CAPÍTULO 14: EL ÁNGEL QUE RECUPERA SUS ALAS ROTAS
El puño de ambos caballeros chocó, haciendo que el impacto creará una larga serie de descargas eléctricas que partieron el suelo en pedazos.
Touma sabía que este combate no iba a ser nada fácil. Su rival era un caballero de oro a fin de cuentas. Si quería derrotarle no podía desperdiciar ninguna oportunidad.
- ¡Relámpago de voltaje!
Dando un salto en el aire para esquivar el ataque del caballero de oro, Touma expandió las alas y comenzó a ascender. No podía atacarle de frente porque si se descuidaba podría recibir su ataque de lleno. Y no sabía si podría resistirlo.
Desde el suelo, Leon observaba al ángel sonriendo.
- No quieres un combate directo, ¿eh? Muy bien – de su cuerpo comenzó a salir - ¡Plasma relampagueante!
El ataque se elevó a toda velocidad. Si quería esquivarlo Touma tenía que pensar rápido. Finalmente decidió lo que era más oportuno. Creo una veintena de lanzas eléctricas y las lanzó entre los huecos del ataque.
Leon logró esquivar el ataque de su enemigo, pero este no corrió tanta suerte y recibió el golpe de lleno, desapareciéndole las alas y comenzando a caer cabeza abajo contra el suelo.
- ¡Ícaro! – Gritó Seiya al ver como el ángel iba descendiendo.
- Se acabó – pensó Leon mientras veía caer a su adversario.
Pero se llevó la sorpresa al ver como este se reincorporaba y extendía los brazos, abriendo las manos.
- ¡Purple sparkle! (Destello púrpura)
Las lanzas que Ícaro había lanzado contra Leon, y que ahora se encontraban clavadas en el suelo, comenzaron a brillar intensamente y luego emitieron fuertes descargas que crearon una cúpula alrededor del caballero de oro.
- ¿¡Pero qué demonios es esto!?
El campo de energía explotó, emitiendo un enorme destello eléctrico de color púrpura.
Sabiendo que su rival aún estaba con vida, Ícaro comenzó a descender a toda velocidad para embestirle y atacarle en cuando le viese. Pero esa fue su perdición.
Alrededor de Leon aparecieron varias pequeñas esferas de luz dorada que lo rodearon por completo y que, poco a poco, se fueron adhiriendo al cuerpo de Ícaro. Cuando el polvo se disipó, pudo ver al caballero de Leo.
Algunas partes de su armadura se habían quebrado. De su labio caía un hilo de sangre, pero nada grave por lo que pudo comprobar el preocupado ángel que nos sabía a lo que se iba a enfrentar.
- Nunca imaginé que me obligarías a usar esta técnica. Pero bien te la mereces, ángel.
- ¿¡Q-Qué demonios es esto!?
- Es una técnica prohibida. Cuando la use, tu cuerpo se desintegrará.
Al oír esto, Touma intentó liberarse de las esferas de luz que no paraban de pegarse a su cuerpo. Pero no había manera.
- No hagas esfuerzos inútiles. Una vez que se han adherido al cuerpo, es imposible despegarlas.
- ¡Ugh! ¡Maldita sea!
- Adiós, ángel caído – Leon se acercó a su rival y comenzó a emitir su potente cosmos, ante la mirada agonizante de su enemigo - ¡Explosión fotónica!
El cuerpo de Touma estalló, provocando la creación de una enorme columna de luz que se elevó más allá de las nubes.
- ¡Ícaro! – Gritó un desvanecido e impotente Seiya al ver como su aliado perdía la vida sin poder evitarlo.
Cuando la columna de luz se desvaneció, solo quedo un cráter. Unas plumas comenzaron a caer del cielo, rodeando lo que ahora era la tumba del ángel Ícaro.
- Ha sido una lástima, la verdad – pensó Leon mientras miraba el cráter.
Cerró los ojos un momento, para honrar su memoria. Había sido un rival formidable que le había obligado a usar su técnica más poderosa. Merecía que le recordase.
Pero su rezo no duró mucho. A su espalda, a escasos metros, Seiya se encontraba en pie, llorando.
- No eres el único que llora su muerte caballero, créeme.
- ¿¡Cómo te has atrevido a matar a Ícaro!?
- Esto es una guerra caballero de Pegaso. Los guerreros mueren en ella. Es algo irremediable.
- ¡Cállate!
Seiya comenzó a correr, concentrando su cosmos en su puño derecho para atacar a Leon. Este se giró y recibió el puñetazo de lleno, sin hacer nada por evitarlo. Le dio en la cara. Pero no le hizo ningún daño.
- ¿Este ataque es toda la ira que te provoca la muerte de un aliado? – Preguntó Leon con desprecio.
El caballero de bronce se apartó de un saltó y se puso en guardia.
- Ha muerto alguien que luchaba para protegerte y, ¿sólo puedes golpearme con esa fuerza? No merece la pena ni que me esfuerce contigo.
- ¿¡Cómo has dicho!?
Leon comenzó a expandir su cosmos y posó su puño en el suelo.
- Tu fuerza al menos tendría que igualar la de este ataque – una enorme descarga comenzó a moverse por el suelo y se dirigió hacía Seiya - ¡Colmillo relámpago!
Lo sintió. Seiya sintió como cientos de miles de voltios recorrían su cuerpo hasta hacerle salir disparado por los aires y caer contra el suelo.
- ¡Ugh… ugh!
- Va siendo hora de que acabe con vosotros, caballeros de bronce.
Los escombros aplastaban el cuerpo de Touma de una forma muy dolorosa. Estaba totalmente sepultado bajo las rocas. Gracias a la protección de su armadura había podido sobrevivir al ataque. Pero, muy a su pesar, eso no quitaba que el golpe le había provocado un enorme daño.
El caballero de Leo era muy poderoso, quizás hasta demasiado para él. Había ido a ayudar a los caballeros de bronce en su lucha contra Zeus y, en verdad, había resultado ser nada más que un estorbo.
A su memoria vinieron imágenes del pasado. De cuando él y su hermana vivían en la ciudad cercana al santuario. Ambos eran huérfanos, pero sin razón aparente la gente de la ciudad los odiaba. Touma nunca entendió la razón de ese odio. Cuando los veían pasear por la calle, les tiraban piedras, les golpeaban o los tiraban al suelo. La misma pregunta siempre recorría en aquel entonces la mente de Touma, ¿por qué?
Ver que su hermana siempre le protegía le planteó la respuesta; "Porque soy débil" se había dicho muchas veces a si mismo. El deseo de hacerse más fuerte para proteger a su hermana, y de ser superior a los demás, le hizo marcharse del santuario y entrenarse en las montañas, hasta llegar incluso al monte Olimpo donde fue exiliado a un jardín perteneciente a la diosa Artemisa. Allí Touma se entrenó hasta obtener la fuerza que ahora poseía. Una fuerza que le hizo convertirse en ángel de Artemisa. Una fuerza que no le había servido para nada.
Recordó entonces a su hermana. Recordó como se ponía delante suya cuando le golpeaban para recibir ella los golpes. Recordó como usaba su cuerpo como protección para protegerle de las rocas. Fue entonces cuando Touma se sintió inútil. Le había prometido que, junto a los caballeros de bronce, salvarían a Atenea y detendrían a Zeus.
Al intentar moverse un poco, la campanilla que llevaba sujeta a la cintura sonó. Intentó tocarla con la mano, pero no la alcanzó. Esa campanilla era un recuerdo no solo de sus padres, sino también de su hermana. El único que le quedaba.
Apretó el puño con fuerza. Cuando estaba desterrado en aquel jardín del monte Olimpo cayó muchas veces, pero el sonido de la campanilla siempre le permitió volver a ponerse en pie una y otra vez y seguir adelante. La idea de llegar a ser una persona fuerte para proteger a su hermana le hacía no rendirse nunca, daba igual las veces que cayera en el intento.
En su dolorido y destrozado cuerpo aún quedaban fuerzas para luchar. Fuerzas para proteger a su hermana y salvar el mundo por el que ella siempre ha luchado. La lucha de Marin era ahora también la suya. Poco a poco, fue concentrando su cosmos para salir de allí.
Leon echó un último vistazo, de reojo, al cráter. Le había parecido sentir algo en su interior, pero eso era imposible. Era impensable que ese ángel hubiese sobrevivido al ataque en el estado en el que se encontraba.
Dio un paso hacía adelante y se tuvo que detener de golpe, pues del cráter habían comenzado de salir disparadas hacía el cielo una gran cantidad de rocas que se desintegraban cuando alcanzaban cierta altura. Cuando se giró para ver que pasaba, se llevó la sorpresa de que Ícaro, al que consideraba muerto, estaba a punto de atacarle.
- ¡Mierda! – Gritó por haber sido tan tonto de bajar la guardia. Pero ahora no podía hacer nada. El ataque de su enemigo le iba a alcanzar de lleno.
Touma concentró su energía para atacar al caballero de oro, pero, desconociendo la razón, su cuerpo se quedó paralizado. Nada le respondía, ni sus piernas ni sus brazos ni ninguna parte del cuerpo. Ni siquiera podía cerrar los ojos.
- ¿¡Q-Qué demonios es esto…!? – Pensó espantado. ¿Qué era lo que le pasaba?
El caballero de Leo lo miró entre sorprendido e intrigado. Entonces se giró de golpe y gritó a su compañero.
- ¿¡Esto es cosa tuya, no Dalí!?
El caballero de Virgo estaba sentado en la posición del loto, emitiendo un poco de su cosmos. No hizo caso a la pregunta de su compañero.
- ¡Detente ahora mismo! – Ordenó Leon, mostrando su furia.
- Cuando alguien te salva la vida, ¿no deberías agradecérselo?
- ¡Este combate es cosa mía! ¡Si me iba a atacar es porque he bajado la guardia y merezco que me ataque por mi descuido! ¡Deja que se pueda volver a mover ahora mismo!
Dalí suspiró. Nunca había visto alguien tan estúpido. Pero le conocía lo suficiente como para saber que este tipo de reacciones eran típicas en Leon. De su cuerpo dejo de salir su cosmos. Touma podía moverse de nuevo.
El ángel no sabía muy bien lo que estaba pasando. ¿Por qué en lugar de atacarle le había permitido poder moverse de nuevo? Podría haber acabado con él fácilmente. Su sorpresa fue mayor cuando Leon lo miró sonriendo y se inclinó en señal de disculpa.
- Perdona la actuación de mi compañero. No debió haberte paralizado cuando me ibas a atacar. En disculpa, dejaré que me golpees como lo ibas a hacer – caminó hasta ponerse frente a él - . Adelante.
Durante un momento Touma dudó. ¿Sería una trampa? Aún así, no se cortó un pelo y atacó con todas sus fuerzas. Le golpeó un puñetazo en el estómago cargado con su energía eléctrica, lo que lo lanzó a toda velocidad. En poco tiempo, se le perdió de vista.
Seiya miró a su compañero. Su armadura había quedado destrozada y, por primera vez, había podido verle el rostro. El rostro de una persona joven, no mucho mayor que él, pero que mostraba una enorme confianza. Ícaro le miró.
- Escúchame, Pegaso.
- ¿Eh?
- Yo ocuparé de él. Vosotros tenéis que marcharos para salvar a Atenea cuanto antes. Cuento con vosotros – se giró para marcharse pero le miró de reojo una última vez antes de salir disparado, siguiendo la dirección en la que había salido Leon.
Leon se levantó. El golpe de Ícaro le había lanzado hasta el río donde hacía un rato lo había arrojado. Por el camino había atravesado varias rocas que quedaron echas añicos a su paso y varios árboles que se partieron. Estaba claro que no se había cortado un pelo.
- Hasta creo que se ha sobrepasado aposta… - murmuró sonriendo mientras se ponía en pie.
Al mirar al frente, vio como su rival se acercaba hasta el lugar caminando.
- Veo que no me das ni siquiera un respiro, ¿eh?
- En los combates a muerte no hay tal cosa hasta que uno de los dos muera.
El caballero de oro rió.
- En eso tienes razón.
Hasta ese momento no se había percatado, pero observo como la armadura del ángel había quedado hecha pedazos. Solo quedaban algunos fragmentos de esta adheridos a su cuerpo. La cintura y el resto de las perneras y los puños de la armadura. Incluso se le había caído la máscara, así que ahora podía ver su rostro.
- Vaya, tienes una cara muy hermosa.
- ¿Eh? ¿A qué viene eso?
- Hasta ahora, solo has peleado llevando una máscara. La máscara de tu pasado. Pero ahora, vienes a mi a luchar como un hombre – le señaló los pedazos de la armadura que llevaba adheridos al cuerpo - . Por mucho que lleves el resto de lo que queda de tu armadura, ahora mismo es como si lucharas con las manos desnudas.
- Bueno, ¿y qué?
- En un combate, aquellos que luchan solo por la victoria, incluso atacando de manera cobarde, son guerreros que han perdido el orgullo y el honor. Te has presentado ante mí como un hombre que esta dispuesto a arriesgarse a morir al recibir el más mínimo de mis ataques, por lo que… - junto sus brazos formando una cruz sobre su pecho y de las grietas y huecos de su armadura comenzaron a emerger pequeños rayos dorados. Luego los extendió, con un rápido movimiento, y la armadura se desprendió de su cuerpo, uniéndose y formando la forma del León de oro.
- ¿¡Pero qué haces!? – Preguntó un estupefacto Touma.
- Si tú luchas como un hombre, yo haré lo mismo.
No le comprendía. Estaban en medio de una batalla y ese tipo hablaba de honor y de orgullo.
- Pero, que ahora luche con las manos desnudas no significa que por ello vaya a contener mis ataques. Así que te recomiendo que luches con todas tus fuerzas – sus últimas palabras sonaron provocadoras.
- Es lo que pensaba hacer – respondió Touma sonriendo.
- ¡Pues vamos!
Del cuerpo de ambos comenzaron a emerger sus cosmos, los cuales colisionaron provocando enormes descargas en todo el lugar. Cuando ambos cosmos ya no pudieron expandirse más, comenzaron a subir cielo arriba, generando una enorme columna de luz que mezclaba el púrpura con el color dorado.
Desde donde estaba, Seiya podía ver bien la columna, aunque estaba lejos. Estaba claro que Ícaro seguía luchando a pesar de su estado. Él, sin embargo, apenas podía moverse. Se sentía inútil. Pero había una cosa que podía hacer. Ir a ayudar a su compañero.
Se puso en pie como pudo y comenzó a correr en dirección a la columna de luz, tambaleándose. Pero quedo parado en seco. Sintió su cuerpo paralizado. No podía mover ni un músculo. Sabía quien era el causante.
- ¿A dónde crees que vas, caballero de Pegaso? – Preguntó Dalí, que se había situado a su espalda.
- A ayudar a mi compañero.
- Deberías recordar lo que ha pasado con Leon. Si vas a ese lugar, acabarás muerto.
- ¡Me da igual! ¡Estoy listo para morir en combate si es necesario! ¡No temo al caballero de Leo!
- No hablaba de él.
- ¿¡Qué!?
- Ahora mismo, tu compañero solo lucha por una cosa; para demostrarse que puede ganar. Si vas, y le ayudas, le harás comprender que es débil y podrías acabar muerto.
- ¿¡Pero qué tonterías estás diciendo!?
- Se le nota solo con mirarle. Es sin duda una persona muy poderosa, pero muy débil a la vez. Pero su espíritu es fuerte – Paso por el lado de Seiya parándose justo delante de este, dándole la espalda - . Ahora mismo, en ese lugar no están luchando dos caballeros, sino dos hombres que luchan por demostrar su fuerza. Nadie debe interrumpirlos.
Dalí alzó la mano y Seiya voló por los aires hasta caer al suelo.
- Espera el resultado del combate caballero de Pegaso – recomendó Dalí mientras se sentaba de nuevo en la posición del loto.
Un dolorido Seiya se resignó. No tenía más remedio que esperar y rezar porque su compañero ganase la batalla.
Leon fue el primero en atacar. Intentó golpear a Touma en la cara con un puñetazo, pero este se agachó antes de que pudiese alcanzarle y se preparó para contraatacar. Le lanzó una patada a la mandíbula, pero Leon se apartó a tiempo dando una voltereta hacía atrás. Dio dos más y se proyectó contra su rival. Esta vez le atacó con su codo, el cual le dio de lleno en la frente, haciendo que retrocediese.
De nuevo atacó con un puñetazo, pero Touma lo esquivó apartándose hacía la derecha, tomó el brazo de Leon y lo elevó en el aire hasta estamparlo contra el suelo, rompiéndolo en pedazos. Se preparó para darle un pisotón en el estómago, pero Leon se alejó rodando por el suelo, se reincorporó de un salto y de nuevo atacó.
Su patada dio de lleno en las costillas de Touma, quien perdió el equilibrio y cayó de rodillas al suelo. Se preparó para darle otra patada en la cara, por su lado derecho, pero su enemigo lo detuvo usando su brazo y le atacó con su puño libre en el estómago. Debido al dolor, Leon se tuvo que alejar caminando de espaldas y posando sus manos en el lugar donde su enemigo le había alcanzado.
Touma se reincorporó, no sin dejar de tocarse el lugar donde el caballero de oro le había alcanzando. Sabía perfectamente que tenía más de un hueso roto, pero ahora no podía detenerse.
Ambos enemigos se miraron, fijamente. Intentando prever cual sería el golpe del otro. A la vez salieron disparados el uno contra el otro, preparados para atacar con sus puños. Al mismo tiempo, se golpearon en la cara y cayeron al suelo. Pero se levantaron y saltaron al unísono.
Sus puños y piernas chocaban sin parar. Ninguno lograba alcanzar al otro porque o le paraba el golpe o le esquivaba. Cuando ya se encontraban a más de diez metros del suelo, ambos se golpearon de nuevo la cara con el puño. Pero Leon, al contrario que Touma, se recuperó del golpe rápidamente. Usó los hombros de Touma como impulso para sus piernas y se elevó por encima de este.
- ¡Mierda!
- ¡Se acabó ángel! ¡El combate es mío! – En el puño de Leon se formó una bola dorada que salió disparada contra Touma - ¡Relámpago de voltaje!
Sabiendo que era inútil, Touma se protegió con sus brazos. El ataque le dio de lleno y lo envolvió, lanzándole a toda velocidad contra el suelo. Cuando impacto contra este, hubo una enorme explosión que generó un pequeño cráter. Leon aterrizó frente a este.
- He ganado – dijo triunfante y exhausto.
Pero su alegría duro poco. Bajo sus pies, como si hubiese cavado un túnel por la tierra, emergió Touma. Posó sus manos sobre el pecho de Leon, concentrando sus cosmos.
- ¡Maldita sea!
- Nunca debes dar las cosas por terminadas hasta el final, caballero de oro – lanzó entonces su ataque - ¡ Highest altitude!
El cuerpo de Leon comenzó a elevarse a toda velocidad hacía el cielo. No podía moverse. Había usado todas sus energías en el golpe que le había lanzado al ángel. Estaba claro que había perdido. Abrió los ojos y miró al sol, donde pudo distinguir la silueta de alguien con alas. Era Touma, quien hermosamente se mantenía en el aire gracias a sus destrozadas alas doradas.
- Al final, el ángel caído ha recuperado sus alas, ¿eh? – Murmuró sonriendo.
Touma juntó ambas manos por encima de su cabeza, concentró en ese punto su cosmos, que se manifestó en forma de esfera eléctrica, y comenzó a descender para atacar a Leon.
- Has ganado… - pensó el caballero de Leo mientras cerraba los ojos, listo para recibir el ataque.
- ¡Long route!
El martillazo le golpeó directamente en la cabeza, provocando que comenzase a caer de cabeza. En cuestión de segundos, su cuerpo se estampó contra el suelo, partiéndolo y quebrándolo en cientos de pedazos.
Cuando Touma descendió, lo vio allí, incrustado entre los escombros de las rocas. Tal y como el mismo había estado hacía un rato.
- Así que… ugh… aún… aún podías usar tus alas…
Touma no dijo nada. Un moribundo caballero de oro le observó sonriendo. Miraba sus destrozadas alas que casi ya no tenían plumas pero que, aún así, le servían para volar.
- Ya veo… recibiste mi golpe adrede… para que bajase la guardia…
- Era la única forma de derrotarte. En el campo de batalla nunca se debe cometer el mismo error dos veces.
Leon rió pero tuvo que detenerse porque escupió sangre.
- Ha sido mi fallo… siempre lo ha sido… - miró al rostro de su rival - . Ha sido un honor tener este combate contra ti… ángel… eres un… adversario dig… n.. o…
La voz de Leon se apagó. Había muerto. Pero Touma pudo apreciar en su rostro la satisfacción de haber muerto en un combate que al parecer había disfrutado hasta el final.
Sin poder evitarlo, cayó arrodillado al suelo. El ataque del caballero de Leo le había hecho mucho daño. Y el hecho de haberse estrellado contra el suelo no ayudaba mucho. Estaba herido, cansado y sin fuerzas.
- Lo siento… Pegaso…
Touma cayó inconsciente, junto al cuerpo del que hasta hacía unos momentos había sido su enemigo. Necesitaba descansar.
Dalí sintió como el cosmos de su compañero se apagaba, y miró en la dirección donde hasta hace unos momentos se estaba librando el combate.
- El combate ha terminado.
- ¿Eh? – Seiya miró al caballero de Virgo y este le miró, aunque como tenía los ojos cerrados no se podía decir que exactamente lo mirase.
- Tu amigo es realmente extraordinario. A pesar de sus heridas ha ganado el combate.
Seiya no se lo podía creer. ¡Touma había ganado! ¡Eso significa que estaba a salvo! Tenía que darse prisa y reunirse con él. Pero antes, tenía otra cosa que hacer.
- Muy bien, caballeros de bronce – Dalí se puso en pie y miró a todos los caballeros de bronce y a la marina de Poseidón - . Ha llegado la hora de que acabé con vuestras vidas.
