Disclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del señor Himaruya.
Capítulo 14: Secreto a voces
Antes de que me diera tiempo a asimilar que el abuelo estaba de vuelta, ya lo tenía encima estrechándome con fuerza entre sus enormes brazos y dándome besos en la frente. Como era obvio, protesté y forcejeé intentando liberarme de su agarre, pero finalmente acabé devolviéndole el abrazo, aunque sólo porque sabía que cuanta más resistencia le opusiera, más tiempo se empeñaría el viejo en tenerme apretujado.
―Joder, abuelo, no seas más pesado y suéltame ya de una puñetera vez.
―Ay, Lovino, sigues siendo el mismo malhablado de siempre, ¿qué voy a hacer contigo? ―dijo sonriente separándose de mí, pero manteniéndome sujeto por los hombros―. ¿Es que no me has echado de menos ni un poco?
Sí que lo había echado de menos, es mi abuelo al fin y al cabo, pero no le daría el gusto de hacérselo saber así por las buenas, al igual que él no me hizo saber que se iría de vuelta a Italia durante un tiempo indefinido.
―¡Ja! ¿Quién demonios echaría de menos a un viejo pesado y medio chocho que se divierte obligándome a hacer cosas que no quiero y que además se larga de buenas a primeras sin decir una sola palabra?
―Así que estás molesto porque no te avisé antes de irme y por eso no quieres admitir que me has extrañado, ¿eh?
¡Agh! Cómo odiaba que diera en el clavo de esa forma, pero no, definitivamente no le daría la satisfacción de responderle. Me crucé de brazos, hinché las mejillas y volví la cara. Claro que eso a él le dio igual, soltando una estridente carcajada me empujó hacia sí para abrazarme de nuevo con fuerza mientras frotaba su barbilla contra mi cabeza.
―¡Yo también te he echado mucho de menos! Me aburría tanto sin escuchar tus protestas…
¡Joder, ni que yo me pasara el día entero quejándome por todo! Me revolví entre sus brazos consiguiendo zafarme del asfixiante abrazo de oso con el que me envolvía y lo encaré.
―Pues si querías escucharme haber llamado por teléfono más a menudo, que ni siquiera te has dignado a avisar que regresabas hoy.
―¡Quería daros una sorpresa! Así es mucho más emocionante, ¿no te parece?
Lo que me parecía es que era una excusa absurda. Bufé cruzándome de brazos y girando la cara otra vez, craso error por mi parte.
―¿Qué tienes aquí?
Acercó la mano a mi cuello. Me puse nervioso y se la aparté de un manotazo.
―¡NADA!
Sólo el chupetón que el idiota de Antonio me había hecho hacía casi una semana y que no terminaba de quitarse, porque antes de salir de su casa me aseguré de que no me había dejado nuevas marcas, llega a hacerlo y lo mato.
Completamente sonrojado, me coloqué bien el cuello de la camisa para que no se viera nada. El abuelo me dedicó una sonrisa de complicidad.
―Vaya ―me pellizcó la mejilla―… ya veo que no has estado perdiendo el tiempo en mi ausencia, ¿eh, picarón?
Me ruboricé todavía más si es que era posible. El abuelo me miró expectante, como si quisiera que le contara lo que había hecho durante esas tres semanas que estuvo fuera, pero no era ese precisamente un tema del que quisiera hablar con él, al menos por el momento, pues sin duda lo que había sucedido distaría mucho de lo que se imaginaba.
El abuelo pareció notar mi incomodidad y, antes de que me decidiera a huir de él escaleras arriba, cambió de tema a uno que, aunque él no lo supiera, estaba en la misma línea del anterior.
―¿Qué hacías aquí? ¿Estabas en casa de Antonio?
―Sí ―respondí sin pensar―… ¡NO! ―rectifiqué de inmediato, nervioso―. Estaba… estaba… bajé un momento… para hablar con él, pero… no me acordaba que… tenía que trabajar hoy, no está…
―Oooh, ¿Antonio no está? ―dijo alguien con voz somnolienta por detrás del abuelo―. Qué pena, tenía muchas ganas de verlo y hablar con él...
―Estoy seguro de que Antonio-san regresará tarde o temprano y entonces podrás hablar con él todo el tiempo que quieras, anata.
El viejo se echó a un lado y pude comprobar con sorpresa que no estábamos solos en el rellano, dos tipos muy raros nos observaban: uno era alto, musculoso, de ojos verdes y pelo castaño con un par de mechones más largos que el resto; el otro era bajito, de pelo negro corto y rasgos orientales; ambos llevaban varias maletas, además de un gato blanco enjaulado.
Miré de arriba abajo a aquellos dos hombres, ¿de dónde coño habían salido que ni siquiera los había oído llegar? Seguramente habrían escuchado toda mi conversación con el abuelo. Aunque lo que más me intrigaba era que decían conocer al bastardo, ¿de qué? Antonio no me comentó nada de que estuviera esperando visitas.
―Ah, sí, Lovino, se me olvidaba ―comentó el abuelo―, estos son Kiku y Heracles, mis invitados. Pasarán un tiempo en casa con nosotros.
―Hajimemashite ―el oriental dio un paso adelante, hizo una reverencia y me tendió la mano―, mi nombre es Honda Kiku y vengo de Japón, yoroshiku onegaishimasu.
―Ho-Hola ―le estreché la mano.
―Hola… encantado ―me saludó el otro con parsimonia levantando la mano―. No sabrás… por casualidad… a qué hora vuelve… Antonio de trabajar, ¿verdad?
―Pues imagino que a las dos ―dije molesto frunciendo el ceño, ¿por qué tenía tanto interés aquel tipo de aspecto somnoliento en ver al bastardo?
―Oh… todavía falta un buen rato… para que regrese…
―¡Continuemos subiendo pues! ―propuso el abuelo con alegría―. Luego habrá tiempo para saludarlos a todos. Lovino, ayúdales con el equipaje.
De mala gana me acerqué al tipo del corte de pelo raro y agarré la jaula del gato, al que se le erizaron los pelos, bufó y trató de arañarme por entre los barrotes. Maldito bicho, a mí también me cayó mal en cuanto lo vi, al igual que su dueño.
―Ten cuidado… con Sócrates, por favor... no le gustan… los movimientos bruscos…
Sonreí con malicia sin que me viera nadie, le lancé una mirada mordaz a esa bola de pelo, que seguía tratando sin éxito de alcanzarme con sus garras, y subí por detrás del abuelo y sus dos invitados balanceando la jaula lo más que podía, así aprendería ese monstruo peludo a no echarme cojones.
El abuelo entró en casa anunciando a voz en grito que estaba de vuelta y berreando el nombre de mi hermano, quizás esperando que éste apareciera corriendo desde cualquier punto de la casa para saltar a sus brazos, pero no obtuvo respuesta, todo estaba en completo silencio.
―Lovino, ¿dónde está tu hermano? ―preguntó extrañado.
―¿Y por qué demonios tendría que saberlo yo? ―dije molesto―. No soy su maldita niñera.
El abuelo me echó una mirada reprobatoria al más puro estilo de Roderich, pero no me dijo nada. Se fue pasillo adentro para ayudar a instalarse a sus invitados y yo le di la jaula con el estúpido gato a su dueño antes de que siguiera al viejo.
Me quedé solo en el salón pensando en la ausencia de Feliciano. Hacía dos días que no sabía nada de él, desde que salió huyendo de mí después de encararme con él tras mi encuentro con su querido amigo-amante el patatero musculoso. Supuse que estaría con él. Claro que el abuelo no sabía nada del tema y, teniendo en cuenta que el idiota de mi hermano siempre solía estar en casa a esa hora, no era de extrañar que le resultara raro que su adorado nieto menor no se encontrara allí.
El sonido de la llave girando en la cerradura anunció la llegada de Feliciano. Cruzamos nuestras miradas unos segundos, pero él la desvió primero agachando la cabeza y pasó por delante de mí sin pronunciar una sola palabra, parecía enfadado conmigo, ¿sería por cómo lo amenacé la última vez que nos vimos? Maldito imbécil, ni que le hubiera dicho nada ofensivo como hizo él cuando me dejó de lado en favor del patatero.
El abuelo salió al salón en ese preciso instante. Feliciano abrió los ojos ampliamente por la sorpresa y se lanzó sobre el viejo, que lo recibió con júbilo dándole besos y abrazándolo tan fuerte que incluso lo levantó del suelo. El japonés y el otro los miraban con curiosidad, yo en cambio me crucé de brazos observando aburrido aquella escena que tantas otras veces había visto ya.
―¡Nonno, cuánto me alegro de verte! ―dijo Feliciano con lágrimas en los ojos mientras el abuelo lo descargaba―. Te he echado muchísimo de menos.
―¡Y yo a ti, Feliciano~! ―le respondió el viejo revolviéndole los pelos―. ¿Dónde estabas metido, granujilla? He llegado y no te encontraba por ninguna parte.
―Vee~… estaba abajo en casa de Luddy ―acerté―. ¡No sabía que regresarías hoy!
―Quería daros una sorpresa, ¿lo he conseguido?
―¡Claro que sí!
El abuelo abrazó una vez más a Feliciano. Rodé los ojos, conociendo a esos dos seguro que se pasaban un buen rato en el mismo plan, así que decidí dejarlos solos, ya me estaban cansando. Sin embargo, el viejo me lo impidió. Me agarró del cuello de la camisa y tiró de mí atrapándome entre su torso y su brazo del mismo modo que tenía sujeto a mi hermano.
―¡Agh, suelta ya, pesado! ―me quejé forcejeando.
―¡Qué alegría me da estar de vuelta con mis dos queridísimos nietos!
Haciendo caso omiso de mi queja, el abuelo nos estrechó aún más contra él, provocando que el idiota de mi hermano y yo cruzáramos nuestras miradas, nos volvimos la cara. El viejo relajó entonces su agarre y aproveché para huir a mi habitación antes de que me encargara alguna tarea absurda como siempre hacía, ya tendría tiempo más adelante para eso.
Durante la tarde se produjo un constante desfile de gente en casa, la mayoría de los inquilinos del abuelo se habían enterado de su vuelta y subieron a darle la bienvenida. Lo que no sabían era que el japonés y el otro, que resultó ser griego, se encontraban allí también, llevándose una sorpresa, ya que ambos eran viejos amigos de todos los del bloque. Eso sí, el maldito griego parecía tener alguna clase de malsana obsesión con el bastardo, pues no dejó de preguntar por él a todo el que llegaba, ¡me estaba sacando de quicio!
Y es que Antonio no apareció por casa hasta muchísimo más tarde que el resto y no precisamente porque se hubiera enterado de las nuevas noticias. Cuando el timbre sonó por enésima vez en lo que iba de día, yo, suponiendo que se trataba del bastardo, me levanté del sillón y fui diligentemente a abrirle la puerta, pero el abuelo se me adelantó.
―¡Hola, Lo…! ―Antonio se calló y abrió muchísimo los ojos por la sorpresa―. ¡ROMU!
Sin pensárselo dos veces, el bastardo abrazó a mi abuelo quien, como no podía ser de otra forma, no dudó en corresponderlo.
―Ya me estaba empezando a extrañar de no verte aparecer por aquí ―le dijo el abuelo al separarse de él―. ¿Cómo estás, muchacho?
―Muy bien, pero… ¡no tenía ni idea de que hubiese vuelto! ―si es que a despistado no le gana nadie―. Yo venía a buscar a Lo… ¡Ostras, Kiku!
Antonio se percató de la silenciosa presencia del japonés, que se acercó a la puerta en cuanto sonó el timbre para recibir a la nueva visita como llevaba haciendo toda la tarde. El bastardo se fue hacia él sonriendo y lo estrechó entre sus brazos, aunque el oriental negaba con la con la cabeza y no parecía estar muy cómodo ante aquella demostración de afecto.
―Nunca terminaré de acostumbrarme a estas efusivas muestras de cariño europeas ―comentó el japonés cuando fue liberado―. Me alegro de verle, Antonio-san, ¿cómo se encuentra?
―Joder, Kiku, con la de años que hace ya que nos conocemos y todavía me sigues tratando de usted, llámame Antonio a secas, hombre, que hay confianza.
―¡¿Antonio?!
El griego, que hasta entonces dormía como un lirón en el sofá, se levantó de un salto al reconocer la voz del bastardo, quien nada más verlo amplió muchísimo su sonrisa. Se aproximaron el uno al otro rápidamente para abrazarse estrechamente mientras se daban palmadas con vigor en la espalda el uno al otro y besos en la cara, ¡qué molesto!
―Qué alegría… de verte, Antonio ―dijo el maldito griego sin separarse de MI novio.
―Y que lo digas, ¡menudo día de sorpresas!
―Estaba impaciente ―se separaron por fin pero continuaban sujetándose los brazos y muy cerca el uno del otro―… por verte para… hablar contigo de… algo importante…
―¡Pues tendrá que ser en otro momento! ―lo interrumpí yo agarrando al bastardo y tirando de él hacia la puerta―. Antonio ha venido a buscarme a MÍ y nos vamos YA o me hará llegar tarde al trabajo.
―Pero, Lovi, todavía es temprano…
―¡Nos vamos YA!
―Antonio, agradezco que cuides tanto de Lovino ―intervino el abuelo. Me puse nervioso, joder, me había puesto celoso delante suya―, pero no deberías ceder ante todas sus exigencias o acabará malacostumbrándose…
―Si no es nada, Romu ―le respondió riendo y me revolvió el pelo―, además para mí no es ninguna molestia.
Conduje al bastardo hacia la puerta dándole pequeños empujones, así no se detendría cada vez que alguien le hablara.
―Lo siento, Heracles, dentro de un rato cuando vuelva hablamos con más calma. ¡Hasta lue…!
Cerré de un portazo en cuanto atravesamos el umbral. Ese maldito griego y las confianzas que se gastaba con el bastardo habían conseguido cabrearme. Dejé a Antonio de lado dispuesto a bajar las escaleras, pero me tomó del brazo con fuerza girándome hacia él para besarme hasta dejarme sin aire.
―Llevaba todo el día deseando hacer esto ―susurró sobre mis labios.
No tuve tiempo de recuperar el aliento cuando ya tenía otra vez su boca pegada a la mía. Me dejé llevar, rodeé su cuello, correspondiéndole, hasta que me percaté de que estábamos en la puerta de casa y que cualquiera podría salir y vernos. Muy sonrojado, aparté a Antonio de un empujón y lo insté a marcharnos.
Como sobraba un poco de tiempo antes de que entrara a trabajar, nos dirigimos en primer lugar a la heladería, Antonio me invitó, y desde allí caminamos tranquilamente hacia el restaurante.
―¿Sabes una cosa, Lovi? ―preguntó ilusionado mientras andábamos.
―¿Qué?
―¡Me han vuelto a llamar del centro comercial para trabajar la semana que viene!
Sonreí ligeramente. Me alegraba por Antonio, que consiguiera un trabajo implicaba que estaba un poco más cerca de conseguir su sueño, pero por otro lado me hacía sentir un poco inquieto, maldición, si es que me había acostumbrado muy rápido a tenerlo siempre pegado a mí y ahora tendríamos que pasar una semana entera sin apenas tiempo para vernos.
―¿En qué piensas, Lovi?
―En los pobres críos a los que traumatizarás cuando consigas abrir la guardería.
―Qué malo eres ―hizo un puchero y me pinchó la mejilla con el dedo.
―Idiota ―le di un manotazo―, encima que te estoy dando ánimos…
El bastardo meditó un momento sobre lo que le había dicho, sonrió. Me agarró por la cintura desde atrás, atrayéndome hacia él, y me besuqueó en la mejilla como agradecimiento, poco le importaba hacerme pasar vergüenza en mitad de la calle. Tuve que forcejear un poco para que me soltara, aunque no conseguí apartarlo de mí, me echó el brazo sobre los hombros.
―Dime, Lovi, ¿quieres que te malacostumbre un poco más viniendo luego a recogerte?
―¿Acaso te estás cachondeando de lo que ha dicho mi abuelo, bastardo?
―No, ni se me ocurriría, pero ―bajó la voz y se acercó a mi oreja―… realmente a mí no me importaría que te malacostumbraras a todo lo que haces conmigo…
Además de utilizar un tono de voz tan sensual que me erizó la piel, el maldito Antonio hizo que rememorara lo sucedido la noche anterior consiguiendo que mis mejillas se tiñeran del rojo más intenso.
―E-Eres un maldito pervertido, ¿lo sabías?
―Pero así es como te gusto.
Cuando estaba a punto de replicarle por dicha afirmación, porque por nada del mundo admitiría que tenía razón, el muy bastardo me impidió hablar al besarme profundamente consiguiendo que me olvidara de lo que le iba a decir.
―Entonces, ¿quieres que venga a por ti o no? ―me dijo al separarnos―. No me has respondido.
―¿A ti qué te parece, bastardo? ―rodé los ojos―. No es demasiado difícil de adivinar, piensa un poco.
Sonrió, me besó nuevamente y se marchó.
Me pasé toda la tarde dudando de si Antonio habría captado mi indirecta, a veces no se enteraba de nada, pero, por suerte para mí, me esperaba sonriente con su moto en el callejón cuando terminé el turno.
Nos dirigimos hacia el pub en el que Antonio y sus dos amigos del alma, el gabacho y el macho albino, habían quedado. Por alguna razón que desconocía, el bastardo parecía más sonriente que de costumbre, lo cual me inquietaba un poco, algo tenía que haberle ocurrido para que se mostrara así.
―¡Por fin llegaron los tortolitos! ―gritó el albino desde la barra―. Creíamos que os entretendríais en vuestras cosas y llegaríais mucho más tarde.
―¡No digas tonterías, imbécil!
―Por la cara de absoluta felicidad con la que lleva notre cher ami Antonio durante todo el día, yo diría que fue anoche cuando se lo pasaron bien…
Mi cara se tiñó de rojo.
―No te lo voy a negar ―golpeé al bastardo en el brazo por afirmar ese tipo de cosas, él se rio y me abrazó por detrás―, pero resulta que el simple hecho de estar con mi Lovi ya hace que me lo pase bien y que, por lo tanto, sea feliz.
Me besó en la mejilla. Me puse todavía más colorado por su culpa, ¿cómo podía decir y hacer cosas tan vergonzosas con tantísima facilidad? El francés y el albino nos miraron con sorna y separaron a Antonio de mí echándome los brazos sobre los hombros en lo que parecía una actitud amistosa y cómplice.
―Ooh, así que nuestro fantástico amigo Toño ha conseguido conquistarte en todos los sentidos de la palabra, ¿eh, chaval?
―Espero que mon cher Antonio se portara contigo como es debido y consiguiera dejarte satisfecho, mon petit.
Si lo que pretendían ese par de salidos era que el color rojo no abandonara mis mejillas, lo estaban consiguiendo, que me preguntaran por lo que hicimos Antonio y yo la noche anterior resultaba muy vergonzoso para mí.
―Y si no lo consiguió ―añadió el francés cerca de mi oreja―, ya sabes dónde puedes encontrarme, mon petit, yo te daré todo el amour que necesites.
Con eso ya un escalofrío me recorrió toda la espalda y me puso los pelos de punta. Menos mal que Antonio me rescató de entre los brazos de los dos pervertidos que tiene como amigos para atraparme nuevamente entre los suyos.
―Ya vale, chicos, que estáis molestando, y mucho, a mi Lovi.
―Pero si sólo nos estábamos interesando por vuestra relación, mon ami.
―Y hablando de eso, chaval, ¿cómo se ha tomado la noticia tu abuelo?
¡Maldición! ¿Por qué? ¿Por qué de entre todos los temas de conversación posibles esos dos malditos idiotas habían tenido que ir a escoger, en primer lugar, el que más vergüenza me daba y, en segundo, uno que prefería evitar por el momento?
Permanecí en silencio, los tres me miraban expectantes, Antonio el que más, esperando mi respuesta.
―Pues… bueno yo… todavía no se lo he dicho ―el bastardo pareció decepcionarse un poco―. Pero porque no he encontrado un buen momento para hacerlo, joder ―añadí rápidamente, Antonio sonrió―. Así que más vale que no se os ocurra soltarle nada de esto antes de que se lo haya contado, esto es cosa mía y me corresponde a mí decírselo, ¿entendido?
―Claro que sí, Lovi ―sonrió Antonio―, tienes toda la razón. Y Gil y Fran también están de acuerdo, ¿verdad?
Les echó una mirada amenazadora y los otros dos asintieron repetidas veces con nerviosismo.
―Cambiando de tema, Toño, ¿subiste a hablar con Heracles? ―me tensé al escuchar el nombre del griego―. Esta tarde parecía increíblemente ansioso por verte y contarte algo importante.
―¡Claro que sí~! ―respondió felizmente.
―¿Y qué mierda era lo que quería al final ese maldito griego? ―pregunté cabreado.
―Vaya, vaya ―el francés sonrió de lado―, parece que a notre petit Lovino le atacan los celos…
―¡YO NO ESTOY CELOSO!
―Kesesese… Anda que no, chaval, si te has puesto tieso como un gato cuando se siente amenazado en cuanto hemos nombrado al griego.
―Tú no eres el más indicado para hablar, así que mejor cierra el pico, patatero ―me defendí―, que te habrías liado a golpes con Roderich el otro día de no ser porque tu novia te dejó KO de un sartenazo.
―¡Eso no fue por celos sino porque ese señoritingo estirado se lo merecía!
―Ya, claro…
―Si tanto miedo tienes de que el austriaco intente recuperar el amour de la doctorcita lo que deberías hacer es echarle un par de huevos y declararte de una vez por todas en lugar de huir cada vez que se te acerca, cher.
―¡Alguien tan asombroso como yo nunca huye! Simplemente me pongo a salvo de ella, que últimamente tiene la mano muy larga y la puntería muy fina… ¡Y dejemos el tema ya! Que estábamos hablando de los celos que el chiquitín le tiene al griego.
―¡Chiquitín lo será tu padre!
―¿En serio tienes celos de Heracles, Lovi? ―intervino Antonio. Me crucé de brazos y desvié la mirada al suelo―. Pero, ¿por qué? No lo entiendo, si él lo único que quería era hablar conmigo para pedirme que sea testigo en su boda.
―¡¿QUÉ?!
―Me parece que notre petit Lovino no tenía ni idea de que Heracles se fuera a casar.
―¿Y cómo coño iba a saberlo si acabo de conocerlo hoy mismo y lo único que ha hecho desde que llegó ha sido dormir y preguntar una y otra vez por este bastardo?
―Realmente él y Kiku son muy discretos y no suelen demostrar su amour en público, así que es lógico que, si nadie te lo ha dicho, no supieras ni intuyeras nada, cher.
―Él y… ¡¿Kiku?!
Así que el griego somnoliento era pareja del japonés y en realidad no quería nada con Antonio… De pronto ya no me caía tan mal, pero no terminaba de fiarme de él, era como el francés, se tomaba demasiadas confianzas con el bastardo. Además me costaba imaginarlo como novio del oriental, parecían demasiado diferentes el uno del otro.
Continuaron hablando de aquella extraña pareja intercontinental y planeando la mejor forma de celebrarles una despedida de solteros que se calificara como épica. Aunque fuera un tema que no me interesara lo más mínimo, lo prefería en lugar de que me acosaran con preguntas demasiado personales a las que no quería contestar y a las que el idiota de Antonio había dado pie. Ese maldito bastardo me las iba a pagar, esa misma noche concretamente.
―¿A dónde vas, Lovi? ―me preguntó extrañado cuando pasé de largo de la puerta de su apartamento―. ¿No te quedas conmigo a dormir?
―No ―respondí escuetamente deteniéndome.
―¿Por qué no?
―Porque no me apetece ―mentí sin mirarle.
―Venga, quédate conmigo ―rogó.
―Te he dicho que no, así que no insistas.
―Joo~… yo que quería dormir abrazadito a ti…
Ya empezaba con las cursilerías otra vez. El muy idiota no se había dado cuenta de que estaba molesto con él.
Subió los dos escalones que nos separaban, se puso delante de mí y me besó suavemente en los labios.
―Si cambias de opinión no tienes más que llamar.
Y se metió en su casa.
Me quedé boquiabierto mirando durante unos segundos la puerta por la que el idiota de mi novio había desaparecido y subí a casa todavía más molesto de lo que ya estaba, no sé si porque el bastardo no había notado mi enfado, porque no había insistido tanto como esperaba o por lo seguro que parecía de que yo cambiaría de opinión.
Cerré ambas puertas, la de entrada y la de mi habitación, de un portazo, poco me importaba que fueran las cuatro de la madrugada y pudiera despertar a alguien, estaba de mal humor.
Me desvestí y cuando fui a meterme en la cama me topé con una desagradable sorpresa, estaba ocupada por el maldito gato del griego que dormía profundamente entre MIS sábanas. Agarré al animal para echarlo de mi cuarto, se despertó de un susto y se revolvió entre mis brazos, arañándome. Lo dejé caer y volvió a recostarse en mi cama.
―Maldito bicho asqueroso, ¡largo de aquí!
Lo cogí con fuerza, evitando que se me escapara a pesar de lo mucho que se agitaba, y lo eché al pasillo cerrando la puerta rápidamente, aunque no lo suficiente porque aquel jodido gato se coló dentro pasando por entre mis piernas y se adueñó de mi cama nuevamente, el maldito no se rendía fácilmente. Se puso en posición de ataque, con los pelos del lomo erizados, y me clavó las uñas un par de veces cuando me acerqué para agarrarlo de nuevo.
Desistí de la idea de echar a la bola de pelo.
En lugar de irme a dormir a cualquier otra habitación de la casa como podría haber hecho, bajé hasta el segundo piso y llamé a la puerta de Antonio, si es que en realidad quería pasar la noche con él. Esperé con los brazos cruzados y los cachetes hinchados hasta que me abrió sonriendo estúpidamente.
―Así que has cambiado de opinión…
―No, es que el maldito gato del idiota de tu amigo se ha apropiado de mi cama y tienes que darme asilo.
Antonio se echó a reír.
―¿De qué cojones te ríes, bastardo?
―¿Qué clase de excusa es esa?—dijo entre risas. Me ruboricé un poco, realmente lo que le había dicho sonaba poco creíble, aunque fuera cierto―. No tienes que inventar nada para venirte conmigo.
Y antes de que pudiese responderle, me tomó del brazo, tiró de mí hacia dentro y cerró la puerta mientras me besaba.
Era más de mediodía cuando entré en casa de la forma más sigilosa posible, esperaba que nadie se hubiera percatado de mi ausencia, al fin y al cabo siempre me levantaba muy tarde los fines de semana.
―¿Te parece que la una de la tarde es una hora apropiada de aparecer por casa después de haberte ido ayer por la tarde?
Me quedé paralizado al escuchar la voz del abuelo, que estaba sentado en el sofá de espaldas a mí, ¿cómo se había dado cuenta de que acababa de llegar? Se levantó y se me acercó con gesto serio, ya me esperaba una reprimenda, pero en lugar de eso me pellizcó las mejillas y comenzó a reírse.
―Así que andas de escarceos amorosos, ¿eh, picarón?
―Cla-Claro que no ―me puse nervioso y sonrojado, no me sentía capaz de decirle todavía lo de Antonio―. N-No digas tonterías, si regresé anoche, lo que pasa es que he tenido que bajar un momento a… a la casa del bastardo a devolverle... una cosa que me había prestado…
―Sí, sí, ¿crees que nací ayer, Lovino? ¿Piensas que por haber llegado de madrugada armando follón no me iba a enterar de que te marchaste al rato para pasar la noche fuera y no has vuelto hasta ahora? ―mierda, el viejo me había descubierto―. Pero dime, ¿es la misma que te dejó esa marca en el cuello o es otra distinta?
Me ruboricé más todavía, ¿pero cómo podía mi abuelo seguir insistiendo en lo mismo y haciéndome ese tipo de preguntas? Resultaba demasiado embarazoso.
―¡No es lo que piensas, joder! ―me aparté de él―. ¡Déjame!
―Está bien ―suspiró dándose por vencido―. Anda, ve a ayudar a tu hermano en la cocina con el almuerzo, que pronto llegarán los invitados.
―¿Invitados? ¿Qué invitados?
―Pues los inquilinos, ¡vamos celebrar mi regreso!
Genial, volvían los almuerzos en compañía de todos los del bloque, como el turrón en Navidad. Eso significaba no sólo tener que soportar obligatoriamente la presencia de mi hermano sino también la del macho patatas y la del tulipán, ¡menuda tortura! Y lo peor es que no me podría escaquear, el abuelo no me lo permitiría por más que protestara.
De lo que sí que me escaqueé fue de ayudar a Feliciano, ni siquiera pisé la cocina y el viejo ni se enteró, pero me tocó recibir a los invitados, que no tardaron en llegar. El último en aparecer, como no, fue el bastardo, al que recibí golpeándole en el brazo.
―Idiota, ¿por qué demonios no me avisaste de que hoy almorzaríamos todos juntos aquí?
―Pensé que ya lo sabías, Lovi ―se sobó el brazo―. Tu abuelo nos avisó a todos ayer por la tarde.
Gruñí, el maldito viejo no me comentó nada hasta el último momento.
En el comedor los demás nos esperaban ya en la mesa. Me senté junto al abuelo (en presidencia) y Antonio a mi lado. Frente a mí estaba Feliciano, junto al idiota del macho patatas. Mi hermano y yo cruzamos una mirada e instantáneamente nos volvimos la cara.
―Bueno, contadme ―dijo el abuelo mientras se servía―, ¿cómo han ido estas tres semanas en mi ausencia?
―Sin comentarios ―dijo el tulipán.
―Raras ―comentó Emma, me sentí un poco mal por ella.
―Muy agitadas ―dijo el macho patatas llevándose una mano a la frente.
―¡Tan asombrosamente bien como de costumbre! ―dijo el albino enérgicamente. Eli le echó una mirada asesina.
―Siempre que no nos refiramos a ti ―soltó la húngara con malicia.
―Sin duda l'amour impregnaba el aire de todo el edificio…
El abuelo me miró sonriendo de lado, como si las palabras del gabacho se refirieran única y exclusivamente a mí.
―Bueno, el amor también impregna el ambiente en estos momentos ―añadió Antonio acariciándome la pierna con disimulo por debajo de la mesa―, al fin y al cabo Heracles y Kiku están aquí para celebrar su boda.
―¡Cierto! Tenemos que celebrar la despedida de solteros más increíblemente asombrosa que se haya visto jamás en esta ciudad.
Suspiré aliviado, la intervención del bastardo había conseguido desviar el tema por completo, pues el abuelo parecía realmente interesado en participar activamente de esa juerga que querían preparar, típico de él. No obstante, en mitad de aquella tormenta de ideas en la que intervenía, al viejo le cambió la expresión de la cara y se volvió hacia mí para decirme una gran estupidez.
―Lovino, ¿no te parece que somos muchos en la mesa? ¿Nos has contado?
―Vee… ¿Y por qué nos tendríamos que contar?
―Joder, déjate de supersticiones absurdas, no pasaría nada si fuéramos trece ―le dije molesto e hice el recuento―. Pero puedes respirar tranquilo, sólo somos doce. Aunque ―fijé mi mirada en Feliciano―… para que haya un maldito traidor en la mesa tampoco hace falta que seamos trece.
―Se acabó ―el viejo golpeó la mesa―. ¡Disculpad!
De pronto, el abuelo se puso en pie y allí mismo, sin importarle que todos sus invitados estuvieran delante, nos agarró a Feliciano y a mí a cada uno de una oreja obligándonos a levantarnos.
―¡VEEEE!
―¡IIIIIIH!
―Venid conmigo los dos ―tiró de nosotros.
―¡Suelta, joder, suelta! ―dije con lágrimas en los ojos.
―¿Acaso preferís que os agarre del rizo?
―¡NO! ―gritamos Feliciano y yo a la vez llevándonos las manos instintivamente a aquella zona tan sensible. Todos se nos quedaron mirando.
El abuelo no nos soltó hasta llegar a su despacho. Cerró la puerta y se apostó delante de nosotros con los brazos cruzados y el semblante muy serio. Tragué saliva con miedo, el viejo se veía realmente enfadado, mucho más que en otras ocasiones.
―Ya me he cansado de esta actitud que os traéis entre vosotros, ¿se puede saber qué demonios ha pasado aquí?
Me crucé de brazos, hinché los cachetes y desvié la vista al suelo. Por su parte, Feliciano empezó a lloriquear.
―¡HABLAD! ― exigió golpeando el escritorio, nos encogimos de miedo.
―Ve… ve… mi fratello y yo nos peleamos ―el viejo necesitaba saber más―… mi… mi fratello se enfadó conmigo porque… ve… me quedé a dormir en casa de Luddy una noche y él no quería… ve… y bajó a buscarme de madrugada… ve… pero yo no me quise ir y nos peleamos… y desde entonces no me habla…
―¡Maldito idiota mentiroso! ―le grité. Él se encogió y lloró más todavía―. ¡Sabes bien que eso no fue así!
―¡LOVINO! ―me llamó la atención el abuelo―. Cálmate y cuéntame lo que ocurrió según tú.
―¿Para qué?
―Quiero escuchar tu versión.
Escuchar mi versión… Cuando de pequeños Feliciano y yo nos peleábamos y él acababa llorando, porque siempre ha sido y será un llorica, mi madre también quería escuchar mi versión de lo ocurrido, sólo para hacerme gastar saliva inútilmente puesto que lo único que importaba era que yo había hecho sufrir a mi hermano pequeño, siempre se ponía de parte de Feliciano. Todo el mundo se ponía de su parte.
―Este idiota…
―No tienes porqué faltarle al respeto a tu hermano para contarlo.
―… me avisó de que se quedaría en casa del macho patatas, yo le dije que no lo hiciera, pero no me hizo caso y cuando volví del trabajo no lo encontré, me enfadé y bajé a buscarlo, pero se negó a venir conmigo y me soltó que ―tragué con dificultad, me dolía recordarlo―… ¡me soltó que prefería quedarse con ese maldito patatero antes que conmigo! Pues ahora que se largue con su querido amigo el musculoso y a mí que me deje en paz, ¡no lo necesito!
―¡BASTA! No pienso seguir tolerando este comportamiento entre vosotros. Para empezar, Feliciano, ¿cómo demonios pudiste decirle una cosa así a tu hermano? Me da igual que os estuvieseis peleando, ¿no te has dado cuenta de lo hiriente que resulta?
―Vee… pero… vee… ―lloriqueó―… pero él siempre me está diciendo cosas así, que soy molesto… que soy un pesado… que me odia…
―Lovino tiene que aprender a medir sus palabras, pero eso no justifica que tú hagas lo mismo ―lo regañó―. No me esperaba esto de ti ―dijo decepcionado.
Unas gruesas lágrimas recorrían la cara de Feliciano, no estaba acostumbrado a ser el que recibiera las riñas.
―En cuanto a ti, Lovino, llegar a este extremo se podría haber evitado si te comportaras de mejor manera con tu hermano y…
―¡¿QUÉ?! Debes estar de broma, ¿no? ―empecé a temblar de furia―. Tengo que quedarme con él, vigilarlo, cuidarlo y todo lo que haga falta para que esté bien y encima la culpa de que el muy imbécil decida dejarme de lado en favor de un maldito patatero… ¡¿es mía?!
―No, Lovino, lo que venía a decir, y no me has dejado terminar, es que esta rencilla tendría que haber encontrado su fin apenas ocurrió. Feliciano hizo mal, pero tú te has cerrado en banda y no has querido solucionar el problema. Sois hermanos, debéis comportaros y llevaros bien el uno con el otro.
―Ya, claro, cómo no ―lo interrumpí nuevamente―. Al final, por una razón o por otra, la culpa de todo es mía, ¡qué novedad!
No lo soportaba más. Me volví enfadado y caminé hacia la puerta que, al abrirla, hizo que se cayeran al suelo casi todos los presentes en el almuerzo (salvo el tulipán y el griego que se quedaron en la mesa), los muy cotillas habían estado espiando toda la conversación. Pasé por encima de ellos ignorando al abuelo, que me llamaba una y otra vez ordenándome que regresara.
Salí de casa y me quedé esperando en los escalones del segundo piso a que Antonio se decidiera a bajar, necesitaba desahogarme con alguien. Pero el muy bastardo tardaba muchísimo en aparecer y quien lo hizo en su lugar no fue otro que el tulipán.
―Los hermanos pequeños resultan un fastidio a veces ―dijo encendiéndose un cigarro y echándose sobre su puerta―, no se dan cuenta de lo que se hace por ellos.
―Tendrás tú mucho de lo que quejarte con tu hermana.
―No, pero sé de lo que hablo, al final las responsabilidades siempre recaen sobre el mismo ―me sostuvo la mirada, parecía que trataba de darme ánimos―. Claro que algunos las aceptamos y otros, en cambio, se comportan como críos y hacen berrinches por no aceptarlas.
Típico en él, tenía que poner la puntilla y criticarme.
Puesto que el tulipán no se iría hasta que yo no lo hubiera hecho, decidí largarme de allí y caminé sin rumbo fijo por las calles del centro. Era una situación muy similar a la de cuando llegué a España, con la diferencia de que en esta ocasión ya conocía las calles y llevaba encima tanto mi móvil como mi cartera.
Sin darme apenas cuenta, llegué a casa de Roderich (la fuerza de la costumbre), de cuyo portal estaba saliendo Lilly, que se quedó un poco sorprendida al verme, pero me sonrió dulcemente y me saludó.
―No me digas que ese estirado austriaco te obliga a venir a ensayar incluso los domingos.
―Algo así ―dijo con una tierna risilla―. ¿Y tú qué haces por aquí?
―Me he perdido…
―Mentiroso. ¿Qué te ocurre? No tienes buen aspecto, ¿te ha pasado algo?
La perspicacia de Lilly se hizo notar, se dio cuenta apenas verme de que algo no iba precisamente bien. No me apetecía hablar en mitad de la calle, de modo que nos encaminamos a una heladería cercana y nos sentamos en una de las mesas del interior tras pedir un par de granizados de limón.
―¡O sea, como que no me lo puedo creer! ―gritó una voz cerca de mí―. ¡Pero si es mi camarero favorito!
Me giré y me topé de lleno con aquel rubio estrambótico amigo del tulipán, que se acercó a nosotros como si fuéramos conocidos de toda la vida.
―O sea, lo que son las casualidades, tipo, como que yo apenas si vengo al centro y un día que lo hago te encuentro aquí, precisamente en la misma heladería que yo. O sea, como que dime que esto no es cosa del destino, tipo, si es que llevo toda la semana pidiéndole a Govertín tu número para poder quedar contigo y, o sea, como que no ha querido dármelo, pero al final como que no ha sido necesario.
Lilly y yo nos quedamos mirando al recién llegado sin saber qué decir exactamente. Él nos devolvió la mirada sonriendo y pareció caer en la cuenta de algo.
―Ay, o sea, pero qué maleducado que soy ―se encogió un poco avergonzado―. Perdona, no nos conocemos ―se dirigió a Lilly y le tendió la mano―, mi nombre es Feliks Łukasiewicz, encantado.
―Un placer, yo soy Lilly. ¿Eres amigo de Lovino?
―¡Qué va! ―respondí yo―. Si sólo nos hemos visto una vez…
―Pero, o sea, como que me caíste muy bien.
―Eres amigo del tulipán, comparado con ese mastodonte con mala leche cualquiera te puede parecer simpático.
―Y, o sea, como que además tienes un sentido del humor muy fino. No os importa que me siente aquí con vosotros, ¿verdad? ―no sé ni para qué preguntó, se sentó antes de que le contestáramos―. ¿De qué hablabais?
En principio no quise hablar con el tipo rarito aquel delante, pero después de un rato charlando entre los tres de temas banales, sentía que necesitaba desahogarme de lo que me pasaba con urgencia, así que les conté todo lo ocurrido con Feliciano.
―O sea, tipo, como que tu hermanito te estaba pidiendo a gritos que le dieras un poco de espacio.
―¡¿Qué?! Pero si es él el que siempre está encima de mí.
―No te lo discuto, pero a veces los hermanos mayores no os llegáis a dar cuenta de lo sobreprotectores que os volvéis, aunque eso no justifica que tu hermano utilizara esas formas para hacértelo saber.
―O sea, sí, tienes razón, pero realmente como que no hay una buena manera de decir una cosa así. Mirad, yo como que no tengo hermanos, pero, o sea, tengo un amigo al que quiero muchísimo, se llama Toris, es súper amigo mío, éramos como uña y carne, no había quien nos despegara, hasta vinimos a España juntos y…
―Feliks ―lo corté―, al grano, joder.
―Vale, o sea, no hace falta que te pongas como Govertín ―lo miré con odio―. El caso es que mi amigo se enamoró y pues como que empezó a distanciarse un poco de mí. O sea, no era mucho distanciamiento, pero cuando le propuse que nos volviéramos a España pues él como que me dijo que prefería quedarse en Lituania con su amada, esa maldita putirrusa loca ―comentó en voz baja con cierto odio―. A mí aquello como que me sentó fatal, me enfadé un montón, pero, o sea, como que Toris es mi amigo y yo tenía que aceptar la decisión que había tomado, aunque se hubiera equivocado. Así que, o sea, volviendo a lo tuyo, da igual la forma de la que te hubiera dicho eso tu hermano, te habría sentado mal igualmente.
―Pero Lovino tiene razón al enfadarse, su hermano le hizo un desprecio muy grande. A mí no se me ocurriría ni por asomo decirle una cosa así a mi hermano.
―O sea, grandes o pequeños, los desprecios siempre duelen, más todavía si son de alguien cercano. Pero, o sea, como que tienes que superarlo, sólo conseguirás amargarte si lo único que haces es pensar una y otra vez en eso.
―Ya, claro, ¿y qué hago?
―Supongo que lo mejor que puedes hacer es hablar con tu hermano y aclarar las cosas. A pesar de lo que te dijo, seguramente esta situación también le esté resultando tan difícil de llevar como a ti.
Feliks asintió con solemnidad ante las palabras de Lilly.
Permanecí en silencio pensando en lo que me habían dicho ambos hasta que sentí mi teléfono vibrar en mi bolsillo. Había recibido un mensaje de Antonio preguntándome por mi paradero, parecía preocupado, así que le respondí de inmediato.
―¿Es Antonio quien te ha escrito? ―preguntó Lilly.
―¿Cómo lo sabes?
―Al mirar el móvil has sonreído igual que el otro día que nos lo encontramos en la calle. ¿Cuánto tiempo lleváis juntos?
―¡¿Cómo demonios te has enterado?! ―me levanté de la sorpresa. Lilly se rió.
―Además de por tu sonrisa por otros pequeños detalles que observé el otro día ―dijo como si nada.
Aquello me dejó boquiabierto, Lilly era tremendamente observadora. No es que mi relación con Antonio fuera un secreto (salvo para el abuelo por el momento), pero tampoco es que yo lo fuera pregonando por doquier, al contrario de lo que hacía el bastardo cada vez que tenía ocasión.
―O sea, tipo, no me digas que tienes novio ―asentí despacio. Feliks suspiró―. ¡Qué pena! Has dicho que se llama Antonio, ¿no? ―estiró el brazo hacia delante―. No será el mismo Antonio que acaba de entrar, ¿verdad?
Me giré y, efectivamente, allí estaba Antonio. Por lo poco que tardó en llegar y lo acalorado que parecía, debía haber venido corriendo. En cuanto me vio, se abalanzó sobre mí para abrazarme, estaba chorreando en sudor.
―¡Suelta, joder! ―me quejé―. Me estás empapando.
―No te imaginas lo preocupado que estaba por ti. Creí que te podría haber pasado algo, la última vez que te marchaste así de tu casa acabaste desmayado entre mis brazos…
―¡Idiota! ―dije golpeándole y escondiendo mi cara sonrojada en su hombro, recordar aquel momento me resultaba algo vergonzoso.
Lilly y Feliks nos miraban embelesados y sonrientes.
―¡Qué romántico!
―O sea, como que hacen una pareja ideal.
Antonio se percató de que teníamos espectadores y los saludó efusivamente, especialmente a Feliks, antiguo inquilino del bloque del abuelo al que hacía mucho que no veía. Se sentó a la mesa con nosotros tres, invitándonos a una nueva ronda de granizados.
―¡Uy! Casi se me olvida ―de repente Antonio se llevó la mano a la frente y sacó el teléfono―, tengo que avisar a tu abuelo de que te he encontrado.
―Oye ―le dije en voz baja―… ¿está muy enfadado el viejo conmigo?
―Claro que no ―me dedicó una sonrisa tranquilizadora―. Estuve hablando con él y le conté lo afectado que estabas por lo ocurrido con Feli. No está enfadado, lo único que quiere es que solucionéis este problema y volváis a llevaros bien.
Sí, yo también quería zanjar ese tema, sobre todo después de mi conversación con Feliks y Lilly. Pero no fue hasta el día siguiente cuando pude hablar con Feliciano, porque el resto de la tarde lo pasé con Antonio y después trabajando.
Esperé a que se levantara de la siesta (yo almorcé y eché la mía con Antonio) y me colé en su habitación de improviso, sin molestarme en llamar a la puerta siquiera. El muy idiota se asustó al verme y se escondió detrás de la cama mientras me rogaba una y otra vez que no le hiciera daño.
―Idiota, sal de ahí, que no te voy a hacer nada.
―¿De verdad?
―Que sí, joder ―suspiré y me senté en la cama―, sólo quiero que hablemos y…
―Perdóname, fratello ―me interrumpió y comenzó a moquear conforme se acercaba a mí―. Ve… yo… ve… te dije algo horrible… ve… no sé en qué pensaba… ve… y no creí que fuera tan grave… por eso no entendía que… que siguieras tanto tiempo enfadado… ve… pero… pero… tú siempre estás cuidando de mí… y… y yo te hice algo horrible… y… y… ¡perdóname, fratello, per favore!
Feliciano rompió a llorar desconsoladamente, no soportaba verlo así.
―¡Arg! Deja de llorar de una maldita vez, idiota, no seas tan nenaza ―se contuvo un poco―. Que sepas que lo que me dijiste fue una puñalada trapera, pero ―miré hacia otro lado―… yo… entiendo que quieras ser… un poco más independiente de mí y… no te odio ni nada de eso, aunque te lo diga siempre, ¡ya deberías saber que no es verdad! ―Feliciano dejó de llorar y abrió mucho los ojos―. Eso sí, como se te vuelva a ocurrir hacerme una cosa así, ¡te obligaré a comer un bote entero de marmite!
―¡Te juro que no lo volveré a hacer más! ―se me lanzó al cuello y se aferró a mí con fuerza. Le devolví el abrazo―. Te he echado de menos, fratello.
―Idiota.
Me separé de Feliciano con una pequeña sonrisa en el rostro, me sentía mucho mejor después de perdonarlo. Él volvía a estar tan risueño como de costumbre.
―Vee~… fratello, ¿puedo hacerte una pregunta? ―asentí―. Gilbert me dijo que sabías que Luddy y yo somos ―se sonrojó―… somos novios…
― Jamás imaginé que pudieras tener tan mal gusto.
―Fratello! ―me reprochó, pero recuperó la sonrisa de inmediato―. Luddy y yo, bueno, más bien Luddy, quería que lo mantuviéramos un tiempo en secreto, ¿cómo te enteraste?
―Os vi por la ventana dándoos el lote, idiota. Si no queréis que nadie os vea echad las cortinas.
―Vee~… y… ¿no te molesta? ―preguntó asustado.
―¿Tú qué crees? ―la mirada que le eché lo decía todo. Claro que me molestaba, ese maldito alemán musculoso había sido el culpable de todo lo ocurrido, o al menos el desencadenante, pero a Feliciano se le notaba más ilusionado de lo normal cuando hablaba de él―. Pero bueno, allá tú con lo que haces…
―Vee~… ¡Gracias, fratello! ―suerte que lo entendió, sería lo más parecido a una bendición que obtendría de mí. Me abrazó de nuevo y lo aparté tras unos segundos―. Oye, Gilbert me dijo también otra cosa, que tú… estás saliendo con Antonio, ¿es verdad?
―Ese jodido pollero cotilla, ¿es que no sabe tener el maldito piquito cerrado?
―¿Entonces es verdad? ―asentí sonrojándome y escondiendo la cara entre las manos―. ¡Cómo me alegro por ti, fratello! ―gritó con alegría―. Hacéis muy buena pareja.
―Shhh… ¡Cállate, idiota! ―le regañé―. Que aquí no lo sabe nadie y se va a enterar hasta el maldito griego durmiente.
―Vee~… ¿No se lo has contado al abuelo todavía?
―¡No he encontrado un buen momento para hacerlo, joder! ¿Acaso tú le has contado ya lo del macho patatas? ―negó con la cabeza―. Pues no me metas prisa.
De hecho ya tenía decidido que hablaría con el abuelo ese mismo día. Entré en su despacho donde se encontraba enfrascado en la lectura de uno de los cientos de documentos que cubrían su mesa. Sin duda estaba ocupado, así que pensé volver en otro momento, pero el abuelo dejó la lectura y me saludó alegremente.
―¡Dichosos los ojos que te ven!
―Fuiste tú quien me obligó a tomar clases de violín y a trabajar en el restaurante, no te quejes si no estoy por casa.
―No es una queja, de hecho me alegro de que te tomes en serio tus obligaciones ―sonrió―. Dime, ¿qué es lo que quieres?
―Yo… pues… venía a contarte que… ¡que Feliciano y yo hemos hecho las paces!
Realmente no quería decirle eso, pero me había puesto un poco nervioso. El abuelo se levantó y vino hacia mí sonriendo.
―Me alegra oír eso. Sé que lo que Feliciano te dijo debió dolerte, y se ganó una buena reprimenda por ello ayer, pero veo que has sido capaz de superarlo y perdonarle. Bien hecho, parece que estás madurando ―añadió con orgullo―. ¿Querías decirme algo más?
Me dio la impresión de que el abuelo intuía que no había ido para contarle lo de Feliciano. Traté de armarme de valor y confesarle lo de mi relación con Antonio, pero no sabía cómo abordar el tema, además de que me daba mucha vergüenza hablar de ello, sobre todo con mi abuelo, cuya posible reacción me aterraba.
―Sí, yo quería decirte que… que… yo… yo estoy… yo…
―¿Qué, Lovino? ¿Tú qué? ¿Te ha pasado algo? ¡Habla!
―Yo… yo… ¡voy a tocar en el recital de Roderich!
El abuelo me abrazó emocionado y orgulloso por la noticia.
Me maldije por ser incapaz de decir la verdad. Tarde o temprano, el abuelo se acabaría enterando y era posible que no fuera por mí, al fin y al cabo estaba saliendo con Antonio, a quien el viejo tenía en alta estima, y prácticamente todos los inquilinos del bloque sabían acerca de esta relación, era un secreto a voces, pero definitivamente yo no encontraba el momento adecuado para sacarlo a la luz.
¡Feliz año a todos!
Me he vuelto a retrasar un poco, lo siento :( ando escasa de tiempo. Al menos espero que el capi haya sido de vuestro agrado.
¡Gracias por leer!
