Un año después

14. Epílogo: Y yo le dije

Asahi tenía un nuevo hobby. Más allá de probar nuevas recetas de minipastelitos para su cafetería recién abierta y mucho más allá de sacarse el carnet de conductor de autobús para llevar a sus pequeños jugadores de volleyball por todo el distrito para participar en los campeonatos junior; a Asahi lo que más le gustaba en el mundo era recorrer la piel desnuda de Noya mientras estaba dormido.

Era casi un juego. Utilizaba las puntas de los dedos y seguía la curva de sus hombros recorriendo cada recoveco y cada torsión de los músculos de su espalda, llevando cuidado cuando Noya hacía una inspiración especialmente profunda. Y luego dejaba sacar todo el aire entre los dientes con un siseo muy dulce. A Asahi le parecía dificilísimo dejar que durmiera de forma tan tranquila cuando solo quería cubrirle de besos y susurrarle en el oído lo mucho que le quería.

Pero no hizo falta que hiciera nada. El juego se acababa apenas tres minutos después de empezar, cuando Noya abría uno de sus ojos y le sonreía sin sonreír, solo con la mirada lánguida y feliz que seguía causando pequeñas explosiones en su pecho.

—¿Algún día me dejarás dormir toda la noche sin despertarme con tus suspiros de Romeo enamorado?

—Yo no suspiro —se quejó Asahi sin parar de tocarle.

—Claro que no, Asa. Tú eres un toro fuerte y agresivo que desayuna todos los días una tonelada de ladrillos.

—Solo si tienen poca sal, que hay que cuidar la tensión.

Noya le respondió con un pequeño mordisco en la mano. Y luego un beso. Y luego otro más, pero esta vez en la boca.

—¿Te duele mucho? —preguntó Asahi. Los hematomas en la zona baja de su espalda parecían mucho menos enrojecidos.

—Qué va, si me gusta. —Noya movió el culo en distintas direcciones y Asahi tuvo que apartar la mirada en contra de su voluntad. Al día siguiente tenía que levantarse a las seis de la mañana para recoger el pedido de harina y glaseado que había encargado. No podía perder toda la noche agarrándole la cadera con toda la fuerza de la que disponían sus dedos para meterle la lengua—. Me encanta cuando te pones creativo.

—Pero luego… he sido poco cuidadoso.

—Sí, ¿verdad? Soy un tío con suerte —rio Noya. Le acarició las piernas con el empeine y Asahi empezaba a temer no poder dormir en toda la noche—. Tengo un novio creativo y muy entusiasta.

—Noya, hay que dormir —le pidió él arrebujándose bajo las sábanas. Pero sin separarse. Sin querer nada más en la vida que estar muy cerca de él.

—Si me has despertado tú, idiota. —Noya se puso de rodillas y antes de que entendiera lo que estaba ocurriendo, ya lo tenía encima haciéndole cosquillas y cubriéndole la cara con besos babosos—. Asa… ¿esto es… de verdad?

—¿Qué clase de pregunta es esa? —se burló Asahi acariciando la nariz con la suya.

—¿En serio estamos viviendo? —preguntó Noya. Colocó ambas manos en la almohada para sentarse en su estómago y mirar a su alrededor. Tenía la incredulidad pintada en la cara y Asahi solo quería abrazarle hasta que se le cayeran los brazos—. Todo esto… ¿es nuestro?

—Por supuesto que sí.

Noya revisó el estudio que habían alquilado entre los dos, la pequeña cocina, el sofá de dos plazas frente a una mesita con un tamaño minúsculo y la puerta que dirigía al baño.

—¿Y trabajaré en tu cafetería? —continuó todavía sin poder creérselo—. ¿Y te ayudaré a entrenar a los criajos de medio metro para que se conviertan en jugadores de volley decentes?

—Esa era la idea. —Asahi se apoyó en los codos para incorporarse y así apoyar la barbilla en su hombro—. Pero si tú quieres algo más, puedes decírmelo.

—Es que… —Noya cogió todo el aire de la habitación y fue soltándolo de golpe— creo que no quiero pasarme la vida sirviendo cafés y limpiando heridas de las rodillas de los mocosos. O sea, por un tiempo va bien, pero… ¿te molestaría si busco algo más?

—Claro que no —le tranquilizó apoyando los labios en el recoveco de su cuello. Era su sitio favorito—. A mí también me ha costado encontrar algo que quiera hacer de verdad. Cada uno puede elegir cómo vivir su vida y puede cambiar de opinión siempre que quiera. Pero no te agobies por no encontrar tu camino ahora. Elige tu propio ritmo, piensa qué quieres hacer y luego vemos cómo hacerlo realidad. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Noya giró la cabeza para besarle los labios. De nuevo estaba sonriendo, pero no solo con los ojos sino con todo el cuerpo.

—Me encanta que te pongas en plan «Mira qué maduro que soy» —le susurró volviendo a besarle una y otra vez—. Pero me encanta más cuando añades: «Y qué suerte tienes, Noya, que además sea tan guapo y fuerte y aun así me ponga supernervioso cuando me ves para seguir pareciéndote adorable».

—A mí me encantas tú.

Al final, Asahi durmió solo dos horas y media aquella noche. Pero mereció la pena cada segundo perdido de sueño.

oooooooo

Los viernes solían ser las noches de micro abierto, pero Yamagachi se había montado un show él solo y acababa haciendo monólogos de casi una hora con todo lo que le ocurría en el trabajo durante la semana. Empezó a trabajar como auxiliar de enfermería y los pacientes que acudían a la consulta eran tan variopintos que no paraba de contar anécdotas y más anécdotas sobre lo que él consideraba la estupidez humana:

—El crío estaba celebrando su decimosexto cumpleaños, ¿sabéis? —rio mientras se paseaba por un lado al otro del escenario—. Y yo le dije: «Va, di la verdad, no es posible que te haya picado la medusa solamente ahí, ¿qué estabas haciendo?» y el niño asustadísimo mientras su madre le gritaba cada vez más alto para que se enterase todo el centro de salud.

Sugawara le acariciaba la nuca a Daichi mientras él se reía como un histérico. A Suga no le hacía demasiada gracia aquellas historias sobre todo porque no podía evitar empatizar con aquel señor que se había metido el audífono hasta el fondo del oído y no sabía por qué no oía bien y aquella pareja (una polaca y el otro portugués) que se habían conocido en Ucrania y se comunicaban en un inglés muy básico (Y yo le dije: «What body cream did you give to her?» Y él me contestó: «¿GUAT BODI QUÉ? Yo así no me entero, macho»). Quizás era mejor desconectar del mundo y no pensar en los trastornos o los síndromes que podían tener todas aquellas personas.

—No, no, no —le comunicó Yuki mientras le quitaba la jarra de cerveza a Daichi de las manos—. No hay más alcohol para ti, señor alcalde.

—Yuki, que es viernes por la noche —se quejó él. Sugawara intentó arrebatarle la cerveza, pero la dueña la puso a buen recaudo en su estómago—. ¿No podemos hablar de los presupuestos trimestrales la semana que viene?

—Si solo te falta aprobarlos. —Yuki le sirvió una gaseosa con limón—. Invita la casa, que hoy es un día especial.

—Lo sé.

Sugawara sonrió emocionado. Él también lo sabía y estaba deseando verlo con sus propios ojos.

Ichigo salió del almacén con la camisa nueva y el pelo recién recortado. Además, se estaba dejando una barba pelirroja que le quedaba especialmente bien y los pantalones parecían hechos a medida.

—¿Voy bien, no? —tartamudeó él sudando el cuello de la camisa. Daichi tuvo que retenerle para que no se pusiera a secarse las axilas con las servilletas de papel—. ¿Lo haré bien? ¿Saldrá bien?

—Tío, te prometo que todo irá perfectamente —le animó Daichi. Con una mano le arregló el pelo corto mientras Suga le arreglaba el cuello de la camisa para ocultar las manchas de sudor nervioso—. Está saliendo como tenías planeado, si está mirando hacia aquí ahora mismo. Ya verás cómo se pone a hablar de ti.

—Tú sí que eres un amigo —rio Ichigo dándole un abrazo largo y sentido para después, girarse hacia Sugawara—: Tienes una joya de novio, Sugar. No lo pierdas nunca.

—Ni se me ocurriría —sonrió él. Estiró el brazo y le abrazó por los hombros deseando ver el verdadero espectáculo.

Daichi se acomodó en su hombro, también impaciente por que comenzase el show, pero por otros motivos. Claro que eso Suga no lo sabía, pero no tardaría en averiguarlo.

—¡Ay, pero si es mi amadísimo Ichigo! —gritó Yamagachi desde la tarima. A nadie se le escapó la nota de ilusión con la que pronunció el nombre de su pareja—. Qué guapo me vienes hoy, ¿es que intentas seducirme, cariño? Espero que debajo de todo eso lleves el tanga fluorescente que te compré, te queda de maravilla.

Más risas nerviosas mientras Ichigo iba avanzando hacia él. Despacio. Despacio. Más despacio. Esperando la frase.

—Mi novio es estupendo, supongo que ya lo tenéis que saber —se jactó él sin saber lo que le venía encima—. O sea, no todo el tiempo. No es perfecto, por supuesto, ¿sabéis que tiene unas rutinas de limpieza la mar de raras? El otro día le dio por limpiar todos los muebles con lejía. Y eran las siete de la mañana, por favor, que uno tiene que dormir sus horas para tener la piel tan bonita como la tengo. Así que yo le dije…

Ahí estaba. Esa muletilla. Ese fue el momento que Ichigo aprovechó para arrodillarse frente a él y sacar un anillo de su bolsillo.

Sugawara sabía que tenía un discurso preparado pero los gritos de los clientes le impidieron escuchar nada. De todas formas, tanto Ichigo como Yamagachi parecían haberse quedado sin palabras. Solo se miraban el uno al otro con temor y felicidad a partes iguales, congelados en su mundo particular en el que solo existía una pequeña joya en medio. Y de repente, Yamagachi se acercó al micrófono.

—Así que yo le dije que sí —tartamudeó él temblando de arriba abajo.

Icarus entero se puso de pie y empezó a aplaudir mientras Ichigo subía a la tarima para abrazarle y besarle como no lo había hecho nunca.

Sugawara dejó de abrazar a Daichi para quitarse las lágrimas de los ojos y aplaudir más fuerte que todos los clientes. Ambos hacían una pareja espectacular, no solo terminaban las frases del otro, sino que se terminaban las historias completas. Tenían bromas internas, gustos en común y sabían discutir de las cosas importantes como personas civilizadas y no lanzándose los trastos a la cabeza, como tantas veces había visto en las prácticas de psicología.

Se merecían estar juntos. Se lo merecían más que nadie

Daichi le ofreció la mano para estrechársela con fuerza mientras se quitaba sus propias lágrimas, Suga lo hizo sin dudar en ningún momento.

Para encontrarse un objeto circular y metálico en su palma.

—Lo compré poco antes de ir con Ichigo a buscar su anillo —le explicó Dai mientras Suga trataba de comprender qué era lo que tenía en la mano y qué significaba—. Pero… son nuestros amigos y les encanta hacer el espectáculo. No quería arruinarles el momento.

Sugawara entendió en ese momento que lo que tenía en la mano era un anillo de pedida. De Daichi. Hacia él. Para casarse. Los dos.

—Pero dime algo, Suga —le pidió con una nota de desesperación—. No te quedes parado ahí, por favor, que estoy muy…

—Sí —afirmó colocándose el anillo. Con toda la firmeza que le confería la piel temblorosa y la garganta cerrada—. Sí. Sí, contigo. Sí, mil veces. Sí, siempre.

Daichi no perdió más el tiempo. Besó a Suga como jamás lo había hecho. Por sus mejillas se entremezclaron las lágrimas de los dos mientras se susurraban palabras llenas de cariño, risas nerviosas y promesas que ambos cumplirían.

Por un instante pareció que se fundían, que uno vivía para el otro, que respiraban con el mismo pulmón y les latía un solo corazón en el pecho. Que iban a estar juntos pasara lo que pasara. Y aquello no fue una prueba de fe en la que ambos saltaban al vacío tras haber firmado un papel, fue un juramento de sangre que unía sus almas hasta el final de los tiempos.

Tal y como había sido desde siempre, pero mejor.


Y se terminó Icarus. Mil gracias por acompañarme durante todos estos (dos) años. Ha sido un viaje maravilloso que me ha hecho explorar muchas facetas de mí misma que no conocía y que ahora comprendo mejor. Además, gracias al fic he conocido gente maravillosa que ahora tengo el orgullo de llamar mis amigos.

Ahora sí, se despide con muchísimos duckisses:

KJ*