-¡AUSTRIA!-gritó el español abrazando al ojivioleta- ¡Cámbiame a Romano por Italia!
-¡¿WAS?!-exclamó el austriaco siendo estrujado
-¡Cámbiamelo!-lloriqueó el español pero por más que suplicó, el austriaco no cedió por lo que el castaño regresó muy triste a su casa. Tendría que enfrentarse a Romano una vez más- Ya regresé…
-¡Así que regresaste, idiota España!-gritó el italiano y comenzó a golpearlo-¡Ya no regreses! ¡Vete! ¡Maldición! ¡Maldición!
-¿Qué? ¡¿Pero qué demo…?!-exclamó el mayor cuando de pronto se sintió mal al ver al menor lloriqueando y pensó que quizás él se había enterado de lo que había pasado en casa de Austria-Lo siento, Romano. Fue mi culpa…
-¡Así es! ¡Es tu culpa!-exclamó Lovino- ¡Esta casa es muy grande!-El menor no había encontrado el baño
-¡¿QUÉ?!-exclamó España horrorizado.
Cada día las cosas iban peor, Antonio simplemente no podía con el menor y sin embargo, él se preocupaba mucho por él, después de todo, el pequeño italiano era muy codiciado por otros países por lo que se alarmó bastante cuando éste le dijo que regresaría a su casa por tres días.
-¿De verdad puedes ir tú solo?-preguntó preocupado- ¿No quieres que vaya contigo?
-Te digo que estaré bien ¡Maldición-exclamó el menor dándole la espalda para comenzar a caminar a Italia
-¡¿Cómo estás tan seguro de que estarás bien solo?!-exclamó el español dejándose llevar por su preocupación-No importa cómo lo veas, el camino de regreso es muy peligroso.
-Cállate, yo digo que estaré bien-le reprochó Lovino antes de seguir caminando
España suspiró antes de comenzar a seguir al niño cuando de pronto, chocó contra Francia que lo observaba con deseo como siempre. Después de que el español le había pateado el trasero tres veces, el galo aún no se rendía. Por lo que Antonio comenzó a gritarle para que dejara a Romano en paz.
El italiano escuchó los gritos notando cómo el ojiverde lo había seguido por lo que salió huyendo.
Maldiciendo al francés mentalmente, el español comenzó a buscar a Lovino muy preocupado. Caminaba por el bosque buscando al italiano cuando de pronto escuchó su grito a lo lejos por lo que empezó a correr con desesperación gritando su nombre.
Después de correr por varios metros, encontró a Romano en manos de Turquía por lo que rápidamente se escondió detrás de un árbol pensando en sus posibilidades de vencer a Sadiq
-Tonto… idiota… maldición-murmuraba el niño decaído- idiota España… sálvame
Antonio se sorprendió por la pequeña petición del menor que no pudo evitar sonreír. Lo rescataría así tuviera que eliminar a Turquía con sus propias manos… o con la ayuda de un toro.
Sadiq metió al menor a un carruaje cuando de pronto, escuchó unos pasos acelerados que se acercaban. Un toro embistió el carruaje sacando a Romano de ahí.
-¡¿Qué crees qué haces con el protegido de alguien más?!-exclamó el ojiverde
-¡¿Quién demonios eres tú?!-preguntó el turco confundido- Estas algo flaco
-Eso fue cruel-dijo el de menor estatura- ¡Soy el país de la pasión, España! No dejaré que conviertas a Romano parte de tu territorio…
-¿Qué tiene de malo?-preguntó Sadiq- Préstamelo un poco
-No… definitivamente, no…-respondió el español firmemente- De cualquier forma…-sacó su espada del cinto- Si llegas a atacar a mi casa o a Romano… ¡te acabaré a golpes!
-¿Es eso una declaración de guerra?-preguntó el mayor- Bien, me marcho. La próxima vez que nos veamos, será en el campo de batalla…
-Uh…-el italiano despertó ya que se había desmayado- ¿Éste es el cielo?-abrió los ojos y su mirada se cruzó con la de Antonio- España está aquí… es el infierno…
El Sacro Imperio Romano caminaba tranquilamente por la casa cuando de pronto escuchó un suave chillido, al mirar a su alrededor, encontró un ratoncito gris. Pensando en que podría asustar al italiano, se apresuró a atraparlo pero éste se le escapó por lo que inició una persecución.
Después de media hora de estar cazando al ratón, éste se ocultó debajo de una tela. El pequeño rubio sonrió sujetando la tela. Lo tenía acorralado. El Sacro Imperio levantó la tela y un grito lo estremeció. Lo siguiente que vio fueron los chones de Italia.
-¡¿Por qué seré tan torpe?!-se preguntó el ojiazul horrorizado después de haber salido huyendo de la escena.
Una vez que la vergüenza de mirar al italiano desapareció, el pequeño rubio le pidió que si le enseñaba a pintar
-Claro-dijo Feliciano con una sonrisa y ambos trataron de pintar un pequeño conejo que encontraron en el jardín trasero. La pintura del italiano quedó perfecta pero la del germano no quedó muy bien- Oh no te preocupes, yo te ayudo-dijo el castaño y tomando la mano del Sacro Imperio, comenzó a pintar.
El corazón del ojiazul se detuvo por un instante antes de comenzar a latir a velocidad supersónica, las manos le temblaban y se sonrojó profundamente por lo que salió huyendo muy avergonzado.
En ésta época, en la casa del Sacro Imperio Romano, se sentía un ambiente muy inquietante. Las personas dentro y fuera de la casa habían tomado actitudes muy amenazantes.
Todos discutían con el ojivioleta ya que los Habsburgo austriacos eran los más poderosos de todo el Sacro Imperio. Y este ambiente ponía tenso al rubio por lo que a la mañana siguiente, cuando el italiano despertó, solo se encontraban Austria, Hungría y él en la casa.
Cuando el castaño le preguntó al austriaco por los demás, éste le dijo que fuera por agua. Italia obedeció la orden muy triste por no recibir respuesta.
-¡Austria!-exclamó la húngara- ¿Qué fue lo que pasó?
-Es muy simple-dijo el ojivioleta con una triste sonrisa- Lastimosamente, me he quedado solo
Acababa de recibir una carta de España anunciándole que Holanda se había separado de la corona española y que se acercaba una guerra como consecuencia de la Guerra de los Treinta Años. El Sacro Imperio Romano se estaba desmoronando.
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