Cap

Saludos, gentecilla, aquí otro nuevo capi que he escrito; tengo mucho más escrito, pero va algo después, por eso estoy intentando enlazarlo rápidamente con lo que llevo subido hasta ahora. Espero poder hacerlo hoy todo y dejarlo ya subido porque mañana me voy, pero no sé si me dará tiempo; ya se dirá.

Y gracias por la "Música para escribir", realmente me inspira (a quienes va esto ya saben quiénes son).

oo Besos oo

Ah, y… a Barbossa y al chino no los volvimos a ver ya que después de una corta y sangrienta lucha pudimos deshacernos de ellos y lanzarlos por la borda al mar lleno de tiburones que habían sido atraídos por la sangre derramada….

Cap 26

La historia de Jacke me había dejado sobrecogida. Poco a poco yo iba atando cabos. Parecía ser que había alguien más, un chino de ojos negros que parecía poseer una temible y antigua magia, que buscaba desesperadamente el agua de vida; y para que Jack Sparrow y Barbossa se pongan de acuerdo en algo tan importante como que no debe coger el Agua de Vida, el chino debe de ser alguien realmente malvado.

En fin.

Resulta que algo nos seguía, ahora que estábamos tan cerca de conseguir el Agua de Vida para que yo pudiera volver a mi casa (y darle el resto al Capitán, por supuesto). Y a mí, un hombre de ojos negros me había llevado allí sin ninguna razón aparente.

No había que ser demasiado listo para adivinar, o por lo menos intuir, que el chino me había llevado allí para conseguir el Agua porque yo tendría que encontrarla por la fuerza si quería volver.

Pero poniéndome en la piel del chino, aquello era demasiado arriesgado; corría el riesgo de que yo no consiguiera encontrar el Agua; o incluso de que aquello me gustara más que mi vida anterior y decidiera quedarme y no volver, por lo que no tendría necesidad de encontrar el Agua, cosa de la que ya me había sentido tentada en algún momento, pero echaba demasiado de menos a mi madre y a mi familia.

En aquel momento Jimmy entró en mi camarote, seguido de Jacke; yo estaba limpiando y abrillantando las gemelas mientras pensaba en todas esas cosas. Me dijeron que ya estábamos llegando a Cabo Verde.

Mientras esperábamos a que cayera la noche, Jack, Jacke, Jimmy y yo nos dedicamos a comparar los mapas de las islas de Cabo Verde con la recreación del "mapa del tesoro" dibujada por Minijack y al final encontramos una que se parecía bastante; de hecho era la única que tenía un mínimo que ver con el mapa. Era una de las islas más pequeñas, en el archipiélago de Barlovento, llamada, como decían ellos "Ilhéu Raso"; estaba formada, casi por completo por una montaña, en cuya cara norte había una pequeña bahía perfecta para echar el ancla por la noche sin que los vigilantes de la población del otro lado de la isla se percataran de nada.

Aquella noche llegamos a la bahía y echamos el ancla. La mayor parte de la tripulación se fue a la taberna del pueblo, haciéndose pasar por comerciantes, a tomar algo; otros pocos se quedaron vigilando la Perla dispuestos a dar la voz de alarma por si acaso (yo tenía muchas ganas de que la dieran porque lo que el Capitán había conseguido para dar la voz de alarma cuando todos estaban dispersos y lejos era un didjeridoo y yo quería escucharlo en algún momento) y Jacke, Jimmy, Minijack y yo nos fuimos con el Capitán a buscar el Agua siguiendo el magníficamente detallado mapa dibujado por un mono.

En fin.

Cualquiera que supiese nuestras circunstancias se reiría…

El mapa nos llevó rodeando la falda de la montaña hacia la población y yo mucho me temía que tendríamos que buscar el Agua de Vida dentro de ésta, lo que sería bastante más peligroso, por no decir sospechoso.

Llegó un momento en que Jack se quedó mirando el horizonte una fracción de segundo; sólo lo noté yo, que iba detrás de él; luego se estremeció y nos hizo apretar el paso. De pronto, parecía mucho más nervioso. Miré al mar, hacia donde él había estado mirando, pero no vi nada extraño, sólo oscuridad; una intensa y profunda oscuridad coronada de estrellas, de nuevo no había luna. ¿Sería que desde allí no se veía o que había pasado ya otro mes? La verdad era que no tenía la más remota idea de cuánto tiempo llevaba allí, ni de qué día era, ni siquiera de la semana.

El caso era que el mapa cada vez parecía acercarnos más al pueblo y al final llegamos a la puerta de la pequeña empalizada que separaba el puerto de las casitas de los pescadores. A la puerta había dos guardias. Nos dejaron pasar diciendo que formábamos parte de aquella tripulación de comerciantes que había pasado antes. El mapa nos indicó que el Agua estaba enterrada en la bodega de la mismísima taberna; maldita suerte la nuestra, allí sí que no nos dejarían cavar. En fin, tendríamos que elaborar un plan para colarnos.

Al final el plan resultó ser que Jack se quedó fuera vigilando y el mono, Jacke, Jimmy y yo nos colamos por un pequeño ventanuco, que más parecía una saetera, en la bodega y, mientras el mono vigilaba las escaleras, nosotros tres nos pusimos a buscar. De pronto, tras lo que parecía una vieja y deslustrada estantería, encontramos una entrada a un túnel. Llamamos al Capitán, entramos todos y cerramos la estantería que después se podría abrir otra vez perfectamente.

No fue difícil llegar hasta la gran gruta del final del túnel, de hecho, sólo tuvimos que caminar tranquilamente; y allí acababa el mapa. Ya no había más, el resto era cosa nuestra. Al otro lado de la gruta, había una salida, oculta tras unos arbustos, por lo que desde fuera no se veía, que daba justo a la cala de la bahía.

Minijack encontró un trozo de tierra que parecía más removido que el resto, marcado con una bandera con un reloj de arena (y un sombrero de ala ancha al que, de momento, no le di mucha importancia). Allí nos pusimos a cavar y encontramos un cofre.

Por fin, ya estaba, se acabó nuestro viaje, podría volver a casa…

Pero, por alguna u otra razón, no me sentía satisfecha; no sé; presentía que todo aquello no iba a acabar allí, tan repentinamente; como dicen en las películas: había sido demasiado fácil.

Abrimos el cofre y dentro sólo había, como yo ya me temía, un pergamino enrollado. Tres palabras. Lo encontré primero…

Nos miramos y ninguno sabía qué decir. Entonces, como para romper nuestro silencio, sonó a lo lejos un didjeridoo