Discordia
Escuché pasos en la celda contigua y luego el sonido de la cerradura al romperse. Vi como una pequeña silueta se acercaba con intención de abrir la cerradura, y me percaté de que se trataba de Sherezade. Debía haberse colado en el templo después de nosotras y nos había encontrado. Le había dicho a Skias que la protegería y al final me estaba ayudando ella a mí. Aunque antes de que pudiese forzar la cerradora, escuché voces y empecé a distinguir una luz que venía del pasillo. Le hice un gesto para que se apartase y esperé a que mis captores hicieran acto de presencia.
Sí, reconocí el uniforme ateniense, Sherezade estaba en lo cierto al decirme donde estábamos. Afortunadamente, no se fijaron en su ausencia, venían directamente a por mí. Abrieron la jaula y me cogieron entre los dos. Me esposaron antes de que pudiese soltarme, pero eso no evitó que uno de los guardias se llevase un cabezazo de mi parte. Él contraatacó dándome un puñetazo en la nariz, ante el que yo no grité, como sabía que él quería.
_ Deberías aprovechar algo más tu último día de vida, espartana. Dentro de apenas unos minutos serás un fantasma.
_ El fantasma de Esparta._ Se burló su compañero, dándome un empujón para que avanzara.
Nunca me había sentido tan humillada. Sentía como la furia crecía dentro de mí, intratable, inconmensurable. Iba a vengarme, lo sabía. Me empujaron en una habitación vacía, muy pequeña, en la que vislumbré una puerta abierta a la que, ya libre de mis ataduras, pude pasar. El brillo del sol, a través de un rastrillo, me dejó cegada por un momento.
A través de él, veía lo que innegablemente debía ser el circo. Al parecer estaba en Atenas después de la conquista romana. A mi lado veía armas y armaduras. Al parecer, iba a morir de la forma en que siempre había querido hacerlo. Me puse una armadura de acero y tomé una espada, que colgué del cinturón. No había yelmo, porque al parecer querían que me cortaran la cabeza, pero bien que les iba a dar una sopresa.
Anzu
La reina. Siempre había alguien alzado por encima del resto en todo reino. Y eso me hacía pensar en la posibilidad de que algo oscuro estuviese sucediendo en el reino en cuestión. No existía un lugar tan perfecto, ni tan siquiera en los sueños de una mente brillante. Mientras ascendía por las escaleras de mármol blanco, seguía con aquel pensamiento en la cabeza.
Todo era demasiado tranquilo, demasiado bonito, me mantenía alerta, en contra de lo que se suponía que debía hacerme. Los guardias nos dejaron pasar, con un gesto muy respetuoso. Si tan maravilloso era ese mundo. ¿Para qué necesitaba guardias? ¿Eran ornamentales, acaso? Llegamos ante los aposentos de la reina y tuve que alzar una ceja con incredulidad.
En el trono estaba Arciria, y a su derecha, como su consejera, Flavia. No sé cómo diablos había conseguido crear una ilusión ella sola, porque juraba que las marionetas no podían, y sin embargo, ahí estaban. Sin embargo, incluso en una visión creada por ella misma, estaba subyugada por su creadora. Su más profundo sueño no era el suyo, era que el de ella se viese cumplido. Era hasta romántico.
_ ¡No podéis estar aquí!_ Exclamó, poniéndose en pie y desenfundando la primera espada que veía desde que había entrado en aquella ilusión. Con todo, seguía siendo blanca y de aspecto marmóreo, igual que el resto. Iba a haber que tomar medidas.
Discordia
Tomé un escudo y miré mi reflejo en él. Tenía el rostro de una mujer dura, decidida. A pesar de no ser yo, lo cierto es que encajaba con el tipo de persona que yo era. La piel ligeramente tostada y unos ojos azules como el cielo. Sujeté el escudo cuando escuché el rastrillo alzarse, preparándome para lo peor. Salí a la luz, y vi a un público que clamaba buscando mi muerte. Alcé la vista al palco principal, y sentada en un trono, observando con ligera indiferencia, estaba yo.
De modo que así era la forma en la que se me veía desde fuera. En lo que tardé en pestañear, la vi aparecer detrás de mí. Sí, decididamente aquel gesto era muy mío. Noté las frías manos recorrer mis hombros, y me estremecí, haciendo amago de apartarme. Mi doble se rió ante mi gesto. Recordaba cuanto me gustaba el terror que provocaba.
_ Recuerda esto, fantasma de Esparta. Esta es tu última batalla. Triunfa y serás libre. Fracasa y... bueno. Ya sabes lo que ocurrirá.
_ Lo tengo muy claro._ dije, quitándole toda la importancia que tenía.
_ Te he traído algo especial para esta última batalla. Un guerrero digno de ti. No iba a permitir que te fueses sin divertirme una última vez.
Se desvaneció, y entonces el otro rastrillo se abrió. Y apareció él. El soldado de oro que tantos quebraderos de cabeza me había dado, el motivo por el que Anzu nos había traído allí. Supuse que, si lo derrotaba, quizá podría salir de aquella pesadilla de una vez.
Desenfundé la espada y el escudo, adoptando posición defensiva. Mi mejor alternativa en aquel momento era cansarle. Lanzó una estocada siquiera sin acercarse y un relámpago impactó contra mi escudo y me empujó contra una pared. El público le vitoreó. noté como el peso sobre mi brazo disminuía, porque el escudo se había partido en dos y había caído al suelo. Aferré la espada con ambas manos y me di cuenta que lo único que podía hacer era aspirar al combate directo. Lancé un mandoble contra su armadura, pero aquello también fue un error.
La espada también se partió en dos cuando entró en contacto con la espada de él, lo cual no era de extrañar, a fin de cuentas se trataba de la espada vorpalina. Me lanzó otro rayo, esta vez directo al pecho, y si bien la armadura sí que pareció aguantar el envite, noté como me quemaba el torso, lo que provocó que se me escapase un grito que no hizo más que animar al público.
Me cogió con facilidad con una de sus manos y sentí como me quemaba con verdadera intensidad cuando ponía la otra sobre mi rostro, formando una línea roja que lo atravesaba. Conseguí separarme de una patada y rodar por el suelo. Podía escuchar los gritos como si estuvieran todos a mi alrededor.
Lo vi recoger su espada y alzarla, como celebrando una victoria que ya era suya. Y entonces, lo vi. Medio enterrado en la arena, oxidado, olvidado, podría decirse. A simple vista podía parecer un frisbee de acerco roto, sin parte central. Pero yo sabía que era más que eso. Él se estaba acercando a mí, con calma, para asestarme el golpe final y ganarse el favor de aquellas endemoniadas personas que estaban allí con el único propósito de verme perder la vida.
Rodé por el suelo y tomé el instrumento del suelo. Sólo tenía un lanzamiento. Aunque la idea de lanzarlo desapareció cuando observé otro objeto semienterrado a su lado. Una cadena. Ajusté la cadena al aro y esperé, esperé el momento preciso. Cuando estuvo lo bastante cerca lancé un grito agudo, hice girar la cadena e hice mi lanzamiento.
El espectáculo fue dantesco. Impacté en la junta de la armadura, que separaba el torso del la cadera, y vi como el caballero quedaba partido en dos. Las víscera se esparcieron por el suelo, y formaron un charco de sangre que cubría la arena. Escuché vítores, clamores, y luego me dejé caer sobre la arena, respirando pesadamente. Todo a mi alrededor pareció diluirse de pronto... la ilusión se estaba rompiendo.
Anzu
_ Has creado un mundo de porcelana._ Dije, en un susurro, mirándola._ ¿Cuál es la pega?
Flavia me miró con los ojos encendidos. Estaba claro que la había enfurecer mi presencia. Irónicamente, aquella ilusión parecía tener poco que ver con que yo estuviese ahí. Quizá ni tan siquiera sabía que se trataba de una ilusión. En cualquier caso, la Arciria de su sueño había salido de la sala y sólo quedábamos nosotras.
_ No tiene ninguna pega. Este mundo es perfecto. No hay odio, ni guerra. No hay tristeza.
_ De modo que la única persona de este mundo que guarda oscuridad en su corazón, eres tú._ Dije, sincera._ Una marioneta sin hilos.
_ ¡No soy una marioneta!_ Estalló.
En ese momento, la sala empezó a temblar. El mármol de las paredes se agrietaba, como si la visión se estuviera desmoronando. Flavia entró en pánico, llevándose la mano al pecho e hiperventilando posesivamente.
_ ¡Mi reino! ¡Mi mundo de porcelana!_ Exclamó_ ¡Lo has destruido! ¡Lo has corrompido!
_ Este mundo no es real._ Le dije, cruzándome de brazos.
_ ¿Y qué más da? ¡Tú eres incapaz de entenderlo!
_ ¿Incapaz? Para mí, el mundo real es de porcelana. Siempre tengo que andar con cuidado y controlarme, vigilar mis fuerzas, porque de lo contrario me sería muy fácil romper todo lo que hay a mi alrededor. Herir a las personas que quiero. Pero como bien he dicho, este mundo no es real, y yo no tengo que detenerme porque aquí... no existen los límites.
Puse fin a su dolor. No fue doloroso, no fue no una tortura. Simplemente me moví, me moví a una velocidad tan rápida como un pestañeo. Y di un tajo. Un tajo que cortó la cabeza de Flavia. Cierto era que no la había matado en el mundo real, pero aquello había destrozado su mente. Una mente que no debía existir y que, en definitiva, merecía un descanso.
La sala se desdibujó, y aparecimos en el templo. Vi a Discordia sobre el altar donde antes había descansado yo, abriendo el frasco que le había dado y dejando que su contenido cayese por su garganta. El cómo había conseguido yo aquella ambrosía, era un secreto que prefería no compartir. Pero, en cualquier caso, Selenna había perdido su divinidad para buscarme, y lo justo era que yo se la devolviese.
_ Confieso que por un momento pensé que no te la tomarías._ Murmuré, mirándola.
_ Aunque me pesa, es lo que soy. Alguien tiene que hacer mi trabajo._ Dijo, con una curiosa sonrisa en los labios._ Además, le debo a Sherezade el encontrar a su padre.
Yo por un momento miré a la pequeña que se había quedado dormida en el suelo. Skias no era su padre, pero yo tampoco tenía derecho a considerarme su madre. Lo mejor era que, después de todo, siguiese con él. Asentí para mí misma. Notando como Selennaya se me acercaba y me ponía la mano sobre el hombro.
_ Lo siento.
_ ¿Qué sientes?_ Pregunté, sin entender.
_ Haberte acosado. Haberte perseguido... en resumen, todo._ Dijo, mirándome._ Me he comportado como una idiota y no tengo excusa.
_ Un poco idiota sí que eres._ Le dije, sacándole la lengua, de modo infantil._ Ahora en serio, no te preocupes. Necesitabas algo a lo que aferrarte.
_ Creía que si dejaba de pensar en ti, sólo un momento, perdería la humanidad que había ganado con aquella maldición. No quería volver a ser como antes.
_ Eso lo entiendo._ Dije poniéndole la mano sobre el hombro y mirándola a los ojos.
_ Pero ahora he pasado por una experiencia que me ha hecho entender que no necesito eso para vivir mi vida. No te necesito para conservar mi humanidad._ Dijo, soltando un suspiro como si aquellas palabras la liberaran.
_ Adiós, Selenna._ Susurré, dándole un beso en la frente para indicarle que me iba. Cogí a Coraline y a Mérida y me aparté para desaparecer y volver a casa, de una vez por todas.
_ Adiós, Shadow._ Dijo. La vi coger a Sherezade en brazos y desaparecer, con el resplandor de un relámpago.
Arciria (RA)
Volví al escondite para encontrarme con Zelena. No quería permanecer más tiempo con Lianne y con sus insinuaciones de que podía sentir algo por Anastasia. Me senté en un rincón, pues la bruja de piel esmeralda no había aparecido. En ese momento, sentí como si alguien estrujase mi corazón. Me derrumbé y caí al suelo. Mis ojos expresaron confusión, frustración, se abrieron como platos.
_ ¡Flavia!_ Llamé_ ¿Dónde está Flavia?
Vi un resplandor dorado, y Edward, mi soldado de oro, hizo acto de presencia. Sostenía en sus brazos a Flavia, que aparecía inerte, inmóvil. Su brazo caía de forma inhumana, como el de una muñeca, y sus gafas estaban rotas. Sus ojos oscuros, tras los cristales rotos, no mostraban vida alguna. Llevé mis manos a su rostro, acunándolo, y la miré, con frustración en los ojos.
_ No... no no no no..._ susurré._ ¿Qué le has hecho? ¿Qué le has hecho a mi obra más perfecta?
_ Fue Anzu, mi señora._ dijo Edward, mirándome.
_ ¿Y cómo pudiste permitirlo? Te creé para protegerla. Te creé para guardarla. ¿Para qué quieres esa armadura si no puedes hacer el único trabajo para el que te di la vida?
Alcé la mano, y Edward se elevó por los aires. Empujé, y la armadura salió despedida en todas direcciones. Se hizo añicos, hasta que no quedó nada más que polvo dorado en el suelo. Tomé a Flavia entre mis brazos y me alejé, apesadumbrada, pues tendría que encargarme de velarla de la forma adecuada. Había hecho muchas veces aquel proyecto, pero en ninguno me había involucrado como aquella vez. Aquella mujer que tenía entre mis brazos, era el proyecto definitivo. Porque con ella había creado, aún sin ser consciente, amor verdadero.
7 meses después
Arciria
Los gritos se escuchaban por todo el castillo. Había llegado la hora. Realmente, los partos eran algo doloroso. Y lo había superado de la forma en que creía que había sido mejor posible. O al menos, lo estaba intentando. Pero lo cierto es que debía haberle destrozado la mano a Neal. Empezaba a entender otro motivo por el que la alianza iba en la mano izquierda. Cuando Ruby había hecho aquello, un par de semanas antes, ya me había asustado, lo cierto era que yo no podía concebir la clase de dolor que estaba sintiendo. Era como si me fuese a partir en dos.
_ Vamos, Arciria ¡Empuja!_ Debía ser la enésima vez que me pedían que empujase. Pero esta vez era la buena.
Tras mi fuerte empujón, escuché un llanto acompañado de un mareo. Pude ver a la pequeña criatura en manos del doctor Whale. Pero no tuve tiempo para relajarme. Cuando creía que el tormento había pasado, y cuando apenas había podido mirar a la que, según el doctor, era mi hija, noté como otra contracción señalaba que no había terminado.
_ ¡Viene otro bebé!_ grité, casi sin voz.
En ese momento, la sala quedó en total silencio. La puerta se abrió de par en par, y noté como el tiempo se detenía por completo un instante, todas las personas de la sala inmóviles, como estatuas, mientras ella comenzaba a moverse por la sala. Zelena. La bruja de piel verde y yo éramos las únicas de la sala que parecíamos estar en movimiento. Ella, sin decir una palabra, se acercó al doctor y le quitó a mi hija de entre sus brazos. Esta, al verse de nuevo fuera de aquel hechizo, empezó a llorar y berrear, provocando que Zelena pusiera una mueca de disgusto.
_ Una promesa es una promesa, hermana. Me llevo a esta criaturita que has tenido la gracia de crear para mí._ Dijo, con una sonrisa._ Nos vemos pronto, hermanita. Disfruta de tu maternidad... o no.
Vi a Zelena desaparecer en un estallido de bruma verde y, con una dolorosa contracción, y lágrimas en los ojos, pude ver cómo el tiempo volví a correr, escuché a Neal gritar, y al doctor Whale mostrar confusión, Y comprendí que no podía hacer nada. Zelena había ganado.
Zelena
Aquel maldito bulto no hacía más que llorar y gritar. Si lo hacía haciendo de ese modo, lo más probable era que terminase por descubrir nuestra presencia, por muy oculto que estuviese el escondite. La movía de un lado para otro, e incluso intentaba cantar una canción, pero el bebé seguía llorando.
_ ¡Cállate, bicho! ¡O te sacaré el corazón!_ Exclamé. Como respuesta noté que me ponía la mano en la mejilla, y como la temperatura de esta comenzaba a bajar drásticamente.
_ La estás asustando, Zelena.
La voz de Arciria me sobresaltó. En los últimos siete meses, apenas había hablado. Había caído en una repentina depresión después de la muerte de Flavia. Se pasaba el día mirando el cristal en el que estaba encerrada, sin comer y apenas durmiendo. Estaba bastante segura que, de no ser por su inmortalidad, habría muerto hacía bastante tiempo.
_ ¿Acaso tú sabrías manejar a esta cosa mejor que yo?_ Le espeté, enfadada.
_ Esa "cosa", como tú la llamas, es mi hija._ Me espetó, cogiéndola en brazos._ Venga pequeña... tranquila... mami está aquí.
El efecto fui instantáneo. La cría dejó de llorar y se llevó un dedo a los labios, que comenzó a chupar ardorosamente. Íbamos a tener que encontrar el modo de darle de comer, si es que pensábamos mantenerla con vida algún tiempo. Algo que, visto el cambio que acababa de pegar Arciria, era más que factible.
_ Supongo que necesitará un nombre porque bicho no parece demasiado amable._ Dije, con una sonrisa cínica.
_ Pues claro que tendrá un nombre._ Dijo la recién autonombrada madre, jugando con sus dedos para llamar la atención de su pequeña.
_ Y dime... Arciria... ¿Cómo vas a llamar al monstruito?
_ No es ningún monstruito._ Insistió, consiguiendo sacarle la primera risa al bebé._ Como ya te he dicho es mi hija... y su nombre es Elsa.
Fin Del Libro II
