Disclaimer: Los personajes pertenecen a JK

Ya, ya está, ya estoy aquí, perdonad el retraso! Es que a la vuelta de vacaciones tuve que ver a mucha gente, a amigos y familiares, mi abuelo se puso muy enfermo y lo tuvieron que operar, mi novio me regaló una gatita siamés que encontró en la calle y tuve que ir al veterinario, comprarle sus cosas y acostumbrarla a mi casa... En fin, que he estado ocupada, mis más sinceras disculpas y gracias a los que me mandasteis mensajes y dejasteis reviews para que actualizara, gracias gracias gracias y lo siento mucho por tardar T_T Siento que el fic es querido ^^

Sin más, nuevo capítulo:


CAPÍTULO 14: AUTOODIO

Estaba harto. Harto de verla todos y cada uno de los desdichados días que pasaban encerrados en aquel lugar, harto de vigilarla, harto de soportarla, harto de cuestionarse su forma de vida, harto de que el aburrimiento encendiera un deseo que en condiciones normales no sentiría.

No lo había sentido jamás en Howarts, no lo había sentido cuando la volvió a ver en Godric's Hollow, y tampoco lo sentía ahora mismo. ¿Verdad?

Recordó la noche anterior. Lo único que ambicionaba, la única cosa que tenía en la cabeza era acostarse con Granger. Un mero capricho de crío enrabietado, gracias a Merlín que no lo había hecho. Era la clase de cosa que harían mortífagos del tipo de Crabbe o Zabbini, pero no él. Quizá si la sangre sucia en cuestión mereciese mucho la pena, pero no era el caso. ¿Que Granger era inteligente? Puede, pero también era una niñata insoportable. Además, para ser sinceros, no es la capacidad mental lo que buscaba en una mujer.

Y ahora lo tenía todo muy claro, el problema es que no siempre era así. Pero tenía que ser inflexible, tenía que arreglar, en medida de lo posible, los deslices cometidos.

Unos ojos fijos en él lo hicieron salir de su ensimismamiento. Ella estaba despierta.

-Tú y yo tenemos cierto asunto pendiente.

La chica titubeó confundida. Lo primero que recordó fue lo que habían dejado a medias el día anterior.

-¿Qué? –fue lo que alcanzó a preguntar.

Él se dio cuenta de lo malinterpretable de la frase al segundo de pronunciarla, y se apresuró a aclarar sus intenciones al ver que ella también la había entendido en el sentido erróneo.

-No te equivoques Granger, lo de ayer fue un error, y no volverá a repetirse. Vístete. –Acto seguido le tiró de mala manera su camiseta, que el día anterior había acabado en el suelo.

Esto acabó de despejar a Hermione, y aunque no pronunció palabra, su expresión mostraba la indignación que sentía.

El rubio se alegró al comprobar que obtenía cierto placer malsano al humillarla, tal y como siempre había pasado. Así debía ser.

-Ya veo. –dijo ella secamente.

Parecía que iba a continuar hablando, pero se calló, dejando al mortífago en suspenso.

Tras un par de segundos de silencio, la impaciencia lo venció.

-¿Ya ves qué? –cedió con irritación.

-Que por cada paso adelante, das dos hacia atrás. Debe ser agotador arrepentirte de todos y cada uno de tus actos.

Hablaba de nuevo con ese aire de superioridad, como si estuviese por encima de él. La que nunca se equivoca, la que asume la responsabilidad de todo lo que hace, la señorita perfecta. Era lo que más odiaba de ella, que se atreviera a juzgarlo. Lo sacaba de sus casillas. Ya en los pasillos de Howarts pasaba a su lado con la nariz apuntando al techo, como si fuera demasiado buena, demasiado inteligente como para perder su tiempo con las pobres criaturas que la rodeaban.

Y desde entonces él había considerado su deber ponerla en su lugar.

-Francamente Granger, me importa poco lo que pienses. Cometí un error, lo admito. Creí que podría ser una experiencia entretenida relacionarme con una de tu clase, pero me equivoqué. Eres demasiado… sosa, insípida, como para que merezca la pena ensuciarme las manos.

Hermione lo miró como si no se lo pudiera creer. ¿Cómo se atrevía a repudiarla así ahora? Había dejado que la besara, que la tocara, algo que no le había permitido jamás a nadie. A nadie. Había depositado su confianza en él, confianza en que podía llegar a cambiar, y parecía que lo estaba consiguiendo, pero ahora todo lo que obtenía a cambio era desprecio. Empezaba a ver como sus amigos tenían razón, como todos la tenían. Malfoy no era una pobre víctima de las circunstancias, era una circunstancia en sí misma. ¿Y qué si de mes a mes le da un espasmo de lucidez y bondad? ¿De qué sirve si a la mañana siguiente reniega de todo, si nada le importa más que sí mismo? Siempre había sido así, y siempre sería así. Su cabezonería le había impedido darse cuenta antes.

-Tú eres quien no merece la pena.

En su voz había enfado, y había dolor, y por encima todo había decepción.

Una chispa de furia brilló en los ojos grises, pero se extinguió de pronto.

-En cualquier caso, estoy dispuesto a ofrecerte un trato. Yo no cuento nada de esto, de forma que tu reputación se mantenga… limpia, por decirlo de alguna forma, y tú me dices lo que busco. La palabra entera.

Una sonrisa sardónica apareció en la cara de la Gryffindor.

-No hay trato, Malfoy. A ti te conviene tan poco o menos que a mí que esto se sepa, no lo contarás. No tienes nada que ofrecerme.

-Te recuerdo que yo ya no tengo apariencias que guardar. Como tú misma has dicho más de una vez, ya no tengo seguidores, familia, amigos, nada. Cuando no tienes nada, no tienes nada que perder. Por no hablar de lo bien que me lo pasaría viendo la cara que ponen Pipi-Potter y la comadreja.

-Las amenazas no te servirán conmigo. Cuéntaselo a quien quieras, al fin y al cabo es la verdad.

-¿Tan poco te importa romperle el corazón a Weasel? Vaya, eres más zorra de lo que pensaba, eso me gusta más. –una torva sonrisa se extendió por su pálido rostro.

-No te atrevas a hablar de él. Está por encima de ti, en todos los aspectos.

-Pues te has dado cuenta un poco tarde. –respondió con cierto matiz de resentimiento bajo la máscara de antipatía- Si tan bueno es, ¿por qué anoche…

-¡Cállate! –rugió ella. – Claro que me importa lo que le pase a Ron. Pero no voy a vendernos a todos sólo por encubrir mi error. Eso es algo que harías tú, no yo. Ni siquiera espero que lo entiendas, tu infinito egoísmo te lo impide.

-Como gustes pues. Pero no te arrepientas cuando le cuente cada ínfimo detalle, cada gesto, cada palabra, cada descripción de cómo te has dejado tocar por mí en partes de tu cuerpo que él ni siquiera ha visto.

-Descuida, no lo haré. –contestó con rabia contenida.

Pero en su odio y rencor ciego hacia ella, siguió escupiendo veneno.

-Tampoco me olvidaré de mencionarle cuánto disfrutaste con ello. ¿Curioso, no? Él siempre te ha tratado como una reina y lo único que ha logrado ha sido tu compasión. Sin embargo yo te trato como lo que eres y en una noche ya consigo casi todo de ti. Quizás sea ese el secreto, te pone que te traten como un objeto, como una puta.

-Es muy probable. Yo tampoco le veo otra explicación a haberme fijado en un monstruo como tú. Lo único que tienes es esa cara bonita, pero por dentro estás podrido. Me das asco.

Los labios de Malfoy se arrugaron y entrecerró los ojos, mirándola exactamente igual a como la miraba en Howarts. Deseaba cogerla entre sus dedos y aplastarla como un insecto, hacerla callar de una vez por todas.

-Ten cuidado con lo que dices sangre sucia, mi paciencia tiene límites.

-¿Y bien?¿Qué vas a hacer? ¿violarme? No lo creo, te asquearía volver a tocarme –apuntó con rencor.- ¿Matarme? Adelante, pero lo que buscas morirá conmigo. –replicó mordaz.

-Puedo hacer cosas peores, no me pongas a prueba.

-No lo hago, tranquilo. Ya sé todo lo que había que saber de ti, no quiero ver más de la misma porquería.

-Qué equivocada estás. Si fuera cierto no osarías hablarme de esa manera, ni siquiera mirarme.

-No le temo a unos ojos, y aún menos a los tuyos. Siento decepcionarte, pero no impones tanto.

La varita estaba a punto de partirse de la presión con la que la agarraba. Quería lanzarle un Cruciatus, hacerla retorcerse de dolor en el suelo y que le suplicara perdón por su insolencia. E iba a hacerlo.

Cuando estaba a punto de sacar la varita de una vez por todas, un ruido en la planta baja los alteró a ambos.

Tras varios segundos de quietud alzó la voz.

-¿Pansy?


-¿Cómo un tío con esta pinta puede trabajar en el Ministerio?

-¿Tan mal estoy?

-Mhm.. ¿recuerdas a Igor, el ayudante jorobado de Fudge?

-No digas más.- dijo Harry al pelirrojo con desánimo, mirándose las delgadas y larguiruchas piernas entre los mechones de pelo graso que pendían de su frente. Era asqueroso estar dentro de ese cuerpo.

-Ocho y veinticuatro, debemos irnos. –anunció el duende desde la banqueta de la cocina de Fleur y Bill.

-De acuerdo, ¿preparados?-preguntó el moreno.

Ron miró de soslayo a Griphook y le indicó con un gesto que se subiera a su espalda. No le hacía mucha ilusión tener que cargar con el antipático duende, pero intentó disimularlo. Al menos no tenía que convertirse en Rookwood.

Una vez listos y con la capa invisible por encima, se desaparecieron en la esquina de Flourish y Blotts, a dos minutos de Gringotts.

Harry echó a andar, escondiendo como podía la expresión de incomodidad y nervios que estaba seguro de tener. En lugar de ello probó a poner cara de odio, más acorde con su nueva apariencia.

Sus pies no tardaron en mojarse al hundirse en la espesa capa de nieve que cubría el callejón, y que hacía del andar una tarea dificultosa. En parte lo agradeció, de esta forma era más fácil ignorar las miradas de desconfianza de los transeúntes, y sobre todo ayudaba a evitar que cualquier aliado de las fuerzas oscuras decidiese pararse a charlar con él.

Sin embargo un exceso de concentración lo precipitó a chocarse con una persona. Y por supuesto que la persona en cuestión tenía que ser un mortífago.

-Rookwood.. Que extraño, tú fuera del Ministerio.

Harry lo reconoció. Un mortífago de voz fría llamado Travers, era uno de los que los habían perseguido en casa de los Lovegood.

-Travers, cuánto tiempo sin vernos.

-Si dos días te parecen mucho tiempo…

-Una eternidad. –contestó Harry, intentando arreglar la metedura de pata.

Gracias a Merlín, el mortífago se echó a reír.

-¿Te has enterado ya de lo de casa de los Malfoy?

Se hizo el loco.

-No, la verdad no sé de qué me hablas.

Travers miró hacia los lados y se aproximó más para hablar en susurros.

-Querían mantenerlo en secreto, pero Colagusano me lo ha contado. Bueno, a mí, y a todos los que ha podido. Resulta que Bellatrix y los Malfoy están confinados en la Mansión desde hace una semana y media, al parecer… capturaron al Indeseable número 1… y escapó.

-Vaya, menuda lástima. –Travers frunció el ceño, mirando a Harry como si se hubiese vuelto loco, por que se apresuró a añadir. –Quiero decir, qué inútiles. Los Malfoy son una panda de imbéciles lameculos, pero ya se les está acabando el cuento.

La cara de Travers volvió a cambiar, le sonrió con complicidad.

-Primero lo de la traición de su heredero… y ahora esto, están acabados.

Puede que debiera dejarlo pasar, pero a Harry le picó la curiosidad.

-Cierto, lo de Draco Malfoy, ¿no? Tampoco estoy demasiado al tanto de eso, el trabajo del Ministerio me absorbe demasiado tiempo…

-¿Cómo no vas a saberlo? ¡Lo del hijo de Yaxley, hombre!

-Ah... ah sí, cierto. Ese hijo…tan… sí.

-Vale que fuese un niño, pero cometió un error al dejarlo con vida. Sabía que estaba en el punto de mira de todos, todos nosotros estábamos esperando a que cometiese un error. Debería haber actuado más fríamente… pero que sea un traidor nos beneficia, ¿cierto? Los Malfoy fuera, un paso más cerca de ser la mano derecha del Lord.

-Sí, cierto… -Harry estaba anonadado por lo que acababa de escuchar. ¿Malfoy arriesgando su cabeza y la de su familia por salvar a un niño? No podía creérselo. –Escucha, Travers, tengo que irme ya, debo pasar por Gringotts antes de volver al Ministerio.

-¿Gringotts? Suerte con esos condenados duendes.

Harry hizo un gesto de despedida con la mano y continuó su camino.

En nada llegó a la entrada del banco y cruzó la puerta tras asegurarse que había otro par de huellas impresas al lado de las suyas.

El lugar estaba bastante concurrido y nadie reparó en él excesivamente. Echó un vistazo a su alrededor y eligió su presa: el duende con menos personas alrededor estaba en uno de los mostradores del fondo.

Atravesó la estancia a una velocidad normal, ni demasiado deprisa ni demasiado despacio, intentando aparentar una seguridad que ni de lejos sentía.

Estaba a dos pasos del mostrador y el duende en cuestión levantó la cabeza y lo observó con suspicacia, como hacían todos los de su especie.

-¿Qué desea, señor…?

-Identificación por favor.

Harry se giró al sentir una pesada mano en su hombro.

Un hombre de coleta gris y penetrantes ojos marrones lo escrutaba serio.

Tratando de no perder la calma, respondió todo lo que se le ocurrió sobre el hombre al que usurpaba.

-Rookwood, Augustus. Departamento de Misterios en el Ministerio de Magia.

El hombre permaneció grave, y una expresión de desconfianza alarmó a Harry.

-¿No me conoces?

Ahora sí que no supo qué responder, ni qué hacer. ¿Deberían lanzarle una maldición también a éste, o salir corriendo? Mientras su cabeza daba vueltas tratando de buscar alguna escapatoria, el hombre de la coleta irrumpió en carcajadas.

-Tienes una memoria de pena, Augustus. Hace tres días que te enseñé mi nueva apariencia y te has olvidado por completo. Soy Nott.

¿Nott? ¿Theodore Nott? Tenía entendido que también se había pasado al bando de los mortífagos. Pero, ¿por qué el disfraz?

-Oh, lo siento mucho Theodore. –lo llamó por su nombre de pila ya que él había hecho lo mismo.- la edad juega malas pasadas.

Nott frunció levemente el ceño, esbozó una dubitativa sonrisa.

-¿Qué haces aquí?

-Asuntos del Ministerio, ya sabes… si no te importa tengo prisa. –fue todo lo que se lo ocurrió para que lo dejase en paz.

-Descuida, nos vemos, Augustus.

Harry respondió con una inclinación de cabeza y se volvió hacia el duende.

-Verá, querría… entrar en una cámara.

-¿La suya, señor Rookwood?

-No… la mía no…

Lo miró extrañado y Harry dio un golpecito en el suelo con la pierna. Era la señal. No pasó nada.

-¿Qué es lo que dice?

-Digo que… quiero.. entrar en otra cámara. –dijo Harry enfatizando mucho las palabras y dando otra patada al suelo.

De pronto, la expresión del duende tornó a una de sobresalto, y más tarde a una de desorientación.

-Llévenos a la cámara de Bellatrix Lestrange. –susurró una voz sin cuerpo detrás del hombro del moreno.

El duende se levantó con la mirada perdida, y les dijo.

-Por aquí, por favor.


Bajaban a toda velocidad por las galerías subterráneas del banco. Ron y Griphook se habían quitado ya la capa invisible, y la cara del pelirrojo estaba más blanca de lo normal. Hasta las anaranjadas cejas parecían ahora más pálidas.

-¿Por qué tardaste tanto en hacerlo? Podían habernos descubierto, había mortífagos merodeando por si no te has dado cuenta. –Recriminó Harry.

-No es tan fácil, ¿sabes?. Nunca había conjurado una imperdonable. –se defendió, molesto por el tono de su compañero.

Cuando Harry se disponía a replicar, algo le cortó el habla. De pronto sintió que su trasero se despegaba del carrito en el que viajaban y un hormigueo le subía por el estómago. Estaban cayendo. Una cascada de agua salida de alguna parte los estaba empapando. Increíblemente consiguió reaccionar a tiempo.

-¡Aresto momentum!.

El hechizo disminuyó la velocidad de la caída hasta neutralizarla, y posó delicadamente sus cuerpos sobre la Tierra. Eso los había salvado, quién sabe si de la muerte.

-Han activado las defensas, saben que somos impostores.

-¿Por qué vuelvo a ser yo? La poción tenía que durar como mínimo media hora más.

-El agua de la cascada quita todos los hechizos. De hecho, deberíais reformular el Imperius.

Lo hicieron, y el otro duende volvió a quedar atontado.

-¿Y ahora qué? –preguntó Ron.

-Seguidme, sé el camino.

Griphook se abrió paso entre las grutas y los llevó hasta una cámara más grande. Tan grande era que cabía un dragón, literalmente. El duende hizo sonar un cierto utensilio de metal y el dragón se apartó, dejando ver la cámara de Bellatrix.

Parecía que de momento estaba saliendo bastante bien el plan, sólo quedaba encontrar la copa y marcharse. El problema vino cuando descubrieron el encantamiento de los objetos de la cámara.

Sirviéndose de la espada, Harry consiguió coger la copa de entre el mar de copias que se multiplicaban. En cuanto la tuvo, la metió en el bolsillo, y cuál fue su sorpresa al comprobar que Griphook le arrebató la espada de Gryffindor y abrió las puertas para huir con ella. Ahí iban sus esperanzas de destruir los horrocruxes. Pero ahora lo importante era salir.

Cuando cruzaron la salida de la cámara ya no había ni rastro de Griphook. Sin embargo, no estaban solos.

Nott miraba a Harry fijamente.

-Potter… vaya, me ha tocado el gordo.

-Así que has sido tú quién nos ha descubierto.

-Digamos que tu interpretación de Rookwood no fue muy convincente…

-Ajá… y supongo que ahora nos capturarás.

-Exacto. –dijo con una media sonrisa- ¡Petrificus Totalus!

Harry y Ron esquivaron el encantamiento con facilidad, se lo esperaban.

Inmobilus!

Nott también esquivó el hechizo, y no esperó para contraatacar.

Everte statum!

Harry intentó lanzarse a un lado, pero Nott tuvo tanta puntería que le fue imposible y el golpe le dio de lleno, haciéndolo saltar por los aires.

-¡Harry! Mierda, ¡Expelliarmus!

Nott volvió a salir airoso, estaba ya acostumbrado a las batallas y duelos, no sería fácil derribarlo.

-Mmm… un Weasley como adversario… me estoy pensando si rebajarme…

Expulso! –vociferó Ron, enfureciéndose aún más al no dar en el blanco.

Crucio! –proliferó el mortífago instantáneamente.

La varita de Ron resbaló de su mano y su cuerpo comenzó a contornearse de dolor. Harry estaba en una esquina tratando de incorporarse para poder recuperar su varita.

-¡Aguanta Ron! –gritó el moreno, cojeando, mientras corría hacia la varita.

Nott se dio cuenta y decidió interrumpir el cruciatus por un segundo, en el que le lanzó un nuevo embrujo a Harry.

Cistem Aperio! –y Harry volvió a ser golpeado fuertemente contra la pared, lejos de su varita.

Ron quería coger la suya también, pero sus músculos estaban rígidos del dolor, y le resultaba imposible.

Nott volvió su mirada al agónico pelirrojo y sonrió.

-¿Por dónde íbamos?

Lo apuntó con su varita y abrió la boca para decir el hechizo.

Desmaius!

Y Nott cayó al suelo inconsciente.

Harry y Ron levantaron la cabeza, aturdidos, preguntándose quién podría haberlos salvado.

Una ancianita encorvada y enjuta de moño gris se acercó a donde ellos.

-¡Gracias, muchísimas gracias! –exclamó Ron, tremendamente aliviado, habiendo agarrado ya su varita.

-Espera Ron, no te confíes. Quizás sea un disfraz, como el de Nott.

-¿Quién es usted? ¿Por qué nos ayuda?

-¿No lo adivinas, comadreja?- respondió la mujer, dejándolos estupefactos.

-¿Malfoy? ¿Te has travestido? Siempre sospeché que eras un poco amanerado pero…

- Veo que tu cerebro sigue estando más seco que una pasa, Weasel. Claro que no soy Draco. Pero a él lo veréis en nada.

-Parkinson…

-Si es que queréis recuperar a vuestra sangresucia, claro. Creo que Draco ya está cansado de tenerla como mascota, es bastante incordio.

Ron apretó los puños, y se relajó un poco al sentir la mano de Harry apretando su antebrazo en señal de conforte.

-Seguidme antes de que vengan los duendes.

Pansy abrió el bolsillo de su chaqueta y sacó de él un diccionario de bolsillo, que tiró al suelo.

-Es un traslador, vamos.

-Nadie puede desaparecerse en el interior de Gringotts.

-Por si no te has percatado, Gringotts ya no lo controlan los duendes, Potter.

-Espera Harry, no sabemos adónde va ese traslador.

-Lo tomáis o lo dejáis, pero es vuestra única oportunidad de "rescatar" a la sangresucia.

Los amigos se miraron. Era la única forma, tanto de recuperar a Hermione como de salir de allí. Se dieron la mano y Ron cogió el diccionario, desapareciendo tras echarle una mirada mortífera a la "anciana".


-¿Pansy?

Al principio nadie respondió, pero tras unos segundos un estruendo de muebles explotando y volcando alarmó al rubio.

Corrió hacia la puerta para bajar a toda prisa, pero recordó que no podía dejar sola a Hermione. Con un bufido de irritación e impaciencia volvió atrás y la cogió bruscamente por la muñeca, arrastrándola con él. Ella no se resistió, también quería saber lo que estaba ocurriendo abajo, pero no podía evitar quejarse de la fuerza con la que el mortífago tenía presa su muñeca.

Bajaron corriendo las escaleras, y ambos se quedaron congelados al encontrarse con Harry en el corredor de abajo.

Tras dos segundos de estupor, una tercera persona los sacó del pasmo.

-¡Ron! –exclamó Hermione.

Draco reaccionó deprisa, sujetó a Hermione por el brazo en lugar de la muñeca, y le hincó la varita en el cuello.

-Moved un solo pelo y muere. –amenazó.

Ron estiró la varita en dirección contraria a donde estaban.

-Hazle algo y vuelo la cocina.

La cara de Malfoy fue un poema.

-¿Qué cojones me va a importar que vueles la cocina, imbécil?

-Que tu novia está dentro inconsciente, "imbécil". –replicó Ron. - ¿Quién crees que nos trajo hasta aquí?

Draco se maldijo interiormente. ¿Y ahora qué podía hacer para atraparlos?

-Chicos marchaos, idos sin mí. Tenéis una misión importante que hacer, yo estaré bien. Estoy bien.

-Hermione Granger no digas eso ni en broma, no vamos a abandonarte aquí. –sentenció Ron sin dejar de apuntar a la cocina.

Los cuatro de miraron durante largos segundos. No podían hacer nada, se habían quedado sin movimientos, y se quedaron en silencio hasta que la castaña gritó:

-¡Cuidado Ron!

-¡Expelliarmus!

La varita de Ron salió volando y Pansy apareció ya habiéndose pasado el efecto de la multijugos.

Hermione reaccionó rápido y le propinó un codazo a Malfoy, que le dio tiempo a agacharse, recoger la varita de Ron y apuntar a su captor.

Antes de que Pansy la atacara, Harry le lanzó un Intactio, que desvió. Entonces Hermione apartó la varita de Malfoy e inmobilizó a Pansy.

Expelliarmus!

Harry desarmó a Malfoy antes de que éste atacara a alguno.

Ron recogió la varita de Malfoy del suelo y los tres lo apuntaron.

El rubio se quedó inmóvil observándolos con altivez, aun a sabiendas de que había perdido.

-¿A qué esperas, comadreja? Atácame, ahora que puedes. No creo que me vuelvas a encontrar desarmado.

-No soy un maldito cobarde como tú, Malfoy. Además no soy tan idiota de atacarte con tu propia varita sabiendo que puede ir en mi contra.

-¿Ah no?

Malfoy se acercó peligrosamente a Ron, con intenciones de abalanzarse sobre él, con o sin varita. Pero entonces notó algo clavándosele en el pecho.

Miró hacia la derecha. Hermione mantenía el brazo rígido y firme, casi tanto como su mirada.

-Aléjate de él. Deja de desquitarte con los demás por culpa de tu propia miseria. Tú solito te has buscado todo esto.

Hermione se sintió temblar por dentro cuando el rubio la fulminó con la mirada, pero se mantuvo en su posición. ¿Ahora qué eran, la pareja más amorosa y unida del mundo? Era vomitivo, sobretodo sabiendo que tan sólo unas horas antes Granger estuvo a punto de entregarse a él.

-No te atrevas a apuntarme con eso, sangresucia. –siseó con el mayor desprecio del que fue capaz.

Al instante ya tenía su propia varita hincándose en su gaznate, impidiéndole incluso tragar saliva.

Ahora sus ojos se posaban alternativamente en Ron y Hermione, y se mantenía arrogantemente erguido.

Entonces ella apoyó su mano en el hombro del pelirrojo.

-Déjalo Ron, no merece la pena … ensuciarse las manos. –declaró la chica mirando a Malfoy de arriba abajo con amargura. –Vámonos de aquí.

Ron bajó la varita lentamente, a regañadientes.

Hermione cogió de las manos a sus amigos, y sin dedicarle siquiera una última mirada, se desapareció.

Él se quedó de pie en las escaleras. Los puños apretados. La mirada fija en el lugar donde habían desaparecido.

Estaba cabreado, muy cabreado y muy aturdido. No sabía a quién odiar más, si a ella, o a sí mismo.

Estaba muy bien antes… cuando sólo tenía que atraparla y llevarla ante el Señor Tenebroso, cuando no le tenía el más mínimo respeto, cuando se sentía superior a todo y a todos, cuando le traía sin cuidado cualquier cosa que ella pudiera decirle. Cuando sólo cumplía órdenes, cuando tenía que cargar con la responsabilidad de su apellido, cuando tenía que torturar y matar a los traidores, cuando no sentía nada aparte del vacío de su existencia. No, entonces tampoco estaba mejor. No había en su jodida vida un miserable instante en el que se sintiese en paz, conforme consigo y con lo que hacía. Egoísmo, odio, autoengaño, cobardía… putrefacción, muerte. Ella tenía razón en todo, absolutamente en todo lo que le había dicho.

Cómo la detestaba, a la muy hija de puta.


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