"En el Techo"

CAPÍTULO 13.

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De nuevo volvía a no poder dormir y le pareció buena idea subir algo refrescante a la habitación. La luz central de la cocina no estaba encendida pero sí se podía ver una tímida iluminación procedente de ella y escuchar un ruido que evidenciaba que había alguien trasteando dentro. No hace mucho habría vuelto sobre sus pasos pero creía que tenía un asunto pendiente con él, así que no lo dudó y entró.

Estaba con medio cuerpo dentro del frigorífico, el cual irguió para mirarla por un instante antes de irse a sentarse a la mesa. Bulma se sorprendió al verlo, ya que en la boca llevaba un helado de chocolate y portaba otro en la mano. No pudo evitar que le pareciera una escena graciosa. Debería estar ansioso por algo dulce y frío, delicado, porque no recordaba haberlo visto tomar nada parecido. Fue verlo con él, y a la científica también se le antojó otro. Lo cogió del congelador y se sentó a su lado aún sabiendo de la ignorancia del saiya porque ella estuviera allí. Concluyó que igual sí que era normal su posición más distante de lo común, ya que la noche anterior le volvió a dedicar improperios, motivados, eso sí, por la estúpida acción de él.

El príncipe, para no variar, permanecía inmune a su presencia mientras degustaba el helado de chocolate, y en menos de un parpadeo ya lo había terminado. La peliazul, que de vez en cuando lo observaba manteniendo el silencio que les envolvía, empezó a reír y en ese instante fue el momento en el que el mutismo desapareció.

-¿De qué te ríes?- le preguntó Vegeta molesto.

-El palo no se come.- le contestó Bulma sonriéndole.

Que él frunciera el entrecejo más de lo natural y mirara con curiosidad hacia el pequeño soporte de madera que sobraba y que le estaba resultando extrañamente insípido, hizo que aumentara para ella la comicidad del momento. Al escucharla reírse tranquila se sintió ridículo y quiso levantarse, pero la científica se le adelantó y le quiso quitar el palo de la mano para tirarlo a la basura. Él no le dejó y se lo metió entero en la boca para masticarlo.

-Sí que se come.- dijo poniéndose en pie lentamente para irse de allí.

Intimidad. De buenas a primeras, apareció la intimidad con ganas de quedarse allí, sobre la mesa, entre decorativas flores y fruta exquisita. Ayer ella le dijo cosas horribles y él destrozó su laboratorio, y aún así la intimidad era más fuerte que cualquier barbaridad que se ocasionaran mutuamente.

-¿No te apetece otro, Vegeta?-

El príncipe la miró sonriendo de lado mientras Bulma se dirigía con prisas hacia el congelador. Para cuando ella retornó a la mesa con otro polo, él ya estaba sentado otra vez. Hacía escasos minutos sintió su ki bajando por las escaleras y creyó que volvería sobre sus pasos al notar que él estaba en la cocina, como siempre hacía de un tiempo a esta parte, pero se sorprendió al ver que en esta ocasión había entrado y que además estaba de nuevo especialmente amable. Sospechaba de ella, sí, siempre lo hizo, pero se suponía que estaba muy molesta por lo de anoche. Si mal no recordaba le pidió que se fuera de la casa. "¿A qué viene todo esto?", se preguntó.

-Nunca te había visto comer helado.- comentó la científica pareciendo relajada reposada en su silla y degustando el suyo.

-Tengo calor.- añadió él.

-¿Qué comíais en vuestro planeta?-

-¿Qué te importa?- Él hablaba sin mirarla, fijando sus ojos en el polo. Parecían dos críos en la puerta de un parque. Tan raro estaba resultando aquello que solo ella fue a la que le vino el símil a la mente. Sonrió para sus adentros.

-¿Cómo era tu vida allí?- Cogió una servilleta y se la ofreció. El saiya ni se inmutó y siguió comiendo. Dejó la servilleta sobre la mesa, cerca de él. No le contestó y supo cómo saldar ese obstáculo:- Por lo que tengo entendido no era un gran planeta...-

Acertó de pleno en su intención porque él paró de comer, se incorporó sobre su asiento y le contestó: -Era un gran planeta, el más importante de la Galaxia del Sur.- se detuvo para volver a centrarse en el helado. -Nuestra raza, al ser más poderosa, hizo de ese lugar el centro del Universo.-

"Bravo", se felicitó Bulma, "nada como herir su orgullo saiyajin para que reaccione y hable." -Sí, pero ¿cómo era?- retomó su duda lamiendo el chocolate.

-¿Cómo era el qué?- cuestionó Vegeta empezando a sentirse inquieto.

-Tu planeta.- aclaró la peliazul.

Sin alzar la vista contestó: -Rojo.-, y tragó el final del helado.

Al ver que el saiya se estaba acabando el polo, fue a la nevera a por más. Trajo la caja y se la puso enfrente. Él, lejos de cualquier hilaridad, alzó la vista para clavarle sus ojos y poder descifrar lo que estaba pensando la científica. Lucía relajada, lo que provocó que Vegeta arrugara el entrecejo en busca de respuestas.

-¿Y tu vida allí cómo fue?- preguntó Bulma sentándose de nuevo a su lado y sin quitarle los ojos de encima.

El saiya ajustó la postura en la silla. Se estaba hartando de aquello y ella parecía no ir al grano. -La de un príncipe.- sentenció.

-¿Te trataban como un príncipe?-

-Sí.-

-¿Tenías siervos?-

-Sí.-

-¿Esclavos?-

-Sí.-

-¿Cuándo te fuiste de allí?-

-Siendo un niño.-

-¿Con Freezer?-

Tardó más en contestar. Antes giró la cabeza para encararla. -Sí.-

-¿Y tu madre?-

En este punto Vegeta paró de comer y la miró con los ojos envueltos en negrura. No sabía en qué punto creyó que ella se cansaría de interrogarle. -¿Por qué no me sueltas de una vez lo que tengas que decir y te vas, mujer?- Era una cuestión con trampa porque planteada así parecía que él no estaba interesado en lo que ella tuviera que comentarle. Se autoengañaba. Para Bulma era evidente que si él no estuviera deseoso de escucharla, hacía mucho que se hubiera ido de la cocina.

-No, yo no...- "No se lo he puesto muy difícil", se reprendió ella para sí misma. Al observar cómo él levantaba su ceja en un acto de arrogancia exclamó en sus pensamientos "¡Maldito saiya!" y desvió la vista hacia un lado buscando las palabras correctas. -Ayer, yo...- tosió y frunció el ceño. -Lo que dije no...-

-¿No, qué?- le inquirió él cruzándose de brazos. -¿Es que te vas a disculpar?-

Fue tal el desdén con el que el príncipe preguntó lo obvio que se echó para atrás al instante. -¡Por supuesto que no!- exclamó cogiendo otro helado de la caja.

A él se le formó su semisonrisa característica. Ya estaba hecho. La había descubierto y se había disculpado implícitamente. La razón por la que ella estaba allí era resuelta y ahora tendría que irse. -Mejor,- mencionó a la vez que cogía su tercer polo. -Porque no dijiste nada interesante.- y le dio el primer mordisco. -Como siempre.- concluyó haciendo que de nuevo la intimidad les envolviera. Realmente creía que no dijo nada del otro mundo, aunque estuviera sumamente ofuscada mientras soltaba todas esas frases redundantes de su boca temblorosa envuelta en llantos.

Bulma no sabía qué pensar. Él se había quedado allí interesado por lo que ella pudiera decirle y encima ahora provocaba con su como siempre que aquello se volviera de nuevo íntimo. "¿Qué es lo que quiere?". Esa pregunta le había rondado tantas veces a ella por su cabeza como era consciente que a él también. Se estaba empezando a poner nerviosa y de tanto pensar y no hacer nada más, el helado se le estaba derritiendo. Lo chupó y cogió una servilleta para limpiarse. De nuevo le dejó a él otra cerca de su lado. Se habían dicho tantas cosas en el tiempo que se conocían que no podría decir que él era un extraño, o un invitado, un príncipe o un simple mercenario espacial con todo lo que ello implicaba. Había dejado de ser todo eso para irse convertiendo ante sus ojos como Vegeta. Y no supo contestarse en qué momento se llevó a cabo tal transformación. A estas alturas, tampoco le importaba. Reaccionó:

-¿Y tenías siervos?-

-Eso ya lo has preguntado.- La inexpresividad retornaba al rostro del saiya.

Ecos de una conversación pasada les vino a los dos a la mente. El silencio volvía a estar presente pero ninguno se movía de su sitio. Bulma creyó que tendría que aprovecharse de ese instante ya que él en cualquier momento, tan inestable a sus ojos, tan absurdamente delicado pese a las apariencias, podría levantarse e irse. Y no quería que se fuera. Por nada del mundo.

-¿Y mujer e hijos?- en cuanto le salieron las palabras por su boca, tuvo que hacer serios esfuerzos por no toser, por no temblar, ni por mostrar un mínimo de interés.

Vegeta la miró fijamente. No se sorprendió por la pregunta porque de ella se podía esperar cualquier cosa. -¿Te importaría si los tuviera?- Una sonrisa pícara le surgió de la nada. "Vamos," le advirtió desde su mente, "me lo puedes poner más difícil, Bulma".

"Vaya", exclamó asombrada para sí la peliazul. "No se deja llevar, si no que me provoca". -Obviamente, no.- contestó digna.

-Pues entonces, ¿para qué lo preguntas?- esa sonrisa burlona no se le iba de la cara.

-Por saber de ti.- añadió ella tratando de no mirarlo.

-Ya sabes todo lo que tiene que saber.- fue su respuesta cortante. Ahora era él el que observaba. Tras unos instantes estudiándola mientras relamía su helado, prefirió bajar la guardia. -Soy el príncipe de los saiyajins, junto con Kakarotto, único pura raza de mi especie en todo el Universo, al menos que yo sepa.- No lucía concentrado en lo que decía, más bien desganado, como si se tratara de un dato normal el que estuviera diciendo, y no una desgracia demoledora. -No podría tener mujer porque todos mis congéneres femeninos murieron en la explosión de Vegetasei.-

-Goku la tiene.- replicó Bulma queriendo tragarse sus palabras.

Vegeta se limpió la boca con la servilleta y hasta el nombramiento de su mayor enemigo no pudo impedir que la mueca de mofa volviera a su rostro. -Él puede hacerlo, es un tercera clase, pero yo soy el Príncipe, no solo no hubiera podido tener a una mujer cualquiera de mi planeta si no que además tendría que ser una de alto rango, elegida por el rey para mí entre las mejores candidatas, con una gran fuerza de combate y una gran prepara...-

No pudo continuar con sus divagaciones. Mientras hablaba más que nunca, ella le interrumpió:

-Espera.- le dijo Bulma acercándole una servilleta para que se limpiara de nuevo. -¿Has dicho una gran fuerza de combate?-

El saiya entendió por donde iba mientras le cogía la servilleta ofrecida. Asintió abriendo su quinto helado.

-¿Quieres decir que las mujeres de tu planeta también podían pelear como...- sintió un carraspeo en la garganta pero terminó. -¿Como Goku y tú?-

Un soplido corto en forma de risa afónica salió de la boca del saiya. -¿Qué pasa, humana?- le cuestionó. -¿Creías que solo había monos luchadores?- Le había leído el pensamiento. Solo había una razón para que a sí mismo se catalogara como mono y era devolvérsela por haberle llamado así en alguna ocasión, una forma inquina de replicar que no le fue extraña a Bulma. -También había monas luchadoras.- concluyó.

La peliazul arrugó el ceño. -O sea que tu machismo no viene de raza si no que es cosecha tuya propia...- le recriminó con el palo de madera entre los dedos.

Él tuvo que aguantar la risa. "Insolente", le llamó en su mente. Comenzó a explicarse: -No solían ser más fuertes que los hombres pero algunas sobresalían de la media.- Al ver que la científica no salía de su asombro aprovechó para que esta vez fuese él quien incordiara. -Eran mujeres muy válidas, no como aquí.- y terminó con el helado.

"Increíble", se dijo Bulma. "No solo continúa aquí sentado si no que además sigue provocándome". Si la intimidad volvía más osada que nunca con el descaro de ambos, él estaba poniendo de su parte sin dejar evidencias de que estuviera incómodo. "Esto tengo que aprovecharlo", pensó su mente atrevida. Dejó el palo en la mesa y apoyó los codos sobre ella y la mejilla sobre su puño cerrado. -Pues ya no queda ninguna...- comentó esperando una réplica incisiva.

La sonrisa de ella se le antojó deslumbrante. -Así es.- afirmó el príncipe sin ningún atisbo de melancolía ni ninguna otra expresión. -No quedan mujeres válidas en todo el Universo.- Ahora fue él el que la desafió con la mirada.

-Ya.- Fue la escasa intervención de ella a la incitación de él. No quiso apartar sus ojos de los suyos pero finalmente tuvo que hacerlo. Le era llamativo que muchas veces el que los quitara fuera él, pero ahora parecía bastante acomodado en esa nueva situación. Habían perdido la cuenta de las veces que podrían haberse levantado de allí. "No es propio de él hablar tanto", se dijo a sí misma mientras meditaba todo lo que él le había relatado. Dejando a un lado las circunstancias, si pensaba en lo dicho por él, llegaba a una conclusión: con su innato orgullo, que para ella rozaba la enfermedad, Vegeta había desechado la idea de poner una mujer en su vida, y eso era infinitamente más interesante que cualquier cuestión que le rondara por la cabeza referente a la intimidad que en ese momento les engullía a ambos, sobre todo por ser novedosa, cosa que la intimidad no lo era. Finalmente, el saiya volvió a coger un helado de la caja, que por fortuna los mantenía fríos por minutos, y a ella le rondó una duda bastante morbosa. No lo pensó mucho, antecedente normal en ella, y lo soltó:

-¿Y has estado con mujeres?- alargó la mano para sacar un nuevo polo. No tenía más ganas pero lo cogió, por si acaso.

De nuevo, tuvo que aguantar la carcajada. -Me lo pones muy fácil, humana.- le dijo socarronamente.

No podía decirle que quería aprovecharse de que él estuviera tan suelto porque sería una excusa para que se levantara. Cualquier mal paso en aquella charla privada y él la tornaría en pesadilla. Y más si le dejaba claro que se estaba comportando inusualmente cercano. Otra vez, y ya iban cientos, pensó que era un hombre tan complicado que había que ponerle un espacio inmenso entre ambos para que no se sintiera próximo. Ese pensamiento le pareció el más triste de todos los que había tenido sobre él. Atrás quedaron las dudas de porqué seguía allí.

-Por supuesto que sí.- le contestó finalmente el guerrero. De nuevo, había bajado la guardia.

-¿Y cómo eran esas mujeres?- Tenía que intentarlo, era ahora o nunca, por muy en evidencia que se estuviera dejando a sí misma.

Esta vez, él se inclinó levemente hacia delante para contestarle. -Importantes.- pronunció concentrado en sus ojos.

Aquello sí que fue una novedad. -Oh.- exclamó ella levantando las cejas ante la sorpresa. -O sea que tienes que sentir algo por ellas para...-

Levantó la vista un instante para empezar a hablar e interrumpirla, Casi le había puesto de mal humor esa insinuación: -No te equivoques, cuando he dicho importantes no me refería a que a mí me lo parecieran, si no al resto.-

Ahí sí que le sorprendió. -¿Qué quieres decir?-

Vegeta volvió a reclinarse en su silla. Estaba siendo demasiado divertido como para irse de allí en aquel momento. Metió la mano en la caja y sacó su sexto helado de chocolate. -Soy un príncipe, por muy compleja que sea para ti meterte esa idea en tu cabeza.-

Lo entendió. Él nunca había estado con mujeres que no fueran destacables jerárquicamente. Se sintió ofendida. No tenía porqué pero así se sintió y se lo hizo saber atacando por primera vez en todo ese diálogo: -Pero eras un mercenario, un soldado a las órdenes...-

-Una cosa no quita a la otra, humana.- le interrumpió sin evidenciar molestia. -Nunca.- enfatizó esa idea como si muchas veces antes se la hubiera repetido a sí mismo. Abrió el envoltorio del polo y lo dejó junto al montón que tenía formado a su izquierda con el resto de los anteriores. -Nappa y Radditz sí estaban con mujeres rasas, incluso con prostitutas.- Ese dato demostraba que quería seguir con la conversación, porque era tan innecesario nombrar a sus subalternos como indicar los hábitos sexuales de ellos.

-Igual te has ido con una prostituta y no lo sabías.- No supo a qué vino esa hipótesis absurda, pero lo soltó. Los nervios la estaban traicionando.

-¿Te crees que soy idiota?- inquirió el príncipe con desdén parando de comer. -Te he dicho que...-

-Ya, pero en los palacios siempre han habido cortesanas, ¿no?- interrumpió ella tratando de buscar su lugar honroso en aquel disparate de conjetura. Por la respuesta de él, salió airosa:

-Cierto.- Contestó él pensativo. -Pero eso que dices es imposible.-

-¿Por qué?- cuestionó ella ahora más intrigada que antes. La apreciación que hizo anteriormente fue ridícula, sin embargo podría sacarle provecho ahora que él se ponía enigmático.

Se había metido tanto en esa extraña conversación que se quedó inmóvil al ver cómo él alargaba su mano hacia ella con firmeza. Le cogió el brazo por la muñeca y Bulma aguantó la respiración. Extendió la extremidad de ella y le dio la vuelta mostrando su piel firme y blanca.

Bulma subió su mirada perdiéndose entre sus músculos hasta fijarlos en sus ojos. Calló como nunca lo hizo a pesar de que su boca se abrió levemente. Mantenía el helado semiderretido a la altura de su pecho.

Él habló señalando con el pulgar de la misma mano con la que asía su brazo. -Aquí.- comenzó a explicar relajado, lejos de la importancia que ella le estaba dando a ese agarre. Presionaba su muñeca con una mano a la vez que con la otra mordía el helado. -En el imperio frezeeriano se marcaba a las rameras con tres pequeños puntos simulando los vértices de un triángulo, y no había excepciones.- Lo curioso de ese momento es que él no alzaba la vista. Cuando lo hizo se percató de que ella lo observaba con una mirada que había visto antes. Se quedaron callados por un instante y para complicarlo todo más, a ella se le cayó una gota de chocolate en el escote. Ahora fue él el que deslizó sus ojos sobre el cuerpo de Bulma, notando su pecho subir y bajar con fuerza.

-¿Qué es esto?- preguntó pasando el mismo dedo por un pequeño bulto en el antebrazo de ella. Había subido el tono al formular la pregunta, al igual que el agarre de su brazo, pero de esto último no se dio cuenta hasta notar el pliegue de su piel. La delicadeza no había estado presente en ningún segundo, así como la intención escondida. Hizo reaccionar a Bulma, que alargó la otra mano para recoger una servilleta de la mesa y limpiarse. Fue Vegeta quien le soltó por fin el brazo y se centró en su helado.

-Un implante.- contestó ella buscando sus ojos. Que él hubiera hecho como si aquello no hubiera significado nada no le enfadaba, si no que muy a su pesar, le estaba entristeciendo. -Un implante anticonceptivo.- aclaró al ver que él no decía nada.

-Ya.- Vegeta se levantó por fin y se dirigió hacia las escaleras dejando el palo de su sexto helado en la boca.

La peliazul observó su marcha conteniendo miles de emociones. La intimidad se iba con él, y encima cuando estaba en su punto más álgido. Se le fue la tristeza para volverle el mal humor. Se acabó. No pudo reprimir reprobar su actitud:

-¿Entonces para qué te has quedado todo este tiempo aquí conmigo?- le inquirió girándose y viéndolo desaparecer por entre los escalones.

No hacía falta explicar nada. Las sensaciones estaban en el aire. La espesura de la intimidad era tan gruesa que no veían nada más allá que a ellos dos juntos. Él había estado hablando con ella como si siguiera su juego, un juego con el fin que los dos conocían y que él había aceptado tácitamente. Era una verdad no velada, descubierta hace mucho y de nuevo él volvía a negarla. O peor, a rechazarla.

No le contestó. Pero no era porque no tuviera una respuesta o un plan. Él siempre lo tenía.

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Empezó a ser normal entre ellos hace mucho. Discutían para luego ignorarse, ya fuese porque uno u otro así lo hubiera decidido, para luego volver a hablar, a discutir y vuelta al principio. Después del último encuentro en la cocina, fue Vegeta el que retornaba a poner distancia aunque en aquella ocasión fuera él el que dio pie a que ella se estrujara la cabeza más que nunca.

A Bulma le crispaba los nervios, en un sentido evidente y en otro más oscuro. Le crispaba los nervios que estuviera siempre pensando en él y en el porqué de sus acciones. En esa situación se encontraba, con los nervios crispados e indignada consigo misma porque nunca tuvo que poner tanto de su parte para con un hombre. Las cuestiones sobre qué quería él de ella y viceversa ya no eran prácticas. "Me crispa los nervios, me crispa los nervios", se repetía mientras removía la pasta en la olla tal y como su madre le había indicado.

-¿Qué te ocurre, hija?- le preguntó su progenitora que estaba a su lado ordenando pasteles.

-Nada.- contestó ella removiendo con más fuerza la masa.

Habían pasado semanas de su postrero acercamiento con el saiya y todo volvía a su tensa calma, más tensa que nunca. "Si él no quiere aceptarlo, es su problema", se decía una y otra vez. Siempre se despertaba tratándose de convencer a sí misma de que ese día no lo miraría, de que ese día no le haría caso, de que ese día se iría a pasar un rato con sus nuevas amigas, pero todas esas sanas intenciones quedaban en minucias llevadas por una leve brisa cuando lo veía aparecer. "El muy imbécil dice que solo ha estado con mujeres importantes", trataba de razonar por enésima ocasión en su cabeza. Removía con tanto brío la masa que su madre creyó que iba a romper la cuchara. "¡Importantes dijo!", exclamó para sí enfurecida y soltando un soplido de desaprobación. "¡Yo soy lo más parecido a una reina que hay en este planeta! ¡Y no soy un perro!"

-Déjamelo a mí, anda.- la pelirrubia le cogió el cubierto de madera para seguir ella con la preparación de la base de la tarta de cumpleaños.

-¡No!- profirió Bulma volviendo a quedarse con la cuchara en la mano. -¡Lo haré yo!- Y apartó a su madre con el trasero. -Siempre acabo lo que empiezo.- murmuró. Alzó la vista hacia la cámara en funcionamiento. -¡Siempre!-

-Sí, pequeña, sí- intervino su madre conciliadora. -Pero si remueves con tanta fuerza se va a quedar líquida la masa del pastel.- Hizo gestos con los brazos mostrándole cómo debe de hacerse la mezcla pero su hija no le prestaba atención. Sabía a dónde iba esa doble intención y no pudo evitar que una sonrisa le saliera de su rostro ya de por sí risueño. -¿Y qué te ha contestado Vegeta sobre tu invitación a la fiesta de cumpleaños esta tarde?-

-¡Pues que no iría, por supuesto!- Y así fue. Sus padres, con él delante, le obligaron a hacerle la cuestión y él ni siquiera se molestó en contestarle, como era normal. Después, para hacerlos callar, les prometió que le insistiría, pero no lo hizo. No había hablado con él en todo este tiempo. Por si fuera poco, tan de mal humor le estaba poniendo todo el asunto del príncipe, que encima mañana cumplía treinta y un años. Treinta y uno. Un tres y un uno gigantescos caían sobre su cabeza aplastándola contra el suelo cada vez que se imaginaba el día siguiente. Y para colmo, sus padres se habían empecinado en celebrarlo en casa. Menos mal que ella consiguió cambiar la ubicación de la fiesta a un salón privado en el centro de la ciudad. No quería que en su hogar se quedaran los restos de los treinta que dejaba atrás. También les hizo ver que no quería una celebración por todo lo alto, solo un grupo reducido de gente. No llamó a los muchachos guerreros. Tenían cosas más importantes que hacer.

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-Querida, nosotros nos vamos.- le dijo su padre acercándose al grupo de chicas que rodeaban a su hija.

-Señores Brief, ha sido un placer conocerles.- soltó una alegre Gurai besando a su gran jefe seguida por la tímida de Mursa que aunque dubitativa, la imitó.

-Sí, todo un honor, nunca pensé que fuera usted una persona tan cercana.- añadió Sumi también perjudicada por el alcohol consumido y pasando por alto que aquello no había sonado muy bien.

Fue Kastesi la que se lo dejó ver. -Bueno, su hija nos ha dado la oportunidad de presentarnos y ha sido todo un honor.- Ella fue más recatada y le dio la mano, aunque a la Señora Brief sí que le plantó un beso.

Bulma rió junto con su padre, adulado por tanta amabilidad femenina, y fue su mujer la que habló antes de dirigirse hacia la salida del restaurante: -Hija, tus amigas son encantadoras, ¡encantadoras!- y enlazó su brazo con el de su marido. -No tardes mucho, que igual Vegeta quiere festejarlo contigo.- Y entonces la carcajada de ambos mientras se alejaban fueron realmente sonoras. -Querida, ¡qué cosas tienes!- le comentó su hombre dejándose llevar hacia la puerta.

-¿Quién es Vegeta?- le preguntó Kastesi con interés sentándose de nuevo a la mesa. Ya se habían ido todos. Sus padres y el resto de invitados, algunos íntimos de ellos de su misma edad que la conocían desde pequeña, dejando solo a las nuevas amigas de la peliazul y a ella en el pequeño salón habilitado para el evento. -¿Alguno que no nos hayas contado, Bulma?- y le sonrió pícaramente antes de beber de su copa de vino.

Le volvió el mal humor. Había estado tan a gusto en la cena que en ningún momento había pensado en él. Tuvo que ser su madre la que diera en la tecla. Disimuló: -Un perro.-

-¿Un perro?- Kartesi volvió a interesarse. -Pues tu madre no lo ha nombrado como si fuera un perro.- rió por lo bajo provocando el mismo efecto en las demás.

-Es verdad, Bulma, ¿qué tienes escondido en esa casa tuya tan magnífica?- le cuestionó Gurai sirviéndose otro trozo más de la deliciosa tarta que la señora Brief había preparado. -Aunque no hayamos ido aún, todo el mundo dice que es inmensa.-

-Ya lo he dicho, un perro.- y se sirvió su enésima copa de champán.

Todas captaron al instante que aquello, lo que fuera, era terreno vedado para la famosa heredera.

-¡Gurai!- Kartesi fue la primera en romper el hielo. -¡Para de comer tarta!- exclamó golpeando la mano de su amiga. -Luego te quejas de que te estás poniendo gorda.-

-¡Eh!- la aludida se quejó molesta. -¡No soy yo la que se queja de tener un culo del tamaño de Ciudad del Norte!- y mordió su trozo encantada.

Todas rieron a la vez que Mursa abría la puerta para ir al baño. Un chico alto y moreno estaba parado en la puerta, provocando que la apocada recién amiga de la peliazul se sonrojara.

-¿Bulma?-

Se le heló la sangre al escuchar aquella voz. Interrumpió las risas consiguiendo que el resto mirara hacia la puerta con curiosidad.

-Perdón.- dijo Mursa pasando entre él y la puerta para ir al baño. Miró al resto con interrogantes pero no creyó oportuno quedarse a escuchar ahora que ella había sido la que había abierto la puerta.

-¿Qué haces tú aquí?- la científica se había girado para verlo aunque no se levantó de la silla.

Yamcha no sabía si traspasar la puerta o quedarse en el quicio. -He visto a tus padres a la salida y me dijeron que estabas en este salón.-

El resto de las tres amigas se miraban unas a otras pensando que estaban de más y bebieron de sus copas a la vez. No era difícil darse cuenta de que aquel chico guapo tenía que ser el ex novio de Bulma, del cual no quería hablar, así como de muchas otras cosas intrigantes que siempre rodeaban con misterio a la rica heredera. Si a veces pensaban que la amistad que les ofrecía era sincera, cuando callaba o contestaba con evasivas, que no era en muchas las ocasiones, preferían no seguir preguntando pues no olvidaban que ella seguía siendo su jefa.

-¿Y qué es lo que quieres?- le inquirió con desaire.

Yamcha seguía estático en el umbral. Se frotó la nuca pensativo. -Bueno, estaba cenando con unos amigos y...-

-Amiga, querrás decir.- le interrumpió la peliazul. -¿Y desde cuándo tienes tú otros amigos que no sean los muchachos?-

-Son ex compañeros del baseball, Bulma.- La incomodidad se podía cortar con el cuchillo de la tarta, el cual la científica empezaba a mirar con ojos deseosos. -¿Puedo pasar?- preguntó Yamcha impaciente.

-Haz lo que quieras, nosotras ya nos íbamos.- Y acto seguido, la peliazul se puso en pie seguido por las otras chicas, que cogieron sus bolsos apresuradas y cruzando las miradas entre ellas.

-Pero, Bulma, yo quería hablar conti...- Se apartó para dejarlas salir.

-No tengo nada de lo que hablar contigo.- y lo dejó allí solo mientras a ella le seguía su séquito de amigas.

Ya en la puerta, llegaron las preguntas de rigor. Como no, Gurai fue la que rompió el hielo. -¿Ese era...?-

Kartesi no le dejó terminar: -Da igual quien fuera, ¿estás bien?- le preguntó a la peliazul preocupada.

-Es verdad- añadió Sumi. -¿Estás bien?-

Y curiosamente sí estaba bien. Igual era efecto del alcohol, pero aunque no hubiera sido ni mucho menos amable porque el rencor existía, el dolor era el que no había hecho aparición. Simplemente, no le dolía su presencia. Le molestaba, sí, pero el que haya aparecido solo le había causado malestar. Por muchos treinta y un años que hubiera cumplido, su ego y su vanidad seguían intactos. Y por lo visto, la tristeza se esfumó hacía ya algún tiempo. Sonrió: -Sí, estoy bien, es solo que...-

-¡Eh!- Mursa aparecía por detrás saliendo retrasada de las demás. -¿Es que os íbais sin mí?- cuestionó divertida. -¿Habéis cogido mi...?-

-Toma.- Sumi le entregó el bolso, objeto de la pregunta que no le dejó finalizar.

-Ah, gracias.- contestó feliz colgándolo de su hombro. -El tipo guapo ése, ¿quién era?-

-¿Nos vamos a tomar la última?- preguntó Kartesi haciendo caso omiso a la pregunta de Mursa. Era momento de poner fin a las cuestiones privadas a la científica. -Aún es temprano.-

-Sí, claro.- contestaron a la par el resto de chicas.

-No, yo me voy a casa.- comentó Bulma sacando la cápsula de su coche.

-Pero si es tu cumpleaños...- protestó Gurai poniendo cara de pena.

-Estoy cansada, adiós.- Y activó la cápsula frente todas. Así era la científica con las chicas, cuando decidía algo, no cambiaba de opinión. Creían que era porque no olvidaba su superioridad jerárquica frente a ellas, pero parecía que solo Kartesi se había dado cuenta de que era así con todo, de que era natural en ella.

-Gracias por la fiesta.- dijo adentrándose en el coche y dejándolas allí en la acera.

-¿Estás segura de que estás bien?- la que se había convertido en más íntima de las cuatro fue la que se acercó a la ventanilla del coche.

-Un poco mareada, pero pondré el piloto automático.- y le sonrió subiendo la ventanilla. Se despidieron con la mano.

"Otra evasiva", pensó Kartesi para sí, ya que obviamente no le preguntaba por su estado físico.

-Es rara.- comentó Gurai viendo el coche alejarse. -Ya os lo dije, es rara.-

-No más que el resto...- añadió Sumi enigmáticamente. Todas la miraron con interés. Era extraño que ella hablase sin preguntar siendo tan discreta, y menos que expusiera una opinión tan sabia. Y es que igual no estaba equivocada del todo.

-¿Nos vamos?- soltó Kartesi.

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Una sensación de vacío se había anclado en su interior. No era tristeza, ni mucho menos soledad. Conectó el piloto automático sin querer pensar en nada, pero fue imposible.

Se sorprendió a sí misma habiendo sido tan condescendiente con Yamcha. Para otras personas igual no lo había sido pero para ella, conociéndose, sí que lo fue. La fatídica noche lo abandonó tumbado en la carretera solo dejando resquemor, tristeza, y suela de rueda de coche quemada por el acelerón al querer atropellarlo. Sin embargo, la pena había desaparecido. Solo quedaba de aquello un resentimiento evidente.

La sensación de vacío fue momentánea, de ahí que no la supiera catalogar. El hueco en su corazón no estaba.

Miró el reloj del coche antes de salir por la puerta. Las nueve y cuarto. La fiesta se había alargado más de lo que quería. Mañana tenía que ponerse a trabajar con un nuevo proyecto y por fortuna algo bueno había sacado de la irrupción de Yamcha en el final de fiesta. La excusa perfecta para irse de allí, sobre todo porque no estaba interesada en salir de nuevo con las chicas. Lo intentaba, pero no encajaba por mucho empeño que le pusiera.

Cruzando el jardín hacia la casa lo vio. Vegeta iba en sentido contrario, de la cámara a la cocina. Hizo, obviamente, como si ella no existiera.

-¿No es muy tarde para que acabes de entrenar ahora?- le preguntó ella acercándose a él. La razón de por qué lo hizo ni se le pasó por la cabeza.

Él frunció el ceño observándola sin parar de andar hacia el interior de la casa. -Te he dejado un robot roto en la puerta del laboratorio.- fue lo que le respondió esperando que ella le contestara que ya lo miraría mañana.

-Voy a ver.- comentó la peliazul sin ningún atisbo de molestia.

"¿Ahora?", se preguntó para sí el guerrero. Paró su andadura y la vio separarse de él para dirigirse a su lugar de trabajo. La siguió.

-¿Mis padres no están, verdad?- Había encendido las luces después de abrir la puerta con el robot en la mano. La altura de aquel lugar hacía que sus tacones retumbasen más de lo normal en ese espacio.

Una respuesta acorde con el príncipe de los saiyajins era decirle que a él no le importaba dónde se hubieran metido sus padres, pero en cambio ésa no fue la que salió de su boca: -Sí, están en su dormitorio.- La mueca de desconfianza de él no se borraba de su rostro. Entró también al interior del laboratorio y miró a su alrededor con interés. Nada había cambiado desde la última vez que estuvo allí. Y eso que en esa ocasión creyó haber dejado su firma personal. Una exhalación corta mientras la observaba recogiéndose el pelo evidenciaba que estaba seguro de que ella había tenido algo que ver con que aquello no se hubiera ido al traste después de su pequeño ataque al ordenador.

-Es que no vi luz en ninguna habitación mientras me acercaba a casa.- se explicó Bulma quitándose los tacones y quedándose descalza. Le gustó la sensación fría en sus pies. Como no contestó, ella misma se corrigió: -Estarán durmiendo, claro.- Suspiró tras mirarlo a los ojos y se centró en el robot que había dejado en la mesa de operaciones. Él se puso al lado para estudiar sus pasos.

-¿Qué es lo que ha fallado?- cuestionó ella sobre la máquina de lucha.

-No dispara.- El príncipe la escudriñaba mientras la dejaba hacer.

-¿No?- izó la vista hacia él para que le rubricara la respuesta. Chocó con su mirada negra y curiosamente, se la mantuvo.

Tras breves segundos, Vegeta contestó: -No.- Y apoyó las nalgas sobre la mesa cruzando sus brazos y cerrando los ojos.

-Es solo un desajuste en el visor.- indicó una Bulma sonriente. -Solo necesitará que...¿me pasas esa llave?- y se acercó a él para señalarle el instrumento que quería.

El saiya abrió los ojos para seguir al dedo índice de la científica. -¿No puedes hacerlo tú, humana?- Pese a la queja, movió su cadera y alargó su cuerpo para hacer lo que le había pedido.

Se la pasó y manteniéndole la mirada, la peliazul le murmuró con burla: -¿Se te ha vuelto a olvidar mi nombre?- y volvió a centrarse en el robot, consciente de los ojos de él sobre ella.

-Descarada.- escuchó que dijo el príncipe por lo bajo.

Volvió a sonreír sabiendo que él estaba haciendo lo mismo. No era necesario forzar la intimidad entre ellos. Ya estaba presente desde el primer cruce de ojos. Por fortuna para Bulma, no se encontraba nerviosa. -Ya está.- pronunció al incorporarse. Dobló su cuello para verlo. Sabía que la estaba mirando. Lo sabía.

-Bien.- pronunció él incorporándose tras esos segundos en tierra de nadie.

-Hoy ha sido mi cumpleaños.- La científica quiso detener en ese instante su más que segura marcha. Vio cómo él miraba al suelo y sonreía levemente.

-He cumplido treinta y uno.- añadió Bulma expectante. Él dobló su cuello para mirarla. Iba a hacer una burla con la edad, pero no sabía si éso era mucha o poca en La Tierra. Entrecerró los párpados estudiándola. Mantuvo su mutismo.

-¿Qué edad tienes tú?- le cuestionó la peliazul.

-No lo sé.- contestó él. Y quiso andar hacia la puerta. Fue darse la vuelta y ella le asió de la mano. Miró el agarre para luego izar su vista hacia ella.

-¿No quieres saberlo?- le preguntó en un murmullo. Fue volver a perder la conexión con sus ojos, los cuales el príncipe bajó hacia sus manos, y decidió llevar la iniciativa. -Ven.- le ordenó tirando de su brazo. -Vamos, ven.- Y pese a la inicial resistencia, él se dejó llevar por ella. -Siéntate aquí.- y le indicó un asiento coronado por un aro gigantesco.

-¿Qué es esto?- cuestionó él con su común desconfianza.

-Es una especie de scanner.- explicó ella poniéndose frente al saiya muy cerca y sentándolo presionando sobre sus hombros. Consiguió que el príncipe se sentara y la mirara desde abajo. Pese a su deseo, tuvo que separarse de esa atractiva perspectiva para dirigirse hacia la computadora central.

-Analizará tu cuerpo para decirnos la edad exacta que tendrías si fueras humano.- Se sentó en la silla frente al ordenador, que se encendió al instante. -Hasta te dirá tu cumpleaños, porque supongo que tampoco lo sabrás, ¿no?- Desvió la vista un segundo para volver a verlo. De nuevo, su cara de confusión le pareció irresistible y sonrió.

El príncipe miraba hacia el aro con su ceño fruncido. Siguió con los ojos el lento movimiento ascendente y descendente de éste, rodeando su cuerpo en su deslizamiento e iluminando a su paso cada una de las partes de él con una luz verde no muy molesta. En cuanto dirigió su mirada hacia ella, ésta la quitó para volver a centrarse en la pantalla.

-Ya.- pronunció la peliazul. El saiya se levantó y se acercó a ver las conclusiones.

-Según esto tienes treinta y dos años.-

Él, que se había inclinado para observar lo que había descifrado el ordenador, miró el pelo de la científica, sentada a su lado y con la mirada fija en el monitor, y apoyó sus nalgas en el soporte de la mesa posando sus manos a los lados. -¿Y cuándo sería mi cumpleaños?- preguntó.

Ella levantó los ojos hacia él. -Tu cumpleaños aquí correspondería al dieciocho de diciembre.- Sin pensarlo y con las pupilas de él fijas en las suyas, se levantó casi rozándolo en todo el trayecto y se puso a su altura. Quiso traspasar esa inexpresividad que desprendían constantemente sus ojos negros, sin embargo le pareció una tarea harto difícil, como siempre, aunque su silencio y el que aún permaneciera allí, muestras de que su activismo ante cualquier acercamiento entre ambos iba a ser siempre nulo, dejaban claro que al menos no se iba. Quería que fuese él el que diera el paso y se regañó a sí misma por su inocencia. Recordó lo que le dijo a su madre preparando el pastel de cumpleaños, aquello de siempre acabo lo que empiezo, y no supo si fue el eco de su propia voz en su mente animándola, el alcohol ingerido que aún podía que hiciera de las suyas, o la poca paciencia que le quedaba, pero se acercó a él, no mucho, ya que el saiya estaba lo suficientemente cerca. Fijó sus ojos en su boca y no muy segura de lo que estaba haciendo aproximó la suya a la del príncipe. Lo besó.

El príncipe, al sentir el contacto, se separó un poco. -No lo hagas.- le susurró ella mirándole directamente a la boca. -No te alejes, ahora no.- Cerró el escaso espacio que los separaba para de nuevo besarlo, agarrando su rostro entre sus blanquecinas manos y apreciando que esta vez el saiya se quedaba quieto.

Aquella frase le sonó a delicia. La peliazul le había suplicado por primera vez algo y era, en contra de lo que siempre creyó y anheló escuchar de esa boca que ahora lo rozaba, que no se alejara. Y en contra de lo que él debería esperar, lo que le costaba en ese preciso momento era separarse de ella, de la exasperante mujer que innumerables veces deseó matar, tantas como poseerla. Cuando la escuchó susurrarle tan cerca con la vista puesta en su boca solo pudo detener su lejanía. No iba a hacer nada. No pensaba hacer nada. Y no lo estaba haciendo. Ni siquiera irse. Una nube espesa de deseo no le dejaba ver que ella no lo dejaría escapar, que sabría cómo llevarlo con maestría por su propio camino.

Tenía los labios tensos y Bulma pasaba los suyos sobre los de él acariciándolos y cerrando levemente la boca, de un lado para otro, tratando de abrir la puerta como el que llama sin querer disturbar en demasía el interior, subiendo y bajando, palpándolos en su dureza. Solo se escuchaban las respiraciones y los besos de ella.

De repente, notó destensión en su sellado. Abrió los ojos para mirarlo y él tenía los suyos cerrados, aunque manteniendo la fea arruga en su entrecejo. Era como si estuviera luchando porque aquello no pasara, dudando entre salir de allí o dar por fin vía libre a la lujuria que empezaba a arder entre tanta oscuridad.

Comenzó a mezclar sus dulces paseos por sus labios ya menos rígidos con minúsculos besos en cada uno de los vértices de su boca. Quiso abrirse paso con la lengua, lamiéndolos levemente y adentrándose en la del príncipe. Por fin notó que ésta se abría y su aliento cálido chocó con el de ella, que suspiró porque veía que estaba ganando esa batalla. La humedad al tacto fue electrizante. Un relámpago minúsculo y denso saltó dentro de aquella habitación. La chispa, esa carga tan pesada y tan etérea de la primera vez que desearon besarse descaradamente, se convirtió en destello y el destello, si seguían así, tornaría en llamarada.

Ella aumentó su peso sobre él que finalmente pareció empezar a dejarse llevar aumentando la pesadez de su respiración mientras ella bajaba sus manos al tenso cuello de él. No supo en qué momento lo había hecho, pero ya tenía sus brazos en la frágil espalda de la peliazul. Su lengua, en principio tranquila e inmóvil, empezó a bailar dentro de su boca con la de ella y tras un breve espacio de tiempo, imperecedero ahora para ambos, inhaló aire enérgicamente por la nariz embriagándose aún más por el momento de pasión y por ese aroma que desprendía ella y que tantas veces olisqueó extrañado. Nunca había hecho eso. No era su estilo, pero su cuerpo estaba reaccionando impetuoso a la cercanía y a los besos apasionados de la peliazul de una manera que le hizo sentirse dentro de una batalla. El mismo ardor incontrolable. El mismo ímpetu de no parar. Lo extraño de todo aquello era que el inicio fue suave. Otra vez ella y otra vez su suavidad.

La sujetó fuertemente y su lengua vigorosa completaba el espacio en la boca de ella, que gimió al ver al fin como sus besos eran correspondidos con un deseo tal solo comparable al suyo. La pegó contra sí con vigor y su dureza abajo hizo que Bulma emitiera un gemido excitada y sonriente.

-¿Bulma?-

Abrieron los ojos de golpe.

-¿Buma, estás ahí?-

Todo se esfumó y el azul y el negro, la claridad y la oscuridad, volvieron a ser dos.

-Bulma, ábreme la puerta, por favor.-

-¿Yam...Yamcha?-

Vegeta la apartó con una mano. Se movió hacia la derecha con unos pasos, cruzando los brazos y dándole la espalda.

-Sí, soy yo, Bulma, ábreme la puerta, por favor.- escuchó que dijo su ex novio al otro lado del laboratorio.

El frío que había desaparecido de sus pies retornó a su cuerpo y le clavaron al suelo. La caída fue tan brusca que tuvo que recordarse que tenía que respirar. Se sintió mareada y tuvo que familiarizarse de nuevo con su alrededor. Miró con estupor a Vegeta. Jamás lo había notado su espalda tan tensa y reordenó su mente agitando la cabeza. Aclaró su garganta y finalmente, se dirigió a la puerta y mientras la abría le inquirió con un profundo desprecio. -¿Qué demonios estás haciendo tú aquí?-

Yamcha miró a su alrededor antes de contestarle. -Tus padres me han dicho que habías llegado y quería hablar contigo.- Fijó su vista en la fiera silueta del saiya, el cual permanecía de espaldas. No fue difícil entender que había interrumpido algo. La mirada de Bulma fue además una ayuda. Había tanta tensión en esa habitación que pudo inhalarla nada más abrirse la puerta. Cuando llegó a la casa, notó su poderoso ki en el laboratorio y temió encontrarse esa misma escena que seguro que había cortado con su irrupción.

Antes de que ella pronunciara una palabra, el príncipe se giró para mirarlo. Los ojos del guerrero humano se agrandaron al ver el bulto presionado en los pantalones del saiyajin. Por si le había quedado alguna duda, Vegeta se la aclaraba. Era como si estuviera restregándole ese momento, marcando su territorio de una manera animal.

Su ex novia, ajena a aquello porque le daba la espalda al saiya, respiró tan hondo que Yamcha creyó que exhalaría todo el aire del lugar. -Vamos al salón.- dijo al fin.

Lo asió del brazo y lo arrastró hacia el jardín. Lo último que vio el guerrero antes de votearse y dejarse llevar por ella fue la macabra sonrisa del Príncipe de los Guerreros del Espacio.

o-o-o-o

Caminaron en silencio hasta entrar en la casa y adentrarse en el salón. Ella andaba dando fuertes pasos alrededor mientras parecía buscar algo.

-¿Qué estaba ocurriendo en el laboratorio, Bulma?- le preguntó él siguiendo la mirada.

No paró para contestarle mientras buscaba entre los cajones. -Nada.- Le molestó sentirse culpable. -¿Y a ti qué diablos te importa?- Por fin dio con lo que quería. Una caja de cigarrillos. Encendió uno con un mechero que había sobre la mesa y lo devolvió de mala gana al mismo lugar que antes.

No supo qué contestar a aquello. No tenía autoridad moral ninguna para echarle en cara que estuviera a punto de hacer lo que ella evidentemente iba a hacer con él, pero no podía evitar notar celos delirantes. "¿Lo habría hecho antes?", se cuestionó observándola. Agitó su cabeza para que desapareciera la mirada fría que el saiya le había dedicado en última instancia. Tenía que concentrarse en el motivo que le había llevado allí esa noche. -Lo siento.- vocalizó al fin.

-¿Qué sientes?- Expulsó el humo de la calada hacia arriba. No se podía creer que aquello le estuviera pasando a ella. Lejos de lo habitual en esos casos, la presencia de su ex novio de tantos años le irritaba por lo pasado, indudablemente, pero lo que más le había fastidiado de todo aquello es que ese momento con él, con Vegeta, al que tanto les había costado llegar a los dos por su orgullo y cabezonería, fuera interrumpido por Yamcha. No había aparecido en meses y tuvo que hacerlo justo en ese instante.

-Todo.- pronunció él solemne dando pasos hacia ella, que lo miró de arriba abajo poniendo una barrera entre ambos. -Verás, yo...- pero no sabía por dónde empezar. Se puso a caminar en círculos cogiéndose la barbilla con una mano y pasándose la otra por la nuca. -¿Te dieron mis recados?-

-Sí, Yamcha, lo hicieron.- contestó con desinterés Bulma. Quería zanjar eso cuanto antes.

-¿Te devolvieron el bolso?-

Respiró hondamente. -Sí, me lo devolvieron.- volvió a darle una calada a su cigarro.

-Bien, es que...- retornaba a complicarse el inicio de todo lo que quería decirle. El talante de su ex novia, aunque racionalmente entendible por lo que él le hizo, estaba siendo demasiado lejano, como si realmente no le interesara lo que deseara decirle. Finalmente paró de ir de un lado para el otro, la miró y soltó un soplido dándose por vencido. -Lo siento, Bulma, siento mucho haberte hecho daño, lo siento todos los días desde que ocurrió y me odio por haber podido hacerte algo así.-

Bulma abrió los ojos sorprendida. Había sido tan sincero con esas simples palabras, las justas, como si supiera que solo eso era lo que ella deseaba escuchar de su boca, que de repente se sintió liberada. -Lo sé.- concluyó ella sentándose en un extremo del sofá. No dejó caer solo su cuerpo sobre él, también su pasado, que bajó por sus rodillas hasta deslizarse por sus pies y desaparecer por completo. Ni siquiera sabía lo bien que sentaba la sinceridad hablada después de tantos reproches.

Él se vio lanzado. -De verdad.- se sentó al lado de ella aún sin tocarla y clavando la mirada en el suelo. No había entendido la afirmación de la peliazul. -De verdad, no sé lo que me pasó, era como si no fuera yo, Bulma, como si no pudiera controlarlo y me vi en...-

-¿Desde cuándo?-

Y entonces Yamcha lo entendió. Ella podía comprender su lamento, pero no compartirlo. No había lugar a las mentiras, así que trató de ser lo más franco posible: -Demasiado.- contestó alzando la vista hacia ella, que levantó la suya hasta el techo y suspiró. Pasaron unos segundos eternos hasta que la peliazul por fin habló:

-Tenía muchas cosas que decirte, Yamcha.- comenzó a decirle volviendo sus ojos sobre los de él. Los vio apagados. Lo conocía tan bien que sabía que aquella disculpa la dirigía con todo su corazón hacia ella.

La interrumpió: -Bueno, ya me soltaste algunas aquella noche.- A pesar de lo que hubiera sido habitual hace ya muchos meses, Bulma sonrió cuando él ya creía que se había ganado una quemadura en el ojo con el cigarrillo. -Perdón, continúa.- añadió mostrando su mueca más seria.

Sabía que su sonrisa la enmarcaba en pesadumbre, pero aún así, sonrió. -Tenía muchas cosas que decirte pero ahora no se me ocurre ninguna.- bajó la mirada a sus manos.

-Pues dímelas, por favor, las aceptaré todas.- añadió Yamcha inclinando su cabeza hacia ella para encontrarse con sus ojos. -Me las merezco, las oiré sin rechistar.- sentenció siguiendo con el hilo tranquilo que había tomado la conversación.

La peliazul apagó el cigarrillo para alivio del guerrero. Parecía pensativa así que se armó de valor para continuar él con su segundo cometido: -Solo espero que me perdones pronto y así poder retomar...-

Si quiso mejorar en algo la situación, la empeoró hasta límites insospechados: -¿Qué?- La científica se había alejado y trataba de asimilar lo que había oído.

Él pareció confundido. -Bueno, cuando se te pase el enfado espero que me vuelvas a...-

Volvió a interrumpirle. -¿De qué estás hablando?- Se puso de pie sin creer lo que en sus oídos resonaba de nuevo.

-Me perdonarás, ¿verdad?- Yamcha parecía entender menos que su ex novia lo que había ocurrido, y analizaba en su cabeza lo que había dicho por si había sido erróneo.

-Pues no lo sé, Yamcha, por un momento pensé que no y ahora...-

-Ahora estás mejor.-

-Sí, pero eso no significa que...- se enfureció. -¿Es que crees que voy a volver contigo?-

Él se incorporó temiéndose lo peor. -¿No lo vas a hacer?-

-¡Por supuesto que no, cabeza de chorlito!- puso sus brazos en jarra acentuando su agresividad.

-¡Y todo es por ese saiya, ¿verdad?- le inquirió con el índice él al verse rechazado. -¡Sabía que había algo entre los dos y tú siempre me lo negaste!- alzó la voz hasta ponerla en el mismo tono que la de ella.

Se aguantó el bramido un instante. No podía creer lo que le estaba ocurriendo: Yamcha había llegado a su casa y le había interrumpido éso, para luego empezar a hablar bien con él, tornando la charla en algo entre adultos y ahora le había desenmascarado que su razón principal era que ella le perdonara pero no porque sintiera todo lo pasado, no, si no porque creía que a ella se le habría diluido el cabreo y volverían a ser una pareja feliz, ajenos a cualquier incidente. -¿Cómo te atreves a señalarme a mí con el dedo, Yamcha? ¡Después de todo lo que hiciste! ¡Y como se te ocurre culparle a él, maldita sea! ¿Es que nunca te enteras de nada?-

-¡No le culpo a él! ¡Te culpo a ti!- le interrumpió él en esta ocasión. -Al principio creí que era cosa suya, ¡pero no!- gritó exaltado. -¡Conociéndote como te conozco, todo habría sido idea tuya!-

-¿Me estás llamando manipuladora?-

-¡Me voy!- exclamó él prefiriéndolo a contestar a aquella cuestión. Ya había visto y oído todo lo que tenía que ver y oír.

-¡No te vas! ¡Te echo yo! ¡Fuera de aquí!- y le señaló la puerta aún cuando él ya estaba yendo hacia ella.

-¡Ese hombre te hará daño, Bulma! ¡Mucho! ¡La única que no parece darse cuenta eres tú!-

-¡Fuera!-

-Y tu madre.- sentenció casi en un murmullo y un poco pensativo mientras sujetaba el pomo.

-¡Fuera de aquí!-

Y su ex novio por fin se fue.

o-o-o-o

Se sentó sobre el sillón y su pasado volvió a deslizarse sobre el suelo y escalar su cuerpo hacia su corazón. La pena retornó, al igual que la ira y la frustración. ¿Cómo se le ocurre pensar que ella volvería con él? Apretó la boca luchando por no volver a llorar. Habían pasado meses desde que lloró por última vez por Yamcha y no quería que regresara la tristeza. Muchas cosas habían sucedido desde entonces y no quería perderlas solo porque su ex novio hubiera vuelto con pensamientos erróneos.

-Vegeta...- Al instante, se puso de pie dispuesta a recuperar más que nunca lo que había dejado a medio hacer antes en el laboratorio. Salió corriendo hacia su lugar de trabajo, el cual estaba cerrado y con las luces apagadas. Entró y no lo vio. -¡Mierda!- blasfemó en alto.

Con las mismas ganas, retornó sobre lo andado y ya en la entrada subió las escaleras aprisa. Cuando llegó a la puerta de su habitación, tuvo que controlar su respiración, ya que por el cansancio de tanto correr, ésta estaba acelerada hasta los máximos. Tocó y no recibió respuesta. Se decidió a abrir por fin y se escurrió hasta su interior. No podía ver bien pero sentía que no estaba. -¡Maldita sea!- maldijo aún con más intensidad. Sin saber muy bien qué hacer, se sentó en el borde de su cama y dejó su torso caer. Movió un poco la cabeza y su olor inconfundible le atravesó. -Ay, dios mío...- suspiró por enésima vez aquella noche y decidió no irse de allí hasta que él volviera. A Vegeta le encantaba su cama. Creía poder afirmar que de todas las veces que se podría haber ido de allí, una de las razones por las que no lo hizo fue porque le encantaba esa cama. "Tiene que volver", se quiso convencer a sí misma.

Pasó un buen rato, no sabría decir cuánto porque allí no había despertador. Él se despertaba al alba por lo visto sin necesidad de reloj, así que nunca exigió uno. "Tiene que volver", se iteró.

Pasó otro buen rato y no había muestras de la presencia del príncipe por ningún sitio. "¿Dónde estará?", se preguntó empezando a molestarse otra vez. Sus sensaciones en pocas horas pasadas habían discurrido por subidas empinadas y bajadas empicadas, y el cansancio empezaba a hacer mella.

Se irguió para sentarse. Alargó su cuerpo para encender la luz y empezó a investigar en su cuarto. Abrió los cajones de la cómoda. Ropa interior, toallas y poco más eran los dueños de esos lugares. Fue a su armario y mantenía intacta la ropa ordenada por colores. Aquello le produjo una sonrisa en su rostro. Miró curiosa alrededor y se percató de que todo estaba impoluto y escrupulosamente organizado. Tuvo que hacer memoria para recordar alguna vez que la cámara de gravedad haya estado desordenada y cayó en la cuenta de que si no era ella la que dejaba las herramientas de por medio, se podría hasta comer sobre su suelo. ¿Cómo es que nunca se había dado cuenta? Se volvió a echar sobre la cama y dejó pasar el tiempo. Nadie le movería de allí.

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Bajó las escaleras realmente enfurecida. -¡Dormida!- imprecaba levantando los brazos y dando fuertes pisotones sobre los escalones a medida que los pisaba uno por uno. -¡Y él no aparece!- Tardó en reaccionar y cuando lo hizo solo pudo salir disparada por la puerta en dirección a la nave. Se había despertado de día. Por la posición del sol y la fuerza que desprendían sus rayos entendió que se había levantado tarde, y además en la cama de él. -¡Y sola!- bramó ya mirando de reojo hacia la cocina. Miró el reloj que colgaba de la pared. Las once y veinticinco de la mañana.

-¡Esto es increíble!- salió al jardín ofuscada y deseando decirle muchas cosas al maldito saiya del demonio. Si creía que se iba a librar de ésta como si había librado en otras ocasiones, aunque no fuera del todo cierta esta afirmación, él estaba muy equivocado.

-¡Hija! ¡Qué bien que hayas despertado! ¡Hija, ven!- su madre la llamaba desde la puerta del laboratorio.

-¡Ahora no!- gritó yendo diligente hacia la nave.

-¡Tu padre te necesita urgentemente!-

Paró en su avance y gruñó. Se dio la vuelta para solventar con rapidez lo que se le estuviera antojando a su padre en el trabajo. Se percató de que era extraño ver a su madre en el laboratorio. No imposible, pero sí inusual. "¿Qué estarán tramando?"

Cuando entró, vio a su padre sentado frente a su monitor y su madre visiblemente excitada inclinada sobre él. No pudo evitar mirar hacia su espacio, donde ayer se besó con Vegeta, y un rubor le sonrojó las mejillas haciéndole olvidar por un segundo lo enfadada que se encontraba por su culpa. Solo le duró un segundo para al instante volverse a enojar con más brío.

-¿Qué?- preguntó secamente posicionándose detrás de ellos dos.

-¿Qué te parece esta ciudad para ir a visitar?-

Los miró con desconcierto. -¿Es que os vais por unos días? ¿Eso era lo importante?-

-No, cuando nos vayamos, nos iremos para muchos días, pero tu padre y yo no hemos decidido aún a dónde- contestó su madre tranquila fijando más la vista en la pantalla que le enseñaba fotos sugerentes de playas cristalinas.

Entonces sí que se concentró. Aquello no tenía sentido. ¿Era lo que su madre aguardaba a hacer como plan secreto en contra de los androides? ¿Aquello que su padre le dejó caer cuando le dijo que ella sabría lo que hacer? Tan confundida estaba que no se percató de otra presencia que acababa de entrar por la puerta.

-¿De qué estáis hablando? ¿Cómo que muchos días?- se echó hacia delante adquiriendo la misma postura que su madre.

-¡Hola joven Vegeta! ¡Acércate y mira a dónde vamos a pasar mi marido y yo unas largas vacaciones!-

-Tengo que hablar contigo.- fue lo que salió por la boca del saiya, obviamente dirigido hacia la peliazul.

-No, ahora no.- le contestó ella volviendo a su tema principal. Que esperara unos instantes cuando él le había hecho esperar por toda una noche, y eso siendo generosa, le estaría bien merecido. -¿Es que no me vais a contestar?-

-Tengo que hablar contigo.-

-Ve a hablar con él, hija, nosotros te esperaremos aquí.- sugirió su padre amigablemente.

-No,- mantuvo la mirada fija en el monitor procurando sacar algo de aquello en claro. -Papá, quiero que me expliquéis qué es eso de unas vacacio...Aaaaaaaaaahhhhh!-

No pudo terminar. Al momento, Vegeta le había agarrado por la cintura y la llevaba colgada de su brazo como si fuera una bolsa cualquiera. -¡Suéltame!- comenzó a patalear sin surtir ningún efecto.

-Querida, luego me cuentas qué era tan importante.- escuchó decir a su madre risueña y nada preocupada porque su hija estuviera siendo cargada como un saco.

El príncipe daba fuertes zancadas llevándola hacia la nave.

-¡Suéltame, Vegeta!- trataba de moverse con todas sus fuerzas pero estaba siendo en vano.

-¡Estate quieta!- le inquirió él sin mirarla y no parando en ningún instante de caminar.

-¡Que me sueltes, bruto!- quería arañarlo o morderle, pero al mover rápido sus piernas la labor era imposible. Aburrida de su propia intención, bufó a espera de que él le soltara. Subieron la rampa de la nave y él finalmente le dejó caer sobre el suelo sin ninguna delicadeza.

o-o-o-o

-¿Qué será por lo que tenía tanta prisa?- le preguntó la señora Brief a su marido, el cual levantó las cejas en una mueca de travesura.

-¿Quieres saberlo?- le preguntó.

-¿Podemos enterarnos de lo que está pasando en esa cámara?-

El señor Brief rió como un pillo. Se levantó y fue seguido por su mujer hasta uno de los paneles llenos de botones imposibles de traducir para la pelirrubia. -Pulsa aquí.- le sugirió su marido divertido.

Su mujer miró hacia el punto que señalaba su marido. Hizo lo mandado y le dio al on.

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-¿Se puede saber qué te pasa?- le interrogó ella sentada en el suelo.

Él estaba de pie dándole la espalda. Había apoyado sus brazos sobre la palma de sus manos fortaleciendo la tensión de los músculos de atrás. Bajó la vista hacia los monitores, revelándose pensativo.

Fue verlo en esa postura y ella razonó que algo grave estaba ocurriendo. Era claro que lo de ayer iba a salir a la luz y se preparó para que él empezara a decirle cualquier cosa referente al suceso. "No", se dijo a sí misma. "No le voy a dejar que esta vez lo estropee". -¡Ni se te ocurra pensar que vas a insultarme como si nada! ¡Los dos somos igual de responsables!-

Él seguía inamovible frente a los mandos.

Bulma continuó aunque aquello fuera extraño. Lo normal sería que él ya hubiese hablado. Siempre era bastante directo cuando algo le interesaba, aunque con ella no lo había sido. Claro que ella no le interesaba, ¿o sí? "¡Por supuesto que sí!", bramó para sí misma. -¿Y qué es eso de dejar a una señorita como yo esperando en tu cuarto? ¡Porque estuve esperando allí toda la noche! ¡Claro que tú ya lo sabrás pues es seguro que volviste y me viste a...-

Él le interrumpió: -Quiero un hijo.-

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N/A: Permitidme los demás este inciso: Karopa, este episodio va dedicado a ti, como te habrás dado cuenta con el detalle del cumpleaños.

Gracias por leer. x. Drama.