13.
Musa

Lo encontró en el mismo lugar en donde lo había dejado la noche anterior, aun vestido con las mismas ropas, observando con mirada ausente a través de la ventana.

Estaba apoyado en el marco del ventanal, con los brazos cruzados sobre el pecho, y el rostro adusto de quien está inmerso en la reflexión.

No se movió ni dio señales de haber notado su presencia.

"No has dormido" dijo ella, dando un par de pasos dentro de la habitación.

"Ni un minuto" reconoció él, sin inmutarse por su llegada y sin voltear a verla.

Ella caminó hasta detenerse a escasos metros de él, intentando no intimidarlo con su presencia.

Él sólo se limitó a suspirar y siguió mirando hacia el exterior con gesto perdido.

Ella notó que había algo diferente en él.

"¿Por qué no fuiste a descansar?" le preguntó.

"Necesitaba pensar" fue la única y escueta respuesta. Después, más silencio.

Ella eligió no insistir, y dejó transcurrir unos minutos aprovechando la oportunidad para realizar un examen más riguroso de su huésped. Necesitaba determinar qué era lo que percibía ahora que no había estado allí el día anterior.

Mientras lo observaba, Edward se recostó con cuidado en el marco de madera, apoyando la cabeza en el ventanal y suspirando con resignación.

Ella no pudo dejar de notar el modo en que su cuerpo se delineaba sobre el contorno de luz solar que entraba con potencia a través de la ventana de la habitación, enmarcando su figura alta, esbelta y elegante.

Fue entonces que finalmente se percató.

Por primera vez desde que lo conociera Edward no parecía una patética criatura humana, sino un hombre.

No una excusa de persona. Un hombre de verdad.

Su cuerpo no estaba encorvado, como usualmente lo estaba, en una posición que denotaba su necesidad de disminuirse, de hacerse lo más pequeño posible, de pasar desapercibido por la vida. Hoy tenía la espalda erguida y el mentón en alto, como si estuviera finalmente consciente de los extremos de su propia piel.

Esa nueva postura hacía que se viera más alto, y eso acentuaba lo esbelto de su físico y una elegancia que era evidente que provenía de una herencia genética. Probablemente de su madre, pensó Isabella, recordando las breves imágenes de ella que había percibido en su mente.

Incluso su rostro se veía más distendido, lo que no hacía otra cosa que realzar esa belleza natural que ella había notado el primer día.

La diferencia era increíblemente sutil, casi imperceptible para el ojo humano.

Pero ella no era humana. Ella lo notó.

Este nuevo lenguaje corporal no podía significar otra cosa que un cambio de actitud. Lo que ella no podía saber es si sería en pos de algo constructivo o no.

"¿En qué has estado pensando?" preguntó yendo directo al grano. Tener toda la eternidad a disposición no suponía una excusa para andar con vueltas.

Él se giró a observarla y ella se fijó en que sus ojos nunca se habían visto más verdes que en ese instante. Isabella se asombró al notar la magnitud del cambio, porque Edward no rehuyó su mirada, como solía hacerlo, sino que la sostuvo con una entereza nueva.

Había un tinte de miedo y vulnerabilidad en sus pupilas, pero aún así la diferencia entre el Edward de la noche anterior y el de esa mañana era notoria.

Isabella pensó que cualquier mujer humana mataría por tener la intensa atención de esos ojos verdes del modo en que ahora ella la tenía.

"No quiero ser un cobarde" dijo él , de pronto.

"No eres un cobarde" retrucó ella. "Eres un adicto, y por ello un enfermo. Todos los enfermos son débiles"

Él caminó hacia ella con una determinación nueva, permitiéndose detenerse a escasa distancia para observarla desde su altura. Ella tuvo que levantar el rostro para mirarlo a los ojos.

No le tembló la voz cuando dijo: "No me des excusas. Soy un adicto porque siempre fui débil y cobarde, no al revés"

"Eso sólo tu puedes saberlo" respondió ella. "Yo no soy quien para juzgarte. Ni siquiera me importa"

Algo en el fondo de sus ojos verdes se removió con la crudeza de sus palabras, pero ni así se alejó ni se evadió de su mirada.

Fuera lo que fuera que hubiera reflexionado la noche anterior, pensó Isabella, era conclusivo.

"Quiero hacerlo" dijo Edward. "Quiero escribir la canción"

"¿Pero?" preguntó ella, adivinando la intención.

"Pero realmente no sé cómo hacerlo. Nunca he hecho música estando tan consciente" confesó. "Muchos grandes artistas han creado sus mejores obras bajo el efecto de algún tipo de sustancia"

"Olvidas que he conocido muchos artistas en mi extenso paso por este mundo" le recordó ella. "Y los grandes artistas no son tal gracias a lo que consumen, sino a pesar de ello"

Edward pareció reflexionar un momento sobre sus palabras.

"¿Recuerdas que te dije que la canción corría por tus venas?" murmuró ella.

Edward asintió.

"¿Qué crees que le harías a esa canción si envenenaras tu sangre?" inquirió.

Él no respondió. Para ella el silencio fue suficiente respuesta.

"Dime qué hacer" pidió él, dando unos pasos hacia el piano con una gracia que ella encontró sorpresiva. "No quiero fallarte"

"Olvidas nuevamente que esto no tiene nada que ver conmigo" respondió Isabella. "Esto tiene que ver con el futuro de la humanidad. Y contigo"

"Tal vez" susurró él, volviéndose para clavar sus pupilas infinitamente verdes en las de ellas con intensidad. "Pero en mi mente esto sólo tiene que ver contigo. Siento que es a ti a quien debo cumplirle"

"Si te ayuda, que así sea" concluyó ella.

"Entonces, dime qué hacer"

"Ojalá lo supiera" concluyó ella. "Pero esta es tu canción, no la mía"

Se pasó la mano por el cabello color bronce, en un gesto de evidente nerviosismo, pero ni aun así encorvó la espalda ni dejó que la desesperación se hiciera mella de la firmeza de su mirada y su voz.

"No sé cómo empezar" murmuró, y se apoyó sobre el piano con ambas manos en la espalda, mirándola con sus ojos infinitamente verdes.

Ella comenzó a moverse por la habitación con ese transitar casi fantasmagórico al que él jamás podría acostumbrarse, como si sus pies no tocaran el suelo.

"Lo que necesitas es una fuente de inspiración" dijo Isabella, acercándose a la ventana para observar el sol matutino, dándole la espalda.

"Eso tal vez ayudaría" dijo Edward.

"Lo que necesitas es una musa" agregó ella.

"Tal vez, aunque nunca nadie me ha generado nada que se le parezca" reconoció él.

Ella se giró a mirarlo, clavándole esos ojos helados con gran intensidad.

"Yo seré tu musa" anunció

El rostro de él se desdibujó en una mueca de silencioso horror.

"He sido la musa de muchos hombres. Incluso de algunas mujeres" agregó ella.

"No lo dudo" repuso él, tragando saliva con dificultad, como si le costara monumental esfuerzo completar la oración. "Eres lo suficientemente hermosa e intrigante como para que te compongan odas, poemas y obras de artes que pudieran llenar museos completos"

Ella lo miró callada, aguardando la conclusión de su pensamiento.

"Pero aunque te encuentro preciosa, jamás podrías ser mi musa" confesó finalmente. "La sola visión de ti me produce un pánico tal que siento que todos mis nervios se paralizan y los músculos se contraen. De ninguna manera podría comenzar un proceso creativo con este nivel de miedo y ansiedad"

Ella continuó mirándolo un momento. Él aguardó una posible reacción que le causaba tanto pavor que hubiera deseado comenzar a gritar de forma anticipada.

"Tienes razón" dijo ella finalmente. Edward sintió que todo su cuerpo se aflojaba en una misma expiración. "Ha sido apresurado de mi parte asumir que podría ser tu musa sin más. Es evidente que no genero en ti lo que es necesario"

Él bajó la cabeza, algo aturdido.

"Entonces…" murmuró al cabo de un momento. "No puedes ayudarme. Sigo estando tan a la deriva como cuando empecé"

Se quedaron un largo rato en silencio. Él se inclinó en el piano, ocultando la cara entre sus brazos plegados sobre la suave madera. Ella se quedó junto a la ventana, mirándolo con ojos desapasionados.

"Toca para mi" sentenció ella, de golpe, trayéndolo de regreso de su ensoñación.

"¿Disculpa?"

"Toca para mi" pidió ella nuevamente. Sonó casi como una orden. "Estoy segura de que debes conocer una canción o dos"

Él asintió, ausente, y se sentó en el piano.

"¿Qué quisiera oir?" preguntó

Ella caminó hacia él con paso felino, etéreo, y se dejó caer en el suelo junto a la banqueta.

"¿Qué haces?" quiso saber él, horrorizado por la sorpresa y la cercanía.

"Me pongo cómoda" replicó ella, plegando sus piernas bajo su cuerpo y apoyando su rostro sobre sus brazos inclinados en el borde de la butaca. Lo miró desde abajo con sus ojos oscuros y sus pestañas largas.

"¿Cuál es tu estilo?" quiso saber ella. "¿Qué música sueles tocar?"

"Rock" respondió él, con los ojos verdes clavados en sus ojos chocolate, como una criatura cautivada. "Rock, blues, y algunas baladas" agregó.

Ella asintió despacio, sin despegar los ojos de los suyos.

"¿Algún tema en particular que disfrutes tocar?"

"Si, claro" respondió. "Se llama Rodar mi alma"

"Tocala para mi" insistió.

Edward titubeó un momento.

"No creo que vaya a gustarte…" dijo, inseguro. "Es de una banda poco conocida, bastante under"

"No tienes idea de cuáles pueden ser mis gustos musicales" replicó ella. "Tocala para mi" repitió.

Edward asintió silenciosamente, abriendo con delicadeza la tapa del piano y posando los largos dedos sobre las teclas. Bajó los ojos un segundo para volver a verla, quieta, sentada en el piso junto a sus pies. Le pareció que se veía como una niña, joven e inocente, casi frágil. Pero no se dejó engañar por su delicado aspecto. No había nada dulce ni frágil en ella.

Volviendo la atención al piano, fijó sus dedos con precisión y respiró hondo, buscando encontrar ese eje que lo transportara a su lugar de paz: la música.

Ella lo observó mientras se enderezaba elegante en su asiento, ubicando sus interminables manos en el instrumento, mientras cerraba los ojos y relajaba el rostro como si de repente ya no estuviera allí.

Al instante siguiente, sus manos comenzaron a deslizarse precisas sobre el instrumento, con gracias y sencillez; y la música fluyó uniforme y plena, llenando el ambiente como un mantra.

Ella lo observó con detenimiento, examinando el modo en que su actitud cambiaba, como sus hombros se relajaban, su pecho se erguía siguiendo el ritmo de la música y sus pestañas vibraban con la sinfonía.

Estaba completamente en su elemento. Y jamás había sido más hermoso en sus ojos que en ese instante.

La canción no era en absoluto lo que ella esperaba. Era un rock puro, lleno de fuerza y pasión, casi desgarrador en su potencia, poco congruente con la personalidad pálida y frágil de su ejecutor del momento.

Ella nunca hubiera imaginado que él era capaz de tocar con esa precisión y entusiasmo, capaz de darle vida a una canción tan llena de matices y colores. Era verdaderamente un descubrimiento. Era como ver a un aspecto de Edward que jamás creyó que existiera.

Tal vez aún hay alguna esperanza, pensó ella.

Él terminó la canción con un dramático gesto, levantando las manos en el aire y dejando que el sonido del último acorde se extinguiera de a poco en el aire. Y finalmente abrió los ojos para buscarla.

Ella lo miró desde su posición en el suelo con rostro impasible y frío.

"¿Qué te ha parecido?" preguntó él, nuevamente en su faceta más insegura y frágil.

Sus hombros continuaban erguidos y su mirada era aún más llena de convicción que en los últimos días, pero todavía podía leerse en el fondo de sus ojos un miedo y una necesidad de aprobación que no era capaz de controlar.

"Me ha gustado mucho la canción" replicó ella, para animarlo. "Eres un gran pianista"

Necesitaba incitarlo a seguir, a ejercitar al menos reproduciendo canciones de otro hasta que su propia canción le llegara a los oídos y a las manos.

"Tócala nuevamente" pidió.

Y él lo hizo.

Y otra vez.

Y otra vez.

Hasta que el día se extinguió suavemente, dando lugar a una noche abierta.

"Bañate, come algo y duerme" ordenó ella, levantándose de su lugar en el suelo de repente, sin el menor indicio de sentir algún tipo de molestia por el largo tiempo transcurrido sobre la dura superficie.

Edward la observó mientras ella se erguía, tan pequeña y a la vez tan enorme, y lo miraba desde su postura con esos ojos oscuros que eran perfectos aunque estuvieran llenos de helada crudeza.

Sin mediar una palabra más, ella abandonó la estancia y él la siguió obedientemente, cerrando el piano y yendo tras de sus pasos.

Extrañamente, se sentía más relajado hoy, aunque no hubiera dormido la noche anterior. Probablemente tenía que ver con el hecho de que había tomado una determinación durante su larga reflexión nocturna y que se sentía más tranquilo ahora que podía estar seguro de qué rumbo quería tomar en toda esta situación. O tal vez, fuera simplemente porque había pasado el día tocando música, algo que siempre había sido su bálsamo ante los peores momentos de su miserable vida, mientras ella lo observaba desde sus pies con esos ojos oscuros atentos.

Por un instante, él creía haber visto algo diferente en el trasfondo de sus pupilas. Algo cálido. Algo casi humano. Había sido una milésima de segundo, pero casi podía jurar que había estado allí.

Era la música, pensó. Ella amaba la música. Se lo había dicho en una ocasión. La música y el amor, dos dones humanos fabulosos.

Jasper no estaba en la casa esa noche. Seguramente, tenía una guardia que cumplir en el hospital y estaría de regreso a media mañana del día siguiente.

Edward suspiró aliviado. Jasper lo ponía casi tan nervioso como Isabella. Era fuerte, irascible y poco paciente con sus estupideces. No es que pudiera culparlo. A veces también él se odiaba a sí mismo. Pero aún así, prefería tener que lidiar con un captor iracundo a la vez.

Isabella le señaló una olla sobre la cocina mientras se sentaba en la mesada y tomaba una banana de la frutera de mimbre.

"Jasper dejó la cena" indicó con su voz inalterable. "Puedes calentártela"

Y acto seguido, comenzó a masticar la fruta mientras lo observaba a través de sus largas pestañas.

Comieron en silencio. Ella en la mesada jugueteando con sus pies descalzos en constante balanceo, y él masticando con cuidado su cena ahora tibia.

Al final, ella se deslizó de su asiento y le informó que se retiraba a la cama. Poco después, sumido en el silencio de la casa, Edward también eligió el sueño. Su mente estaba demasiado agotada como para pensar en nada.

Cuando despertó a la mañana siguiente, ella estaba esperándolo en la cocina. Edward tomó una taza de café mirándola, ambos sumidos en absoluto silencio. Y luego la siguió, aún en total silencio, hasta el cuarto del piano.

"Toca para mi" pidió ella nuevamente cuando estuvieron acomodados, él frente a las teclas y ella sentada a sus pies.

"¿Qué quieres escuchar?" preguntó él.

"Toca algo que disfrutes tocar" le respondió. "Lo que sea"

Yendo sobre seguro, Edward comenzó a tocar la misma canción que había tocado el día anterior. Dejó que la música inundara el salón una vez más, y la desarrolló durante más de 10 minutos sin detenerse, volviendo una y otra vez sobre los mismos tonos, jugando con sus vaivenes y sus idas y vueltas, como si fuera realmente suya.

De pronto, ella notó que algo parecía variar en la melodía, y el sonido se hizo más suave, más melancólico, más dulcemente trágico. Fusionándose con la anterior, la canción terminó por cambiar completamente, transformándose en un canto delicado y tenue, pero a la vez lleno de inusitada potencia y fiereza.

"Redemption Song" murmuró Edward entonces, como leyendo sus pensamientos. "Es una canción sobre la esclavitud"

Siguió tocando, como hipnotizado, con los ojos cerrados y el rostro relajado, meciéndose suavemente al ritmo de la música, como si ella le recorriera todas las fibras del cuerpo.

Ella lo observó con intriga y, a la vez, con extraña fascinación. Este Edward que ahora se cernía elegante y tranquilo en el piano, deslizando los dedos sobre las teclas con gran precisión y seguridad, no parecía ser, en absoluto, el mismo sujeto que ella había rescatado de aquel callejón.

Isabella recordó esa noche. Tenía el rostro destrozado, el cabello lleno de barro y el cuerpo vencido. Parecía un muñeco de trapo en lugar de un hombre. En ese momento recordaba haber sentido compasión por ese hombre ajado y adolorido, que se había desmayado en sus brazos cuando lo había cargado de regreso al departamento.

El recuerdo de la primera vez que lo miró a la cara, cuando yacía dormido en el sofá del living del apartamento, le vino a la memoria. En ese momento había notado que Edward era hermoso, quizá el hombre más hermoso que hubiera visto en su vida.

Ahora no podía dejar de pensar que jamás lo había mirado realmente hasta este instante, y que jamás se vería más bello que ahora cuando por fin podía verlo como el hombre que era.

Durante días no había pensado en él más que en como un patético ser humano, acobardado, frágil y endeble, que no hacía más que ir por la vida dando lástima de sí mismo.

El hombre que tenía frente a ella ahora era diferente, aún con sus imperfecciones y debilidades.

Lo observó tocar durante todo el día, variando de una canción a otra, cambiando de ritmos más potentes a otros más suaves y melancólicos, mientras su rostro se contraía en relajado placer e incluso algunas breves sonrisas se deslizaban por la comisura de sus labios.

Y al final del día, cuando ambos buscaron el refugio del sueño, lo último que pensó antes de descansar fue que con el nacimiento de este nuevo hombre también nacía una esperanza real para toda la raza humana.

….

Una vez más, gracias por la infinita paciencia.

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Allí posteo novedades y adelantos de mis historias.

Finalmente, les dejos los nombres e intérpretes de las dos canciones que Edward toca para Bella en este capítulo.

Redemption Song, como sabrán, es una canción de Bob Marley. Una de mis versiones favoritas es la de Play For Change. Búsquenla en YouTube!

Rodar mi Alma es una de mis canciones favoritas de Heroicos Sobrevivientes, una banda argentina under que sigo desde hace muchos años. Les recomiendo buscar este tema en YouTube también.

Con esto me despido hasta el próximo capítulo. Paciencia amigas! Espero leer sus comentarios y encontrarlas en Facebook!