Nació en una cuna desafortunada, de padres endeudados con la mafia hasta una noche en que dichas deudas fueron cobradas a base de pistolas, fuego y sangre.
A los cinco años, Souva fue otro niño huérfano en las calles. A los ocho se convirtió en el líder de un grupo de pequeños que luchaban por sobrevivir un día a la vez. A los once se volvió el aprendiz de un asesino del Santuario.
Souva era un sobreviviente por naturaleza, su maestro lo supo el día en que lo encontró en ese edificio abandonado, cuando lo vio matar a un hombre por mera supervivencia y venganza.
En el chico se vio a sí mismo reflejado cuando era igual de joven, motivo suficiente para decidir tomarlo bajo su tutela.
Souva no pudo quejarse, esa vida fue mucho más amable de la que llevó en las calles, cuando menos no le faltaba el alimento ni el techo… a menos claro que fuera castigado, siendo algo que ocurría con frecuencia.
Una tarde, Souva sostuvo un frasco dentro del que se encontraba prisionero un gran escorpión rojo. Tragó saliva al desagradarle la idea de tener que entrenar con ese arácnido.
Su instructor era un hombre de mediana edad, cabello corto de color azul marino que solía ensombrecerle el rostro, piel amarillenta debajo de toda la ropa de entrenamiento negra que vestía. Jamás le permitió conocer su cara, la ocultaba con una mascarilla de tela oscura.
— Vamos niño que no tengo todo el día —pidió el tutor, dando vuelta a la hoja de un libro que leía con atención.
Dentro de la humilde cabaña en la que vivían, maestro y discípulo se encontraban sentados en el suelo uno frente al otro. La vivienda no estaba equipada con las mejores comodidades, pero tenía lo indispensable para que dos varones sobrevivieran en la montaña.
La construcción era de madera firme, conservaba un color barnizado que delataba cuidado así como limpieza constante. De un solo piso la estancia estaba distribuida en una cocina, una mesa y una esquina donde los futones* se podían extender para dormir. La iluminación era muy escasa, pues las ventanas permanecían la mayor parte del tiempo cerradas, valiéndose del fuego del horno y algunas velas para alumbrar el interior.
— Maestro Kenta, creí que la serpiente de la semana pasada sería suficiente para que me dejara en paz… —comentó el chico, temeroso del animalejo que raspaba el vidrio con las tenazas—. Y ahora me trae esto…
— Te lo he explicado muchas veces Souva, —el maestro suspiró con hastío, sin dejar de leer—, esto es parte importante de tu entrenamiento. Los miembros del Clan de las Sombras nos especializamos en las artes del escorpión. Cada guerrero de nuestro clan debe preparar cuerpo y mente para luchar, volverlos resistentes, disciplinados, obedientes. Parte del proceso es este —con una mano, el peli azul abrió el recipiente que el chico sujetaba, metiendo los dedos para tomar a la criatura. Souva vio claramente como el escorpión clavó su aguijón en la piel del enmascarado quien no reaccionó de ninguna forma, era más la atención en la lectura que en los piquetes en sus dedos—, es una tradición que durante años hemos llevado a cabo, y tú no vas a ser la excepción —regresó a la criatura al contenedor—. Por ello tu cuerpo requiere experimentar todos los venenos posibles, así aprenderás a combatirlos, a entenderlos, incluso a ganar inmunidad. Algún día, el piquete de un escorpión o algún animal venenoso será tan ordinario para ti como lo es el saludo de un amigo.
— ¡Es barbárico! —comentó el jovencito todavía no muy convencido, haciendo muecas en el reflejo del cristal. Anteriormente se dejó pinchar por un pequeño alacrán, una araña, una cobra… Aunque el maestro Kenta ha estado ahí para orientarlo, seguía siendo una prueba aterradora.
— Puede ser —concordó el hombre—, pero éstas prácticas te permitirán tener un dominio total sobre tu ser a un grado del que ni te imaginas, es necesario para avanzar a la siguiente fase del aprendizaje. La lucha constante para superar a un enemigo que no puedes ver o tocar brinda una mayor experiencia que contra aquél al que sí puedes… créeme.
Souva suspiró resignado— ¡Está bien, pero lo haré con la condición de que esta noche cenemos korokke*! —exigió—. ¡Estoy harto del ramen*!
Inmediatamente recibió un librazo en la cabeza— No tienes derecho a exigir nada, es mi casa, mi cocina, mi comida, mis reglas, comerás lo que yo diga —aclaró el maestro, indignado por la actitud altanera del chiquillo.
El jovencito se talló la mollera, muy adolorido.
—Deja de hacerme perder el tiempo —Kenta lo miró fijamente a los ojos, conservando un temple autoritario—. No me sirve para nada un aprendiz que se acobarde con tan poco, ni mucho menos que desconfíe de mis enseñanzas. Has podido largarte desde el primer día que te traje aquí, allí está la puerta todavía.
El niño bajó la cabeza, sintiéndose un poco avergonzado. Aún no deseaba la libertad que había en el exterior. Ansiaba ser fuerte, encontrar un propósito a su vida la cual desde el principio no tuvo sentido. Quería seguir escuchando a su maestro decirle que era bueno para pelear, que había nacido con talento para ser un guerrero, que estaba orgulloso de él…
Sin decir nada más, Souva dejó libre al escorpión, permitiéndole que lo pinchara en la palma de la mano.
El maestro Kenta se encargó del arácnido, alejándolo. Permaneció atento a lo que sucedía con su discípulo quien rápidamente comenzó a presentar los síntomas básicos.
Souva se sujetó la garganta ante la sensación de un objeto extraño en su interior, conforme los mareos distorsionaban todo el lugar. Escuchaba la voz de Kenta tan lejana, sin entenderle claramente, pero sabía de memoria las indicaciones. Juntó las manos a la altura del pecho, realizando movimientos simétricos con los dedos, manipulando el flujo de su ki*, el cual ha entrado en combate con la corriente invasora que inyectó el escorpión.
— ¡Sasori!— pronunció con poco aliento, apretando los ojos, resintiendo la sudoración fría que le bañó el rostro y enfrió las manos. Su corazón bombeó a gran velocidad, sintiendo mucho dolor por todo el cuerpo. Cayó de espaldas sobre el tatami* en donde convulsionó.
Lo más difícil era detener el avance del veneno, pero una vez que se logra sólo queda hacerlo retroceder. Tras unos minutos de continuos espasmos y vómitos, el jovencito se quedó inmóvil.
El maestro se acercó para tocar la muñeca izquierda de su alumno, verificando que se encontraba con vida. Comprobó que había logrado superar la primera fase— Ahora todo depende de ti chico… No te preocupes, que sí habrá korokke para cenar.
Capitulo 13. Apóstoles Parte IV.
Otra dimensión en Géminis
El Santuario de Atena, Grecia.
Terario de Acuario y el joven Jack subieron a toda velocidad hacia el templo de Aries, deteniéndose al contemplar los rastros de la batalla que allí se suscitó.
Terario fue el primero en entrar al templo zodiacal con cautela. Jack lo siguió, notando el enorme boquete en el techo de la casa. Sorprendiéndose todavía más por el enorme pozo que había en el suelo, cuya profundidad parecía no tener fin.
El santo de Acuario observó con interés el cadáver que encontró en el camino. Miró con curiosidad las heridas que el cuerpo presentaba, mismas por las que toda la sangre emergía. El sujeto tuvo una muerte instantánea, de eso pudo estar seguro al detectar cómo es que los puntos vitales fueron destruidos.
Terario escuchó la voz de Jack que lo llamaba con urgencia. Se dirigió hacia donde el joven descubrió a un caballero dorado malherido.
Jack giró al hombre con cuidado, extrañándose al ver algunas venas sobresaltadas con color negro en el rostro del guerrero. Detectó la sangre debajo de él, localizando una profunda herida en el muslo por la que parecía desangrarse.
Acuario observó al pálido caballero dorado, siguió con la mirada la sangre que resbalaba por los escalones, inclinándose a tocar un poco con los dedos, notando el abundante color negruzco que acompañaba al líquido carmesí.
— Está vivo —anunció Terario al percibir que su cosmos no ha desaparecido—. Su sangre fue contaminada por ésta extraña sustancia, tal vez veneno.
Jack asintió— Es probable que él mismo se hirió, buscando perforar una arteria y disminuir la cantidad de veneno en el torrente sanguíneo —dedujo, sabiendo que fue algo acertado pero a la vez riesgoso—. Debió haber estado muy desesperado para recurrir a esto.
Jack se arrancó un pedazo de tela del pantalón y aplicó un torniquete en el muslo herido de Souva. Si al menos supieran cuál es el veneno se podría fabricar un antídoto. El joven de cabello oscuro no sabía qué hacer para ayudarlo, eso lo desesperó.
Acuario sacó de entre su armadura el pequeño estuche de madera que Natasha le había obsequiado antes de partir— Úsalo sólo en emergencias —dijo ella, pues bien, ésta era una situación de urgencia. Tal tesoro se lo entregó a Jack quien lo miró confundido—. Es medicina —aclaró el dorado al ponerse de pie, con la intención de seguir el camino hacia el siguiente templo—. Disuelve sólo un poco en agua y dásela a beber, es muy probable que le ayude hasta que sea atendido por manos más expertas. Los dos no podemos quedarnos aquí, será tu responsabilidad a partir de ahora —aclaró, dándole la espalda.
El joven miró al caballero y después al estuche de madera— Sí, te alcanzo en cuanto pueda —dijo sin intentar detenerlo.
Jack miró en redondo algo preocupado, preguntándose dónde es que podría conseguir agua…
El santo de oro detuvo muy pronto su andar, cuando un poderoso cosmos intentó hacer contacto con el suyo.
Percibió una aura muy intensa, inclusive más que la del maestro Vladimir. No temió, lidiaba con una presencia llena de justicia y benevolencia, por lo que no rechazó el contacto.
— Bienvenido a la casa de Atena, santo dorado de Acuario— Terario escuchó claramente a través de su cosmos—, me temo que tu arribo ocurre en un momento difícil para nuestra gente. Soy el Patriarca del Santuario, desearía conocer tu nombre.
El maestro del hielo alzó la mirada en dirección de donde sentía provenir la voz del venerable hombre— Terario de Acuario a su servicio Patriarca —bajó la cabeza con humildad.
— Terario, desearía que tu llegada hubiera sido bajo otras circunstancias, pero confío en que tendremos tiempo para remediarlo en el futuro. Como Santo necesito que nos asistas en esta situación —pidió—. Nuestros enemigos, los Apóstoles de Ra, planean cruzar las Doce Casa en un intento por acabar con la vida de todos los caballeros, así como residentes del Santuario. Deben ser detenidos, muchas vidas dependen de ello.
— Cuente con ello —aceptó la misión sin demora.
— Sé que puedo confiar en tus talentos, fui testigo de cómo venciste a un enemigo, y con ello libraste a mucha gente del peligro, estaré siempre en deuda. —dijo sinceramente—. No debes preocuparte por aquellos a quienes dejaste atrás, la ayuda está por llegar a ellos. Ahora continúa tu camino.
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Entrada a la Casa de Géminis
Shai de Virgo se detuvo, impidiendo que sus compañeros penetraran al templo que se encontraba sumido en total oscuridad, como si el mismo sol tuviera miedo de entrar.
— Es aquí Assiut. En la tercera casa es donde reside el caballero del que te hablé— alertó al Apóstol de armadura dorada.
Un brillo de determinación surcó por los ojos de Assiut quien asintió— Entonces yo me encargaré de Géminis —aclaró con énfasis al hombre de armadura negra—. Lamento mucho Shai, pero tendrás que continuar por tu cuenta.
— Descuida —la amazona de Virgo habló sin rencores—. Saldremos adelante, tenemos qué.
El otro guerrero río divertido— A cómo están sucediendo las cosas, muy pronto será mi turno para pelear. Ya estoy cansándome de que me dejen a un lado y que se queden con la mejor parte —mostró los dientes tras una sádica sonrisa.
Assiut lanzó una mirada despectiva al sujeto— Tú tienes tus ordenes, por lo que debes aguardar antes de intervenir —espetó con severidad.
— ¿Saben? Si me hubieran dejado ayudarlos desde el principio quizá sus queridos compañeros no hubieran tenido que morir —comentó despectivo, manteniendo al margen una carcajada—. Pero así es como quieren jugar, y por ahora seguiré las reglas que los están condenando al fracaso —agregó, provocando que los otros dos reanudaran la marcha para no escucharlo.
El trío entró al templo corriendo sin sentir alguna clase de presencia en la penumbra.
¿Tendrían la suerte de que éste fuera un templo libre de a guardián? Por supuesto que no. Assiut advirtió una diminuta chispa de cosmos— Shai, suceda lo que suceda, sigue adelante, no se te ocurra regresar —exigió a la amazona quien corría delante de él— Cumple con lo que debes hacer, no se te ocurra vacilar.
— Ten cuidado —le pidió ella antes de que el Apóstol se detuviera para mirar hacia atrás, donde un caballero de oro estaba observándolos.
El casco de dos rostros oscurecía la cara del caballero quien permaneció inmóvil. La capa blanca del santo de Géminis se ondeó por el viento que se coló por la entrada.
Assiut le dirigió la palabra a su esperado rival— Caballero de Géminis, ¿por qué custodias una entrada que ya ha sido profanada? Actúas tarde, mis compañeros están lejos de tu alcance —preguntó al intrigarle esa actitud despreocupada cuando bien pudo intentar atacarlos por la espalda.
Tras unos segundos, obtuvo una respuesta inesperada— No tiene sentido proteger una salida que intrusos como ustedes jamás encontrarán —el santo de cabello azul respondió con tranquilidad —. Esperaba que el mejor de los Apóstoles se diera cuenta de mi presencia, y ese fuiste tú, felicidades… —sonrió socarronamente—. Si te derroto aquí, no existirá ningún peligro para el Patriarca —añadió, caminando por entre las tinieblas de la estancia.
— Eres el primer guerrero que no intenta demorarnos a todos. Significa que admites tus limites, conoces tu fuerza… y la mía —Assiut comprendió que trataba con un enemigo diferente a los anteriores, por lo que optó por la prudencia.
— ¿Acaso no me escuchaste? —Albert volvió a sonreír, deteniéndose—. Ninguno de ustedes saldrá de aquí hasta que yo lo diga. La asquerosa traidora y tu otro amigo serán prisioneros del templo de Géminis hasta el final de sus días.
— ¿Qué quieres decir con eso? —el Apóstol ocultó un sobresalto.
— Que ustedes mismos han entrado a la dimensión que será su última morada —Géminis chasqueó los dedos y la luz solar del exterior se apagó como si se tratara de un foco, aumentando el tamaño de las sombras dentro del templo.
Assiut contempló una de las numerosas antorchas que aparecieron colgando de las columnas. El fuego anaranjado iluminó un pasillo de vasta longitud, cuyos extremos se perdían en las tinieblas.
— Jum, ya me habían advertido de la maestría en el combate y las ilusiones del caballero de Géminis, tal parece que no eran simples habladurías —Assiut poco a poco adoptó una posición de combate, sabiendo que iniciaría una lucha encarnizada.
Sosegado, Albert se tocó la barbilla con gesto pensativo— Vaya, me halaga que sepan algo de mí los míticos Apóstoles de Ra, sin embargo, si tu fuente de información es la amazona de Virgo, déjame decirte que no sabes ni la mitad de tu verdadero problema— explicó con excesiva confianza—. Yo no soy como todos los descuidados que viven aquí y muestran sus habilidades tan a la ligera, reservo cada técnica para situaciones que lo ameriten. ¿Y qué mejor oportunidad que ésta? Cuando el Apóstol Sagrado de Horus* se encuentra delante de mí —reprime una sonrisa burlona, similar a la que se haya en la máscara derecha del casco de Géminis.
La desconfianza creció en el pecho de Assiut— Parece que sabes más sobre nosotros que nosotros sobre ti.
Albert tocó el lado izquierdo de su casco dorado con el dedo índice— Memoria fotográfica… —explicó con aire arrogante—. Tengo muy bien grabados las ilustraciones de los campeones de Ra; llamaron mucho mi atención los relatos de las guerras sagradas de antaño. Está escrito que, cansados de ser oprimidos y gobernados por naciones extranjeras, su pueblo se alzó en una guerra sin precedentes para expulsar a los foráneos de las tierras de Egipto. Se armó una gran revuelta, liderados por los dioses del desierto y del Nilo —relató un poco de lo estudiado en sus tiempos libres—. Pero entonces, la clemente Atena escuchó las suplicas de los inocentes que imploraban paz y lloraban a sus muertos.
— Estoy sorprendido— el egipcio intervino con tono sarcástico—, por el que exista alguien fuera de Egipto que conozca tal historia. Es como dices santo de Géminis, no es la primera vez que el Santuario y los Apóstoles se enfrentan en batalla, pues Atena, pese a autonombrarse una diosa de paz, no contuvo en ningún momento los ríos de sangre que provocaron sus santos. Ella acrecentó las flamas de la guerra con más violencia, ¡vaya solución! —se mofó.
— Los Apóstoles fueron vencidos y la rebelión aplacada —prosiguió Albert al encontrar gracioso el juego de narrar un evento de la historia a través de dos puntos de vista diferentes—. Mas Atena, en su eterna benevolencia, les prometió tiempos de gloria a cambio de paciencia y sumisión —Albert levantó un poco los brazos, moviéndose como un actor en pleno monologo sobre un escenario—. Algo que llegó finalmente, aún después de tantas peripecias y dolor…— la expresión del santo cambió a una más seria—, pero en vez de disfrutarlo como es debido, están aquí ocasionando problemas, volviendo a cometer las mismas imprudencias del pasado. ¿Acaso buscan vengarse por lo que sucedió?
Assiut mostró una media sonrisa al encorvarse un poco hacia al frente— Esto va más allá que una simple venganza. ¡Es deber y obediencia! —apretó fuertemente los puños, alistándose para atacar—. Pero si tanto quieres saber mis razones caballero de Géminis, te las diré en cuanto tu cabeza cuelgue de mis manos— el Ka* brillante del egipcio lo cubrió en su totalidad, convirtiéndolo en una sombra dentro una intensa llamarada dorada.
— Entonces tendré que preguntárselo a tu fantasma—Albert respondió sereno, invocando un cosmos repleto de estrellas y galaxias.
Assiut se impulsó con ambos pies, las alas del Alba* de Horus se extendieron para planear en el aire. Albert vio como el Apóstol se convirtió en un hombre halcón que buscó herirlo con las garras en las que se le afilaron los dedos.
Géminis alcanzó a moverse, permitiendo que la columna de luz lo pasara por un lado— Interesante velocidad —pensó al percatarse del rasguño que se trazó en su capa.
El resplandeciente guerrero viró en el aire, volviendo a atacar. Albert levantó los brazos, atrapando las garras del halcón. Los pies del caballero de Atena marcaron en el suelo dos zanjas, aunque Albert logró frenar a la poderosa ave.
Ambos cerraron las manos fuertemente sobre las del otro, empujándose en una competencia de fuerza. Los cosmos dorados chocaron entre si, creando centellas que retumbaron en la oscuridad.
Santo y Apóstol mantuvieron expresiones de total concentración mientras se estudiaban mutuamente.
— Admiro tu resistencia —masculló Assiut, tomando ligera ventaja cuando impulsó más los hombros hacia adelante—. Pero estás lejos de compararte conmigo.
Albert entrecerró los ojos, optando por una mueca burlona— Aquel que se dejó herir por una mujer no debería decir tales palabras —empleó más potencia sobre el brazo herido del egipcio—. Veo que intentaste tomar al toro dorado por los cuernos, pero en el proceso te has lastimado… qué mal.
El brazo izquierdo de Assiut tembló ante la presión ejercida por Géminis.
— Fuiste descuidado, acumular heridas cuando te enfrentas a un caballero dorado no es algo prudente— Albert liberó uno de sus brazos, atestando un golpe con la mano extendida sobre el vientre del Apóstol— ¡Espiral galáctica!
Una nebulosa con estrellas y aura carmesí envolvió por completo al guerrero de Horus. La masa de energía se disparó hacia rincones profundos del templo de Géminis, destruyendo columnas a su paso. En el interior, Assiut era vapuleado por el violento Ka del enemigo que giraba como un remolino sobre su cuerpo en un intento por despedazarlo.
La nebulosa explotó al no contener por más tiempo al Apóstol. El alba de Horus liberó centenas de rayos de luz que traspasaron todo lo que tocaban.
Albert se movió atinadamente, evadiendo las ráfagas solares que terminaron por agujerear su capa para después prenderse en llamas.
El Apóstol lanzó una mirada retadora al arrogante Albert quien se libró de los despojos de tela llameante— Qué sorpresa, creí que esa técnica de bajo nivel sería suficiente para apaciguar tus bríos… parece que me tomará más de lo pensado.
Assiut no presentaba nuevas heridas, asimismo el ropaje de Horus se mantuvo intacto— Quién diría que el puño de Tauro fue más efectivo que tu malograda demostración —mostró con orgullo la herida en su brazo—. Tal vez debí quedarme a combatir con ella —agregó con tono irónico—. Caerás en desgracia por subestimar a un siervo de la casa de Horus.
El Apóstol Sagrado hizo estallar su ka, volviéndose una vez más un hombre halcón revestido por fuego dorado.
Templo de Cáncer
Aunque el guardián del cuarto templo del zodiaco se encuentra lejos del Santuario, un caballero dorado lo resguarda.
Se sentía muy nervioso, ansioso y… un poco asustado. Era la primera vez que vestía la cloth de Capricornio a conciencia, algo que lo emocionó mucho al ser una sensación increíble. Nunca imaginó que al portarla pudiera moverse con tanta ligereza, ni mucho menos llegar a la talla, pero era una obra de arte magnifica que se moldeó correctamente a él. El verse reflejado en el oro reluciente de la armadura lo llevaba a pensar en lo duro que fue llegar hasta allí, así como en las personas que conoció durante tal travesía.
Desde que tomó posición en el Templo de Cáncer, Sugita ha estado atento a la ola de desastres que poco a poco suben por las Doce Casas. Al principio fue difícil contenerse y no ir a ayudar, pero las advertencias del Santo de Géminis lograron retenerlo en su posición de guardián.
Los Apóstoles de Ra… cierto es que había cosas que no entendía todavía, pero estudiando sus cosmos, comprendió que eran oponentes formidables. El verse como el último obstáculo de los enemigos para llegar hasta al Patriarca lo tensionaba, debía dar lo mejor de sí, demostrarles a quienes dudan de su capacidad que es apto para ser uno de los doces santos dorados.
Mientras seguía el rastro de los enemigos, le desconcertó el que se hubieran desvanecido de un momento a otro. Buscó sus cosmos pero, los perdió en cuanto entraron a la Casa de Géminis.
Ya analizándolo con cuidado, tampoco podía percibir el cosmos de Albert, ¿qué podría significar? Era capaz de ver el tercer templo desde donde se encontraba sin notar nada extraordinario en el exterior. Se intrigó todavía más al paso de los minutos, pues los Apóstoles no salían por ninguna parte, ni tampoco podía sentir algún tipo de batalla en el interior.
En ocasiones, sus pies descendieron uno o dos peldaños cuando se arrepentía y regresaba a Cáncer con algo de inseguridad… Cabe decir que desde que arribó a ese templo en particular, se sentía observado y acosado, sensaciones incomodas que no terminaba de descifrar. Lo más escalofriante resultó cuando en un par de ocasiones escuchó muy débilmente las palabras— Quédate... No vayas— entre los silbidos del viento.
Había pasado tiempo desde la última vez que escuchó esa clase de murmullos. El maestro Deneb solía decirle que tenía mucha imaginación como para inventar esa clase de cosas; cuando era muy pequeño, su padre lo miraba con remordimiento cada que le comentaba acerca de dicho fenómeno.
¿Qué creía él? No se mortificaba demasiado ni le creaba desvelos, quizá se trate de la voz de su conciencia, del sentido común que intentaba evitarle algún mal; después de todo, sabe bien que nació dentro de una familia especial, de un padre enigmático que posee más de un don que lo vuelven un hombre importante dentro de un circulo social del que él fue alejado para caminar por el sendero de los santos.
Templo de Géminis
Albert bloqueó los golpes del guerrero de alas flameantes. Logró contener esa tremenda fuerza que ya habría roto los huesos de cualquier ser humano. Cansado de mantenerse a la defensiva, Géminis empezó a contraatacar, buscando que sus puños fueran más certeros que los del Apóstol.
Avanzaron y retrocedieron en una danza mortal en el que intercambiaron golpes dentro de un remolino de luz hasta que Assiut logró imponerse, cuando sus nudillos se encajaran bruscamente contra la barbilla de Géminis.
Albert retrocedió, utilizando pies y rodillas para sostenerse. Inmediata fue su recuperación, en cuanto el cosmos galáctico lo rodeó para liberar una ráfaga energética.
El Apóstol Sagrado recibió el impacto de lleno a la altura del estomago, se inclinó un poco pero el cúmulo de energía no se disipó, permaneció chisporroteante sobre el Alba dorada, subiendo por el costado, hacia el hombro derecho, avanzando por el brazo, pasando el codo, hacia la punta de los dedos de donde salió disparada de regreso hacia la fuente original.
Géminis se sorprendió al ver como su poder volvía. Proyectó una estela de cosmos para protegerse del embiste, entrecerrando los parpados por el violento viento que le sopló en la cara.
El Apóstol permaneció inmóvil con el brazo y dedos extendidos hacia el santo dorado, como si estos fueran el arma más mortífera existente sobre la Tierra. Albert intentó analizar por si mismo lo ocurrido, sin demasiado éxito.
La imprevista pausa hizo sonreír a Assiut, estaba satisfecho de ver la expresión incrédula del santo, por lo que decidió hablar— ¿Qué se siente ser atacado por tu propio poder? Imagino que habrás descubierto lo desagradable que es tu aura para los demás. Ojalá lo recuerdes la próxima vez que se te ocurra atacarme con ella.
— Fuiste capaz de regresar mi ataque…
— No te sorprendas por ésta pequeñez, es algo sencillo cuando se practica sin descanso. El ser humano está capacitado para generar la energía que llamamos Ka, ésta circula en el interior de nuestros cuerpos a través de diversos conductos. Aquellos que logran comprender dicho flujo pueden dominarlo para lograr lo que yo, que sólo redirigí el curso de tu técnica.
— Ah, ya comprendo— respondió Albert con tranquilidad—. Es algo arriesgado si lo meditas bien, porque… qué pasará cuando el poder que intentes controlar supera tu capacidad ¿crees que tu cuerpo lo resistirá?— masculló con desafío, incrementando su cosmos. Las sombras del templo de Géminis reaccionaron en armonía al aura del caballero, sobre los mantos oscuros se dibujaron paisajes espaciales repletos de estrellas y galaxias.
El Apóstol tomó una posición defensiva, mirando con desconfianza la peculiar atmósfera que adquirió el lugar.
— El poder de una simple estrella como el sol no se compara con el poder de un conjunto de galaxias…— habló Géminis, mostrando un cosmos más brillante que antes—. Te mostraré la diferencia de tu poder y el mío, así como la razón por la que el Santuario se llevó la victoria sobre Egipto en el pasado.
Assiut estaba asombrado por el Ka que sentía fluir alrededor de Albert de Géminis. Contempló pasmado como es que en las manos del santo se formó un universo entero, donde planetas y estrellas se remolineaban a toda velocidad.
— ¡Recibe el castigo por alzarte contra Atena y el Patriarca! ¡Explosión de Galaxias! (Galaxian Explosion!)
Todo su ser resintió la presión del poderoso cosmos, Assiut vio sorprendido como planetas, cometas y asteroides escaparon de las manos del santo. Luchó inútilmente para no retroceder, pero en cuanto lo alcanzó el primer impacto salió despedido por el aire.
La alba de Horus comenzó a crujir, marcándose numerosas fisuras en ella; Assiut sintió el sabor de la sangre en las encías, más el sofoco de los numerosos golpes que lo castigaron sin cuartel. La agonía fue constante, repleta de dolores con los que creyó que su cuerpo se partiría en decenas de pedazos.
— Desaparece en la vertiente universal —masculló Géminis, con la victoria curveándole los labios.
Assiut lanzó un gritó ensordecedor cuando sus ojos se abrieron con un resplandeciente fulgor, el cual lo envolvió en una coraza que el violento cosmos no logró disolver.
Assiut se apoyó con pies y manos en el suelo, dándose un respiro gracias a la barrera de energía que logró levantar. No negará la admiración que despertó por su rival, pero no por ello pensaba darse por vencido, no cuando todavía le quedaban fuerzas que demostrar.
Albert apaciguó su cosmos, observando con atención el brillo dorado que desprendía el ojo derecho del Apóstol, y el resplandor plateado del izquierdo, los cuales se esfumaron tras un par de parpadeos.
El santo echó un breve vistazo en redondo, le pareció haber escuchado una voz, pero al no encontrar nada, regresó su atención a la batalla.
— Alabaré la resistencia de las renombradas Albas de Ra, de no ser por ella seguramente estarías muerto— comentó Albert con algo de aburrimiento, suspirando—. Es momento de terminar con esta batalla sin sentido, ¿qué les hizo creer realmente que sólo una fracción de los Apóstoles sería capaz de invadir el Santuario? La situación resultaría diferente de haber traído a toda su fuerza bélica, por lo que lo preguntaré una última vez ¿qué es lo que en verdad buscan viniendo aquí?
Los ojos de Assiut se perdieron en la sombra proyectada por el casco de Horus. Bajó un poco el mentón, pues esas palabras pesaban en su conciencia. Tensó la mandíbula al momento en que cerró las manos sobre el suelo del que se levantó lentamente.
— La verdad…— dudó unos instantes—. La verdad ha estado con nosotros desde que dimos el primer golpe… —las alas del Alba de Horus se extendieron completamente en la espalda de Assiut—. Es por Egipto… tomar sus vidas es un precio insignificante comparado con ello… Así lo ha ordenado mi reina, mi rey… mi príncipe…—el ka amarillento volvió a encenderse—. No debería extrañarte caballero de Géminis, tú quien también llevas una vida de servicio debes entender mejor que nadie ésta situación… ¿O acaso me dirás que si tu dichosa Atena o tu Patriarca te dieran una orden parecida, no la llevarías a cabo sólo por parecerte insensata? —cuestionó, centrado en avivar su ka al máximo, implorando un permiso especial a los dioses.
Albert dejó escapar una sonrisa burlona— Supongo que tienes razón… Sin embargo, me gustaría saber la razón por la que tengo qué matarte, eso es todo.
— Sí que eres extraño— murmuró Assiut en total calma—, qué más razón necesitas aparte de la que ya es obvia —suspiró, relajado—. Te diré algo que seguramente incrementará tu ego santo de Géminis, de entre todos, Shai nos advirtió de ti por encima de los demás santos dorados que ella conoce… Elegí ser yo quien pelee contigo pues ansiaba comprobar sus palabras, contemplar la verdadera fuerza que Atena tiene bajo su mando pero… ¡No has hecho más que subestimarme! —gritó exasperado—. ¡No me has mostrado todo tu poder! ¡Creí que serías generoso y le enseñarías a éste extranjero lo que en Grecia saben hacer! —su ka destelló todavía más, apartando los oscuros mantos galácticos que intentaban aprisionarlo.
La energía que expulsó tomó una forma esférica que creó un sol llameante, y en su interior el guerrero halcón levitaba.
El vendaval de poder que liberó el brillante sol obligó a Albert retroceder un poco.
— Erré al creer que lucharías enserio conmigo, esperé demasiado de ti, pero tu maldita soberbia impide que lleves la batalla a su verdadero cenit. Tal parece que tendré que obligarte a llegar al límite, exponiendo los míos…
— Estás demasiado obsesionado ¿lo sabías? —Albert comentó, sin intimidarse por las palabras del egipcio.
— Quizá… pero si no puedo vencerte entonces no tendré ninguna oportunidad contra los guerreros legendarios que nos esperan al final de los doce templos… El antiguo santo del Dragón y el famoso santo de Pegaso, quienes fueron capaces de combatir a los dioses y sobrevivir ¿entiendes ahora?
— Perfectamente, quieres probar tu habilidad, haces muy bien. Pero aún si me vencieras, algo que dudo bastante— río—, de nada te servirá, mi maestro está por encima de todos los demás santos por una razón —nuevamente las manos de Albert contuvieron la fuerza del universo. Retrasó un poco el ataque al escuchar de nueva cuenta ese sonido molesto al que no le encuentra origen.
— ¡Atácame con todas tus fuerzas, pues mi siguiente golpe estará libre de cadenas! —lo incitó el Apóstol.
— Eres demasiado obstinado, pero cumpliré tu deseo, ésta vez mi técnica te fulminará sin demora. ¡Explosión de Galaxias! (Galaxian Explosión!)
La inminente colisión no atemorizó al egipcio. Assiut alzó los brazos desde los costados hasta colocarlos por encima de su cabeza. Las placas metálicas que conformaban las alas del alba de Horus comenzaron a plegarse unas sobre otras, siguiendo ese mismo movimiento hasta que formaron dos extrañas salientes detrás de los hombros del Apóstol. Las manos de Assiut se cerraron con fuerza sobre ellas y, de un rápido movimiento, extrajo dos objetos radiantes con las que formó una cruz frente a él.
Los planetas, asteroides y galaxias chocaron estruendosamente contra la cruz luminosa.
Assiut empleó todas sus fuerzas en las plantas de los pies, destrozando el suelo con tal de no retroceder. Dio un grito de batalla por el que su ka dorado se proyectó hacia arriba formando una gruesa columna que partió la ola de poder de Géminis, dividiendo el cauce de la explosión galáctica en dos torrentes.
El Apóstol se arrojó inmediatamente al ataque, con los dos artefactos brillantes en cada mano. Fue tan veloz que Albert apenas alcanzó a bajar la mirada cuando ya estaba frente a él.
El Apóstol sagrado no se contuvo, súbitamente sus brazos extendidos se cerraron contra la cabeza del santo.
Una parte del casco de Géminis saltó por los aires arrastrando hilos de sangre, mientras el resto cayó junto a los pies del guerrero egipcio.
Assiut permaneció inmóvil en una pose ofensiva, contemplando las manchas rojas en el filo de sus armas, así mismo, utilizó el reflejo de éstas para contemplar al santo dorado quien le daba la espalda.
A cierta distancia, Albert estaba ligeramente acuclillado sintiendo su corazón muy alterado. Se tocó el cuello con la mano, sabiéndose afortunado por esquivar el corte que lo habría decapitado. Sangre comenzó deslizarse por su rostro hasta la base del cuello; algunos de sus cabellos se mancharon con el fluido escarlata, quedando atrapados por la humedad de la piel.
Despacio, Assiut dio media vuelta— Por un breve momento me pregunté si iba a ser así de fácil… Jamás había conocido a un oponente que reaccionara tan atinadamente como tú, tienes mi respeto.
Las alas del alba de Horus se transformaron en dos majestuosos sables curvos conocidos como khopesh*. Los sables estaban hechos de oro puro, con hojas curvas y relucientes. Las empuñaduras mostraban una serie de jeroglíficos donde abundaban en repetición y tamaño la imagen de Horus y el ojo de Ra. Alrededor de ellos se percibía un soplo divino, similar al que cubre el durmiente báculo de Nike.
— Supongo que te tomó por sorpresa —dijo el Apóstol mientras giraba las espadas que eran un poco más largas que sus brazos—. Tengo entendido que a ustedes los santos se les tiene prohibido usar cualquier tipo de arma para combatir, pero de donde yo provengo no existe tal restricción —explicó con seriedad—. Espero y no te ofenda, pero te advertí que lucharía contigo sin impedimentos absurdos.
Géminis se irguió tras unos momentos, dándose vuelta para encarar al oponente quien había dado un giro a la situación. Le echó un vistazo al destruido casco de oro, impresionado por el que los sables pudieron dañar una cloth con tal facilidad.
— Aciertas en decir que no me lo esperaba… no tenía idea que tu armadura escondiera tal secreto… Así que descuida, no te consideraré un cobarde por pelear con un hombre desarmado —sonrió con ironía
— Eso te lo agradezco— murmuró el Apóstol, volviendo a desaparecer de la vista de Géminis para reaparecer al lado de éste, soltando un golpe con el sable derecho. La hoja brillante se dirigió hacia el cuello del santo, decapitándolo.
La cabeza surcó cerca del techo, cayendo al suelo donde se quebró en numerosos pedazos.
— ¡¿Qué es esto?! —el egipcio se preguntó contrariado al ver que fue a una estatua, y no al caballero dorado, a la que había decapitado.
Miró confundido la escultura que tomó el lugar del santo Ateniense, una estatua que representaba al dios con cabeza de halcón, Horus.
En ese instante, la oscuridad empezó a aclararse tras un parpadeo en el que el templo de Géminis cambió. Assiut quedó boquiabierto ante la nueva arquitectura, ya que pertenecía a la que conformaba los palacios en la tierra de Egipto. Hacia los lados vio el paisaje de las pirámides y el cauce del Nilo, el alto techo elevado por columnas que finalizaban con las intimidantes imágenes de los dioses que él veneraba, jeroglíficos, adornos y muebles, todo era una replica exacta.
Exaltado y turbado, retrocedió unos cuantos pasos ¿Acaso habría sido teletransportado…? No. Casi de inmediato reconoció la falsedad del lugar, había elementos importantes de los que carecía el escenario… En Egipto no se respiraba tal paz.
— ¿Cuál es la idea de éste truco?— vociferó, produciéndose un sonoro eco.
— Sólo el que mueras en un ambiente que sea agradable para ti ¿no te gusta?— Assiut escuchó sobre su oído, percibiendo como el santo de Géminis estaba allí. Giró los sables, lanzando un golpe hacia atrás sin herir más que al aire.
— Es lamentable, pero jamás he visitado tu tierra, así que me basé sólo en lo que he visto en algunas ilustraciones —como un fantasma es que la imagen de Albert apareció algunos metros adelante.
— Así que nada más se trata de una ilusión —concluyó.
— ¿Una ilusión? —Albert contuvo una carcajada—, jamás me rebajaría a meros trucos. Estás tratando con un santo, no con un mago charlatán —aclaró con aire triunfal—. Lo que vez es tan real como yo lo desee ¿No te lo advertí al principio? Aquí sólo yo tengo la autoridad para dejarlos ir o sentenciarlos a morir —sonrió airoso—. ¿De verdad crees que tus amigos salieron de mi templo sin ninguna clase de obstáculo? Te aseguro que ellos siguen aquí.
— No entendería cómo —admite el Apóstol, adoptando posición de defensa.
— Es sencillo —Albert levantó la mano a la altura del rostro—, el templo de Géminis es un dominio que está a mi entera disposición, por lo que si yo digo que abajo es arriba, así será.
En cuanto la mano del caballero dorado rotó tras un leve movimiento, Assiut miró absorto como el escenario se volteó de cabeza en un santiamén; sus piernas se despegaron del suelo que se volvió el techo, mientras el caballero de Géminis permaneció en su lugar yendo en contra de la ley de gravedad.
El Apóstol giró en el aire, cayendo de pie sin perder el equilibrio. Lanzó una mirada perpleja al santo quien le devolvió una de completa serenidad.
— Desde que pusieron un pie adentro de mi casa entraron a la dimensión que he creado en ella. Es fácil entrar más casi imposible salir. Tus compañeros estarán perdidos en mi dimensión por un tiempo, quizá hasta que el cansancio, la sed y otras tantas carencias terminen con ellos, o hasta que yo mismo vaya a darles fin
— ¡No te creo!
— ¿Qué tan difícil puede ser? —una sonrisa torcida se dibujó en el rostro de Albert mientras el ambiente comenzó a cambiar continuamente, mostrando una gran variedad de lugares como un monasterio en China, una playa de aguas cristalinas, una pradera en primavera, los altos Alpes, parajes nevados, la Sabana Africana.
— ¿Has tratado que tus sentidos se extiendan más allá de estos muros? Vamos, inténtalo, notarás cómo es que solo estamos tú y yo aquí, en un plano dimensional en donde yo soy el mandamás, aquí yo soy Dios…
FIN DEL CAPITULO 13
*Un futón es un tipo de colchón que configura una cama japonesa.
* El korokke es una fritura japonesa hecha de una mezcla de carne, mariscos o vegetales picados y cocinados con puré de papa o salsa, empanados con harina blanca, huevos y migajas de pan; fritos hasta que tengan un color chocolate en su parte externa.
*Ramen son tallarines
*Ki es la energía que fluye por la Naturaleza. La energía vital de los seres vivos.
* Tatami es un piso tradicional muy característico de las casas japonesas.
* Sasori = 'Escorpión' en Japonés.
*Ka = Concepto de energía en la civilización Egipcia.
*Alba= Así llamaremos a las armaduras de los Apóstoles.
* Dios Horus
Nombre egipcio: Hor-Hur. Nombre griego: Horus
Representación: Hombre con cabeza de halcón, o un halcón
Al poco tiempo de nacer, Horus, hijo de Osiris, fue escondido por su madre Isis y lo dejó al cuidado de Thot, dios de la sabiduría, que lo instruyó y crió hasta convertirse en un excepcional guerrero. Al llegar a la mayoría de edad, ayudado por los Shemsu Hor luchó contra Seth para recuperar el trono de su padre, asesinado por Seth. Seth quedó como el dios del Alto Egipto y Horus del Bajo Egipto. Posteriormente Horus fue dios de todo Egipto, mientras que Seth era dios del desierto y de los pueblos extranjeros.
