Hola! Actualizo en un momento de stand bite! Gracias por comentar y seguir leyendo a pesar de los retrasos! Bueno...a ver qué os parece este capítulo...espero que se entienda...y que os guste y lo disfrutéis!

Saludoos


Capítulo 14. El elegido

Emma había curado las heridas de su madre. Las externas pero no las internas. Aunque lo que ella no sabía, o no alcanzaba a saber en aquellos momentos, era que sí había conseguido curar sus heridas internas. Al menos las que más le dolían. Las de su corazón. Su corazón que se había recuperado al sentir cómo su hija la abrazaba tras lo que había ocurrido. Cómo su hija, sin decir nada, la había perdonado por el error que habían cometido tiempo atrás David y ella.

Ver a Mary Margaret en peligro había sido más de lo que Emma podía soportar. Puede que estuviera enfadada con ellos. Pero no hasta el punto de desear verlos en peligro. No. Aquello no era tolerable de ninguna manera. Al sentir aquel miedo en su interior en el momento en el que vio a Mary volar por los aires y comenzar a sangrar, en aquel momento se dio cuenta de que no importaba lo que hubiera pasado antaño. Ella quería a sus padres. Puede que no los hubiera tenido durante su infancia, pero ahora todo aquello había quedado atrás. Ahora tenía una familia. Una familia a la que disfrutar y proteger.

Giró su vista a la cocina perdida en sus pensamientos. Allí estaba Regina, sentada junto a su padre y su hijo. Había sido una noche demasiado larga, casi más que todo el día. Demasiadas cosas habían pasado en las últimas 24 horas. Sintió cómo su madre apretaba la mano que ambas tenían entrelazadas sobre la cama. Rodó la mirada hacia ella y le sonrío con cariño. Mary Margaret correspondió aquel gesto con gusto. Poder ver amor en los ojos de su hija la reconfortaba mucho más que las pastillas que se había tomado para camuflar el dolor de sus contusiones.

- ¿La quieres? – Le preguntó Snow susurrando y sin dejar de sonreírle.

Emma la miró sin decir nada. Puede que aquella pregunta la hubiera pillado por sorpresa, pero si algo sabía ya a aquellas alturas, era que sí la quería, y a eso ya se había resignado. Suspiró pesadamente y bajó la vista hasta la mano que tenía entrelazada con su madre. La morena de pelo corto pudo percibir su pesar y le dio otro apretoncito cariñoso a su hija, con el que pretendía animarla de alguna manera.

- Regina puede ser una mujer muy tozuda...- Le dijo, cómplice.

Una sonrisa apareció en la cara de Emma mientras miraba a su madre agradecida. Mary Margaret sonrío también al ver cómo su hija reaccionaba a sus palabras. Puede que no hubiera respondido a su pregunta. Pero aquellos gestos decían mucho más que cualquier cosa que Emma pudiera decir en adelante. La salvadora arrugó sus fracciones y la miró muy seria de repente. Mary Margaret se inquietó.

- ¿No te importa? – Pero enseguida se relajó de nuevo. Rodó su cabeza sobre la almohada en la que estaba apoyada y miró hacia el frente. Suspiró antes de volver a dirigirse a su hija.

- Si algo he aprendido es que el amor se nos muestra de muchas formas y hacia las personas más inesperadas. Ese hijo que Regina está esperando... ¿crees que hubiera sido posible su concepción si realmente no hubiera habido amor entre vosotras? – Emma se quedó callada. Sabía lo que ella sentía por Regina, pero no sabía lo que Regina sentía por ella. – El destino es caprichoso a veces, pero nunca deja hueco para la casualidad. Si estabais destinadas a estar juntas, no seré yo quien me oponga a esa felicidad.

Emma frunció el ceño. Quería pensar que las palabras de su madre eran ciertas, pero lo cierto era que había demasiadas cosas que se interponían entre ellas dos. Empezando por Regina y terminando por Regina. A pesar de creer saber que no le era indiferente a la morena, sabía que si sentía algo por ella no estaba del todo segura. Y sabía lo que eso podía significar. Su corazón sufrió una punzada solo por pensar aquello. No quería que Regina volviera a poner distancia entre ellas. Ya lo había hecho antes y no había sido nada agradable. Cuanto más ahora que había descubierto lo que realmente sentía por ella. Además...estaba el bebé. Mary Margaret pudo ver la angustia en el rostro de su hija. Aunque fue paciente y esperó a que hablase por sí sola.

- Robin es su alma gemela. – Dijo Emma con pesar.

- Eso es una tontería. – Le respondió la morena más bajita expresivamente. Emma no pudo evitar sonreír ante lo que había dicho su madre.

- Tú crees en esas cosas...- le dijo queriendo darle a entender que no pasaba nada porque reconociera la realidad. Ella ya sabía todo lo que las separaba. Mary Margaret chasqueó la lengua antes de girar la cabeza y parecer tener una revelación.

- Sabes que sí, pero...- frunció el ceño pensativa - ¿qué es un alma gemela? – ahora fue Emma quien chasqueo la lengua - ...bueno, quiero decir, no en sentido figurado si no...en la realidad...tu padre y yo compartimos el amor verdadero, sin embargo, no sé si somos almas gemelas...a mí me gusta pensar que sí, porque lo siento así.

Emma retiró su mano de la de su madre y cruzó los brazos con seriedad. Aunque no lo pareciera, Mary Margaret sabía que estaba afligida.

- Emma...lo que intento decirte es que no importa quién creamos que es nuestra alma gemela...o quién sea por arte de magia o...en un sentido estricto...lo que importa es lo que sentimos en nuestro interior. – Se colocó su mano expresivamente en su corazón – quién sentimos que nos complementa de esa manera tan completa que es imposible verbalizar lo que nos hace sentir porque simplemente no hay palabras para expresarlo...eso es lo que yo considero un alma gemela. – Emma bajó un poco la cabeza. Estaba de acuerdo con su madre en aquel punto. Pero no sabía si Regina pensaría lo mismo. Ni si quiera si sentiría lo mismo.

- Pero la magia...

- La magia ya se ha manifestado. – Emma la miró con curiosidad.

La morena más bajita señaló a Regina con un movimiento de cabeza y posó sus ojos en el incipiente vientre que ya era imposible de disimular. Emma acompañó sus movimientos con la mirada y sonrío al ver lo hermosa que estaba Regina en aquellos momentos. Con su mano izquierda descansando en su abdomen y acariciando los cabellos de Henry que le sonreía. Se le escapaba de lo que podían estar hablando.

- Puede que en el pasado Robin Hood estuviera en el destino de Regina...pero...la concepción de ese niño es la prueba de que tú estás en su vida ahora.

- ¿Y si el niño no es mío? – Preguntó la salvadora ya sabiendo de antemano que eso era imposible.

- ¡Emma! – Sin embargo sus palabras verbalizadas le valieron una regañina por parte de su madre. Tres pares de ojos se giraron para mirarlas extrañados. Emma abrió la boca sin saber que decir y los saludó con una sonrisilla para hacer ver que todo estaba bien. Mary Margaret cruzó sus ojos con los de su marido quién carraspeó sabiendo que eso quería decir que se metieran en sus cosas y las dejasen en paz. Cuando todos volvieron a lo suyo, Mary Margaret se dirigió de nuevo a su hija. – De verdad piensas eso – Susurró bajito más con ofuscación e incredulidad que como una pregunta. Emma tragó saliva. – Eres realmente bruta. – La reprendió.

- Lo siento es solo que...- Emma se amedrantó enseguida. Sabía que lo que había dicho había estado mal.

- Es solo que eres incapaz de ver lo bueno que tienes delante de tus narices. – Emma frunció el ceño. La última vez que su madre le había hablado así creía que había sido cuando aún no sabía que era Blancanieves, antes de que la maldición se rompiera. Mary Margaret pareció darse cuenta porque intentó relajar sus fracciones. – Lo siento Emma, es solo que no entiendo cómo eres capaz de decir eso solo porque no seas capaz de decirle a Regina lo que sientes por ella y ver qué pasa. – Soltó como si nada. Emma abrió bien los ojos.

- Mamá...- habló muy bajito pero sus dientes estaban bien apretados y su cara denotaba el pánico que Emma estaba sintiendo en aquellos momentos.

- Tranquila no me han oído. – Le respondió su madre en el mismo tono antes de cruzar los brazos. Se sentía bien orgullosa de lo que había dicho. Puede que no hubiera podido criar a su hija. Pero había aprendido a conocerla bien. Y sabía que eso era exactamente lo que le pasaba. Ahora que ya no tenía nada que ocultarle y todo se había solucionado no tenía ningún miedo a decirle las cosas claras.

- Sí puedo verlo es solo que...- Emma parecía frustrada, incapaz de verbalizar lo que sentía.

- Es solo que te mueres de miedo. – La ayudó su madre. – Y lo entiendo, Emma...pero...no puedes vivir así eternamente, no podéis vivir así...no quiero que Regina te haga daño...incluso sin ser su intención...por eso creo que es mejor que dejéis las cosas claras entre las dos. Habla con ella. – Sentenció Mary Margaret con una amplia sonrisa en sus labios.

- Como si fuera tan fácil. Pensó Emma escrutándola con la mirada. Tres golpes en la puerta las sacaron de lleno de su conversación. David se levantó del taburete en el que estaba sentado y se dirigió a abrir con cautela. No esperaban a nadie a aquellas horas. Apenas estaba amaneciendo.

Un hombre con barba preguntó por Emma. Se levantó inmediatamente de la silla al escuchar su nombre y se dirigió hasta la puerta cruzando su mirada con la de Regina que parecía preocupada. Era el aprendiz. Y no entendía qué podría querer de la rubia.

El hombre le pidió que la acompañara. Quería hablar con ella en privado. Miró a Regina y a su hijo antes de sonreírles ligeramente para hacerles ver que todo estaba bien.

- Volveré en seguida. – Dijo.

Cogió su chaqueta que estaba colgada en la percha de al lado de la puerta e hizo un gesto al aprendiz para que pudieran irse.


Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, caminando por la calle que a aquellas horas estaba desierta, el hombre comenzó a hablar.

- ¿Qué tal te sientes? – Emma pareció no entender muy bien la pregunta.

- Bien...creo. – Respondió extrañada. El hombre sonrío sin disimulo.

- ¿Aún sientes esa oscuridad en tu interior? – Ahora lo comprendió. Decidió ser sincera porque si había alguien que conocía lo que podía pasarle era él.

- Desde que Lily se fue...me siento...rara...

- ¿Cómo rara? – Cuestionó él.

- Es como si...estoy cabreada...muy cabreada...yo podría haber hecho algo para salvarla...

- Tú no podías hacer nada, Emma. Así era como debía pasar. – Emma se paró en seco, frustrada, y sin entender.

- Era mi amiga, ¿Qué estás diciendo? – El aprendiz le indicó que podían continuar andando mientras hablaban. Emma lo obedeció recelosa y esperó con impaciencia a que el anciano le diese una explicación.

- Sé que era tu amiga, pero su destino estaba escrito desde hacía mucho tiempo atrás. Cuando un corazón se corrompe demasiado, llega un punto en el que no es posible emprender un camino de vuelta atrás.

- Pero ella estaba feliz...estaba feliz por haber encontrado a su madre por fin...- balbuceó ella sin entender cómo podía haber pasado algo así.

- Me temo que el corazón de Lily estaba demasiado dañado...ella solamente buscaba venganza, ese era el motor de su vida desde hacía muchos años... – Dijo él pensando en el momento en el que se arrepintió de contarle a la joven Lilly toda su historia...

- Pero ella...ella... – Emma no lo podía creer.

- Ella solo te utilizó para llegar a Storybrooke, Emma. Llevaba buscando mucho tiempo, solo le faltaba encontrar la manera de entrar en la ciudad, y tú se lo serviste en bandeja de plata.

Emma se paró lentamente con la vista fija en el suelo. Eso quería decir que Lily no la había perdonado, y que le había vuelto a mentir. Ahora su muerte pesaba aún más sobre ella. Porque de ninguna manera deseaba que hubiera muerto, a pesar de todo.

- No debes culparla, sin embargo, pues ella jamás tuvo a nadie para que la guiara en la oscuridad. Su sino siempre estuvo abocado a no hacer lo correcto.

- Ella...ella me dijo que cuando estaba conmigo...que cuando...

- ¿Sentía que todo iba bien? – Preguntó él sin dejarla terminar. Ella asintió. – Eso era porque tú complementabas su mitad.

Emma metió sus manos en sus bolsillos traseros, sintiéndose aún más culpable de todo lo que había pasado. Sin tan solo le hubiera dado otra oportunidad a Lily, nada de eso hubiera ocurrido. Pensó.

- ¿Por qué has dicho que eso era lo que tenía que pasar? – Aquel detalle no se le había escapado a la rubia. El aprendiz sonrío satisfecho.

- Verás, Emma, no todo está resuelto aún. – Comenzó él pensativo.

- ¿Qué quieres decir?

- Rumpelstlstinkin aún quiere verte convertida en un alma oscura. – Emma ya sabía eso, sin embargo aún no sabía el por qué.

- ¿Por qué quiere eso de mí? – Preguntó incluso un poco asustada. Ya había visto lo que podía hacer su lado oscuro, y no quería que eso volviera a repetirse. Sobre todo después de comprobar por sí misma, que además de volverse contra sus padres, Regina era la que más sufría sus ataques de ira. Necesitaba saber para poder actuar. No pensaba dejar que Rumpel actuara de nuevo.

- Se muere. – Dijo el hombre con abatimiento. Emma entornó los ojos y giró la cabeza. Creía no haber escuchado bien. – Su corazón está tan corroído que ya no queda ni una pizca de humanidad dentro de él. Cuando la última luz se apague en su interior, Rumpelstlstkin habrá muerto.

- Pero...él es el ser oscuro.

- Así es. Si Rumpelstilstkin muere, el ser oscuro será quién perdure en adelante en ese cuerpo, sin rastro de humanidad.

- Lleno de maldad.

- Exacto.

- No podemos permitir que eso suceda. – Dijo Emma angustiada.

- Eso no sucederá. – Pronunció él convencido. Aunque Emma pudo notar que no lo decía del todo convencido, lo que la preocupó aún más. – Rumpelstlstkin necesita una salvadora oscura para reescribir su historia. De esa manera, jamás enfermará, jamás morirá y logrará alcanzar su final feliz. – Emma no podía creer que le estuviera diciendo aquello con tanta tranquilidad. Ella sentía miedo, no podía dejar que eso pasara. Su familia estaría en peligro. En esos momentos ni siquiera pensaba en ella, solo en ellos. Regina, sus hijos...sus padres. – Ese es el motivo por el que necesita que tu corazón se vuelva oscuro.

- Pues lo está consiguiendo. – Dijo ella entre dientes. Sentía rabia en su interior. No soportaba ver cómo todos jugaban con su vida de aquellas maneras. El aprendiz asintió.

- Creo saber que en cierta ocasión aquella ira que crecía en tu interior fue calmada gracias al bebé que Regina lleva en su vientre. – Emma abrió bien los ojos.

- ¿Cómo sabes tú eso? –Preguntó incrédula. Estaban solas cuando eso sucedió y el aprendiz aún estaba metido en ese dichoso sombrero. Y estaba segura de que Regina no le había dicho nada.

- Eso no es lo importante aquí, ¿o sí? – Preguntó él, tentándola.

La salvadora lo miraba con los ojos bien abiertos, sin querer pronunciar lo que realmente quería saber. Si ese hombre sabía eso, probablemente también tendría respuestas sobre la concepción de su hijo.

Él asintió leyendo en sus ojos. Y decidió que era hora de dar respuesta a muchas cosas. Además, ¿no era ese el motivo por el que el mago le había mandado a hablar con ella? Ellos estaban convencidos de que si le explicaban a Emma, cuál era el verdadero sino de ese bebé, la salvadora tendría una oportunidad para salvarse, como ya había sucedido en dos ocasiones. Ese bebé era la clave para evitar que todo saliese mal una vez más. El suspiró profundamente antes de decidirse a hablar. Si bien era cierto que explicarle a Emma cierta parte de la verdad podría evitar que el oscuro se saliese una vez más con la suya, también había riesgo de que la salvadora no se tomase la noticia como habría de hacerlo, y todo se volviera en contra, como había pasado con Lily muchos años atrás.

- Debes ser cautelosa con lo que vas a saber, Emma. No debes dejarte llevar por la ira o la rabia. Debes alejar esas emociones de tu interior. Todo lo que puedas. – Ella asintió exasperada.

Estaba harta de aquella conversación absurda. Quería saber. Quería tener sus respuestas. Y las quería ya.

- El bebé que Regina está esperando...es un niño. – Los ojos de Emma se abrieron de par en par. Su corazón le dio un vuelco y no pudo evitar soltar una risa nerviosa.

- ¿Estás seguro? ¿Cómo sabes tú eso? – él sonrío satisfecho antes de continuar.

- Ese niño es el fruto de la magia más poderosa, resistente y pura. Y está destinado a complementar tu mitad oscura. Él te dará el equilibrio del que fuiste despojada largo tiempo atrás. Ya no serás ni luz ni oscuridad, con él a tu lado, serás una mezcla de ambos. – Emma continuaba en estado de shock. En ella no se movía ni un pelo de su cabeza. Solo se escuchaban en interior los latidos acelerados de su corazón.

- Pe...pero...cómo puede ser eso...- consiguió pronunciar, aún incrédula.

- Esa es una buena pregunta, sin embargo, no sé si me corresponde a mí responderla. – Emma frunció el ceño.

- ¿Qué quieres decir? ¿Por qué no? – Preguntó ella en un tono mucho más impaciente y tosco del que debería haberlo hecho.

- Emma, tranquila. A eso era a lo que me refería. – Ella tragó saliva tras ser consciente de su actitud – Debes aprender a controlar esos impulsos.

- ¿Cómo?

- Debes ser fuerte. Solo debes saber que ese niño es el elegido. Ese es el motivo por el que cuando estáis cerca, puedes sentirte conectada a él, de la misma manera que él puede sentirte a ti.

- ¿Por eso Regina se encuentra mejor cuando estoy con ella?

- Así es. La magia que tiene en su interior es muy poderosa.

- Pero... ¿es un bebé normal? – El aprendiz sonrío sin disimulo por las ocurrencias de la rubia.

- Sí, lo es. – Ella soltó el aire que estaba guardando y le regaló una gran sonrisa. Agradecida por lo que acababa de saber.

- ¡Mamá! ¡Mamá! – La voz de su hijo los alertó a ambos y la sacó de sus pensamientos.

El aprendiz y la salvadora se giraron bruscamente para ver cómo Henry corría hacia ellos ahogado, casi desesperado. Emma salió corriendo en seguida para alcanzarlo.

- ¡Henry! ¿Qué ocurre? – Preguntó angustiada cuando por fin llegó a su altura.

- El chico casi no podía hablar. Se apoyó sobre sus rodillas e intentó coger aire para poder hablarle a su madre.

- Henry, tranquilo, ¿qué ocurre? – La salvadora intentó reconfortar a su hijo de alguna manera.

- ¡Es Gold! – Dijo él como pudo con cara de pánico.

- ¿Gold? ¿Dónde? – Emma no se había dado cuenta pero había cogido a su hijo por el cuello de su camisa en una actitud demasiado agresiva.

- ¡Quiere hacerle daño a mi madre! – Dijo haciendo caso omiso de la actitud que estaba mostrando su madre. - ¡Tienes que hacer algo! ¡No puedes dejar que le haga daño! – Los ojos de la rubia se desencajaron por un momento. El aprendiz llegó a su altura y se miraron por un segundo antes de que él le asintiera con la cabeza para indicarle que debían darse prisa.

Emma soltó a su hijo y salió corriendo. Todo lo deprisa que sus piernas se lo permitieron. El anciano comprobó que el chico estuviera bien antes de agarrarlo por el hombro para seguir los pasos de su rubia madre.


- ¡Regina!

Gritó la salvadora tras darle una patada a la puerta y abrirla de mala manera. Lo que vio la dejó helada. Gold tenía a Regina muy cerca y la retenía con magia amenazándola con la daga en la que estaba grabado su nombre.

- Suéltala. – Dijo ella con voz potente pero calmada. Paseó sus ojos por la habitación y pudo ver cómo sus padres estaban tendidos en la cama, inconscientes. El pequeño Neal pataleaba en la cuna, ajeno a todo lo que ocurría. Al menos no se le había ocurrido amenazar al bebé.

- No es a ti a quien quiero, de momento. – Espetó el oscuro visiblemente demacrado. – Si dejas las cosas como están no le pasará nada.

Emma entornó los ojos. Acababa de amenazar a Regina. La acababa de amenazar a ella. Gold estaba amenazando a Regina con un cuchillo puesto en su abdomen. Gold estaba amenazando a su hijo. La información paseaba por su cabeza como si de un procesador se tratase. Todo le daba vueltas a su alrededor y la ira se concentraba poco a poco por todo su cuerpo hinchando todas las venas que lo recorrían.

- Suéltala. –Volvió a repetir ella, en el mismo tono que antes.

Pero el oscuro no se movía. Tampoco desaparecía. Lo que quería decir que lo que había dicho el aprendiz era cierto. Sus fuerzas estaban menguando, y eso solo quería decir una cosa, que estaba muriendo.

- ¿Qué quieres Gold? – Preguntó para ganar algo de tiempo.

- Es muy sencillo. Quiero que me dejes ir, con ella, y no le pasará nada a ninguno de los dos. – Dijo posicionando mejor la daga sobre el abdomen de Regina que apenas podía moverse, pues había sido paralizada por un hechizo que Gold le había lanzado para someterla.

- Sabes que eso no pasará. – Le respondió ella. - ¿Qué quieres realmente?

Podía percibir la desesperación en los ojos de Gold. Lo conocía bien. Estaba desesperado. No actuaría de esa manera si no lo estuviera.

Él sabía que mantenerse cerca de Regina era su única opción. No conseguiría salir de allí por sí solo. No en su estado. Eso lo sabía desde el momento en el que había dejado su tienda. Pero no le quedaba más remedio. Su tiempo se agotaba. Ya apenas le quedaban fuerzas. Se le habían agotado aún más tras enterarse de la muerte de Lily. Su plan había fracasado, y con Lily muerta, su última esperanza para que Emma sucumbiera ante la oscuridad era que ese bebé también fuese oscuro. Esa era su última baza para salvar su vida. Y para ello necesitaba a ese bebé y por tanto a Regina. Aunque no sabía si viva o muerta. Apretó aún más la daga sobre su abdomen. Regina no podía quejarse pero Emma percibió cómo la daga estaba presionando más de lo que debía sobre la piel de la mujer a la que amaba.

- ¡Deja esa daga Gold! – La salvadora rugió enfurecida antes de proyectar sobre ellos una gran bola de energía blanca.

La luz acertó de lleno sobre su objetivo. Lo que Emma no había podido prever, sin embargo, dominada por la misma ira que sentía en su interior, era que Regina estaba justo en la misma posición que Gold. Ambos cayeron al suelo. Cada uno despedido para un lado de la sala.

Emma solo podía sentir su respiración, que se había vuelto acelerada y acompañaba ahora a los latidos de su corazón. Era como si una granada acabase de explotar en su oído. En sus ojos podía verse reflejado el pánico que sentía. El aprendiz ya se lo había advertido. Debía controlar la ira que pudiera sentir en su interior.