Sam estaba profundamente dormida, inmersa en el más maravilloso sueño:

—Mmm —se deslizó lánguidamente acariciando la nuca de Freddie, sintiendo su piel y enterrando después los dedos en su pelo.

—Sabes que esto es muy peligroso, ¿verdad? —la advertía él mientras aproximaba su cuerpo al de ella.

—Me gusta el peligro… especialmente si ese peligro eres tú.

Era una delicia ver cómo la miraba con aquellos intensos ojos cafes, sentir la armonía que reinaba entre ellos… pero sobre todo el deseo y la excitación que ninguno de los dos se esforzaba en ocultar. Ella esperaba sus besos con los labios entreabiertos y después se dejaba conquistar por el éxtasis que le proporcionaban.

—¡Freddie! —aquello no era un juego sino la búsqueda de dos seres ansiosos que unían hasta el último centímetro de piel intentando estar lo más cerca posible. Él paseaba las manos por la espalda desnuda y por los lugares más íntimos del cuerpo de Sam, que respondía con gemidos de placer. Cada beso y cada caricia la acercaba un poco más al clímax que sabía la esperaba, pero al mismo tiempo una terrible sensación de miedo también se iba apoderando de ella con igual fuerza.

—¡No! —gritó angustiada por el pavor a perder aquello que tanto estaba disfrutando, por perder a Freddie y su amor.

Su propio grito la sacó de golpe del sueño y, durante unos segundos, no sabía qué estaba pasando ni dónde se encontraba hasta que se incorporó, encendió la lamparita de noche y se dio cuenta de que estaba en la cama de su niñez. Pero ni siquiera eso pudo deshacer el nudo que tenía en la garganta y que apenas le permitía respirar. Todo había sido un sueño, pero un sueño muy real en el que Freddie… en el que ellos…

—¿Qué ocurre, Sam? Te he oído gritar.

Era Freddie, que acababa de entrar alarmado en su dormitorio.

—Nada, no pasa nada —negó ella sin poder ocultar la tensión. De ningún modo podría desvelarle el contenido de su sueño.

—Pero acabas de gritar —insistió él al tiempo que se acercaba a la cama. Seguía completamente vestido, aunque se había desabrochado algunos botones de la camisa, lo que dejaba ver su pecho ligeramente cubierto de vello.

Sam no podía apartar la mirada de él, era incapaz de olvidar que en el sueño ella había estado acariciando aquella piel, se había tumbado completamente desnuda junto a él. Sintió un tremendo escalofrío de placer.

¿Qué le estaba pasando? Hacía años que no tenía un sueño así; probablemente desde la adolescencia, cuando solía dormir en aquella misma cama. Quizás era la influencia del dormitorio y de la casa entera porque, desde luego ya no deseaba compartir ese tipo de cosas con Freddie.

—A lo mejor deberíamos llamar al médico —sugirió él sentándose en la cama—. Antes te encontrabas mal y ahora estás temblando.

Sam era consciente de cómo sus fuerzas comenzaban a flaquear.

—No me pasa nada. Aparte del hecho de que me están chantajeando para que me acueste con alguien a quien no amo, solo para que él pueda tener el hijo que quiere. Pero —añadió con una mezcla de sarcasmo y tristeza—, no creo que le quieras contar eso al médico. Además se te da muy bien no decirle a la gente las cosas que deberían saber.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Intenta deducirlo tú solo —lo desafió con valentía y, cuando vio que seguía mirándola con el ceño fruncido, le dio más pistas—: No sé por qué no creo que le hayas dicho a Margaret cuáles eran tus planes conmigo.

Respiró hondo antes de recordarle que también se le había olvidado contarle a ella por qué iba a casarse con ella estando enamorado de su madrastra, pero Freddie la interrumpió antes de que pudiera hacerlo.

—No, no lo he hecho, ni sé por qué debería hacerlo.

¿Cómo podía tener la desfachatez de decir algo así?

—¿Por qué? —repitió Sam estupefacta pero sin el valor suficiente para desvelar lo que realmente estaba pensando—. Sabes que se va a enterar, Miranda se lo contará nada más verla.

Descubrió sorprendida que estaba conteniendo la respiración en espera de que le dijera que Margaret ya no significaba nada para él. ¿De verdad era tan estúpida?

—Nuestro matrimonio y nuestros planes no tienen nada que ver con Margaret.

—¿Y no te importa lo que ella piense al respecto?

—Mi deseo de tener un hijo con los genes de tu padre no tiene por qué afectar a Margaret en absoluto.

—¿Tampoco a tu relación con ella? —Sam no podía hacer otra cosa que seguir insistiendo.

—Escucha, sé lo que opinas de tu madrastra, Sam, pero ahora eres una mujer adulta. Mi relación con ella, como tú dices, es la que es y no se puede cambiar; y lo que siento hacia ella tampoco ha cambiado —le explicó con la mayor suavidad posible.

Freddie observó cómo los ojos de Sam se llenaban de angustia. Sabía lo desgraciada que su madrastra la había hecho sentir y, como acababa de decirle, a él le gustaba tan poco Margaret como cuando Max se casó con ella. Para él no era más que una mujer superficial, egoísta y manipuladora; pero eso no alteraba el hecho de que, como beneficiaria del testamento del señor Puckett, Freddie tenía la responsabilidad de que recibiera los ingresos anuales a los que tenía derecho. No obstante, era obvio que Sam no estaba dispuesta a aceptar tal cosa.

—Freddie, creo que te odio… No, sé que te odio —afirmó ella al darse cuenta con profundo pesar del poder que seguía teniendo aquel hombre para hacerle daño. Después de cuatro años pensando que lo había olvidado y que su amor por él había muerto igual que su confianza y su respeto.

—Puedes odiarme todo lo que quieras —contestó él mientras ella se había levantado de la cama y se encontraba al lado de la ventana dándole la espalda—. Pero aun así vas a tener un hijo mío —añadió con frialdad y, antes de que pudiera recibir ninguna respuesta, dio media vuelta y salió del dormitorio cerrando la puerta tras él.

Sam se volvió a mirar y no la sorprendió comprobar que estaba temblando de los pies a la cabeza; pero esa vez no era de miedo sino de rabia. ¿Cómo se atrevía a decirle que quería que le diera un hijo justo después de haber admitido que había otra mujer en su vida? Y no una mujer cualquiera, sino su madrastra, ni más ni menos.

Sam no pudo volver a quedarse dormida. Echó un vistazo al reloj mientras pensaba que Freddie debía de haberla oído llorar desde su habitación. No entendía por qué había tenido aquel sueño, ni por qué la había hecho sentir tan desgraciada el descubrimiento de que seguía queriendo a Margaret.

Cualquiera habría dicho que eso significaba que seguía enamorada de Freddie, pero no era así y ella lo sabía. ¡Por supuesto que no! Ojalá pudiera estar en Nueva york, donde se había sentido tan segura sin pensar en él.

Una vocecita dentro de su cabeza la hizo reconocer que estaba mintiéndose a sí misma.

«Está bien, quizás pienso en él de vez en cuando».

Pero enseguida la vocecita volvió a protestar.

«De acuerdo, a veces también sueño con él», tuvo que admitir para sus adentros. Pero aquello no eran sueños sino pesadillas. Y eso no quería decir que siguiera amándolo.