conmigo antes y le ha dado una carta, no sé para quién, pero parecía agitado —me contestó Serena y me fijé en la chapa que portaba de Los Beatles encima del emblema de Gryffidor.
—Entonces… ¿Puedo utilizar a Arquímides? —pregunté a Scorpius.
—Claro, toda tuya. Dame la carta.
Scorpius, silbó a su lechuza que estaba en lo alto con la cabeza metida debajo del ala, ésta descendió y se posó a su lado. Después ató la nota a su pata, y la despidió con una suave caricia en el pico.
Tan rápido como la vimos despegar, nos despedimos de Serena y Paige y sin perder tiempo, nos encaminamos a los invernaderos. Decidí sacar el tema de la poción mientras bajábamos las escaleras y el viento nos azotaba los bajos de las túnicas lejos de los oídos de cualquiera.
—Poción multijugos, chicos —dije, sin previo aviso ni dar ningún tipo de explicación—. Si Prynce ha hablado una vez, tengo claro que hablará más si se cree que somos Labonair. ¿No creéis?
—Megara no es de ellos, la conozco bien —convino Scorpius metiendo las manos en los bolsillos de su túnica, no muy convencido.
—Si tú lo dices… —murmuré, fijando mi vista en los peldaños para no tropezar—. Igualmente, creo que nos puede ayudar, seguro que sabe más de lo que nosotros sabemos y quien más puede saber de Labonair y su familia en este colegio.
—¿Estás seguro de lo que quieres hacer? —cuestionó Rose, atajando el último peldaño y notamos la hierba a nuestros pies—. Nos saltaríamos unas mil normas y… además es muy peligroso. Muy, muy peligroso.
—Pero... ¿No sería más fácil hacernos pasar por Labonair y preguntar a su padre? ¿O hacernos pasar por otra persona de su entorno y preguntarle a él? —intervino Scorpius—. Os aseguro que van a saber más que Megara.
—Sería más fácil, pero también más peligroso y no quiero que Eileen pague lo que hagamos nosotros —dije y una ráfaga de viento nos revolvió el pelo.
—Eso es cierto... —concedió Scorpius.
A lo lejos ya se divisaban las altas columnas del campo de Quidditch, lo que indicaba que pronto llegaríamos a los invernaderos, por eso, aflojé la marcha.
—Además, supuestamente dices que la princesa de Slytherin no es una de ellos, pero yo se que si nos puede ayudar. Lo que quiero decir es que, si no es una de ellos y nos llega a descubrir, Eileen no sufrirá nada.
—Buen plan, Albus.
—Por cierto, chicos... —interrumpió Rose, parecía consternada—. Eileen parece no querer saber nada de nosotros. Ayer me evitaba todo el tiempo. En cuanto llegué a la Sala Común, me senté a su lado para preguntarle por los deberes, ya sabéis, intentar aparentar normalidad… Justo cuando lo hice, se levantó corriendo y se marchó sin decirme ni una palabra. En otro momento me hubiera parecido una maleducada… —Carraspeé para que siguiera—. Bueno, luego en la habitación se cerró las cortinas y en las clases se ha sentado lo más lejos posible tanto de vosotros como de mí.
—Tendremos que hablar con ella entonces —refuté, aunque estaba seguro de que no se nos haría nada fácil.
—¿Le deberíamos contar el plan? —interrogó mi amigo, dando una patada a una piedra del camino.
—De eso no estoy tan seguro... Tiene miedo, mucho miedo, es normal, pero su miedo puede hacer que todo se vaya a la mierda.
Nadie quería eso.
—Ya... El miedo es muy peligroso... —caviló Rose.
—En fin, me gustaría tener la poción cuanto antes —anuncié, ansioso por saber más. Sentía que se nos estaba escapando el tiempo entre los dedos.
—Albus, esa poción requiere tiempo, no podremos hacer nada hasta después de Navidad —desveló mi prima a pesar de que yo era consciente de lo que se tardaba en efectuar esa poción y que no era moco de pavo.
—Lo sé... Una completa mierda de hipogrifo... —maldije.
—También requiere muchos ingredientes que nosotros no tenemos... —dio un golpe de realidad Scorpius.
—¿No estoy castigado limpiando calderos por algo de lo que no tengo la culpa? Eso se llama trabajo no pagado, así que tendré que pagármelo con algo del armario de Slughorn.
—¡Albus!
—¡Rose!
—¿Y donde tienes pensado hacerla? —intervino Scorpius, cuando entramos en el recinto de los invernaderos, bajando la voz de personas curiosas—. Me parece que a parte de los ingredientes eso es un factor muy importante que se os ha pasado por alto.
—Hay que buscar también un sitio seguro... La cuestión es… ¿Dónde hay un sitio seguro en todos Hogwarts? Siempre hay oídos y ojos por todos los lados —pregunté pensativo, devanándome los sesos por encontrar un lugar.
—Deberías pedir el mapa del merodeador a tu hermano... —susurró Rose, mirándome por el rabillo del ojo.
—Oh, sí, seguro que me lo deja... —dije sarcásticamente fastidiado por el comportamiento de James—. El muy gilipollas se cree las tonterías que dicen de que soy el nuevo heredero de la oscuridad. Ya vio Scorpius como me trató ayer y estoy seguro que es por eso.
—Si hablas con él entrará en razón. Es cabezón, pero a veces tiene dos dedos de frente —argumentó Rose, a la par que pasábamos por el invernadero cuatro.
Finalmente llegamos a la puerta del invernadero. Suspiré resignado antes de entrar, pero accedí. Era mucho más importante descubrir que estaba pasando que enfrentarse a las gilipolleces de mi hermano.
—Si no queda otra, tendré que hacerlo.
