Disclaimer: los personajes son propiedad de la increíble Suzanne Collins, y la historia es parte de la maravillosa escritora Cecelia Ahern. Esto solo forma parte de mi alocada cabeza que ha juntado estas maravillosas historias.

"- A veces tengo miedo de que nuestra vida nunca llegue a comenzar. - Bebé, nuestra vida ya comenzó. Esta es. Debes dejar de esperar."

Música de acompañamiento: The Pretty Reckless - Just Tonight (a llorar...)


CAPÍTULO 14

- ¿Katniss Everdeen? ¿Estás aquí? -resonó la voz del presentador.

El aplauso del público se diluyó en un murmullo mientras todo el mun do miraba alrededor en busca de Katniss. Iban a pasar un buen rato buscando, pensó ella mientras bajaba la tapa del retrete para sentarse a esperar que el alboroto remitiera y pasaran a su siguiente víctima. Cerró los ojos, apoyó la cabeza en las manos y rezó para que aquel momento pasara. Ojalá al abrirlos apareciera sana y salva en su casa una semana después. Contó hasta diez, ro gando que se obrara el milagro, y luego abrió los ojos lentamente.

Seguía estando en el lavabo.

¿Por qué no podía, al menos por una vez, descubrir que tenía poderes má gicos? No era justo, a las chicas americanas de las películas siempre les ocurría... Sin embargo, en el fondo había sabido que aquello iba a suceder. Desde el instante en que abrió aquel sobre y leyó la tercera carta de Peeta, supo que habría lágrimas y humillación. Su pesadilla se había hecho realidad.

Fuera, en el local, apenas se oía ruido y la invadió una sensación de calma al caer en la cuenta de que iban a pasar al cantante siguiente. Relajó los hombros y abrió los puños, dejó de apretar los dientes y el aire fluyó más fácilmente has ta sus pulmones. El pánico había pasado, pero decidió aguardar hasta que el si guiente intérprete comenzara su canción antes de escapar. Ni siquiera podía saltar por la ventana, porque no estaba en una planta baja, a menos que quisie ra morir desplomada. Otra cosa que su amiga americana habría podido hacer. Desde el retrete Katniss oyó que la puerta del lavabo se abría y cerraba de golpe. Venían a buscarla. Quienquiera que fuese.

- ¿Katniss? -era Annie- Katniss, sé que estás ahí dentro, así que escúchame, ¿vale?- Katniss se sorbió las lágrimas que comenzaban a asomarle- Muy bien, me consta que esto es una pesadilla terrible para ti y que tie nes fobia a esta clase de cosas, pero debes calmarte, ¿de acuerdo?

La voz de Annie sonaba tan tranquilizadora que Katniss volvió a relajar los hombros.

- Katniss, odio a los ratones, lo sabes de sobra.

Katniss frunció el entrecejo preguntándose adónde pretendía llegar su amiga.

- Y mi peor pesadilla sería salir de aquí para meterme en una habitación llena de ratones. ¿Te lo imaginas?

Katniss sonrió ante la idea y recordó que en una ocasión Annie había ido a pasar dos semanas con ella y Peeta después de haber cazado un ratón en su casa. Por descontado, a Finnick le concedieron permiso para efectuar visitas con yugales.

- Bien, pues estaría exactamente dónde estás tú ahora y nadie ni nada me haría salir. -Annie hizo una pausa.

- ¿Cómo? -dijo la voz del presentador antes de echarse a reír-. Damas y caballeros, según parece nuestra cantante está en el lavabo ahora mismo.- la sala entera estalló en carcajadas.

- ¡Annie! -dijo Katniss temblando de miedo.

Se sentía como si la airada multitud estuviera a punto a derribar la puer ta, arrancarle la ropa y llevarla en volandas hasta el escenario para ejecutarla. Le entró el pánico por tercera vez. Annie se apresuró a seguir hablando.

- En fin, Katniss, lo único que quiero decir es que no tienes por qué hacer esto si no lo deseas. Nadie te está obligando...

- Damas y caballeros, ¡hagamos que Katniss se entere de que es la siguien te! -vociferó el presentador-. ¡Venga!

El respetable se puso a patear el suelo y a corear su nombre.

- Bueno, al menos ninguno de los que te apreciamos te estamos obli gando a hacerlo -farfulló Annie, bajo la presión del gentío-. Pero si no lo haces, me consta que nunca te lo perdonarás. Por algún motivo Peeta quería que lo hicieras.

¡KATNISS! ¡KATNISS! ¡KATNISS!

- ¡Oh, Annie! -repitió Katniss, dejándose llevar por el pánico. De repente tuvo la sensación de que las paredes del retrete comenzaban a es trecharse para aplastarla. Unas gotas de sudor le perlaron la frente. Tenía que sa lir de allí. Abrió la puerta. Annie quedó atónita al ver la expresión consternada de su amiga, que parecía que acabara de ver un fantasma. Tenía los ojos enrojeci dos e hinchados y el rímel bajándole por la cara (esos productos resistentes al agua nunca dan buen resultado), las lágrimas le habían estropeado el maquillaje.

- No les hagas caso, Katniss -dijo Annie con voz serena-. No pueden obligarte a hacer algo que no quieras hacer. -el labio inferior de Katniss comenzó a temblar.- ¡No! -exclamó Annie, agarrándola por los hombros y mirándola a los ojos-. ¡Ni se te ocurra!

El labio dejó de temblarle, pero no el resto del cuerpo. Finalmente Katniss rompió su silencio.

- No sé cantar, Annie -susurró horrorizada.

- ¡Ya lo sé! -contestó Annie-. ¡Y tu familia también! ¡Que se vayan a la mierda los demás! ¡Nunca más volverás a ver la jeta de ninguno de esos idio tas! ¿A quién le importa lo que piensen? A mí no. ¿Y a ti?

Katniss pareció meditar la respuesta y luego susurró:

- No.

- No te he oído. ¿Qué has dicho? ¿Te importa lo que piensen?

- No -dijo Katniss, con voz un poco más firme.

- ¡Más alto! -Annie la sacudió por los hombros.

- ¡No! -gritó.

- ¡Más alto!

- ¡Nooo! ¡No me importa lo que piensen! -exclamó Katniss tan alto que el público de la sala comenzó a callar.

Annie parecía impresionada, quizás estaba medio sorda, y permaneció un momento inmóvil. De pronto ambas sonrieron y luego se echaron a reír de su estupidez.

- Vamos, haz que esto sea otra de las famosas veladas de la loca de Katniss para que podamos reírnos durante unos meses -le suplicó Annie.

Katniss echó un último vistazo a la imagen que le devolvía el espejo, se la vó las marcas de rímel corrido, suspiró y se abalanzó sobre la puerta como una mujer en misión de combate. La abrió para enfrentarse a sus enloquecidos admiradores, que estaban todos de cara a ella coreando su nombre. En cuan to la vieron, estallaron los vítores y una fuerte ovación, de modo que Katniss les dedicó una reverencia de lo más teatral y se encaminó al escenario entre risas y aplausos, mientras Annie la alentaba al grito de « ¡Jódelos!».

Le gustara o no, Katniss contaba con la atención de todo el mundo. De no haberse escondido en el lavabo, la gente que había coreado su nombre en el fondo del club probablemente no se hubiese enterado de quién cantaba, pero ahora todos estaban pendientes de ella.

Intimidada, Katniss se plantó en medio del escenario con los brazos cruza dos y miró fijamente al público. La música comenzó sin que se diera cuenta y se le pasaron las primeras frases de la canción. El pinchadiscos interrumpió el tema y volvió a ponerlo desde el principio.

Se hizo el silencio. Katniss carraspeó y el sonido retumbó por toda la sala. Luego bajó la vista hacia Clove y Annie pidiendo ayuda, y todos levantaron los pulgares para darle ánimos. De ordinario Katniss se habría reído al verlos reaccionar de forma tan cursi, pero en aquel momento le resultó muy recon fortante. Cuando la música comenzó de nuevo, Katniss agarró el micrófono apretándolo con las manos. Por fin, con voz extremadamente temblorosa y tí mida cantó:

¿Qué harías si desafinara al cantar? ¿Te levantarías y te marcharías?

Clove y Annie aullaron de risa ante tan acertada elección y aplaudieron como locas. Katniss siguió esforzándose, cantando horriblemente y dando la impresión de estar a punto de echarse a llorar. Justo cuando esperaba los pri meros abucheos, su familia y amigos se sumaron al estribillo.

Oh, lo superaré con ayuda de mis amigos, sí, lo superaré con ayuda de mis amigos.

El público miró hacia la mesa de los familiares y amigos y también rió, caldeando un poco el ambiente. Katniss se preparó para la nota alta que se ave cinaba y gritó a pleno pulmón.

¿Necesitas a alguien?

Hasta ella misma se sorprendió del volumen y unas cuantas personas la ayudaron a cantar el verso siguiente.

Sólo alguien a quien amar.

¿Necesitas a alguien?

Repitió Katniss, dirigiendo el micrófono al pú blico para animarlos a cantar, y así lo hicieron-

I need somebody to love.

Y se dedicaron a sí mismos una salva de aplausos. Algo menos nerviosa, Katniss se defendió como buenamente pudo hasta el final de la canción. La gente del fondo de la sala reanudó su cháchara, los ca mareros siguieron sirviendo bebidas y rompiendo vasos hasta que Katniss tuvo la impresión de ser la única que se estaba escuchando.

Cuando por fin terminó de cantar, los gentiles ocupantes de unas mesas cercanas al escenario y los de su propia mesa fueron los únicos que aplaudie ron con cierta espontaneidad. El presentador le arrebató el micrófono de la mano y, entre risas, se las arregló para decir.

- ¡Por favor, un aplauso para la increíble valentía de Katniss Everdeen! -esta vez su familia y sus amigos fueron los únicos que respondieron. Clove y Annie fueron a su encuentro, las mejillas mojadas de lágrimas provo cadas por la risa

- ¡Estoy tan orgullosa de ti! -dijo Annie, rodeando el cuello de Katniss con los brazos-. ¡Ha sido espantoso!

- Gracias por ayudarme, Annie -dijo Katniss abrazada a su amiga. Marvel y Glimmer la vitorearon y Marvel gritó.

- ¡Lamentable! ¡Absolutamente lamentable!

La madre de Katniss le sonrió alentadoramente, consciente de que su hija había heredado su talento para el canto, mientras que su padre apenas podía mirarla a los ojos de tanto reír. Por su parte, Prim no dejaba de repetir una y otra vez.

- Nunca creí que alguien pudiera hacerlo tan mal.

Beetee la saludó con el brazo desde el otro extremo de la sala con una cámara en la mano y le hizo una seña de fiasco señalando el suelo con el dedo pulgar. Katniss se escondió en el rincón de la mesa y empezó a beber sorbos de agua mientras escuchaba las felicitaciones por haberlo hecho tan increíble mente mal. No recordaba la última vez que se había sentido tan orgullosa. Finnick se encaminó parsimoniosamente hacia ella y se apoyó contra la pa red a su lado, desde donde vio la siguiente actuación en silencio. Finalmente se armó de valor y dijo.

- Es probable que Peeta esté aquí, ¿sabes? -la miró con ojos llorosos.

Pobre Finnick, él también echaba de menos a su mejor amigo. Katniss sonrió y echó un vistazo a la sala. Finnick tenía razón. También podía sentir la presen cia de Peeta. Sentía cómo la rodeaba con sus brazos y le daba uno de aquellos abrazos que tanto echaba de menos.

Al cabo de una hora, los cantantes por fin acabaron sus actuaciones y Cato y el presentador se marcharon para hacer el recuento de votos. Todos los asistentes habían recibido una papeleta para votar al pagar la entrada en la puerta. Katniss no se vio con ánimos de escribir su nombre en la suya, de mo do que se la dio a Annie. Estaba bastante claro que ella no iba a ganar, pero ésa no había sido su intención en ningún momento. Y si por casualidad ga naba, temblaba sólo de pensar en tener que volver a padecer aquel suplicio al cabo de dos semanas. No había aprendido nada con aquella experiencia, sal vo que odiaba el karaoke aún más que antes. El vencedor del año anterior, Keith, había traído consigo a no menos de treinta amigos, lo que significaba que era el principal favorito, y Katniss dudó mucho que los «admiradores» que tenía entre el público votaran por ella.

El pinchadiscos puso un patético CD de redobles de tambor cuando iban a anunciar los nombres de los ganadores. Cato subió al escenario con su uni forme de chaqueta negra de piel y pantalones negros y fue recibido por los sil bidos y los chillidos de las chicas. Para mayor inquietud de Katniss, la que mas gritaba era Prim. Plutarch parecía entusiasmado y cruzó los dedos, sonriendo a Katniss. Un gesto muy tierno pero increíblemente ingenuo, pensó ella; salta ba a la vista que no había entendido bien las «reglas».

Se produjo un momento de bochorno cuando el disco del redoble se en calló y el pinchadiscos corrió a su equipo para apagarlo. Los ganadores se anunciaron sin apenas histrionismo, en medio de un silencio absoluto.

- Bien, quiero dar las gracias a todos los que han participado en el con curso de esta noche. Nos habéis brindado un espectáculo fantástico. -la úl tima frase iba dirigida a Katniss que, muerta de vergüenza, se escurrió en el asien to-. Atención, los dos concursantes que van a pasar a la final son... -Cato hizo una pausa para conseguir un efecto dramático-: ¡Keith y Samantha!

Katniss saltó de alegría y bailó abrazada a Clove y Annie. No se había sen tido tan aliviada en toda la vida. Plutarch se mostró muy confuso y el resto de la familia la felicitó por su victorioso fracaso.

- Yo he votado a la rubia -anunció Beetee, decepcionado.

- Sólo lo has hecho porque tiene las tetas grandes -se mofó Katniss.

- Bueno, cada cual tiene el talento que tiene -convino Beetee.

Al sentarse de nuevo, Katniss se preguntó cuál tenía ella. Debía de ser una sensación maravillosa ganar algo, saber que tenías talento. Katniss no había ga nado nada en toda su vida; no practicaba deportes, no tocaba ningún instru mento y, ahora que se detenía a pensarlo, no tenía ningún hobby ni afición es pecial. ¿Qué pondría en su currículo cuando llegara el momento de salir a buscar trabajo? «Me gusta beber e ir de compras», no quedaría muy bien. To mó un sorbo de su bebida con aire pensativo. A lo largo de su vida el único in terés de Katniss había sido Peeta. En realidad, lo único que había hecho era ser su pareja. ¿Qué tenía ahora? No tenía trabajo, no tenía marido y ni siquiera era capaz de cantar bien en un concurso de karaoke, y mucho menos ganarlo.

Annie y Finnick parecían enfrascados en una discusión acalorada, como de costumbre Glimmer y Marvel se miraban a los ojos con el extasío de dos adolescen tes enamorados, Prim se estaba arrimando a Cato y Clove estaba... Vaya, ¿dónde estaba Clove?

Katniss echó un vistazo alrededor y la localizó sentada en el escenario, ba lanceando las piernas y haciendo poses provocativas para el presentador del karaoke. Los padres de Katniss se habían marchado cogidos de la mano poco después de que su nombre no fuese anunciado como uno de los ganadores, con lo cual sólo quedaba... Plutarch. Plutarch estaba sentado en cuclillas al la do de Prim y Cato, contemplando la sala como un cachorro perdido y be biendo sorbos de su copa cada pocos segundos como un paranoico. Katniss se dijo que ella debía de haber presentado el mismo aspecto que él... una perde dora nata. Pero al menos aquel perdedor tenía una esposa y dos hijos que lo esperaban en casa, a diferencia de ella, que tenía una cita con un plato de co mida preparada para calentar en un horno de microondas. Katniss se acercó y ocupó un taburete enfrente de Plutarch para trabar conversación con él.

- ¿Lo estás pasando bien?

Plutarch levantó la vista de su copa, sorprendido de que alguien le hablara.

- Sí, gracias. Me estoy divirtiendo mucho, Katniss.

Si cuando lo pasaba bien hacía aquella pinta, Katniss prefería no saber qué aspecto tendría cuando se aburriera.

- Me ha sorprendido que vinieras, la verdad. Creía que éste no era tu am biente.

- Bueno, ya sabes... Hay que apoyar a la familia -se excusó Plutarch, agi tando su copa.

- ¿Y dónde está Mags esta noche?

- Emily y Timothy -contestó Plutarch, como si aquello lo explicara todo.

- ¿Trabajas mañana? -preguntó Katniss.

- Sí -dijo bruscamente, y apuró la copa de un trago-. Será mejor que me marche. Has demostrado un gran espíritu deportivo esta noche, Katniss.

Miró torciendo el gesto a su familia, preguntándose si debía interrumpir los para decirles adiós. Finalmente decidió que no. Se despidió de Katniss con una inclinación de la cabeza y se largó, mezclándose entre el gentío.

Katniss volvió a quedarse sola. Pese a lo mucho que deseaba coger el bolso y marcharse a casa, sabía que tenía que resistir. En el futuro habría un mon tón de ocasiones en las que estaría sola de aquel modo, siendo la única solte ra en compañía de parejas, y necesitaba adaptarse. No obstante se sentía fatal y enojada con los demás porque no le hacían caso. Se maldijo a sí misma por ser tan pueril. Sus amigos y la familia le habían brindado un apoyo formida ble.

Se preguntó si ésa había sido la intención de Peeta. ¿Pensó que le conve nía pasar por una situación como aquélla? ¿Pensó que esto la ayudaría? Quizá tuviera razón, pues desde luego era una prueba muy dura. La obligaba a ser más valiente en más de un aspecto. Había subido a un escenario a cantar de lante de cientos de personas, y ahora estaba sola en un club lleno de parejas. La rodeaban por todas partes. Fuera cual fuese el plan de Peeta, estaba vién dose obligada a ser más valiente sin contar con él. «Así que resiste», se dijo.

Sonrió al ver a su hermana cotorrear con Cato. Prim no se parecía a ella en nada, era muy despreocupada y segura de sí misma, nunca daba muestras de preocuparse por nada. Que Katniss recordase, Prim nunca había conseguido conservar un empleo o un novio, su mente siempre estaba en otra parte, per dida en el sueño de visitar otro país lejano. Deseó parecerse a Prim, pero ella era una persona muy hogareña, incapaz de imaginarse alejándose de su fami lia y sus amigos y abandonando la vida que se había erigido allí. Al menos nun ca podría abandonar la vida que tuvo una vez.

Centró su atención en Marvel, que seguía perdido en un mundo aparte con Glimmer. También deseó ser un poco más como él. Marvel adoraba su trabajo co mo profesor de escuela secundaria. Era el típico profesor enrollado de inglés que todos los adolescentes respetaban, y cada vez que Katniss y Marvel se topa ban con uno de sus alumnos por la calle, éstos siempre lo saludaban con una gran sonrisa y un «¡Kat, profe!». Las chicas estaban prendadas y todos los chi cos querían ser como él cuando fuesen mayores. Katniss suspiró sonoramente y apuró su bebida. Estaba empezando a aburrirse. Cato la miró.

- Katniss, ¿puedo invitarte a una copa?

- Eh, no, gracias, Cato. Me iré a casa enseguida.

- ¡Vamos, Kat! -protestó Prim-. ¡No puedes marcharte tan pronto! ¡Es tu noche!

A Katniss no le parecía que aquélla fuese su noche. Más bien tenía la im presión de haberse colado en una fiesta en la que no conocía a nadie.

- No, estoy bien, gracias -aseguró a Cato de nuevo.

- Ni hablar, te quedas un rato -insistió Prim-. Tráele un vodka con Coca-Cola y para mí lo mismo de antes -ordenó a Cato.

- ¡Prim! -exclamó Katniss, avergonzada ante la grosería de su hermana.

- ¡Eh, no pasa nada! -terció Cato-. Yo me he ofrecido. -y se diri gió a la barra.

- Prim, has sido muy grosera -dijo Katniss.

- ¿Qué? Pero si no tiene que pagar, es el dueño de este puñetero sitio -contestó Prim a la defensiva.

- Eso no significa que tengas derecho a exigirle copas gratis...

- ¿Dónde está Plutarch? -interrumpió Prim.

- Se ha ido a casa.

- ¡Mierda! ¿Hace mucho rato? -Prim saltó del taburete alarmada.

- No lo sé, unos cinco minutos. ¿Por qué?

- ¡Habíamos quedado en que me llevaría a casa!

Prim amontonó los abrigos de los demás en el suelo en busca de su bolso.

- Prim, no podrás alcanzarlo. Hace demasiado que ha salido.

- No. Verás cómo lo pillo. Ha aparcado muy lejos y tendrá que volver a pasar por esta calle para ir a su casa. Lo interceptaré por el camino. -por fin encontró el bolso y echó a correr hacia la salida gritando-: ¡Adiós, Katniss! ¡Has estado de pena! -y desapareció por la puerta.

Katniss se quedó otra vez sola. Genial, pensó al ver que Cato regresaba a la mesa con tres bebidas, ahora no tendría más remedio que darle conver sación.

- ¿Dónde está Prim? -preguntó Cato mientras dejaba los vasos en la mesa y se sentaba delante de Katniss.

- Me ha pedido que te dijera que lo sentía mucho, pero que tenía que dar caza a mi hermano para que la llevara a casa. -Katniss se mordió el labio. Se sentía culpable porque sabía de sobras que Prim no había pensado en Cato ni por un segundo mientras salía despavorida hacia la puerta-. Perdona que antes yo también haya sido tan grosera contigo. -se pronto se echó a reír. Luego añadió-: Dios, pensarás que somos la familia más grosera del mundo. Prim es un poco bocazas, la mayoría de las veces no sabe lo que dice.

- ¿Y tú sí? -replicó Cato, sonriendo.

- Si lo dices por lo de antes, sí. –volvió a reír.

- Eh, no te preocupes, sólo significa que ahora hay más bebida para ti -dijo Cato deslizando un vaso de chupito hasta su lado de la mesa.

- ¿Qué es esto? -Katniss arrugó la nariz al olerlo.

Cato la miró con una simpática sonrisa.

- Se llama un Bj. Deberías haber visto la cara del camarero cuando se lo he pedido. ¡Me parece que no sabía qué era!

- Oh, Dios -dijo Katniss-. ¿Qué hace Prim bebiendo esto? ¡Huele fatal!

- Según ella, es fácil de tragar.

Ahora fue Cato quien se echó a reír.

- Lo siento, Cato, la verdad es que a veces se comporta de forma ab surda. -negó con la cabeza como dando a su hermana por imposible. Cato miró más allá del hombro de Katniss con aire divertido.

- Vaya, parece que tu amiga lo está pasando bien esta noche.

Katniss se volvió y vio a Clove y al pinchadiscos abrazados junto al escenario. Saltaba a la vista que sus gestos provocativos habían surtido el efecto de seado.

- Oh, no, es ese horrible tipo que me obligó a salir del lavabo -refun fuñó Katniss.

- Es Tresh O'Connor de Dublín FM -explicó Cato-. Somos amigos. -Katniss se tapó la cara avergonzada- Esta noche trabaja aquí porque el karaoke se ha emitido en directo en la radio

- ¿Qué?

A Katniss por poco le dio un infarto por vigésima vez en la misma velada. Cato esbozó una amplia sonrisa y dijo:

- Es broma. Sólo quería ver qué cara ponías.

- Dios mío. No me des estos sustos -rogó Katniss llevándose una mano al corazón-. Bastante horrible ha sido tener a toda esta gente aquí escuchán dome, sólo faltaba que además me hubiese oído la ciudad entera.

Katniss aguardó a que el corazón volviera a latir con normalidad mientras Cato la miraba con picardía.

- Perdona que te lo pregunte pero, si tanto lo detestas, ¿por qué te ins cribiste? -preguntó con aire vacilante.

- Verás, es que a mi marido se le ocurrió, con su increíble sentido del hu mor, que sería divertido inscribir a su esposa, que es una negada para la mú sica, en un concurso de canto. -Cato rió.

- ¡Tampoco los has hecho tan mal! ¿Está aquí tu marido? -preguntó mi rando alrededor-. No quiero que piense que estoy intentando envenenar a su esposa con este brebaje repugnante -agregó señalando el chupito con la barbilla.

Katniss se volvió hacia la sala y sonrió.

- Sí, seguro que está aquí... En alguna parte.

Fin del capítulo catorce


CATORCEAVO CAPITULO ¿qué qué qué tal, todo OC, mucha información, os ha gustado el "espectáculo", creeis que Katniss debió haber ganado? Sinceramente en este capítulo yo le cogí un cariño especial a Finnick, que aunque no tiene mucho protagonismo en esta historia creo que es un amigo genial, siempre pensando en Peeta aunque no lo diga. Y Annie es una mejor amiga increíble. Me emocioné. ¿Y Cato, qué pensáis de él? ¡QUIERO SABER OPINIONES!

Bueh, otro lunes que vuelvo a subir, me estoy haciendo mayor. Espero que empecéis la semana con buen pie y sobre todo a esas personas que hoy empezaban a clases, yo lo hago mañana y con los temidos exámenes… Espero que os esté gustando esta historia (tiene aproximadamente 40 capítulo asique ya vamos la mitad) ¡y los que no la lean porque es triste, iros a Ferrol! Es broma, aunque no tuviera ningún lector seguiria escribiendo, y que narices, adoro haceros llorar un poco con esta historia. Contestaré reviews por PM, gracias a los que dejáis su opinión por estos lares

¡Nos leemos!

And may the ods be ever in your favor!

Lucy, as Peeta Mellark