Hola a todas chicas, aquí está el nuevo capítulo. Disculpen la demora, pero quienes están en el grupo de facebook sabrán que la semana pasada fue difícil para mí por una perdida que sufrí y recién ahora poco a poco estoy volviendo a escribir.
Gracias a todos por el apoyo, los comentarios y su tiempo.
Miles de besos...nos leemos pronto
El gran momento.
Capítulo beteado por Flor Carrizo, beta de Élite Fanfiction: www. facebook groups / elite. fanfiction /
"Alba" - Diego Torres.
No sé por qué
tu llegada al mundo fue así
te costó salir.
No sé por qué
me sentí el hombre más feliz
ya estabas aquí.
Y no olvidaré
aquel olor a vida en tu piel
nada que... más.
Pude entender
que eras un pedazo de mi ser
tan igual a mí.
El sol te doró la piel
para que morena fueras
y a una palmada se oyó
el canto de una sirena.
No sé por qué
dos estrellas bajaron para rizar tu pelo
olé y olé
no sé por qué
dos cometas se convirtieron en tus ojos negros
Tan bonita… tan morena
tan gitana como era...
La flor que siempre quise en mi jardín.
La flor que siempre quise en mi jardín.
No sé por qué
tu llegada al mundo fue así
te costó salir.
No sé por qué
me sentí el hombre más feliz
ya estabas aquí
Tan bonita, tan morena
tan gitana como era...
La flor que siempre quise en mi jardín.
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.
Durante varios días los chicos trabajaron arduamente para reconstruir el refugio.
Para la tranquilidad de todos, las contracciones habían desaparecido, sin embargo, para evitar cualquier complicación, decidieron que Bella guardara reposo y sólo se levantara durante periodos de tiempo muy cortos; casi siempre sólo para hacer sus necesidades, darse un baño o alejarse lo suficiente del sol.
Tardaron casi quince días hasta que el refugio estuvo de nuevo en pie, con las paredes clavadas firmemente en el suelo y, también, se aseguraron los chicos de guardar algunas pertenencias básicas en un pozo tapado con una piedra. Si en algún momento el viento volvía a llevarles su hogar, al menos, en ese lugar tendrían algunos elementos de botiquín, botellas de agua y unas mantas.
Bella pasaba la mayor parte del tiempo haciendo manualidades, había tejido nuevamente las hojas de pandano para hacer el techo de su casa y las cunas para los pequeños. Volvió a hacer una olla para tener siempre agua hervida para su consumo. También había confeccionado varias mantas donde poder acostarse y obtener una sensación de mayor comodidad al dormir.
La mañana del diez de agosto, Bella se despertó un poco más temprano de lo habitual. Los chicos aún dormían a su lado, pero ella necesitaba urgentemente levantarse. Los pequeños cada día presionaban más su vejiga y la obligaban a orinar más seguido.
Caminó un poco, ya que de esa manera sentía que su cadera podría descansar mejor.
Una molestia constante le llamó la atención, era una presión muy fuerte en su cintura y los huesos de su pubis, sabía que cada día estaba más cerca el momento del parto y eso la aterraba. Nunca tuvo miedo ante el nacimiento de Kate, pero ahora era muy diferente. Sabía que un parto de mellizos era más complicado y, en muchos casos, era necesario practicar una cesárea para que nacieran; pero también era consciente de que si sucedía eso ella no viviría para verlos crecer. La idea de que podía morir la aterraba. Trató de alejar esos pensamientos antes de que las lágrimas invadieran sus ojos. Todo saldría bien, ella era una mujer fuerte que viviría para ver crecer sanos y felices a sus hijos.
Los chicos se levantaron. Edward fue a pescar y Emmett acompañó a Bella a darse un baño. Desayunaron todos juntos, como de costumbre, pero ella no tenía mucha hambre.
—Amor, ¿te sientes bien? —preguntó Edward.
—Sólo estoy un poco hinchada, amor —respondió con un suspiro.
—Quizás deberías descansar un poco —sugirió Emmett.
—Sí, creo que voy a acostarme un rato. —Tras levantarse del tronco en el que estaba sentada se dirigió rumbo al refugio.
Una y otra vez dio vueltas en el lugar para encontrar una posición cómoda, pero no había alguna que la reconfortara. Finalmente, se arrodilló y apoyó sus codos en el piso, recargando contra ellos todo su peso. De inmediato su cadera sintió el alivio por la falta de presión y, así, pudo descansar un rato.
Emmett fue quien la encontró en esa posición y, tras unos minutos de preguntarse qué diablos hacía su mujer en esa extraña posición, escuchó como la castaña emitió un pequeño gemido de dolor, lo que de inmediato hizo reaccionar al soldado.
—Bella, ¿estás bien?
—No, Emmett, me duele.
—¿Qué te duele, cielo? —interrogó.
—Estoy con contracciones —explicó.
—Tranquila. Ya llamo a Edward.
Emmett salió corriendo en busca de su mejor amigo, los bebés iban a nacer y eso lo emocionaba en el mismo grado que lo aterraba.
—¡Edward! ¡Edward, ven por favor! Edward, Bella está con contracciones —gritó a todo pulmón para que el doctor, quien estaba en el río, lo oyera.
—¿Desde hace cuánto que lo está? —preguntó tras salir del agua.
—No lo sé, sólo me dijo que le duele y está en una posición un tanto rara.
—Vamos, no hay que dejarla sola.
Ambos corrieron hasta el refugio donde Bella aún aguardaba en la misma posición y respiraba con dificultad. Sin dudas estaba teniendo una contracción.
—Cariño, ¿cómo te sientes? —consultó Edward en cuanto la vio.
—Me duele mucho.
—Shhh... nena, tranquila. —Masajeó su espalda hasta notar que la contracción disminuía—. ¿Hace mucho que tienes contracciones, amor?
—No, luego de que me acosté empezaron, pero cada vez son más dolorosas.
—Bueno, amor, me lavaré bien las manos y te examinaré para ver si has comenzado a dilatar —explicó.
De inmediato, Edward buscó en el botiquín un pequeño jabón antiséptico que guardaban y con mucho cuidado se lavó las manos. Volvió a guardar el jabón y se dirigió de nuevo al sitio donde Bella y Emmett estaban abrazados.
—Cariño, necesito que te acuestes y levantes tus piernas.
La mujer, con ayuda de Emmett, se acostó sobre su espalda y levantó sus piernas, Edward retiró su bombacha y separó un poco más las piernas de su mujer.
—Respira hondo, amor —dijo mientras le practicaba tacto vaginal—. Sé que puede ser molesto pero no hay otra manera.
—Lo sé, cariño.
Emmett miraba atento toda la situación.
—Cariño, tienes recién tres centímetros de dilatación. Creo que lo mejor será que trates de descansar para guardar fuerzas para el parto.
—¿Estará bien, Edward?
—Sí, Emmett, aún tenemos tiempo, mucho tiempo por delante, sin embargo nos tenemos que preparar.
El soldado asintió.
—Iré a buscar agua y cocos. —Tomó una de las canastas que confeccionó su mujer y cargó algunas botellas vacías y su cuchillo.
Bella se acomodó de lado para poder descansar un poco.
Cuando Emmett regresó al refugió cargado de víveres, tras poner el agua a hervir, se dirigió a ver cómo estaba Bella, quien dormía.
—¿Cómo está? —preguntó.
—Ha estado tranquila, pero con contracciones regulares cada quince minutos.
—No falta nada para que nos convirtamos en padres —acotó.
—Sí, hermano, no falta nada y estoy cagado de miedo —confesó el doctor.
En ese momento Bella se quejó. De inmediato ambos se acercaron a ella.
—¿Qué te sucede, Bells? —preguntó Emmett.
—Me duele mucho.
—¿Quieres caminar, amor?
—¿No será peor?
—No, Emmett, eso hará más fácil el trabajo de parto —explicó.
Bella, con mucho esfuerzo, se fue levantando, los chicos la sujetaron por los brazos y la ayudaron a moverse.
Caminaron un buen rato, cada tanto tenían que detenerse por una contracción, pero había aliviado un poco el estado de la castaña.
—Cariño, ven, túmbate de nuevo que necesito ver que tan dilatada estás.
Emmett ayudó a Bella, mientras Edward volvía a lavarse las manos a conciencia.
Al momento de examinarla, la mujer sólo tenía cinco centímetros de dilatación.
—Bells, sólo tienes cinco centímetros, aún falta.
—¡Dios! —exclamó cuando una nueva contracción la sorprendió—. Duele.
—¿El trabajo de parto con Kate duró mucho?
—Sí, el médico lo indujo. Desprendió las membranas a la mañana y Kate nació a las diez de la noche.
—Bien, es importante saberlo. Yo no me animo a realizarte esa maniobra, pero esperaremos a que todo vaya bien y naturalmente.
La castaña asintió.
Durante las siguientes dos horas, los chicos masajearon la espalda de Bella, la mantuvieron hidratada dándole agua de coco y Edward intentó que comiera, pero para ella fue imposible.
Cuando el dolor se hizo más fuerte, Edward y Emmett llevaron a Bella al río, allí sumergida en el agua logró descansar un poco más.
Cuando el atardecer llegó, lamentablemente, tuvieron que abandonar el agua, ninguno creía seguro tener a los bebés en el oscuro río.
Al llegar al refugio, Bella ya tenía ocho centímetros de dilatación y había roto bolsa, pero no había forma alguna de encontrar una posición que le resultara cómoda.
Emmett la sentó a horcajadas suyo, su pelvis descansaba en el hueco que se formaba entre sus piernas y podía recargarse en el pecho de él, para aliviar la presión en su cintura.
Edward comenzó a preparar todo lo necesario para el momento de recibir a los pequeños.
Mantuvo el fuego fuerte y agua hervida para poder desinfectar todo los utensillos, lavarse las manos y limpiar a los bebés.
Los quejidos de Bella eran cada vez más seguidos. Emmett le susurraba palabras de aliento al oído, pero la castaña de un minuto a otro empezó a llorar desconsoladamente.
—Bella, ¿qué pasa amor? —preguntó el doctor.
—Me duele mucho, no podré hacerlo —dijo entre llantos.
—Cielo, claro que podrás. —Con una mano sujetaba su vientre calculando las contracciones cada cinco minutos—. Ahora quiero que te apoyes en Emmett y abras tus piernas así veo qué tanto falta para conocer a nuestros hijos. —Trató de darle, con su voz, la seguridad y tranquilidad que ella necesitaba.
Emmett ayudó a la castaña y esperó a que Edward indicara qué más hacer.
—Bien, cielo, ya tienes nueve centímetros de dilatación. ¿Estás cómoda así?
—Sí, —dijo ella—. Me tranquiliza sentir que Emmett me abraza.
El soldado de inmediato le dio un beso en su cabeza, en señal de lo feliz que se sentía por poder hacer algo por ella.
—¿Estás bien, Em? —consultó ella.
—Sí, cielo, sólo estoy un poquito ansioso —trató de explicar, aunque más que ansioso estaba nervioso.
—Cariño, cada vez que tengas una contracción comenzarás a pujar —explicó el doctor.
Y así hizo dos, tres, cuatro veces.
—Cariño, quiero que apoyes tus piernas sobre las de Emmett… Y tú ábrelas más, amigo. —Cuando la joven estuvo con las piernas bien abiertas pudo ver como la cabecita de uno de sus hijos se asomaba con cada contracción.
Tomó una de las cunitas para los bebés y acomodó una manta térmica dentro.
—Vamos, Bella, puja —incitó el doctor.
Emmett tomó su mano y la ayudó a sentarse mientras pujaba. Repitieron esa secuencia de movimientos durante mucho tiempo. Hasta que Edward dijo:
—Cielo, ya está saliendo su cabecita, lo estás haciendo muy bien.
—Vamos, amor, ya falta poco para cargar a nuestro bebé —alentó Emmett.
Bella estaba muy cansada, llevaba todo el día en labor de parto y se sentía agotada, muy dolorida y sin fuerzas.
—No puedo, no puedo más —dijo entre llantos.
Edward dejó de lado su papel de doctor y tomó entre sus manos el rostro de Bella.
—Isabella, lo estás haciendo muy bien, no puedes rendirte ahora, si lo haces no sólo te perderemos a ti, si no que nuestros bebés no verán la luz —dijo muy serio—. Ahora vas a tomar un poco de agua de coco, vas a respirar profundo y pujarás. No hay otra alternativa, cielo. Lo harás por nosotros.
Cuando la mujer procesó esas palabras de inmediato se percató de que si no era fuerte sus hijos morirían y no estaba dispuesta a aceptar eso. Emmett limpió la transpiración de su frente y posó las manos en el abdomen de ella.
—Vamos, cariño, puja —dijo al sentir como el vientre empezaba a tensarse.
Sin saber bien de dónde, sacó fuerzas para pujar y a los instantes sintió como su pequeño se abría paso al mundo.
—Vamos, cariño, una más y tendremos a nuestro bebé con nosotros —indicó el médico.
En la siguiente contracción la joven, sin dudarlo, pujó con todas sus fuerzas y fue entonces cuando el primer bebé nació. Con mucho cuidado Edward tomó al pequeño entre sus manos y se emocionó al sostener a su hijo por primera vez.
—¡Es un varón! —exclamó contento.
Emmett se asomó para conocer a su hijo, mientras acariciaba la cabeza de la mujer que amaba.
—¡Lo hiciste muy bien! —dijo, mientras Edward colocaba al bebé en el pecho desnudo de Bella y los tapaba con una manta.
Los tres se abrazaron y lloraron emocionados, tenían un bebé hermoso, que sollozaba potentemente.
—¡Es perfecto! —dijo Bella entre lágrimas.
—¿Cómo te sientes, Bells? —interrogó Edward.
—Estoy muy cansada.
—Se nota amor, descansa un poco —dijo mientras le daba unos traguitos de agua de coco para rehidratarla.
Cuando la mujer se relajó y apoyó su cuerpo en el pecho de Emmett, recién pudo percatarse del estado de su mejor amigo. Lloraba sumamente emocionado y no dejaba de contemplar a su mujer y su hijo. Nunca lo había visto llorar, ni siquiera el día que sus padres murieron, siempre había sido un tipo duro, pero ese pequeñito que descansaba en el pecho de su madre los había cautivado.
Edward limpió sus propias lágrimas y, después de darle un tierno beso en la cabecita del bebé, empezó a examinar a Bella.
El bebé no tardó en prenderse del pecho de su madre, pero en ese momento Bella comenzó a sentir de nuevo contracciones.
Edward, al darse cuenta, le pidió a Emmett que dejara al bebé en la cunita que estaba a su lado. Luego de arroparlo allí, se concentraron nuevamente en las contracciones de la castaña.
—Vamos, bebé, hazlo otra vez —alentaba el doctor.
Ella estaba completamente agotada, sentía cada vez más fuerte su corazón latir y la respiración era muy difícil de lograr. Emmett intentó con todas sus fuerzas de que ella estuviese tranquila.
El bebé era un poco más grande que el anterior y eso dificultaba su salida. Edward se dio cuenta que sin duda sería una expulsión aún más complicada que la primera.
Una y otra vez la castaña pujó con fuerzas y, en un momento, no pudo más. La cabeza del bebé presionaba fuertemente contra los huesos de su pelvis, causándole mucho dolor y que con los constantes pujos se desgarrara. En ese momento ella gritó desgarradoramente y luego al fin pudo expulsar a su hijo.
—¡Es una niña, amor! —gritó el galeno.
—Lo hiciste perfecto, amor, tenemos un niño y una niña —dijo Emmett en su oído, mientras limpiaba su sudor.
Cuando Edward posó a la pequeña en el pecho de su madre ella le dedicó una hermosa mirada antes de cerrar sus ojos.
Pasaron unos largos instantes antes de que alguno se diera cuenta de que la castaña no respondía.
—¿Bella? —la llamó Emmett—. Bells, ¿estás bien?
Edward de inmediato se fijó en su mujer y vio que estaba inconsciente y su respiración era irregular.
—Emmett, ayúdame —dijo mientras tomaba a la bebé y la ponía al lado de su hermanito.
Acostaron totalmente a Bella y se dieron cuenta que sangraba demasiado.
¿Qué les pareció el capítulo? ¿Qué pasará con Bella?
