La fuerza del Imperio

Capitulo 14

Meg se despertó con un sobresalto. Se llevó la mano al pecho y sintió el corazón desbocado. Trató de serenarse y respiró profundamente varias veces. De pronto se dio cuenta de que la alcoba en la que estaba recostada no era la suya si no la de Hércules, y recordó que se había quedado dormida esperándolo frente a la mesa. ¿Cómo había llegado al lecho? Se miró el cuerpo y comprobó que estaba vestida, incluso llevaba las sandalias calzadas. Se reincorporó y se quedó sentada en el blanco jergón. La luz del amanecer se iba introduciendo poco a poco por cada resquicio abierto de la villa.

Creyendo que Hércules no había llegado todavía al hogar, decidió marcharse a sus propios aposentos. Cuando el sol estuviera en lo alto, lo buscaría y hablaría con él. ¡Tenía tantas cosas que preguntarle! Por su hermana y su hermano.

Se levanto y siguió caminando con paso vacilante. Abrió la transparente cortina de tela que dividía el pasillo de su dependencias.

¡Hércules estaba recostado en su lecho!

Únicamente se había quitado la capa, que estaba tirada en un rincón. Caminó hacia él y lo descalzó con suavidad. No se despertó. Le quitó las protecciones de las piernas y los brazos con mucho cuidado, de forma lenta para no perturbar su sueño. Apagó la llama de la vela que había sobre la mesa y dio órdenes expresas a Adriano, para que nadie lo despertara.

Hércules había sido consciente en todo momento de la presencia de Meg, salvo que no abrió los ojos. Dejó que creyera que estaba profundamente dormido. No tenía ganas de dar una explicación ni de pedir cuentas en ese momento tardío del anochecer. Estaba agotado y decidió seguir durmiendo.

Hércules se fue despertado al escuchar la risa y la voz de un hombre que parecía que susurraba.

Se levantó buscando sus sandalias. Tenía ganas de darse un baño, pero antes tenía que descubrir quién reía de forma tan natural y por qué. Cuando apartó la tela y caminó por el pasillo hacia el atrio, lo que vio lo dejó estupefacto.

Meg sostenía una espada y amenazaba la garganta de un hombre. Ella estaba de espaldas a él y por eso no se percató de su presencia.

– Nunca creí que podría llegarte a vencer– le dijo con esa voz que se le antojó musical.

– Ha hecho trampa– le respondió el guardián con un brillo extraño en las pupilas–. Y mi orgullo reclama la revancha.– Había visto detrás de Meg a Hércules, pero no delató su presencia–. Siempre he estado en clara desventaja. Pero luchas mejor que algunos legionarios.

– Mi padre solía decir…– comenzó, pero calló de repente.

Hércules escucho un gemido muy leve y vio como Meg se tapaba la cara.

El viejo legionario fue directamente hacia ella y le tomó una mano para consolarla. Hércules entrecerró los ojos al contemplar el gesto cariñoso.

– Meg– Ella se giró de pronto y clavó sus ojos en él.

Meg con la palma de la mano se limpio de forma brusca alguna de las lagrimas.

– Lo… lo siento, no te había oído llegar– se excusó con voz entrecortada y mirada empañada.

Los ojos de Hércules la contemplaron con un sentimiento de pesar. Hacía un momento Meg reía dichosa, ahora contenía las lágrimas.

– Diré a los criados que te preparen algo de alimento mientras tomas un baño– continuó ella.

Sin esperar una respuesta, Meg le entregó la espada a Arrion y se dirigió hacia las dependencias de los sirvientes.

Arrion contempló a Hércules con un ojo crítico.

– ¿Es un combate lo que he presenciado hace un momento?– preguntó Hércules con voz demasiado marcial.

– Un simple entrenamiento, señor.

– ¿Un entrenamiento aquí en la villa?– inquirió en un tono de voz algo elevado.

El hombre se mostró visiblemente perturbado.

– Su esposa no desea ser el centro de los comentarios entre los hombres que le sirven; por ese motivo desea entrenarse hacerlo– Arrion tomó aire antes de continuar.– Es la hora, el grueso de hombres se encuentran fuera y los sirvientes varones están en el campo. El terreno es demasiado extenso y hay mucha labor por hacer.

Hércules ignoraba que fuera tan tarde.

– ¿Por qué motivo desea entrenarse con una espada?– le preguntó de forma tajante.

Arrion optó por mantener callado un momento.

– Eso, mi señor, tendrá que preguntárselo a ella– le respondió en un tono conciliador. – porque lo ignoro. Aunque sí observado que suele asustarse fácilmente por ruidos que harían reír a un niño. Tiene buen ánimo, pero la pena la abate demasiado a menudo.

Hércules le dio permiso para que se retirara.

A continuación, se dirigió hacia los baños. Tenía que darse prisa porque tenía muchas preguntas que hacerle a Meg; la más importante, dónde se hallaba su tía y por qué motivo sentía la necesidad aprender a manejar un arma.

…...

Cuando llegó al triclinio ella estaba esperando. En la mesa había bandejas de comida.

Hércules se sirvió un vaso de agua fresca y tomó una manzana del cuenco.

La miró y vio expectación en los ojos femeninos. No quiso alargar su angustia.

– Tus hermanos están vivos– Hércules escuchó el largo suspiro que soltó.

– ¿Cómo se encuentran?– le preguntó con voz vacilante.

Hércules, por primera vez en su vida, dudó de si mostrarse sincero. Sopesó decirle una mentira piadosa, si bien desistió porque no estaba en su naturaleza.

– Calíope está conmocionada por la pérdida de tus padres; no obstante, bajo los cuidados del médico Pomponio, mejorará.

Meg parpadeó varias veces intentando analizar la explicación.

– Creí que la traerías con migo a Tebas– afirmó con voz contenida.

– Veras… Meg, tu hermana no fue tan afortunada como tú– le respondió cauto–, vio morir a tus padres de forma brutal. – Hércules se guardó el terrible ensañamiento que había sufrido Calíope. – Necesita tiempo Meg, para que pueda recuperarse.

– ¿Y… mi hermano?– inquirió esperanzada.

– Está vivo y oculto– le respondió.

– ¿Dónde?– preguntó Meg ansiosa.

La información se la reservó Hércules. Era mejor que Meg creyera que no sabía nada al respecto. – Quién puede saberlo.

Meg se quedo callada y con un brillo extraño en los ojos.

Meg sabía que, al ser declarado su hermano un asesino, tenía que haberlo perdido todo. Y lo peor, dejar de ser ciudadana romana.

– Tus posesiones ahora me pertenecen– le aclaró Hércules, que intuyo los pensamientos de Meg.

Mi hermano no tuvo la culpa de la muerte de Tiberio Lépido ni de los miembros de su familia– dijo Meg con voz decidida.

Hércules mantuvo el silencio como respuesta.

– ¿Tienes algún indicio que me haga pensar lo contrario?

Hércules siguió callado mientras mordía una torta con queso y miel. Finalmente decidió darle una respuesta categórica.

– No.

Meg sentía calambres en el estómago. Necesitaba hacerle una pregunta, una muy importante; sin embargo, no se atrevía. Le daba verdadero pánico escuchar la respuesta.

Después de mucho dudar: – ¿Crees que mi hermano es culpable, verdad?

Un largo silencio, solo interrumpido por las respiraciones de ambos, le produjo un estado agitado de nerviosismo.

– Si.

Meg desvió la cabeza hacia otro lugar de la estancia porque comenzaba a ver la figura de Hércules borrosa.

– ¿Quién ocupa los aposentos que dan directamente al atrio?– inquirió él.

Meg tragó varias veces, pero el nudo de su garganta no disminuía en absoluto. Le impedía respirar con normalidad.

– Yo tengo el placer de disfrutarlas.

La respuesta femenina lo dejó confuso. Eran estancias masculinas. La decoración era más que evidente.

– Había escogido esa zona de la villa para mí– le informo Hércules

Meg respondió sin pensar.

– Son más pequeñas– le explicó ella– Tu madre me explicó todas las reformas que había pensado para la villa. Cumplía cada una de sus recomendaciones.

Así que su madre se había adjudicado algunas decisiones sobre la construcción, si bien no le extrañó.

Hércules estaba un poco molesto.

– Una mujer no puede entrenar como un hombre– fue lo siguiente que le dijo – Debe ocuparse de las tareas propias de las mujeres.

– Eso es puro machismo– Meg no pudo mantenerse callada– Mi padre no pudo defenderse, mi madre tampoco. A mí no me ocurrirá lo mismo. Jamás ningún hombre logrará sorprenderme desprevenida para atravesarme el corazón o cortarme el cuello. Son mujer, pero eso no me impide poder luchar y aprender.

– Hay hombres que te protegen a diario aquí en la villa.

Hércules se mostraba duro e intransigente. Mega no le gusto nada el carácter de él.

– Mis padres creyeron que en su hogar eran invulnerables y se equivocaron, yo no me mostraré tan necia ni tan confiada.

– Ahora estoy yo para protegerte– admitió Hércules al fin. No obstante, si esperaba una sonrisa de gratitud por parte de ella, se equivocó de lleno.

– ¿No puedes dejarte de hacerte el héroe. Para dormir también me protegerás mi general?– le dijo con reproche y furiosa.

– Megara…– comenzó él, pero ella no quiso escucharlo más.

– Grata, general. Y, ahora si me disculpas, tengo que ocuparme de los menesteres que suelen desempeñar las mujeres.

...

"Yolao no es culpable, Hércules se equivoca", se dijo con inusitada furia mientras echaba grano a las gallinas. Galena había salido muy pronto y todavía no había regresado, Meg tenia jenó pero no sabia que Hércules tenia un carácter duro.

Se mantuvo el resto del día ocupada. La villa era tan grande que requería mucho esfuerzo.

Meg había tomado un baño y cenado en sus aposentos. Hércules lo hizo acompañado de sus hombres. También de su tía Galena, que había pasado todo el día en el Ágora.

Galena ofreció disculpas en nombre de Meg. Alegando que estaba agotada y sufría un leve malestar. Hércules no dudaba de que era debido a la conversación que ambos habían mantenido.

Había sido brusco e intolerante. Aunque era lo suficiente honesto para admitir que le debía una disculpa. Estaba tan acostumbrado a tratar con hombres del ejercito que ahora no sabía bien cómo actuar o qué decir para tranquilizarla.

Entrada la noche.

Hércules caminó varios pasos y se detuvo delante de la tela que separaba la estancia del pasillo. Escucho los sollozos, al girarse vio que a unos metros estaba Arrion.

– La pena la está consumiendo– le reveló Arrion.

– ¿Siempre llora por las noches? – preguntó.

– Si, mi señor.

Hércules giro la cabeza en dirección a los aposentos de Meg dudaba si entrar para comprobar si necesitaba algo o regresar al tablinum para terminar los mensajes.

– En brazos de su esposo la tristeza remitirá.– el consejo del hombre lo pilló con la guardia baja.

Hércules no respondió, respiro hondo y con los dedos aparto la tela. Meg estaba recostada de lado, pero no se encontraba despierta; tenía los párpados cerrados. Los hombros le temblaban.

Camino hacía el lecho con la intención de despertarla. Cuando le puso la mano en el hombro logró darle un susto de muerte.

Meg alzó un grito tan agudo y potente que a Hércules casi se le sale el corazón por la boca.

– ¡Cálmate, es solo una pesadilla!

Meg sollozaba–¡Están muertos! – gritó.

Los dos solados entraron corriendo con sendas espadas. Hércules le hizo un gesto negativo, y ambos se retiraron.

– Tus hermanos están bien, Meg. – le consoló él.

– ¿Cómo lo sabes?

– De ocurrirles algo, yo sería el primero en saberlo.

Meg cerró los ojos

– Lamento despertarte– le confesó apenada.

– No estaba dormido– le dijo él– estaba respondiendo cartas.

– Entonces, gracias por venir a consolarme.

– Me has dado un buen susto. Creo que nunca he escuchado un grito femenino tan agudo.– dijo Hércules

Meg medio sonrió.

– Lamento mis palabras desafortunada– admitió él.

– No puedes llegar a imaginarte lo que significan tus palabras para mí– arguyó completamente emocionada.

Nada había preparado a Hércules para el repentino contacto de ambos. Cada curva femenina quedó expuesta a su cuerpo y se dio perfectamente cuenta de lo equivocado que había estado con respecto a ella.

Desató el nudo que los brazos de ella habían tejido sobre su nuca y la separó un paso.

– Duerme, no te sucederá nada malo; tienes mi palabra.

– ¿Lo prometes?

– Si, buenas noches, Meg que descanses– le susurró él cuando ya se daba la vuelta.

– Espera– exclamó ella– ¡No me dejes sola!

– Que temes– pregunto Hércules.

– Los veo en mis sueño una y otra vez muertos…– dijo Meg con los ojos vidriosos.

Sin que Meg se percatara, Hércules la iba conduciendo hacia el lecho. La tenía cogida de las manos, que sentía frías.

– Gracias, Hércules– le dijo de pronto.

Hércules estaba sorprendido por el agradecimiento.

– Estoy sana y salva gracias a la unión entre ambos– le explicó entonces.

– Me alegró de que estés sana y salva– corroboró él.

Hércules se levantó para que ella pudiera subir los pies.

– ¿Te puedes quedar hasta que me duerma?– pregunto ella.

Hércules asintió y se quedo hasta que Meg fue cerrando los ojos y se quedo tranquila.