Disclaimer: Ni Sweeney Todd ni su flipante música me pertenecen. ¡Pero eso no significa que no pueda disfrutar de ellos! ^^

Copyright: Por favor, no copiar :)

Este creo que me ha salido francamente bien :) Espero que os guste.


Cazando Cuervos


Los días que acontecieron no fueron demasiado agradables, la observaba trabajar sin descanso en aquella tarta, como si le fuera la vida en ello. Ella creía que sí, pero él sabía que no. De todas formas no se lo diría por si acaso el juez se acercaba antes.

Estaban cerca... tan cerca... podía oler el jabón de afeitar en su garganta, podía ver su sangre corriendo entre los dedos de sus manos, rauda y feliz por estar fuera del putrefacto cuerpo que la aprisionaba, podía escuchar los gritos de su víctima suplicando auxilio a alguien que jamás vendría porque en aquella calle todos le odiaban, podía saborear su venganza, casi podía tocarla. Buscando este fin no volvió a matar, no volvió a herir a nadie con tal de no darle trabajo a su querida vecina. Si solo ella supiera cuánto la apreciaba por estar a su lado, con espíritus o sin ellos...

La noche del 21 de Abril de 1847 fue la más especial para Londres en mucho tiempo y lo sabía, era consciente. Conocía sus movimientos, sus palabras, sus tejemanejes. Le había visto acercarse desde el otro lado de la calle pero no le sorprendió porque horas antes un muchacho había venido a avisar de que llegaría. Y ahí estaba.

Alto, con sus andares de nobleza e importancia, y lo más necesario; iba solo, era la ocasión perfecta, sabía lo que tenía que hacer. Pronto todo habría terminado y sería libre de...

—Mi tarta —pidió el hombre, que olía un poco a alcohol pero no estaba borracho. Se la sacó con cuidado.

—Aquí tiene.

—Gracias —sonrió.

—Me prometió que iba a subir a afeitarse —le pestañeó, inclinándose sobre la barra.

—Pero es muy tarde, señora mía... —balbuceó—, el Sr. Todd estará...

—... encantado de verle —le obligó a dejar la tarta y a subir las escaleras—, su madre lo agradecerá —insistió—. El cuervo está en el nido —suspiró mirando la figura diabólica que se alzaba sobre la ventana con temor y tristeza, él sólo asintió contento y recibió a su cliente—, listos para disparar, apunten y... —susurró para si misma entrando en la tienda— fuego...

Al terminar su frase pudo escucharse cómo algo caía al suelo con rudeza y la Sra. Lovett supo que habían cazado al cuervo, sólo era cuestión de tiempo que él bajase a decírselo para que hiciera empanadas; y seguramente se las haría comer.

Pasó horas esperando un aviso que no llegaba pero no se preocupó, él sabría qué hacer y a ella no podían inculparla de nada, el sótano estaba limpio. En cuanto supiera que todo había ido bien cogería sus maletas y se iría educadamente del lugar sin mirar atrás. ¿Cómo pudo ser tan tonta? ¿Cómo pudo creer las palabras de Lucy, aquella ilusión-espíritu de su cabeza?

¿Por qué volvió a enamorarse de Benjamin Barker?

La caída había sido más dura que la subida.

Por un momento días atrás pensó que le estaba cambiando, que estaba consiguiendo que viera las cosas a su modo, de la misma forma que lo hacía antaño al menos. Consiguió mostrarle la esperanza, que hasta en la maldad hay amor y le dio un motivo por el que estar juntos, estuvieron semanas hablando y riendo y siendo amigos sin que las muertes interfirieran, trabajo y personal nunca se tocaban, cuando trabajaban cada uno hacía lo suyo, él mataba, ella fregaba, pero cuando los horarios se acababan eran libres de hablar, contar chistes o incluso criticar al Juez sin ningún tipo de vergüenza, y podían debatir sobre sus más recientes actos o cómo podían hacer que viniese a ellos sin que ninguno saliese herido ni en la carne ni en el corazón.

De repente, él había llegado, había estado allí, frente a ella. Quería algo de ella y a cambio haría sus sueños realidad. Dios sabía que la Sra. Lovett había sido capaz de perdonarle muchas cosas al demonio, de que había tratado de ayudar a Lucy por igual, pero también que no perdonaría jamás el daño que le había provocado cuando la amenazó y la tachó de traidora.

Y ahora empezaba a dudar; ¿merecía tirar todo por la borda por un gesto de euforia mal guiada? ¿Un comportamiento así puede hacer inválido los miles de buenos momentos que habían pasado junto al piano, hablando y tocando?

No lo tenía claro, pero si quería averiguarlo debía irse ya.

Su euforia era tal que iluminaba los cielos (en realidad era un relámpago). Gritó victorioso mientras pisaba con furia el pedal. Se acabó. Todo, todo había acabado. Era libre, por fin. Nadie sabría nada, nadie podía reconocerle, sólo... sólo... ella. Tenía que bajar a contárselo, quería compartirlo con la que lo hizo posible. Sí, tal vez... tal vez incluso tuviera la fuerza suficiente para decirle lo que un capitulo atrás le fue imposible y que en esos momentos cobraba todavía más sentido, ella le había guiado, había estado allí para él, habían sido amigos, más que amigos, quizá hubiese llegado el momento de...

—Margaret —se tomó la licencia de llamarla así pues ya eran mayorcitos para chorradas—, creo que ha llegado el momento de... —las palabras se quedaron en el aire. Sweeney Todd había entrado buscándola, pero ella había ido con unas maletas para salir—. ¿Q-qué...? ¿Dónde va? —preguntó, la felicidad se le bajó de golpe.

—Lejos —contestó casi en un susurro, yendo hacia la puerta.

—¿Lejos?

—Lejos de usted —le miró a los ojos y en ellos se pudo ver la decepción, la tristeza, un corazón roto y el temor.

—No puede —dijo anonadado todavía.

—Hemos terminado aquí —replicó, acercándose a la puerta, pero él puso el brazo entre ellos, sujetando el pomo—. Todo ha acabado.

—No —insistió—, por favor. No se vaya.

—Ya tiene lo que quería, me iba a quedar hasta este momento. El juez está muerto, usted tiene su venganza y yo... —el corazón destrozado—... tengo que irme.

—¿Y qué hay de estos últimos meses? —susurró abatido porque no sabía cómo reaccionar, nunca le había pasado. Siempre había tenido a Lucy, su primer amor y mujer.

—Creo que usted dejó claro lo que pensaba de ellos hace unos días, Sr. Todd —le respondió con agudeza y frialdad.

—¡Me disculpé!

—Y yo le dije que no quiero saber nada de usted —trató de abrir la puerta inútilmente, la cercanía la estaba agobiando, quería irse, quería desaparecer. Oh, tierra, trágame.

—No te vayas —suplicó en un tono íntimo.

—Déjeme —insistió tirando.

—¡No!

—¡Quiero irme! —gritó tirando al borde de las lágrimas.

—Margaret, escúchame —pidió cogiéndola suavemente de los hombros.

—¡No! ¡No! ¡Quiero irme! ¡Déjeme irme! —sollozó mirando a cualquier cosa que no fueran sus ojos.

—Mírame —pidió, pero ella se negaba—. ¡Margaret, mírame! —pero seguía sin hacerlo. Finalmente tuvo que cogerle la cara para que lo hiciera, sus ojos eran puro terror condensado y lágrimas—. Shhh, no llores —pidió, borrándole la tristeza con los pulgares, apoyándola suavemente en la pared.

Y se relajó entre sus manos, había algo que le decía que no iba a ser como las otras veces.

—Te quiero —susurró sinceramente, abriendo su corazón—, sabes que el otro día no era yo —seguía mirándola, observando sus reacciones, tratando de controlar la situación. La Sra. Lovett asintió levemente y él empezó a quitarle el pesado y viejo abrigo marrón que llevaba puesto—, quédate... no me dejes —pidió de nuevo suavemente antes de besar sus labios ligeramente, esperando un tortazo o una respuesta.

—¿De verdad? —preguntó quedamente.

—Te lo prometo —y ella sabía que cuando Sweeney Todd promete algo lo cumple, se rindió a sus promesas y dejó las maletas caer junto al abrigo—. Ven junto al fuego, estás helada —pidió sonriendo feliz, esta vez por motivos ajenos a cualquier venganza. La sentó y avivó las llamas antes de volver a su lado y estrecharla entre sus brazos.