Capitulo 13.
Olía a hierba fermentada y a moho, olores a los que se imponía un hedor más intenso a sudor. La luz era turbia y el aire húmedo. Madame Anoushka no estaba por ninguna parte, pero justo cuando Candy se disponía a marcharse apareció por detrás de una delgada cortina hecha con un chal apolillado.
—Siéntese, niña. Su voz era ronca, mezcla de acento ruso y cockney. Estaba envuelta en chales y humo de cigarrillo… Seguramente venía de fumarse uno a escondidas detrás de la tienda. Detrás de las capas de kohl y rímel, sus ojos brillaron al posarse en Candy, como si acabara de recordar algo divertido.
Deslizó un platillo esmaltado sobre la mesa en el que, se dio cuenta Candy, debía depositar dinero. Rebuscó en el bolsillo del vestido y puso de mala gana media corona, puesto que no tenía nada más pequeño. No le parecía apropiado preguntarle si tenía cambio. En un visto y no visto, madame Anoushka hizo desaparecer el dinero bajo el mantel de felpilla morada y se puso a servir té de una deslustrada tetera con infiernillo. Candy se animó un poco.
Después de llevar toda la tarde de pie sirviendo té a otras personas, la idea de tomarse ella una taza le resultaba muy agradable. Era un té negro con fuerte olor a hoguera. La mujer la miró a través del vapor con los ojos glotones de un mirlo que observa un gusano.
—Creo que empezamos por mano. Siento que tiene manos de persona sincera. Enséñemelas. Caramba, pensó Candy mientras apoyaba algo incómoda las manos en la felpilla morada. Esperó que no fueran demasiado sinceras. Madame Anoushka le cogió la muñeca, le hizo poner la palma hacia arriba y se inclinó de modo que Candy pudo ver la costura blanca en las raíces de sus cabellos anaranjados. Estuvo mirando largo rato haciéndole girar la mano en un sentido o en otro, como si estuviera leyendo algo escrito de verdad.
Candy fijó la vista por encima de su cabeza en la aspidistra que había en una maceta a su espalda y dejó que sus pensamientos deambularan deliciosamente en lo que la esperaba aquella noche mientras los ruidos de la feria flotaban al otro lado de la lona. Faltaba el concurso de disfraces, luego habría que soportar la entrega de premios y recoger… Serían al menos las seis cuando por fin terminara. Para cenar, ensalada; que el reverendo Stokes se quejara todo lo que quisiera. Su vestido estaba colgado en la puerta del armario… No era más que el de lunares azul marino y blanco que solía ponerse para ir a la iglesia, pero después del verde que se había puesto la última vez, era el mejor que tenía. Se preguntó si podría darse otro baño antes de salir…
—Está usted casada. Candy dio un respingo alarmada y estuvo a punto de retirar la mano de las de la pitonisa. Le llevó un segundo darse cuenta de que se trataba de una simple aseveración, no de un reproche.
—Ah…, ¡sí! Estoy casada. Aquello no demostraba poderes psíquicos algunos, puesto que Candy llevaba puesta la alianza y sin duda Ada la había identificado como mujer del párroco.
—Hay ruptura en línea del matrimonio… Significa separación…, vivir separados. En aquel momento debía de haber montones de personas con rupturas en las líneas del matrimonio, pensó Candy. Empezaba a impacientarse. Madame Anoushka estaba siguiendo una línea en la palma de su mano con una uña larga y algo sucia; la sensación le provocó a Candy un escalofrío involuntario.
—Percibo pasión. Gran pasión. Pero también cautela. Es temerosa. No confía fácilmente. —Pasó la garra manchada de nicotina por la línea curva debajo del pulgar de Candy—. Pero tiene mucho que dar. La pasión de que hablaba. Y amor. Mucho amor que dar tiene usted. Ahora, beber el té.
Candy dio un trago del oscuro líquido. Sabía como si estuviera hecho de ceniza en lugar de hojas de té. Empezaba a estar incómoda y quería recuperar su mano. Y lavársela. Madame Anoushka se la presionaba con el pulgar, como quien comprueba la frescura de un filete en la carnicería.
—Tiene necesidades. Necesidades propias de una mujer.
Había algo lascivo en su tono de voz, como si decir aquellas cosas le proporcionara alguna suerte de placer indirecto. Aquello ya era demasiado, pero, justo cuando Candy se disponía a retirar la mano, se la soltó.
—Ahora veamos lo que dicen hojas de té. Por lo menos no le pidió que se lo terminara. Vio con alivio cómo madame Anoushka hacía girar lo que quedaba del líquido y lo volcaba en el plato. Luego estudió las hojas que habían quedado pegadas al interior de la taza y soltó un graznido de entusiasmo.
—¡Ajá! ¡Aquí lo tenemos! —La garra se cernió sobre un grumo de hojas sin forma definida junto al borde de la taza—. ¡La ostra! ¡Y también el arpa! Las dos simbolizan amor, idilio… Deseo. Y justo arriba…, eso indica el presente. —Levantó la vista de detrás del pelo algodonoso y anaranjado con una sonrisa de coqueta satisfacción—. Esta pasión se desatará esta noche… ¿Cómo lo sabía? Candy se levantó. De pronto estaba mareada y le costaba trabajo respirar.
—Gracias —dijo con voz ahogada—. Ha sido fascinante, pero tengo que... Trastabilló hacia la salida de la tienda, palpando en busca de la abertura en la lona y desesperada por salir de aquella atmósfera fétida. Nancy apartó la lona y la vio salir algo sorprendida.
—Cuidado. ¿Estás bien? Tienes cara de haber visto un fantasma. Candy se dispuso a protestar, a asegurarle que estaba perfectamente y que se debía al calor que hacía en la tienda y a las insinuaciones salaces en el tono de aquella mujer siniestra.
Pero entonces vio algo con el rabillo del ojo y se volvió para mirar hacia el final de la explanada, a una figura que estaba de pie junto a la tarima rodeada de un grupo de personas. La cabeza empezó a darle vueltas.
—Ay, Dios mío… —balbuceó. Nancy miró hacia el mismo lugar.
—¡Maldita sea! —murmuró—. Eso no es un fantasma. Es el puñetero Charles.
Estaba distinto: mayor, más delgado, más curtido. Su piel era demasiado clara para broncearse y estaba enrojecida y despellejada. Le habían salido nuevas arrugas alrededor de los ojos resultado de guiñarlos bajo el sol africano.
—Habría enviado un telegrama, pero fue una cosa tan de último momento que no hubo ocasión, en realidad. ¿Te ha sorprendido mucho, cariño?
—Bueno, sí, pero… para bien, claro. Su voz parecía venir de kilómetros de distancia. Candy dio un sorbo al té que le había servido Ada y miró por la ventana de la sacristía, a la pradera donde empezaban a reunirse los niños para el concurso de disfraces. No había ni rastro de Nancy; debía de haber entrado en la tienda de la pitonisa. Podía haberse ahorrado el dinero, pensó Candy con una punzada de ira. Menuda estafadora desvergonzada. Seguro que había visto a su esposo bajarse del taxi mientras se fumaba un cigarrillo detrás de la tienda y se le había ocurrido aquel disparate sobre la pasión y el idilio inminentes. De haber tenido verdaderas habilidades psíquicas…
—Pues me temo que tengo otra sorpresa reservada, aunque espero que esta tenga un efecto distinto. ¿A quién crees que me he encontrado en la estación Victoria? ¡A Peter! También le han dado unos días de permiso y, puesto que no tenía ningún plan en especial, le he invitado a venirse conmigo. Ha ido a la vicaría a quitarse la suciedad del viaje. No te importa, ¿verdad?
—¿Peter? ¿Peter Underwood? No, no. Claro que no. Lo cierto es que la noticia —cosa rara— no la sorprendía en absoluto y le produjo cierto alivio. Tener a Peter en casa significaba que no estaría a solas con su esposo.
—Qué buena eres, cariño. —él dejó la taza y el plato en la mesa y miró a su alrededor. Movía la rodilla nerviosamente con un exceso de energía, haciendo temblar la mesa y vibrar la porcelana, aunque no parecía ser consciente—. Tengo que decir que me he encontrado una bonita estampa a modo de recibimiento. La querida y apacible Inglaterra. La «tierra verde y hermosa» de las ferias y el té de las cinco. Lo dijo casi como una crítica. Había un trozo cuadrado de pastel de jengibre en el plato que tenía delante; había tomado un bocado y después había aplastado el resto hasta hacerlo migas. Candy quiso decirle que las cosas no eran siempre así y que los dientes del racionamiento parecían hincarse más cada semana, pero recordó de dónde venía su esposo y calló. Marjorie Walsh se acercó a llevarse las tazas vacías.
—Es maravilloso verle, reverendo, ¡y con tan buen aspecto! Le diré a Gerald que ha venido. Está usted resistiendo bien, ¿eh?
—Dios vela por mí, gracias, Marjorie, pero es bueno volver y comprobar que están ustedes cuidando de todo en mi ausencia. La feria tiene un aspecto espléndido… Aunque debo confesar que ha sido una decepción ver que este año no tenemos sus famosos scones. ¡Son la única razón por la que he venido!
—Gracias, reverendo. Quería hacerlos, pero había quienes opinaban de otra manera. ¿Ha terminado con eso? ¿Me lo llevo? Cogió el plato con migas de pastel de jengibre y miró a Candy con aire de superioridad mientras se lo llevaba a la cocina. Apareció Ada en el umbral.
—Siento interrumpir a los tortolitos, pero la están esperando para elegir el mejor disfraz, señora Andley.
En la tarima, una formación de hadas del bosque, personajes de cuentos infantiles y un auténtico despliegue de la Liga de las Naciones compuesto de niñas holandesas, bailarinas españolas y damas chinas revoloteaba y arrastraba los pies, mientras el mini-Führer tenía la vista fija en un punto, gesto hosco y un brazo levantado.
—¡Cielos! —exclamó el reverendo, incómodo.
—Este año la calidad no es lo que era —comentó Ada—. Ahora mismo cada retal que hay se usa para hacer ropas de diario y no queda nada para disfraces. Con todo y con eso, el de la niña china es muy ingenioso, con esa bata y las agujas de punto en la cabeza.
—En realidad, el mejor es el de Hitler —dijo Candy—. Sencillo, pero muy bien hecho.
—Pero de mal gusto —dijo su esposo con decisión—. No, Ada tiene razón. La niña china.
—Dio una palmada y lo dijo en voz alta enérgica—. Felicidades a todos. Habéis hecho un esfuerzo espléndido, pero ¡el premio de este año es para la encantadora damita del Oriente! Hubo una ronda de poco entusiastas aplausos.
La niña china sonrió con afectación y la actitud militar del Führer desapareció y su mueca despótica fue sustituida por la expresión de desolada decepción propia de un niñito.
Candy apartó la vista, cada vez más enfadada. Al otro lado de la explanada, Nancy salía de la tienda de la pitonisa.
—Tome, señora Andley. Ya puede entregar el premio —dijo Ada tendiéndole la inevitable lata de melocotones. Candy negó con la cabeza mientras empezaba a alejarse.
—Lo ha decidido el vicarío, así que él debería entregar el premio.
—¡Un viaje al extranjero! —le dijo Nancy mientras se acercaba—. Le he dicho:
«Espero que eso quiera decir que me voy a casar con un yanqui e irme a Estados Unidos, y no que me voy a alistar en la Marina», y me ha dicho: «Puede ser».
Y en las hojas de té me ha salido una ostra, que al parecer indica pasión. Bueno...
—Bajó la voz cuando estuvo al lado de Candy—. Menuda sorpresa, ¿no? ¿Qué vas a hacer con tu americano?
—No lo sé. —La cara de Terry se le apareció con nitidez y de pronto Candy temió echarse a llorar—. Evidentemente no puedo ir, pero ni siquiera sé dónde se aloja para mandarle un mensaje. Me estará esperando y no sabrá por qué no me he presentado.
—¿Dónde tenías que reunirte con él? Candy repitió lo que le había escrito
Terry en la carpeta.
—Mmm… El Trocadero. Tiene clase, hay que reconocerlo. —Nancy abrió su bolso y sacó un espejito cuadrado—. Pues no te preocupes, tú déjaselo a la tita Nancy —dijo comprobando el estado de su maquillaje—. ¿Sabe que estás casada?
—Sí, claro. Ay, Nancy: ¿de verdad me harías ese favor? Gracias, gracias. Dile que lo siento y que le escribiré tan pronto como pueda…
—Chis, ya es suficiente. Viene el reverendo. —Nancy dejó de mirar a Candy y esbozó su sonrisa de gatita—. Hola, reverendo Andley. Qué alegría verle en casa.
—Nancy. —La voz de él sonó tan tensa como su sonrisa—. Me alegro de verte.
—Lo mismo digo. Y tan bronceado y guapo por el sol africano. —Nancy metió el espejo en el bolso—. Me encantaría quedarme a charlar, pero me temo que esto es un hola y adiós. Tengo que prepararme para una cita importante esta noche. Le guiñó un ojo a Candy.
—Ven mañana a tomar el té —sugirió esta con cierto exceso de ímpetu—. ¡Así me lo cuentas!
—No quisiera molestar…
—No molestas. Tenemos al amigo de mi esposo, Peter, de invitado, y también estará el reverendo Stokes, así que cuantos más, mejor. ¿A que sí, Charles?
—Desde luego —dijo este, pero sin molestarse en disimular que no estaba siendo sincero. Era su marido y sin embargo seguía siendo un desconocido. Candy sabía que debía de resultarle difícil, acostumbrarse a estar en casa otra vez después de todo lo que habría visto y vivido en el desierto, pero con Peter de invitado no tuvo ocasión de hablar con él y averiguarlo, y tenía la sensación de que la odiaba un poco por no saberlo. Por no comprender. La ausencia no había hecho crecer el afecto en su corazón. Más bien había endurecido los espacios entre los dos hasta convertirlos en algo impenetrable. Soy una mala persona, se dijo mientras volvía sola de la iglesia y Charles se quedaba con sus feligreses. Mi marido ha vuelto a casa y no me alegro de verle. De hecho, me molesta que esté aquí. Cerró la puerta después de entrar y se apoyó en la pared en el frescor de la despensa, donde Terry la había besado. Me irrita la forma en que me trata como a una niña y da por hecho que no sé hacer nada bien, y sobre todo me molesta porque me impide ir a ver al hombre con quien quiero estar. Expresarlo en palabras tan tajantes le supuso un consuelo. Si lo exponía así dentro de su cabeza se daba cuenta de lo egoísta que estaba siendo, de lo poco razonable. Desleal y pusilánime, el estereotipo más vergonzoso de mujer que se queda en casa mientras su marido se va a servir al rey y a la patria. Avergonzada y más serena, cogió la coliflor (ligeramente vapuleada) del estante de la despensa y la llevó a la cocina. Por la ventana vio a Peter Underwood sentado en el viejo banco bajo el manzano. Estaba leyendo un libro, la cabeza oscura inclinada, las piernas cruzadas de esa manera precisa y tan particular suya, como si intentara tener el menor contacto posible con la pintura desconchada y musgosa. Era igual que cuando su esposo la tocaba, se dio cuenta. Aunque decía las cosas apropiadas y cumplía con las cortesías de rigor, Candy notaba que evitaba tocarla, como si estuviera contaminada. Peter no había ido con ellos a la iglesia.
Cuando Candy expresó su sorpresa a Charles, este se había mostrado hermético, como si fueran cosas de adultos que ella no sería capaz de entender. Peter había estado haciéndose algunas preguntas sobre su fe, le había dicho lacónico; por eso se habían quedado despiertos hasta tarde hablando la noche anterior. Charles confiaba en ayudarlo a superar la crisis, pero hasta que Peter no se sintiera capaz de rezar en la iglesia, necesitaba paz y espacio para pensar. Su tono dejó muy claro que el tema quedaba zanjado.
El problema es que seguía muy presente. A la hora del almuerzo, mientras la coliflor gratinada se enfriaba y cuajaba, Charles dijo una oración extralarga para bendecir la mesa agradeciendo a Dios no solo los alimentos, también la amistad, los seres queridos, el regalo de los días pasados en compañía. Peter estuvo todo el rato mirando por las puertas acristaladas, donde nubes plomizas habían ocupado los cielos azules como el delfinio del día anterior. Al mirarle a hurtadillas Candy, reparó en la expresión de deliberada resignación en su rostro delgado y sardónico y, cuando Charles terminó, dijo:
—Buen intento, amigo. El reverendo Stokes atajó la tensión cogiendo su tenedor y pinchando la coliflor gratinada.
—Los almuerzos de los domingos ya no son lo que eran.
—No —dijo Charles con sequedad—. No lo son.
La conversación durante la comida fue forzada y esporádica, la atmósfera extrañamente tensa. Peter Underwood se dedicó a empujar la coliflor en el plato con desagrado apenas disimulado y dejó el tenedor después de comerse menos de la mitad. El reverendo Stokes se animó visiblemente cuando Candy sacó el arroz con leche, pero Peter lo miró, soltó la servilleta y se disculpó en voz baja antes de abandonar la mesa. Charles le miró salir del comedor y, al cabo de pocos segundos, se levantó y le siguió, el rubor tiñendo sus mejillas como si le hubieran abofeteado. El reverendo Stokes levantó la vista de su arroz con leche un poco sorprendido.
—¿El joven Underwood no se encuentra bien? Pues es una pena, aunque así tocamos a más. Después de comer, el reverendo Stokes se retiró al cuarto de estar con el periódico y la radio.
Candy estaba fregando en la cocina cuando entró Charles y anunció que Peter y él se iban a dar un paseo. Para entonces había empezado a llover, un buen chaparrón de verano. Parecía tan tenso que Candy sintió pena por él.
—Pobrecito mío. No estás teniendo un recibimiento lo que se dice tranquilo —dijo, secándose las manos rojas como una langosta—. Se supone que estás de permiso de los problemas espirituales de los demás.
—Ser pastor de la iglesia no es un trabajo con un horario convencional —contestó Charles, como si estuviera explicando algo muy obvio a un tonto.
La llamita de compasión se apagó y Candy tuvo que hacer un esfuerzo por no sacarle la lengua cuando le dio la espalda para irse. Por fortuna Nancy llegó pronto. Candy estaba amasando para hacer tartaletas con lo quedaba de la mermelada de ruibarbo y zanahoria de Marjorie Walsh cuando oyó el timbre de la puerta principal por encima del estrépito de la retransmisión de la BBC en el cuarto de estar. Corrió a abrirle la puerta con las manos enharinadas y la condujo por el lóbrego pasillo hasta la cocina, donde cerró la puerta y enseguida la abrazó con ímpetu.
—¿Y bien?
—Yo también me alegro de verte.
—Perdona. Siempre me encanta verte, ya lo sabes, pero llevo todo el día en ascuas. Me muero por saber qué tal te fue anoche. ¿Le viste? ¿Estaba enfadado conmigo por no ir?
—Las preguntas de una en una, si te parece. Y pon agua a hervir. Necesito una taza de té.
No debería haberle metido prisa; Nancy era muy terca y le gustaba hacer las cosas a su ritmo y a su manera. A punto de chillar de impaciencia, Candy llenó de agua el hervidor y esperó mientras Nancy se acercaba a los fogones, se sacudía la falda mojada y procedía a contar la historia de cómo había tenido intención de ir andando a la cita hasta que empezó a llover a cántaros y tuvo que coger el autobús. Cuando se hubo desahogado, encendió peligrosamente un cigarrillo con la llama de un fogón y se acomodó a la mesa.
—Todo un seductor, tu americano, ¿no?
—¿Le encontraste entonces? Candy tenía los nudillos blancos mientras apretaba el rodillo de amasar. Se debatía entre el miedo y la emoción.
—Sí, claro. Le reconocí al momento. Era el bombón sentado en la barra con los ojos fijos en la puerta y expresión hambrienta, como un perro a la puerta de una carnicería. —Nancy rio—. Pobrecito mío. La verdad es que podía haber disimulado un poco su decepción cuando le dije que no ibas a ir y que me habías enviado a mí. En ese momento estuve a punto de darlo por perdido y dejarlo allí bebiendo solo.
—Pero no lo hiciste, ¿verdad?
—No, qué va. No iba a dejar pasar la oportunidad de tomar una copa gratis. O varias, como resultó luego. No es nada tacaño, ¿verdad? —Nancy echó la ceniza en un platillo de té—. Me gustan los hombres así.
—Entonces, ¿qué dijo? Quiero decir: ¿de qué hablasteis?
—De esto y aquello. De ti, sobre todo. La felicidad creció dentro de Candy igual que un sol regordete y rosa y rio.
—Pues no debió de ser una velada muy interesante entonces. Nancy cogió la cucharilla que Candy acababa de dejar en la mesa y pasó el dedo por ella para recoger y chupar los restos de mermelada.
—También quería saberlo todo del reverendo, claro. —Bajó la voz y miró a hurtadillas hacia la puerta—. Para entonces ya se había tomado unas cuantas copas. No dejaba de preguntarme si te quiere. La risa de Candy se evaporó igual que el sol escondiéndose detrás de una nube negra.
—No pasa nada, ha salido. ¿Quieres decir que si mi esposo me quiere? ¿Qué le dijiste?
—Pues ¡es que no sabía qué decir! Así que decidí contarle la verdad. —La mirada de Nancy se volvió desafiante mientras hundía el dedo en la cuchara y hacía rezumar la mermelada como si fuera sangre—. Le dije que no estaba segura. Porque debería ser obvio, ¿no? Debería ir por ahí con una sonrisa de oreja a oreja por haber conseguido una esposa como tú. —Se encogió de hombros—. Puede que me equivoque, pero no estoy segura de que ni se fije en ti y mucho menos te quiera, y esa es la verdad y nada más que la verdad. Candy se volvió, conmocionada, para abrir la puerta del horno y meter las tartaletas. Oír a otra persona, incluso si era Nancy, exponer en voz alta el secreto que llevaba meses atormentándola le resultaba sobrecogedor. De inmediato le vinieron a la cabeza una docena de respuestas: No es de los que muestran sus emociones… Su fe lo hace difícil… La guerra ha hecho imposible que tengamos un matrimonio normal… Pero no quería decirlas en voz alta y exponerse al inevitable desdén de Nancy. Por el pasillo oyeron cerrarse la puerta principal y sonido de voces en el recibidor. Aquello interrumpió los pensamientos de Candy, la sacó de su abstracción. Nerviosa, miró el desorden de la cocina.
—Ya están aquí… Y todavía no he hecho los emparedados ni puesto la mesa. La expresión de Nancy al ponerse de pie era difícil de interpretar.
—¿Dónde está el pan? Empiezo yo con los emparedados. ¿De qué los vas a hacer?
—No hay gran cosa. Pensaba rallar una zanahoria y hay lechugas en el jardín… Voy a abrir una lata de carne de cerdo. Cogió el paño del escurridero y estaba frotando los restos pegajosos de masa de la mesa cuando se abrió la puerta de la cocina. Las mejillas de Charles estaban más rojas que nunca y tenía gotas de lluvia como cristales en el pelo rubio. Cuando entró miró a su alrededor nervioso y, aunque se fijó en las superficies enharinadas, en el tarro de mermelada abierto en la mesa y la cuchara pringosa junto a él, no pareció ver a Nancy.
—El té estará pronto, espero. Peter tiene que coger un tren.
—Sí. Estaba a punto de poner la mesa. —Candy señaló la bandeja en la encimera, sobre la que había puesto tazas y platos. Charles frunció el ceño.
—¿Esas tazas? —Emitió un leve sonido de irritación que no llegaba a ser risa—. ¿No podríamos usar las que nos regaló la tía Edith por nuestra boda? ¿Las que tienen un dibujo de rosas?
—Pues claro… Perdón, qué tonta soy. Hace tanto que no las usamos que me había olvidado de ellas. Voy a buscarlas. Fue hasta el comedor y abrió la puerta del aparador de madera de roble. El juego de té estaba colocado con cuidado en los estantes y sacó las tazas y les quitó el polvo con el delantal. Le había hecho tanta ilusión recibirlas… Qué raro que se hubiera olvidado de ellas. Las dejó sobre el aparador y miró la fotografía de bodas que estaba allí y reparó en que también estaba cubierta de polvo. Acababa de cogerla y estaba pasando la esquina del delantal por el cristal cuando apareció Charles en la puerta.
—¿Las has encontrado?
—Sí. —Candy sostuvo la fotografía en alto y sonrió, con timidez repentina—. Ya ha pasado casi un año. No hemos tenido un comienzo de matrimonio muy propicio, ¿verdad? Fue un intento, quizá no de salvar el abismo que había entre los dos, pero al menos de constatar su existencia. De restablecer algún tipo de conexión, por pequeña que fuera.
—Siento no haber estado a la altura de tus expectativas —dijo Charles con frialdad—. Te sugiero que dejes de leer esas noveluchas atroces que te llenan la cabeza de tonterías románticas. Y ahora ¿sería mucho pedir que Peter tomara el té antes de irse? Salió y Candy se quedó sola todavía con la fotografía en las manos y sintiéndose de lo más tonta.
Nancy tiene razón, pensó con cierto asombro mientras dejaba la fotografía en su sitio.
No me quiere. Nunca me ha querido. Siempre lo he sabido, pero no quería reconocerlo. Lo cierto es que no me quiere en absoluto.
Esperó a sentir el dolor, pero en lugar de ello fue como si le quitaran un peso de encima, el peso de la culpa, supuso. Dentro de su cabeza las nubes se disiparon y salió el sol.
Continuará...
