LÁMPARA PARA OTRO SOL
Un recuerdo de Sol
Una mirada al pasado
(Zecora)
Por mi culpa lo perdimos todo.
Fueron los pegasos hrámicos, descendientes de los Primeros Ponis, quienes bautizaron aquel inmenso llano como "Los Valles Susurrantes", porque ahí sus oyentes podían oír susurrar a los Dioses Antiguos. Ya era reverenciado por los grifos como el centro de Quon Tali, el estómago de su continente, aunque no era extensamente cultivado. Preferían levantar menhires a levantar ciudades.
Mi esposo se llamaba Zabralkán. Era el mejor de nosotros, un Manante poderoso que fue escogido como General para el ejército Manante que los Emreis lograron reclutar. Era un macho cebra precioso, y tenía alas de inmensas, que recordaban a las de un halcón.
Aún recuerdo sus ojos.
Admito que era muy testarudo. Aquello le jugó en contra muy gravemente. Fue Huáscar quien sugirió que debíamos buscar aliados entre los pueblos que no eran Manantes, formar un ejército de guerreros de todas las tribus de Quon Tali, con el que pudiéramos emparejar los números de los Alicornios. Muchos lo apoyaban, los Mariscales de cada Tradición se dividieron entre quienes veían la sabiduría del kallawaya y entre quienes no querían aliarse con quienes no eran Manantes.
Zabralkán apoyó la segunda opción. Pensaba que nosotros éramos superiores, que no necesitábamos la ayuda de débiles criaturas de a pie. Además, los odiaba, detestaba a los Ordinarios porque varios habían comenzado a adorar a los Alicornios como si fueran dioses.
Pero habría aceptado reclutarlas si yo hubiera insistido.
Entonces los Alicornios comenzaron a avanzar y desalojaron las tierras de Sparkle, construyendo una Torre gigantesca sobre el palacio del Gran Rey Gwydion. No lo supimos entonces, las noticias viajaban a paso de tortuga en aquella época y los zahoríes estaban concentrados en nuestro campamento. También tardamos en enterarnos de que su hija, la Princesa Twilight Sparkle, había sido asesinada.
Fue mi idea infiltrarme en la fortaleza de sus esbirros para averiguar sus secretos. Zabralkán se negó, pero yo insistí y me permitió entrar.
Tres razas han unido sus destinos al de los Alicornios. Los sangrientos hipolycans. Los crueles anisodon. Los skrink que carecen de corazón. Pude verlos cuando entré en esa fortaleza de hierro puro. Vi como controlaban el relámpago con cobre. Vi como convertían la luz en muerte. Vi aquel polvo tan similar a la pimienta con el que hacían funcionar sus rifles, y el líquido negro que hacía funcionar sus oscuras maquinarias.
Todos aquellos datos los llevé a nuestro campamento, entonces mi esposo ideó un plan. Lo presentó ante los Mariscales y cada uno lo juzgó adecuado. Pero nuevamente fue la sabiduría de Huáscar la que habló. Nos dijo que aquel plan ponía demasiado en riesgo, que era mejor escondernos, capturar el polvo gris y el líquido negro para poder emplear las mismas armas de los esbirros de los Alicornios contra ellos. Nos dijo que podíamos domesticarlas como se domestican a los centícoros.
El desencuentro fue total. Zabralkán y Huáscar perdieron la paciencia, se insultaron y mi esposo golpeó al kallawaya. La llama salió corriendo, y mi esposo se habría disculpado de no ser porque llegó Gwydion con los sobrevivientes de su reino.
La batalla fue al día siguiente.
Los conocíamos como Valles Susurrantes. Ahí se oían los susurros de los Dioses Antiguos, y a veces, hablaban los Dioses Mayores. Hoy lo conocen como el Quickgreen, el valle central de Equestria. ¿Algún historiador sabrá realmente cuantas batallas se pelearon ahí? ¿Sabrán los agricultores que están cultivando sobre pilas de huesos? Quizás hoy sólo se oyen las voces de los caídos.
La batalla comenzó bien para nosotros. Los Manantes embestimos a la horda negra que servía a esos crueles Falsos Dioses. Primero arrasamos con voluntarios ponis que habían llegado movidos por su fanatismo, luego alcanzamos a los hipolycans de celestes armaduras. Lejos, los anisodon disparaban sus armas, lograban hacer obedecer al trueno y al volcán. Pero entonces, los Magos del Caos draconequus llegaron para ayudarnos.
Estábamos tan cerca de ganar.
Pero al menos un Alicornio no era tonto. Años después, infiltrada en una biblioteca, supe que un Alicornio llamado Horus Lupercal, respetado entre su raza, había ideado el plan que nos puso fin. En el momento de la batalla, solo vi filas de anisodon salir desde sitios estratégicos; a cohortes de hipolycans surgir para superar a los agotados Manantes; y a los Alicornios guerreros caer como dioses desde el cielo.
En la batalla murió Zabralkán. No pude rescatar su cuerpo, porque quedó atrás mientras mis compañeros me arrastraban para huir. Lloré todo el camino, lloré por perder a mi esposo y al continente que tanto amé.
Merlín y Aldebarán nos guiaron a su refugio. Junto a nosotros venía el vidente Anmergal; Malik, el djinn, y su novia, Zursodda, una médium; el Maestro Rúnico Gabriel; Huáscar, ¡estaba tan deshecho por la derrota aquel triste kallawaya!; Kaley, una druida, y Windheart, una búfalo-medicina, estaban gravemente heridas, y Kaley quedó muda desde entonces; Víctor, un zahorí más valiente que una manada de leones; Kyuzo, el furioso shugenja; y un monje shaolin llamado Wong Fei Hung. No lo supimos entonces, pero una mentalista de nombre Insanity también sobrevivió y nos siguió.
Merlín nos hizo bañarnos y beber de un río cristalino que hoy día apenas existe como una Fuente. Aquello nos hizo inmortales. Nos hicimos llamar "Los Paladines Verdes" y juramos derrotar a los Alicornios y traer de regreso nuestras tradiciones antiguas.
Y yo lo he intentado con especial esfuerzo, porque fue mi culpa que nos hubiesen derrotado. Debí haber insistido, debí convencer a Zabralkán de seguir la idea de Huáscar.
No merezco el perdón de nadie.
