Ahora sí viene lo bueno. Gracias a lizAckerman por ser mi graciosa beta y a todos mis lectores por...bueno, leer y dejar uno que otro comentario.

Perdón por lo corto del capitulo, espero que lo disfruten.

KAKASHI FTW—NARUTO NO ES MIO, ES DE KISHIMOTO—KAKASHI FTW


Corrieron lo más rápido que pudieron colina abajo con toda la gracia de un borracho en pánico. Madara no pudo evitar maldecir su suerte y su estupidez. ¿Cómo era que no se había dado cuenta que no estaba simplemente embriagándose, sino que se estaba dopando? Su fuerza a penas le servía para mantenerse de pie, pero al igual que Hashirama junto a él era realmente su sentido del deber y no su fuerza física del momento lo que evitaba que se fuera en picada al suelo en ese momento.

Una vez abajo, el panorama sólo parecía empeorar. En tan solo unos pocos minutos el fuego se había extendido por las casas y locales de madera desde las zonas más pobladas de los Senju hasta casi las murallas, quemando vivas a muchas personas que no habían tenido la oportunidad de escapar. Los ninja de la aldea trataban desesperados de salvar a los que más podían, pero por desgracia muchos de ellos sufrían la misma condición que los líderes de los clanes y se veían totalmente inútiles frente a la situación, pese a sus mayores esfuerzos.

—¡Soldado! —gritó Madara al llegar y ver un hombre sentado, mirando a las llamas sin hacer nada. Agarrándolo de los un brazo, le gritó colérico en la cara— ¡Muévete y ayuda al resto!

—No puedo —dijo el desgraciado Uchiha, quien miraba a su líder con una expresión afligida—Ya no hay nada que hacer.

—¿Cómo puedes decir eso?—preguntó indignado Madara, viendo como en ese momento como el mismísimo Hashirama, débil cómo estaba, se unía a un grupo más grande de personas que trataban de tirar una puerta tras la cual alguien gritaba. Pero con horror pudo ver cómo muchos de sus compatriotas caían también, ya fuese por efectos del sake envenenado o la desesperanza, y se quedaban tal cómo el hombre frente a él.

—Ya no hay nada que hacer…— repitió el hombre, con una profunda tristeza en su rostro, sus ojos como pozos negros que amenazaban en tragar a Madara. El líder Uchiha lo soltó entonces como si el contacto quemase, sintiéndose más viejo de sólo mirar al otro Uchiha. El soldado siguió mirándolo un rato para luego voltear hacia las llamas, su pose inmutable frente al caos a su alrededor, pareciendo un fantasma entre el negro humo y cenizas que flotaban en el aire del moribundo lugar.

No…

¡No!

Nonononononononononono….

Esto no podía estar pasando.

El líder Uchiha no sabía qué hacer. Daba vueltas, observando cómo el fuego naranja consumía su hogar y tomando su cabello entre sus manos, jalando como para arrancárselo pero fallando debido al estado debilitado en el que se encontraba. Sentía como sus ojos se llenaban de lágrimas, sintiendo la misma desesperación que cuando su hermano Izuna estaba muriendo en sus brazos, él sin saber cómo salvarlo.

Madara sacudió la cabeza y se mordió el labio casi hasta hacerlo sangrar, tratando contener sus lágrimas y tranquilizar a sus temblorosos labios. No, este no era tiempo para llorar, gritar o rendirse. Todavía había gente que podía salvar y aunque le costase la vida, lo haría.

Se movió de entre el espeso humo hasta donde estaba Hashirama ayudando a un sobreviviente, quien no paraba de toser y llorar, pegando gritos de angustia que le helaban el alma a Madara.

—¡Debemos detener el fuego!—exclamó Hashirama. El líder Uchiha, quien por la adrenalina que fluía por sus venas pensaba cien veces más veloz de lo normal y quien el fuego era cómo su segunda naturaleza, se le ocurrió una tal vez no muy efectiva idea pero era lo que tenían en ese momento. No había tiempo para pensar en más.

—¡Hashirama, escúchame!—el Uchiha tomó los hombros de su amigo, cuyas ropas ahora se mostraban grises por el hollín exceptuando por la gran mancha de sangre coagulada, y lo miró a los ojos.—Reúne a los que puedas que tengan algo de fuerza y haz que caven hoyos en el suelo. No es normal que se propague tan rápido, debe de estar haciéndolo también bajo tierra. Yo iré con otros y sacaré a las personas.

—Pero Madara…

—¡Cállate y escúchame por una vez Senju! ¡Reúne también a los sobrevivientes y mándame los que puedan ayudar!

El Senju observó inseguro a su amigo pero sin pensarlo demasiado, el shinobi giró hacia el resto de ninja quienes parecían exhaustos con tan solo haber abierto una puerta.

—¡Muchachos, debemos detener el fuego! ¡Los que puedan cavar, conmigo. El resto, vaya con Madara-sama!

El Uchiha asintió hacia el Senju y corrió hacia los edificios en llamas. Tapándose su nariz con su negra túnica, él y una multitud de personas empezaron a abrir todas aquellas casas de las que escuchaban un grito de auxilio. Era horrible pensarlo, pero debían economizar y ser lo más efectivos en sus esfuerzos. Todo aquel que no propinase palabra debía considerarse ya muerto bajo aquel cielo nocturno negro y naranja de la humareda.

Casa tras casa, puerta tras perta, todo aquel que necesitara ayuda para salir de su casa era ayudado como fuese por el escuadrón de Madara, quien ordenaba a los sobrevivientes a ir hacia donde estaba Hashirama. Tras un momento comenzaron a llegar más refuerzos, hombres y mujeres provenientes del festival traían barriles de agua o ayudaban a sacar a los heridos en otras zonas, mientras que muchos se quedaban atrás con el líder Senju, yendo de un lado a otro de la aldea para traer agua e ir, lentamente, apagando los edificios.

A Madara no le importaba el dolor en sus manos causado por la madera y metal caliente que quemaba sus palmas, dedos y uñas. No le importaba si fuego y humo lastimaban su piel, si sus sandalias quedaban quemadas o si parte de su yukata había sido atrapada por el fuego y ahora llevaba un gran hoyo en un costado, revelando roja carne debajo. No le importaba tampoco si su rostro se llenaba de hollín, si sus ojos picaban o si su respiración comenzaba a dificultarse por el denso humo que iba en incremento conforme más adentro iban de la aldea.

Debía salvarlos, a sus hermanos. A los niños que jugaban en medio de la calle, a los mercaderes que lo miraban con deleite cuando mostraba interés por sus mercancías, a las niñas que le regalaban flores a Hashirama pero a él parecían ignorarlo.

Debía salvarlos a todos, a las niñas, niños, hombres, Izuna, mujeres, niños molestos, Izuna, hombres ancianos que se reían y jugaban en el medio de la calle, Izuna, niños que regalaban flores y mujeres mercaderes…

—Ahh— gimió Madara tomando su cabeza, tratando de mantenerse en pie. Lo que fuera que fuese que tuviese el sake lo había hecho llegar al límite de sus fuerzas más rápido de lo normal. Pero aun así no se rendiría.

Había jurado proteger a la familia que quedaba. Sabía que nunca lograría salvar suficientes personas, pero debía hacer lo que podía.

—Madara-sama —escuchó llamar a alguien cercano. Sabía que en realidad estaba junto a él, pero su voz parecía tan distante… —¿Usted también lo escucha? Hay alguien atrapado en esa casa, allá.

A su alrededor pudo ver el movimiento de cabeza de muchos asintiendo, señalando de donde escuchaban salir los llamados de auxilio. El Uchiha tenía un zumbido en los oídos que no le permitía escuchar con tanta claridad, aunque si ponía atención podía escuchar el grito angustiado de dos niños en la distancia. Pronto después se movió tambaleante a través de la asfixiante negrura con el resto hacia una casa que de antaño debió verse bastante modesta, ahora no más que madera en llamas.

Una docena de hombres, incluido Madara, se abalanzaron sobre la puerta, tratando de tirarla, pero al parecer escombros del otro lado impedían que esta se moviese a un lado. El líder Uchiha volteó entonces su atención al segundo piso de donde salían grandes nubarrones de humo. Sin pensarlo, trepó lo mejor que pudo hasta allí, tomando el marco de la ventana y entrando a la condenada casa.

—¡Madara-sama!—gritó alguien con evidente sobresalto desde afuera.—¡No vaya solo, espérenos!

¿Esperar? El Uchiha no pudo más que reír algo histérico tras la larga manga sobre su nariz, protegiéndolo del humo. Había niños en peligro de morir quemados allá dentro y cada segundo que pasara podía ser un segundo más cercano a sus tumbas. Pero claro que los esperaría. Por supuesto.

Madara se agachó y gateó bajo el humo hasta llegar a una puerta corrediza, agradeciéndoles a los dioses de que ésta no estuviese también atrancada. Temiendo que el tiempo se agotara, el Uchiha corrió por el corredor hasta las escaleras, tapándose la cara para proteger sus ojos de las ardientes cenizas que flotaban por el aire y sudando a cantaros por el terrible calor que hacía allá dentro.

A juzgar por los gritos de los niños, no sólo estaban en el piso inferior sino que también estaban comenzando a sofocarse, sus voces cada vez más tenues. Llegando abajo, el Uchiha siguió los ahogados gritos de auxilio y pronto vio la razón por la cual los pequeños no habían podido salir: la puerta de la habitación en la que ellos se encontraban estaba en llamas.

Sin pensarlo dos veces, el Uchiha pateó la puerta corrediza, causando que miles de chispas salieran al aire, mas por su inútil fuerza ésta no cedió. Negándose a rendirse y a dejar a esos niños morir, el Uchiha lo intentó por segunda vez, abalanzándose con todo su cuerpo sobre la madera y atravesándola de golpe y cayendo sobre el piso.

Su yukata prendió fuego y el Uchiha se la quitó rápidamente para lanzarla luego a un rincón en llamas de la habitación. Ya sin obstáculos, el joven pudo observar como dos pequeños, un niño y una niña, estaban tendidos en el piso de madera. La niña seguía gritando por ayuda sin notar la presencia de Madara, tal vez igual de exhausta que el Uchiha. En sus brazos estaba el niño más pequeño que ella e inconsciente.

Apresurándose, el líder Uchiha se acercó a la niña y la tomó de los hombros, sacudiéndola.

—Oye, estoy aquí, no te desmayes ahora…

El Uchiha le imploró a la pequeña, tratando de que sus palabras travesaran la neblina de su mente, pero nada podía evitar ya que ella cayera inconsciente.

—Nononono ¡Oye!

El Uchiha trató de darle palmaditas en la sucia cara, esperando que ella recobrara la conciencia y no tuviese que intentar cargarlos fuera de la casa, pero esto nunca pasó y cómo Madara lo previó, no fue capaz de alzarla demasiado.

Frustrado, el Uchiha intentó otra cosa y optó por arrastrarlos a ambos para sacarlos de allí. Afortunadamente no tuvo que hacer ese imposible rescate pues en ese momento llegaron otros ninja que habían ido tras él.

El Uchiha no tuvo que decirles ni una palabra, pues dos de esos cinco hombres tomaron a los pequeños de entre sus brazos para aliviarle la carga a su cansado líder.

—Vámonos ya antes de que todo este maldito lugar colapse.

El shinobi Senju no tuvo que decirlo dos veces para que todos fuesen tras él de vuelta a las escaleras por las que vinieron. Madara, quien estaba ya demasiado exhausto, hacia su mayor esfuerzo por no quedarse atrás, apretando sus dientes y tratando de forzar a sus piernas para moverse más rápido, aunque era el último de la pequeña fila india hasta la salida y había una distancia considerable entre él y el penúltimo.

El edificio tembló y empezaron a caer grandes pedazos calientes del techo, separando a Madara del resto y obstruyendo las escaleras. De arriba pudo escuchar cómo gritaban su nombre y trataban de mover los escombros, pero era inútil: ellos no estaban mucho mejor que él y aunque pudiesen devolverse, lo más seguro es que quedaran atrapados también.

—¡Sigan sin mí! —Les respondió con la voz lo más fuerte que pudo ante el humo y el ruido del edificio —¡Trataré de abrir la puerta de enfrente!

Cumpliendo lo dicho, Madara se movió tambaleante por el edificio, esquivando restos que caían y paredes en llamas, sintiendo cómo el calor intenso le quemaba la cara. El edificio se estaba consumiendo alarmantemente rápido y si no se daba prisa, tenía el riego de morir allí adentro.

La entrada principal de la casa estaba atrancada por grandes troncos que habían caído del techo. Ahora no más que trozos de carbón, esos pesados troncos eran lo único que le impedía a Madara salir de aquel infierno.

Desde el otro lado se podían escuchar los gritos de sus hombres, quienes desesperados trataban de sacarlo del lugar, posiblemente llamando también refuerzos para tal tarea. Con cada empujón que ellos daban los troncos se movían un poco pero no lo suficiente como para abrir o tirar la puerta.

Desde su lado, el líder Uchiha tomó el caliente carbón entre sus manos y tiró de uno de estos troncos, pero no consiguió moverlo ni un poco. Sus patéticos esfuerzos no le servían de nada, su cuerpo envenenado y dopado no era capaz de ejercer la fuerza suficiente para salvar su propia vida.

Madara trató una y otra vez de alzar el tronco, causándose horribles quemaduras en las manos, mas hacían más los otros desde el otro lado que él desde el suyo. Por primera vez en mucho tiempo, el Uchiha sintió lo que era el pánico de verdad. El saber que, muy probablemente, no saldría de esta.

Miles de cosas se cruzaron entonces por la angustiada mente del joven.

Nunca le había dicho gracias a Hashirama por no abandonar su sueño, tal y cómo él se había aferrado y creído en este durante tanto tiempo; y por haber creído en él, aunque sus esfuerzos iban a ser muy pronto en vano.

Nunca le había dicho a Kori que, a pesar de todas las cosas que le había dicho en el pasado, lo estimaba como si de su tío más cercano o de su padre se tratase, además de nunca haberle pedido perdón por las tonterías que había hecho en el pasado.

Nunca le diría a Ayame cuán cercana era para su corazón, a pesar del corto tiempo que habían pasado juntos; o le agradecería por no haber puesto pretextos entre ellos y haber recibido con brazos abiertos su amistad.

O Souta, el guardia nunca sabría cuánto le agradecía por ser su sombra protectora incluso cuando él no lo sabía, y perdón pues posiblemente se mataría buscando el responsable de todo esto tras su muerte.

Y por último, nunca había perdonado realmente a aquellos que le habían quitado tanto en su vida, como muchos del clan Senju o Tobirama, el causante de la mortal herida de su hermano menor. Y por alguna razón, incluso esto pesaba en el corazón de Madara.

El Uchiha siguió tratando desesperadamente de mover los troncos. El empuje tras la puerta se hacía también más desesperado pues más y más personas trataban de sacar al estimado líder Uchiha, y aunque los troncos se habían movido ya un poco más, la puerta seguía sin ceder.

El humo acumulado alrededor de Madara, sumado a las rápidas exhalaciones de este, estaban comenzando a asfixiar al Uchiha. Ya no podía ver bien, su cabeza palpitaba y sus pulmones ardían, empeorando cuando comenzó a toser. Pero no se rendiría aún. No, si estos eran sus últimos momentos sobre la tierra, entonces moriría cómo siempre lo envisionó: luchando.

—¡Por favor… ancestros, ayúdenme!...—A pesar de sus temblantes piernas, Madara tomó el tronco por décima y tiró de este con todo lo que le quedaba de fuerzas. Para su gran sorpresa y alivio momentáneo, logró alejarlo de la puerta, pero esto no cambió mucho su situación, pues otros dos troncos seguían allí y la puerta seguía sin abrir.

Sin energías, el Uchiha se dejó caer al suelo. El aire ya no llegaba a sus pulmones, lo que le impedía seguir con sus esfuerzos. Tosía y se revolvía, tratando de forzar aire a sus pulmones e ignorante de que la casa ahora colapsaba a su alrededor.

En su delirio, el Uchiha se arrastró hacia otro tronco, tratando de moverlo, tal como el primero. Pero tratar es la palabra clave, porque a pesar de sus mejores esfuerzos, lo mejor que pudo hacer fue apoyarse en sus codos, cayendo más de una vez.

Ahora yacía boca abajo, exhausto y delirante. Pedazos calientes de carbón caían alrededor y sobre él, pero el Uchiha ya no tenía adonde huir. El humo se había acumulado por toda la casa y ya no quedaba mucho aire que respirar. La única esperanza que tenía Madara sería que lograran sacarlo del condenado lugar, pero a pesar de los crecientes golpes contra la puerta, ésta aún no caía.

Albergando ahora poca esperanza y siendo consciente de que tal vez estos eran sus últimos momentos, el Uchiha pudo notar de manera muy indiferente el cómo se iba acrecentando la oscuridad alrededor de su visión o del extraño calambre por todo su cuerpo.

Es una sensación peculiar cuando, una vez que sabes que vas a morir definitivamente, tu espíritu se pone en paz. Madara no podía describir esa francamente ridícula sensación. Era como si se estuviese separando de su propio cuerpo y sintiéndolo todo desde el puesto de otra persona ajena a él, pero aun sabiendo que eres tu…

O algo así.

Allí yacía el Uchiha, su conciencia escapándose suavemente pero segura de la realidad, recordando todo lo que alguna vez había creído olvidar...

Su primer día de entrenamiento, siendo su maestro el mayor de sus hermanos, quién parecía tener un brillo de orgullo en sus ojos al verlo.

El espectacular inarizuchi que preparaba su madre sólo para mimarlo a él y a Ryo-niisan, a quienes les encantaba esta comida, para el mucho disgusto de Izuna quien siempre le caía mal y le revolvía el estómago. Por alguna razón, su hermanito se enfermaba de sólo inhalar ese exquisito olor, pero su hermano mayor insistía en no molestar al pequeño sobre eso.

Persiguiendo grillos con su padre Tajima, feliz e ignorante de las guerras que blandía su clan, sólo por una vez preocupado en su pequeña mente por atrapar más grillos que su sonriente padre.

La sonrisa de su hermano mayor Musashi en su último cumpleaños, mirándolo una vez más con orgullo en sus ojos, feliz por el simple collar de piedras brillantes que le había dado su hermano menor, consiente de cuánto se había esforzado en hacerlo.

La triste mirada de su madre cuando el pequeño Madara preguntaba sobre Kichiro, el hermano mayor al que nunca llegó a conocer realmente.

Los funerales de todos sus hermanos mayores y su propia madre, mujer que no soportó la muerte de tantos de sus hijos. Y el joven Madara comprendía esto: él también sentía cómo su alma era desgarrada por la angustia muy lentamente y dolorosamente.

Por más que las lazaba, las piedras nunca llegaban al otro lado. Su padre se quejaba de su falta de fuerza, pero su nuevo amigo alegaba que era tan sólo falta de técnica. ¿A quién debía escuchar?

"Es una trampa, corre" decía la piedra. Debía largarse de aquel lugar antes de que lo matasen o peor, que su padre lastimase a Hashirama.

No te sientas triste Nii-san, no es tu culpa…

Pues nunca dejó de sentirse así…

Entre estos delirantes recuerdos, Madara no pudo preguntarse si…

Qué tal si, en vez de haber tomado el inarizuchi, hubiese comido el dango.

Si hubiese tomado el camino a la izquierda ¿Hubiese terminado en el mismo río, con Hashirama, o se hubiese…

¿Qué habría pasado si Izuna…?

Si su madre….

Si él no…

Si él hubiese decidido no levantarse aquella mañana…

Si él hubiese tomado un camino diferente ¿Habría pasado esto de todas formas?

¿Era este su destinado final, o simple probabilidad?

En otro mundo, en otra vida, en otro universo o dimensión ¿Quién era Madara Uchiha?

¿Era más feliz?

¿Era desgraciado?

¿Tenía familia y amigos numerosos?

¿O simplemente estaba loco?

Si Madara hubiese tenido la fuerza, habría sonreído ante sus propios erráticos pensamientos. Ya no le quedaba más que un hilillo de conciencia, que seguía deshaciéndose. Y mientras más se iba, más lejano le parecía el estacato de la puerta…

Dentro de la oscuridad de su mente, escuchó un gran golpe, un grito y mucho dolor en su pecho, todo tan lejano cómo el grito de un halcón en el cielo…

Y tras eso, sólo hubo más oscuridad y silencio.


Una vez más, perdonen por lo corto que está este cap. Por favor, dejen comentarios y buenas criticas (constructivas) y les agradezco por leer.