.

"Dos seres de sexo diferente, que el instinto del placer los acerca, deben, pues, entregarse a gozar del placer en toda la extensión de que sean capaces, buscando la forma de hacerlo más intenso y mejor, y reírse de lo que se llama "las consecuencias, porque estas consecuencias no son en absoluto necesarias"

...


Closer

Capítulo 13: Dos Bocas

No esperaba que él fuese a dejarme sola, no esperaba quedarme suspendida y sola. En todo momento pensé que él permanecería a mi lado, tal vez en silencio pero siempre a mí alrededor. El miedo es un agente vivo que me abraza, animado por la tensión de los músculos en mi cuerpo, la sensación de que puedo caerme, y esta sensación de abandono ¿Cuánto tiempo va a dejarme aquí? Sus cambios nunca habían sido tan abrumadores, siendo suave cuando estuvo en mi apartamento, firme en su decisión de traerme de vuelta a casa, furioso cuando exploto en la decepción que había ido acumulando y, luego, una vez estando en casa, todas las facetas habían desaparecido dejando solamente a mi Amo, al dominante que aplica lo que cree necesario para castigar a su sumisa, para castigarme a mí, aunque, ahora que lo pensaba, quizá este castigo sea más necesario para él de lo que es para mí.

En parte, este momento, me permite no pensar en nada más que en las cosas que han pasado la última media hora, hace unos minutos en mi habitación, cuando sus palabras más bien parecían un monologo de reflexiones personales, sus preguntas con respuestas abiertas, su trato que… si bien había sido brusco, salvaje, tenía una dulce sutileza. Yo había aprendido a manejar su furia, si era plenamente consciente de su estado, también he aprendido a manejar su suavidad, pero esos cambios repentinos, abruptos, me tomaban con tanta sorpresa que lograban dejarme fuera de mí. He sido crédula por pensar que él quería llevarme de vuelta sin ningún reproche o protesta, sin castigos de por medio, que así como yo pretendía y deseaba dejar todo atrás, él también lo haría. Sin embargo, la mente de un hombre parece ser más compleja de lo que yo pensaba, siendo él lo que era y muy por encima de eso, yo había herido en su ego y eso era más que evidente.

No tengo ningún indicio de algo que me permita saber cuando tiempo llevo aquí, ni cuanto tiempo va a pasar hasta que él vuelva, mis pensamientos que siempre tienden a llevarme a una pronta conclusión, van a apagarse en breve y no voy a tener en que distraerme. Observo a través de los barrotes de la ventana de la puerta donde, en el fondo oscuro de la pared de enfrente, colocados en orden guindando de la pared, se encuentran sus instrumentos de flagelación, todos de diferentes formas, colores y tamaños. Me dedico los próximos minutos a repasar cada uno, a idealizar lo que cada uno haría impactando sobre mi piel y recordar los que ya lo han hecho. Consigo imaginar como serían las marcas que dejarían en mi cuerpo y luego… sus halagos respecto a las mismas.

En mi repaso llego al látigo de serpiente que lleva mi mente a recordar aquel sueño, aquel tiempo en que no sabía nada sobre él, quien o que era, cuando su simple aura hizo sumisos mis sentidos y, poco a poco, con simples miradas y palabras escuetas, calaba en mi alma.

Pese a las distracciones que intento crearme, me duele la parte baja de la espalda, tal vez si me ejercitara un poco más mi cuerpo respondiese mejor a semejante posición, pero no es así y las dolencias me aquejan. Vuelvo a pensar en el tiempo y me parece que ha pasado demasiado desde que él se fue, eso me aterra, no saber cuánto ha pasado, tal vez mucho o tal vez solo unos pocos minutos, lo que consigue asustarme aún más.

Me debato entre asumir la lógica de los hechos, de pensar que él esta haciendo un mal uso del poder y la confianza que le he otorgado o entenderlo, aceptar esto como una necesidad suya, complacerlo porque es lo que él necesita, mantenerme aquí, de una manera que a cualquier par de ojos podría resultarle inhumano. ¿Cómo debo verlo? Es un castigo y eso es evidente pero ¿me lo merezco? Y más importante aún ¿Qué magnitud va a alcanzar?

Sé que él tiempo realmente ha pasado cuando empiezo a sentir el entumecimiento de mis extremidades, si lograse soltarme ahora no voy a ser capaz de sostenerme y voy a caer y hacerme daño contra el suelo. Ni siquiera siento dolor, solo un hormigueo y adormecimiento general, me siento débil. Mi estomago tiene otra historia que contar, haciendo sus respectivos sonidos debido al hambre, no he comido nada desde mi desayuno con Alice, y justo ahora podría tan solo ser de noche o podría ser la madrugada ¿va a mantenerme toda la noche? Mi temor se acrecienta con la intensidad del malestar estomacal, si alcanzó a llegar aquí el día de mañana y él se va a trabajar, no tengo idea como pueda responder de una manera correcta a ello.

Con el paso de un tiempo que desconozco, es mi mente la que empieza a adormecerse ahora, mi mente lucha por desconectarse aunque intento mantenerme despierta, tal vez debo dejarme vencer por esa parte de mi mente que entiende que dormir, es el mejor escudo para protegerme de la realidad que nos rodea. Ante esa idea, dejo que mi cabeza por la fuerza propia de la gravedad, se incline hacía adelante y cierro los ojos. Tal vez si puedo dormir, entonces todo pasara más rápido y él estará aquí para liberarme.

Es un ruido fuerte lo que logra sacarme de la bruma de un sueño tumultuoso, un ruido que acelera mi corazón porque a pesar de haber estado en un sueño, sé lo que eso significa, tengo que sonreír en contra de la lógica de mi situación y mientras voy tomando mayor consciencia de mi entorno, hago un repaso mental de mis músculos y huesos, donde cada uno de ellos duele, absolutamente todo, aunque más fuerte siento el dolor de cabeza que es nuevo pero que ha llegado para atormentarme. Para cuando él aparece finalmente en mi campo de visión, duele verlo con el torso desnudo, cabello completamente despeinado, la barba rasposa y sus ojos adormecidos, duele porque es devastadoramente hermoso, aunque lo este viendo a través de los barrotes de mi propia jaula o prisión, vistiendo solo su pantalón de dormir que precariamente se sostiene de sus caderas. Dejo de mirar su cuerpo para centrarme en su rostro, entonces noto la ligera sorpresa en su mirada que se ha ido despejando, aunque tal vez ese deje de incredulidad me lo este imaginando.

—He de admitir, que con toda certeza esperaba verte en el suelo—su voz resuena en mis oídos y luego se queda en mi mente, parece una cuerda tirando de mi consciencia hacía la realidad que todo él supone.

La puerta hace un ruido teatral y chirriante al abrirse y me despejo un poco, parece que estoy cayendo y me es difícil sostener mi cabeza en alto, me siento débil. Lo miro, no voy a poder responderle, creo. Mi boca esta seca y mis tripas se retuercen con mayor intensidad que antes.

— ¿Tienes hambre?—pregunta, no tengo dilaciones en responder con un asentimiento instantáneo. Tanto como su movimiento en retroceso para buscar y traer consigo un plato, lo primero que percibo es el olor que de inmediato surte efecto en mí estomago vacío que se agita y duele. Se acerca acortando el espacio entre su cuerpo y el mío, muy cerca, tan cerca que el calor de su cuerpo se dispara hacía la frialdad del mío, tanto que quiero que me sostenga y me libere para reposar en sus brazos.

Sin embargo mi atención se ve dividida entre su cuerpo y la comida, alimentarme es una necesidad básica y crucial en este momento, pero estoy segura que si me dejaran elegir, no tomaría una decisión a la ligera basada en esa primera necesidad. De todas maneras me distraigo con su mano que toma el cubierto y saca un poco de lo que parece sopa. Lo lleva cerca de él y sopla para luego acercarlo a mis labios. Mis ojos se llenan de lágrimas con su gesto y mi división anterior se ve abrumada, al igual que toda yo, pero acepto, apenas y abro un poco mis labios para que él pegue el cubierto y el líquido se deslice en mi boca. Realmente delicioso. Me ofrece más, una cucharada tras otra hasta que poco a poco, se va aliviando el ardor de mi estómago, me concentro en comer y él en darme de comer, ninguno dice nada y es un silencio cómodo a pesar del contexto. Una vez más él está siendo suave y considerado en medio de una situación que debería, al menos para mí, ser hostil. Sin embargo no siento en ninguna parte de mi cuerpo o mente, la necesidad o el requerimiento de accionar en su contra, aceptar y tolerar es más lo que quiero hacer.

Para cuando termina de darme todo el contenido del plato, lo hace a un lado. Siento mi hambre saciada, no obstante una vez satisfecho ese requerimiento de mi cuerpo, aquellos dolores eclipsados se hacen presentes de nuevo, aunque les ignoro para no mostrarlos en su presencia. Su rostro pétreo se vuelve a mirarme, sin ningún gesto que señale emociones, vaga sus ojos por mi cuerpo, con los brazos cruzados en su torso, viajo hacía abajo notando que va descalzo. No me preocupa mirarlo, no puedo hacer mucho más que eso, mi cabeza apenas puede sostenerse y estoy muy lejos de pensar en ganarme un castigo más severo del que ya estoy recibiendo.

— ¿Conservas la tijera entre tus dedos?—pregunta, puede que si él mirara hacía mis manos la viera, pero él está mirando mi rostro, mis ojos, así que asiento para hacerle saber que así es. —Quiero que pienses en algo, Isabella—pongo un poco más de empeño en atender sus palabras—Voy a utilizar un poco de metáfora para explicarme—dice, quizá con burla o elocuencia, no puedo discernirlo—Suponte que tienes una persona, digamos un niño, a este niño le das un dulce nuevo, un dulce que sabes le va a gustar. Él lo acepta, lo prueba y le gusta, lo que provoca que entre ambos se forme cierta complicidad, tú le das el dulce y a él le gusta, a ti te complace dárselo porque ves su reacción positiva al recibirlo, logrando satisfacción en ambos, dar y recibir. Pero resulta que llega un extraño y le da al niño el mismo dulce que tú le dabas, tú sigues dándoselo porque sientes que entre ambos hay algo especial. Pero pronto te das cuenta que el niño está dispuesto a recibir el dulce de cualquiera, lo que quiere decir que no importa quién se lo dé, solo conseguirlo. Por favor, piensa en ello. Tienes la tijera, volveré luego—no me dejo decir absolutamente nada, se retira dejándome pasmada, una vez más.

No hay que pensarlo dos veces para entender lo que él quiso decir. Y duele pensar que él crea que yo puedo estar con cualquiera que me ofrezca lo mismo que él me ofrece, empezando porque nadie puede alcanzar tal cosa, él está absolutamente equivocado en su percepción de mis emociones. Cualquiera podría ser un dominante, por supuesto, y ser bueno en las cosas que hace, sin embargo eso no cambia el hecho de que, a quien yo he elegido como mi dominante, ha sido a él. Que a pesar de mi deslumbramiento con aquel tipo del club, que no podía negarlo, no cambia el hecho de que mi Señor, mi Amo, mi Maestro, es él. Que al único que deseo responder es a él, que vago en su entorno tanto en cuerpo como en mente. Un mismo error no se comete dos veces, yo no iba a caer de nuevo en lo mismo cuando ya estaba probando las mieles de la debilidad, ya he asimilado y aceptado la forma tan exponencial en que estoy atada a él.

El tiempo sigue su paso tan desconocido para mí, las tijeras pican entre mis dedos, la tentación de desatarme, mi cuerpo se emociona ante el pensamiento de sentirse libre de tanta tensión, incomodidad y alivio al dolor. Intento distraerme con otro tipo de pensamientos pero todo lo que consigo es recordar cosas que he leído sobre la suspensión, las consecuencias que podría tener, es un juego peligroso que puede causar contracturas, y aun reconociendo esto lucho contra la necesidad de desatarme. Me limito a esperar, esperar a que él venga por mí.

Me siento cansada de una manera que me cuesta mantener el funcionamiento de mi mente. Todo lo que quiero hacer es dejar caer mi cabeza, de nuevo, y que el sueño o el letargo me haga vagar, con o sin sueños, pero perderme de cualquier manera de la realidad, de esta realidad. Finalmente el ruido de la puerta irrumpe en la quietud de una estancia sepulcral, con gran esfuerzo levanto la cabeza e intento abrir mis ojos ¿Cuánto tiempo habrá pasado? Lo observo frente a mí, él sigue con el torso desnudo y el pantalón de dormir. No muestra expresiones cuando se acerca para tomar el banco de madera que utilizó para que me subiera y atara, lo deja unos centímetros alejados de mi cuerpo y se sienta en este. Busco en su mirada cualquier cosa que pueda resultarme familiar o cualquier indicio de que va a desatarme pronto, pero entre las pocas cosas que consigo ver, que en realidad son todas las cosas que no están ahí, es la ausencia de ese brillo de lujuria que suele haber en sus ojos cuando me tiene a su merced de esta manera. No hay nada sexual en sus acciones, ni en este castigo.

—Cuéntame—dice como si esto fuese una típica conversación para tomar el té y charlar—Estoy intrigado por saber lo que has pensado—continua—Bueno, espero que hayas pensado, siendo que pareces no hacerlo cuando te dejo sola—sus palabras son hirientes. Y quiero responderle, pero temo que la resequedad de mi garganta lo impida.

—Señor, ¿podría darme agua?—pido con voz baja y rasposa, duele. Me contempla durante un minuto o menos y agradezco silenciosamente que no parezca molesto por mi petición. Poniéndose de pie sale y vuelve casi enseguida con una jarra y un vaso de vidrio, lo llena y se acerca hasta mi colocando el borde del vaso entre mis labios, lo inclina con delicadeza hasta que el líquido roza mis labios y abro un poco para que entre y descienda por mi garganta. Aunque tiene cuidado, es inevitable que un poco de agua se deslice por los bordes. Al paso del agua por mi garganta me provoca un poco de tos, momento que él aprovecha para alejarse y sentarse de nuevo.

— ¿Mejor?—pregunta, con ¿preocupación? No lo sé, asiento y entonces comprendo que debo responder su pregunta anterior. Aclaro mi garganta para borrar el rastro rasposo que siento.

—Entiendo lo que me quiso decir, Señor—Empiezo, temo mirarlo pero debo hacerlo, aunque mi cuerpo por decisión propia quiera mantener mi cabeza lánguida—Yo, siento haberlo decepcionado esa noche en el club. No sé qué ocurrió o las razones de que las cosas se hayan dado de la manera en que sucedieron. Pero tampoco es como usted dice—lo miro—Usted dio a entender que yo me dejaría llevar por cualquiera que me ofreciera lo que usted me ofrece y, a decir verdad, si eso fuese así, yo no tendría la necesidad, no tendría por qué tolerar estar así ahora, tampoco tendría porque haber dejado mi apartamento. He pagado de una y otra manera mi falta de atención respecto a lo sucedido el domingo, he sabido apreciar lo que ha sido su silencio e indiferencia. Incluso acepte lo sucedido en el club, sabe, después de lo sucedido—sentí una lagrima deslizarse en mi rostro—Y no lo estoy diciendo buscando piedad o compasión porque ni la quiero ni la necesito, lo estoy diciendo para que me entienda y entienda que yo no quiero, tampoco necesito, a nadie que no sea usted, Señor. No quería admitir tanto grado de dependencia pero la verdad es que, mi cuerpo, mi mente y mi alma le pertenecen, solo a usted—me callo porque empiezo a sentir el desespero por decir cualquier cosa que termine por convencerle de mis palabras. Me siento mareada y aterrada a partes iguales, tal vez una cosa provocada por la otra. Hablar me ha dejado en cansancio, pensar aún más y siento que ya no puedo sostenerme despierta. Intento mirarlo una vez más, su silencio me inquieta y su escrutinio me reconforta. Mis ojos se cierran y mi cabeza cae, me cuesta mantenerme para él. Reacciono cuando siento el borde del vaso entre mis labios, él esta dándome agua y recibo tragos con gusto.

Sin embargo no tengo ni fuerza ni ánimos para seguir así, la tensión de mis extremidades ha desaparecido, a pesar de tenerlo frente a mi siento como mis ojos se cierran, solo mis oídos pueden hacerme saber que él está ahí pues escucho el sonido de su respiración, aunque apenas es un murmullo débil, creo que estoy perdiendo toda fuerza y voy a caer de nuevo en ese estado de inconsciencia al que he estado recurriendo.

El frio del agua contra mi cuerpo me hace volver y levantar la cabeza de forma abrupta, el agua está demasiado fría.

—No te duermas frente a mí—dice, su voz no se oye furiosa pero tampoco está complacido. Quiero llorar y ni siquiera tengo fuerzas para eso. Lo que él está haciendo conmigo… yo no necesito más castigos para saber lo que tenía que saber, aceptar o reflexionar. Esto es solo su manera de humillarme y conseguir sentirse bien consigo mismo. Lo triste de todo es que debería pararlo, y no lo hago por él.

Haciendo acopio de fuerza lo miro, sus ojos adormecidos, con ese tono verde grisáceo que muestra una calma aparente, una calma que puede ser solo el precipicio hacia la tormenta, ¿Qué es? Ya no me quedan fuerzas para analizarlo.

—Señor—murmuro, llamándolo. No tengo claro lo siguiente que voy a decir.

—Aquí estoy—dice, creo que es lo que dice, creo que se acerca también. Puede que ya me haya dormido y este soñando.

—Rojo—digo en mis pensamientos, espero que también con palabras. También creo que se oye un gruñido pero puede ser cualquier cosa, puede ser mi sueño. Siento que tiran de las cuerdas ¿me está soltando? Lloro de alivio, la tensión desaparece y solo quedan mis músculos agarrotados y el calor de su cuerpo sujetándome, me consigo entre sus brazos y sollozo más fuerte.

—Tranquila—dice—Lo has hecho bien—no sé qué bien hice, no hice nada bien, él no lo hizo bien. Todo esto estaba mal pero no podía quejarme sino solo sentir alivio. Mis manos se aferran a sus brazos y mis sentidos se despiertan al contacto, al roce de su piel con la mía, su calor, su olor. Debería estar molesta, debería intentar hacerme a un lado pero no puedo, ni quiero y mucho menos debo. Me siento bien, me siento completa. Sé que está caminando conmigo en brazos, probablemente si abro los ojos ya no estemos en la mazmorra y vayamos de camino a mi habitación. Me concentro en la suavidad de su piel contra la mía y el calor casi ardiente que se va aferrando a mí. Protesto cuando me suelta sobre lo que debe ser mi cama, por fin mi cama de nuevo, es reconfortante aunque mi protesta se debe más a la perdida de… él.

Intento abrir los ojos pero me cuesta más de lo que pensaba haría.

—Tranquila—murmura con voz suave—Estoy aquí, Isabella, guarda silencio—ordena, no me había dado cuenta que estaba haciendo grandes sonidos. Aunque su orden es directa tiene un sutil tono suave. Mi tranquilizo cuando el colchón desciende cediendo a su peso, pronto sus manos están sobre mis tobillos moviéndose magistralmente en lo que reconozco como un masaje, repite la acción con mis muñecas y luego da unos tirones en mis brazos, supongo que aflojando los nudos que se han formado. Ahora sus manos están en mi cabello, tan duras como solían ser, ahora estaban acariciándome con suavidad, es fácil perderse en su toque, en el consuelo que me está dando, olvidarlo todo hasta ceder al sueño y la quietud que me ofrece a través de su tacto.

— "¿para que serviría arrepentirse de una acción, de la naturaleza que esta fuere, si nos ha producido una satisfacción que no tiene ninguna consecuencia desagradable?" —susurra muy cerca de mi oído. ¿Estaré soñando ya? Aunque parece su voz real. Las palabras llagaron a mi oído de una manera que reconocí, estaba citando. Quise preguntar pero no encontré mi voz, ni en el sueño ni en la realidad. Aún podía sentir sus caricias, su cercanía. Empiezo a asimilar que no estoy dormida, solo tengo el cuerpo demasiado aletargado, pero él está aquí a mi lado, susurrando, ¿Qué quiso decir? ¿Arrepentirse? ¿Yo o él? Y más importante ¿de qué? No quiero seguir pensándolo.

—Los cuerpos no reconocen la lógica de un error, un cuerpo desea y piensa ¿para qué negarse al deseo? Si hasta los más santos han caído ante la tentación del placer—sentí pronto uno de sus dedos descendiendo por el contorno de mi cuerpo, lento y suave—Solo he aprendido una forma de tocar, una forma de actuar y no necesito más, la confirmación de la confianza, esa en que se es capaz de detener una acción sin pensar que va a desencadenar consecuencias negativas, detener un acto que empieza a sobrepasar tus sentidos, ha sido la mayor muestra de confianza que se me ha dado, confianza y pertenencia. Hoy digo gracias, aun cuando no sé si estas escuchándome, porque estas cansada, porque te he lastimado, porque tú cuerpo necesita descansar. Eres una macilla en mis manos y eso me complace y me da cierto temor en partes iguales—lo siguiente no sé si lo sueño o en realidad ocurrió, pero antes de saber que él ya n estaba, sentí que rozaba sus labios en mi frente. Sea como fuese, dormí realmente bien.

No puedo contener una sonrisa de agradecimiento al despertarme y darme cuenta donde estoy, paredes rojas, cuadros y un ventanal con una hermosa vista al jardín y a un nuevo día que tenía una excelente perspectiva. No tengo intención alguna de salir de la cama, aún, quiero apreciar todo desde la posición en que me encuentro, hago repaso de mis extremidades pero sorpresivamente no hay dolor excesivo, solo un ligero maltrato. Tomo una almohada y la abrazo a mi cuerpo mientras muevo inquietamente mi cuerpo, estoy feliz y eso es innegable. Mi mente se desliza por los acontecimientos de la noche anterior, tantas cosas, tantas cuestiones en las que pensar, su comportamiento, cambios y palabras. Pese a todo el castigo, no puedo sacar de mi cabeza la suavidad de su tacto una vez me dejo en la cama, los dulces cuidados de sus manos en mis tobillos y muñecas. Son esos pequeños detalles los que me han hecho sentir de la manera en que me siento respecto a él, como si no tuviese escapatoria, como si no existiese nadie más para mí. Finalmente decido que debo levantarme, algo perdida y confundida en el tiempo ¿Qué hora será? Una medida que desconocía desde hace bastante. En lugar de buscar mi celular por la respuesta camino hacía el ventanal contemplando la vista exterior, la luz del sol muy en alto en el cielo, dándome un indicio de que no es tan temprano.

Mientras voy al baño para asearme, lamento que sea lo suficientemente tarde para no escuchar las notas de su violín, si es que le había utilizado esta mañana. Antes de entrar a la ducha busco el celular, sin revisarlo, y lo conecto al sistema de audio.

Me doy un baño de más de casi una hora, creo, sintiendo como mi cuerpo se va reconfortando. En algún momento de mi ducha deje recostar la cabeza en la bañera pensando en todas las contradicciones de la noche-madrugada, el agua fría impactando contra mi cuerpo avecinando un trato crudo por su parte. Llevando mi cansancio a la cúspide. Cuando dije mi palabra segura, no puedo explicar el alivio que sentí, un alivio físico y mental que estaba muy alejado de concebir consecuencias. Su reacción a mi palabra segura definitivamente me logró enseñar algo nuevo.

Cuando la piel de mis dedos empezó a verse arrugada, salí del baño.

Ahora, con mi cuerpo y cabello envueltos en toallas, voy en la búsqueda de ropa. Es un hecho que no voy a ir al hospital, y tampoco pienso ir a ninguna parte. Mi Señor ya debe estar en su trabajo y sin ninguna instrucción sobre lo que debo hacer, decido buscar un short y una camiseta de tiras del closet para el día de hoy. Con meticulosidad me encargo de mi cabello, secándolo y sujetándolo luego en una coleta. Para cuando estoy lista tomo mi celular para llamar a Jake y a mi mamá.

Jake—digo al primer tono en que escucho, responde.

¡Isabella! Por fin te dejas escuchar, ¿Cómo estas, cariño? He intentado llamarte miles de veces y me has respondido con mensajes ¿está todo bien?—pregunta con tanta velocidad en sus palabras que retiro prudentemente el teléfono de mi oreja.

Hmm, lo siento, Jacob. No estaba muy bien de salud, tenía una ligera infección en la garganta y estaba en cama, en reposo, hoy ya me siento mucho mejor—le respondo con ánimo y una excusa pobre.

¿En serio? ¿No estas mintiendo?—pregunta.

No, cariño. No tengo porque mentirte, todo está bien, yo estoy de maravilla—digo con una sonrisa en mi rostro, definitivamente, respecto a eso, no estoy mintiendo.

Vale, te creo. Y ¿Cómo va todo en el hospital? Mamá también ha intentado comunicarse contigo, papá está preocupado por ti—dice,insistiendo en el tema.

¡Hey! Ya te dije que todo está bien ¿vale?—digo haciendo gala de mi superioridad, en edad, ante mi hermano menor—Yo debería estar preguntándote ¿Cómo va la escuela? Deja de interrogarme, sin embargo, todo en el hospital marcha de forma ideal, aunque ya sabes que debido a que estaba enferma, esta semana la tengo libre—continuo—Y pienso llamar a mamá tan pronto cuando termine de hablar contigo, pues supongo que no estás en casa para que me la pases tú.

Eh… no, no lo estoy—casi puedo verlo rascando su cabeza—Estoy con un par de amigos de la escuela, vamos a estudiar. Y la escuela va muy bien, queda realmente poco para acabar con ello—puedo palpar la emoción en su voz ante ese hecho—Y me alegra que te esté yendo todo bien, te he extrañado mucho, hace mucho que no vienes—sonrío porque él estaba dejando ver ahí a quien es mi hermano pequeño.

Yo también te extraño, Jake, mucho. Mi trabajo y algunas cosas me impiden viajar con facilidad—suspiro—pero ya veremos cómo hago, también me alegro por ti y las buenas cosas. Al menos para tu graduación tengo que ir. No todos los días tu hermano pequeño se gradúa—digo riendo al escuchar el gruñido por mi uso de la palabra "pequeño"

Ya no soy tan pequeño, he crecido. Vas a sorprenderte—dice.

Ya quisieras, tonto—le respondo aun riendo—Ahora debo irme, Jake. Llamare a mamá ahora. Pórtate bien y dale un abrazo a papá de mi parte, te quiero—susurro conteniendo mis emociones.

Y yo a ti, cuídate y, por favor, no te olvides—dice, tras eso cuelga la llamada.

Con mamá la conversación se extiende un poco más, sus preguntas por el "alguien" que ya confirmaba que existía, no cesaron durante todos los minutos que duró la llamada, pero yo no sentía que era el momento para contarle sobre mi Señor. La evadí recurriendo a temas banales y preguntas sobre papá y sobre Jake, afortunadamente ella es fácil de distraer y me respondio con entusiasmo cada pregunta. Se emocionó de saber que había hablado con Jacob, era evidente que les había afectado el hecho de estarme llamando varios días sin obtener respuestas de mi parte. Para con ellos, ese había sido mi más grande error de estos días y no quiero volver a incurrir en ello. No quería mantenerme tan alejada de lo que es mi familia, no lo quiero en absoluto. Sin embargo mi vida, lo que ha sido recientemente, se ha visto más ocupada y equipada de lo habitual, probablemente ellos se molestarían si supieran que, la causa de mi alejamiento, era un hombre y, más aun, que ese hombre, es mi Amo.

Pasado el rato decidí bajar a desayunar, escribiéndole antes a Alice, asegurándole que estoy bien.

Carmen me saludo afable y no hizo ninguna mención de mi ausencia, solo un "Bienvenida de nuevo, Señorita Swan" fue suficiente para hacer ameno mi desayuno. Durante este le escribí a Ángela, informándole que ya me encontraba mejor y que la semana de vacaciones estaba llegando a su fin.

Viendo que puedo hacer, me doy cuenta que en realidad no tengo nada. Limpiar, eso es algo que hago en mi apartamento, pero aquí no, son otras personadas pagadas por mi Señor quienes se encargan de eso y en caso de que ignorase tal hecho y quisiera limpiar, tendría al menos que ensuciar primero, pues todo esta tan inmaculado como de costumbre, perfectamente ordenado y limpio. Lo único que me queda por hacer es… ¡leer! Así que subo hacía mi habitación donde, aún en una caja, permanece mi pequeña colección de libros.

Escojo uno y voy directa abajo, hacía el jardín trasero, ese que dije un día iba a recorrer y hasta ahora no he hecho demasiado, escojo uno de los árboles altos de tronco grueso que le dan sombra al jardín y voy a sentarme en la grama recostada a uno, para empezar a leer.

Me pierdo demasiado en la lectura, un libro de tendencia erótica pero con temática de época, que tratan a la tentación, el pecado y la lujuria de una manera, aunque distinta, en si es lo mismo de hoy día. Me concentro tanto en la lectura que no me doy cuenta del tiempo pasando, sino es por Carmen quien viene a buscarme para ir a almorzar, me paso el evento sin darme cuenta. Después de almorzar no cambie mis actividades, volví al jardín y seguí leyendo. La verdad es que, a mi consideración, el libro estaba muy bien escrito, y eso me permitía pasarme horas leyendo sin preocuparme por más nada. No es sino hasta que el sol empezó a ponerse y los débiles rayos del atardecer llegan ya donde me encuentro, que decido levantarme e ir dentro, lo más seguro es que mi Señor este por llegar.

Entro por una de las puertas laterales que da directo a sala y consigo llegar al salón principal donde se encuentran las escaleras, dos pasos alcanzo a dar cuando la puerta se abre y basta que gire sobre mi hombro para confirmar que se trata de él, mi Señor. Cuando él pone sus ojos sobre mí, pierdo todo hilo de pensamientos coherentes, incluso la capacidad de idear como debo comportarme en su presencia.

—Señor—digo a modo de saludo, inclinando mi cabeza hacia adelante y rezando porque no rechace mi vestimenta.

—Isabella—la manera en que pronuncia mi nombre reverbera en cada poro de piel. — ¿Cómo estás? —pregunta.

—Bien. ¿Su día, como ha ido? —pregunto. Veo apenas como se mueve por la sala, dejando su maletín sobre uno de los sofás. Aprovecho cuando esta de espaldas a mi posición para echarle un vistazo con ganas. Vestido con un pantalón color crema y una camisa azul claro de manga larga, apenas puedo agachar de nuevo la cabeza pese a mi deslumbramiento.

—Bastante bien—dice—Sube—pide, hubiese levantado para verlo, pero prefiero dar la vuelta sobre mis talones e ir de inmediato hacía arriba. Estando en la cima de estas me giro un poco para verlo pero es sorpresivo encontrarme de frente con su fuerte y cálido pecho. Me sonrojo escandalosamente, como pocas veces. ¡Fue demasiado silencioso! Demasiado como para notar sus pasos tras de mí. — ¿Buscabas algo, pequeña mascota?—niego pero soy incapaz de alejarme. Huele muy bien. —Entonces gírate y sigue caminando—susurra casi en mi oído, su aliento y voz traspasan mi mente. Doy un largo suspiro para despejarme y seguir. Sin detenerme a pensar si sigue o no tras de mi voy hacía mi habitación para lanzar el libro hacía la cama. Apenas tardo un segundo y me vuelvo, comprobando a su vez que no está tras de mí, y yendo hacia la sala donde habitualmente le recibo, arrodillándome donde corresponde.

Sé que ya está aquí, tanto como sé que su siguiente movimiento es sentarse frente a mí en el sillón.

— ¿Qué has hecho en todo el día?—pregunta.

No me pide que levante la cabeza para hablarle, así que no lo hago. Me limito a darle una explicación sobre lo que he estado haciendo, que se resume en leer y comer lo que Carmen me ofrece. Estoy enfrascada en la vista de mis manos sobre mis piernas y el relato que solo soy sacada de ello por un sonido peculiar pero importante, su estómago. Freno de inmediato mis palabras.

—Señor, ¿desea que traiga su cena, ahora?—pregunto.

—Ve por ella—responde. Al instante estoy de pie pasando por su lado. Bajo rápido dirigiéndome a la cocina, todo está despejado, por supuesto, a esta hora la casa está sola. La bandeja está perfectamente preparada sobre uno de los mesones, descarto la comida que Carmen ha dejado a un lado para mí, he estado comiendo lo suficiente toda la tarde como para que mi estómago este conforme. Coloco el vaso de agua más hacía el centro de la bandeja para evitar accidentes y me dispongo con ella para volver a su encuentro.

Llego y no lo miro, solo me detengo a un lado del mueble con mis ojos fijos en la bandeja esperando que él dicte lo siguiente.

—Dame la bandeja y acuéstate sobre mis piernas—indica, me sorprendo pero estiro los brazos para que tome la bandeja, cuando lo hace voy a hacer lo siguiente que es ponerme en sus piernas, coloco mi torso descansando sobre sus estas que se encuentran cubiertas por la suave tela del pantalón, no es muy cómodo pero estoy sobre mi Señor, eso tiene más puntos a favor que la incomodidad. Para distraerme mientras él hace algo, ya que no quiero quemar mi cerebro en ansiedad, empiezo a hacer figuras imaginarias con mis dedos sobre el sillón. Me tenso cuando descansa la bandeja encima de mi espalda, tomo una respiración profunda e intento relajarme, no quiero tentar la suerte de saber qué pasa si me muevo y algo se cae. Cuando él empieza a comer me relajo más, tal vez se deba a saber que él está satisfaciendo su hambre y yo estoy, aunque indirectamente, involucrada en el proceso. O quizá se deba a que sé que, estando él comiendo, no va a hacerme nada, no lo sé, pero me relajo completamente. Claro que todo tiene una excepción, y esa es cuando él hace pausas entre bocados para tomar agua y tocarme, roces que podían ser furtivos pero que yo ya sabía son a propósito. Cuando su dedo toca mi piel, en cualquier parte, acrecienta el deseo porque él me tome de forma intima de nuevo, deseo sexual. Los escalofríos me recorrían a causa de su toque pero también traen consigo una sensación relajante a mi cuerpo que ha pasado demasiados días lleno de tensión. Tenerlo así, saber que la oscuridad de días atrás ha quedado en eso, atrás, estaba venciéndome a descansar y dejarme ir en sus brazos. Apenas percibo cuando mueve la bandeja de mi espalda, estira las piernas hacia delante moviéndome en el proceso, entonces me pide que me levante, él está cansado.

—Ve a descansar, Isabella—dice mirándome, yo estoy mirándolo aunque no debería. Su petición no me gusta y frunzo el ceño.

—P-per…—intento protestar, al instante noto el cambio y la reacción en su rostro.

— ¿Pero?—el tono que le impregna a la palabra me hace retroceder de inmediato, la protesta muere en mi boca y mente, agacho la cabeza derrotada y voy a girarme pero antes él sujeta mi brazo, duro tira de mi hacía donde se encuentra ya de pie, me hace daño pero nada comparado a cuando sujeta mi labio entre sus dientes, tira fuerte y duele. Entonces aleja sus dientes y son sus labios los que están ahí para generar a mi cuerpo otro tipo de dolor, uno que no es desagradable sino todo lo contrario, me derrito frente a él, aferrada a él, a su boca, saboreo lo que ha sido su cena y el sabor de mi sangre mezclados en su lengua. Se aleja antes de que participe demasiado, mi respiración es errática y mi mirada desenfocada. Es él quien se gira y se va por el pasillo que lleva a su habitación. Cuando desaparece de mi vista y una corriente de aire helado golpea mi cuerpo, decido que es hora de irme a la cama.

Sus cambios son tan sorpresivos como abrumantes. Nunca puedo predecir exactamente lo que va a hacer o si va a hacer si quiera algo, como esta noche. Sin embargo hoy no había venganza en sus acciones, ni reproche o más deseo de castigarme. Entendía que estaba cansado aunque me gustaría poder hacer algo más por él. Sé y me aterra reconocer, que de alguna manera lo que ha pasado la semana pasada, en medio de nuestro contrato, nos ha acercado o al menos por mi parte, hacía él, de forma más íntima. La interacción de hace unos momentos, no sé, me hacen sentir diferente, aunque no deseo analizarlo a profundidad.

Con esos pensamientos, me desnudo y meto en la cama con la esperanza de lo que será un nuevo día.

No conseguí dormirme tan rápido como esperaba. Esta vez, no a causa de preocupaciones, era todo lo contrario, estaba tan llena de emociones positivas que dormir estaba fuera de las opciones. Tuve que levantarme algunas veces, caminar por la habitación hasta cansarme. Finalmente opte por sentarme con la cabeza recostada al cristal, viendo al exterior, sin nada ocupando mi mente y todo a la vez haciéndolo. En ese proceso había conseguido dormirme, ahí mismo, y no me di cuenta sino hasta ahora, al abrir mis ojos, con mi cuerpo recriminando por haber dormido en esta posición y la cabeza recostada al cristal de la pared.

El sol apenas está saliendo en el horizonte y mi cuerpo sabe que es un nuevo día a pesar de lo maltratado que se encuentra. Me dejo ir para acostarme por completo en el piso y así estirarme. Estoy en ello cuando el sonido que más he estado esperando desde que llegué de nuevo a casa llega a mis oídos, mi corazón se hincha de satisfacción y soy deleitada con las notas del violín que mi Señor debe estar acariciando. Es el sonido de casa. Finalmente en casa. Toca una melodía calmada, pacifica, tanto que me hace pensar que su temperamento esta apaciguado, lo que puede presagiar un buen día para ambos.

Me abstraigo tanto en la melodía que produce, que me quedo quieta para no perderme nada e imaginar sus movimientos y rostro concentrado, no hago en ningún momento ademan de levantarme del piso, no hago nada y me lleno de alarma cuando la última pieza finaliza y sé que ahora él viene para acá. Me congelo pero logro moverme para tirarme sobre la cama y así fingir que es ahí donde he dormido. Cierro los ojos, no debería fingir, pero lo intento.

Sé que está dentro porque la corriente de aire se expande por toda la habitación, aunque es más potente sobre mi piel el efecto de sus ojos intensos. ¿De qué color serán esta mañana? ¿Verde, gris, azul? Tengo que recordarme respirar con calma y fingir de verdad, ya he empezado y no quiero que me descubra. No entiendo porque lo hice, no es agradable fingir con él.

No se escucha nada y eso no presagia bien. Mis esfuerzos por no moverme, por no reaccionar a su presencia son cada vez mayores. Creo que girarme y fingir que estoy despertándome es mejor que nada, pero justo cuando voy a hacerlo soy levantada en el aire por lo que sé son sus brazos. Me sobresalto y aunque creo que él lo sabe mantengo mis ojos cerrados, obstinadamente. Él no dice nada y camina, su aliento roza mi piel así como el calor de su torso desnudo contra mí ¿Por qué tiene el torso desnudo? Ya no puedo controlar mi respiración, ahora concentro toda mi fuerza en dejar mis manos y brazos inertes y no alzar para tocarle.

—Abre los ojos—demanda, su voz es gruesa y aunque es imperativo en las palabras, esta calmado. Lentamente los abro sintiendo el revoloteo de nervios en mi estómago. Lo primero que enfoco es su rostro, de semblante serio pero no sus ojos, toda la calma está instalada en esos profundos pozos verdes. Sonrojándome agacho la mirada y entonces enfoco su cuello, eso es un error ya que soy atrapada por un par de lunares, pequeños aunque resaltantes en su piel pálida. Tal vez para algunas personas ese par de puntos sean insignificantes, pero ¿para mí? A mí me resultan fascinantes y quiero lamer la piel a su alrededor, adorar ese par de puntos, sin embargo, debo contenerme. —Así está mejor—no me he dado cuenta que él ha estado observándome— ¿Por qué pasaste la noche en el suelo? —una vez más me toma por sorpresa con su pregunta, pero entonces, si lo sabe, ¿Por qué no me hace gatear o caminar?

—No podía dormir—digo manteniendo mis ojos en su cuello—Así que me senté ahí y… me quede dormida, no fue a propósito, no me di cuenta—me excuso.

—Y si te dormiste ahí, ¿Cómo es que te consigo en la cama aparentemente dormida? —su tono sigue siendo tranquilo y gracias a ello no me alarmo. Por supuesto que él lo sabía, él lo sabe todo.

—Yo…—balbuceo—Yo… supuse que usted no estaría feliz de que durmiese en el suelo—digo, miento a decir verdad.

—Isabella—ante su tono lo miro a los ojos, se detiene y los entorna observándome—Si te quisiera durmiendo en el suelo, te haría dormir a los pies de mi cama—me estremezco—Por lo que, ese detalle no me molesta, aunque debes ser más consciente con tu cuerpo. Sin embargo, que intentes engañarme aunque sea por razones superficiales, eso no me agrada—dice y continúa caminando.

No observo nada a mí alrededor, solo a él, pero mi cuerpo tiene claro el momento en que entramos en la mazmorra.

—Yo… fue solo un impulso, lo siento—digo apenada, ahora creo que va a castigarme, y resulta demasiado estúpido por mi parte haberme arriesgado a ganarme un castigo así.

—Esa respuesta si va contigo. Tus impulsos son algo interesante, me gustan tanto como me disgustan y eso es una contradicción que necesito estudiar—dice—Sin embargo tienes que corregirlo, en el pasado no te han llevado a buenas cosas, por hoy lo pasare en alto—me desciende sobre la superficie de lo que debe ser una cama, se aleja y palpo la suavidad de la misma, definitivamente no es un colchón pero la sucesión de colchas suaviza la superficie. —Tenemos una fiesta hoy—anuncia. ¿Fiesta? Lo miro frunciendo el ceño. Le observo por primera vez esta mañana en todo su esplendor, con un pantalón de dormir nada más, consigo moverme para no estar sentada sino arrodillada pero no dejo de mirarlo, su concentración mientras va a buscar algo, logra enfatizar mis sentidos hasta excitarme porque sé, que lo que sea que va a hacer, corre a mi cuenta. Se vuelve y en sus manos trae un antifaz rojo. Cuando consigo sus ojos lo que veo ahí me empuja a agachar la cabeza.

Dispongo mi cabeza para que él fácilmente pase el antifaz, cuando lo ajusta y abro los ojos, todo lo que veo es el fondo rojo. Con eso le cedo una parte de mí.

—Arrodíllate con las piernas abiertas, mascota—ordena suave, su voz afecta a mi cuerpo ya excitado. No verlo me alarma pero mi oído lo ubica, como si tuviese sincronización directa con su respiración. Está a mi derecha y aunque lo sé me sobresalto cuando toma mi mano extendiendo mi brazo hacía arriba. Envuelve mi muñeca en algo, una especie de puño que, cuando me suelta, mantiene mi brazo en la posición que desee. Pasando al otro lado hace lo mismo con mi brazo izquierdo. —Indefensa, vulnerable y en mis manos—murmura, lo siguiente es su cuerpo pegado a mi espalda ¿Cómo llego ahí tan rápido? Su nariz en mi cuello frotando de arriba abajo, muerdo mi labio. —Eres mía ¿lo sabes? —pregunta, no espera respuesta y se aleja, su calor se va. Por supuesto que soy suya, por el contrato y porque mi posición y confianza en él lo demuestran, atada o sin ataduras.

Supe de nuevo que estaba detrás de mí.

—Álzate sobre tus rodillas—pide, lo hago y siento algo suave tocando las caras internas de ambas piernas—Siéntate—ordena. Trago y desciendo lentamente, algo frio y duro pero no tanto calza justo entre mis piernas, justo contra mi sexo ¿Qué? —Tú fiesta va a comenzar antes—dice—Solo para prepararte, mascota—un poco de burla en su voz y ya estoy temblando, echo la cabeza hacía atrás encontrando su pecho cuando lo que está entre mis piernas empieza a vibrar. Me remuevo pensando que voy a alejarme y solo consigo ubicarlo mejor entre mis piernas, la vibración no es suave sino intensa, demasiado y es… dolorosamente placentera.

—Señor—gazno, rápidamente siento como comienzo a transpirar, sus manos me sostienen y mueve una hasta acariciar mi cabello y frente. No he ido al baño esta mañana, tampoco he desayunado, no he hecho nada de lo que supone hago después de abrir los ojos, pero aquí estaba. Justo como él me deseaba.

— ¿Qué ocurre? —pregunta. ¿De verdad? Sigue acariciando mi cabello, como si con eso pudiese tranquilizarme.

—Señor…—me quejo y gimo cuando la intensidad aumenta. ¡Por Dios! ¿Qué está haciendo? Tiro de los puños y mis brazos pero solo consigo lastimarme, me muevo hacía adelante intentando restregar mi cuerpo y así conseguir una liberación más rápida, porque es demasiado rápido como mi cuerpo acude al desenfreno. Calmar la tormenta que se construye en mi vientre parece una prioridad pero me detiene con un golpe en mi pierna, a juzgar por cómo se sintió parece un golpe de vara. que me hace quedar. Surte el efecto que desea ya que al instante me quedo quieta, y a la espera de un siguiente.

—No lo hagas, Isabella. No vas a correrte aún ¿entendido? —dice moviendo la nariz de nuevo en mi cuello. ¡Mierda!

—Sí, Señor—respondo con voz suave y conteniendo otro gemido. Ambas manos suyas se ponen en mis caderas que inconscientemente he estado moviendo. Por favor, quiero suplicarle, pero sé que no voy a ganar nada si lo hago, él no va a ceder por mí y el tiempo sigue pasando y el aparato sigue vibrando. Mis dedos se enroscan y aprieto mis puños, ¿no va a dejar que tenga un orgasmo? ¿Cómo se supone que voy a contenerlo a este ritmo? Él juega con sus dedos en mis caderas y a su vez va aumentando y disminuyendo la intensidad de las vibraciones.

Es peor cuando aprieta sus labios contra la piel de mi cuello o repasa su nariz por ese mismo lugar. Agradezco no poder verlo pero mi imaginación ya hace gran parte de lo suyo ideándolo.

Por un momento disminuye la velocidad y la mantiene así, dándome un respiro para adaptarme y ralentizar de nuevo el funcionamiento de mi cuerpo. Entonces se aleja, ni sus manos ni su respiración o presencia están detrás de mi ¿Dónde está?

— ¿Quieres comer?—pego un sobresalto cuando lo escucho frente a mí. El olor a tortilla y queso derretido me lleva a aprobar con la cabeza para él quien empieza a darme bocados de comida, sin detener el vibrador y sin liberar mi vista. Apenas trago lo que tengo en la boca él ya está ofreciéndome más, realmente esta delicioso y ente más bocados recibo más me doy cuenta cuanta hambre he estado teniendo en realidad. — ¿Has quedado satisfecha?—sin saber si es una pregunta con una doble insinuación, asiento, porque al menos mi estómago esta ahora totalmente satisfecho. Sin embargo, tengo otras necesidades.

El silencio reina de nuevo y temo que se haya ido, me quedo callada más porque él no dice nada que porque no quiera decir algo. Al menos las vibraciones se han mantenido bajas, pero en mi vejiga se construye una necesidad apremiante por ir al baño y temo pedírselo.

—Señor—llamo temiendo que se haya ido de la mazmorra—Por favor—digo luego de un minuto que pasa sin que él responda.

—Por favor, ¿Qué? —dice y el alivio me recorre al saber que sigue ahí, al mismo tiempo una vara recorre mis piernas con una amenaza implícita, me estremezco.

—Necesito ir al baño—digo presurosa—Por favor.

No responde, se queda en silencio y empiezo a temblar de la necesidad de ir al baño, la presión debido a la excitación lo hace aún peor, se conjugan ambas cosas y no sé cómo voy a terminar. Espero una respuesta, que él diga o haga algo, pero no pasa nada. Me muerdo el labio y suplico en silencio.

—Levántate de nuevo sobre tus rodillas—dice y agradezco al instante que este aquí, no pienso solo obedezco—Ahora, has lo que tengas que hacer—dice, no lo entiendo ¿a qué se refiere? —Tienes un recipiente clínico en medio de tus piernas, hazlo ahora para que podamos continuar—me sonrojo cuando voy comprendiendo lo que dice, la verdad es que, pese a todo lo que hemos hecho, esto me hace recular. —Isabella—mi nombre en sus labios suena con un toque de advertencia — ¡Hazlo de una puta vez! —gruñe—No te acomplejes con mi presencia, asco no voy a sentir, créeme—dice, mi cerebro se llena de imágenes y ¡oh!

—Sí, ¡oh! —dice burlándose de mí, ¿lo dije en voz alta? —Pero eso no va a pasar contigo, date prisa—dice gruñendo, no puedo más que hacerlo y al menos es bueno que no lo esté viendo, no podría soportarlo. La sensibilidad mientras lo hago me hace fruncir y quejarme en voz alta, al fondo escucho lo que parece su risa. Nunca paro de sentir mi rostro sonrojado, ni siquiera cuando le digo que ya he terminado y él hace el cambio y deja de nuevo la cosa con el vibrador entre mis piernas. Atrás queda lo que acaba de ocurrir, ahora comienza de nuevo la tortura que es evitar correrme.

El tiempo parece eterno mientras él yace por ahí y yo padezco las vibraciones y contengo el orgasmo que tantos estímulos me están empujando a alcanzar. No ayuda que él pase la punta de la vara por mis piernas, sin soltar azotes, solo repasando mi piel de un lado a otro, con la vibración variando en intensidad, mi cuerpo bañado en sudor y la palpitación en mi vientre doliendo, doliendo de verdad.

—Duele, Señor—me quejo o gimo, no lo sé—Por favor—sollozo a la nada, a nadie, él no va a escuchar mis suplicas, su determinación me lo ha hecho saber. Hace todo lo contrario volviendo a posicionarse en mi espalda. Coloca una palma abierta en mi espalda y me empuja hacia adelante haciendo que me presione más contra el objeto que vibra.

—Chupa—demanda antes de que sienta la punta de algo frio y metálico contra mis labios. Tiemblo de expectación y abro mi boca para que él deje entrar lo que sea ahí, chupo a petición suya algo duro y ¿metálico?, midiendo el grosor en mi boca e ideando que es. —Es suficiente—dice, voz ronca ¿afectada? Me inclina más hacía adelante y es… es ¡imposible! Estoy demasiado presionada con ello y él está expandiendo mis nalgas, acariciando suavemente hasta… hasta que consigue llevar un dedo y empieza a jugar con este alrededor de la entrada de mi ano.

— ¡Señor! —suelto un jadeo sonoro con su mención al sentir como introduce un dedo ahí. No es exactamente doloroso, pero si molesta un poco. Mis dientes crujen cuando inserta otro dedo y empieza a moverlos intentando abrirme. ¡Dios! Intento retirarme de la vibración pero no puedo, sus dedos no me dejan, su mano libre no me deja. Estoy demasiado a las puertas del éxtasis, sus dedos hacen que la presión que siento contra mi clítoris sea más intensa. ¡No puedo! No voy a poder soportarlo, entonces él saca los dedos y respiro llena de alivio, un segundo, tal vez dos segundos, no es tiempo suficiente para calmarme y está de nuevo haciendo algo, lo que antes estuvo en mi boca ahora está presionando contra la entrada de mi ano. No lo dilata, no intenta ir despacio, solo presiona y lo lleva tan profundo como el instrumento lo permite y en la medida en que el canal se expande. Tiro mi cuerpo completamente hacía adelante incapaz de controlarme ni de controlar el grito que sale de mi garganta.

—Duele, Señor… por favor, duele—las lágrimas caen por mi rostro. Si, ya hemos practicado sexo anal, pero hace más de una semana que ni lo practicaba ni tenía dildos dentro ¿debería estar ya estirada? No lo sé, pero me estaba doliendo más de lo que imagine podría y, pese a ello, siento como me humedezco más entre mis piernas.

—Aguanta—pide. Es entonces cuando empieza a bombear lo que sin duda es un dildo y… ¡mierda! El dolor cobra un nuevo significado cuando siento cosas más allá de ello, la presión se vuelve algo agradable, el roce, ¡todo! —Eso es… lo ves, te gusta—dice con aprobación, como si fuese lo mejor que esperaba de mi ¿lo es? Ya no bombea y siento cuando se retira, respiro y me levanto un poquito de la vibración pero no quiero arriesgarme y tensando mi cuerpo me vuelvo a dejar caer. — ¿Tienes idea de cuánto tiempo llevas aguantando?—pregunta, niego. Ni siquiera quiero escuchar, lo único que quiero escuchar es él diciendo que puedo correrme. —Más tiempo del que imaginas, pequeña. Voy a salir, un minuto, volveré enseguida y si te corres voy a saberlo—advierte, ¿Por qué quiere dejarme sola? Niego una y otra vez pero es en vano porque sé que se ha ido, estoy sola y es vergonzoso luchar contra mi deseo por correrme, intentar mantener mis caderas firmes cuando quiero restregarme contra el vibrador, sería demasiado fácil conseguirlo, pero él no quiere. Mi Señor no quiere y tengo que aguantar por él, para él.

El silencio me absorbe y lo dejo ser, estoy agotada. Cuento mis respiraciones en un intento por distraerme y tener una idea del tiempo, intento respirar lento para no hacer trampa al respecto. Pasados más de dos minutos de respiraciones, escucho los pasos. Ese sonido es suficiente para relajarme, espero que ahora permita correrme.

—Vaya, vaya, vaya—me tenso—Pequeña zorrita—conozco la voz—Te dije que nos volveríamos a encontrar—dice, de inmediato echo mi cuerpo hacía atrás. No, no, quiero alejarme ¿Dónde está mi Señor?

—Señor—llamo llena de miedo y ansiedad.

— ¿Llamas a Cullen?—pregunta—No está aquí, pero estoy yo. ¿No querías estar conmigo? ¿Ser mía? —lo que él está diciendo… es… repulsivo, sigo negando como autómata. — ¡Cálmate!—demanda con fuerza pero sin gritar. Su voz está más cerca, su acento marcado me hace recordar su aspecto y eso solo hace que quiera llorar de impotencia.

Sé que está más cerca. Ya mi cuerpo no está sobreexcitado, ahora solo estoy aterrada, aterrada por la presencia de este hombre aquí, ahora. ¿Dónde está mi Señor? ¿Por qué esta haciéndome esto? Un suave dedo, tan suave como el terciopelo, se desliza por el canalillo entre mis pechos en descenso hacía mi estómago, mi vientre. Me estremezco y eso dista mucho de ser por placer.

—No, por favor, no… no me toque—suplico, las lágrimas me traicionan y caen en mi rostro. No quiero pasar de nuevo por lo mismo, no quiero que él piense que quiero esto, no quiero que mi Señor crea que quiero esto.

— ¿No? ¿Segura? —pregunta, su dedo se sigue moviendo, sigue descendiendo y por más que intenta alejarme no lo voy a conseguir—Estas empapada, pequeña zorra. Creo que quieres ser follada—dice.

— ¡No!—grito con altanería. Su reacción es inmediata aprisionando mi pezón con fuerza y tirando hacía adelante, esta vez grito pero de dolor. A ese le siguen tirones más suaves, retuerce mi pezón entre sus dedos y a mi cuerpo traidor le gusta eso, involuntariamente gimo, lamentándome en el hecho de sentir placer de su toque.

—Eso es, ¿te gusta, no es así? Eres una zorra, cariño. Te gusta esto, te gusta sentir dolor, que te follen duro, que te azoten y jueguen contigo—susurra, vuelvo a negar, no voy a concederle nada.

— ¡Señor! —Llamo, aunque mi voz sale muy débil— ¡Señor!—grito, esta vez fuerte. Él es lo que necesito, es solo su toque el que deseo sentir, el que deseo me alivie. Son sus pasos los que suenan porque este hombre aún tiene sus dedos en mi pezón. Me alivio con el sonido potente y rítmico de sus pasos.

— ¿Qué ocurre, Isabella?—pregunta, su voz llena el ambiente y mi cuerpo de seguridad. A mi lado escucho una risa sarcástica—Pensé que, a estas alturas, estarías teniendo toda una faena—dice ¿esta era su idea de fiesta? ¿A esto se refería? Dudo.

—No, Señor… por favor, yo no quiero—murmuro. A penas consigo asimilar lo que me ha dicho, no puedo concebir que él quiere esto ¿Por qué? ¿Está castigándome? ¿Está poniéndome a prueba? Estos son los cambios de él que desconozco, pensé… pensé que estábamos bien.

— ¿No quieres?—dice a modo reflexivo, sin embargo, pese a decirle que no quiero, unas manos ajenas se hacen con cada uno de mis pechos— ¿O te da miedo querer? —cuestiona.

Me lleno de frustración, ¿de nuevo estamos cayendo en esto? Niego casi al instante, mi cuerpo, mi cuerpo es un traidor, demasiado dócil a las sensaciones, sensible a los estímulos pero ¿mi mente? ¿Mi alma? Él nunca podría seducirlas, yo le pertenezco a mi Señor, y yo no deseo el toque de nadie más.

—No, no quiero Señor, por favor—repito, llena de miedo. Son susurros lo que escucho a mí alrededor, pasos que se acercan, pasos que se alejan. Alguien está cerca de mí y si puedo juzgar por el olor, es él, es mi Señor.

—Isabella—su voz es calmada y suave, casi como un arrullo. Sus manos sujetan mis hombros y me relajo llena de alivio, creo que esto ha pasado. Remueve el antifaz de mis ojos y parpadeo antes de siquiera enfocarlo a él frente a mí, busco por encima de su hombro y mi cuerpo abandona todo estado de tensión al notar que estamos solos, ahora si lo miro—Quiero que lo hagas—dice—Quiero que te entregues a él, que lo obedezcas, que le complazcas con tu cuerpo. Quiero que lo hagas porque necesitas el alivio físico y quiero que lo hagas para mí—murmura—Dos bocas, Isabella… dos bocas—no entiendo lo que me está pidiendo, más que eso, no quiero entenderlo. Lo que esta pidiéndome, con la persona que me lo está pidiendo, luego de los castigos, luego de tener que pasar prácticamente una semana en mi apartamento, sin saber de él. Busco en sus ojos signos de contradicción, algo que me diga que él espera que yo decida y no que realmente me está pidiendo esto. No puede ser. —Confía en mí, no hay ninguna intención oculta en mi petición. Tienes tu palabra de seguridad, Isabella. Si no puedes, tú decides, es tu elección—cada palabra es dicha con sus ojos firmemente puestos en los míos. Asiento incapaz de negarme cuando él lo pone de esa manera. Confió en él, eso lo sé y confiaba en mí y mi capacidad para expresar mi palabra segura solo si realmente lo veía necesario. Baja de nuevo el antifaz y solo sé que ya no está frente a mí.

Hay un silencio sepulcral que antesala lo que ya se va a suceder.

—Así que la pequeña zorra ha tomado una decisión—dice el… ¿Amo Nick? —Si colaboras, lo hare bueno para ti—dice—Deberías saber que no hago labores a medias y he dejado buenas referencias en el camino—está cada vez más cerca y esta vez me permito escuchar su acento como algo bueno, algo que a una parte de mi le gusta. Por primera vez soy aliviada de forma física cuando remueve el cojín o lo que sea que estaba entre mis piernas. Pero entonces sus manos están de nuevo en mi cuerpo y lo repasan por todas partes, como si estuviese reconociéndolo.

—No pienses—me sobresalto con la voz de mi Señor viniendo desde no sé qué parte de la mazmorra. Es su voz, él está aquí, él está observando, esa afirmación me pone nerviosa tanto como me relaja.

—Ya estas sanando—dice el Amo Nick a mi espalda, sus manos suaves repasan mis nalgas tocando suavemente las casi inexistente marcas de aquel castigo—Admitiré algo para ti—habla con sus labios pegados a mi oreja—Lamente no haberme quedado aquella noche, te habría dado una mejor lección, cariño. No algo tan doloroso como esto—sigue repasando sus dedos por la zona—Hubiese hecho que tú distracción conmigo, valiese la pena—afirma.

Se hace con mis nalgas y estruja a gusto. Cierro mis ojos y aprieto mis dientes. Tal vez pueda no pensar y dejarme hacer pero no quiero sentir, me niego a ello. Empuja el dildo y bombea un par de veces, dos, tres, me lo hace difícil. Mi cuerpo estimulado quiere esto, le gusta esto, me sonrojo cuando un nuevo hilo de humedad baña mi sexo.

—Eres testaruda, pero mira cuan húmeda estas, se me hace agua la boca de solo verlo—niego ¡no! Tiro mi cuerpo lejos de su toque—Tranquila—azota mi nalga con su mano, el sonido hace que me quede quieta—No voy a hacerlo.

Se alejan su calor y cuerpo. Hago acopio de fuerza para ignorar como su distanciamiento afecta a mi cuerpo, mi necesidad. Pero rápidamente soy distraída por la intensidad de una mirada que se reconocer incluso aunque no le vea, él está ahí, observando como un intruso se hace con mi cuerpo, y él quiere esto.

—Toma esto entre tus dientes y no la sueltes, no quieres lamentarlo, amor—susurra el Amo Nick frente a mí. El metálico sabor de una cadena es lo que toca mi boca, aprieto mis dientes para sostenerla y antes de que pueda echarme para atrás siento la presión fuerte en un pezón y luego el otro, ¡pinzas! No puedo abrir mi boca para quejarme del dolor, por eso el sonido se amortigua y aprieto más fuerte la cadena. —Eres hermosa, tienes un Amo afortunado—lo escucho decir pero le ignoro, su halago en otro momento podría significar algo para mí, pero no ahora—Voy a follarte más de lo que voy a jugar contigo, porque, a decir verdad, tengo la polla muy tensa—dice en mi oreja, involuntariamente las paredes de mi sexo sufren contracciones como respuesta a sus palabras. —Eres receptiva, suave y tienes una piel que llama a ser marcada—dice antes de retirarse, una vez más.

Espero, en silencio, aguardando.

—Quédate quieta, solo quiero probar algo—dice ya más cerca. Espero, espero y espero, y es una gota caliente lo que me hace brincar y quejarme, una gota muy caliente sobre la piel de mi estómago. Un suave siseo sale de entre mis labios cuando siento mi piel escocer. —Si gritas te va a doler, porque vas a soltar la cadena y te voy a castigar, si te calmas, lo soportas, ya verás—dice. Tomo un respiro profundo, segura que van a venir más gotas. Intento relajarme pero mi cuerpo expectante está lleno de tensión. Ocurre, ocurre pronto, no es una gota, es líquido caliente cayendo contra mi piel, en distintas zonas y repetidas veces. El calor ardiente que escoce mi piel rápidamente se convierte en algo agradable, algo que eriza mi piel en cada contacto, que humedece mi sexo, que es placer. —Mira cuanto te está gustando—su voz es ronca y uno de sus dedos repasa los labios húmedos de mi vagina, era lento y recoge humedad aquí y allá. Muerdo fuerte la cadena para no gemir.

Un calor potente se instala justo bajo mi sexo, demasiado expuesto a un calor que desconozco, que es intenso y siento quema mi piel. Hay un detalle explícito en la forma en que detalle las gotas de sudor se forman en el nacimiento de mi cabello. Jadeo fuerte, gimo sin pudor, no puedo controlar las sensaciones que me aquejan.

—Sabía que ibas a gemir, pequeña zorra. Chillar como perra te va mejor que ese silencio arrogante—pasa un dedo por mi boca y por lo empapado que esta sé que es el dedo que estaba recogiendo humedad de mi sexo, lo repasa por mis labios y se retira.

—Yo…—balbuceo—Por favor—pese a la cadena consigo pedirle. Pero no cambia nada de lo que hace y más humedad se concentra en mi sexo, tanto que resulta vergonzoso. Más que nunca necesito un alivio, el orgasmo es una meta indiscutible, algo que necesito como nada. Grito cuando siento más cerca el calor, como me está quemando.

—El calor que sientes, no es nada comparado con lo que hará mi polla cuando este enterrado en tu cuerpo—expresa, su lenguaje soez potencia mi deseo.

— ¡Follale ya!—la demanda de mi Señor resuena en la mazmorra y congela tanto mi cuerpo como el del Amo Nick. Una pequeña parte de mi recobra fuerzas con su demanda, ante el hecho de que sea él quien demande la situación.

En un rápido movimiento el Amo Nick está ubicado a mi espalda, siento cada musculo de su torso pegado a mí y ciertamente su calor no me gusta, él lo hace como si yo lo deseara, pero no quiero el contacto de su piel, ni su calor, solo quiero de él lo que mi Señor quiere que él me dé, quiero su polla, quiero que me folle y alivie el dolor entre mis piernas, ese que mi Señor ha iniciado y él ha complementado. Me empuja el tronco hacía adelante para hacerse espacio entre mis piernas.

—Usa condón—ordena mi Señor, a juzgar por su tono creo que esta tenso ¿lo está? El sonido del aluminio rasgándose llena el aire. Sé que mi Señor está observando cada movimiento y mis reacciones. Quiero verlo, en mi pecho se instala una ferviente necesidad de ver sus ojos mientras es otra persona quien penetra en mi cuerpo. Lo siento aún más cuando la punta de la polla del Amo Nick empuja en la entrada de mi sexo, me muevo y me quedo estática ante el impacto de una vara en una de mis piernas. ¿Su vara? Entonces lo siento, de pie frente a mí, tan cerca para olerlo y sentirlo, casi tan pronto como soy empujada por la fuerza del enviste del otro Amo que me empuja, estira y llena de todo lo que mi cuerpo ha deseado.

—Eso es—dice casi gimiendo tras de mí, sus manos no me tocan y lo agradezco por el momento, la vara sigue acariciando mis piernas mientras los empellones no cesan, no me dejan descansar, y apenas consigo tomar aire.

La punta algo filosa de la vara llega entre mis labios íntimos estirados, mi clítoris es repasado por esta. Las sensaciones me abruman y tirando de mi cabeza hacia arriba las pinzas se mueven y estiran mis pezones en el proceso. Los envistes del Amo a mis espaldas son tan fuertes que llegan al punto del dolor agudo que acompaña al placer abrumante. Estoy dividida en lo que siento y sin embargo, cuando una mano, su mano, toma mi mandíbula presionando el hueso, me concentro en eso, en ese contacto y lo que pretende hacer. La cadena cae por inercia de mi boca porque él me obliga a abrirla y lo siguiente que tengo en mi boca es su lengua, sus labios tocando los míos, sus dientes tirando de mí. Confundiéndome y distrayéndome mientras suaves azotes de su vara son lanzados contra mis pezones erguidos y sensibles.

—No… ¡Señor! No más—digo entre interrupciones de sus labios, jadeo en su boca.

—Córrete, zorra—dice la voz del Amo Nick a mis espaldas, sino fuese por lo que está haciendo con su polla, habría olvidado su presencia, pero no puedo obedecerle, su voz no me impulsa a correrme, un nudo ata las sensaciones que quieren explotar y simplemente no puedo. Se mueve más fuerte, tanto que sus caderas golpean la curva de mis nalgas con violencia. Niego, quiero y no puedo y lloro por ello. — ¡Mierda! Puta, ¡córrete! —gruñe, pero… no puedo.

— ¡Señor! —jadeo en su boca, él sigue aquí, su aliento me baña, él debe ver mi impotencia y las lágrimas que caen.

—Retírale el dildo—dice mi Señor, su voz es tan calmada, como si mi mundo no estuviese colisionando aquí y ahora. En un segundo estoy llena y al siguiente estoy vacía cuando él también se retira de mi cuerpo. —Ahora—dice mi Señor, casi percibo la sonrisa en su rostro—Follale el culo—me tenso de inmediato con sus palabras, casi tan inmediato como soy levantada y penetrada de un solo golpe.

— ¡Mierda!—grito y sollozo. Dolió y se sintió bien y él lo sabe. Sabe lo que hace y lo que ordena, esta llevándome a un límite, quiere quebrarme, no sé si con violencia o con extremo placer.

Me gusta que sea él quien dirija las acciones sobre mi cuerpo, incluso si es otro quien cumple lo que él desea,

—Solo yo, Isabella. Solo yo—gruñe con su boca casi pegada a la mía. Me empuja hacia atrás y tira mis piernas hacía adelante haciéndome rodar los ojos por el movimiento de la polla enterrada en mi culo. Mi espalda es recostada en el torso del Amo detrás de mí. Son sus manos las que toman mis piernas ¿Qué hace? Me levanta, las levanta, las sensaciones son demasiadas, estoy tan estirada y él me mueve de tal manera que me estoy ahogando en esas emociones, esas sensaciones. Las pasa por encima de una superficie dura y suave ¿sus hombros? No tengo tiempo para pensarlo o imaginar la posición en la que me pone, la cabeza de su polla toca mi húmeda entrada y yo olvido todo, quien está detrás, mi nombre, mi historia. Lo que él va a darme, lo que él esta dándome, es más de lo que puedo tener.

Un grito sordo y potente reverbera en mi piel y la mazmorra con un eco sordo que trasciende mis tímpanos, él se mete completo en mi cuerpo.

—Ahora si te ves como una jodida pequeña zorra—dice el Amo Nick, la verdad es que apenas lo escucho—Follada por dos pollas—sigue diciendo. Sacudo la cabeza intentando despejarme tan solo un poco, un respiro o más, quiero más, mis dedos se enroscan y mi cuerpo se tensa pero quiero más.

El más me lo da mi Señor cuando se retira y vuelve a empujar, dentro ¡tan dentro! ¡Tan mal! La presión es agobiante y me ahoga y es exquisita al mismo tiempo. No puedo contener los gritos de mi garganta que pugnan por salir, ni los jadeos o las lágrimas que se desbordan de mis ojos. El placer es intenso, la creciente sensación en mi vientre es una amenaza latente, una amenaza de destrucción.

—Más, por favor—me escucho decir, de verdad quiero más y no sé si puedo tomar más, pero lo quiero todo. Una boca se pega a mi espalda mordiendo para ocultar los gruñidos de un Amo que se va perdiendo en su propio placer, y una boca suave, sedosa, hambrienta y pasional, la boca de mi Señor, llena la mía y se come mis gritos, me besa de una manera demandante, sacando todo de mí, acabando con lo que queda de consciencia, de sensatez.

Me siento tan… sobrepasada. Por la necesidad de su cuerpo que siento en cómo me besa y como me folla, por cómo me arrastra y me hace entregarme sin reservas. Hace de su necesidad la mía y está acabando conmigo.

—Córrete, Isabella. Córrete ahora—dice chupando mi labio inferior en su boca. No puedo ignorar su petición ni el lamento agónico en que se ha convertido su voz. Algo en mi cuerpo se suelta, el nudo que mantenía todo preso, su voz es la llave que afloja lo que más quiero. Lo alcanzo, en mis ojos destellan luces y de mi cuerpo se apodera una fuerza que me eleva demasiado alto. El orgasmo me arrasa, desenrosca los nudos de tensión de mi cuerpo. Creo que grito, creo que sollozo, es demasiado potente. En medio de la nube que se instala en mi mente, soy consciente de algo que he dicho entre gritos, he gritado su nombre y eso acompaña mi descenso del nirvana.

Mi respiración se calma pero mantengo mis ojos cerrados, me siento demasiado agotada. Mis manos aún en alto no se sienten, estoy demasiado lánguida. Ya no lloro ni me quejo, ya él ha acabado conmigo.

Mis brazos son soltados y caen a mis costados, quiero tirarme en la superficie, dormir, por favor déjame dormir. Me quita el antifaz y más por curiosidad que por verdaderas ganas, abro mis ojos, de a poco, dejando que la luz me toque lentamente.

Espero encontrarme a mi Señor, pero esa no es la figura que aparece frente a mí. Es él, es el Amo Nick quien sonríe ladinamente con un aspecto siniestro y satisfecho, me estremezco y encojo.

—No debes tenerme miedo ahora, no después de eso—lo dice con una sonrisa burlona—Lo has tomado muy bien, pequeña zorra—levanta los dedos y acaricia mi mejilla. No tengo fuerzas para alejarme de su toque, sin embargo si intento mirar a otras partes para buscar a mi Señor, pero no está. Observo de nuevo el Amo Nick, él está desnudo y mis ojos le repasan y me sonrojo, no debería, no debo.

—Nada que veas debe avergonzarte, después de todo, he estado muy dentro tuyo—de nuevo se burla y es natural la reacción en mi rostro, desagrado, porque no le debo respeto y no le temo. —No mires así, cariño. Si se me permitiera, te zurraría por ello—quiero reírme porque eso es algo que él no va a conseguir de mí. Le observo mientras se viste, y él me regala sonrisas ladinas por ello, pero no es como si me importara en realidad. Él hace que el ambiente sea relajado, no tenso. Él hace que se sienta como estar con una persona cualquiera y eso es una gran cosa considerando que sigo tendida en una cama, arrodillada más bien, pero con muchas ganas de echarme a dormir, desnuda y con los restos de ellos. Él termina de vestirse, camisa blanca y jean oscuro. He dejado de mirarlo para posar mi vista en la puerta, ansiosa por ver aparecer a mi Señor. —Ha sido un verdadero placer, pequeña zorra. —Se acerca y acaricia mi cabello, contemplándome con ojos serios intensos, eso le borra jovialidad—Tienes un Amo orgulloso de ti, pórtate bien—guiñándome un ojo, me suelta y se retira.

Quedar sola me da cierta calma y un respiro para pensar en mí. Me dejo caer en la superficie que he decidido llamar cama, ya que no tengo otro nombre para llamarle. Observo el techo de la mazmorra como si tuviese respuestas para mí o consuelo para no sentirme sola. Necesito verlo. Necesito saber que haberme dejado hacer no significa una brecha para él y para mí. Confié en su palabra y necesito que con su presencia me confirme que lo que dijo era verdad.

—Encontrarte pensando, es todo un dilema para mí—su voz me toma por sorpresa y me giro para observarlo. Esta apoyado en el marco de la puerta, un jean puesto y los brazos cruzados en su pecho desnudo, el cabello desordenado y sus ojos con un brillo sexualmente satisfecho, aunque no estoy segura si él tuvo algún alivio. Camina hacia el interior de la mazmorra y yo intento alzarme para arrodillarme de nuevo, es lo que él desea que haga, puedo verlo en sus ojos.

Una vez frente a mí, mirándome y dejando que le mire. Inclina su cabeza a un lado.

—Gracias—susurra, ¿uh? —No quiero que pienses, eso es lo que te he pedido, pero te conozco y sé que no vas a dejar de hacerlo. Lo que ha pasado, súmalo como una experiencia en nuestro camino, ahora debes mirar hacia adelante. ¿De acuerdo? Si te preocupa que este molesto, no lo esté. Estoy complacido—el brillo de sus ojos me dice que es sincero—Tu cuerpo—acaricia mi estómago descendiendo hacía mi vientre, se detiene y vuelve a ascender—Me pertenece, me lo has mostrado—observando sus ojos, una carga emocional adicional se instala en mi pecho.

Va a besarme y lo estoy deseando, los besos de mi Señor son adictivos, pero esta vez se siente como más. Es un beso mudo, al principio, no puedo decir tierno, porque no es una palabra que entre en mi vocabulario para describir algo que viene de él, pero lo demora, lo ralentiza haciendo que mi cerebro colapse, que mi corazón se acelere, que sienta cosas. Por eso cuando abre un poco su boca y convierte el beso suave en una demanda, envío una plegaria de agradecimiento, puedo manejar las tormentas, puedo manejar esto. Consigue avivar mi cuerpo una vez más, soy suya, mi cuerpo es suyo y él lo sabe.

—Sabes que vivir, es nuestro lema, vivir es lo que hacemos—dice con su frente pegada a la mía y su mano manteniendo firme y en alto mi rostro. La intensidad de sus ojos me devasta y consuela al mismo tiempo. Lo quiero de nuevo, lo deseo como algo demasiado necesario, vital. Pese a haber tenido un orgasmo demasiado intenso, pese a tener mi cuerpo sensible, lo deseo. —Gírate—ordena con voz ronca, me libera para que lo haga, lo hago. —Acomódate, pequeña, necesito que seas buena para mí, ahora—dice y cuando lo hago, cuando me pongo en la posición que desea, acaricia mi columna vertebral en descenso hacía mis nalgas—Debería limpiarte pero no quiero—dice—Porque pese a que has sido follada por alguien más, él no marco su semen en ti, no estas sucia. Ese pensamiento me esclaviza porque quiero azotarte el culo con mi palma, pero también quiero follarte y creo que no voy a poder hacer ambas cosas al mismo tiempo—lo estoy deseando, lo que sea que quiera darme.

—Señor—murmuro meciendo mis caderas hacia delante y hacía atrás, quiero que él lo quiera, que lo haga, que me desee.

— ¿Quieres que lo haga?—asiento, me acaricia con las manos—Creo recordar que me has llamado por mi nombre, ¿no crees que mereces un castigo por ello?—lo dice con burla, por supuesto que sus azotes no vendrían siendo un castigo, en este caso, porque lo deseo, es un premio y él solo está buscando una buena excusa para hacerlo, por eso sonrío.

Cuando su mano impacta contra mi nalga, siendo algo que esperaba y deseaba, clamo agradecida por ello. Su mano es algo completamente diferente a los instrumentos, es más íntimo, más potente, crea una conexión más fuerte entre su deseo y mi recibimiento. Mi piel escoce y el sonido llena el aire, transformando mi cordura, mi sensatez, mi consciencia, en ese ser animal que solo busca lo que su Amo puede darle, solo él, siempre él.

Recibo y agradezco cada nalgada, llenando mi cuerpo de calor, de gozo.

Lo adoro.

Jadeante y en sus brazos me lleva a mi habitación. Mientras pasamos y consigo abrir mis ojos, capturo a través de una de las ventanas que aún es de día, pero no sé qué hora es.

Acomodada en él me inundo de su calor y olor, más de lo mucho que le he tenido el día de hoy. Él me deja sobre la cama, cansada y con cada musculo de mi cuerpo protestando.

—Ve a darte un baño y luego baja, tengo hambre y sé que tú igual, así que vamos a tomar la cena abajo—dice. Él está brillando de manera deslumbrante.

— ¿Abajo?—pregunto.

—Me parece que eso dije—dice con elocuencia—No me hagas esperar, tengo hambre—subraya dándose media vuelta y dejándome sola. Y yo solo puedo decir una cosa ¡wow!