Ve tauri lillassië II

(con hojas de los bosques)

Faramir observó los arboles. Cuando llegaron, por la mañana, el bosque era un arcoíris de verdes, ahora los árboles se veían marchitos, el viento danzaba sus hojas caídas. Aunque el viaje estaba planeado para el medio día, los elfos no estuvieron listos hasta la tarde. Nadie respetaba su deseo de marchar temprano. El viaje a Minas Tirith sería largo y Faramir no quería cabalgar después del ocaso.

Al ver a Legolas, con el niño en brazos, Faramir respiró más tranquilo. Temía que se hubieran retractado.

—¿Puedo verlo?

Legolas no parecía feliz. Él y su hermano vestían de verde y castaño, como cuando lo conoció. Con el tiempo, se dijo, hacía poco que se había casado, esperaba que no abrigara sentimientos profundos por aquel elfo irritante. El niño apenas llenaba los brazos de Legolas. Tenía los ojos cerrados y las orejas puntiagudas. Faramir no sabía decir a quien se parecía. Para él todos los bebés eran iguales.

—¿Cómo se llama?

Legolas meció al niño. Su rostro se suavizó, su voz fue un murmullo, como un sueño lejano.

—Turambar. Su padre lo nombró así.

—¿Me dejas cargarlo?

Faramir extendió los brazos, Legolas retrocedió un paso y abrazó al bebé contra su pecho.

—No lo toques.

—Legolas, es el hijo de Boromir.

—Soy el príncipe Legolas y Boromir está muerto así que es mío. Si quieres cargar bebés, ten tus propios hijos.

Thranduil sonrió al escuchar la respuesta de su hijo. Gil-galad lo adiestró bien. Su hijo siguió de largo, hasta donde su hermano Vardamir lo esperaba sobre su caballo Fëanáro. Thranduil siguió los pasos de su hijo. Abrazó a su pequeño hoja verde. Que rápido pasaba el tiempo. Su elfito ya estaba casado y tenía un hijo. Le besó la frente a su hijo y a su nieto. Legolas montó delante de su hermano, con el niño en sus brazos. Vardamir le rodeó la cadera.

—Aiwëndil y Minastan les mandan su afecto. Vengan a visitarnos pronto.

—Vendremos cuando Minastan de a luz. Envíanos mensajeros cuando esté próximo.

Thranduil asintió. Sus hijos y los hombres iniciaron la marcha. Miró los árboles. ¿Era Gil-galad quien amaba con esa intensidad? Necesitarían mucha felicidad para que la huella de la pena se desvaneciera del bosque.

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—¿En manos de quién está la ciudad?

—De Faramir, vanimelda, —respondió Aragorn.

Arwen apretó los labios. Ella caminaba sobre un andador de piedra elevado, Aragorn la seguía desde abajo, a paso lento. El ruido del bastón acompañaba cada paso.

—¿Dejó en paz a Legolas?

—No, hicieron un trato. Legolas irá a Minas Tirith con su hijo.

—¿Y su esposo?

—Su esposo no irá.

Arwen negó. ¿Por qué los hombres hacían esas cosas? Eran incapaces de ponerse en la piel de otro. Aragorn observó a su reina. Cuando viajaba tuvo mucho tiempo para pensar en la razón por la que Arwen se marchó. Luego de la guerra él estaba menos dispuesto a escuchar otras voces que no fueran la suya. Quería que Arwen estuviera a su lado y aceptara cada cosa que él decía. Al igual que hizo con Legolas.

—¿Qué habrías hecho tú, vanimelda?

Arwen pensó sus palabras. Se detuvo y se sentó en el andador. Aragorn se quedó quieto.

—¿Crees que odio a Legolas? ¿Piensas que deseaba verlo morir?

—No, Arwen, —respondió de inmediato, frunció el ceño. ¿A qué venía esa pregunta?

—¿Por qué piensas que lo dejé ir?

Aragorn removió el bastón en la tierra. Lo pensó muchas veces durante el viaje al Bosque Negro.

—Por que no eras consciente de la gravedad de Legolas.

—Te equivocas. Yo sabía que estaba embarazado y sabía el riesgo que corría. Por eso quería que se marchara lo más pronto posible. Dime, Aragorn, ¿a cuántos elfos viejos conoces? ¿Con cuántos de ellos tienes una buena relación?

El rey se quedó callado. Un pájaro se posó en las piernas de la reina. Arwen le ofreció su mano y cantaron juntos. El avecilla voló.

—Cuando te dije que dejarás este asunto en manos de elfos, no lo hacía por menospreciarte. Thranduil supo a quien llamar y por eso vivió Legolas. Si él se hubiera quedado en la ciudad, con nosotros, y aunque yo pensara en algunos nombres, ¿crees que un gran señor elfo saldría de su reino para ir una ciudad de hombres? ¿Por qué yo se lo pedía?

Aragorn no contestó. No lo había visto de esa manera. Sus intenciones eran buenas, quería a Legolas como a un hermano.

—Él estuvo a punto de morir ¿lo sabías?

—No, cuando llegamos al Bosque no fuimos bien recibidos. Hablé con Legolas una vez, en presencia de su esposo y su padre.

—Es porque fuiste a reclamarlo como si fuera un objeto que le pertenecía a Faramir.

—Ellos dijeron que le pertenecía a su esposo. No me pareció que fuera algo bueno.

—Mi padre y mi madre se casarón así. Todos los elfos viejos pasaron por esa ceremonia. Legolas vivió porque su esposo lo sostuvo con su fuerza. Me lo contó un mensajero de Aiwëndil. Él me dijo que Gil-galad trataba bien a Legolas. Eso fue antes de que tú llegaras.

Arwen se puso en pie. La belleza de su rostro se acentuaba con su seriedad.

—Me preguntas que habría hecho yo: dejar ir a Legolas y permitir que su padre hiciera lo que debía. La dama Eowyn ama a Faramir. Si no lo hubieras alentado, con el tiempo encontraría la felicidad en su matrimonio. Ellos son muy parecidos. La dama sacaría a Faramir de sus estudios eternos. Él sabe mirar más allá de una cabellera larga. Le daría el respeto que una mujer como ella necesita.

Aragorn permaneció en silencio. Arwen hablaba con razón desde que la conocía. Las palabras que pronunciaba, se las dijo antes, cuando él no estaba dispuesto a escuchar.

—Hay cosas que no puedes hacer Aragorn. Tu cariño no salvaría a Legolas. Ahora lo separas de su esposo, un matrimonio así requiere mucho entendimiento. No cualquiera se hace cargo de un elfo preñado que agoniza. Su esposo lo sostuvo durante su embarazo. El vínculo que se creó entre ellos les pesara mucho al separarse.

Arwen se puso en pie. Continuó caminando, el río estaba al final del sendero de piedra. Aragorn se quedó atrás.

—Legolas ya vivió una gran pena —dijo ella sin detenerse—. ¿Por qué cargar sus hombros con más peso? Los elfitos deberían ocuparse de ser felices.

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Gil-galad detuvo el caballo. Sus soldados interpretaron eso como la señal para desmontar. Ya era de noche. Los caballos necesitaban descansar, sus soldados agradecerían algo de sueño y comida. Como era usual fue Ekkaia quien organizo a los elfos.

Gil-galad no se bajó del caballo. Miraba el cielo oculto por las nubes. Mientras no se detuvieron la pena rozaba el bosque como una caricia invernal, ahora las hojas de los árboles danzaban a su alrededor hasta caer en las patas del caballo. ¿Estaría viendo Legolas ese mismo cielo? Fue un egoísta al no despedirse, al no decirle la verdad del trato que hizo con los hombres. Cuando se dio cuenta que había dos senderos en el camino de Legolas, supo que no podría separarlo de su hijo. Con el tiempo su corazón se fue llenado de Legolas, de sus gestos y sus alegría, incluso de sus berrinches. Él lo amó sin ninguna obligación. Legolas lo necesitó para no morir. Gil-galad temía que lejos de él los sentimientos de su desposado cambiaran. Por eso no le dijo la verdad.

Que diferente era la partida del viaje de llegada. Había cabalgado deteniéndose sólo para descansar los caballos. Sus pensamientos, su voluntad, sosteniendo al chiquillo que no conocía, al bebé que Aranwë le mostrará hacía muchísimos años. Legolas se parecía a Aranwë en lo físico, su carácter era otro, su dulzura, incluso sus lágrimas eran inocentes. Tenía el corazón más puro que hubiera conocido. Pensó en las habitaciones vacías que recorrieron juntos antes de separarse. Pasaron meses allí, había una vivencia en cada rincón, el sofá cerca de la chimenea donde Legolas se sentaba en su regazo, primero con panza y luego con el bebé en brazos. Las ventanas del salón donde él contemplaba a su elfito en el jardín. La banca bajo el almendro donde se besaron en tiempos mejores, donde lo arrulló cuando Turambar lo mantenía despierto. Ver sus habitaciones con las paredes desnudas, vacías las cómodas, cubiertos los muebles por sábanas, fue como despertar de un sueño.

Gil-galad se bajó del caballo. Le acarició el cuello.

—Gracias por ser tan rápido Anárion.

Anárion relinchó, no estaba feliz, alejar al rey de su elfito era un error. Debieron regresar cuando lo escucharon gritar. El caballo se alejó en busca de pasto y agua. El río estaba cerca. Los elfos preparaban la cena. No habría fogata, no hacía falta ninguna luz, ellos veían perfectamente en la oscuridad. El fuego le recordaría las noches con Legolas, cuando se quedaba dormido en su regazo con el bebé en brazos. Su pequeño elfo pasó frío cuando estuvo en el bosque embarazado y solo. De aquella experiencia le quedó un hondo amor por el fuego. Gil-galad sonrió. Le dolía el pecho a tal punto que era duro respirar. El tiempo para tener a Legolas a su lado, para volver a soñar, sería muy largo. Cuando lo escuchó gritar su nombre tuvo que contenerse para no volver atrás. ¿Entendería Legolas lo mucho que le dolía dejarlo?

—Majestad.

Tomó el trozo de pan con queso y hierbas que Ekkia le ofrecía. No tenía hambre. El peso de sus responsabilidades era inamovible. Su pueblo lo esperaba. Sabía que los barcos ya estaban listos. Debían marchar a Valinor. En los últimos días deseó no haber apresurado el viaje. Pensó que se marcharía con el rencor en el corazón, se iba en cambio con el recuerdo del amor y su añoranza.

—Ekkaia, quiero que te cases cuando lleguemos a Valinor. Una pareja te hará bien, cuando tengas hijos tu vida cambiará.

Como la suya que se volvió feliz. Ekkaia asintió, sabía que sucedería. El tiempo se ponía en su contra. Como una lluvia furiosa las hojas de los árboles cayeron sobre ellos.

oOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

El viento era una voz en la noche que arrastraba las hojas de los árboles. Una mano que se esforzaba en despeinarlo. Karvas, el joven soldado, ya no insistía en volver el cabello a su lugar. Sacó las manos de entre la ropa. Se inclinó y metió un leño en la fogata. Los carbones crujieron. Las llamas chisporrotearon. El poco calor lo llevaba lejos, a los campos de Gondor, al recuerdo de su madre. Una sonrisa vaga. Era una mujer entrada en años, de las que tenían la mala costumbre de sobrevivir a las desgracias. Antes de tenerlo a él perdió a sus padres y hermanos, medía vida después esposo e hijos. Las guerras eran malas amigas de los sueños.

Karvas levantó el rostro. Noche sin estrellas. Frío abandono. Los soldados rodeaban las fogatas esparcidas por el campamento. Si uno se movía el resto se apretaba hasta desaparecer el hueco. Karvas tuvo que hacerse espacio a codazos y gruñidos. Muchos eran jóvenes, como él. En otro fuego se preparaba la cena.

Su madre presumía tener un gran guerrero que sobrevivió el asedio de Gondor. La verdad era distinta. Él no peleó, no levantó la espada de su padre cuando el hechicero gritaba en las calles.

Un sonido entre los árboles le hizo levantar el rostro. La noche reinaba en el bosque, el miedo lo hacía entre los soldados. Tosió con la vana esperanza de que la sensación de agobio no creciera en sus pulmones. El bosque los odiaba. Levantó los hombros, se frotó los brazos. Frío. Un dolor que no tenía principio ni fin.

Karvas sacudió la cabeza. Miró el cielo hasta que el deseo de llorar se apaciguó. No sería la primera noche que quisiera hacer guardia para estar solo y llorar sin que lo vieran. ¿Era por el joven elfo y su hijo? Yo no hice nada, masculló entre dientes. Se encogió a la espera de un rayo vengador, o peor, de una canción élfica.

Paseó la mirada por el campamento. Karvas le dio un codazo a otro soldado. El viaje al lado del rey fue rápido, festivo. No había ese frío que se comía los huesos, el pesar convertido en un cadáver que arrastraban cada día.

Karvas miró de soslayo al príncipe elfo. Yacía en el suelo, sobre una manta blanca. Lejos del calor de la fogata que no necesitaba, cerca de la dama Eowyn y el joven elfo. Los ojos de sol se ocultaban detrás de una cascada de plata fundida. Señor Vardamir lo llamaban los soldados. Él insistía en que lo llamaran por su nombre; ninguno se atrevía, era un príncipe y un elfo, una majestuosidad que se notaba en cada gesto. Incluso cuando se entretenía en limpiar sus dagas, como ahora, parecía un rey que decidía sobre la vida de su pueblo. Concentrado y solitario, indiferente a la tristeza que flotaba en el aire.

Karvas se frotó las manos. Durante el asedio a Gondor se escondió como un niño. Su madre, su vieja que sonreía con los ojos, lo recibió como a un héroe. El ejercito se convirtió en su sino.

Decían que ese elfo sería rey. ¿Cómo decidían los elfos cuando el rey debía ser remplazado? Entre hombres era fácil, moría uno nombraban otro. El rey Thranduil no se veía mayor que su hijo, aunque se sentía viejo. Era extraño, Karvas no sabía explicárselo a sí mismo. Un cuerpo que no aparentaba los años que dejaba sentir.

Lanzó otro tronco a la fogata. Con el rey Aragorn el campamento no estaba en silencio. Cantaban, narraban historias. Karvas prefería mil veces el silencio al canto del señor Vardamir. Buscó al elfo con la mirada. Allá en el Bosque Negro los cantos eran mágicos, no helaban la sangre.

—Extraño los campos —su voz le sonó a suspiro.

Lánguidas sonrisas asomaron en los rostros cansados. Por unos momentos los hombres parecieron vivos. El silencio recobró el dominio. Muy suave se escuchaba el canto del joven elfo. Bañaba a su hijo en el río. Un hijo de hombre no habría sobrevivido.

Como un eco la voz del señor Vardamir acompañó a la de su hermano. Un escalofrío tomó la espalda de Karvas. No entendía las palabras del elfo. Su madre no podría con la casa. ¿Quién la ayudaría a llevar agua? ¿a sembrar? ¿Qué hacía un cobarde jugando a ser soldado?

Los hombres aunque juntos parecían desperdigados. Perdidos en sus propias preguntas. Vardamir cantaba, una voz que Karvas ni siquiera imaginó en sueños. Le hundía las costillas, le estrujaba cada fibra del cuerpo. Karvas se levantó. No dejaría que nadie lo viera llorar.

Faramir ignoró al soldado que pasó a su espalda, tenía los ojos fijos en Vardamir. Desde que era niño quiso oír cantar a un elfo. Saber si era verdad que tenían la magia del origen guardada en la voz.

—¿La señora no nos acompaña? —preguntó Vardamir.

Las dagas estaban limpias. Las guardó bajo la manta que le servía de lecho a él y a su hermano.

—Cazamos unos conejos, ella dijo que limpiaría la piel, quiere hacerse unos guantes.

Faramir también sentía frío. El bosque sentía la pena de Legolas, la cantaba en cada hoja que se movía.

—Me debe una historia —sonrió Vardamir—. ¿Tú la viste hacerlo?

Faramir negó. Él la conoció después, con su fama de guerrero y su sonrisa de mujer.

—Me lo contaron. Costaba creerlo, pensé en la mano de un elfo, ¡de un hobbit! No de una mujer.

La subestimaba, como hizo su padre, como debió advertirle su hermano que haría el príncipe de Ithilien. El señor de los caballos era el único que vio a la dama como era.

—Las hembras, los fértiles, son fuertes. Mi pueblo lo sabe mejor que el tuyo.

Vardamir pensaba en su hermano, el chiquillo que fue a la guerra y sobrevivió a la muerte. El atarincë que criaría un hijo entre hombres.

—Iré con Legolas.

El príncipe elfo tomó sus dagas. Sus pasos y su canto se perdieron de camino al río. Faramir pensó en su esposa. Cuando los emisarios del Reino de la Marca lo buscaron en el Bosque Negro se sintió acorralado. ¿Temían que no cumpliera con el compromiso? Fue Gil-galad quien le dio una solución. Le entregaba a Legolas y su hijo a condición de que se casara antes con la Dama Eowyn. Faramir no lo pensó. Obtuvo lo que deseaba y mantuvo su palabra.

Los soldados se arremolinaron en torno a la olla con la cena. Faramir los observó. Se veían cansados, tanto como él. Pensaba que apenas vieran la ciudad huirían en desbandada. Buscarían a las mujeres y los hijos, a los padres y hermanos, a las novias. ¿Cómo le explicaría a Aragorn las deserciones?

Faramir también ansiaba llegar a la ciudad. Un soldado le acercó un cuenco con comida. Los consejeros que lo acompañaron a la boda se acercaron a él, tenían que hablar de un asunto importante.

A medio camino del río Vardarmir se encontró con Eowyn. Estaba sentada sobre la hierba limpiando la piel de los conejos con un cuchillo.

—Que mi hermano no te vea haciendo eso o llorará.

Eowyn se sobresaltó al escuchar la voz de Vardamir. Se llevó una mano al pecho y rió.

—¿De verdad?

Vardamir asintió. Legolas era muy sensible para algunas cosas. La dama tomó las pieles y se alejó entre los árboles. El príncipe continúo su camino hasta el río. Le alcanzó a Legolas la manta en que envolvería al bebé.

—¿Listo para dormir?

Legolas asintió. Al final de cada día lo único que deseaba era abrazarse a Vardamir y dormir. Extrañaba a Gil-galad. Sus mimos, sus besos, incluso sus regaños. Aunque Vardamir lo ayudaba con el bebé, no era lo mismo. Turambar lloraba mucho, quería a su atto.

—Yo lo cargo.

Legolas le dio al bebé. Vardamir rodeó la cadera de su hermano. Caminaron juntos de regreso al campamento. Durante el día Legolas se mostraba sereno, por las noches lloraba en sueños. Luego de la cena los soldados estaban dispersos. Vardamir extendió las mantas sobre el pasto. Las habían cosido del lado donde dormía Legolas para que no rodara por el suelo. Le abrió las mantas a Legolas y se recostó a su lado. A cubierto de las miradas, Legolas sacó un brazo de la camisa y acercó al bebé a su pecho.

—Estoy cansado —suspiró.

Hacía su mejor esfuerzo para comportarse como un elfo adulto. Vardamir le limpió las lágrimas. Le besó la frente.

—Está bien si estás triste.

Legolas suspiró. No quería entregarse a la tristeza. Su esposo hizo un gran sacrificio para que él pudiera estar con su bebé. Gil-galad viajaría solo a Valinor y pasaría mucho tiempo para que lo volvieran a ver. Le temblaron los labios. Sentía como si alguien tratara de sacarle el corazón por la garganta.

—Quiero a mi marido.

El caballo negro caminaba despacio. Gil-galad hizo un sonido suave con la lengua y el animal fue todavía más lento. Sentado frente a él Legolas contemplaba el bosque con sus ojos de chiquillo feliz. En los brazos de su atarincë Turambar se chupaba una mano y hacía gorgoritos.

Vamos por ese sendero, hasta el río, —pidió Legolas levantando el rostro hacía su marido.

Era tan hermoso, pensó Gil-galad. Hizo una leve presión en los ijares del caballo. La esperanza y la felicidad eran ilusiones traicioneras que se instalaban en el pecho sin pedir permiso. Gil-galad había creído que sólo recuperaría la serenidad en las tierras imperecederas. Se equivocó, era el amor lo que necesitaba, el frescor de una pasión, la calma que descansaba en el cuerpo de su amado. Fue Legolas quien le devolvió la paz a su corazón. Turambar se rió al escuchar el murmullo del agua.

¿Lo bañarás en el río?

Legolas asintió. Desde el nacimiento de Turambar su esposo pasaba mucho tiempo con ellos. Ya no se iba con su padre o sus soldados, estaba con él y con su hijo. A Legolas se le llenaba el pecho de regocijo cuando al despertar encontraba a su esposo cargando al bebé. Su lugar favorito para alimentar a su hijo era el regazo de su esposo, protegidos los tres por el amor que se tenían. A Legolas le parecían tan lejanos los días en que no quería que Gil-galad lo tocara. La angustia que sintiera en el embarazo se esfumó; tenía la certeza de que era amado.

—Lo sé, hermanito. Duérmete, necesitas descansar. Mañana buscaré las moras que te gustan y te haré un pan con miel.

Legolas no tardó en conciliar el sueño. De sus ojos cerrados caían las lágrimas y con ellas las hojas de los árboles. La dama Eowyn pasó a su lado. No muy lejos Faramir había extendido sus propias mantas. Dormían, al igual que ellos, a la luz de las estrellas.

—Buenas noches, —dijo la dama.

—Buenas noches —murmuró Vardamir.

Por la mañana Legolas seguía acostado en las mantas. Los consejeros, los soldados más jóvenes o los débiles, se habían marchado por otro camino. La pena de los elfos era insoportable. Una escolta de seis soldados se había quedado con los príncipes.

—Vamos, Legolas, ya es hora de levantarse.

Legolas negó. Apretó los labios y se cubrió hasta la cabeza con las mantas. Vardamir le frotó la espalda. Intentó convencerlo de que comiera. No le gustaba verlo así, le recordaba los días cuando agonizaba, ajeno a todos, atrapado en su dolor.

—Quiero a mi marido, —sollozó.

Vardamir lo dejó en paz. No era bueno presionar a los elfitos. Se acercó a Faramir y su esposa.

—No podremos seguir hoy. Legolas no está bien.

—¿Está enfermo?

—Extraña a su marido. Legolas es muy joven para soportar otro dolor así, Faramir. Lo mejor será dejarlo descansar un par de días.

Faramir asintió. Vardamir volvió a su lecho. Escucharon su voz arrullando a Legolas. La dama Eowyn siguió a su esposo lejos de los soldados y los elfos. Faramir se sentó bajó la sombra de un árbol. Allí también se caían las hojas de los árboles. Tenía algo que ver con Legolas, estaba seguro.

—No quería causarle dolor.

Eowyn puso su mano sobre la rodilla de su marido.

—Son tan diferentes de nosotros. Cuando murió mi padre, Boromir y yo estuvimos un tiempo tristes. Él decidió viajar, yo me quedé en la ciudad. Cuando murió mi hermano, el trabajo para levantar la ciudad era enorme.

Lloró a Boromir con un dolor que le desgarraba el pecho. La ausencia de su hermano era difícil de afrontar. El trabajo en cambio era sencillo, absorbía sus fuerzas, su dolor, los días.

—Legolas no puede seguir porque extraña a su marido. Es como un niño.

A Eowyn no la sorprendían las palabras de su marido ni el actuar de Legolas; ¡era un chiquillo! Eowyn lo ayudaba con el bebé porque lo veía sobrepasado. Suponía que el marido de Legolas era quien en realidad se hacía cargo del bebé. Tomó una hoja antes de que cayera al suelo. Estaba muerta. Un escalofrío le corrió por la espalda. Detestaba la pena que se sentía alrededor de ellos. Era como estar de nuevo en el palacio, donde el aliento de Saruman enfriaba el corazón. Por eso pasaba la mayor parte del tiempo cazando, o caminando por el bosque, lejos del dolor que rodeaba a los elfos.

—Faramir, claro que es un chiquillo. Aragorn y Arwen te lo dijeron hasta el cansancio.

A Faramir lo tomó desprevenido el tono de molestia.

—No parece un niño.

—Es un elfo, da lo mismo lo que parezca. Es un chiquillo que no puede solo con un bebé.

Si Faramir pensó que Legolas sería un consuelo para él, estaba equivocado. Legolas no lo toleraba cerca, tenía hacia Faramir un rencor vivo que lo volvía gruñón y a veces lo hacía gritar. Cuando Legolas estaba bien, su bebé no paraba de llorar. Le faltan manos a Vardamir para consolarlos.

—Si quieres que esté bien, déjalo irse con su marido.

Faramir la miró. Su esposa veía las cosas con una claridad que él no tenía.

—No puedo, es el hijo de Boromir. Quiero verlo crecer.

—Tonterías.

Eowyn se levantó. Caminó en dirección contraria al campamento. Faramir fue tras ella.

oOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

De pie frente al mar Gil-galad pensaba en Legolas. Cada noche soñaba con su pequeño elfo. Lo sentía agobiado, triste, cansado. Hacía tres días que llegara a los puertos y todavía no estaba dispuesto a marcharse. Dejar atrás a Legolas no era sencillo.

—Ekkaia, llama a los consejeros.

La petición del rey no extrañó a su capitán. Esperaban el día en que se decidiera a marchar. Cuando los consejeros estuvieron reunidos, el rey los invitó a sentarse en la arena. El sonido del mar era tranquilizador.

—¿Su majestad desea hablarnos?

Gil-galad miró a cada consejero a los ojos. Su semblante serio dejó en claro que hablaría de algo importante.

—No puedo irme sin mi desposado y mi hijo.

Las palabras dejaron atónitos a los consejeros. El rey hablaba con una pasión que les era extraña. Gil-galad era un elfo justo, que anteponía el deber a sus deseos. Un rey así podía gobernar un reino con imparcialidad.

—Su majestad, ¿cambiará el trato con los hombres?

Ekkaia observó al rey con el corazón en vilo. Gil-galad negó.

—No es posible. Ese hombre terco no entiende de razones. Me robaré a Legolas. Tengan los barcos preparados para irnos en cuanto llegue.

Ekkaia tenía la boca abierta. ¡Se robaría al pequeño elfo y a su hijo! La reacción de los consejeros fue similar. Veían a su rey como si se los hubieran cambiado. Era un asunto serio y podría acarrear muchos problemas para Thranduil. Él tendría que huir con su pueblo como si fueran delincuentes. Tampoco veía otra opción para recuperar a Legolas. Mandaría mensajeros a Thranduil para ponerlo sobre aviso y que Eru los protegiera.

—Su majestad está realmente enamorado —dijo uno de los consejeros.

—Es agradable ver a nuestro rey lleno de pasión.

Gil-galad miró a su consejero Arciryas, él era la voz de la razón y encontraba motivos para llevar la contra en cualquier situación.

—Su majestad hizo un trato con ellos, debería respetarlo. Lo que su majestad quiere hacer es una locura. Esto sucede cuando los hombres se inmiscuyen en asuntos de elfos. ¿Apoyo la idea de su majestad? No. ¿Le impediré ir? No. Nuestro tiempo aquí se acaba y el rey Thranduil sabrá cuidar de su pueblo.

—Tendremos los barcos listos, su majestad —dijo otro de los consejeros—, debe enviarnos un mensajero cuando esté cerca. Los barcos zarparan al mismo tiempo y veremos si los hombres son capaces de alcanzarnos.

Gil-galad le sonrió a sus consejeros.

—Viajaré solo. Esta es mi batalla, no arriesgaré a nadie más…

El caballo negro apoyó su cabeza contra el pecho de Gil-galad. Entendía la importancia de su misión. Tendría que ser tan rápido como pudiera. Él también extrañaba al elfito. En el bosque, Gil-galad paseaba a Legolas en su lomo, a veces lo guiaba caminado a su lado y otras lo montaban juntos. Durante los largos años que sirvió al rey fue en el bosque donde lo vio feliz; con su elfito y su bebé era otro. La pena que embargó al rey tras la marcha no le gustaba.

—Sé que puedo confiar en ti, Anárion. Nos detendremos cuando debas descansar y seguiremos hasta alcanzarlos. El regreso será lo más peligroso.

Anárion relinchó, dando su aprobación al plan. Por recuperar la felicidad del rey correría como el viento.

—Aquí está la ropa.

Ekkaia le entregó la muda que usaría: camisa, pantalón y capa. Las faldas y los collares quedarían atrás. Gil-galad no quería ser notado.

—Majestad, quiero ir con usted. Necesito… —Ekkaia se puso rojo—, despedirme del príncipe Vardamir.

—¿El hermano de Legolas?

Ekkaia asintió. Durante su vida se enfrentó a cosas peores, el desamor no podría hundirlo. O al menos eso pensó. Por las noches no podía dormir. Pasaba las horas pensando en Vardamir, en sus besos y sus caricias. En la furia de su voz cuando se vieron al última vez. Por la mañana quería echarse a llorar. Estar separados quebrara su voluntad, si emprendía el viaje sentía que moriría de pena. Gil-galad pensó que las palabras de Ekkaia explicaban algunas cosas. Mientras viajaban sentía la pena de otro elfo al lado de la suya.

—¿Cuándo pasó eso?

—Después de la boda, —Ekkaia no quería mirar al rey; terminó haciéndolo—. No sabía que lo amaba tanto.

—Cámbiate la ropa y trae tu yegua.

oOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Aragorn se limpió las lágrimas que le causaba la risa. Elladan se bajó de la mesa. Arwen tenía una sonrisa en los labios. Sus hermanos eran imposibles. Elrohir les ofreció dulces. Las risas iban y venían cuando ya no las esperaban. Era la mejor noche desde que su hermana y Aragorn llegaran.

—Te hicimos reír, hermana.

Arwen respiró buscando disipar la risa tonta. Al mirar a su esposo volvió a reír. Eldarion lloró en su cuna. Arwen se puso en pie. Elladan la detuvo.

—Nosotros cuidaremos de él. Ustedes disfruten la noche.

Arwen se quedó con la palabra en los labios. Sus hermanos se llevaron a su hijo. Eran buenos con los niños, lo fueron con ella. Aragorn se acercó a su esposa.

—Mi habitación, —dijo Arwen.

Aragorn la siguió. La habitación de Arwen fue un sitio donde no podía entrar cuando Elrond estaba entre ellos. Contempló las ramas en el techo, en las paredes. La vista del bosque era hermosa. Arwen se sentó en la cama, Aragorn se sentó a su lado.

—Yo también lo extraño.

Arwen miró con ternura a su esposo. La ausencia de Elrond era una nostalgia trabada entre el pecho y la garganta. Cuanto más pensaba en su padre, más triste se sentía.

—Me habría gustado que conociera a Eldarion.

Arwen besó su marido. No le gustaba verlo triste, aunque sintieran la misma pena.

—Nos tenemos el uno al otro, y a nuestro hijo.

—También tenemos a tus hermanos.

Fue el turno de Aragorn para besarla. Arwen dejó que él le quitara el vestido. La distancia entre ellos era insoportable. Arwen quería el amor de su esposo, la seguridad que le daba. Los motivos para separarse de él le parecían poco claros con cada beso. Lo que fuera podrían arreglarlo. Lo importante era que estuvieran juntos.

Arwen despertó primero. El sol de la mañana iluminaba la habitación. Arwen permaneció recostada. Pensaba en el mensaje del sueño. Si quieres despedirte, ponte en marcha. ¿Despedirse de quién? Su primer impulso fue despertar a su marido.

—Aragorn, tenemos que marcharnos.

Su marido gruñó y se dio la vuelta. Arwen decidió buscar a sus hermanos. Los gemelos estaban sentados en el comedor. Elladan cargaba a Eldarion. Elrohir se acercó a ella, le besó la frente.

—¿Dormiste bien, hermanita?

—¿Recibiste el mensaje? —preguntó Elladan.

Arwen respondió a ambas preguntas con un sí.

—¿Ustedes también lo recibieron?

Los gemelos levantaron los hombros al mismo tiempo. En su rostros la misma expresión.

—Era un mensaje importante. Ya preparamos sus caballos.

Arwen titubeó. Su primer impulso fue seguir su instinto. Sin embargo las dudas que la llevaron de regreso todavía no estaban disipadas. Elladan y Elrohir se acercaron a ella.

—Aragorn te quiere y si se ha equivocado estamos seguros que corregirá las cosas. No debes tener miedo hermana, nosotros seguiremos aquí, contigo. Si en algún momento cambias de opinión, quieres volver con nosotros o marchar a Valinor, estaremos a tu lado.

Abrazaron a su hermana. Si bien su padre ya no estaba, quedaba mucho de él en sus hermanos, en ella. Arwen se sintió confortada. En ningún momento estuvo, ni estaría, sola.

—Necesito ayuda para levantar a mi marido.

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Caía de nuevo la noche. Minas Tirith ya estaba en el horizonte, un par de días y llegarían a la ciudad. El viaje fue lento por la salud de Legolas. Algunos días estaba bien y otros no podía levantarse. Faramir ordenó que encendieran una gran fogata. Al calor de las llamas los pocos soldados, los elfos, Faramir y Eowyn se reunieron para contar historias. La idea se le ocurrió a la dama, era una buena distracción para todos. Entre la sorpresa y la risa, le pena de Legolas pesaba menos.

La primera fue la muerte del Rey Brujo a manos de Eowyn. La mujer era una contadora de historias. Las aventuras salían de su corazón e incluso Faramir estaba fascinado. Vardamir, que tenía el mismo don, contó una batalla entre elfos por la posesión de un árbol que permanecía siempre verde. Era el turno de Faramir, Legolas le pidió que le hablara sobre Boromir.

—Te contaré de su cuerno, —dijo Faramir.

—Cuéntenos de la visión, señor Faramir, —pidió un soldado.

—¿Cuál visión? —preguntó Legolas.

Faramir frunció el ceño. La historia era famosa en Minas Tirith. La visión de su padre, la elección del valiente Boromir. Faramir pensó que Legolas también lo sabía y por eso lo detestaba.

—Boromir, ¿no te contó?

Legolas negó. Faramir respiró profundo. Que terrible secreto le guardaste, hermano, dijo para sí. Legolas escuchó las palabras y se puso serio.

—¿Qué secreto?

Faramir maldijo los oídos élficos. Cerró los ojos. Al abrirlos comenzó a hablar; Legolas tenía derecho a saber la verdad.

—Desde niños mi padre sentenció que nosotros éramos muy diferentes. Llamaba a Boromir el brazo, la fuerza, por que mi hermano era un guerrero nato. A mí me nombró la cabeza; pasaba los días en la biblioteca, investigando, aprendiendo. Así fue como nos criaron, ahora pienso que nosotros éramos mucho más que eso.

Legolas escuchó atónito. Las palabras de Faramir, el tono de su voz, el esfuerzo que hacía para no llorar, apresuraron el latir de su corazón.

—Cuando éramos jóvenes mi padre tuvo una visión terrible. Era una guerra oscura y salvaje que ninguno de sus hijos ganaría. Hasta los niños de su reino debían pelear y él tenía que escoger entre sus hijos, pues sólo uno sobreviviría. Mi padre no pudo escoger y eligió morir. Se llevó el palantir consigo para que nosotros no nos atormentáramos con sus visiones.

Legolas se cubrió la boca. El palantir, las visiones, la muerte de su padre, aquella fue una de las primeras conversaciones que tuvo con Boromir. Faramir sintió tristeza al ver la reacción de Legolas.

—Cuando Boromir volvió a Minas Tirith me dijo que un mediano miró en otro palantir y tuvo la misma visión que mi padre. Así supo que tenía que regresar, el momento de esa guerra y esa elección había llegado.

Legolas sintió que se mareaba. Cuando el hobbit vio en el palantir, Boromir se mostró reacio a contarle lo que vio. Pensó que le ocultaba algo. Fue entonces cuando decidió que debían separarse.

—Yo le propuse que fuéramos juntos. Mi hermano temía que si marchábamos los dos, los hombres abandonarían la ciudad. Sabíamos que no se podía ganar la batalla en el puerto, era un suicidio. Por eso las mujeres y los hombres despidieron a los soldados como muertos en vida. Eran valientes que morirían porque era necesario. Mi hermano dijo que la fuerza se encuentra en cualquiera, la inteligencia en cambio es un don de pocos. Yo creó que no quería verme morir.

La voz de Faramir se volvió un murmullo. Había mucho dolor en sus palabras. Una carga que Vardamir sintió en el corazón. Entendía a Boromir porque él haría lo mismo por Aiwëndil o Legolas. A su lado lloraba su hermano. Legolas pensó que la muerte de Boromir fue una desgracia, un accidente, algo que no debió pasar. Saber que murió por elección, para salvar a su hermano, lo cambiaba todo.

—Te amaba mucho —sollozó el pequeño elfo.

—Así es con los hermanos, Legolas, —dijo Faramir—. A ti también te amaba. Creo que además luchó en el puerto porque tú llegarías allí con Aragorn. Boromir quería hacer una diferencia para los que amaba: tú y yo. Fue así como ambos lo perdimos.

Eowyn fue a sentarse al lado de su marido. Le acarició el hombro. Al no ser rechazada lo cobijó en sus brazos. Durante mucho tiempo se preguntó por qué Faramir huía de la felicidad, del amor. Ir detrás de Legolas era una forma de asegurarse la pena y el rencor. Era culpa lo que sentía Faramir por sobrevivir a su hermano. Boromir renunció a su vida para que su hermano viviera y Faramir no sabía que hacer con eso.

Si Faramir se veía desde los ojos de su hermano entendía porque tomó esa decisión. Boromir comenzó a vivir intensamente desde muy joven. Viajó, amó, fue y vino haciendo lo que quiso. Durante todo ese tiempo él siguió siendo el que prefería leer a vivir, el buen gobernante que no se arriesgaba, que no tenía tiempo para sí mismo, para las aventuras o el amor. Su hermano creía que su vida fue buena, completa, plena. Quería que él tuviera la misma oportunidad. Faramir sentía que su vida no valía la pena, fue su hermano quien debió vivir.

Legolas también se acercó a Faramir. Sus ojos miel estaban húmedos. Abrazó a Turambar y se limpió las lágrimas.

—Me contaste una historia que ignoraba. Es mi turno para contarte como fue que me enamoré de tu hermano…

A la luz de las estrellas la dama Eowyn abrazó la cabeza de Faramir contra su pecho. Sentía las lágrimas de su marido sobre la piel. Desde que lo conoció, ella quiso entenderlo. Ahora sabía cual era su dolor, su tormento y lo amaba aún más.

—Tienes que vivir bien, amor mío. Eso es lo que tu hermano quiso para ti. Te dio su vida para que fueras amado y amaras, para que te casaras y tuvieras una familia. Para que él sea feliz donde quiera que esté, tú debes ser feliz. Deja atrás la culpa y el dolor, Boromir no habría querido nada de eso para ti.

Cuando al fin fueron a dormir, Legolas se refugió en los brazos de su hermano. Con voz bajita le hizo una pregunta:

—¿Me dirás por quién llora el bosque?

Vardamir suspiró. Aunque era joven Legolas sabía del amor.

—Es por Ekkaia. ¿Quieres oír otra historia?

Legolas asintió. Vardamir lo abrazó. Su historia fue un canto de amor.

Faramir despertó temprano. Abrió los ojos y se sorprendió por la intensidad del sueño. Arriba los pájaros volaban entre los árboles. Su esposa dormía de lado. Hacía mucho que no soñaba con su hermano. Se levantó con cuidado para no despertar a la dama. Observó el rostro sereno de la mujer que estaba decidida a amarlo. Se sentía ligero, menos triste.

Legolas y su hermano se levantaban muy temprano, bañaban a Turambar en el río y buscaban hierbas, frutas y verduras que pudieran comer. Los soldados no eran muy buenos para las comidas sin carne. Faramir se sentó cerca del río. El amanecer le bañó el cuerpo de calor. El primero en verlo fue Vardamir. Cuando Legolas cambió a Turambar, ambos de acercaron. Vardamir se quedó atrás para darles privacidad.

—Cuando murió Boromir soñaba mucho con él. Lo veía en el puerto, herido, buscando calor. Me hablaba de promesas que lo mantenían atado, quería que te ayudara a olvidarlo. Al principio lo intenté, de verdad lo hice. Cuando me enamoré de ti, perdí mi decisión.

Legolas observó de soslayo su hermano. Vardamir tenía los brazos cruzados sobre el pecho. Miraba a los árboles, como si no escuchara nada de lo que decían. Faramir se creería el cuento, él no. Vardamir los escuchaba.

—Cuando me volví un hombre sin honor los sueños se hicieron esporádicos.

Faramir miró lejos de Legolas. A los árboles, a la noche en que se perdió en el bosque.

—Anoche soñé con mi hermano. Ya no estaba herido, ni tenía frío. Estaba en cuclillas poniendo madera en una hoguera. Alegre y desenfadado, como era cuando estábamos juntos. Me dijo que estaba contento porque tu marido te amaba y te hacía feliz, como él deseó hacerte sentir.

Legolas miró a Faramir. Había en su rostro una tranquilidad que le recordó a Boromir.

—Y porque yo tengo una mujer que me ama. Me dijo que los errores no eran tan importantes si podías corregirlos.

Faramir se acercó a Legolas. Vardamir volvió el rostro para observarlo. Faramir abrió la manta que cubría al niño, sacó el collar que le viera en los días anteriores, cuando Legolas lo cambiaba. El anillo de Boromir, el prendedor de hoja en un collar de Gil-galad. Puso su mano sobre aquellas promesas.

—Lo único eterno que tenemos los hombres son nuestras promesas, Legolas. Mi hermano no logró en vida su deseo de estar contigo. Hoy estoy seguro que te acompaña a ti y a tu hijo, en sus corazones. Así es como los hombres cumplimos nuestros juramentos. Ya es hora de que yo sea un hombre. Ve con tu marido, Legolas. Quiero que mi sobrino tenga un padre que lo ame y lo críe, Gil-galad será un buen padre. El amor es lo que mi hermano deseó para ti y para mí.

Legolas contempló los ojos claros de Faramir. La tristeza que se volvía agua. Él y Faramir tenían un vínculo que los unía, los dos fueron amados por Boromir. Pensó en lo que habría sentido si uno de sus hermanos muriera y lo entendió. Lo que Faramir hizo, lo que dijo, era una trampa del dolor. Faramir extrañaba a su hermano y él era lo último que Boromir amó.

—¿Podrás perdonarme algún día por lo que te hice?

Legolas respondió a su pregunta con un abrazo. Boromir quería tanto a Faramir, que murió para que él viviera. No podía culparlo, ni enojarse con él, ¿quién no haría lo mismo estando en su lugar?

Legolas se pasó el puño por los ojos. La muerte era como una joya preciosa, tenía tantas caras, tantos ángulos, que no era fácil de entender. Aún extrañaba a Boromir, no con el dolor de los primeros días, era una tristeza profunda, sutil, más una añoranza, un deseo insatisfecho de lo que no vivieron juntos. Imaginaba que sería mucho peor para Faramir.

—Hace tiempo mi marido me dijo algo que no entendí hasta ayer. Él decía que si Boromir me amaba tanto, comprendía que hubiera muerto. Dice que hay cosas que se entienden con la cabeza y cosas que se intuyen en el corazón. Si Boromir vivía, yo me hubiera quedado en Minas Tirith con él. Lejos de mi padre y mis hermanos, habría muerto con mi bebé.

Faramir lo miró triste. Legolas le había contado lo cerca que estuvo de la muerte. Miró el cielo. No era sencillo entender los misterios de la vida. Legolas se mordió el labio.

—La muerte de Boromir nos dio a los dos la oportunidad de tener una vida, —suspiró—. Su hijo vivió por eso.

Gil-galad le dijo aquella vez que las guerras eran terribles, ponían demasiada tristeza sobre los hombros de los elfos y él era un chiquillo, entre su embarazo, y la pena de lo vivido, la carga era muy difícil de llevar. Su marido no creía que Boromir hubiera podido sostener su embarazo. Sin la pena quizás, con ella a cuestas… Al morir el hombre, Legolas pudo vivir.

—Gracias por dejarme ir. Me haces muy feliz, —la voz de Legolas sonó quebrada—. ¿Quieres cargarlo?

Legolas le puso al bebé en brazos. Turambar despertó de su sueño, abrió los ojos verdes y Faramir sonrió entre lágrimas.

—Tiene sus ojos.

Legolas asintió. Las lágrimas en sus ojos brillaron como gotas de sol.

—Y su nombre, mi marido lo nombró Turambar Voromirë, es como nosotros diríamos Boromir.

Faramir sonrió. Sintió el agradecimiento y el asombro surgir por Gil-galad. Como aquel elfo defendió a Legolas, así quería ser él con la dama Eowyn. Acunó al niño.

—Mi hermano supo desde muy joven que lo más importante en su vida sería amar a alguien, tener hijos, tranquilidad. Creo que logró esas cosas de un modo que no esperaba. Cuídalo mucho, Legolas. Te prometo que escribiré todas las historias de mi hermano que recuerde y se las enviaré a tu padre. Así podrás contarle a tu hijo.

Legolas asintió. Elfo y hombre levantaron el rostro al oír la voz de Elessar Telcontar.

—¡Legolas, Faramir!

Arriba, donde iba el sendero, Aragorn descendía del caballo. A su lado Arwen hacía lo mismo.

—Será mejor que subamos o él es capaz de bajar, —dijo Faramir. Respiró profundo y le ofreció la mano a Legolas. Vardamir los siguió. La dama Eowyn ya estaba con los reyes.

Tras los saludos, Arwen y Legolas intercambiaron bebés. Eldarion era un bebé encantador. Legolas se lo enseñó a su hermano. Aragorn y Arwen estaban fascinados con el pequeño Turambar.

—Se parece mucho a Boromir, —Aragorn lo miró conmovido—. Te daré las habitaciones que le pertenecieron a él.

Faramir habló:

—Él no vendrá con nosotros. Tiene que irse con su marido.

Aragorn y Faramir se miraron. El rey le apoyó una mano en el hombro, estoy orgulloso de ti, dijo sin palabras. La dama Eowyn sonrió.

—Es lo que mi hermano habría deseado, —dijo aún triste—. Sólo espero que llegues a tiempo, Legolas.

—No te preocupes Faramir —dijo Vardamir—, nuestro caballo es más rápido que los mearas.

—Haré que les preparen comida y agua para el viaje.

Las mujeres se pusieron en movimiento. Eowyn miró de nuevo a su marido, ella estaría para Faramir cada vez que la necesitara. Los hermanos montaron el caballo. Minas Tirith estaba en el horizonte. Legolas sintió el deseo de caminar de nuevo por sus calles. De estar en las habitaciones donde vivió Boromir y descubrir otros secretos. Los brazos de Vardamir le rodearon la cadera. Arwen se acercó a los hermanos.

—Legolas dile a mi padre que sea feliz, como yo misma lo soy. Escogí bien mi camino, dile que no me arrepiento.

Legolas asintió. Arwen volvió al lado de su marido.

—Adiós Legolas y Vardamir. Adiós Turambar, hijo de Boromir.

—Namárië (Adiós) —se despidió el pequeño elfo.

El caballo corrió como el viento mismo, con la velocidad de una tormenta. Faramir y Aragorn lo siguieron hasta que se perdió de vista. Sabían que no volverían a ver a Legolas, ni al hijo de Boromir. Aragorn palmeó la espalda de Faramir, se apoyó en el bastón.

—Ya tienes a tu esposa, ella te dará hijos. El tiempo nos traerá cosas buenas, Faramir.

En aquel día esplendido las palabras del rey fueron certeras. Faramir miró a Eowyn, cuando ella le sonrió él devolvió el gesto. Su vida tomó un giró que no esperaba. Iría por ese sendero con la misma seguridad con que su hermano caminó su vida y sería feliz.

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Ekkaia se cruzó de brazos. Sentado bajo un árbol el rey trataba de dormir. Los últimos días habían viajado cada vez más rápido. El caballo del rey imponía el ritmo y su yegua, Silmë, lo seguía. El mensajero alado de Thranduil los alcanzó a medio camino: El bosque nos esconde, llévate a Legolas. Atravesaron los enormes bosques sin detenerse, hasta que el rey le dijo que presentía un mensaje. Suponían, por las distancias que ellos mismos cruzaron hacía los puertos grises, que Legolas estaba si no en la ciudad, próximos a ella.

Ekkaia se sentó en la hierba. Los caballos pastaban en espera de que continuaran el viaje. ¿Qué estaría haciendo Vardamir? ¿lo extrañaría? El príncipe no quería que se fuera, más de una vez le pidió que se quedara entre sus brazos. Ekkaia no creyó que estar separados lo hiciera sentir extraviado y vacío. Lo que él quería era estar de nuevo con Vardamir. Silmë le dio un golpecito con el hocico. Ekkaia le acarició el morro y cantó.

—Et Eärello Endorenna utúlien. Elen síla lúmenn' omentielvo. (Desde Gran Mar he llegado a la Tierra Media. Una estrella brilla sobre la hora de nuestro encuentro).

Gil-galad se vio a si mismo sentado en la banca bajo el almendro seco. Sabía que sus habitaciones estaban vacías y Legolas no aparecería. Esperó. No hubo ningún cambio. ¿Donde estás mensajero? Miró alrededor, pensó en caminar. No, se suponía que dormido estaría en la banca. Cerró los ojos y los abrió siendo uno con el Gil-galad del sueño. Escuchó los pasos que se acercaban. Un hombre rubio, con los ojos verdes de Turambar.

—Voromirë.

El hombre asintió. Gil-galad en puso en pie.

—Vaya eres muy alto.

—Soy un elfo, —dijo Gil-galad. Boromir pensó que hablaba como Legolas—. ¿Cuál es el mensaje?

—Mi hermano liberó a Legolas del trato. Viaja hacía los puertos con la misma velocidad con que tú viajas hacía Minas Tirith.

La imagen en el sueño cambió. Gil-galad escuchó el agua del rio colina abajo. Un caballo pastaba cerca de un enorme árbol de hojas blancas. Legolas cantaba.

—Hacen paradas breves. Deberías encontrarlo hoy mismo.

Gil-galad le puso una mano sobre el hombro. Aquel hombre, aún muerto, velaba por Legolas.

—Hantalë.

—Cuídalos por mí.

—Te lo prometo.

Gil-galad abrió los ojos. Ekkaia lo miró ansioso.

—Están más cerca de lo que pensamos. Vamos, llegaremos antes de que caiga la noche.

Le murmuró a Anárion el lugar que buscaba. El árbol blanco, el río colina abajo. Ekkaia apenas podía contener la emoción y los nervios. Su corazón latía agitado. Cabalgaron de nuevo.

Caía el atardecer cuando se detuvieron. Ekkaia reconoció al caballo cerca del árbol blanco, era Fëanáro, la montura de Vardamir. Bajó del caballo, no podía pensar. ¿Realmente estaría el príncipe allí? Los tres caballos se reunieron bajo el árbol, se tocaron los morros y se saludaron con relinchos. Fëanáro y Silmë estaban contentos de verse; sus jinetes estaban muy tristes desde que se separaron.

Gil-galad llamó a su capitán. Le puso las manos sobre los hombros.

—Ekkaia si lo convences de venir, será bien recibido. Si él te convence de quedarte, no lo pienses. El amor es un tesoro que a veces se encuentra una sola vez. Su tiempo juntos es lo más valioso que poseen.

Ekkaia y Gil-galad se abrazaron. Recorrieron juntos un largo camino y se conocían como pocos. Gil-galad sabía que su capitán era joven, necesitaba cerrar los ojos, saltar al precipicio y entregarse al amor. Gil-galad tomó el sendero entre los árboles, hacía el río. Escuchaba el canto de Legolas.

Su pequeño elfo bañaba a Turambar en el río. A su lado Vardamir aguardaba con una manta para envolver al bebé. El príncipe se sorprendió al verlo. Gil-galad se puso un dedo sobre los labios. Sin hacer ruido intercambiaron posiciones. Gil-galad susurró Ekkaia y le señaló entre los árboles donde lo esperaba el capitán. El viejo rey esperó que Legolas le pasara el bebé.

Vardamir corrió tan ligero como el aire. Sentía una alegría desbordante en el pecho y el bosque se alegraba a su paso. Vio a Ekkaia tan hermoso como el día que se fue del bosque. Ekkaia lo abrazó. Las lágrimas que vertió sin reservas hicieron que los árboles dejaran de perder sus hojas.

—No puedo casarme con nadie, príncipe. No puedo vivir sin ti.

Vardamir lo afianzó por la cadera y lo levantó. Sus bocas se unieron en un beso ansioso, lleno de amor y necesidad. Vardamir lo extrañó tanto, cada día le suplicó a Eru que no perdiera su amor. Ekkaia estaba con él. No lo dejaría irse de nuevo. Las responsabilidades, los deberes, tenían la vida entera para ocuparse de esas cosas; el amor en cambio no deseaba esperar. Vardamir habló mientras le besaba el rostro.

—Ven conmigo, iremos lejos, a donde nadie nos conozca, donde no tengamos ningún deber.

Le limpió las lágrimas. Ekkaia asintió, Vardamir le dio mano y, sin mirar atrás, desparecieron en la inmensidad del bosque. Sus caballos fueron detrás de ellos.

Legolas se giró con el bebé en brazos. Algunos mechones se escapaban de su trenza, los bajos del pantalón estaban húmedos, los pies descalzos. Los ojos miel se abrieron grandes. Un puchero tomó los labios de Legolas. Lágrimas de gozo bajaron por sus mejillas. Gil-galad envolvió al bebé en la manta, y a Legolas en sus brazos.

—Vine por ti, —dijo Gil-galad.

Las manos de Legolas rodearon el cuello de su esposo. Aspiró su perfume de bosque y amor. Eru escuchó sus plegarías, le pidió que no dejara marchar a su marido sin él y Gil-galad dió marcha atrás.

—Faramir me liberó del trato. Estábamos yendo a los puertos grises. No me vuelvas a dejar. ¡No te marches sin mí! —sollozó.

Gil-galad buscó los labios de su elfito. Sabía al dulzor de las frutas del bosque. Le dio gracias a Eru por haberse equivocado sobre ese hombre, sobre Legolas y otras tantas cosas en su vida. Al sentir la tibieza de su desposado, Gil-galad se prometió que lo haría feliz. Turambar lo miró un largo rato. Le tendió los brazos y Gil-galad lo recostó sobre su hombro. Turambar balbució sus ruiditos felices.

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La ligera lluvia caía insistente sobre la capa que lo cubría a él y a Gil-galad. Legolas cerró los ojos. Escuchaba los senderos de agua que corrían por los pliegues de la tela, la acompasada respiración de su marido. En la penumbra, como una gota de melancolía, el olor del mar llegaba hasta su nariz. Legolas se arrebujó contra su marido. Extendió una mano sobre el pecho de Gil-galad.

—¿Estás contento?

Gil-galad miró dentro de la capa. Legolas contempló los ojos oscuros. La mano que descansaba sobre Turambar subió hasta su rostro, recargó la mejilla contra los dedos que lo acariciaban.

—Mucho—dijo Gil-galad, los dedos rodearon el mentón, acariciaron los labios tiernos.

Legolas besó la mano de su esposo. Le pareció que los ojos de Gil-galad se humedecían.

—Te amo —murmuró.

—Yo también te amo, elfito.

Legolas salió de la protección de la capa y besó a su marido. Gil-galad volvió a cubrirlo.

—¿Mi atto vendrá a despedirnos?

—Yo diría que si.

—¿Puedes pedirle que traiga a Hwesta? Quiero llevármelo.

Su caballo que creía perdido, lo regresó Aragorn al bosque. Al marcharse a Minas Tirith no pudo llevárselo.

—Tu caballo irá con nosotros. Ahora intenta dormir. Llegaremos pronto.

Legolas miró por la abertura de la capa. La lluvia formaba una cascada luminosa. En los brazos de su marido estaba cómodo y tranquilo. Gil-galad cerró la capa y Legolas se sumió en la oscuridad. Bostezó. Abrazó a su bebé y se quedó dormido.

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Bajo la luz de la luna, y la mirada atenta de Kyermë, los elfitos trazaron un círculo de pétalos rosados y rojos con el que encerraron a los novios. Las bodas causaban gran alegría en el bosque y en sus elfos. Los invitados observaban contentos. Thranduil e Isil colocaron sobre los pétalos hojas verdes, de las copas de los árboles donde la tristeza no llegaba. Aiwëndil vestía de dorado, el cabello sujeto en una coleta, nervioso y feliz. Minastan iba ataviado con un vestido blanco, ceñido en el pecho y largo hasta los tobillos. El cabello rojizo estaba suelto sobre sus hombros desnudos. Su vientre redondo parecía reflejar a la luna en el cielo.

—Los que hoy desean unirse que se presenten ante el bosque, —dijeron Thranduil e Isil al mismo tiempo.

Minastan y Aiwëndil caminaron dentro del círculo hasta llegar al medio. Se tomaron de las manos. Minastan sonreía, se disculpó en voz baja por tener las manos húmedas. Aiwëndil lo miró con ternura. Entre los invitados las hermanas de Minastan rieron en voz baja.

—Soy Minastan.

—Soy Aiwëndil.

Las palabras dichas al mismo tiempo mezclaron sus sonidos. Los elfos gritaron su aprobación al bosque. Thranduil e Isil caminaron por fuera del círculo, al hablar sus voces parecían rodear a los novios.

—¿Cuáles son tus intenciones Minastan? ¿Cuáles son tus intenciones Aiwëndil?

Minastan respiró profundo.

—Unir mi corazón a Aiwëndil.

—Unir mi corazón a Minastan.

Thranduil entró al círculo de pétalos del lado de Minastan, Isil lo hizo por donde estaba Aiwëndil. Llegaron al mismo tiempo junto a los novios y les ofrecieron una daga a cada uno.

—Dile la verdad Minastan.

—Dile la verdad Aiwëndil.

Los novios tomaron las dagas y pusieron la punta contra su propio corazón. Minastan respiró profundo, cerró los ojos y cantó.

—Para el amor estaba dormido. Como el invierno, el miedo llegó a mi corazón. Tú trajiste el sol a mi vida. Con tu amor yo mismo florecí.

—En mi vida mandaba el miedo —cantó Aiwëndil cuando terminó Minastan—. Hui para no confrontarlo. Solo te he amado a ti. Todo lo que necesito en mi vida eres tú.

Minastan dejó escapar unas lágrimas. El camino para llegar a ese momento fue muy largo. Las heridas que le produjo Aiwëndil sólo se curaron con el amor.

—Si miento o encubro la verdad, —dijeron al par—, que esta daga se hunda en mi corazón.

Las dagas no se movieron.

—¡Suertudo! —grito Meneltarma, el hermano de Minastan.

Hubo algunas risas. Si los elfos no eran sinceros el bosque cumpliría las palabras que se decían. Thranduil e Isil se llevaron las dagas. Dos elfitos entraron al círculo con un largo velo. Thranduil le vendó los ojos a Minastan e Isil a Aiwëndil.

—¡El príncipe si ve!

Isil comprobó que tuviera la venda bien puesta, lo que provocó más risas. Thranduil pensó en la boda de Legolas hacía unos meses, tan seria y formal. Cuando era joven él también se casó por la manera antigua. La ceremonia que usaban ahora en el bosque era alegría y risas en cada momento. Cuando él se volviera a casar lo haría como los jóvenes de su reino, con cantos, risas y bailes. Él e Isil enrollaron el velo, ataron una punta en la muñeca de Aiwëndil y la otra en la muñeca de Minastan.

—Átalo fuerte, —pidió Aiwëndil. Si el velo se soltaba tendría que casarse otra vez.

Los invitados entonaron la canción de bodas, primero los varones, luego las hembras y al final los fértiles. La repetición de las palabras creaba una hermosa armonía.

—Falso es el sol y falsa es la luna.

—Falsa es la tierra.

—Sólo el amor es verdad, el maestro que no tiene principio ni fin.

Al cantar los elfos entraban en el círculo. Los casados tenían las muñecas atadas con su propio velo de bodas y lo enlazaban con el de Aiwëndil y Minastan. Los solteros movían a los novios, los pasaban bajo los brazos levantados, los acercaban y los alejan de nuevo.

—Cuidado con Minastan, no lo vayan a tirar —pidió Isil mientras vigilaba los velos que se enlazaban.

Con tanto movimiento no era raro que alguno de los novios se cayera. Meneltarma se puso al lado de su hermano y lo tomó del brazo.

—Falsos son los guardianes.

—Falsos son el día y la noche.

—Falsa la corona. Falso el mithril.

Thranduil e Isil iban anudando el velo de los novios, reduciendo el espacio que podían andar.

—Falsos el viento, el agua y el fuego.

—Falsos los elfos.

—El cuerpo y el corazón.

Con las últimas estrofas los elfos fueron abandonando el círculo. Thranduil e Isil desenredaban los velos.

—Solo es pura verdad el amor y su palabra.

Meneltarma besó a su hermano en la mejilla.

—Quédate aquí.

Las voces se apagaron. Aiwëndil trató de orientarse. Aunque participó en muchas bodas, el momento en que se quedaron solos lo tomó por sorpresa.

—¿Minastan?

—Aquí estoy.

Aiwëndil tocó el velo en su mano.

—Quitémonos las vendas.

Al abrir los ojos se encontraron de frente, cada uno en un extremo del círculo. El largo velo con sus nudos unía sus muñecas. Minastan tiró del velo hasta tener al lado a su esposo. Se besaron tierna y largamente. Levantaron los ojos al cielo.

—Mira eso, órë (cariño).

Las hojas de los árboles ya no danzaban en el viento. Retoños verdes cubrían las ramas. Minastan sonrió. Thranduil e Isil se acercaron a los novios. Observaron lo que veían.

—¿Qué habrá pasado?

La huella de la pena se borraba del bosque. Thranduil sonrió. Gil-galad le avisó que se llevaría a Legolas. Esperaba que el plan funcionara. Él hizo preparativos con el bosque para esconder a su pueblo.

—Enviaré mensajeros mañana temprano. Lo que sea, es una bendición de Eru.

Thranduil e Isil abrazaron a los esposos.

—Su fiesta los espera.

Hicieron más nudos en el velo, hasta que hubo una distancia de un brazo entre ellos. Permanecerían así toda la noche. Por la mañana desatarían el velo. Tras cortar una parte para cubrir la cabeza de Minastan en el alumbramiento y otra para envolver a los bebés, guardarían el velo bajo su cama. En cada boda atarían el velo en sus muñecas y danzarían con los novios, representando el ciclo de las relaciones: En armonía con otros elfos, mezclándose con amigos y desconocidos, unidos como pareja en cuerpo y corazón.

Aiwëndil abrazó a Minastan. Ya oían las risas y las conversaciones. Se besaron de nuevo. Aiwëndil se arrodilló frente a Minastan, besó su vientre y lo rodeó con sus brazos. Las gotitas de calor estaban felices.

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Las olas del mar se azotaron contra la madera de la embarcación. Thranduil abrazó de nuevo a Legolas, a su nieto, a Gil-galad. A su lado Aiwëndil, Minastan, Kyermë e Isil hicieron lo mismo. La despedida de Arantar y Salmar tuvo muchos abrazos y lágrimas. Los elfitos no podían creer que su amigo se marchaba; lo echarían de menos en los juegos. El pueblo de Gil-galad estaba embarcando. Los cantos eran una armonía sin fin. Daban ganas de irse con ellos. Thranduil aspiró el aroma a sal y humedad.

Ya en la cubierta del barco Legolas le dio el bebé su esposo. Se acercó todo lo posible a la orilla del barco mientras su marido lo sostenía por el vestido. Thranduil reconoció que su hijo estaba radiante. La alegría era su mejor adorno.

—¡Viaja pronto atto! ¡Te estaré esperando! ¡A todos! ¡Si ven a Vardamir díganle que lo quiero!

Gil-galad sonrió. Las olas chocaban contra el barco, lo mecían. Cuando Gil-galad regresó a los puertos con su esposo y su hijo, su pueblo se mostró encantado. Esperaron sin protestas a que llegará el padre de Legolas y sus hermanos para despedirlo. Veían tan feliz a su rey, tan amado, que los días de espera fueron puro regocijo. La felicidad de Gil-galad se coló en cada corazón, sembró nuevos sueños y esperanzas. Sólo Vardamir no apareció. No sabían nada de él, ni del valiente capitán de Gil-galad. Cuando Thranduil supo del amor de su hijo mayor, y Aiwëndil les contó a su vez los secretos que guardó, los reyes y los padres de Ekkaia decidieron no preocuparse. El amor volvía loco a cualquiera.

—¡Que cuide bien a Ekkaia! —gritó Gil-galad.

Legolas se abrazó a su marido. Soltaron las amarras y los barcos se movieron con el mar.

—¡Los amo! —fueron las últimas palabras de Legolas.

Thranduil extendió el brazo, como un adiós. Caminó hasta el final del muelle sintiendo el aroma del mar, el perfume de la húmeda sal.

—¡Sean felices! ¡nos veremos pronto! —anunció el rey del Bosque Negro.

Aiwëndil abrazó a su padre, era una despedida que no enfriaba el corazón. Los elfos reunidos en el puerto sonrieron.

—Mar azul —cantó el rey—, llena de esperanza el corazón de los elfos. Muéstranos el camino hacia la felicidad.