Hola! Sí, antes que nada les pido muchas muchas disculpas por el gran retraso en escribir la continuación de este fic, lo siento en verdad, pero pues hasta ahorita he conseguido una laptop (bueno era de mi hermana, pero tan buena ella me la dio), así que ya tengo en donde poder escribir; tengo una computadora de escritorio pero ya es muy viejita y tardaba años en que prendiera y luego se trababa cuando escribía y pues así no me daban ganas de hacer nada (?). Pero en verdad una disculpa y espero estar actualizando más seguido (mucho más seguido), esta historia. Y pues nada espero que les guste!


Capitulo XIV. Desesperación

Después de aquél extraño beso, no había podido conciliar el sueño, parecía como si se hubiera llevado todo su cansancio con él. Sesshoumaru había desaparecido del lugar, no se le podía sentir cerca de ahí. Su cuerpo le gritaba que se levantara y fuera tras él, pero su cerebro, esa pequeña parte que aún era racional la obligó a quedarse quieta bajo la manta.

Sesshoumaru siguió caminando un rato hasta que el aroma de aquella mujer se desvaneció lo suficiente para dejarlo pensar tranquilamente, aunque daba igual su olor lo traía impregnado ya en sus labios. El youkai quiso maldecir, pero fue más el autocontrol, además de qué a fin de cuentas había sido él quien había decidido besarla y quién decidió dejar de hacerlo; cierto, no tenía por qué sentirse de esa forma, él había tomado las decisiones.

Al final llegó la mañana, Kagome se encontraba de mal humor, no había podido dormir nada desde el incidente; además de que la sacaba de quicio el no tener idea de lo que pasaba por la mente de ese demonio. Le importó poco que se le quedaran viendo extrañados cuando volteó a ver con ojos de asesina a Sesshoumaru.

— ¿Le ocurre algo señorita Kagome? —preguntó Rin, pues se le hacía extraño ver tan de mal humor a la sacerdotisa, al menos estando lejos de Inuyasha.
— No nada Rin… sólo, no pude dormir bien —dijo cansada, no tenía ganas de andar dando explicaciones de sus acciones a nadie, pero nada podía hacer. Parecía que Rin había entendido que no tenía ganas de hablar demasiado, así que la dejó tranquila; sin embargo su enojo no disminuía conforme pasaban las horas, no, iba aumentando, porque aquél demonio parecía tan tranquilo, como si no le hubiera afectado o importado ese beso.

Caminaba como siempre, no hablaba como era su costumbre, no había rastro en él que delatara algún signo de malestar o de, de qué, ¿querer besarla otra vez?, Kagome negó con la cabeza, no, eso no volvería a pasar, pero… esa forma de ser de él, la volvía loca, y no en el buen sentido de la palabra. Ni siquiera le importaba tener que mirarla a los ojos, era como si nada de aquello hubiese ocurrido; por un instante creyó que quizá había soñado todo eso, pero no, esa clase de sensaciones que le había causado no tenían cabida en la imaginación de una humana como ella.

Como fuese, Sesshoumaru actuaba tan tranquilamente que la atormentaba. Suspiró resignada, le daría dolor de cabeza si continuaba insistiendo en un tema que no tenía ni pies ni cabeza; decidió concentrarse en lo que tendría que hacer una vez llegaran a su destino, la forma en que tendría que actuar dependiendo de las circunstancias, aunque estaba casi por completo segura de que realmente se trataba de Kikyo.

Esperaba al menos encontrarse en el camino a Miroku y a Sango, tenía la necesidad de ver cómo se encontraban. Sin percatarse habían llegado al lugar en el que se habían encontrado por última vez con sus amigos, ya estaban cerca de donde se suponía se encontraban los cuerpos de Inuyasha, Kouga y Kikyo, o al menos eso se suponía.

Se internaron rápidamente en el bosque, mientras un silbido los acompañaba a cada paso que daban, era como si el viento se empeñara en hacerlos retroceder con aquel espeluznante sonido. El aire frío parecía cortar la piel, era tan extraño que arriba de ellos el Sol estuviera resplandeciente y que ahí donde se encontraban ellos parecía que los tibios rayos del Sol no alcanzaran a entibiar un poco el suelo del lugar.

El frío se sentía cada vez más, pero eso no le impediría llegar hasta el lugar donde yacía su amor, su antiguo amor; continuaron caminando, mientras el viento enmarañaba sus cabellos, y la tierra que se levantaba impedía ver claramente. Sesshoumaru se detuvo sin aviso, Kagome chocó contra él.

— Oye qué… —murmuró quedamente, al levantar la vista se encontró con la misma escena con la que se había encontrado Sesshoumaru desde un inicio. Lo cual le causó decepción, pero en aquel lugar se podía sentir que algo ocurría.
— Mire amo bonito, todo está como lo habíamos visto —dijo el sapo verde mientras se ocultaba detrás del demonio.
Era verdad, no parecía que nada ahí se hubiera movido o que alguien más hubiese pasado por ahí, lo cual intrigó a Kagome, pues se suponía que Miroku y Sango debían haber pasado por aquel lugar; y sin embargo no parecía que hubieran llegado hasta ahí.

El silbido del viento continuaba paseando por todo el bosque, pero el frío había cesado y caían frágiles unos rayos de Sol;iluminando suavemente el rostro maltrecho de Inuyasha y Kouga, mientras el rostro de Kikyo quedaba en las tinieblas, era difícil distinguirlo desde donde se encontraban.

Kagome se acercó con sigilo, el corazón se le detuvo al igual que la respiración. Algo en el semblante de Kikyo no le agradaba para nada; se acercó más y más, hasta quedar a centímetros de ella, creyó que podría oler el fétido olor de su muerte, pero no fue así, no había ningún aroma, se acercó un poco más, la observó un rato y cayó de espaldas con un grito sofocado.

— ¡Ahhhhhhhh! —gritó aterrorizada la sacerdotisa.
— ¡Ahhhh…! —gritó también Rin, quien no había visto nada pero Kagome la había asustado.
— ¡Silencio niñas gritonas! —chilló Jacken, quien también tenía los pelos de punta y la piel de gallina.

Sesshoumaru siguió impasible en el mismo lugar, cerró un poco los ojos intentando ver lo que había visto aquella mujer para que gritara de esa forma. Entonces vio como uno de los ojos de la mujer de Inuyasha estaba abierto y se movía, intentando ver al parecer. Mientras una mueca en su boca quería imitar una sonrisa macabra.

— Ka…go me —dijo quedamente y con voz deformada, era Kikyo quien hablaba.
— ¿Qué… qué? —decía Kagome sin entender bien, con el corazón casi saliendo de su pecho logró levantarse y sobreponerse poco a poco al susto, la cara distorsionada de Kikyo le molestaba de sobre manera.

Al menos había creído que era Kikyo, pero entonces la parte de arriba del cuerpo cayó de un golpe al piso, era polvo y ramas, sólo era su ropa; en ese lugar no había rastro de Kikyo.

— Pero qué —dijo incrédulo Sesshoumaru.

Kagome seguía sin saber qué decir, el cuerpo de Kikyo se había desvanecido, entonces escuchó a Sesshoumaru pronunciar esas palabras, volteó a verlo y siguiendo la dirección de su mirada, se encontró con el árbol donde se encontraba el cuerpo de Inuyasha, no veía nada diferente, pero, un momento, ese rostro, ese no era Inuyasha, ese era una persona que no conocían, parecía algún aldeano. Volvió el rostro hacía donde se encontraba el cuerpo de Kouga, todavía conmocionada por lo que acababa de ver, y se encontró con lo mismo, un rostro que no era el de Kouga, no eran ellos.

Entonces, ¿dónde se encontraban sus cuerpos? ¿En realidad estaban muertos?

|| Mientras tanto Miroku había estado caminando sin descanso, había perdido de vista a Sango y Kirara, nada de eso le gustaba nada, sin embargo por alguna razón el Sol había vuelto a alumbrar el día, al menos ya no se encontraban en penumbras, pero el hecho de no encontrar ningún rastro de Sango lo estaba volviendo loco.

— ¿Dónde te metiste Sango…? —decía desconsolado el monje, aunque sin dejar de avanzar con paso firme. Tenía que encontrarla y encontrar a quien les había arrebatado a sus niñas de sus brazos.

Sendero tras sendero avanzaba, hasta que llegó a un peñasco, no había lugar por el cual pasar, se sentó un momento a recuperar el aliento y pensar, agachó la mirada y al levantarla se encontró con una pequeña abertura en el suelo, era como una especie de cueva subterránea, era una locura seguir por ese camino, pero estaba desesperado, quizá Sango había seguido por aquél camino, quizá por ahí estaba el rastro de quien seguían.

Sin perder el tiempo se internó en la estrecha abertura, fue bajando de apoco a gatas, fueron varios metros los que continuó avanzando de esa forma, hasta que al final el túnel se hacía cada vez más grande, ya podía continuar caminando, era un pasillo largo y oscuro, por lo que alcanzaba a ver.

Caminaba sin luz alguna, sólo lo que sus ojos alcanzaban a ver…

— ¡Miroku! —fue un chillido rápido y fuerte, le aceleró el corazón, era ella, era Sango quien había gritado, pero ¿dónde? ¿dónde estaba?

Corrió sin importarle tropezar a cada instante, el piso se volvía disparejo, pero no le importaba, tenía que llegar a donde se encontraba Sango, no la iba a perder a ella, a ella no. Corrió con todas sus fuerzas pero parecía que el túnel no tenía fin. Iba gritando a todo pulmón, pero su voz sólo se perdía en la oscuridad. Ya no había escuchado más nada.

La oscuridad intentaba consumirlo, consumir su voz y sus pasos, pero no lo iba a permitir, no, tenía que encontrar a Sango, tenía que ayudarla. No iba a dejarla, no iba a perderla.


•.Nenny Martínez.•
18 . Noviembre . 2015