De guardarropas e interrupciones.

Han sido un par de días tranquilos, la relación de Oliver y Mai parece haber retornado a su punto de equilibrio, con las bromas, las indirectas, las discusiones donde Mai termina rabiando y Oliver con una sonrisa en los labios. Luella nunca podría poner en palabras la alegría que sus interacciones le causaban.

Voltea a mirar hacia las escaleras para ver a Mai descendiéndolas, finalmente ha llegado el día de su entrevista.

—Vestida para impresionar —comenta Luella con una sonrisa.

Las mejillas de Mai se tintan de una suave tonalidad de rosa.

—Gracias, fue un regalo de Ayako y Bou-san.

—Al parecer son buenos para algo, aunque supongo que esto solo es obra Matsuzaki-san —comenta Oliver uniéndose a su madre en el pie de las escaleras.

—¡Hey!— reclama Mai deteniendo su descenso, los cachetes inflándosele con indignación.

—Oliver Davis, te he educado mejor que esto, esas no son las maneras si quieres halagar a una persona.

—No lo estaba intentando —dice recorriendo con la mirada a Mai—, aunque debo admitir que el cambio te sienta bien.

El rostro de Mai se coloreó escarlata.

—Gracias.

Oliver se acarició la barbilla en un gesto de profundo pensamiento como cuando intentaba resolver uno de sus casos mientras examinaba a Mai.

—Pensé que nunca ibas a dejar de lado las minifaldas con las que ibas a trabajar —mencionó mientras la comisura derecha de sus labios se elevaba en una medio sonrisa—, esas que no dejaban prácticamente nada a la imaginación.

Luella se debatía entre jalarle las orejas a Oliver por su comentario poco caballeroso y fuera de lugar o reírse a carcajadas ante la amapola que era Mai en ese preciso momento.

—T… Tú… ¿Cuán… Co… Cómo…Po…Por queé?

—Y yo aquí pensando que habías aprendido lo suficiente para manejar una conversación básica en inglés —dijo negando la cabeza—, parece que necesitas unas lecciones intensivas…, pero para responder a tus balbuceos, soy un hombre perfectamente sano, Mai, en todo el sentido de la palabra, no esperarías que no me fijara en las piernas de mi asistente mientras se paseaba por la oficina vistiendo esos intentos de falda.

A estas alturas Luella había optado por dejarlos a solas, esto era demasiado para su viejo corazón.

—Era la falda del uniforme —casi gritó—, eres un cretino, Oliver.

—Lo sé, me lo dices bastante seguido —dijo sonriendo abiertamente—, pero por más que me encantaría seguirte escuchando —dijo mirando el reloj—, si no nos apresuramos, vas a llegar tarde.

—Demonios —exclamó Mai, apresurándose en bajar las escaleras.

Oliver lo vio venir antes de que incluso sucediera, Mai y las escaleras eran como el agua y el aceite. Así que allí la tenía en sus brazos después de que tropezara.

—Si tanto querías un abrazo, Mai, solo tenías que pedirlo, no era necesario que te tiraras de las escaleras.

Esperó la respuesta a su juego pero ella no dijo nada.

—¿Mai? —llamó pero ella tenía la cabeza enterrada en su pecho.

—¿Y si no les gusto? —preguntó tan bajito que Oliver tuvo que hacer un esfuerzo para escucharla.

Idiota —estuvo a punto de decir Oliver, pero se contuvo, esas no eran las palabras que Mai necesitaba en este momento, ni lo que él de verdad sentía en su corazón.

—Serían unos idiotas, Mai —dijo apartándola de su pecho y mirándola a los ojos—, sería su pérdida —dijo acercando su rostro al suyo, índigo y castaño mezclándose como lo hacen los rojizos y los naranjas en una tarde de otoño, los labios a solo centímetros de distancia. Los dos perdidos en el momento.

—Oliver, Mai, van a llegar tarde —llamó un Martin Davis ajeno a lo que ocurría a pocos pasos de él. Mai se separó de Oliver como si quemara mientras sentía que su corazón se había quedado a vivir en su garganta, y Oliver en un par de segundos había recobrado su habitual compostura.

Una vez la pareja había emprendido su camino, Luella le dio un golpecito en la cabeza a su marido.

—Estoy seguro de que hay una razón que justifique este gesto —dijo Martin quitándose los lentes—, pero no sé cuál es, ¿te importaría iluminarme?

—Solo digamos que es por llegar al lugar y en el momento equivocados.

Martin enarcó las dos cejas.

—Na —dijo Luella desestimando el tema con la mano—, no te preocupes, al parecer es solo cuestión de tiempo.