Capítulo 12

Candy se pasó el cepillo por el pelo por última vez, lo dejó en el tocador y se levantó. Ciñéndose el cinturón de la bata, se la cerró por el cuello con los dedos y se volvió por fin hacia la cama.

Albert ya estaba acostado bajo la colcha, boca abajo, con la cabeza enterrada en la almohada y los brazos por debajo de esta, probablemente dormido, que era como a Candy le gustaba que estuviera cuando finalmente hacía reposar su cuerpo al lado de él. La habitación estaba a oscuras, salvo por la luz que desprendía un pequeño quinqué colocado junto a la cama y el potente reflejo de la luna llena sobre la lejana agua, que brillaba a través de las ventanas.

Habían pasado juntos su último día en Marsella, relajándose en la playa, hablando de cosas triviales así como de algunas de las aventuras de Albert como Caballero Negro sobre las que Candy había sentido siempre una particular curiosidad. Ella se había reído con el relato de varias de sus historias, había disfrutado de su compañía con un respeto y una admiración crecientes por varias de sus hazañas, muchas de las cuales a Candy se le antojaron increíbles, y a la sazón se sintió encantada de no haber partido hacia París de inmediato. Exceptuando su enfado inicial, cuando se había enfrentado a él en relación con su identidad, en cuanto el engaño y los secretos dieron paso a la sinceridad entre ellos, el día resultó, bueno... perfecto.

Candy se dirigió al borde de la cama, se quitó la bata, que dejó a los pies del lecho, bajó la luz y se metió lentamente bajo las sábanas. Apenas había sitio suficiente para los dos, lo que le había obligado a esforzarse al máximo todas las noches para no tocar a Albert en ninguna parte. Aun así, las más de las veces, se había despertado en algún momento para encontrarse con que le había puesto los pies en las piernas o el brazo sobre el pecho desnudo, aunque, a Dios gracias, Albert parecía no haberse percatado de la circunstancia o que, en cualquier caso, esta le traía sin cuidado. Dormía sin ningún atuendo nocturno más allá de unos viejos pantalones, algo que a Candy se le antojaba extraño, aunque en realidad no era asunto suyo. Por supuesto, ella siempre iba decentemente tapada.

Albert se revolvió y se puso de costado, volviéndose hacia ella. Candy se tumbó de espaldas, con los brazos cruzados con cuidados sobre el vientre, sabiendo de manera intuitiva que, después de todo, él no estaba durmiendo, sino observándola a la luz de la luna.

—¿Qué hace con su perro? —susurró ella, mirando fijamente el techo a través de la penumbra.

—¿Qué? —contestó él con voz baja y áspera.

—Su perro —repitió Candy—. Cuando realiza las rápidas escapadas como Caballero Negro, ¿qué es lo que hace con él?

Albert respiró hondo y movió el cuerpo para ponerse cómodo.

—Solo me ausento de la ciudad durante unos pocos días, así que mi ama de llaves y mi mayordomo cuidan de él. Si me voy al extranjero, como en este viaje, les concedo unas vacaciones pagadas al ama de llaves y al mayordomo y llevo el perro a la finca que mi hermano tiene cerca de Bournemouth.

Candy volvió la cabeza para mirar lo que podía ver de la cara de Albert.

—¿Se lleva al perro hasta la costa?

Albert esbozó una débil sonrisa en las sombras.

—Siempre. —Y tímidamente, añadió—: Quiero a mi perro.

Eso la hizo sonreír, algo que Candy estuvo segura que él podía distinguir, porque el claro de luna le iluminaba intensamente el rostro.

—¿Por qué lo llamó Espina?

—Porque es una espina que tengo clavada.

—Pero, sin embargo, lo quiere lo suficiente para llevárselo a casi ciento sesenta kilómetros de casa, cuando ya tiene empleados domésticos que podrían alimentarlo y sacarlo a pasear.

—No es lo mismo —contestó él en voz baja—. Patty y George también lo quieren; y a sus hijos les encanta jugar con el perro. Y eso también me da la oportunidad de visitarlos.

Candy hizo una pausa momentánea, y cuando cayó en la cuenta de las implicaciones, su voz se tornó seria.

—Patty y George saben quién es usted.

Fue una afirmación fruto de una repentina conclusión, y Albert se rió un poco en voz baja.

—Por supuesto que lo saben. Me gusta que mi hermano sepa dónde estoy y qué estoy haciendo. Confío en él y en su esposa. Aunque, exceptuando aquellos con los que trabajo, y ahora usted, son los únicos que saben lo mío. Y nunca se lo dirán a nadie.

Aquello enfureció a Candy por completo. Patty era la que le había sugerido que primero hablara con Albert, la que le había confiado que Albert conocía al Caballero Negro. Patty también estaba al tanto de los encaprichamientos de Candy, tanto con el mito como con el hombre, y sin embargo la había enviado a una aventura desesperada e incierta con pleno conocimiento de la vergüenza que podría acabar causándole.

Apretó los labios, mientras volvía los ojos una vez más hacia el techo oscurecido.

—La mataré por mentirme y remitirme a usted de esta manera.

Albert suspiró.

—Creo que ella sabía lo que estaba haciendo.

Aquellas palabras susurradas habían tenido la intención de tranquilizar, pero, por el contrario, la mente de Candy sucumbió a la idea más devastadora de todas.

—¿Patty le habló de mí?

Albert guardó silencio durante un instante, un instante tan largo, de hecho, que Candy acabó por volverse hacia él. Albert la observaba con aire pensativo, aunque incluso eso fue más una percepción que una evidencia, porque la expresión de su cara, a solo unos centímetros de distancia de la de ella, era apenas distinguible.

Al final, Albert se incorporó un poco, apoyando el codo en la almohada, con la barbilla y la mejilla en la palma de la mano derecha y la mano izquierda apoyada en la sábana junto al hombro de Candy .

—He hecho algunas averiguaciones acerca de usted durante estos últimos años, Candy. Fue así como llegué al conocimiento de sus ocasionales cortejadores. —Empezó a restregar las yemas de los dedos contra la sábana—. Pero, en realidad, Patty no me contó mucho sobre usted, y no, antes de que usted me lo pidiera, no sabía que ella la había remitido a mí.

Su reconocimiento hizo que Candy sonriera abiertamente con algo más que un ligero alivio y con cierta satisfacción por enterarse de que había preguntado de verdad por ella.

—Entonces, la seguiré considerando mi amiga —dijo ella un tanto arteramente. Como aclaración, añadió—: Y tampoco me cortejó nadie. Jamás he sentido el más mínimo interés por ninguno de los estirados conocidos masculinos que acuden a mi salón.

—Excepto por mí —replicó él con voz profunda.

—Usted nunca ha acudido a mi salón —le recordó ella, con aire inocente.

Albert sabía que ella estaba esquivando el tema y volvió a sonreír.

—No, y creo que también sería exacto decir que soy algo más que un conocido.

—A todas luces no somos más que conocidos, Albert —le corrigió, volviendo a posar la mirada en el techo.

Él se le acercó tanto que durante un segundo Candy pensó que podría atreverse a besarla en la sien. Con los labios casi rozándole la oreja, Albert susurró—: Los conocidos de sexo diferente nunca duermen juntos, Candy.

La calidez de su cara rozó la de Candy; ella pudo notar el olor de su piel y, por más que confiaba en que fuera un caballero, el nerviosismo afloró libremente.

—Pero esto se debe por completo al azar... a un acuerdo comercial, por decirlo de alguna manera.

—Yo no lo llamaría ni azar ni negocio —contestó él—. Lo llamaría destino.

Albert dejó que la afirmación flotara en el silencioso aire nocturno. Y al final, cuando Candy supo que él no añadiría nada más hasta que ella lo hiciera —o lo volviera a mirar— ladeó la cabeza de manera casi imperceptible, solo lo suficiente para mirarlo fijamente a los ojos, que la oscuridad mantenía demasiado ocultos para ser leídos.

No obstante, ella arguyó con valentía:

—Esto nada tiene que ver con el destino. Estoy aquí por necesidad. Ni por lo más remoto he estado interesada en usted jamás, excepción hecha de sus habilidades como ladrón. Dejando a un lado su atractivo, en su cuerpo no hay ni el menor indicio de instinto conyugal.

—Muchas mujeres pensarían lo contrario —recalcó él con una formalidad fingida.

—Justo lo que estoy diciendo, querido Albert.

Aquello volvió a divertir a Albert. Más que verlo, Candy pudo sentirlo, aunque él no discutió. La observó, con la cara a centímetros de la de ella y los dedos rozando el brazo de Candy a través del liviano algodón, mientras se movían arriba y abajo por la sábana.

—Y sin embargo, quería casarse con un ladrón —insistió él voz baja—. A buen seguro, no esperaría encontrar nada hogareño en él. ¿O es que todo fue una historia inventada en mi honor?

Dijo las palabras... como si se escaparan de su boca, y sin embargo, ella supo por la seriedad de la entonación que se lo estaba preguntando de verdad. Sin embargo, Candy no podía hablar de eso ni desvelar lo lejos que había llegado en sus fantasías.

—Tiene razón —admitió ella con dulzura—. Mentí.

Él esperó un instante, y entonces la agarró del brazo con la mano y se lo apretó con suavidad.

—Y lo hace terriblemente mal.

El pulso de Candy empezó a latir aceleradamente, tanto por el íntimo contacto como por la implicación de las palabras de Albert. Sabía que ella estaba mintiendo en ese momento, y que sus intenciones originales eran exactamente las que había confesado. Pero, ¡ay!, Albert hizo un alarde de caballerosidad al no tratar de agravar la vergüenza de Candy, aunque, por instinto, y quizá porque ella estaba empezando a conocerlo tan bien, Candy se percató de lo mucho que Albert deseaba que lo admitiera y le explicara sus sentimientos más íntimos.

Y sin embargo, no podía. Por dos veces ya en su vida había sido humillada a causa de la sinceridad de sus revelaciones a Albert Andley, y con eso era más que suficiente. Ya había demasiada intimidad entre ellos, allí tumbada junto a él en la cama, sintiendo su calidez, oliendo el salobre aire marino mezclado con el seductor aroma a masculinidad de Albert. Candy cambió de tema sin inmutarse.

—Fue usted el que donó cientos de libras al hogar para chicas descarriadas de lady Julia Beverly, ¿no es así, Albert?

Percibió la sorpresa que le había causado a Albert el cambio de tema, y quizá incluso su consternación porque ella ya no quisiera hablar sobre ellos. Él guardó silencio durante varios segundos, limitándose a seguir mirándola fijamente bajo el claro de luna mientras le acariciaba un brazo con aparente distracción. Pero aquello era algo que Candy ansiaba saber; era uno de los mayores misterios de Londres, y en su momento provocó sustanciosos cotilleos que corrieron por toda la ciudad. La mayoría de ellos daban por cierto que el acto había sido instigado por el Caballero Negro, aunque fue uno de aquellos incidentes que no habían conducido directamente a él.

Al final, Albert respiró hondo y asintió con la cabeza en señal de reconocimiento.

—Fue hace cosa de unos dos años —empezó diciendo pensativamente—. Se me pidió que investigara el robo de un antiguo reloj de bolsillo con incrustaciones de diamantes, cuya desaparición fue denunciada por sir Charles Kendall. Este afirmó que se lo habían robado en su club, durante una partida de naipes entre varios miembros de la aristocracia en la que las apuestas habían sido elevadas. Me vi involucrado porque la descripción del reloj coincidía con otro robado nueve años antes al señor Herold Larken-James, un abogado y coleccionistas de antigüedades de gran valor, que murió en un incendio antes de que se pudiera encontrar el reloj y se le restituyera.

»Lo cierto es que el trabajo me llevó semanas, uno de los más largos que he realizado, porque tuve que arriesgarme a entrar en la casa de todos los hombres que habían participado en la partida de naipes. Pero mi investigación acabó dando sus frutos cuando encontré el reloj en el cajón del guardarropa de Walter Pembroke, un almirante de la Marina jubilado que lo había afanado durante la partida, donde todos habían estado apostando fuerte y demasiado bebidos para advertirlo. Al final, resultó que se trataba, por supuesto, del reloj del señor Larken-James, porque tenía sus iniciales grabadas con gran delicadeza en el interior, y dado que estaba muerto y que no tenía familia a quien poder devolverle el reloj, decidí destinarlo a una buena causa. Técnicamente, y puesto que nadie tenía legítimo derecho sobre la joya, me pertenecía.

Intrigada, y olvidadas las intimidades, Candy se puso de costado, volviéndose por completo hacia él, obligando a Albert a soltarle el brazo. Candy apoyó el codo en la almohada como él, con la palma de la mano en la mejilla, y bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

—¿Y no podría ser que sir Charles se lo comprara a la persona que se lo robó al señor Larken-James y se considerara legítimo propietario?

Albert hizo un leve movimiento de negación con la cabeza, y las comisuras de su boca descendieron en un leve fruncimiento.

—Eso mismo me planteé en su momento, antes de enterarme de que sir Charles había acudido al despacho del abogado en busca de consejo apenas dos semanas antes de que se denunciara la desaparición del reloj. El reloj fue robado más tarde, un día que sir Charles había concertado convenientemente una cita. Tal cosa está documentada. Como es natural, el señor Larken-James no sospechó de él, pero con los años he aprendido que las clases altas no saben de modales cuando se trata de las inclinaciones más despreciables de la naturaleza humana.

Fascinada, Candy dedicó unos segundos a pensar en ello.

—¿Y por qué escogió la causa de lady Julia?

Sin titubeos, Albert respondió:

—Porque sir Charles, un personaje de escasa decencia, tenía la repugnante costumbre de arrojar ocasionalmente a las chicas de su servicio a tan desafortunada condición, despidiéndolas luego sin ninguna referencia que les permitiera ganarse la vida, lo que daba con ellas en la calle. Me pareció adecuado que el sujeto ayudara a mantener a otras que quizá habían caído en desgracia de manera similar, así que envié el reloj a lady Julia, sugiriéndole que lo vendiera discretamente si necesitaba fondos para su hogar. Así lo hizo un mes más tarde, y yo le envíe una carta anónima a sir Charles informándole con detalle de cuál había sido el destino de su reloj.

Presa de la excitación, Candy estaba deslumbrada.

—¿Y quién le pagó a usted, entonces? Sin duda, no sus benefactores. No tenían ningún motivo.

Albert hizo un imperceptible gesto de indiferencia con el hombro.

—No cobré por ese trabajo.

Candy parpadeó.

—¿Se arriesgó a ser descubierto y quizá arrestado por nada?

Él se inclinó hacia ella para murmurar:

—De vez en cuando, Candy, hago mi trabajo solo porque me parece que está bien.

Había sido un acto piadoso, un servicio altruista hacia los menos afortunados, se percató ella, no un engaño del que alardear, como cuando había robado las esmeraldas, y Candy no pudo por menos que sonreírle con la mirada.

—Qué noble que es usted, Albert —dijo, tomándole el pelo.

—Puedo serlo a veces.

—Al menos podría haber hecho que se le reconociera el mérito —añadió ella en voz muy baja.

—No tengo nada que demostrar a nadie —admitió él con delicadeza.

Candy lo miró fijamente a la cara, que estaba a escasos centímetros de la suya, sintiendo la calidez y la satisfacción que los envolvía, la serena sensación de amistad que había entre ellos. Candy anheló levantar una mano y apartarle el pelo de la frente con los dedos, tocarle la barba del mentón, el vello del pecho desnudo. Tuvo que echar mano de todos sus recursos para contenerse. Pero de pronto, allí tumbada, tan cerca físicamente el uno del otro, en aquella íntima conexión con él, se le ocurrió que no le haría la pregunta más personal de todas.

—¿Por qué hace esto, Albert? ¿Qué le hizo decidir convertirse en un ladrón, inventarse una personalidad ficticia... tan increíble?

Albert alargó una mano hacía los lazos de cinta que colgaban del cuello del camisón de Candy y empezó a enroscarse uno en los dedos. No habló de inmediato, lo que incitó a Candy a insistir en busca de detalles, mientras adelantaba el pie derecho lo suficiente para rozarle la espinilla con los dedos.

—No diré una palabra —susurró ella.

Albert hizo una pequeña y contenida exhalación.

—No es ningún secreto. Nunca se lo he dicho a nadie.

Candy siguió acariciándole la pierna sin responder nada, esperando que él no decidiera dejar de confiar en ella en ese momento.

Al final, Albert dejó caer el brazo que le sujetaba la cabeza e instaló el cuerpo cómodamente al lado de Candy, apoyando la mejilla en la almohada una vez más y mirándola directamente.

—Usted es hija única —empezó—, y mujer, así que puede que no lo entienda. Pero soy el segundo hijo de un conde.

Candy apoyó la cabeza junto a él, metiendo las manos bajo la almohada con una sonrisa.

—Ya sé eso, Albert. Todavía no me ha impresionado.

Él le devolvió la sonrisa.

—No se tome mi afirmación a la ligera, Candy. Piense en lo que significa. Solo somos dos, George y yo, a los que nos separan diecinueve meses. Mi padre estuvo encantado con que su esposa le diera dos hijos, pero probablemente me habría ido mejor si hubiera sido una niña...

Candy le interrumpió en un tono burlón.

—Viniendo de alguien que no tendrá que serlo jamás, eso es una tontería —le reprendió—. Usted tiene alternativas, y todo el mundo a su disposición; lo que se espera de mí es que me case y tenga hijos y que me plegue a los caprichos de mi marido.

Él le acarició una mejilla con ternura con el dorso de los dedos.

—No lo entiende. Hablo estrictamente de la atención que los padres prestan a sus hijas. Sí, soy hombre, y puedo tomar mis propias decisiones, ir a los sitios y hacer las cosas que me plazcan. Sé que la sociedad me permite cosas que le están vedadas a las mujeres. —Se aclaró la voz—. Y por supuesto, me gustan las mujeres demasiado para querer ser una alguna vez. Me siento muy agradecido por haber nacido varón.

Candy se puso un poco tensa al oír el comentario, pero él no pareció advertirlo, siguiendo antes de que ella pudiera hacer algún comentario y volviendo a alargar la mano hacia los lazos que le mantenían el camisón cerrado en el cuello.

—Estoy hablando de mí como individuo, Candy —explicó con voz apagada—. Mis padres nos querían tanto a George como a mí de la misma manera, nada hay que objetar al respecto. Pero mi hermano fue educado para que fuera conde; yo lo fui por si acaso llegara a serlo. Se suponía que mi hermano tenía que ser educado; en mi caso, se suponía que lo fuera menos, porque realmente no importaba, toda vez que no dirigiría las propiedades de la familia. Mi hermano fue preparado para ser importante; a mí se me permitió hacer lo que me diera la gana la mayor parte del tiempo. Mi hermano era el serio, el que hacía frente a sus responsabilidades con eficiencia, y a una edad temprana; yo era mucho más sociable y bromista por naturaleza, y se me... consintió más, por decirlo de alguna manera.

—Diría que hay muchos nobles que desearían ser los segundones —sugirió ella—. Y en esa condición tendrían todas las posibilidades y elecciones a su alcance, y la presión del éxito no recaería con tanta fuerza sobre sus hombros.

—Supongo que los hay —convino él—. Y puede que, de haber tenido varios hermanos y hermanas, no me sintiera así.

Candy frunció el ceño.

—¿Sentirse de qué manera, exactamente?

Albert hizo una pausa, y su frente se arrugó al recordar y concentrarse en pensamientos ocultos.

—Cuando tenía catorce años, sorprendí una conversación privada entre mis padres. Estaban hablando de mí, sobre mi naturaleza despreocupada y mi poca afición a los estudios. —Con un titubeo, añadió—: Mi madre mencionó que prestaba demasiada atención a las chicas y a la diversión.

—Eso no parece haber cambiado —dijo ella sin ninguna expresión.

Albert sonrió débilmente, pero desoyó el comentario, acomodando la cabeza y el cuerpo para poderlos acercar a ella aún más; tanto que Candy pudo sentir de hecho el calor que desprendía su piel y el suave aliento de Albert en las mejillas cuando habló.

—Hablaron seriamente de enviarme lejos —reveló con aspereza—, de enviarme al extranjero... a un colegio de niños en Viena. Mi madre se mostró reacia, pero, ella y yo estábamos muy unidos, así que esto no fue una sorpresa. Mi padre tenía la sensación de que yo carecía del refinamiento de un niño de buena familia y de que un ambiente estricto, pensado para inculcar una buena conducta moral, era lo que necesitaba para corregir mi inclinación a lo que él consideraba un comportamiento irresponsable. Aunque, al final, gracias a la determinación de mi madre y a la adoración que mi padre le profesaba, se me permitió seguir en Gran Bretaña. Por lo que sé, nunca más volvieron a hablar del asunto. Jamás me hablaron de su conversación, y nunca supieron que yo supe que había tenido lugar. —Bajó la voz hasta convertirla en un susurro huraño—. La idea de ser enviado lejos no me sorprendió, la verdad es que ni siquiera me inquietó mucho. Pero lo que cambió mi vida fue la conversación en sí que mantuvieron aquel día, Candy, y jamás lo olvidaré. Mi madre, entre lágrimas, dijo: «Siempre pensé que Albert sería el inteligente». A lo que mi padre respondió: «No es inteligente, es retorcido. Es un niño mal criado que no pasará de ser un calavera de la alta sociedad y que acumulará deudas a las que tendrá que hacer frente George. George será nuestro orgullo; Albert, quien arruine nuestra reputación».

Candy se sintió invadida por una poderosa oleada de compasión y simpatía que la recorrió de pies a cabeza, mientras consideraba hasta qué punto una conversación, incluso bienintencionada, podía desconsolar a un niño, si este la oía por accidente. No había nadie en el mundo que comprendiera mejor la sensación de no estar a la altura de los ideales establecidos, de ser subestimada y poco valorada.

—Sé lo que es no satisfacer suficientemente las expectativas paternas, Albert

—le dijo ella tranquilizadoramente, en un susurro suave como la seda.

Albert le clavó la mirada cuando contestó con pasión:

—Lo sé. Usted es la primera persona a la que le he revelado esto, Candy, y lo he hecho porque es la única que lo comprendería.

Candy se sintió atraída hacia él por esta simple afirmación, dicha con absoluta sinceridad y con una profunda emoción, con una absoluta confianza. Estaba tumbada a su lado, los dos juntos en una pequeña y cálida cama de una casa preciosa a orillas del mar en una tierra encantada, y, en ese momento, para ella, eran las dos únicas personas del planeta.

—Entonces, ¿por qué decidió hacerse ladrón? —preguntó mirándole a los ojos—. ¿No significa eso que ganaron sus padres?

Él le puso la mano sobre el camisón, la palma sobre el pecho, aunque justo debajo del cuello, y por primera vez, la descarada acción no la molestó en absoluto. Se le antojó algo maravillosamente natural.

—Piense en ello, Candy —sugirió él con voz suave y profunda—. Ganamos todos.

Fue en ese momento cuando ella lo comprendió todo. Albert vivía la vida que se esperaba de él y de su posición, una vida libre de preocupaciones, pero con la estabilidad inherente a un trabajo honrado, mientras que su ingenio y logros increíbles como fantástico ladrón quedaban ocultos bajo la aparente frivolidad y alegría tan habituales de la alta sociedad. Por encima de todo, se había convertido en el hombre que quería ser, con la integridad que sus padres jamás habían alcanzado a vislumbrar.

—Pero ellos llevan muertos años, Albert —argumentó ella con prudencia—. Nunca le conocieron como el Caballero Negro. Jamás conocerán sus éxitos.

Él volvió a sonreír.

—Lo sabré yo.

Candy le devolvió una amplia sonrisa.

—Y George.

—Y George —convino él.

El silencio creció en torno a ellos, la calma inundó la habitación, ninguno de los dos se movió. Albert la veía mejor que ella a él, se percató aquel con un leve reconocimiento de la ventaja que esto le daba. Por detrás de él, la luna llena proyectaba su brillo en los vividos ojos de Candy, tan llenos de expresividad, en su cara y en el pelo brillante que le caía en ondas sobre los hombros y los pechos. Desde que ella se había metido sigilosamente en la cama, había querido tocarla, rodearla con sus brazos y atraerla hacia él, pero como siempre, dado que sabía cuál sería la reacción de Candy, reprimió su deseo. Así que, como era natural, fue una completa sorpresa que ella levantara la mano y le tocara cautelosamente la cara, ahuecándosela en el mentón y acariciándole la mejilla con la palma mientras estudiaba lo que podía distinguir de sus facciones en la penumbra.

Albert la observó sin decir palabra, paralizado por el temor a que ella se detuviera. Era la primera vez que lo tocaba a propósito, y lo hizo con una ternura que fluía desde ella como un resplandor y que los envolvía a ambos con fuerza, y Albert no quiso que aquello terminara.

—¿No le apena todo esto ahora, que sus padres no llegaran a saber nunca en qué se ha convertido? —preguntó Candy en un profundo susurro.

—No, la verdad es que no —respondió al fin Albert, cediendo a la proximidad—. Creo que les habría complacido, si lo hubieran sabido. Me siento contento con la manera en que se ha desarrollado mi vida, y disfruto con lo que hago. Lo único fastidioso del asunto es que es una ocupación muy solitaria. Candy, ojalá la tuviera a mi lado para hacerme compañía en cada una de mis empresas.

Al principio Candy no supo cómo tomarse aquello.

Apartó la mano de la cara de Albert mientras sus ojos se convertían en unos redondos lagos de incertidumbre con un ligero rastro de prudencia. Luego, su boca se dilató en una sonrisa.

—Sería un problema.

—Pero un problema siniestramente divertido —bromeó él.

—Acabaría aburriéndose de mí, Albert.

Él soltó una risita.

—No puedo imaginarme aburriéndome de usted, Candy.

—Esa es una afirmación especialmente extraña viniendo de un caballero conocido por su naturaleza jaranera —le reprochó con ligereza—. Y en algún momento nos pillarían. No podría mentir a mis padres sobre mi paradero en cada ocasión.

—Podría casarse conmigo, y así la llevaría conmigo a todas partes.

Sugirió esto con mucha soltura, en un tono jovial que le sorprendió. Pero a Candy la inquietó. Albert pudo sentir bajo las yemas de sus dedos que los latidos del corazón de Candy aumentaban sin cesar y oír la respiración nerviosa y superficial que escapaba de sus labios.

La miró fijamente, inseguro. Entonces, Candy se fue poniendo notoriamente seria, y en el lapso de unos segundos la atmósfera entre ellos se convirtió en un estado de acusado estatismo.

—Jamás me casaré con alguien como usted, Albert —afirmó ella con profunda y afligida convicción—. Es un hombre maravilloso, encantador y creo que muy inteligente. Pero he visto lo que la infidelidad puede hacerle a un matrimonio. Lo he experimentado, y jamás me pondré en situación de... No, si puedo escoger. Si llego a casarme, será con alguien que se entregue a mí, y no creo que alguien que ha estado con tantas mujeres pueda entregarse a una para toda la vida.

Por primera vez en su vida, Albert sintió el peso abrumador del arrepentimiento y el horripilante atisbo de algo parecido al pánico tomando forma lentamente en la boca de su estómago. Una determinación real y concentrada adornaba los rasgos de Candy, y aquello le molestó a Albert más de lo que creía posible.

—Pero quería casarse con el Caballero Negro —insistió él, aparentando más tranquilidad que la que sentía—. Y los rumores le atribuían múltiples romances.

Candy entrecerró los ojos; su boca se transmutó en una línea sombría.

—Era solo eso, Albert, rumores, lo cual, lamentablemente para mí, ha resultado ser verdad.

Aquello lo irritó un poco.

—Entonces, ¿cuánto es demasiado, Candy? ¿Tres? ¿Quince? ¿O es que espera casarse con alguien virgen?

Ella no supo ni remotamente cómo responder a eso, mientras sus conflictos internos afloraban a la vista de Albert, alumbrando su expresión.

—Creo que la mayoría de las damas son lo bastante afortunadas para casarse con hombres vírgenes —respondió Candy con energía.

Albert negó lentamente con la cabeza.

—Creo que la mayoría de las mujeres son ingenuas o ignorantes.

Aquello la enfureció, y durante un momento Albert tuvo la certeza de que ella abandonaría la cama. Pero no lo hizo; Candy le sostuvo la mirada y no pareció advertir que él seguía manteniéndole la palma de la mano en la base de su cuello.

Entonces, la expresión de Candy se relajó, bajó las cejas poco a poco y se rindió.

—Quizá los hombres también lo sean —susurró casi de forma inaudible.

Tal admisión enterneció a Albert. Sabía lo que ella había querido decir y se percató de inmediato de lo difícil que debía de ser para alguien que jamás había experimentado los placeres de alcoba tener que entenderlo y luego lidiar con todo lo relacionado con ello. Todavía tenía que disfrutar de lo mejor de la cuestión, aunque ya había sido testigo de primera mano de lo más feo del tema: una traición.

—¿Por qué arriesgó su reputación, todo su futuro, para ayudar a su madre, cuando ella ha sido la causa del resentimiento que anida en usted?

Candy volvió a abrir los ojos para mirarlo, y sus cejas se juntaron delicadamente en una confusión evidente.

—No vine a Francia por ella, Albert —confesó en voz baja y sombría—. Me queda muy poco afecto en el corazón hacia una mujer que me ha estado fastidiando durante veintidós años predicándome la virtud y que con tanta presteza condena el comportamiento inmoral de cualquier dama, cuando ella misma ha mentido de la manera más dolorosa imaginable. —Sacudió la cabeza con repugnancia—. No iría ni a Rochester por ella. Pero iría a cualquier rincón del mundo por ahorrarle a mi padre la vergüenza del adulterio de mi madre.

Por fin, todo se aclaró para Albert. Ya comprendía las motivaciones de Candy.

—¿Lo sabe su padre?

—¿Lo del romance?

Él asintió con la cabeza de manera casi imperceptible.

Candy se acurrucó más contra la almohada, arrebujándose en la colcha.

—Lo sabe. Él la sigue queriendo, lo cual se me hace inimaginable. —Su expresión se ensombreció—. Quedó desconsolado cuando se enteró de la verdad, Albert, cuando mi madre admitió que amaba a aquel francés. En toda mi vida había visto a mi padre así. Se le rompió el corazón. Durante mucho tiempo la tensión en casa se hizo insostenible, y es ahora cuando las cosas empiezan a asentarse y a recobrar la normalidad de antaño. Pero su matrimonio nunca volverá a ser el mismo. Ella lo arruinó. Solo confío en que usted sea capaz de conseguir esas cartas antes de que la alta sociedad se entere del desliz de mi madre. No creo que mi padre sobreviviera a la humillación.

Albert le acarició el cuello con el pulgar, sintiendo los fuertes latidos de su pulso, disfrutando de su calor y suavidad en las yemas de los dedos. El claro de luna arrancaba destellos perlados a la blanca piel de Candy y hacía que su pelo brillara como la plata. Albert se lo tocó con la mano libre, entrelazándolo entre sus dedos al tiempo que se le desparramaba por el pecho y la sábana.

—Uno no puede predecir los altibajos del amor y el matrimonio, Candy. —

A Candy no le convenció tal aserto, y Albert le lanzó una sonrisa tranquilizadora para explicárselo—: Lo que quiero decir es que es imposible saber cómo reaccionará un individuo ante las situaciones de la vida. No se puede juzgar a una persona por su pasado.

Candy se puso tensa.

—Mi padre no tenía ningún pasado...

—Que usted sepa —la interrumpió—. Y es probable que su madre, tampoco. Me apuesto lo que sea a que llegó virgen a su noche de bodas, y sin embargo, eso no impidió que fuera infiel.

Aquello la hizo sentir incomoda, y él, por si servía de algo, sintió cierto regusto triunfal.

Entonces,Candy respiró muy hondo, con resolución, y en la oscuridad clavó la mirada en los ojos de Albert.

—Jamás me casaré con un hombre que posiblemente me haga daño. Compartir la intimidad con diferentes mujeres antes del matrimonio solo haría a un hombre más proclive a darse cuenta de lo que pierde cuando la luna de miel se haya acabado.

—Eso no lo sabe —argumentó él con seriedad.

—No se trata de que sepa si es verdad o no, Albert, sino de que, sencillamente, no correré el riesgo —contestó con renovada convicción—. No me casaré con un hombre que no me ame como mi padre ama a mi madre. Él sabe cuál es su color preferido, su vino favorito, sus flores predilectas... Puede encargarle la comida hasta el último detalle, porque sabe exactamente lo que le gusta a ella. Conoce sus estados de ánimo, sus alegrías y sus temores, y la adora por las cosas buenas que tiene y a pesar de las malas.

Inclinándose hacia él, Candy agarró con firmeza la almohada con una excitación luminosa que ya no podía contener.

—Quiero que el amor sea divertido, excitante y nuevo; algo compartido... un secreto romántico entre los dos. Quiero que mi marido sepa que odio bordar y montar a caballo y el chismorreo entre las damas; que adoro el chocolate y los días lluviosos y oscuros, ylas comedias de Shakespeare, y la emoción y el brillo de la ciudad por la noche; que mi color favorito es el azul oscuro brillante; que siempre he querido ir a la ópera a Milán y que sueño con ir algún día a la China.

El entusiasmo desapareció de su cara como por ensalmo mientras negaba con la cabeza con pequeños movimientos de desdén.

—Neil Leagan no sabe esas cosas sobre mí.Sabe que soy de buena familia y que poseo una dote decente, la cual serviría probablemente para pagar cualquier futura deuda que contrajera, si es que no la perdía antes. La cosa es aún peor, pues nunca se ha preocupado por saber cuáles son mis intereses ni mis deseos. Lo único que le importa, así como a todos los demás caballeros que me visitan, es que soy de buena cuna y que pariré unos hijos sanos. Sin embargo, mi madre me casaría con cualquiera de ellos mañana mismo. Si no me quieren por lo que soy, ¿qué es lo que impedirá que cualquiera de ellos acabe aburriéndose de mí y del lecho conyugal y se vaya a otro? Mi madre no sabe que a mi padre le encanta el otoño en el campo, que adora dar largos paseos por el bosque y que lee poesía cuando está preocupado. Ella no lo ama, y yo no me casaré por menos de eso.

La pasión de Candy lo embelesó; su dulzura lo estremeció. Albert no consiguió que le saliera la voz tras semejante revelación de penas y añoranzas e incluso de ira ante las indignidades de la vida. La miró fijamente a los ojos grandes yhermosos, sintió su calor junto a él y de nuevo lo acuciaron las ansias de cogerla entre sus brazos y consolarla completamente.

Comprendió las razones que anidaban tras las conclusiones de Candy, y sin embargo, quiso zarandearla hasta que creyera en él, en la sinceridad de su pasado, en la naturaleza de sus deseos y en las añoranzas de su corazón. Pero en ese preciso instante, más que cualquier otra cosa que hubiera podido desear nunca, lo que quería es que Candy confiara en él.

Por instinto más que por cálculo, Albert empezó a acariciarle descaradamente el cuello con movimientos suaves y tenues. Candy no reaccionó en apariencia al gesto y se limitó a seguir mirándolo fijamente con una calma calculada. Él sabía que Candy estaba pensando en lo que le acababa de decir, intentando calcular su reacción y esperando que él le respondiera.

—¿Sabe —susurró él con mucha lentitud, sin apartar los ojos de ella ni un instante— con qué desesperación deseo hacerle el amor? No a su cuerpo, Candy, sino a usted. ¿Sabe lo difícil que resulta aguardar algo tan maravilloso?

La determinación de ella flaqueó al oír esas palabras, o quizá fuera solo la confianza en sí misma, y sus ojos traicionaron el primer rayo auténtico de duda, de emociones desatadas y de voluntad confundida.

Y a causa de esa pequeña duda por parte de Candy, que Albert interpretó como una respuesta positiva, y a causa del ímpetu de su propia necesidad salvaje, cogió los lazos con los dedos y tiró de ellos dulcemente hasta que se soltaron, abriendo la parte superior del camisón de Candy.

La respiración de ella se hizo superficial, pero se sintió cautivada... por el atrevimiento de Albert, por sus propias ansias interiores que, con el transcurso de los días, cada vez se le hacían más difíciles de contener.

Con una reverencia cargada de prudencia, unida a un nerviosismo totalmente desconocido para él, Albert colocó la palma de la mano directamente sobre la piel entre los pechos de Candy, tardando solo unos segundos en regocijarse de la cálida suavidad que sentía bajo la mano y los dedos. Entonces, antes de que ella pudiera protestar o moverse, deslizó la mano hacia un lado y le cubrió por completo el pecho desnudo.

Candy tomó aire con fuerza al sentir el contacto, pero aparte de eso permaneció inmóvil, concentrada y con la mirada fundida en la de Albert; no por miedo, sino con una sensación creciente de asombro.

Al final, Candy tragó saliva con dificultad, con los ojos brillantes por las lágrimas antes de cerrarlos definitivamente, y con serenidad, agarró la muñeca de Albert y se la sacó de debajo del camisón. Pero lo mejor de todo fue que ella no le soltó. Se aferró a su brazo y lo sostuvo con fuerza contra su pecho, entre los senos, como si fuera un objeto valioso que ella no quisiera perder.

Albert permaneció inmóvil a su lado, observándola durante un rato largo mientras Candy sucumbía al sueño, sintiendo el rítmico pulso de su corazón contra la mano.

CONTINUARÁ...


MUCHAS GRACIAS POR ESTAR AL PENDIENTE DE ESTA HISTORIA A CADA UNA DE USTEDES.

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