El portazo más poderoso del mudo retumbó por las paredes de la casa.

Rosalie se apresuró a trabar la puerta de su habitación. Próximamente la de él. Porque no soportaría quedarse bajo el mismo techo que ese cavernícola.

Se recostó contra la puerta y se permitió, por un pequeño momento, dejar que unas cuantas lagrimas se deslizaran por el rostro para despejar la dolorosa presión que se instalaba en entre sus cejas hasta el puente de su nariz.

Gran error.

Porque una vez que abrió la llave de lágrimas ya no la pudo volver a cerrar. Los sollozos se hacían casa vez más fuertes. Tanto que sus pulmones no retenían el aire suficiente para poder tranquilizarse.

Y debido al miedo de morir patéticamente asfixiada y al dolor del rechazo de Emmet sus rodillas no dieron abasto, desplomándose junto a la puerta.

Se deslizó sobre rodillas y manos lejos de la puerta. Tratando de huir de lo inevitable.

Se acercó pesadamente hasta su cama, la se él, pero no tenía la suficiente energía como para incorporarse y hundirse en ella. Se limitó a apoyar la espalda contra uno de los postes y morderse el puño para que los sonidos que producía fueran menos evidentes.

Simplemente no podía creerlo.

Pensó que se había casado con un buen hombre. Uno que la respetaba. Y sobre todo confiaba en ella.

Pero fue todo lo contrario.

Le dice que está embarazada y el muy mal nacido piensa que es de otro.

¿Cómo es que se le ocurre que ella, Rosalie Lilian Hale, sería capaz se algo semejante?

Rosalie no tenía la respuesta, pero había una cosa bien clara.

Emmet Swan pagaría por esto.

Ok, Rosalie- se dijo- primero que todo, serénate que se te corre el maquillaje.

Trató de hacer lo que su voz interior le dijo. Pero era muy difícil.

Todo era tan difícil.

Respiró profundamente, mientras cerraba los ojos. Se concentró en algo lindo. Su bebé. Una sonrisa se instaló en sus labios. ¿Cómo sería? ¿Rubio ojos azules? ¿Castaño ojos chocolate? ¡Oh, mejor aún! Cataño con ojos azules… ¿Tendría hoyuelitos malvados como su padre? ¿O la mirada critica de su madre? ¿Niño o niña? ¡Gemelos!

Ohh, eso sería genial.

Una risa surgió de su garganta.

Podía imaginar a Emmet. Cambiando pañales, despeinado y ensuciándose en el proceso. Además de que sería un inútil preparando mamilas. Y claro, está el asunto de la seguridad. Mmmm, tendrían que hablar con Esme para que remodelara la casa, haciéndola apta para niños. Y barandillas en ventanas y escaleras, los niños solían ser muy inquietos.

Un fuerte estruendo la sacó de sus cavilaciones.

Pasa un brazo protectoramente sobre su vientre y se agazapa contra la pared, muy lejos de la puerta.

-¡¿Por qué mierda corres de esa manera?!- ruge Emmet mirándola como si Él no fuera el idiota más grande del mundo.

Rosalie, en un caso normal lo habría encarado. Gritado. Muy seguramente habría arrojado un par de cosas.

Pero esta no era una situación normal. Estaba embarazada… y sola.

Por lo cual inesperadamente callo sobre sus rodillas y comenzó a llorar.

Por su esposo que había elegido el momento justo para hacerla de idiota. Por su hermana que estaba en esa cama sin rastro de vida en su rostro.

Por él bebe. Lloro aún más fuerte. Si su marido reaccionaba de esa manera ¿Qué podría esperar de los demás?

Se acurruco en el suelo y simplemente… se dejó llevar.

Y Emmet… se quedó pasmado.

Piensa, piensa.- se susurró a sí mismo- Cagarla dos veces en un día no puede ser bueno.

No sabía muy bien que hacer o decir. Al verla tan mal, en el suelo…. Su corazón simplemente se rompió.

Mi amor- la tomo rápidamente en brazos, no podría ser bueno para su pequeño bebe tener a su mami en ese estado- Cálmate. Te amo. Perdóname.

Rosalie no se calmó por eso. En realidad siguió llorando a mares. Sentía su corazón roto. Pero… se volvió a juntar poco a poco cuando el susurró contra su cabello con voz ahogada- Maldición. Los amo.

Las nubes tienen una forma extraña. Coloreadas de un tono entre gris perlado y negro carbón. Ella sabe que va a llover.

Pero no sabe cuándo.

Últimamente ha llovido mucho, y los días se hacen cada vez más fríos. Escuchar el repiquetear de la lluvia contra su ventana se ha vuelto costumbre.

Las cosas han cambiado mucho últimamente. Para bien, o para mal. Ella no lo sabe.

Alice mira por la ventana. Sabe que debería estar en cama. Descansado. Porque, bueno, son las dos de la mañana. Pero de alguna manera sentir las frías baldosas bajo las plantas de sus pies, y el fresco aire matutino contra su rostro la reconforta.

Estar cerca de su familia debería hacerla sentir feliz. Completa.

Una lágrima se desliza por su rostro.

Jasper se lo ha dicho todo ese tiempo. Que todo estará bien. Que él las protegería a ambas.

Pero no puede evitarlo.

Aunque no le haya contado a nadie, el sentimiento de posible pérdida sigue ahí, como una fastidiosa molestia en el pecho. Trata de ignorarla durante el día, lográndolo con éxito. A pesar de ser menuda y estar en una buena forma después de haber dado a luz a su primara hija tan solo cinco años atrás, no es fácil seguirle el ritmo a una intrépida rubia de ojos azules. Y mucho menos después de cometer la insensatez de haberle dado chocolate.

Durante el último mes había tratado de ser el farol que iluminara en la penumbra. Y es que era bastante literal. Cada vez veía como poco a poco la luz en el rostro de todos se apagaba. Y la vida que alguna vez alumbró sus ojos se marchitaba. Todo por culpa de esa chica.

Bella.

Nadie quiso hablarle seriamente del asunto. Alice sospechaba que su marido consideraba la posibilidad de que ella estuviera loca. La idea la desconcertaba un tanto. Y reprimía las ganas de preguntarle directamente múltiples veces al día.

Jasper la vigilaba constantemente. El creía que ella no lo notaba, pero por supuesto que no era así. Ella se daba cuenta de todo.

Sabía que él simplemente se preocupaba por ella. Le pareció normal en su momento. Se sintió querida, protegida y amada. En general como siempre se sentía al lado de Jasper.

Las cosas se salieron de control una semana atrás. Pidió unas vacaciones en el trabajo

Pero de un momento a otro empezó a sentirse asfixiada. Sentía como su penetrante mirada la seguía a todas partes. Observando cualquier signo de debilidad, confusión.

Él actuaba siempre delicadamente, como si no supiera que decir, como tocarla o mirarla.

Como si de un momento a otro sus seis años de casados hubieran desaparecido y fueran un par de amigos tratando de conocerse otra vez.

Y ella sabía la razón.

Con toda su alma quería creer que todo sería igual que antes. Quería olvidar todo lo ocurrido semanas atrás. Pero si no podía ni engañarse a sí misma, ¿Cómo planeaba engañarlo a él? A su esposo, el hombre con el que había pasado lo mejores años de su vida. Él que le entendía y apoyaba. Aquel que odiaba las compras pero que aun así se ofrecía a acompañarla aunque ella ni siquiera se lo hubiera pedido.

Aquel que conocía todos sus miedos, sus sueños, sus anhelos. Cada rincón de su mente y absolutamente cada lunar en su piel.

Él.

El padre de su hija. El hombre que amaba.

Y con el que estaba totalmente enfadad en ese preciso momento.

En ambas casas suena el teléfono, con unos segundos de diferencia que pueden pasar desapercibidos…

Hola.

Buenos dias chicas. Se que he estado fuera por lo menos por casi una año. He pensado mil maneras de disculparme, pero solo les pido que comprendan. Muchas de ustedes estan muy enfadadas. Pero créanme, escribir no es tan facil. Estuve muy atareada. Afortunadamente cumplí con todos mis deberes y pudo sacar mi tiempo para escribir. Antes pensaba que escribiría para toda la vida. Pero la vida cambia. Ahora tengo un novio maravilloso y amo pasar tiempo con el, y eso me lleva a no tener tiempo para escribir. No quiero que se enfaden, hare todo lo que pueda. Las quiero mucho. Espero que les guste este nuevo cap.

Hasta pronto...

Alexandra.