Tres niños caminaban rápido por una estrecha calle de Bushwhick. Quizá unas manzanas más allá la ciudad bullera de actividad, pero por la zona en que merodeaban Liz, Patty y Diego todo estaba sospechosamente en silencio. En contraste con esta sensación, el muchacho inspiraba a las hermanas una especie de calidez, quizá producto de su desesperación, sin embargo. Ahora no sabían qué podrían encontrar en aquel lugar; deberían vivir al día, encontrar un lugar en el que poder dormir cada noche, algo que llevarse a la boca como poco una vez al día. Era lo único que rondaba sus pensamientos. No iba a ser fácil, pero sentían que al conocer a aquel chico de ojos verdosos habían encontrado una pequeña sombra a la que arrimarse.

Momentos después dieron a parar al lado contrario de la plaza, en medio del callejón que concluía en un solar, frente a un edificio repleto de balcones; su fachada se mostraba de un ocre desgastado por la intemperie y el poco mantenimiento que había recibido. Como muchos otros que habían encontrado en su camino, tenía prendas de ropa tendidas en las barandillas, pero ningún otro rastro de vida humana (mejor no dar cuentas a otros tipos de vida...).

—Aquí es —interrumpió Diego sus pensamientos—, voy a llamar a tía Camila, esperadme aquí.

Acto seguido, desapareció tras el portal. Las niñas Thompson alzaron la vista. A pesar del silencio, se sentían observadas. De hecho, ¿quién les garantizaba que no había ninguna mirada de desconfianza tras las cortinas y persianas que cubrían, parcial o totalmente, las numerosas ventanas del hogar de aquella tal Camila?

Estaba claro. Aquel era el rincón de la gente que debía luchar constantemente por su futuro, sin un momento de tranquilidad, de seguridad en su vida. Aquel era su futuro. Y eso, vaya, era mucho mejor que no saber siquiera el mañana que les podría deparar.

Diego asomó por el portal de nuevo, y les hizo un gesto silencioso a Liz y Patti para que entrasen. De la mano, las niñas hicieron caso. Del portal pasaron al piso bajo A, apartamento en el que encontrarían a la mujer que, supuestamente, podría ayudarlas.

Había poca luz, la máxima que conseguía pasar por las ventanas. Las paredes estaban empapeladas con motivos florales claramente desfasados para lo avanzados que estaban ya los años noventa, pero obviamente eso sería lo último que importaría a la dueña del lugar. Las bombillas del techo estaban al descubierto y pocos muebles, más que una mesa rodeada de sillas, un sillón y una televisión, adornaban el angosto salón. Y en una de esas sillas estaba ella: agachada sobre la mesa, cruzada de brazos, absorbiendo las últimas caladas de su cigarrillo. Probablemente hubiera pasado ya los cincuenta años; era de cuerpo rechoncho y bajito, pero no dejaba de ser imponente. Su piel era incluso más morena que la de Diego, y algunas manchas ya empezaban a aparecer por sus brazos y manos.

Camila miró de arriba abajo a las dos niñas. Sus labios estrechos se fruncieron, y su nariz, pequeña y chata, se arrugó en una mueca.

—Ellas son —habló Diego, a la vez que tomaba asiento frente a Camila y hacía ademán de cogerle el cigarro, pero la mujer esquivó al chico sin siquiera dedicarle una mirada por el rabillo del ojo—. Nunca cuela...—susurró, en una sonrisa resignada.

—A ver, vosotras —alzó el tono—, me contó Diego que venís de fuera. Necesitáis cobijo, ¿eh?

Su acento era muy fuerte. Se notaba que era inmigrante, quizá de algún rincón de Sudamérica. Liz lo suponía porque alguno de sus compañeros del orfanato tenía un acento parecido. El deje de Diego había sido suavizado por su roce con las gentes de Brooklyn, pero Camila aún lo conservaba, probablemente porque la mayor parte de su vida la habría pasado en su tierra natal.

—Sí, señora —respondió la mayor, como siempre. No quiso añadir nada más; no quería colmar la paciencia de Camila antes de tiempo.

—Decidme, dónde habéis estado hasta ahora.

—Ehm...

Liz prefirió morderse la lengua. Si les contaba que se habían escapado del orfanato, contactarían con la policía al instante y se desembarazarían de ellas. Al fin y al cabo, era lo más fácil para todos.

En ese momento Diego intervino en la conversación, y le dijo algo a Camila en español, como si las estuviera excusando. La señora replicó ante aquello, pero Diego volvió a insistir, y logró calmar el ambiente. Inmediatamente les explicó a las Thompson:

—Bueno... Camila no suele hacer favores a completos desconocidos, así que... será mejor que les habléis un poquito de vosotras...

Qué remedio. Liz comenzó a relatar su historia: la muerte de su madre, la llegada al orfanato, la razón por la que huyeron... Todo, menos que la policía andaba tras ellas, claro.

Al terminar, Camila miraba hacia abajo, reflexionando. Algo quería venírsele a la cabeza, algún recuerdo o algún dato que le sonaba en aquella historia.

—¿Cuántos años decís tener?

—Trece.

Volvió a su reflexión. El silencio se veía roto por un murmullo suave de los labios de Camila. Al momento, abrió los ojos como platos, y miró a las hermanas una vez más, de arriba abajo.

— Eso es —se decía una y otra vez. Separó la silla de la mesa y se levantó de forma brusca para acercarse a ellas— ... Patricia y Elisabeth... Esos nombres, ¿de qué me podrían sonar?... —le cogió los hombros a Liz y la miró directamente— Tu madre, ¿cuál era su nombre?

—Clara, Clara Thompson.

Camila soltó un suspiro. Regresó a su mesa e inhaló el último tiro de su cigarro. Ahora, su rostro mostraba incredulidad, alivio y un tanto de confusión. Diego había contemplado la escena sin mediar palabra.

—Clarita Thompson... Sois las niñas de Clara.

—¿Conocías a nuestra madre? —Inquirió Liz.

La mirada de la mujer se tiñó de un tinte melancólico en un segundo. Comenzó a hablar; pensaba que esas niñas debían entender el contexto en que se encontraban ahora. Debían comprender las circunstancias en que vivieron, y en las que una vez más se adentraban.

—Era una delicia de chica. Llegó a Brooklyn jovencita, con ganas de vivir y ganarse un futuro en el barrio. Como todas, vamos. Pero el mundo es cruel, y la gente es mala. Terminó endeudada, así que decidió casarse por interés. Nunca conocí al chico, a vuestro padr-...

Un silencio incómodo permaneció en el aire, pero Camila continuó su historia:

—Él la trataba como a una chacha. Aquella relación estaba acabando con ella, así que cometió un error: buscar pasión en otro hombre. Sí, tuvo una aventura. Fue entonces cuando llegaron los problemas... Clara se quedó embarazada. Los rumores corrieron como la espuma y la verdad salió a la luz.

Llegó la primera paliza. Su marido no reparó en hacerle pasar calamidades durante dos años enteros, antes de abandonarla definitivamente. Y cuando Clara fue a consolarse en vuestro verdadero padre, ya era tarde. Se había ido de la ciudad. Estaba sola y debía criar no solo a uno, sino a dos bebés.

Liz y Patti estaban desoladas. Aquello no podía ser verdad. ¿Eran ellas la causa de la ruina de su madre, la persona a la que más habían querido en el mundo?

—Aquí es donde aparezco yo. Los servicios sociales amenazaban con quitarle a sus hijas, así que vuestra madre terminó contactando conmigo para pedirme alojo y ayuda económica. Me lo devolvería cuando encontrase un trabajo... Pero las cosas se torcieron. Necesitaba dinero rápido, así que terminó vendiendo su cuerpo. Aún así, sus deudas conmigo no desaparecieron. Obviamente comprendía su situación, pero ya sabéis, yo también tengo que ganarme la vida.

Por el día Clara os criaba, siempre con su mejor sonrisa y todo su amor, y por las noches salía a trabajar. Durante el tiempo que estaba fuera, era yo quien se encargaba de vosotras, pero normalmente estabais durmiendo.

Liz y Patti estaban mudas y pálidas como la cera. De Diego se podría decir lo mismo.

—Vuestra madre se había unido al lado de la corrupción y el desastre. Odio admitirlo, pero yo pertenezco a ese lado, y parte de la culpa es mía. Se volvió adicta a las drogas, y eso le llevó a más deudas, pero con personas mucho peores que yo. Traté de ayudarla a superarlo, a dejar toda esa mierda, pero ella estaba desesperada. Dejasteis mi apartamento porque los contrabandistas os habían localizado y yo no me quería ver envuelta —volvió a callar, mordiéndose un labio y mirando al suelo—. Unos años después me llegó la noticia. A Clarita se la habían cargado de un tiro y a sus niñas se las había llevado la policía.

Ahí terminaba la historia. los tres chicos tomaron aire casi a la vez, habiendo mantenido la respiración durante todo el monólogo de tía Camila. Así que aquella era la historia de su madre. Con el paso de los años, las dos hermanas habían deducido su adicción a las drogas en base a los recuerdos que mantenían, cuando se encontraban yendo y viniendo de piso en piso... pero nunca se preguntaron dónde empezó a ir todo mal. aunque era lógico, ya que, desde que ellas tenían uso de razón, ya iban las cosas de mal en peor.

Había sido un duro golpe. Liz abrazó a su hermana.

—Y aquí habéis regresado. ¡La cabra tira al monte...! —Dijo Diego, tratando de animar la cosa, pero vista la nula reacción de los presentes se encogió de hombros y se calló de nuevo.

—Podréis quedaros esta noche. Ya pensaré en qué hacer con vosotras mañana. Ah, no esperéis vivir de gratis, deberéis encontrar alguna manera de devolverme el favor.

Dicho esto, Camila se encerró en la habitación contigua, el que suponían que era su cuarto. Diego, Patti y Liz se miraron.

—Diego, ¿tú vives aquí? —Liz preguntó.

—Unos pisos por encima. Camila ayudó a mis padres cuando pasaban por una pequeña crisis económica que casi nos obliga a irnos de la ciudad. —Se acercó un poco más a las niñas—. Bajo esa fachada de mujer tosca hay mucha solidaridad y cariño, ¡Camila ayuda a todo el mundo! Por eso sabía que debía llevaros con ella.

Dentro de la habitación, la mujer se miraba las palmas de las manos sentada a la orilla de su cama.

Aún recordaba la mirada de desamparo que Clara le mostró cuando llegó por primera vez allí, cargando con dos niñas pequeñas. Tenía marcas de maltrato físico en los brazos y piernas, y una voz temblorosa por el miedo a su futuro, pero sobre todo al de sus hijas.

El mayor fallo que cometió fue permitir que Clara surcase los bajos fondos de Bushwhick. Debió advertirle, debió alejarla de todo eso cuando estuvo a tiempo... Pero el mundo es cruel y la gente es mala.

Esta vez lo enmendaría. Ahora tenía la oportunidad de enseñarle a sus hijas otro futuro, uno un poco más luminoso. Debía hacerlo.

Hundió su rostro entre sus manos. ¿Por qué no podía ser un poco más egoísta?

¡Muy buenas a todos, lectores! He escrito capítulo nuevo. Guau, quién lo diría. No tengo mucho que decir; como siempre, siento el megarretraso y espero que haya alguien ahí todavía para leerme ^^" ¡un besazo!

-NoBreathe-