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14

Gloria

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Cuando la mañana despuntó, Shikamaru había dado un par de cabezadas. Le dolía la espalda y a penas podía mover el cuello. Se había quedado dormido sentado, con la cabeza colgando sobre el pecho. Cuando llegase a casa iba a dormir una semana entera sin importarle lo mucho que golpeasen a la puerta. Estaba agotado. A veces cerraba los ojos un segundo y en realidad había dormido minutos enteros. Abrió los ojos y estiró los músculos con un sonoro bostezo. A su alrededor, las tres mujeres estaban despiertas, preparando el desayuno. ¿Cuánto tiempo llevaba dormido?

La Princesa lo miró e, incluso a través del velo, percibió una cálida sonrisa manifiesta en las pequeñas arrugas que se formaron alrededor de sus ojos. Sus ojos grises brillaban enmarcados en el oscuro khol que le protegía de los reflejos. Con una inclinación, le tendió un té de fuerte olor. Shikamaru lo aceptó educadamente, tras acercárselo a los labios y fingir beber un sorbo, lo apartó con discreción.

Neko no había alzado la vista del suelo y parecía evitarlo con nerviosismo. Shikamaru se fijó en sus manos, moviendose temblorosas sobre los bartulos de desayuno. Estaban tostadas por el sol y de largos y flexibles dedos. Sin embargo, la piel tersa y firme estaba poblada de quemaduras y cicatrices y las uñas mordidas y maltratadas.

—¿Neko? –la llamó con suavidad. La mujer se giró levemente, lo suficiente como para poder observarlo a través de los mechones que se escaparon del manto. Aunque quiso controlarse y utilizar un tono neutro y educado, la voz se le endureció más de lo necesario. Todavía la recordaba sobre él, con la daga en la mano, su risa cantarina y su mirada pérdida. Estaba drogada y, tal vez, no debería culparla de sus actos, pero algo en ella lo enfurecía—. ¿Os encontráis mejor?

La mujer asintió sin decir palabra. Shikamaru le sostuvo la mirada muy serio, evaluandola pero la mujer se giró dandole la espalda.

—Si no os encontrais bien, podemos buscar un médico en cuanto lleguemos al País de la Soja. No falta demasiado para la frontera y no me gustaría que enfermaseis — la mujer negó en silencio, sin mirarle.

Mientras las mujeres desayunaban, Shikamaru recogió la tienda. En el mundo ninja, las enfermedades eran algo raro. Envenenamientos, sepsis, infecciones y muertes en combate. Lo raro era morir lo suficientemente tarde como para que le diera tiempo a enfermar. En el momento más insospechado un kunai podía acabar con tu vida. O una bola de chakra podía reventar el sitio más seguro del combate.


Con cansancio, Yoshino se dejó caer junto a su hijo, quedando sentada sobre la fría cerámica de la cocina. Estaba pálida y tenía los ojos hinchados y enrojecidos y Shikamaru se arrepintió de no haber sido él el portador de la noticia. Había esperado encontrarla en casa para hablar con ella, pero cuando llegó estaba vacía. Sabía que con la llegada de las primeras noticias, todos los habitantes habían acudido a la plaza a escuchar los nombres de los caídos y los heridos, rezando que los nombres más familiares no fuesen pronunciados. Debería haber ido a buscarla pero no tenía fuerzas. La batalla había sido dura y larga y habían pagado un alto precio por la victoria.

Le tendió el bote de helado de té verde con la cuchara, pero ella, con sonrisa cansada, hundió el dedo en la crema.

—Cuando eras pequeño te encantaba comerte esto con las manos. Me pasaba el día riñéndote. Una vez te llegaste a pasar tres días cagando verde –río con cansancio mientras Shikamaru la miraba divertido

—Exageras... –murmuró Shikamaru metiéndose una cucharada en la boca. Tenía miedo de abrir la boca y estropearlo todo, provocar una ruptura que no sería capaz de controlar.

—No, no exagero. Tu padre se asustó tanto que hasta confesó que era él quien te lo daba. Le parecía gracioso lo mucho que te gustaba el amargor de té —comentó meláncolica mietras una gota de helado resbalaba por su índice —. Y, de repente, un buen día, decidiste que no lo ibas a comer más –comentó chupándose el dedo.

—Tenía hambre – contestó como simple explicación. Recordaba a Kiba gritando y las manazas de Choji apretandole los brazos hasta hacerle daño, recordaba a Sakura riñendole y la brillante claridad que lo invadió cuando Tsunade-sama le tocó, haber peleado junto a Naruto contra Madara, volver a resultar herido y... un montón de brumas. Ni recordaba la primera vez que lo habían curado, ni la segunda tampoco. Le habían vendado las heridas y la Hokage lo había curado lo suficiente como para que no ocupase una cama en el hospital. Incluso la vuelta a casa, vigilado de cerca por sus amigos, tenía un aire onírico. Ni siquiera le habían dejado irse solo a casa. Los ojos le pesaban y solo era capaz de mantenerse despierto por pura cabezonería.

—Chouza me dijo que diste un pequeño susto, Shikamaru.

Yoshino lo miró, evaluando el estado de su hijo. Estaba pálido y ojeroso, y mucho más delgado que cuando lo despidió. Tenía moratones hinchados y cortes por la cara y los brazos, y los pies negros de tierra y sangre seca. Una férula mantenía su muñeca izquierda rigida bajo las vendas. El dedo corazón que se había partido en su primera misión, lucía hinchado y enrojecido. Cubriendo su torso, un vendaje le protegía las costillas. Pero estaba vivo. Vivo como el día en que nació.

Dándole un beso en la frente, se levantó apoyándose en los muebles. Shikamaru había dejado huellas negras desde la entrada hasta las baldosas de la cocina. Había crecido mucho desde que le embarró la casa por última vez.

—¿Sabes qué, Shikamaru-chan? Vamos a brindar — afirmó repentinamente decidida. Hablaba con voz cantarina y falsamente alegre —. Tu padre guardaba un barril de toso* para las ocasiones especiales. Lo compró cuando naciste y, según él, mejora con los años. Vamos a brindar –repitió.

—Mamá... —Shikamaru la miró descolocado. De todas las actitudes que podía haberse esperado, un brindis no estaba entre ellas — No creo que sea lo apropiado.

—Vamos a brindar, Shikamaru –le ignoró acercándose al armario del salón.

—Mamá... Papá acaba de morir, no podemos...

—Mi marido acaba de morir –el tono de su voz se endureció de golpe, pero a la mitad de la frase se quebró dejando escapar un sollozo —, pero mi hijo ha regresado sano y salvo —respiró profundamente, recuperando las energías para continuar —. Tu padre ha muerto en su puesto, con honor. Luchando para que tú puedas vivir. Hoy habéis alcanzado la gloria –hizo una pausa en la que Shikamaru pudo ver el oxígeno entrando a través de su piel, hinchandola y elevándola unos segundos, reconstruyéndola y volviendo a convertirla en aquella mujer de nanas desentonadas y sonoros besos en la mejilla que lo amenazaba con la cuchara de madera y le hacía cosquillas para despertarlo— Así que agarra dos estúpidas tazas de la alacena y siéntate a la mesa –ordenó imperiosa mientras la voz se le quebraba y empezaba a temblar— Vamos a brindar.

Shikamaru escuchó los sollozos contenidos y vió como se limpiaban las lágrimas con el dorso de la mano, en un vano intento de controlarse. Tras la primera ruptura, se esforzaba en mantenerse de pie con la botella de sake en la mano. Levantándose con cuidado, todavía mareado, agarró las dos tazas y, quitándole la botella con delicadeza, las llenó.

—Por Papá –brindó Shikamaru.

—Por ti.

Bebieron de un trago, en silencio, sin atreverse a mirarse.

—Y dime, cariño, ¿quién era esa chica rubia con la que me cruce en la puerta? Parecía bastante guapa — preguntó con un asomo de triste sonrisa. El tiempo de Shikaku había acabado, pero el de los nuevos brotes crecía verde y fuerte después de sobrevivir a su primera helada.

—¿Quién? ¿Temari? –Shikamaru hizo una mueca al ver la pequeña sonrisa de su madre.

—¿Temari o Temari? –preguntó golpeando con cuidado ambas tazas y exagerando el tono al pronunciar por segunda vez el nombre. Shikamaru rio sacudiendo la cabeza.

—Solo es una amiga, Mamá.

—Así es como empiezan, Shikamaru. Así es como siempre empiezan...


Aquella había sido la última gran guerra ninja. Las cinco grandes aldeas se habían unido después fortaleciendo sus vínculos mediante algo más fuerte que los tratados: las relaciones personales. Ya no se hablaba de los nuevos brotes de Konoha o de Suna. Todos protegían a los de todos. La cantidad de misiones secretas habían bajado considerablemente (y de ello daba fe la bajada de pergaminos sobre las mesas de los kages). La ley no escrita de no aceptar misiones que supusieran ataques a otras aldeas se respetaba a raja tabla. Que los señores feudales se buscasen otra manera de guerrear entre ellos.

Las bajas en la guerra se habían contado por miles y tanto el hospital como los edificios colindantes habían estado colapsados durante semanas mientras los heridos se recuperaban. Habían perdido familia, amigos, senseis... Fue una victoria pagada a un alto precio. El monumento a los héroes se quedó pequeño y los nuevos nombres se grabaron en un nuevo monumento que no distinguiese entre procedencias. Únicamente sus nombres seguidos, como compañeros y que cada cual hiciese su funeral privado.

—¿Jarûf?

La voz de la Princesa rompió el silencio y los recuerdos que lo acechaban. No debía abstraerse de es manera durante una misión. Se volvió hacia la mujer, que en silencio se había acechado. El manto rojo de novia le otorgaba un aspecto etéreo en medio del desierto.

—¿Señora? – preguntó tensándose y alejándose de la mujer. La observó con fijeza, alguna vez había oído esa palabra en boca de Gaara. ¿Qué era lo que significaba?

Con suavidad, la mujer apoyó la mano sobre el brazo de Shikamaru y lo dejó resbalar hasta su mano. Pero, antes de que los dedos de la Princesa tocasen su piel, él apartó la mano, recogiendo los objetos de manera precipitada. El frío en su cuello se intensificó. Tragó saliva incómodo, evitando que la mujer rozase su piel.

—¿Creeis que llegaremos a tiempo a la laguna?

—No os preocupéis. Debemos andar rápido, pero llegaremos a tiempo.

Con un grito de alegría, la mujer se lanzó a su cuello, envolviendolo entre sus brazos. Sorprendido, quedó cegado por el manto rojo y el dulce y cálido olor de la mujer. Respiró con dificultad, sintiendo las pequeñas y delicadas manos femeninas sobre su nuca. Shikamaru notaba unos ojos clavadas en su nuca, pero no podía asegurar a cual de las dos mujeres pertenecían. En esos momentos solo tenía ojos para la princesa quien se separó un poco, sin soltarle, y sonriendo candidamente dejó que sus manos resbalaran sobre su ropa hasta sus manos. Sintió vergüenza de las callosidades y las cicatrizes de su piel, contrastando con las suyas, pero la mujer, ignorando ese bochorno, las apretó contra su pecho.

—¡Oh, Jarûf! ¡Los Dioses os recompensarán con la gloria eterna!

Gloria a él, que esperaba encontrarla en la tierra.

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*Toso — Especie de sake reservado para ocasiones especiales como fin de año. Se utiliza para depurar las enfermedades del año anterior y propiciar una largar vida.

¡Capitulo nuevo! Ajajaja No os voy a decir que significa ese mote de Shikamaru. Ya os enterareis cuando Shikamaru lo averigue jojojo Como siempre, gracias a Liax3, Natalia22 y Flor440 por sus reviews. Y a Sharigrama por su mensaje, que se me olvidó decirlo en el capitulo anterior!

El viernes que viene tendréis sorpresita. ¡No os perdáis el especial de Navidad: Arteria!