Disclaimer: La historia no nos pertenece, los personajes son de S. Meyer y la trama de LyricalKris, solo nos adjudicamos la traducción.


My Biggest Mistake, My Greatest Salvation.

By: LyricalKris.

Traducción: Mónica León.

Beta: Yanina Barboza


Capítulo 14: El día más largo.

Edward se despertó confundido y desorientado. Había algo extraño en la luz de la habitación, anormal. Y aunque él nunca consideraba el despertar como una agradable experiencia, el dolor en su pecho, el peso alrededor de sus pulmones que dificultaba su respiración, brindaba una cierta agonía a su conciencia. Su cabeza golpeteaba con cada latido de su corazón, y por alguna razón, movió su mano, como si estuviera esperando encontrar algo para tomar a su lado.

No algo, se dio cuenta. Alguien.

Bella había estado a su lado, abrazándolo, besándolo tiernamente.

Había estado tan molesto. Era una rabia terrible, amenazaba con rasgarlo de adentro hacia afuera. Justo en los pies de esa tremenda rabia estaba una tristeza muy profunda que lo dejaba sin respiración. Entre las dos, no había duda de por qué su pecho, su corazón, se sentían completamente anulados. Era increíble que no hubiera explotado o colapsado en sí mismo; se sentía físicamente cerca a ambas posibilidades.

Pero luego ahí había estado ella, y cuando sus brazos estuvieron envueltos a su alrededor, pudo sentir los confines de su piel de nuevo. Si no precisamente entero y completo, se sentía como si al menos pudiera seguir respirando sin explotar o colapsar.

Ella no estaba en ningún lugar visible ahora mismo. Le echó un vistazo al reloj, gruñendo cuando observó que era pasada la tarde.

Este día había sido tan terriblemente largo.

Edward lanzó sus piernas a un lado de la cama, sentándose. Inclinó su cabeza, frotándose sus hinchados ojos mientras trataba de levantarse. Lo que realmente quería era persuadir a Bella para volver a la cama, envolverla en sus brazos y dormirse con sus dulces besos de nuevo.

—Hola, estás despierto.

Mirando hacia la puerta, Edward casi se sorprendió de encontrar a Bella espiando como si hubiera escuchado su deseoso pensamiento. Las comisuras de sus labios se levantaron en una fracción de centímetro.

—Hola —saludó, su voz áspera.

Ella colocó una botella de agua en la mesa de noche antes de entrar a su baño. Salió de nuevo rápidamente, sentándose junto a él y colocando dos Advil en la palma de su mano.

El frío y desolado espacio en el centro de su pecho se calentó unos cuantos grados.

—Gracias —dijo sinceramente, tomando las pastillas y tragándolas secamente.

Bella se estremeció.

—Eso me da escalofríos —murmuró, inclinándose sobre él para tomar la botella de agua de la mesita. Se la tendió.

Edward rio levemente.

—Escalofríos, ¿no?

—Cada vez que he intentado eso, las pastillas se quedan atascadas en mi garganta. Ugh.

Solo le guiñó el ojo antes de levantar la botella a sus labios, tomando un trago largo. Bebió toda la botella sin dejar de respirar.

—Bueno, ya que estás despierto, me preguntaba si estaba bien pedirte prestado el auto —preguntó Bella cuando él tuvo el tiempo para respirar de nuevo.

Edward inclinó su cabeza hacia ella, levantando una ceja.

—¿Mi auto? —repitió tontamente.

—Necesito comprar algunas cosas de la tienda —dijo.

Lo suficientemente extraño, su expresión parecía claramente furtiva. Entendió la diferencia de cuando estaba nerviosa por algo.

—Si necesitas algo de la tienda, puedo llevarte —ofreció, sacándose de dudas. Se estaba perdiendo algo; estaba seguro.

—No, no —protestó—. Luces realmente cansado, Edward. Deberías tomar una siesta si puedes.

—Siesta —repitió con una risa—. No recuerdo la última vez que tomé una durante el día —dijo irónicamente.

—Bueno, hoy ha sido extenuante y ellos no son mis hermanos o mi abuelo —dijo severamente. Las líneas de su boca y alrededor de sus ojos eran fuertes, con rabia—. Así que solo puedo imaginar cómo te sientes.

Pensándolo solo un momento antes de actuar, Edward tomó su mano, dándole un ligero apretón.

—Entonces recuéstate conmigo de nuevo —le rogó.

Vio en sus ojos que quería hacerlo. Hubo un momento de puro querer, pero estaba manchado con algo más.

¿Culpa?

—Yo… —Suspiró—. Eso suena realmente bien, pero de verdad necesito comprar algunas cosas.

El furtivo nerviosismo estaba de vuelta.

Edward la estudiaba cuidadosamente.

—¿Qué sucede, Bella?

Ella mordió su labio, luciendo insegura.

—Llamé a tu madre —soltó finalmente.

—¿Tú qué?

—Le dije a tus padres que vinieran a cenar —continuó, sus palabras más rápidas de lo normal—. Lo siento. Sé que debí haberte preguntado primero, pero…

Él se inclinó, silenciándola con un beso, sonriendo ligeramente al pequeño grito que ella dio y fue ahogado contra sus labios.

Era increíble cuán complicado era dejar de besarla. Era difícil creer que su primer beso, su primer beso real, había sido hacía menos de doce horas antes.

Cuando levantó su cabeza de nuevo, tuvo que reír ante su amplia mirada, mejillas sonrosadas. Parpadeó esporádicamente y él tocó su mejilla con sus nudillos, dándose cuenta sin mucha sorpresa que la adoraba. La simple vista de ella en shock, suavizaba el dolor alrededor de su pecho, reemplazando el ácido sabor en su boca con un dulzor.

—No te disculpes —murmuró, tocando su mejilla con el dorso de su mano.

—¿No te importa? —preguntó ella suavemente—. Debí haberte preguntado primero.

—Aprecio que estés tratando de cuidar de mí —dijo pensativo—. Igual que por invitarlos. —Respiró profundamente, dejándolo salir lentamente—. No lo sé. A veces, como desafortunadamente has visto, tengo un problema con mi temperamento. He peleado con mi abuelo y mis hermanos hoy. Una pelea con mis padres sería una linda forma de terminar el día.

—Temperamento —repitió Bella, la palabra saliendo un poco acalorada—. Solo tú llamarías a eso perder la cordura.

Él arqueó una ceja.

—Rompí un perchero antiguo —señaló—. No puedes decirme que eso fue completamente necesario.

—Bueno —evadió, observándolo de reojo—. No fue uno de los rostros de tus hermanos. Otras personas pudieron haber reaccionado tan fríamente.

—¿Has visto a mis hermanos? —preguntó con una risa—. Eso no hubiera terminado tan bien para mí.

—Yo no te descartaría. Tienes unos despampanantes b… Uh.

Para su sorpresa y deleite, se volvió un rojo y brillante tomate.

—¿Despampanantes qué? —apuntó, impresionado.

Ella inclinó su cabeza y puso los ojos en blanco.

—Ugg. Dios. Vale. Me refiero a que vas por ahí sin una camisa, ¿de acuerdo?

—¿Eso significa…?

Levantando la mirada, presionó los labios como si estuviera tratando de no sonreír.

—Tienes unos lindos brazos y espalda, Edward. Apuesto a que podrías vencerlos. Incluso a Emmett porque pienso que tienes la fuerza y astucia a tu favor.

—Oh, vaya —murmuró, riendo por su evaluación—. Me has estado observando —le acusó. No podía evitar molestarla. Se sentía bien poder molestarla.

Ella lo empujó juguetonamente, apartando la mirada de él y alargando su otra mano a su mejilla sonrosada.

—De nuevo. Eres tú el que se pasea sin camisa. Tengo ojos. No me disculparé por eso.

—Ya veo. Te disculpas por delatarme con mis hermanos, pero no por comerme con los ojos, ¿eh?

—Eso no es… Yo… Tú… —decía apresuradamente. Sus ojos se entrecerraron cuando él rompió en risas de nuevo—. Apestas.

La risa que había construido en su pecho rápidamente opacó el dolor. Ella lo atolondraba. Era un sentimiento extraño no estar tan equilibrado y prolijo como estaba acostumbrado. Extraño, pero no desagradable.

De hecho, era revelador.

Con dos dedos bajo su mentón, levantó su rostro para poder besarla de nuevo, encantado cuando lo dejó, aunque apestara. Ella descansó sus manos en su pecho y la acarició de vuelta con su mano libre.

Se dio cuenta de que estaba hambriento. Era una forma de hambre con la que no estaba familiarizado y se sorprendió por su intensidad.

Voraz. Nunca se había sentido completamente voraz por otra persona.

Por primera vez, sus besos eran más profundos que pequeñas y dulces exploraciones, probando nuevo campo, a algo más serio, más acalorado. Encontró su mano presionada contra su espalda, acercándola más.

Él rompió el beso, inclinando su frente contra la de ella mientras tomaba aliento. Estaba confundido, pero no de manera poco agradable. No estaba acostumbrado a sentirse tan fuera de sí, y tal vez eso debería haberlo hecho sentir incómodo, pero no era así. ¿Cómo podría, cuando podía sentirla allí en sus brazos?

—¿Siempre es así? —susurró en voz alta, sin darse cuenta de lo que había dicho hasta que respondió.

—¿Para mí? —preguntó ella, sonando como si entendiera la pregunta aparentemente sin sentido—. No, nunca. Nunca antes de esto.

De alguna manera, la respuesta hizo que su corazón se sintiera lleno, le dio una satisfacción más profunda de lo que su mejor logro le hubiera dado.

Respiró profundamente, renuente a dejarla ir, moviéndose a un lado suavemente.

Tendrían que hablar sobre lo que fuera que estuviera sucediendo entre ellos. Pronto.

Pero había otros problemas que atender, y mientras más pudiera besarla sin invitar a complicaciones más profundas, mejor. Tal vez era un pensamiento egoísta, pero ella era un gran consuelo para él en ese momento.

Se levantó, jalándola consigo.

—Vamos. Iremos a esa tienda.

...

Bella mordió el interior de su mejilla, sintiéndose extremadamente culpable. Pensó que podría ayudar, Edward teniendo a sus padres como apoyo por una vez, pero por razones de las que no estaba del todo segura, entendió que él estaba más exasperado que nunca. Estaba siendo de una forma brusca con ellos.

Luego de esa tarde, en la que había estado sorprendentemente juguetón, esperaba que su rabia y tristeza hubieran amainado de alguna manera. Su irritación estaba de vuelta con un poco de venganza.

Tal vez más sorprendente fue la reacción de Carlisle a toda la situación. Estaba lívido, su rabia igual a la de su hijo. Entre ellos, nubes de tormenta se cocinaban. Edward no parecía apreciar la rabia de su padre en su nombre. Carlisle no notó esto o simplemente estaba muy molesto con Edward para importarle.

Algo estaba destinado a pasar.

Edward estrelló su mano fuerte contra la mesa, echándole un vistazo a su padre con una expresión que era puro resentimiento agrio.

—Si querías protegerme de él, era algo que tenías que haber pensado hace treinta y dos años atrás —gritó.

A Bella se le atascó el aliento y Esme ahogó un lloriqueo en su garganta. Carlisle parpadeó, su expresión sorprendida y dolida.

Con ambos codos en la mesa, Edward colocó su cabeza entre sus manos.

—Oh, Dios. Papá. No quise decir eso. Yo…

—No. Lo hiciste —dijo Carlisle en voz baja, su tono gentil de nuevo. Sonrió tristemente—. Creo que he esperado que dijeras eso al menos estos últimos quince años.

Edward levantó su cabeza, su mirada pesada con culpa.

—Está bien, Edward —aseguró Carlisle. Dejó salir un cuidadoso aliento—. No estaba tratando de protegerte. ¿Cómo podría? Lo hecho está hecho. —En sus ojos se pudo observar una mirada lívida con furia por un momento antes de que se calmara—. Solo estaba… molesto.

Las manos de Carlisle se flexionaron en puños encima de la mesa. Sus ojos llenos de simpatía, Esme colocó su mano encima de sus nudillos tensos. Él levantó la mirada, dando una pequeña sonrisa mientras volteaba su mano, entrelazando sus dedos.

—Lo siento, Edward. De verdad. Incluso después de todos estos años… treinta y dos años después —dijo con voz ronca—, aún recuerdo cómo se sintió ser desheredado por el hombre que me crió.

—¿Desheredado? —repitió Edward—. Él no te…

Pero su voz se apagó, dándose cuenta de que esas palabras encajaban. Observó sus manos, luciendo perdido por un largo momento. Dolida por él, Bella colocó su mano en su rodilla, apretándola.

—Odio que te haya hecho esto a ti —continuó Carlisle.

—No es lo mismo —replicó Edward, levantando la mirada—. No es lo mismo para nada.

—Es un padre abandonando a su hijo, excepto que tú eres mi hijo. —Carlisle sacudió su cabeza—. Y lo odio de nuevo. Solo que peor ahora.

—No es lo mismo —repitió Edward. Hizo una pausa y rio, el sonido sin contener ni una hebra de humor. Dolía escucharlo—. Desheredado —murmuró—. He sido desheredado y dejado a mi propia suerte con una mansión de millones de dólares. Pobre niño rico —murmuró el insulto de su hermano de unas horas antes ese día.

Bella acariciaba su rodilla confortándolo, pero mientras repetía sus palabras en su cabeza, un pensamiento la golpeó.

—Una mansión que odias —dijo en voz alta.

—¿Qué?

Ella levantó un dedo, tratando de razonar lo que se le había ocurrido.

Mientras Bella entendía ahora la situación, todo esto había salido cuando Emmett buscaba un lugar dónde vivir luego de graduarse de la Universidad de Chicago. En ese momento, ellos, Emmett y Edward, tuvieron una larga discusión sobre cosas maduras. Entre toda la charla sobre marcadores de crédito, trabajos y posesión de casas, Emmett había reído. Eso debía haber sido agradable.

Cuando Edward se graduó de la secundaria, recibió un automóvil. Cuando se graduó en su licenciatura, recibió su herencia. Cuando se graduó de su máster, su mansión de millones de dólares había sido su regalo.

—Verás —había dicho Emmett—. La mayoría piensa que todo lo que necesitan es un abuelo rico. Resulta, que tienes que ser Edward para que eso funcione.

Así que Edward había extendido una propuesta a sus hermanos dos años antes. Él avalaría las propiedades por ellos y pagaría las hipotecas que ninguno de ellos, a los veinte y veintidós, podía aspirar a pagar.

Ambos chicos estaban incrédulos, ninguno estaba acostumbrado a recibir regalos tan extravagantes.

Jasper no había estado del todo seguro al dejar que otra persona pagara por su casa, estaba orgulloso de estar trabajando para pagarse la universidad, pero ninguno podía negar que era una gran oportunidad. Los ayudaría a construir su crédito y darles un poco de libertad sin tener que preocuparse por la renta, dueños y compañeros de habitación.

Edward había prometido que su generosidad venía sin condiciones. Eran sus hermanos y estaba tratando que no entraran en su mundo, del que su abuelo los había desheredado junto con Carlisle.

Más que nada, Edward odiaba volver a su mundo.

—Odias esta mansión —repitió Bella lentamente—. Le dijiste eso a tus hermanos hoy.

Edward echó un vistazo a su alrededor, su expresión casi nerviosa.

—Nunca fue mi elección —evadió.

—Y parte de tu problema era que querías compartir tu herencia. —Ella levantó la mirada, sosteniendo la de él—. ¿Por qué no vender la casa?

Los tres la miraron boquiabiertos como si le hubiera crecido una segunda cabeza. Bella se encogió en su asiento, lista para excusar su idea como un tonto impulso cuando la expresión de Edward se iluminó.

—Vender la casa… y dividir las ganancias.

—Sería más que suficiente para que todos consigan algo nuevo. —Se unió Esme emocionada—. Y luego más.

—Y estaríamos en igualdad. —Edward se encogió de hombros, poniendo los ojos en blanco ligeramente—. Bueno, relativamente.

—¿Realmente estás pensando esto, Edward? —preguntó Carlisle, sonando asombrado—. ¿Regalarías una significativa parte de tu valor? Quién lo diría.

—¿Mi valor? —se mofó Edward—. Como el abuelo, es tan amable en destacar, él compró esta casa, no yo.

—De tu primo, si te importa —añadió Carlisle—. Y es tu casa, tu derecho de nacimiento.

—Es tu derecho de nacimiento, respectivamente —discutió Edward. Él sacudió su cabeza—. No. Bella tiene razón. Odio esta casa. Siempre lo he hecho. Es horrendamente grande y vacía.

—¿Está tan vacía ahora? —preguntó Esme, sus ojos en Bella—. Tienes una familia por la cual velar.

Bella inclinó su cabeza mientras la expresión de Edward se aligeraba. Él le echó un vistazo, tomando su mano, sus ojos reflejando una suave emoción.

—Incluso si lo dividimos en cuatro, habrá más que suficiente para proveernos a todos.

—¿En cuatro? —repitió Carlisle.

Edward observó a su padre.

—Técnicamente, todo debería ser tuyo.

Carlisle y Esme sacudieron sus cabezas al mismo tiempo.

—Estamos bien —dijo Esme.

—Estamos más que cómodos. Nuestra preocupación son tú y tus hermanos —acordó Carlisle—. Aun así, Edward. Hay otras maneras. Creo que Rosalie y Emmett serían capaces de permitirse el pago por sí mismos si hacen malabares. Nosotros —asintió hacia Esme mientras hablaba—, podemos ayudar a Jasper hasta que decida qué hacer. En el peor de los casos, podrían vender sus propiedades.

Edward sacudió su cabeza vehementemente.

—Eso no es lo que quiero. —Pasó una inquieta mano por su cabello—. Fueron muy imbéciles esta mañana, pero tenían razón sobre algo: soy el que hizo este compromiso de pagar sus casas. ¿Recuerdas cuán recelosos estaban por toda la experiencia hace un par de años?

—Naturalmente —dijo Esme—. Jasper ni siquiera había salido de la universidad. Su trabajo apenas alcanzaba el pago de su matrícula, y Emmett estaba empezando a hacerse una carrera. —Sacudió su cabeza—. Era un riesgo dejarte avalar casas que no pudieran pagar, y este es exactamente el porqué. Nadie sabe lo que la vida traerá.

—La vida es un riesgo —señaló Carlisle—. No es culpa de nadie.

—No. No es culpa de nadie —concordó Edward—. Aunque es mi responsabilidad. Hablé con ellos. Quería hacer eso por ellos, aún quiero. Y aún tengo la intención de ayudarlos.

»Además, esto es exactamente lo que quiero. Quise decir lo que le dije al abuelo hoy. Estoy listo. —Los labios de Edward se transformaron en una dura y delgada línea—. Quiero tener que ver muy poco con él y con lo que me ha dado. Quiere desheredarme, bien. Lo desheredaré a él.


Les contamos que desde ahora las actualizaciones serán semanales. Esperamos que estén disfrutando de la historia.

Traductoras Élite Fanfiction