· NO QUIERO QUE TE VAYAS ·

Lo primero que vio cuando sus ojos comenzaron a abrirse fue el techo de sólida roca propio del Altozano. Todos sus músculos permanecían contraídos de puro dolor y una terrible sensación de agotamiento nublaba sus sentidos. Hizo el amago de incorporarse, pero un repentino vahído la obligó a permanecer tumbada. Fue entonces cuando una oleada de recuerdos invadió su subconsciente y, junto a ellos, el inquietante rostro de Jadis. Sus cínicas palabras volvieron a oprimirle el corazón, dejándola sin aliento y por unos segundos llegó a cuestionarse a sí misma.

Intentó dejar la mente en blanco, librarse de todos esos pensamientos y olvidar sus preocupaciones aunque solo fuera durante unos instantes. Echó una rápida ojeada a su alrededor; se encontraba en la enfermería, rodeada de camillas sobre las cuales multitud de narnianos yacían en el mismo estado que ella. Apoyó de nuevo la cabeza sobre la almohada y dejó escapar un suspiro de resignación.

—¿Cómo os encontráis? —consultó una vocecilla a su derecha.

La muchacha giró el rostro en esa misma dirección, topándose con la figura de Buscatrufas, cuyo rostro denotaba intranquilidad y preocupación a partes iguales.

—Mejor —mintió al tiempo que trataba de incorporarse, sin embargo, un intenso dolor proveniente de su costado izquierdo hizo que emitiese un gemido. El tejón enseguida se acercó a ella con la intención de socorrerla, pero la chica se lo impidió—. Tranquilo, no es nada.

El animal arrugó el entrecejo.

—Debéis guardar reposo —la reprendió en un tono más paternal.

—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —quiso saber la joven. Le preocupaba el hecho de haber desatendido sus obligaciones durante vete a saber cuánto.

—Unas doce horas, quizá más.

Elizabeth volvió a suspirar. Eso era mucho tiempo, al menos para ella. Se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja antes de volver a hablar:

—Apenas recuerdo lo que pasó —masculló mientras se masajeaba las sienes. La cabeza le dolía horrores.

—Ese hombre lobo os hirió, aunque por suerte solofue un zarpazo —comenzó a explicar Buscatrufas—. De haber sido un mordisco...

—Ahora mismo estaría aullándole a la luna llena —lo interrumpió la rubia, siendo consciente de la gravedad de la situación.

El tejón asintió.

—Cuando la Bruja Blanca desapareció, os desmayasteis. Vuestro cuerpo ya no aguantaba más. —Tomó asiento a su lado—. Nos teníais muy preocupados, pequeña —alegó, estrechando su mano con ternura.

La aludida sonrió. Le tenía un cariño muy especial, ya que fue él quien la cuidó cuando nadie más pudo hacerlo, ni siquiera su propio padre.

—¿Y Peter y Caspian?, ¿se encuentran bien? —preguntó con un timbre nervioso en la voz.

—Sí, podéis estar tranquila.

La muchacha respiró llena de alivio, para luego bajar la mirada.

—Fui muy dura con ellos, les dije cosas horribles… No me extrañaría que ya no quisieran volver a mirarme a la cara —musitó, arrepentida. Ahora que veía las cosas con más claridad, su comportamiento para con ellos le avergonzaba. Ninguno de los dos se merecía todos esos reproches, y menos en aquellos momentos.

—Os tienen mucho aprecio, los dos —dijo el tejón, captando nuevamente su atención—. Han pasado toda la noche velando por vos, temían que no despertaseis. —Al escucharlo las mejillas de Elizabeth adquirieron un tenue color carmesí, que trató de disimular por todos los medios. ¿De verdad habían estado tan preocupados por ella después de cómo les trató?

—He de hablar con ellos —agregó, justo antes de levantarse con sumo cuidado para no desfallecer en el intento.

—Pero mi señora, debéis descansar —repuso Buscatrufas, viéndose obligado a ayudarla a ponerse en pie.

Aquello era cierto. No estaba del todo recuperada y la herida todavía le dolía —tardaría días en sanar—, pero no podía quedarse de brazos cruzados. No cuando había herido los sentimientos de alguien. Necesitaba disculparse con los chicos y no pararía hasta conseguirlo.

—Lo haré en cuanto hable con ambos.

El tejón negó con la cabeza. Dudaba de la veracidad de sus palabras, pero acabó cediendo. Se echó a un lado, recibiendo una sonrisa pícara por parte de la joven, antes de que esta abandonara la estancia.


Sentado sobre la Mesa de Piedra, Peter Pevensie admiraba cada detalle del imponente grabado de Aslan, evocando casi de forma inconsciente recuerdos de la Época Dorada; cuando su amada Narnia era libre y brillaba en todo su esplendor. Habían pasado tantas cosas desde entonces... quizá demasiadas. Aunque, como solía decir su querida madre: "no hay mal que por bien no venga", y estaba seguro de que todas y cada una de las decisiones que el Gran León había tomado en su ausencia fueron por algún motivo. Todavía tenía fe en él, de eso no cabía la menor duda.

En esas últimas horas había intentado mantener la mente ocupada, no obstante y pese a todos sus esfuerzos, sus pensamientos siempre desembocaban en lo mismo, en una única persona: Elizabeth. Lo cierto es que no podía dejar de pensar en ella. ¿El motivo?, ni él mismo lo sabía. Se había pasado toda la noche en vela, temiendo por su preciada vida. Solo cuando sus hermanas le dijeron —después de mucho insistir— que necesitaba descansar, optó por abandonar la enfermería con la vaga esperanza de despejarse un poco. Nada más lejos de la realidad, porque ¿cómo conciliar el sueño cuando ella seguía inconsciente?

El sonido de unos pasos le sacó de su ensimismamiento. Giró la cabeza, encontrándose con Caspian, que acababa de irrumpir en la estancia. El Sumo Monarca no pudo evitar componer una mueca de desagrado al verle y tras un breve resoplido volvió a centrar su atención en el relieve del león, mientras el joven telmarino se aproximaba a él con paso firme.

—¿Sabes algo? —consultó con cierto desdén.

—Aún no —respondió el príncipe, empleando el mismo tono y tomando asiento a su lado.

Se mantuvieron unos minutos en silencio, cada uno inmerso en sus propios pensamientos, hasta que Caspian se atrevió a soltar lo que llevaba días sospechando:

—La quieres, ¿no es así? —Aquellas palabras habían salido de su boca como una exhalación, en un acto impulsivo y precipitado. Apenas un instante después se maldijo en su fuero interno por haber sido tan directo.

Peter alzó las cejas, desconcertado. Aquella pregunta le había pillado por sorpresa, de modo que tras unos segundos más de incertidumbre le lanzó una mirada furibunda.

—¿Se puede saber a qué viene eso? —Cruzó los brazos sobre su pecho. Menuda estupidez, ¿enamorado de esa princesa egocéntrica? Si apenas la conocía... puede que se hubiese sentido atraído hacia ella, eso no lo iba a negar. Al fin y al cabo seguía siendo un adolescente, pero de ahí al amor había un trecho.

Caspian, por su parte, intentó respirar hondo. Debía serenarse.

—He visto cómo la miras —señaló en su mejor tono impasible.

El joven rey rió con desgana. ¿Quién se creía que era para hacerle ese tipo de preguntas? Maldito entrometido.

—¿Y desde cuándo te importa? —espetó con la intención de marcharse de allí cuanto antes, pues no estaba de humor para tonterías. Sin embargo, el moreno se interpuso en su camino.

—Conozco a los de tu clase —dijo Caspian, alzando el mentón con aire combativo.

—¿Los de mi clase? —Peter no pudo aguantar la risa.

—No permitiré que le hagas daño.

El rubio mantuvo con firmeza su desafiante mirada, no iba a dejarse intimidar por un principito de tres al cuarto. Esbozó una sonrisa ladina al caer en la cuenta de lo que realmente estaba sucediendo.

—Eres tú el que siente algo por ella. —Aquello no había sido una pregunta, sino más bien una afirmación. Ahora todo encajaba; estaba en pleno ataque de celos, de ahí su actitud altiva y provocadora.

El aludido tragó saliva. Ni él mismo entendía su comportamiento. creía desconocer el motivo que le conducía a querer protegerla a toda costa. ¿Cómo podía importarle tanto esa chica?, ¿desde cuándo se había convertido en alguien tan especial para él? Solo sabía que desde que la conoció, todo su mundo estaba patas arriba.

»Fue tu gente la que invadió estas tierras —prosiguió, volviendo a acaparar su atención—. Les arrebatasteis su hogar, ¿crees que Elizabeth no lo tiene en cuenta?

Al oírlo el príncipe telmarino comprimió la mandíbula de pura rabia.

—Y tú ni siquiera perteneces a este mundo, ¿qué pasará cuando te vayas? Solo le causarás dolor y sufrimiento.

Esta vez Peter no alegó nada en su defensa. Se limitó a guardar silencio, para finalmente salir de allí antes de que todo aquello pasase de castaño oscuro. No quería escuchar más.


Suspiró, exasperada. Tras haber recorrido cada rincón de las galerías sin mucho éxito en su búsqueda, decidió salir al exterior del Altozano, a ver si allí tenía más suerte.

Una vez fuera, la suave brisa ondeaba sus dorados cabellos y la tibia luz de la luna lo iluminaba todo a su alrededor. La joven se detuvo unos instantes para poder admirar la extraordinaria belleza del paisaje. Sonrió para sus adentros, pese a todos los contratiempos hacía una noche preciosa. Acto seguido echó a andar en dirección a la parte posterior de la loma; lugar al que apenas iban los narnianos, de ahí que fuese si sitio favorito cuando necesitaba meditar. Tenía el presentimiento de que allí encontraría lo que buscaba.

Cuando llegó vio al Sumo Monarca a pocos metros de distancia, sentado en el césped mientras contemplaba la luna llena, que ya se alzaba en su cénit.

La rubia respiró hondo y se acercó a él.

—Es precioso, ¿verdad? —Su voz sobresaltó al muchacho que tras un ligero respingo volteó la cabeza, sorprendiéndose al verla—. Suelo venir aquí cuando quiero estar sola.

—Elizabeth. —El rey se puso rápidamente en pie—. ¿Cómo estás? —quiso saber, sin poder disimular su desasosiego.

—Sobreviviré. —La susodicha se relamió los labios, justo antes de pasarse una mano por la zona herida.

El rubio asintió.

—Tienes que descansar, los telmarinos no tardarán en contraatacar —repuso con voz severa.

—No eres el primero que me lo dice —alegó ella con una pequeña sonrisa.

—Bueno, tu aspecto te delata —señaló Peter, reparando en la palidez de sus mejillas y en las oscuras ojeras que surcaban sus ojos.

Elizabeth rió ante su comentario, pero no tardó en retornar a una expresión más seria.

—Yo… necesitaba hablar contigo —comenzó a decir bajo la atenta mirada de su acompañante—. Siento mucho lo de ayer. —Clavó la vista en el suelo, avergonzada.

Peter negó con la cabeza.

—Solo dijiste la verdad —musitó con un hilo de voz. Era evidente que aquel tema lo afectaba, y mucho.

—No es cierto —contradijo la princesa—. Nadie tuvo la culpa, tú solo velabas por el bien de mi gente. De nuestra gente —añadió, enfatizando esas dos últimas palabras.

El muchacho apartó la mirada, abatido. Nada de lo que pudiera decirle cambiaría lo que había pasado, ni haría desaparecer toda la sangre que manchaba sus manos. Cometió un error y gente inocente pagó por ello.

»Eh… —Elizabeth rebasó los pocos centímetros que los separaban y tomó el rostro del monarca entre sus manos—. Estamos juntos en esto, ¿lo recuerdas?

Peter observó su bello rostro con detenimiento, mientras ella volvía a perderse en esos magnéticos y profundos ojos azules que parecían no querer apartarse de ella. Casi podía sentir su aliento rozándole los labios. El chico se había quedado anonadado por el repentino acercamiento de la princesa, preso de aquellas facciones tan puras y angelicales.

Elizabeth tragó saliva, para luego separarse de él. El rubor de sus mejillas era cada vez más intenso y el miedo hizo acto de presencia en su regio semblante. Pero no era un pánico cualquiera: temía el rechazo. Se había tomado demasiadas libertades con Peter, dejándose llevar por la situación y ahora se arrepentía enormemente. ¿Y si le había incomodado? O, peor aún, ¿enfadado?

—Yo… debería irme… —susurró con voz entrecortada.

Se dio media vuelta con la intención de regresar al Altozano, pero no pudo dar un paso más. Una de las fuertes manos de Peter había aprisionado su muñeca, obligándola a girarse de nuevo hacia él.

—No quiero que te vayas —adujo, muy seguro de sus palabras. Rodeó su estrecha cintura con la mano que tenía libre y, sin más preámbulos, la besó.

La rubia abrió los ojos de par en par, abrumada por el arrebato del monarca, aunque enseguida lo correspondió. Alzó los brazos y entrelazó las manos alrededor de su cuello. Y entonces, sobre la pradera que se extendía bajo sus pies comenzaron a crecer numerosas flores bañadas por luz de plata.

Elizabeth todavía era incapaz de controlar su magia, no obstante, la intensificación de sus emociones a veces era la causante de la ejecución de pequeños hechizos. Y es que Peter Pevensie era, sin duda alguna, el detonante de la magia que albergaba en su interior.


¡Hola, mis amores!

Sí, no es ninguna alucinación, ¡Peter y Elizabeth se han besado! ¿Qué os ha parecido? ¿Ha estado a la altura de vuestras expectativas? En serio, estoy deseando saber vuestra opiniones, así que no os cortéis jajajaja. Sé que algunos de vosotros sois #TeamCasbeth y, seguramente, querráis matarme. En mi defensa diré que ya era hora de que estos dos dieran rienda suelta a sus sentimientos.

Y eso es todo por hoy. No olvidéis comentar. ¡Besos!