Una vez más, mil gracias a Charlaine Harris por sus personajes.
14.
Todo había empezado dos semanas atrás y había explotado unas horas antes.
Cuando me dejó en casa el día de Año Nuevo, me senté en la cocina pensando en mi vida, no en la que me dejaba atrás sino en la que empezaba en ese mismo instante. No me podía creer que Eric quería que mi hija y yo estuviésemos con él, que formásemos parte de su vida. Claude había tenido razón, ese hombre perfecto nos quería. Me preparé un café y rememoré una y otra vez nuestra noche. Mi pecho se henchía de alegría y me apetecía llorar de lo feliz que era. Cogí mi taza y subí al dormitorio para prepararme un baño en el que seguir soñando con sus besos. Volvíamos a estar juntos, bueno, no, técnicamente, no, todavía, no. Pero ya quedaba menos. Sus palabras me habían llenado de una ilusión y una esperanza que hacía años que no sentía. La última vez que las experimenté fue cuando nació Jess. La alegría me había vuelto los martes y viernes que pasé con él. Me habían dado la fuerza necesaria para llevar a cabo la decisión que acababa de tomar, cogí aire, tenía mucho que hacer. Me salí del agua cuando empezó a estar fría y me sequé con cuidado. Me puse crema cerrando los ojos y recreando la sensación de sus grandes manos recorriendo mi cuerpo. Por un momento no lo pude evitar y me acaricié pensando en él, en todo lo que habíamos hecho esa noche, en todo lo que íbamos a hacer el resto de nuestras vidas juntos. Cómo era posible que hasta darme placer pensando en él fuese tan increíblemente satisfactorio...
En el reloj de la mesita de Bill dieron las siete. Vaya, mi esposo también había pasado la noche fuera y con otra, sonreí mientras mandaba un mensaje a Laf informándole de que mi esposo aún estaba de picos pardos y anunciándole que le iba a pedir que se fuera. Me levanté de la cama y fui a lavarme las manos y a asearme un poco de mi momento íntimo. Busqué una maleta y la hice. Bajé con ella y fui a la cocina para prepararme algo de desayunar. Acababa de terminar de poner los platos en el lavavajillas cuando el coche de Bill se paró en la parte de atrás. Miré el reloj otra vez, las ocho y dieciséis, y me dispuse a recibirle
_ Oh, buenos días, Sookie – se sorprendió al verme sentada en la cocina esperándole.
_ Buenos días, Bill – me llevé mi taza de café a los labios-. ¿Has tenido una buena entrada de año?
_ Sí, ha estado muy bien – dijo un poco a la defensiva.
_ Me alegro...
Intentó pasar de largo en dirección a las escaleras cuando empujé la maleta para ponerla en su camino.
_ ¿Qué es esto? – preguntó confundido con un hilo de voz.
_ Una maleta.
_ Eso ya lo veo...
_ Siempre tan observador – sonreí con malicia-. Te he preparado una maleta con ropa para unos días, mientras saco todo lo que tienes de los armarios y te lo mando donde tú me digas.
_ ¿Qué...? – la voz no le salía del cuerpo. Su expresión de niño cogido en falta que me hubiese conmovido y ablandado en otro tiempo, hoy me parecía insultante y sacaba lo peor de mí.
_ Que te vas, Bill, que quiero el divorcio – me miró horrorizado-. Que esta vez no paso tus mentiras por alto.
_ Pero..., pero... – balbució intentando buscar las palabras.
_ ¿Pero qué, Bill? ¿Me quieres? ¿No es lo que pienso? ¿Sólo es tu jefa? Entiéndeme, no me importa que te acuestes con ella, ya me da igual, lo que me importa es que vuelvas a mi cama. Nunca más – le di a la maleta con el pie-. Por eso, te vas.
_ Esta es mi casa.
_ No, esta es mi casa, ¿o ya no recuerdas que para eludir impuestos la pusiste a mi nombre? – sonreí sabiéndole pillado- Oh, pensabas que no iba a hacerlo, ¿verdad? Pues sí, porque esta casa la he pagado yo gracias a tu triquiñuela.
_ No me iré.
_ Claro que sí...
_ Mi hija me necesita.
_ No te atrevas a usar a mi hija ahora. Siempre has sido un padre ausente aunque estuvieses en el sillón de al lado.
_ No me puedo creer lo que me estás haciendo, ¿dónde voy a ir?
_ A un hotel, a la casa de tu amante, no lo sé y no me importa – le dije-. En la entrada tienes tu portátil y tu maletín. En unos días te mandaré todo lo que haya tuyo en casa, llámame con la dirección – hice una pausa esperando a ver el efecto-. Ahora, vete, por favor.
Por un momento pensé que no funcionaría pero Bill cogió la maleta, fue al recibidor, recogió el resto de sus cosas y salió. Así de fácil, así de liberador. Me senté en la cocina temblando. Lo había conseguido. Cogí el teléfono y llamé a Jason.
_ Sookie... – una voz pastosa y somnolienta me saludó.
_ Lo he hecho, Jase – dije con voz temblorosa-, he dejado a Bill, se acaba de ir.
_ ¿Qué...? – su voz sonó alerta de repente-. ¡Bien por ti, hermanita! ¿Quieres que vaya?
_ No, no hace falta – sonreí por su ofrecimiento, no estaba en condiciones-, ahora voy a ir a buscar a Jess a la casa de la abuela.
_ Llámame si necesitas algo, lo que sea – soltó una carcajada-. Joder, ya era hora...
Sonreí porque tenía razón. Llamé a la abuela para decirle que iba a ir a recoger a la niña.
_ Hola, abuela, voy a ir a recoger a Jess ahora. Tengo algo que contarte.
_ Hola, cariño, ya está Bill aquí para recogerla...
_ ¿Qué? – grité- ¡que no se la lleve abuela, no le dejes!, ¡no...!
La abuela se debió asustar con mi grito pero salió corriendo y la oí decirle a Bill que esperase y no despertase a la niña, que se tomase un café con ella con un tono sorprendentemente tranquilo. Cogí el móvil y volví a llamar a Jase y le grité que fuese corriendo a casa de la abuela. No me pude explicar mejor. Salí corriendo como estaba hacia el coche. En cinco minutos estaba en la casa de la abuela, nunca había conducido así, iba como una loca por la carretera que llevaba a su granja. Bill se sorprendió al verme y más con el estado de nervios con el que iba.
_ ¿Qué coño haces aquí? – le espeté. La abuela soltó un gritito de sorpresa por mi actitud, ella no me había educado así-. Abuela, Bill ha vuelto a engañarme y nos vamos a divorciar. Le acabo de pedir que se vaya de mi casa.
_ No lo sabía, Bill no me lo ha dicho, es más – le miró con dureza-, me pareció que te ibas a llevar a la niña a casa.
_ Sólo he venido a darle un beso a mi hija antes de irme...
_ Ya... – murmuró la abuela. Jason entró corriendo en ese momento y nos miró. Se recompuso un poco e intentó sonreír.
_ Hola Abu – besó su mejilla-, Sook – se inclinó y besó la mía-. Bill... – su voz sonó fastidiada-. ¿Y mi chica favorita?
_ Está dormida – le informó la abuela-. ¿Quieres un café?
_ Claro, Abu, he venido a desayunar con mis chicas – me miró como si fuese un niño-. ¿Puedo ir a buscar a nuestra bella durmiente?
_ Claro, así Bill se puede despedir de ella antes de irse.
Jason fue a despertar a Jess y todo trascurrió con tranquilidad pero nadie me podía quitar la idea de que Bill había intentado llevarse a mi hija. Llamé a Lafayette y le informé, se puso manos a la obra y puso todas las medidas a su alcance para restringir las visitar de Bill. Los siguientes días me volví ultra protectora, vivía en permanente angustia, no era capaz de concentrarme ni de pensar en otra cosa. No había quien me convenciese de que no había sido su intención. Con la ayuda de la abuela, de Jase, Laf, Tara y Amelia, y, por supuesto, de Alcide que se convirtió en mi paño de lágrimas y una bendición durante la primera semana después de Bill, pude salir adelante.
La vida se me había echado encima, me había pasado días batallando con ella e intentando que todo volviese a revestir cierta normalidad. Jase se instaló en casa porque según él, esa casa necesitaba un hombre y hasta que no me buscase otro mejor, alguien tendría que ocuparse de arreglar las cosas, cortar el césped y demás tareas propias de su sexo, como hacer barbacoas y beber cerveza. Se lo agradecí infinitamente, porque sabía que lo hacía porque me daba pánico estar sola en la casa.
Tardé dos semanas en poder poner algo de orden y pensar en mi futuro, en Eric. Le había echado de menos cada segundo de cada día pero no podía arrastrarle a mis problemas. No quería correr el riesgo de que pensara que la vida con nosotras no iba a ser más que una sucesión de contratiempos. Le pedí a Laf que me ayudara, reservar mesa en Loki era una locura y no quería hacerlo a través de Alcide, no sería una sorpresa. No sabía cuando le pedí a mi amigo que reservara mesa a través de su bufete, que la sorpresa me la iba a llevar yo. ¿Dónde estaba el hombre adorable que quería compartir su vida con esta mujer y su hija? ¿Sólo habían sido palabras? ¿Estaba con esa? Me quedé en la mesa sola, viendo como se iban y se sentaban en un reservado, parecían discutir y al poco ella se levantó y se fue. "Jódete, cabrón", pensé, "tampoco te la vas a tirar a ella". Se levantó después de hablar con el camarero y se fue. En cuanto llegó Lafayette y me vio la cara supo que algo había ido terriblemente mal, y nos fuimos. Volví a la oficina aunque Laf se negaba a dejarme. Alcide nos vio entrar y vino a ver qué pasaba. Cuando se lo conté se levantó y se fue, nunca le había visto tan enfadado. Quería que fuese a decirle cuatro cosas a ese cabrón que me había tratado como si no fuese más que otra de sus putas, quería que le hiciese daño. No me importaba.
Había pasado algo más de una hora y estaba deseando de que fuese hora de irme. Llamé a Jase y le dije que iría un poco más tarde, iba a esperar a que se fuesen todos, porque no quería salir y que me vieran. Estaba pensando en cómo mi vida se había ido a la mierda sin saber cómo, cuando entró. Casi no le vi de lo rápido que lo hizo. Había oído la algarabía fuera y levanté los ojos justo a tiempo para verle entrar como un rayo en mi despacho. Cerró de un portazo y en dos zancadas se plantó delante de mi mesa.
_ ¿Pero a ti qué te pasa? – me gritó- ¿No puedes levantar el teléfono para decirme que está pasando pero sí puedes ir corriendo a llorarle a tu jefe que, curiosamente, es mi amigo? – sus preciosos ojos azules llameaban-. Te dije que te quería, te confesé que quería pasar mi vida contigo y que fuésemos una familia, ¿qué más debía hacer? ¿Tatuarme tu nombre en el pecho? Te dije que te tocaba mover a ti, ¿por qué coño mueves tan lentamente? ¿Debía suponer que estabas haciendo algo o que, de nuevo, me habías rechazado? Con la experiencia previa, lo normal era pensar que eras una cobarde y que habías vuelto a tu zona de confort...
Alcide entró en el despacho y también dio un portazo. Los dos se miraron desafiándose.
_ Cuidado con lo que haces, Northman, no tengo ganas de llamar a seguridad y acabar echándote. Eres mi amigo y me gustaría que siguieses siéndolo, pero no te voy a dejar hacerle más daño a Sookie.
_ ¿Más daño? ¡¿Más daño? ! – rugió- Bueno, sí, claro, a mí se me puede joder, figurada y literalmente, todo lo que se quiera pero a ella se le hace daño...
_ ¡No te permito que le levantes la voz, ya vale! – le gritó Alcide.
_ ¡Sí, ya vale! – intervine o, mejor dicho, grité yo también para atraer su atención- ¡Dejad de hablar como si no estuviese aquí!
_ Lo siento, Sook – se disculpó Alcide mientras Eric me mantenía la mirada con ojos llenos de ira.
_ No lo sientas, Al, muchas gracias por querer ayudarme – le sonreí débilmente-. Ya sigo yo – le señalé la puerta-, si no te importa dejarnos solos...
Alcide se fue con reticencia. Miró una vez más a Eric y luego volvió a mirarme a mi antes de asentir y consentir con mi petición.
_ Llámame si este idiota se pone imposible – esbozó una pequeña sonrisa antes de irse-. Estaré fuera.
Salió y Eric y yo nos quedamos mirándonos unos instantes. Tenía ganas de gritarle, de decirle de todo, de hacerle el mismo daño que él a mí.
_ Vaya, por fin solos, cariño – fue lo que, por fin, dije. Hizo amago de interrumpirme pero le corté-. No, cielo, ahora me vas a escuchar. Pobrecito él, ¿la mujer mala te ha hecho daño? ¿No te ha llamado y tú te morías de ganas? – me mofé de él con ira-. ¡A ver si creces, los demás también tenemos una vida y resulta que no siempre es fácil vivirla! ¿No te ha dado el cerebro para pensar que podría estar teniendo problemas? Pues, ¡eh, sorpresa!, los he tenido.
_ ¿Sabes de ese invento maravilloso que se llama teléfono?
_ Sé casi tanto como tú sobre ese invento maravilloso. Sé que funciona en las dos direcciones.
_ No te pongas chula conmigo, ahora, ¿vale, rubia? Si hubieses querido me podrías haber llamado y haberme dicho, "Eric, ahora no voy a poder verte, no hasta que no solucione unos problemas" – me espetó, vale, ahí tenía razón pero no estaba por la labor de dársela-. Lo hubiese entendido y habría hecho lo imposible por ayudarte.
_ ¿Y si yo no quería tu ayuda? – grité-. ¿Y si no quería ser una carga para ti?
_ ¿Por qué? ¿Porque no hubiese sido capaz de entenderlo o sobrellevarlo? ¡¿Tan imbécil me crees? !
_ ¿De verdad quieres que te conteste a eso ahora mismo? – me paré delante de él con los brazos en jarras y los ojos llameando tanto como los suyos.
Si no hubiera estado tan enfadada con él, me habría tirado a su cuello y le habría comido la boca, pero en esos momentos no era mi persona favorita, y, a tenor de su mirada, yo tampoco era la suya.
_ Sí, me muero de ganas porque me llames lo que yo me he estado llamando la última semana...
_ ¿Te has estado llamando cabrón? Porque eso es lo que has sido para mí hoy.
_ ¿Y qué esperabas? – abrió los brazos abarcando medio despacho-. Te dije que quería estar contigo y te dí mi tarjeta para que fueses tú quien decidiera. Me pareció bastante obvio que no me querías junto a ti.
_ No era así.
_ ¿Y desde cuándo resulta que yo leo la mente? – volvió a clavar su ojos en los míos.
_ No lo sé, Eric, quizá te he atribuido cualidades que no te corresponden porque te veía con buenos ojos, porque quería que la persona que amaba las tuviese – mi tono empezaba a ser chillón ya.
Dio un paso hacia mí y su mirada se suavizó.
_ ¿La persona que amabas...? ¿Pasado?
_ No soy muy fan tuya en este momento...
_ Yo tampoco lo soy tuyo, ahora mismo...
_ Además, ya tienes una amante – di un pasito hacia él.
_ Es curioso que digas eso – me apartó un mechón de los ojos-, no, no tengo ninguna. ¿Por qué? ¿Te postulas para el puesto o a tu marido no le gustaría?
_ Es curioso que digas eso – levanté la cara- no creo que le importe porque, no, no tengo marido, ya no. ¿Por qué? ¿Quieres que me postule?
_ ¿Eso es lo que has estado haciendo estas dos semanas? – asentí levemente.
_ ¿Quiero saber lo que has estado haciendo tú? – negó con un movimiento suave.
Nos encontramos a medio camino, que, en realidad, eran dos centímetros, y nuestras bocas se dieron la bienvenida que nuestra cabezonería no nos había permitido darnos antes.
