Advertencia:Cualquier parecido que veas en ésta historia con otras ajenas a mi persona, es la simple señal de que lo que te estás fumando no es nada bueno, o que necesitas urgentemente comprarte una vida.

Disclaimer: Odio decirlo, pero "Axis Powers Hetalia" como obra maestra no me pertenece, sino a Hidekazu Himaruya. No es mi intención lucrar con su creación, sino hacer de ésta historia una actividad de mero entretenimiento para quien se interese en leerla.


XIV

Cuando Feliciano se hundía hacia las profundidades del océano, producto de los pesos atados a sus tobillos, un sentimiento de desesperación y angustia se apoderaron de él. Para empeorarlo todo, también visualizó a su hermano y a Antonio, varios metros más debajo de él, ambos ya en un estado de semi-inconsciencia, posiblemente muertos.

Y sólo pensar que a Ludwig y él les deparaba el mismo destino, gatillaron a tal punto sus emociones que, tal vez, sólo por esos segundos Feliciano hubiese preferido jamás embarcarse en dicha odisea.

Las lágrimas querían brotar de sus ojos, pero la presión del agua no dejó siquiera que la tristeza asomara. No podría aguantar la respiración por mucho tiempo más… ¡El agua entraría directamente por su nariz y boca, llenaría sus pulmones! ¡Moriría!

Justo cuando comenzaba a cerrar los ojos, víctima de una derrota mental y emocional, sintió que su cuerpo se volvía ligero, y como pluma, flotaba en el agua… ¿Era así cómo se sentía cuando el alma abandonaba el cuerpo, y subía al cielo? Tal vez… ascendía poco a poco, suavemente, balanceado por las corrientes marinas. Una fuerte luz blanca comenzó a darle de lleno en el rostro, volviéndose más intensa conforme más tibia y calma se hacían las aguas.

Cuando ya el resplandor llegó a su máxima potencia, sintió que la presión del agua lo expulsaba hacia aún más arriba. La brisa helada, el ruido de las olas y el olor salino, golpeó en sus cinco sentidos con tal brutalidad que Feliciano despertó de su desmayo inmediatamente.

— ¿U-uh…?

Y en menos de lo que pensaba, estaba recostado sobre la arena caliente de una playa cercana, estilando, lejos del las terribles aguas que, por poco, se lo habían tragado.

— ¿Estás bien…?

— Ve~…

— Jo… der…

Feliciano pestañeó repetidas veces, antes que pudiese aclarar bien su visión. La intensa luz blanca hacía que todo se asemejara a siluetas desenfocadas, aunque poco a poco, éstas tomaban forma.

Distinguió a su lado un rostro juvenil y dulce, con un par de enormes ojos castaños brillando en un rostro bronceado por el sol, en el que también figuraban unos labios gruesos, extendidos en una sonrisa de alivio. Para finalizar, una cortina de cabellos oscuros, amarrados en dos coletas que caían sobre sus hombros desnudos, daban un toque encantador a su cara redonda y adolescente.

— ¿U-un… ángel?

— ¡Una sirena…!

— ¿Una…?

El príncipe italiano bajó la vista, y en efecto, descubrió que reemplazando sus piernas, había una larga extremidad cubierta de escamas celestes que finalizaban en una cola de pez. Feliciano, sorprendido, se incorporó de un salto y retrocedió varios metros, en dirección al resto del grupo.

— ¡E-eek…!

— ¡Ah, están sanos y salvos! — celebró la joven — Oh, Dios ¡Qué gran trabajo nos dieron a mis hermanas y a mí! Esos nudos estaban realmente apretados, y se encontraban a muchos metros mar adentro. Por suerte reaccionamos muy rápido, y pudimos nadar con ustedes hasta la orilla— relató emocionada.

— ¿Ustedes nos…?— Ludwig aún no podía salir de la sorpresa — Oh, Santo cielo… creo que ya lo he visto todo…

— ¡Eh, pero qué bien! ¡Estamos vivos! ¡Vivos! — Antonio comenzó a brincar de felicidad — Dime, linda ¿Cómo podemos agradecértelo?

— Oh, no sólo a mí— carcajeó risueña la sirena — Mis hermanas también ayudaron a salvarlos… ¡Ellas están por allá!

Señaló hacia el mar. De entre los roqueríos, salieron más muchachas, todas ellas también de pieles bronceadas, ojos y cabellos oscuros, aunque se diferenciaban por sus facciones y los colores de sus colas de pez y las conchas marinas que usaban a modo de sujetador.

— ¡Hola, primores…!— saludó una de ellas, que destacaba por su cuerpo ya semejante –dentro de lo que se podía- a una mujer adulta, y de cabello corto, como el de un muchacho. Un par de largos pendientes dorados colgaban de las orejas.

Otras dos asomaron, una con el cabello un poco más arriba de los hombros, con unos peculiares bucles en las puntas; llevaba como distintivo un sombrero veraniego, cuyo listón pasaba por el frente y permitía que éste colgara a sus espaldas.

La otra llevaba el cabello ordenado en trenzas, y recogido en una coleta que dejaba algunas libres, cayendo a los lados de su rostro y la espalda.

— Eh… ¡Ah, pues…! Muchas gracias…

— Esperen…— interrumpió Lovino — Tenía entendido, por alguna razón, que ustedes las sirenas… devoran carne humana.

— ¡Ah! Esas son las sirenas de Oceanía. La base de su dieta sí son humanos— defendió la del gorro veraniego.

— Nosotras las africanas somos distintas: nuestros dientes son como los de ustedes, y no tenemos pieles escamosas, ni garras, cabellos de alga ni nada por el estilo. Además: ¡Nunca comeríamos personas! — añadió la de trenzas.

— Es más: ¡Las ayudamos!

— Entiendo…

— ¡Eh, pero… no nos distraigamos! — intervino de pronto Ludwig — La señorita Marianne sigue atrapada en ese barco.

— ¡Es cierto! — acotó Antonio — Y quién sabe lo que ese cabrón bandolero podría hacerle ahora que no estamos nosotros para defenderla… ¡Debemos ponernos en marcha y rescatarla cuanto antes!

— ¿Planean volver a ese barco? ¿De veras? — preguntó la sirena de coletas — ¡No podrás alcanzarlo a menos que tengas una nave, agallas y fuerzas suficientes para hacerles frente!

— ¡Pero tampoco podemos dejar que esos hijos de perra se queden con la chica! — bramó Lovino — La secuestraron desde París, y ni Dios sabe lo que quieren hacerle ¡Pero de seguro no es nada bueno!

— Y el Rey Francis confió en nosotros la tarea de rescatarla y llevarla sana y salva a su casa— acotó angustiado Feliciano — Fallarle… sería toda una tragedia.

— Aún cuando lo pones en ese plan, podría considerarse una maniobra tonta: ¡Un suicidio en toda regla!

— P-pero… Ve~…

— ¿No saben de algún poblado cercano al que podamos pedir ayuda? — preguntó Ludwig.

— Oh, no en éste momento…— respondió la sirena de coletas en tono lastimero — Toda África está azotada por horribles saqueos a manos de un batallón de bárbaros que ingresó desde el Noreste. En éste momento, los pueblos de todo el continente concentran sus recursos y labores en el levantamiento de sus construcciones y la atención a sus heridos…

— Hablaban acerca de un tesoro muy grande que estaban buscando, más aún, destruyeron todos los templos y museos a su paso sin tocar una sola reliquia…— añadió la sirena del sombrero veraniego — Hasta que al llegar al Cairo, el sacerdote imperial, Gupta Muhamad Hassan, fue increpado por su líder y obligado a entregar una pieza muy curiosa que guardaba celosamente en la cima de un obelisco que decoraba el patio principal e iluminaba el cielo de la ciudad de un precioso color celeste que la hacían muy atractiva y mística a ojos del resto de África.

— Luego de eso, la horda buscó por todo el resto del continente, pero no hallaron nada. Nada más hace unos días se han ido rumbo a Asia. Nuestras ciudades se han salvado sólo porque yacen en las profundidades del mar, y los bárbaros han sido incapaces de llegar hasta ellas— finalizó la criatura de cabellos trenzados.

— Oh, no… los bárbaros ya tienen una de las piezas de la Llave Sagrada— gimió Feliciano, decepcionado.

— ¿Llave Sagrada? — se preguntaron las sirenas, compartiendo una mirada confundida.

— Estamos igualados… ¡Ah, pero a lo que nos importa ahora…! ¡Marianne nos necesita! Sirenas… ¿Sabéis cómo podemos llegar hasta el barco de ese ladrón?

— ¡Sí que sabemos! — intervino emocionada la sirena de coletas — Denme un segundo ¿Sí?

La muchacha de cola de escamas celestes se desplazó de una cómica forma, similar a saltitos, hacia el agua, antes de impulsarse y poder brincar hacia las olas, nadar, y posteriormente hundirse una vez que alcanzó una profundidad suficiente mar adentro. Largo rato se ausentó, hasta que al fin, emergió trayendo algo en su mano empuñada. Se acercó nuevamente a la orilla, y ante la mirada atónita de los cuatro forasteros, enseñó un puñado de algas cortadas, de un peculiar color índigo.

— ¡Cómanlas!

— ¡¿Qué?! ¡¿Te volviste loca, enana?! — chilló la sirena de cabello corto — ¡Tenemos prohibido…!

— ¡Es una emergencia! — se defendió — Hermanas ¡Entiéndanlos! Sé que papá y el resto de las sirenas comprenderán sus motivos. Hay una vida importante en juego ¡Y es la única solución factible en éste momento! — volvió a dirigir su vista hacia los cuatro foráneos — Coman éstas algas. Confíen en mí…

— ¡Ah, no! Ya tuvimos suficientes problemas comiendo cosas extrañas antes, y quién sabe qué efectos pueda traernos y…— en lo que Lovino se excusaba, ya Feliciano había alcanzado a tomar una de las hojas, metiéndola en su boca y comenzando a masticarla — ¡FELICIANO!

— ¡¿Qué hablamos de meter cosas en su boca, majestad?! ¡Recuerde el País de las Maravillas! — dijo Ludwig. Pero ya era demasiado tarde. Feliciano se había desplomado boca abajo en la arena.

— ¡Chaval…!

— ¡No siento las piernas! — dijo Feliciano, con extraño acento de felicidad. En seguida, vieron que las extremidades inferiores del menor de los príncipes comenzaban a unirse por una capa de escamas, y sus pies tomaban la forma de una cola de pez. También, bajo sus orejas, se formaron a cada lado tres aberturas horizontales.

Los tres integrantes del grupo restantes palidecieron súbitamente.

— ¡Rápido, entra al agua! — advirtió la sirena de cabello corto, a lo que Feliciano reaccionó arrastrándose con ambos brazos, hasta alcanzar las olas, donde se hundió debido a la torpeza de sus movimientos. Luego de pocos segundos, emergió de nuevo.

— ¡Ve~! ¡Muchachos, pude respirar bajo del agua! ¡Hace cosquillas bajo mis orejas!

— ¡¿QUÉ LE HAN HECHO?!

— ¡Les explicaré luego! ¡Coman de las algas y sígannos!

Los otros tres pensaron largo rato. Titubeante, Antonio secundó al italiano en su decisión. La transformación era impactante a la vista. ¡La piernas se unían, como las patas empalmadas de un pato! Y adoptaban un color extraño, producto de las escamas que lo cubrían. Los pies se aplanaban, y expandían formando una delicada extensión casi translúcida, semejante a un velo.

Luego de Antonio, fue Ludwig, que ante la aún atónita mirada de Lovino, mutó rápidamente y se apresuró en aventarse al agua junto a los demás.

— ¡Creí que estabas cuerdo, pero me equivoqué! — acusó el mayor de los príncipes.

— Alguien debe proteger al príncipe Feliciano, y si para eso debo asumir riesgos, lo haré— sentenció el alemán con seriedad.

— ¿Qué? ¡Ni hablar! ¡YO soy el herano mayor, y TÚ no vas a tomarte MIS atribuciones…! ¡Dame eso! — Lovino tomó el trozo restante de la mano de la sirena de coletas, y lo masticó rápidamente. Tenía un sabor amargo y salino, y su textura tendía un poco a lo gelatinoso.

En seguida, experimentó una sensación de debilidad en las piernas, como si éstas se adormecieran, y cedieran ante su peso. Luego, comenzaban a cosquillear, aunque tal vez la sensación hubiese sido más desagradable si sus piernas no se encontraran en una especie de sedación, semejante a un congelamiento. Sintió sus pies muy helados, y aún más sedados que el resto de sus extremidades. Con sorpresa, vio que estos se aplanaban y expandían, se tornaban traslúcidos ¡Pero no sentía dolor en absoluto! Para finalizar, percibió un extraño ardor bajo sus orejas, como si clavaran ahí la hoja de una tijera. El calor concentrado se tradujo en la abertura de tres surcos a cada lado, tras lo cual el ardor desaparecía rápidamente.

¿Ahora qué?

— ¡Date prisa! ¡Entra al agua! — llamó la sirena de trenzas. Lovino se movió de forma holgazana, más aún, una repentina sensación de ahogo a mitad de camino le obligaron a apurarse, preso del pánico.

— ¡No respiro, no respiro, no res… piro…!

Cuando entró por fin al agua, se hundió. Sorpresivamente, bajo ella, sí logró inhalar con total normalidad, salvo que por su nariz no entró nada ¡Como si estuviese resfriado! Pero por las aberturas debajo de sus orejas, se filtró el aire que sus pulmones necesitaban.

— Esto es un completo DISPARATE.


Cuando ya lograron dominar con mediana maestría el movimiento de la cola de pez que había reemplazado sus piernas, los ocho emprendieron rumbo hacia el barco del Capitán Kirkland. Tomaría tiempo, puesto que desde la orilla, resultaba ya muy difícil divisarlo en el horizonte.

— ¡Ah, cierto! No nos hemos presentado. Mi nombre es Michelle— dijo la sirena de coletas — Y mis hermanas: Nehanda, Sethunya y Zuri.

— ¡Es un placer! — saludaron a coro las otras tres criaturas marinas.

— Soy Sir Ludwig Weilschmidt, de Alemania: Reino sucesor del Sacro Imperio Romano Germano.

— Antonio Fernández Carriedo, de España: ¡El Reino de la Pasión!

— Mi nombre es Lovino Vargas: Príncipe de Italia…

— ¡Oh, un príncipe! — exclamaron las sirenas.

— … y mi molesto hermano menor, Feliciano Vargas. También príncipe…

— ¡Ciao~!

— ¡Dos príncipes…!— asombrada, Michelle añadió — Pero… ¿Qué los ha traído tan lejos de sus tierras?

— ¡Una maravillosa aventura! — respondió Antonio.

— Buscamos las diez piezas de una Llave Sagrada, esparcidas alrededor del mundo. Quien logre reunirlas, podrá pedir un deseo a la criatura que se libera— explicó Ludwig.

— ¡Totalmente libre de condiciones! — añadió Feliciano.

— Nuestra idea es poder conseguirlas antes que los bárbaros, que según nos han dicho, ya lograron saquear gran parte del Norte de África, y consiguieron una de esas piezas.

— ¡Oh, pero qué emocionante! — canturreó la sirena de trenzas — ¿Y ese pirata tiene algo que ver en su objetivo?

— Absolutamente nada— respondió Antonio — Pero ha secuestrado al ser más querido para un amigo nuestro. Y no podemos permitir que los bandidos de ultramar tomen más vidas inocentes a costa de sus ambiciones. Vale la pena desviarse un poco de nuestro viaje, y poder rescatar a esa pobre muchacha.

— ¡Oh, esos piratas son toda una maldición para éste mundo! — exclamó furiosa Nehanda — ¡Muchas de nuestras hermanas han sido capturadas por ellos, y usadas como trofeos decorativos en sus barcos!

— Sin mencionar también todas las barbaridades que han hecho a los humanos en la tierra… ¡Nosotras corremos suerte de no estar a su alcance!

— Y pensar en lo que le depara a la pobre Marianne… sola, y desprotegida en ese barco, pasando hambre y frío en el calabozo bajo la cubierta…— añadió iracundo Lovino — ¡Esos sujetos no tienen idea de cómo tratar a un dama!

— ¿Dijiste que está bajo la cubierta! ¡Eh, que sé cómo sacarla de ahí! Y los piratas no se darán ni cuenta— apremio Zuri.

— ¿Cómo?

— He visto que su nave tiene un bote de emergencia en caso que la nave principal sufra daños y peligre la tripulación. Pues bien ¡Podemos usarlo para una maniobra de escape! Tracción humana desde su cubierta, y nuestro empuje para ir más rápido.

— ¡Jamás nos alcanzarán! — apoyó Sethunya.

— Bastará con soltar las amarras, y el barco saldrá propulsado del encaje que lo esconde, dejando e interior del casco al descubierto, sacamos a la chica antes de que el agua llene el interior de la nave ¡Y escapamos!

— ¡Es una gran idea!

— Y de paso esos vándalos se hundirán con el resto de su nave ¡Mataremos dos pájaros de un tiro!

— Dividámonos de ésta forma: Hombres, ustedes tienes más fuerza que nosotras ¿Les parece si ustedes desatan las amarras del bote de emergencia, y procuran que éste no se aleje del todo?

— De paso, y como no pueden respirar en la superficie debido al efecto de las algas que comieron, empujarán el barco y nadarán lo más rápido que puedan.

— Y nosotras nos encargaremos de ir por la muchacha ¿Qué tal?

— ¡Me gusta esa idea! ¡Hagámoslo! — festejó Feliciano.

— ¡Eh, sí! Ahora que lo mencionan ¿Qué hay con esas algas? ¿Cuánto tiempo estaremos así?

— Veinticuatro horas— respondió Michelle — Esas algas tienen propiedades mágicas, que son capaces de transformar a los humanos en criaturas marinas como nosotras, pero no de forma definitiva.

— Por eso tienen cuerpo de sirenas, como los nuestros— añadió Nehanda — Pero a diferencia nuestra, tienen branquias. Como los peces.

— ¿Éstas aberturas en nuestro cuello?

— Precisamente. Nosotras podemos respirar en la superficie, como los humanos, y también bajo el agua, como los peces. Ustedes sólo pueden hacerlo bajo el agua con esas branquias.

— Y como ya les explicamos, el efecto de las algas desaparecerá en veinticuatro horas.

— ¡Entonces hay que darnos prisa! Si no podemos rescatar a Marianne en ese plazo, todo estará perdido.

— No hará mucha falta seguir esperando… ¡Mira! —Sethunya indicó, a pocos metros de ellos, una enorme aura oscura que se veía provenía desde la superficie— ¡Allí, es el barco que buscamos!


Ni maniatada ni con pesos en los tobillos, Marianne fue nuevamente encerrada en el calabozo de la nave. Suspiró entristecida. Si ésta era la nueva vida que Arthur le había prometido ¡No le agradaba para nada!

¿Iba a tener que permanecer en ese sitio hediondo, húmedo y lleno de ratas, que ocultas en las sombras, sólo podía escuchárseles cómo roían las cuerdas viejas que estaban regadas a su alrededor? ¿Comería mal, no podría asearse, ni cambiar sus vestidos hasta quién sabía cuáto tiempo más? ¿No vería otra vez a Francis…?

— No quiero… ¡No quiero! — gimió, y en seguida, comenzó a secar sus lágrimas con ambas manos — Amo a Arthur… ¡Pero no puedo renunciar a quien ha sido casi como mi hermano…!

La luz del sol irrumpió por la trampilla abierta, y en seguida, descendió por ella el Capitán Kirkland, ayudado por la escalera de mano confeccionada por sogas. Marianne retrocedió, y adoptó una posición defensiva, anteponiendo sus brazos delante del cuerpo.

— ¿Ya estás más tranquila?

— ¡Claro que no!

— ¡Mira, sé que tal vez no fue la mejor forma de traerte conmigo, pero…!— Arthur calló en seco. Miró en detalle el rostro de la moza — Marianne… ¿Estabas llorando?

— ¡Claro que sí…! No sabes lo triste que estoy, Arthur… ¡Francis es una persona muy valiosa para mí! Y no verlo nunca más será… será… ¡Será una tortura…!

Nuevamente, la moza lloraba. Cubrió con ambas manos su rostro, y los sollozos hicieron que convulsionara levemente. Arthur se hincó junto a ella. Estaba con las rodillas encogidas y los brazos pegados al cuerpo. Temblaba.

— Marianne…

— Déjame…

— Marianne… es muy difícil para mí verte así. Cuando te saqué de Francia, fue justamente pensando en lo feliz que seríamos tú y yo, por fin juntos, sin disfraces ni escondites incómodos… pero ahora veo que tal vez estaba equivocado…

— ¡Te amo, Arthur…! ¡Mucho, mucho! — Marianne explotó en nuevos y más intensos lamentos — Pero… jamás pensé que para estar contigo debería renunciar a tantas cosas que también quería mucho. Sabes que Francis es como un hermano para mí… ¡Y entiendo por qué están tan enemistados…!

— Y supongo que también entiendes que él era el mayor impedimento para que tú y yo estuviéramos juntos ¿No es así? — interrumpió el pirata — Él jamás hubiese permitido que entre tú y yo hubiese algo serio y formal. Y tu gran cariño y lealtad hacia él eran otro obstáculo para poder hacerte feliz… ¡Marianne, entiéndeme! Debía alejarte de él para que fueras sólo mía, y yo sólo tuyo para siempre… ¡Sé que duele alejarse de quienes amas, porque yo lo vivía cada vez que debía embarcarme de nuevo y separarme de ti! Y los escondites en Francia, las veces que me apresaron por intentar ir a verte…

— Arthur…

— Ambos hemos pasado por momentos muy difíciles… ¡Pero ya es momento de dejar eso atrás! — tomó los hombros de la muchacha con firmeza — Voy a hacerte feliz ¡Lo prometo!

— Yo… yo… ¡Arthur! — Marianne envolvió el cuello del pirata con sus brazos, y cerró un estrecho y cálido abrazo que los unió por varios segundos — Me duele… ¡Me duele mucho! ¡Pero… no puedo renunciar a ti, no puedo! No ahora que por fin estamos juntos…

— ¿Puedo pedirte algo, Marianne?

— ¿Qué, amor mío?

— Ya que llevamos tiempo, y me has aceptado con todos esos prejuicios en contra, y ese horrible pasado que me persigue, gracias a mi padre… ¿Crees que podrías prometerme que ahora que estás conmigo… podrías hacer el sacrificio de aceptar ésta nueva vida como tuya… y dejar la otra en el pasado? ¿Reemplazarías la anterior, en que eras feliz junto a tus amigos y tu familia, pero sufrías cada vez que debía dejarte, por una en que tal vez no veas a tus seres queridos en mucho tiempo, pero estarás conmigo… el hombre que daría lo que fuera para que seas la mujer más dichosa de éste mundo junto a él?

Era una decisión muy difícil. En Francia, Marianne se había criado toda su vida junto a otros niños y niñas a los que guardaba gran cariño. Francis, entre ellos, figuraba como el hombre que la protegió, y al que ella amó como si fuera un hermano mayor.

Pero también estaba Arthur. Un hombre cuya fama de vándalo se anteponía a cualquier presentación formal, aún cuando las semejanzas que guardaba con su padre, el desalmado antiguo Capitán del barco -"Oliver" Kirkland- eran más bien pocas. Arthur era un hombre noble y caballeroso. A veces testarudo, sarcástico, poco demostrativo y solía ser algo esquivo en ocasiones… ¡Pero era el hombre que se había ganado su corazón, y con el que, si fuera libre de escoger, pasaría el resto de su vida…!

El sacrificio era enorme. Dejar toda una historia atrás, iniciarse en una nueva vida con los ladrones de ultramar, huyendo de todos lados, delinquiendo… por los mismos nobles ideales que lo hacía Arthur... y junto a Arthur…

— Arthur… ¡Acepto!

— ¡¿E-en serio…?!

— ¡Por supuesto, amor mío! — la francesa depositó, alternadamente, tres besos en cada mejilla del pirata — ¡Podré sobrellevarlo! ¡Tú y yo por fin estaremos juntos y felices, como siempre deseamos! Francis… él deberá entenderme… ¡Lo quiero mucho, pero a ti te he elegido porque eres el dueño de mi corazón, y nada ni nadie cambiará eso! Dolerá… ¡Pero no es nada que junto a ti no pueda superar, corazón!


— ¿Están listos, muchachos?

— ¡Listos!

— A la cuenta de tres…

— Uno…

— ¡TRES!

La tripulación del barco se encontraba en sus respectivas labores sobre la cubierta, cuando de repente, el barco comenzó a balancearse de lado a lado, como si se tratara de un sismo. Uno muy lento, pero poderoso.

— ¡¿Q-qué está sucediendo?!

— ¡El barco se mueve! ¡Capitán…!

— Debe haber algo que nos esté atacando desde abajo del agua— sugirió el pirata inglés, cuidando de no entrar en pánico — T-tal vez un monstruo… ¡Preparen los cañones!

— ¡A su orden, capitán! — acató Emma — ¡Tripulación, a sus posiciones!

— ¡S-segunda al mando! ¡Creo que se está haciendo más fuerte! — alertó el muchacho de pecas. Un movimiento más fuerte, que inclinó el barco cuarenta y cinco grados hacia la izquierda, obligó a todos en la nave a sujetarse de las instalaciones y objetos más cercanos.

— ¡¿Qué demonios está pasando…?!— rugió Arthur — ¡Tripulación…!

— ¡En eso estamos…!— bramó por respuesta el hombre de cabello rojo — ¡Vigía! ¡¿Encontraste algo?!

— ¡No veo nada desde aquí! — respondió el pirata desde lo alto.

En eso, el bote de emergencia salió disparado desde la parte frontal del casco de la nave, y ésta, de súbito perdió estabilidad.

— ¡F-FUCK…!

— ¡Ya está, chicas!

— ¡Marianne, vinimos a rescatarte!

— ¿Marianne…! ¡¿E-esas voces otra vez…?!— Arthur alcanzó una mira telescópica, y apunto con ella hacia donde navegaba ya el bote, con Marianne dentro. Logró distinguir también a los cuatro sujetos que impulsaban el bote por los lados — ¡Imposible! ¡Ellos deberían estar muertos!

Brincó desde su puesto de mando, y desenvainó su espada.

— ¡No se queden ahí! ¡Al ataque!

— ¡P-pero… Capitán! ¡Las sirenas…!

— ¡¿No me oyeron, sabandijas?! ¡Síganme! — bramó furioso. Luego, saltó del navío — (¡No permitiré que nadie me aleje de ti de nuevo… Marianne!)


Notas de la Autora:

La sirena principal, como ya se han podido dar cuenta, es Seychelles (Michelle). Las otras tres son Zimbabue (Nehanda: la de cabello corto y pendientes largos), Botsuana (Sethunya: la del sombrero y cabello con bucles) y Kenia (Zuri: la de trenzas y coleta)… me di el trabajo de buscarles nombres en los idiomas de su país ¡Salvo a Seychelles! Michelle me gusta, y es muy difundido y aceptado por el fandom. Las otras tres naciones africanas aparecieron en antiguos bocetos de Himaruya, y me he inspirado en ellos para su caracterización.

¡Ahh~, lo que es la inspiración! Menos de una semana, y he aquí el capítulo número catorce de ésta entrega! :'3 Estoy motivada... ¡A full!

(Quiero aclarar que la estructura del barco es totalmente ficticia ¡Ni modo un bote de emergencia estaría tan mal instalado en la realidad! Pero recuerdo que mi hermano tenía un barco pirata de juguete, cuyo bote de emergencia sí estaba encajado en su casco, y pues era cosa de apretar un botoncito y salía proyectado, listo para que el resto de la tripulación saltara a él... eh... me gustaba mucho ese barco... por eso usé su imagen mental para ésta historia :'D)

Fiuu~ ¡Qué giros da el destino! ¿No? ¡Ahora resulta que los "secuestradores" son las sirenas y "sirenos", y el afectado es el ladrón original! ¿Que sucederá ahora que han logrado "rescatar" a Marianne de los piratas? ¿Qué nuevas aventuras o desventuras vivirán nuestros protagonistas ahora que tienen branquias y cola de peces? ¡Descúbranlo en el próximo capítulo de éste no tan clásico cuento de hadas!

Una vez más quiero agradecer a todos aquellos que leen ésta historia, y a quienes comentaron el capítulo pasado: Sorita Uchiha y Dazaru Kimchibun. Sin el apoyo y la motivación de quienes se dan el tiempo de comentar ésta historia, tal vez mi motivación no sería tan alta... ¡Gracias!

También les recuerdo que las puertas están abiertas a recibir sus reviews ¡Lo que quieran decir!: Críticas, sugerencias, peticiones, todo, todo lo que quieran ¡Y yo responderé al momento de actualizar! ;D

¡Nos estamos leyendo pronto!