XIV. Propuesta.
– Señorita ¿Busca al joven Taisho?– escucho la voz de un niño, volteo para comprobar que le hablaba a ella.– Busca al joven Taisho ¿verdad?– le volvió a repetir.
– ¿Eh? Si.– le contesto sorprendida, hasta ahora ese jovencito era el único que no la miraba con odio, miedo o rencor.
– Niño no le hables.– le dijeron unas señoras al tratar de jalarlo, pero el niño se zafó y tomo su mano.
– Venga esta por allá.
– Gracias.
Al mismo tiempo en otra parte del pueblo Inuyasha y Miroku compraban todas las cosas de la lista de Kaede. Ya tenían casi todo, Miroku estaba sorprendido, cuando su amigo se lo proponía era demasiado rápido, había tenido la tentación de reírse de él ya que nunca lo imagino haciendo ese tipo de cosas, pero sabía que si lo hacía no viviría para dejar descendencia y claro que él no quería privar a la humanidad de ello.
– Inuyasha ¿Esa no es Kagome?– le indico al ver a una chica como ella.
– ¿Qué?– pregunto sorprendido, eso era imposible.
– Esta con Kohaku.
– ¿Kohaku?– pregunto al escuchar ese nombre de nuevo.
– Hermano de Sango.– se apresuro a decir su amigo, al darse cuenta que nunca le había dicho que los celos que había tenido cuando pensó que era el novio de Sango, eran meramente ridículos.
– ¿Por qué no la mataron cuando pudieron?
– Se va a comer a ese niño.
¿Qué es lo que hacía aquí? se pregunto el ojidorado al verla finalmente e ir con ella.
– Kag ¿Qué haces?– le pregunto al tomarla de la mano.
– ¡Inu!– exclamo de alivio.– Vine a dejarte esto que se le olvido a Kaede dártelo y cuando se acordó ya te habías ido dijo que era importante que se lo dieras a la señora Kimura de los pescados por lo que trate de alcanzarte pero eres demasiado rápido y.– le dijo lo más rápido que pudo hasta ser interrumpida por el chico.
– Tranquila.– le dijo al ver que se había quedado sin aire al contarle todo eso.– Conseguimos los víveres y se lo llevamos. Pero ahora que estas aquí vamos a terminar de comprar.
– Gracias…– le dijo al niño, pero se percato que no sabía su nombre.
– Kohaku.– le respondió al darse cuenta que no se había presentado.
– ¿Eres Kohaku? No te reconocí.– vaya que el hermanito de Sango había crecido bastante.
– No te preocupes, yo tampoco a ti al principio.– le contesto con una sonrisa.
– Solo falta la fruta ¿Algo que quieras?– le pregunto Inuyasha.
– Uvas.– le respondió con una sonrisa, el estar con Inuyasha la llenaba de tanta paz que ya había olvidado en qué lugar se encontraba.
– Vamos por ellas.– la tomo de la mano y la fueron a un puesto de fruta, que le había recomendado Sango.
– Kohaku, vamos a acompañarlos.– le sugirió Miroku a lo que el chico asintió.
– ¿Verdes o moradas?– le pregunto al llegar al puesto de frutas, aun que ya sabía que la chica prefería las moradas por parecerle más dulces.
– Moradas.
– Toma el racimo que quieras.– le dijo y ella solo le mostro su sonrisa, parecía una pequeña niña que está descubriendo cosas nuevas, aun que, técnicamente era eso, todo era nuevo para ella.
– Vámonos Akane, compremos en otro lado.– dijo una señora al momento que jalaba a su hija, cuando vio a la chica intentar tomar un racimo de uvas.
Kagome al escucharla recordó en donde estaba, así que alejo su mano de las uvas, ya le había dado el encargo a Inuyasha, lo correcto era que ya se hubiera ido, ahora lo más probable era que el señor ya no vendería por su culpa.
– ¿Qué pasa? Tómelas señorita.– le dijo un señor de edad avanzada, dueño de aquel puesto.
– No, disculpe.– le respondió con un hilo de voz sin atreverse a mirarlo.
– Kag.– le llamo Inuyasha y la tomo de nuevo de la mano. Tenía unas ganas enormes de mandar a toda esa gente presa, tal y como lo había advertido Sesshoumaru, pero eso no le agradaría a Kagome, no importaba cuan mal la tratasen ella se preocupaba por ellos, incluso sin conocerlos aun, como con la señora Kimura.
– Ya me quiero ir.– le pidió en un susurro, pero lo suficientemente fuerte para que él la escuchase.
– Nos haría un gran favor.– se escucho la voz de una señora donde denotaba con claridad desprecio.
– Inu, por favor, me quiero ir.– le volvió a pedir con un hilo de voz y al borde de las lagrimas.
– Ya me arte.– dijo Inuyasha en un tono de voz que ella jamás había escuchado, ese tono le había helado la piel.
Inuyasha volteo hacia donde estaba la gente reunida, parecía que estuvieran viendo alguna atracción, solo era gente chismosa. Se había estado controlando pero su paciencia se había agotado, nadie tenía derecho a tratar a así a su Kagome y mucho menos en su presencia.
– ¡Quien tenga algún problema con mi prometida que dé un paso al frente y hable ahora!– todo el pueblo, incluidos Miroku, Kohaku y la misma Kagome no podían creer lo que había dicho Inuyasha. – ¿Nadie? Si hace un momento escuchaba toda clase de cosas sobre ella. ¡Ya sé! recordaron que los que la tratarán mal serían apresados ¿cierto?– le dijo con ironía al verlos a todos, a Miroku se le helo la sangre al reconocer esa mirada y tono de voz nuevas en su amigo, era la misma que la del General y de Sesshoumaru, la mira de los Taisho.
Todo el pueblo se quedo callado, se notaba que tenían miedo, sabían que no bromeaba y más al ver que los guerreros del General ya habían llegado, solo esperaban recibir la orden del joven Taisho para apresarlos.
– Entonces ya no queremos oír nada en contra de ella.– se adelanto a decir Miroku al ver que Inuyasha era capaz de mandar a la mitad del pueblo a las mazmorras.– Ahora váyanse.– ante estas últimas palabras la gente se disperso poco a poco, Inuyasha le dio la orden a los guerreros que regresaran a sus puesto y se marcharon.
– Señorita tome es un regalo.– le dijo el dueño del puesto al darle una canasta con fruta.
– ¿Por qué?– pregunto al no comprender, sabía que él no la despreciaba pero no sabía por qué.
– Sin su padre, seguiríamos en el exilio.– aquel señor había sido uno de los desterrados y se encontraba completamente agradecido con el padre de la chica, siempre le quiso agradecer pero nunca pudo ni a él ni a su esposa, pero ahora que tenía a la hija frente suyo no podía estar más agradecido.
– Gracias.– fue lo único que pudo contestar al estar llorando de agradecimiento.
En verdad había personas que no la odiaban, había personas que no odiaban a su madre ni a su padre, eso la hacía feliz.
– Vamos a casa.– le dijo Inuyasha, ya habían sido muchas cosas por un día, para ambos, pero más para la chica.
Le dieron la medicina a Miroku para que la entregará y se marcharon. Inuyasha llevaba en una mochila de piel todo el mandado, mientras sujetaba a la chica con su mano libre.
Kagome iba sumida en sus pensamientos, todo lo que había pasado ese día había sido mucho para ella, pero en definitiva lo que la tenía inquieta eran las palabras de Inuyasha, no estaba segura si preguntarle o no, qué tal si solo lo había dicho para que dejaran de decir esas cosas. ¿Qué haría? ¿En verdad Inuyasha quería casarse con ella?
– ¿Estas cansada? si quieres te puedo llevar en mi espalda– le pregunto al notarla distraída, pero ella negó con la cabeza.– ¿Entonces qué tienes?
– Lo que dijiste allá…– fue lo único que dijo, no sabía cómo completar la frase.
Pero a Inuyasha le basto eso para comprender, sabía a la perfección a que se refería, tomo aire y decidió decírselo, ese era el momento.
– Quiero que seas mi esposa.– dijo muy seguro de sus palabras.
– Pero…– su protesta murió en sus labios al ver como el chico la sujetaba de las manos y miraba a los ojos.
– Te amo ¿aceptarías ser mi esposa?– le pidió ahora formalmente.
...
Mientras tanto, en las mazmorras ocultas del palacio de justicia, las cuales su entrada y ubicación eran del conocimiento de unos cuantos, mismas que Kikyou tuvo que recorrer una vez, Naraku se encontraba en su sillón frente a la chimenea recibiendo la noticia de la cual todo el pueblo hablaba.
– Así que eso dijo.– medito en voz alta al ver el rojo liquido que tenía en su copa.
– Si mi señor.– comento un joven de larga trenza.– Lo eh corroborado con mucha gente y todos dicen lo mismo.
– Interesante.– dijo mientras bebía el contenido de su copa.– Ya sé cómo utilizarlo a mi favor.
– Señor, ¿Qué desea hacer?
– Nada por ahora. Hagamos que disfruten un poco de felicidad ¿o qué opinas tú querida sobrina?– pregunto a Kikyou que estaba sentada junto a él bordando, desde que había sido rechazada por Inuyasha no había tenido el coraje para volver al pueblo.
– Lo que usted diga tío.– fue lo único que dijo y continuo en lo que estaba.
A pesar de hacer hasta lo imposible para olvidar a Inuyasha, no podía, cosa que le dolía, pero lo que más le dolía era recordar la manera tan cariñosa y llena de amor en que él había estrechado a Kagome entre sus brazos, No dejaba de pensar en que tal vez, si le hubiera dicho la verdad sobre Kagome, él no abría escogido a esa chica o tal vez si hubiera sido más precavida y lo hubiera convencido de que todo estaba bien, él ya estaría en sus tierras, pero se empeño en retenerlo para conquistarlo, pero ahora ella lo pudo haber visitado y estarían juntos, pero bien dicen que el hubiera no existe y además de culparse a ella, culpaba a los sujetos que atacaron a Kagome esa noche, ellos habían provocado que Inuyasha, su Inuyasha conociera a esa chica.
Noches más tarde, Kagome estaba poniendo la mesa para cenar, mientras Inuyasha cortaba leños ya que por la noches ya comenzaba a calar el frío en los huesos.
– Kaede ¿Cómo estás?– pregunto la chica al darle un té.
– Ya mejor, en dos días ya podre caminar bien.
– Aun así no te esfuerces mucho.– le pidió al ir a poner el resto de los leños que tenían en la chimenea.
Sin percatarse su mente viajo a la primera vez que había visto a Inuyasha con un hacha. Había sido antes de que él viviera allí, Kaede le había pedido de favor eso y él acepto no sin antes "discutir" con la anciana, minutos más tarde había salido por agua cuando lo vio solo con su pantalón, su pecho desnudo y perlado por gotas de sudor al igual que su frente, mientras la luz que salía de la cabaña lo iluminaba, lo vio levantar el hacha y cortar el leño en dos sin mucho esfuerzo. En verdad que tenía un cuerpo de envidia, nunca había visto a ningún otro de esa forma, pero en definitiva tenía un mejor cuerpo que alguno de los jóvenes que había visto en el pueblo.
– ¿Inuyasha donde esta?– pregunto Kaede provocando que saliera de sus pensamientos.
– Cortando leña, parece que va a llover de nuevo.– dijo sin evitar sonrojarse, por alguna razón quería irlo a ver.
– Entonces saca las cobijas, si llueve hará mucho frío. Y… ¿Para cuándo es la boda?– agregó al notar el sonrojo de la chica, lo más probable es que estuviera pensando en el chico.
– No lo sé.
– Que muchachos, no dejen todo a última hora.
– Es que, yo no quiero presionarlo, todo fue muy rápido. Aun puede arrepentirse.– dijo con un poco de tristeza.
– ¿Quién se va a arrepentirse de qué?– pregunto Inuyasha al entrar a la cabaña.
– ¿Q... que... qué te paso?– pregunto con dificultad Kagome al verlo sin camisa y completamente mojado.
– Ya está lloviendo, tuve que envolver los leños con mi camisa.– dijo al irlos a poner junto a la chimenea. Volteo a ver a Kagome quien no lo deja de ver, cosa que le extraño, pero al ver su sonrojo se dio una idea del por qué.
– Ve a secarte. Voy a poner la mesa.– le dijo Kagome al percatarse que no había dejado de verlo.
Después de su deliciosa cena se habían ido a dormir, ya todo estaba en penumbras, solo los grillos, el viento y las gotas de agua se escuchaban. Pero la chica azabache no podía dormir, no deja de pensar en lo que había dicho Kaede y en lo rápido que iba todo, tenía miedo de dormir y al despertar darse cuenta que todo era un sueño, un maravilloso sueño del cual no hubiera querido despertar.
Por su parte Inuyasha estaba tratando de dormir en su catre, en la sala. Hacía rato que el fuego de la chimenea se había apagado y solo quedaba el crujir de los leños, llevaba rato pensando en lo que había escuchado decir a la chica, él jamás se arrepentiría pero comprendía su temor, tal vez decir aquello y pedirle que se casará con él fue todavía muy apresurado, pero aquel día había sido su subconsciente quien hablo y dijo lo que él tanto quería decir desde que llegó su hermano. Estaba por quedarse dormido cuando escucho la puerta de la habitación de la chica abrirse, vio a Kagome encender la pequeña lámpara de aceite y dirigirse a la alacena por un vaso, se levanto procurando hacer ruido para no espantarla y se acerco a ella.
– Pequeña ¿Qué sucede?– pregunto al verla cabizbaja y servirse agua en el vaso.
– Nada, solo no puedo dormir.– le contesto sin mirarlo a la cara y tomar un poco de agua.
Inuyasha la observo detenidamente, en definitiva no le gustaba verla deprimida. Le quito el vaso de la mano y la guio al sofá, la estrecho entre sus brazos y la recostó en su pecho.
– ¿Qué haces?– pregunto sorprendida, su corazón estaba más acelerado que en otras ocasiones cuando el chico la tenia de esa manera.
– Abrazándote.– respondió como si fuera de lo más obvio.– ¿Me vas a decir que te puso triste?.– le pregunto al levantarle su mentón para que lo viera a los ojos.– Sabes que Kaede me dirá si le pregunto.
– Es una tontería, algo sin importancia.– respondió desviando su mirada.
Inuyasha solo suspiro, sabía que esto era "complicado" para la chica, por eso no quería adelantar las cosas, pero las cosas se daban muy rápido aunque él no quisiera. Debía haber alguna forma de darle a entender que él en verdad la quería como esposa, que no tenía ninguna duda y que sobre todo no se arrepentiría, tal vez, si era él que hablará de la boda para que ella no sintiera que lo presionaba, podría tranquilizarla.
– ¿Quieres que nos casemos cuando llegue mi padre o ya? Miroku puede casarnos.
– Inuyasha…– lo miró perpleja.– Lo que quieras estará bien.
– Por mi voy mañana por Miroku y ya cuando llegue mi padre que nos case de nuevo Myoga.– le contesto despreocupadamente.
– ¿Mañana?– preguntó sorprendida.
– O pasado, pero ya quiero decirles a todos que tengo a la esposa más hermosa.– respondió lleno de alegría.
– No soy la más hermosa.– contesto mientras su rostro adquiría de nuevo un tono rojizo.
– Claro que si, tienes unos hermosos ojos chocolate, tu cabello negro y sedoso, tus mejillas que se sonrojan cuando te beso y tus labios que son mi droga.– le fue diciendo mientras que con un dedo iba recorriendo cada parte que decía. Cuando llegó a sus labios de inclino y la beso, poco a poco se fue recostando sobre ella, Kagome no sabía muy bien qué hacer, nunca la había besado así y era como si su cuerpo ardiera, su estomago "revoloteaba" y su corazón latía muy deprisa, solo estaba consciente de que no quería que parara.
– Pequeña, ya duerme.– le dijo el chico cuando se percato de la intensidad que estaba adquiriendo la situación.
– Quedémonos aquí.– le pidió no sabiendo bien el por qué.
– Amor ve a dormir a tu cuarto.– le volvió a pedir, no sabía si podría controlarse para no hacerla suya en el sofá.
– Por favor.
– Eres mi debilidad ¿sabías?– le dijo resignado, a lo que la chica le respondió con una sonrisa y se acomodó mejor a lado de él. Estaba seguro que no dormiría en esa noche, debía controlar sus alocados instintos.
Así, al poco rato Kagome se quedo dormida, mientras Inuyasha velaba su sueño.
Un par de días después, el día estaba despejado y brillaba el sol, por lo que Inuyasha y Kagome aprovecharon para ir a la cascada a nadar un poco. Kagome ya había mejorado mucho, ya podía estar en la parte que tocaban sus pies sin miedo, incluso ya se aventuraba a nadar a un lugar determinado si él le tendía la mano. Estaban en el centro del estanque, el ayudándola a flotar cuando decidió que era tiempo que lo hiciera sola.
– Ahora tu sola.– le dijo.
– No, todavía no.– contesto con miedo al sujetarlo de un brazo.
– Aquí estoy, anda.– le dijo mientras la soltaba poco a poco.– Ves como ya puedes.– le dijo y la chica sonrió, se fue alejando un poco de ella y le tendió su mano para que fuera hasta él.
La chica nado de forma torpe aun, pero logró llegar hasta donde el chico, siempre sentía que él se alejaba demasiado y se le hacía largo ir hasta él, pero en esta ocasión le dio la impresión que él se alejaba más y más, estaba por perder su paciencia y confianza, cuando sintió que la sujetaban del brazo y suspiro aliviada.
– Dentro de poco ya no necesitas de mi ayuda.– le dijo con un pequeño tono de tristeza.
– Sí, la verdad eh mejorado mucho.– contesto en juego.
– Si has mejorado mucho ya puedes regresar sola a la orilla ¿no?– le dijo al tratar de soltarla, pero la chica lo sujeto fuertemente y el soltó una pequeña risa.
– No es gracioso.– lo fulmino con la mirada.
– Sabes que no te dejaría sola, por cierto, se me olvido darte algo.– le dijo para después darle un beso.
– ¿Eso porque fue?
– Fue tu premio por lo de hace rato.
– Me gustan estos premios.– le contesto con una sonrisa.
– Mañana va a venir Miroku para ponernos de acuerdo.– le hizo saber.
– ¿Por qué yo?
¿Por qué ella? ¿Por qué la había elegido a ella? ¿A eso se refería la chica?
– ¿Por qué? No lo sé. Solo sé que desde que vi tus ojos no te pude sacar de mi cabeza, al principio pensé que era porque me sentía obligado a ayudarte por mandato de mi padre, luego la forma inocente que tienes de ser, tu sonrisa me cautivo, supongo que kami quería que nos encontráramos.
– Me alegra que vinieras.– dijo mientras se sujetaba de su cuello y juntaba su frente con la de él.
– Y yo me alegro que me obligaran.
Inuyasha la beso, pero de nuevo las cosas tomaba un tono más acalorado, la fue llevando a la orilla, hasta que llegó a una roca, la dejó entre él y la roca, para descender sus besos al cuello de ella, cosa que causo un pequeño gemido de parte de ella.
Kami esa niña lo volvería loco.
Se separo de ella para verla y la imagen que tenían delante de él, solo le aloco más sus instintos. Respiraba rápidamente, sus labios estaban rojos por los apasionados besos que le dio y sus mejillas estaban teñidas de rojo, su camisola de gasa se le pegaba más al cuerpo y se trasparentaba lo cual no fue de mucha ayuda, cuando la vio abrir sus ojos volvió a sus labios y se deleito con ellos. Ella por su parte no sabía bien que pasaba, pero no quería que parará, enredo sus brazos en el cuello de él y lo sintió sujetarla por la cintura, pegándola más a él.
Beso su boca con más anhelo, hasta que logro que ella abriera la suya y poder explorarla mejor, desato el listón que sujetaba la camisola y deslizo sus manos por debajo de ella, acaricio su piel desnuda con sus manos y subió hasta llegar al inicio de sus senos que eran cubiertos por una banda de tela.
– Inuyasha.– la escucho gemir.
Debía parar, en unos días más ya sería su esposa pero los besos de ella en su cuello estaban haciendo que su cordura se esfumará.
Continuara...
Que mala soy ¿verdad? Pues no sé si continuar en lo que están o pasarme a otra cosa ¿Qué dicen? Pues yo me iré a meditarlo con mi almohada y haber qué me aconseja ella jajajaja.
Ya ven, esta vez ya no tarde, muchas gracias por sus comentarios, alertas y favoritos. Espero leernos pronto en el próximo capítulo, como dije antes, lo bueno ya se viene, se cuidan y me apurare para que no tengan que esperar mucho ˆoˆ.
16 de septiembre de 2012.
