Kaʻa lola
Montaña rusa


La graduación de Kono estaba oficialmente a cuatro días. Tres días y quince horas, si buscaban precisión. Había estado anhelando ese momento, la culminación de un nuevo camino, y sin embargo... los últimos días estaban escurriéndose entre sus dedos.

Quizá no sería una espera tan larga como pensaba que serían esas últimas horas.

Mientras observaba los alrededores del pasillo de la habitación en la que estaba Hesse, se le ocurrió pensar que ella no tenía ninguna autoridad allí. McGarrett había hecho un buen teatro cuando llegó, sus ojos tan mortalmente serios como había sonado su voz, y ninguna persona o daimonion había cuestionado su presencia.

Zeke había recibido miradas curiosas, que era nada nuevo, pero ella se sorprendió más de lo que pensaba al ver tanta variedad de daimonions en la clínica. Que todos los policías tenían perros era un estereotipo roto desde la infancia, gracias a Chin, pero Kono siempre había considerado a su primo una rareza en la familia. Igual que Sid y su tío Keako, la gran mayoría de sus cosanguíneos que habían pasado por la fuerza, tenían alguna variedad canina como su alma caminante. Si eso había hecho más fácil que le diesen la espalda a Chin, ella no lo sabía y no quería averiguarlo.

Se suponía que la lealtad era un rasgo implícito en todos ellos y, con todo, no les había temblado el pulso al dejar a uno de los suyos a su propia suerte.

—¿Kono? —Zeke levantó la mirada del suelo y ella mantuvo la expresión en su cara ante el llamado—. ¿Eres tú, Kono?

El aleteo de Iokepa lo reconocería hasta con los ojos cerrados.

Malia había sido una parte importante en su vida, aunque odiase reconocerlo. Una presencia constante en el fondo, una figura que compartía espacio con Chin entre recuerdos. Le había ayudado con la rehabilitación para su rodilla, pese a que no era su especialidad, y había sido casi como la hermana mayor que nunca tuvo. También había sido el amor de Chin y, tan celosa como había estado de ella cuando niña, se había ganado un sitio en su vida y su corazón... Hasta que ella rompió el de su primo, desde luego.

Había muy pocas cosas que Kono no se sentía capaz de perdonar. Dañar a Chin, dañar a uno de los suyos, era una de ellas.

—Doctora Waincroft. —Hizo un gesto de reconocimiento, esforzándose en mantenerse quieta pese a que un sinfín de palabras vibraban desde sus cuerdas vocales.

—El comandante McGarrett asustó a todos mis colegas. Solo quiero asegurarme que el paciente está bien —Malia se veía triste y Kono no se atrevía a pensar que era por su indiferencia. La idea no debería ablandarla, pero la debilidad de Kono era la familia y Chin y Malia habían sido un conjunto por tanto tiempo...—. Me dijeron que tienes órdenes de-

—Nadie puede entrar, doctora —advirtió Kono—. Además no es su especialidad.

—Estoy habilitada para exámenes de guardia y revisión. Solo quiero asegurarme que está vivo. Es mi deber como doctora.

El jefe le había dicho que tendría que vigilar a todos los que entrasen al cuarto y ella se preguntó si se refería solo a los doctores, si se había encargado de advertir a los otros antes que llegara ella desde el cuartel general. Por alguna razón, parecía que tenía autoridad suficiente para dejar a varias agencias en su suspenso, esperando y Kono encontraba divertida toda la situación. Quién diría que un recién llegado tendría tanto poder de veto.

Ninguna persona había insistido ver a Hesse. Salvo Malia, por supuesto.

—El bienestar de un asesino importa más que el de un buen hombre, entonces —comentó. Lamentó el exabrupto y no solo por la mirada de dolor que atravesó la cara de Malia—. Cinco minutos.

Abrió la puerta y lanzó una mirada a su alrededor, para asegurarse que estaba bien que dejase su lugar. Duke Lukela le lanzó una mirada de acuerdo desde el pasillo y Kono se relajó.

No confiaba en muchos de su trabajo pero sí lo hacía en Duke y Kiki.

Steve le había dicho que iría a dormir un poco por lo que ella lo esperaba en unas pocas horas. Si fuese más tiempo, él habría llamado a Danny y a Chin para custodiar. Ellos eran mejores opciones gracias a su experiencia, y sin embargo Kono tenía dos cosas a su favor.

Por un lado, las personas tendían a subestimarla y amaba mostrarles que se equivocaban al juzgar a Zeke sin conocer su valor. Por otro, Danny era llamativo en todo aspecto —desde su apariencia a su chacal— y Chin atraería miradas por su mera presencia. Kono era tan hawaiana como podía ser una persona, se había criado en las esferas más íntimas de la cultura de la isla, y sabía pasar desapercibida.

—Gracias, Kono.

—No lo hago por ti.

Victor Hesse no se veía amenazante en una camilla de hospital, pálido y gris como estaba. Era un contraste inmenso con lo que sabía de él y sabía de sobra que el hecho que estuviese vivo era un milagro que daba cuento de su larga estela. Kono se preguntaba si lo hubiesen hallado si Kaimana no había atrapado al daimonion serpiente cuando lo hizo o si estarían contando una historia muy diferente. Por como estaban las cosas, prefería no pensar en ello.

Estaba contenta que estuviera fuera de las calles y que no hiciera más daño.

—¿No es un excesivo encerrar a la serpiente?

—Las serpientes son impredecibles —Kono se encogió de hombros, ignorando al ofidio. No se había movido demasiado desde que ella había llegado—. Mi jefe solamente los dejó en la misma habitación para asegurarse que no morirían.

Steve no se había visto muy entusiasta con la idea de dejarlos a ambos juntos pero el hombre en cuestión había asesinado a su padre y no podía culparlo. Por otro lado, McGarrett le había disparado a Hesse y estaba aferrándose a la vida por un hilo delgado.

—Aún así.

Kono quería pensar que la renuencia en la voz de Malia era por su integridad, por su profesión. Eso no evitó que la compasión que podía ver en ella picara.

—La separación con su daimonion fue probablemente lo que ayudó a que lo atrapasen. Podría haber escapado —le dijo a la doctora, cortante—. Podría haber seguido matando personas.

—Kono —Malia inhaló profundamente. Iokepa se había quedado inmóvil en su hombro, imagen que le recordaba a Tama y Chin. Lo odiaba—. Soy doctora. Mi deber es siempre elegir la vida, Kono. Lo sabes.

Sí.

Sabía que era así, por supuesto. Y aún así, esta era la misma mujer que le había roto el corazón a Chin cuando estaba solo. Había cosas que Kono nunca dejaría de resentir.

—Examínalo antes que llegue mi jefe.

Malia suspiró. Era obvio que quería seguir con la conversación.

Zeke se había quedado muy tenso y su silencio era reconfortante para ella. Tal vez no tenían la relación más armoniosa pero él sabía si necesitaba de su callado apoyo o prefería el bálsamo de su voz.

—¿Trabajaran para el comandante McGarrett? —preguntó Malia.

Kono estaba segura que la pregunta no se refería solo a Zeke y ella. No le contestó porque no tenía derecho a saber sobre Chin y Tama, a saber sobre la vida de ninguno de ellos verdaderamente, ni tampoco su daimonion color caramelo.

Ni era que Kono supiera qué sucedería con ese equipo provisorio. La oficina que les habían dado tenían el carácter improvisado de un equipo naciente, seguían tratando de encontrarle un sitio a cada cosa todavía, pero los privilegios hablaban de algo más sólido que una tarea evanescente. Kono era una novata, quizá menos que eso gracias a su estatus como parte de la academia, por lo que era fácil suponer que su rol en todo el asunto era temporal... Y al mismo tiempo, Steve había confiado en ella lo suficiente como para dejarla allí, cuidando a su prisionero.

No sabía qué sería de ese equipo, para ese proyecto, y realmente esperaba tener una oportunidad para verlo crecer. Para ser parte, inclusive. Tendría que preguntarle a Chin si él estaba intrigado con la puerta que se les había abierto desde que conocieron a Steven McGarrett tanto como ella.

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Chin no se movió de su sitio cuando Tama se inclinó hacia adelante, observando la pantalla.

La tecnología, pese a la pobre relación que Danny tenía con ella, tenía sus grandes beneficios. Saber hasta los detalles más absurdos de una persona en cuestión de minutos era un privilegio y un pensamiento inquietante a la vez. Por un segundo le hacía pensar en todos los secretos, todos sus secretos, y lo fácil que se reducía una vida a un archivo en casos extremos. Chin no parecía tener sus mismas reservas y se movía con destreza sobre la mesa electrónica que les habían dado para la oficina principal.

—No entiendo cómo haces eso —se quejó en voz alta, un tanto incómodo con el silencio que había caído sobre ellos. Ante la mirada atenta de Chin, fugaz como un rayo, señaló el panel de control de la máquina—. Eso. Con la computadora.

La boca de Chin se curvó en una cuasi sonrisa.

—Déjame adivinar, prefieres el papel.

Danny se encogió de hombros.

—Es más seguro.

—Y es más lento y difícil de entender —apuntó.

—No en mi experiencia. —La tecnología odiaba a Danny por lo que él tenía que responder con el mismo tipo de emoción—. Por eso creo que mientras trabajemos juntos, tú te encargarás de la computadora.

Chin parpadeó en su dirección. Era un hombre mucho menos transparente de lo que era Steve, al menos para Danny, y no estaba seguro si estaba desconcertado por lo que había dicho o por pensar que podían seguir trabajando juntos.

Considerando la historia, lo que sabía y lo que no, Danny creía que sería cruel si Steve no le dejaba un trabajo permanente a Chin Ho. Esperaba que si ese equipo de fuerzas especiales no prosperaba, las cosas no volviesen a ser como antes para él. Se sentía mal por quejarse de su vida al ver lo estoico que estaba siendo Chin con sus problemas.

—Steve no me ha dicho que piensa hacer una vez que termine con esto. No creo que esté pensando tan lejos...

Chin se rio calladamente.

—Su padre era igual —comentó. Una nube de nostalgia le cubrió la cara—. Una vez que tenía algo en mente, pocas cosas detenían a John.

Danny rodó los ojos, sabiendo exactamente a lo que se refería. Tres días trabajando con Steven habían sido agotadores y estimulantes a la vez. Desde que había entrado en la escena del crimen sin el menor respeto por el procedimiento o el trabajo que se había hecho, Danny supo que no sería fácil lidiar con él. No le había mentido a Steve cuando dijo que el trabajo era todo lo que tenía —además de su hija— y él pensaba quedarse en el lugar que mejor le permitiera proteger el hogar de Grace.

Si tenía que tratar con Steven McGarrett y sus complejos mientras tanto, bueno, no se veía una tarea tan titánica como había parecido en un principio.

Se alejó unos pasos de Chin y su daimonion mientras volvía su atención a la pantalla principal, miles de datos apareciendo al azar en el monitor.

—¿Qué puedes decirme hasta ahora?

—Tenemos acceso a mucha información pero... creo que necesitamos algo más de libertad y menos candidatos.

Tenían tantas posibilidades para empezar que no era ni remotamente gracioso.

—¿Total inmunidad y medios no son suficientes? —bromeó Danny, aunque sabía exactamente a lo que Chin se refería.

Una cosa era investigar a delincuentes y criminales, explorar sus vidas y secretos a fondo y entender por qué funcionaban como funcionaban. Otra, distinta era cuando se trataba de compañeros y conocidos, personas con las que habías compartido experiencias y demás.

Chin no necesitaba saber tanto.

—Creo que sé como podemos reducir sospechosos.

—¿Cómo?

—Conozco a un tipo. —Danny y miró a Vach, que era la única que sabía a quién se refería. Toast había mostrado ser un gran informante a pesar de todo y había ayudado bastante a Danny consiguiendo la información—. Aunque necesitaré hablar con Steven antes de ir a verlo... Es un maniático del control.

—Es ese enfoque láser —comentó Chin con una sonrisa lenta, claramente anclado en el pasado. Tama graznó, melancólica—. Por eso necesita a alguien que le recuerde que su camino no siempre es el correcto.

Danny no estaba seguro si se estaba refiriendo a John o Steven en ese momento.

—¿No piensas que fuiste un buen compañero John? —preguntó con más suavidad de la que pretendía.

Chin no respondió de inmediato.

—No fui lo suficientemente bueno para salvarlo.

No importaban las circunstancias, ese pensamiento prevalecía. Danny conocía el sentimiento bastante bien y sabía también, sin importar lo que dijera, que no podría convencer a Chin de lo contrario. Dios sabía que todavía llevaba el peso de la muerte de Grace consigo a pesar de que habían pasado años. A pesar que le habían dicho que el dolor y la culpa menguarían.

—Haremos que todos los que tuvieron que ver con su muerte, paguen —aseguró. Le apretó el hombro a Chin, ignorando la mirada de sorpresa que le dieron su daimonion y él—. ¿Crees que nos ganamos un tiempo de descanso con esto?

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Mary miró a su hermano durante un largo minuto antes de volver su rostro hacia el teléfono celular, indecisa. Debería despertar a Steve, desde luego que sí, pero su hermano había caído en sueños profundos y no podía dejar de preguntarse cuánto tiempo había pasado desde la última vez vez que se había tomado una merecida pausa en toda esa encrucijada que lo había traído a Hawai'i. Kaimana y Keikipi se habían acurrucado juntos y apostaría que también estaban durmiendo, ajenos a todo el mundo.

Ella estaba despierta.

Titubeó un momento antes de aceptar la llamada.

—Teléfono de Steven McGarrett.

—Uh, hola. —Una voz femenina totalmente desconocida habló al otro lado del teléfono tras un momento de quietud. Sonaba confusa inicialmente pero el tono mutó a uno más confiado—. Soy la teniente Catherine Rollins. Me gustaría hablar con-

—Lo despertaré —dijo Mary, sin estar segura si debía presentarse o no. Si bien tenía interés en saber más detalles, el hecho que fuese la llamada de una compañera de la marina era suficiente para encender alarmas en su mente.

Mary tocó el hombro de su hermano y se encontró sintiéndose un poco perdida cuando él dio un salto en respuesta, completamente alerta en un segundo. Imaginaba que era una reacción consecuente a toda un vida entrenando para los militares y el pensamiento le dio una punzada de tristeza. Los ojos de Steve tardaron en enfocarse en su rostro y la sorpresa que relampagueó en su mirada fue clara como el día. Estaba impresionado que ella siguiera allí.

Estaban tan mal. Ellos, su relación... Todo.

—Me quedé dormida —le explicó, un poco avergonzada—. Igual que Kipi. Lo siento.

—Está bien —respondió él con voz inusualmente cariñosa. Sus ojos se ablandaron—. No me molesta que te hayas quedado, Mare.

Pestañeó, ignorando la repentina humedad de sus ojos, y le tendió el teléfono a su hermano.

—Te llama una tal Catherine.

Se tomó un minuto para apreciar el cambio en la expresión de Steven. Su expresión se compuso y una pequeña sonrisa tocó sus labios mientras se enderezaba para responder.

Interesante.

Jamás había mencionado a ninguna Catherine en ninguna de sus conversaciones previas... aunque era cierto que ellos rara vez hablaban de cosas tan personales y la reacción dejaba en evidencia que era alguien que le importaba. Y además le divertía la perspectiva de ver a Steve interactuando con una mujer que no era familiar.

—Hey, Cath —saludó en una voz tan distinta a la que Mary acostumbraba oír de él que no podía dejar de escuchar—. ¿Qué? ¿Quién era? ¿Son celos lo que estoy escuchando, teniente?

Steven comenzó a hablar en susurros, dándole la espalda en respuesta evidente a la curiosidad de ella, y se preguntó qué era tanto secreto. No podía ver la cara de su hermano ni leer el tono de su voz por lo que se giró para mirar a Kaimana, que toda la vida había sido como un libro abierto. La tigresa la miraba con diversión mansa en sus ojos ámbar.

—¿Cath? —murmuró, sin alzar la voz.

Kaimana no se inmutó. Keikipi miraba entre ambas con curiosidad evidente reduciendo en su mirada.

—Sí, te debo una más. Realmente aprecio tu ayuda con esto. —Mary escuchó decir a Steven, al final. Su voz era más fuerte—. Eso no es cierto. Me haces sonar como un pésimo amigo. Claro, sí. Te llamaré.

Arrojó el teléfono a la cama tras cortar la llamada.

Mary tuvo la impresión que no pensaba volver a dormirse. No tenía idea qué hora era, había perdido la noción del tiempo, debía ser muy tarde o muy temprano.

—¿Cath? —le preguntó, esta vez mirándolo a él. No pudo suavizar el deje sugerente de su voz. Tampoco había tratado de hacerlo con mucho esmero.

Steve le dio una de las miradas de pretensión más sólidas que Mary le había visto en su vida. Levantó una ceja.

—¿Qué quieres decir, Mare?

—Se presentó muy formalmente así que no pensé que fuera importante para ti —comentó, tentativamente. Del único amigo que sabía era de un Freddie algo.

La sonrisa de Steve era cálida, sin embargo, al hablar de esta misteriosa Catherine.

—Es una buena amiga.

—¿Solo una buena amiga que se pone celosa cuando una mujer contesta tu teléfono?

Steve le dio una mirada divertida.

—Te pierdes parte de la comunicación cuando escuchas un solo lado —se mofó él—. Y es peor si no lo escuchas todo.

Mary le sonrió. Steve parecía tan estoico y rígido, especialmente estando alrededor de ella, que era agradable ver un atisbo de algo más... humano.

Odiaba la imagen de perfección que él evocaba, a veces.

—¿Te vas al hospital de nuevo?

Steve borró la sonrisa de su cara.

—Iré a ver si Hesse está consciente, pero no volveré a dejar el lugar hasta saber más.

—Irás a tomar una ducha, primero.

Él asintió. Se veía más relajado. Era cierto que el descanso hacía maravillas. Tal vez hablar con esta buena amiga, incluso...

—Catherine volverá a llamar —informó Steve, repentinamente—. Tiene que confirmarme algo. Si llama cuando no estoy-

Mary hizo un gesto de frustración.

—Sí, sí. ¿Tengo que aclarar que soy tu hermana?

Steven sonrió y desapareció en el cuarto de al lado, seguido de cerca por Kaimana, sin contestarle.

Mary le acarició la cabeza a Keikipi, agradeciendo el confort de su tacto. Como si se tratase de un guión, una vez que el agua de la ducha hizo patente su presencia, el teléfono sonó.

No era Catherine Rollins.

—Soy el Detective Danny Williams —dijo una voz decididamente masculina con un toque de diversión ineludible. Mary trató, pero no logró, darle rostro a la voz —. Y como tampoco eres Steven creo que los dos estamos confundidos con esta llamada.

Sintió que una sonrisa tiraba de sus labios en eso.

—Soy Mary Ann McGarrett.

Hubo una pequeña pausa al otro lado, un silencio trémulo.

—Nos vimos en el funeral, aunque me parece que no nos presentamos... Lamento mucho tu pérdida.

—Gracias —respondió, ignorando el nudo en su garganta. Se moría de ganas por preguntar algo que no estaba segura si quería saber—. ¿Conocías a mi padre?

—No tuve el placer, no —respondió, franco—. Escuché que era un gran policía.

Mary se rio amargamente. Keikipi se quedó muy, muy quieto bajo su mano.

—Sí, bueno, no sabía ser otra cosa.

Danny hizo otra pausa, más extensa. Era un silencio cuidadoso esta vez.

—Steven dijo algo parecido —suspiró, en voz tranquila—. Lamento que haya sido así. No es una vida fácil ser hijo de personas que se dedican a los demás.

Podría haber sido una frase hecha pero no la sintió así. La sinceridad era brillante en las palabras y no podía dudar de ello ni por un instante.

—¿Tu padre era policía también?

—Bombero voluntario —respondió Danny, todavía suave. Mary se sentó en la cama, sin saber qué decir. Keikipi se trepó a su regazo, mirándola con una mezcla de curiosidad e inquietud—. Cada vez que sonaba la sirena... la cara de mi mamá era difícil de ver.

Mary había perdido a su padre y a Moira el mismo año que perdió a su madre y a Ishi. Lo único que quedaba de su familia eran su tía y Lyron, que estaban tan lejos cuando ella los necesitaba allí, y Steven y Kaimana que eran inalcanzables aún en proximidad.

Sintió las lágrimas deslizarse por su mellizas, asombrada con su aparición repentina. No había pretendido...

—¿Está-

No podía hacer esa pregunta. No podía articular las palabras.

—Todavía trabajando —dijo Danny, una sonrisa transparente en el sonido de su voz amable—. Y todavía me preocupa.

Mary se rio en eso, aunque no era realmente gracioso y sintió el escozor del llanto en sus ojos.

Era el simple hecho que alguien más entendía, que alguien más... era el hecho que no había podido pensar en su padre en años sin sentir las huellas de su ausencia y su falta y ahora que había vuelto a casa... ya no lo vería.

Su familia estaba rota para siempre.

—Lo siento —dijo ella, cuando encontró sus cuerdas vocales. Era tan extraño estar llorando en el teléfono con un perfecto desconocido que se preguntó si aquello era normal o solo otro ejemplo de lo jodida que era su vida—... Yo- lo siento. Nunca me pasa esto.

Nunca dejaba que le pasara.

—Está bien.

—¿Está bien? —preguntó, sintiendo unas ganas extrañas de reírse. Hundió los dedos en el pelaje de su hurón.

—Necesitabas desahogarte y lo hiciste, eso es lo que está bien. Nada de eso tiene que ver conmigo. ¿Quieres que llame más tarde?

—No, no. Steven dijo que tardaría tres minutos y-

—Y ya estoy aquí.

La declaración colgó en el aire y Mary se volvió hacia la puerta, asombrada más allá del entendimiento por la repentina interrupción. No quería saber cuánto de la conversación había escuchado su hermano.

Aunque, a juzgar por la expresión que tenía, Steven llevaba allí un rato.

—¿Sigues allí? —preguntó Danny, un poco inquieto.

—Steve está aquí. ¿Quieres hablar con él?

Danny bufó al otro lado de la línea. —Bueno, es mi jefe actualmente. No tengo muchas opciones.

La sonrisa en su cara era irreprimible.

—¿Tan malo es? —preguntó ella sonriéndole a su hermano.

Los ojos de Steven, ilegibles en su emoción, se quedaron fijos en su expresión.

—No, no lo es. Por favor, no le digas eso —Una pausa breve en la línea—. Está mirándote con esa cara de estreñimiento, ¿verdad?

Mary soltó una carcajada y el sonido persistió al ver que Steve fruncía el ceño, estirando su brazo para recibir el celular. Keikipi y Kaimana permanecieron callados, mirando entre ellos.

—Sí.

—Creo que podríamos torturarlo un poco más con el suspenso. Pero creo que te quitaría el teléfono por impaciente si lo hacemos.

Mary estudió el gesto de su hermano y tenía que estar de acuerdo con ello. Steven jamás había sido el más paciente. Ni aún de niño. Había una razón por la que su padre solía leerle a ella las historias de misterio.

—Puedes apostar eso —dijo, la sonrisa persistente en su boca—. Lo pondré al teléfono.

—Cuidate, Mary Ann.

—Gracias —Y lo decía en serio.

Steve tenía una mirada confusa cuando recibió el móvil.

—¿Qué es lo que le estabas diciendo a mi hermana, Danno? —preguntó. Mary se maravilló en lo infantil que sonaba de repente—. Bueno, a ti no te gusta que te llame así y a mí no me gusta que conspires con mi hermana...

La voz de Steven quedó como una cortina de fondo.

—¿Estás bien, Mary? —preguntó Kaimana, que la miraba con toda su atención.

—Estoy bien.