Disclaimer: Todo lo que se pueda reconocer de los siete libros de Harry Potter no es mío, sino de J.K. Rowling. Esto lo escribo por diversión y no saco ningún beneficio económico de ello.
Capítulo 13: King Cross
Audrey se había ofrecido a acompañarles al andén 9 y 3/4. Los señores Williams se habían sentido aliviados de tener una guía dentro del mundo mágico y Lizzie esperaba que su nueva y locuaz amiga le contara más cosas sobre esa extraña realidad en la que su hermana iba a vivir.
Así que allí estabana los cinco, en una interminable despedida. Ese día, Mary se veía particularmente pálida y nerviosa. Tom había puesto su mejor cara de poquer y trataba de guardar la compostura. Charlotte… bueno, Charlotte estaba incontrolable de tan eufórica y feliz, mientras que Audrey parecía encantada y nostálgica.
Respecto a Elizabeth, su gesto habría confundido a cualquiera que la observase con detenimiento. Elizabeth se alegraba por su hermana y se maravillaba una vez más por las soluciones que había encontrado el mundo mágico para ocultarse y a la vez ser accesible. Pero también sentía las ya conocidas envidia y frustración por todas las cosas que nunca tendría. Deseaba, una vez más, haber tenido ella la capacidad mágica. Desde que, hacía unas semanas, había conocido el secreto de Derek, se preguntaba como podría ser tan optimista y alegre habiéndose perdido tantas cosas.
Sus reflexiones se vieron interrumpidas por su hermana, que deslizó su mano dentro de la suya y tiró un poco de su brazo. Lizzie la encerró entre sus dedos y empezó a caminar hacia la barrera, esperando no romperse la nariz en el intento. Cerraron los ojos y atravesaron la frontera entre los dos mundos con paso firme, mientras Audrey las seguía con el baúl sobre un carrito y animaba a sus padres a pasar.
En el otro lado había una gran algarabía, producida por llantos maternales, charlas entre hermanos, reencuentros de adolescentes e incluso alguna lágrima entre los más pequeños.
Lizzie se sintió mareada por aquella atmósfera ruidosa y cargada de expectación. Casi no se dio cuenta cuando Charlie se soltó de su mano. La chiquilla corrió hacia unos estudiantes de su edad, que su hermana reconoció vagamente como el mismo grupo de la tienda de Quidditch. Sus padres fueron tras ella, después de dudar, y Elizabeth se quedó con Audrey en un lugar algo alejado de la multitud.
— ¡Mira, Lizzie! —gritó Audrey, señalándole a una familia que acababa de atravesar la barrera.
Era un grupo bastante grande, con varias parejas adultas y unos cuantos jovencitos, caracterizado por una abrumadora mayoría pelirroja. Elizabeth les echó un vistazo sin mucho interés y se dio la vuelta para tratar de localizar a su hermana y a sus padres. Pero mientras se giraba se dio cuenta de que el andén estaba mucho más silencioso y que todos miraban fijamente a los recién llegados.
En algún momento sonó un solitario aplauso, que fue rápidamente seguido por la mayoría de los presentes. Un gran grupo de gente rodeó a los recién llegados, para desconcierto de Elizabeth, que miró a su acompañante.
— ¿No sabes quiénes son? ¡Son Harry Potter y los Weasleys! —gritó emocionada. —Y también su amiga, Hermione Granger. Son los que derrotaron a Quien-tú-sabes. Hasta está el idiota de Percy.
Lizzie asintió con la cabeza mientras su nueva amiga hablaba. ¿Harry Potter? Un cosquilleo en la boca del estómago le recordó su decisión de ocultar la existencia de Hedwig a un chico tan egocéntrico como ese.
Realmente, no entendía por qué todo el mundo parecía adorarle tanto. Bueno, había derrotado al tal Lord Voldemort y todo eso, pero también se había comportado de una manera injustificable… Quizá, pensó Lizzie, todos estaban tan agradecidos por su hazaña, que no podía dejar de reconocer— que no eran capaces de ver su verdadera personalidad. Estaban cegados por su gloria, concluyó para si misma.
Cuando al fin se deshizo la multitud y la familia Weasley tuvo espacio suficiente para respirar, Elizabeth pudo verle. Se sorprendió de lo niño y frágil que parecía. No era muy alto, su amigo pelirrojo —que debía de ser el famoso Ron— le sacaba casi una cabeza. Tenía el pelo oscuro y gafas, pero no pudo ver sus ojos, que, recordó, eran verdes e iguales a los de su madre.
Junto a él había una chica menudita y pelirroja. Por lo que Lizzie había leído, debía de ser la menor de los Weasley, Ginny.
— Al parecer, están juntos— dijo Audrey, sacándola de sus pensamientos.
— ¿Cómo sabías lo que estaba pensando?
— Bueno, estabas mirando tan fijamente que era lógico.
— Tengo curiosidad —se justificó.—He estado leyendo una biografía sobre Harry Potter.
Audrey le lanzó una extraña mirada. La joven había apretado los labios en señal de disgusto.
— ¿No me digas que estás leyendo el libro de Rita Skeeter?
Lizzie sólo asintió con la cabeza. Parecía que Audrey iba a lanzarse a uno de sus monólogos cuando la ruidosa llegada de Charlie con los señores Williamas interrumpió su charla.
La chiquilla estaba emocionadísima por haber visto al famoso Harry Potter —de quien, por cierto, no sabía mucho más que lo que le habían contado McGonnagal en su día y sus nuevos amigos ahora— y por tener que viajar en el mismo tren que Hermione Granger y Ginny Weasley. Pero su excitación llegó al paroxismo cuando alguien se acercó a saludar a Audrey.
El señor Weasley siempre había sido un hombre educado, pero si por algo era conocido en el Ministerio de Magia era por su pasión por los muggles. No era de extrañar, pues, que el personal de la oficina de Relaciones con los Muggles estuviera entre sus favoritos.
— Señorita O'Connor, es un gusto verla por aquí.
— Señor Weasley — dijo ella ruborizándose intensamente. Veía a Arthur Weasley casi a diario, pero no conocía a ninguno de sus hijos, excepto el ya citado "molesto Percy" y la cercanía con Harry Potter la tenía muy nerviosa.
— Es un alivio encontrarse con alguien que no va a tirarse encima de tus hijos con la esperanza de arrancarles un trozo de túnica —bromeó él, cortando sin saberlo cualquier intento de Lizzie de preguntar por el héroe del mundo mágico.
Charlie río y Lizzie le dio un pescozón en el cuello para que se estuviera quieta. El señor Weasley miró a la familia Williams con amabilidad. Su cortesía se redobló tras las presentaciones, al enterarse de que se trataba de muggles.
— ¿Muggle? —repitió él, sin notar el descontento de Elizabeth con el calificativo. —Eso es maravilloso, me apasionan los muggles y todo lo que consiguen hacer sin magia. ¡Es increíble! — Después, el señor Weasley se volvió hacia Audrey — Por cierto, ahora que las cosas están, ejem, más calmadas en el Ministerio, podemos retomar esa conversación que teníamos pendiente sobre el sistema educativo muggle.
— Claro, señor Weasley. Ya verá como el nuevo proyecto para la convalidación de estudios resulta una mejora. Permitirá abrir más la comunidad mágica…
Lizzie dejó de prestar atención a la conversación, que, francamente, no le interesaba. Las palabras de aquel hombre la habían impresionado mucho: todo lo que consiguen hacer sin magia. Hablaba, reflexionó, como si ser mago fuera lo normal, cuando desde su punto de vista, era completamente al revés. Se preguntó que pensarían Audrey y Derek sobre eso. ¿Qué era normal? Dado que había más no magos que magos, lo lógico es que lo normal fuera una vida en la que las varitas mágicas fueran de juguete y las escobas sólo sirvieran para barrera.
Mientras tanto, Arthur Weasley y Audrey se habían enfrescado en una conversación de trabaja. Hubieran seguido durante horas si una mujer pelirroja y regordeta no se hubiera acercado a ellos acompañada de un chico alto de gafas, muy parecido al señor Weasley. La mujer puso su mano en el brazo del señor Weasley.
—Arthur, cariño, se está haciendo tarde y las niñas van a subir ya al tren.
— Claro Molly. Voy enseguida.
El señor Weasley se despidió alegremente de Audrey y los Williams, mientras su mujer aguardaba con una sonrisa. El joven —que se presentó brevemente como Percy— golpeaba el suelo con su pie izquierdo y se retorcía nerviosamente las manos. A Elizabeth no se le escapó que sus orejas parecían haberse puesto coloradas cuando miró a su amiga y soltó un tímido Audrey.
La despedida había sido de lo más melodramática: beso, beso, abrazo, sollozo, pórtate bien, abrazo, escríbenos, beso, abrazo, sé buena, abrazo, lágrimas, iremos a buscarte si quieres, abrazo, estremecimiento, sonrisa…
Cuando el tren partió, Elizabeth sintió una punzada en el corazón. Aunque no vivía con ella, veía a su hermana casi todas las semanas y se le hacía difícil pensar que estaría meses y meses en un mundo completamente ajeno a ella, aprendiendo a hacer magia.
Mientras aguardaban para volver a cruzar la barrera que separaba el anden 9 y ¾ del anden 9 de King`s Cross, Audrey le pasó el brazo por los hombros para darle aliento. Lizzie sonrió débilmente.
—Bueno, bueno, bueno… tenemos todo el día para nosotras dos y yo tengo ganas de conocer a tu famosa lechuza.
La sonrisa de Elizabeth se esfumó de su cara, no le parecía buena idea en absoluto. Audrey le parecía una chica inteligente y estaba casi demasiado emocionada con Potter, así que podía reconocer a Hedwig. Y tal vez se empeñaría en que la devolviera.
— No me apetece ir hasta casa —respondió, meneando la cabeza. Tomo aire y sonrió, aunque sus ojos no acompañaron a su boca — ¿Qué tal si damos una vuelta y me hablas de ese trabajo tuyo? ¿Cómo os las arreglasteis el último año?
